X, la última generación sentimental
Un retrato de la generación X que, de la mano de Friedrich Schiller, David Foster Wallace y Nirvana, evita tanto la nostalgia como el cinismo para situarla entre el entusiasmo de los boomers y la exposición permanente de los millennials: una sensibilidad formada entre la ironía y la búsqueda de autenticidad.
I'm not like them, but I can pretend
The sun is gone, but I have a light
The day is done, but I'm having fun
I think I'm dumb
Or maybe just happyThink I'm just happy
Kurt Cobain, 1993
Todo ensayo sobre nuestra propia generación debería empezar con una pequeña humillación. En cuanto uno se pone a escribir sobre los suyos, aparece enseguida una tentación bastante patética: confundir la intensidad de la propia juventud con la importancia histórica de la época en que esa juventud transcurrió. Todos tendemos a creer que el momento en que descubrimos el sexo, la música, la amistad, la noche, el aburrimiento, la política o el cinismo fue también un momento objetivamente brillante del mundo. Pero casi nunca lo fue. Casi siempre fue, más modestamente, el momento en que nosotros teníamos catorce o diecisiete años.
Todos tendemos a creer que el momento en que descubrimos el sexo, la música, la amistad, la noche, el aburrimiento, la política o el cinismo fue también un momento objetivamente brillante del mundo. Pero casi nunca lo fue.

En esto conviene desconfiar de uno mismo. Una vez llamé “provincianismo histórico” a la tendencia de cada época a considerarse al mismo tiempo única y lamentable, irrepetible y decadente. Algo parecido podría llamarse “provincianismo generacional”: la inclinación a creer que la propia juventud no fue solo intensa para uno, sino única en términos absolutos. Por ejemplo: que los noventa fueron una época cultural y hasta espiritualmente irrepetible. Que nunca volvió a darse esa mezcla de ambición vanguardista y masividad, de genialidad en la música y en el cine, y de exigencia extrema por parte del público.
El problema con la generación X es que, una vez descontado ese probable espejismo retrospectivo, lo que suele imponerse es una lectura inversa y no menos simplificadora: verla simplemente como un fenómeno típicamente tardocapitalista. Es decir, como repliegue de lo político, sustitución del conflicto por el estilo, conversión de la rebeldía en gusto, quietismo, idealización de la experiencia crítica, fetichismo de la diferencia cultural. No ya una generación especialmente compleja, sino una generación perfectamente adaptada a un mundo en el que la apariencia de singularidad y la distancia frente a todo compromiso fuerte podían integrarse sin dificultad en la lógica del consumo ultracapitalista. Esta lectura, que se cree materialista por reducirlo todo al mercado (y que tiene sus hitos en ensayos como La conquista de lo cool de Thomas Frank y decenas de artículos e intervenciones del marxismo cultural contemporáneo), me parece bastante menos inteligente que aquello mismo que denuncia. Y quiero explicar por qué.
Mi impresión es que la generación X no fue la primera generación neoliberal y posmoderna, sino, casi al contrario, el último gran episodio (y quizás el paroxismo) de la sentimentalidad moderna: una forma de subjetividad escindida, reflexiva, irónica y condenada tanto al anhelo de autenticidad como a la distancia respecto de sí misma. Creo que la historia económica no tiene ninguna utilidad para comprender la singularidad de X, y si, en cambio, la tiene la historia de los medios de comunicación y la tecnología. Frente a las lecturas que explican la cultura de los noventa como un capítulo del neoliberalismo, propongo un materialismo de otro tipo: no económico, sino mediático.
Mi impresión es que la generación X no fue la primera generación neoliberal y posmoderna, sino, casi al contrario, el último gran episodio (y quizás el paroxismo) de la sentimentalidad moderna
Afirmar esto me obliga, en primer lugar, a precisar qué significa llamar “sentimental” —y además moderna— a esa forma de experiencia. Y, en segundo lugar, a situarla en la historia concreta de los medios, porque es ahí donde se juega la posición singular de la generación X. Vamos allá.
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¿Qué es eso de la “sentimentalidad moderna” y por qué digo que la generación X fue su último gran episodio? Friedrich Schiller, autor del mejor texto que existe para comprender la poética y la estética moderna, Sobre poesía ingenua y poesía sentimental (1794), no llamaba “sentimental” a cualquier efusión del sentimiento, sino a una condición histórica. Y la oponía a lo “ingenuo”: la relación inmediata y no conflictiva con la naturaleza, con el mundo y con la propia experiencia. El ingenuo habita todavía esa unidad espontánea e inconscientemente; el sentimental, en cambio, sabe que se ha perdido y por eso solo puede evocarla, añorarla o reconstruirla de manera indirecta. Los poetas (los artistas, podríamos ampliar) para Schiller, o bien “serán naturaleza, o buscarán la naturaleza perdida”, es decir, o bien serán ingenuos, o bien serán sentimentales. Identificando la opción sentimental con la modernidad de la cual se sabe representante privilegiado, Schiller dirá: “Nuestro modo de conmovernos ante la naturaleza se parece a la sensación que el enfermo tiene de la salud”.
Por eso Schiller es tan útil para pensar a la generación X. No porque permita etiquetarla con un adjetivo brillante, sino porque nombra con precisión una experiencia que en ella reaparece de forma especialmente intensa: la imposibilidad de entregarse al mundo con inocencia, la necesidad de verse sintiendo incluso cuando uno cree abandonarse a lo que siente, la conciencia de que lo inmediato solo aparece ya bajo la forma de su pérdida. El sentimental no es el que siente demasiado, sino el que no puede sentir sin saber al mismo tiempo que algo se ha roto entre él y aquello que ama.
Para terminar de entender el sentido histórico de la oposición entre ingenuo y sentimental conviene detenerse también en la distinción casi paralela que Benjamin Constant estableció, en 1819, entre “antiguos y modernos”. Ya no la vida pública intensa y compartida de Atenas, sino la reflexión, la vida privada, la interioridad particular del parisino de finales del XVIII. Constant formula con una precisión psicológica extraordinaria la subjetividad típica del ciudadano moderno:
“Hemos perdido en imaginación lo que hemos ganado en conocimientos. De ahí que seamos incapaces de una exaltación duradera. Los antiguos se hallaban en la plena juventud de la vida moral; nosotros estamos en la madurez, o quizás en la ancianidad. Arrastramos continuamente una especie de reserva mental, nacida de la experiencia, que impide el entusiasmo. La primera condición para el entusiasmo consiste en no observarse a sí mismo con excesiva agudeza. Pero tenemos tanto miedo de que nos engañen, y sobre todo de que se note, que continuamente nos analizamos en nuestras impresiones más atropelladas. Los antiguos tenían opiniones firmes sobre cualquier materia; nosotros apenas si tenemos sobre alguna una opinión difusa y nebulosa, cuya insuficiencia intentamos en vano ocultar en el aturdimiento”.
Es difícil leer este fragmento de Constant, con el trasfondo de la poética schilleriana, sin reconocer algo muy cercano a nuestra sensibilidad, a la sensibilidad noventera. Se destacan dos rasgos centrales del espíritu de la generación X: la interminable nostalgia de autenticidad, de una experiencia más cruda y menos impostada, y la reflexividad que impide abandonarse del todo a ella sin distancia o sospecha.
La primera de esas dos caras aparece con claridad en el anhelo noventero de crudeza, verdad y despojamiento, una búsqueda de autenticidad que encontró un emblema en Kurt Cobain, tanto en la evolución de su música, como en el final de su vida. En ese recorrido, la historia del rock parece trazar también el arco que va de una ingenuidad afirmativa a una sentimentalidad terminal: del entusiasmado gesto boomer, Beatle, de enchufarse a la corriente, al sentimental gesto X, ya tardío, de desenchufarse de todo; del entusiasmo hippie por una nueva comunidad, al repliegue individual, la saturación, la depresión y el colapso. Después del culto al noise, al acople y a la distorsión, el Unplugged de Nirvana no puede leerse como un regreso real a una simplicidad originaria, sino como la puesta en escena, ya autoconsciente, del deseo imposible de recuperarla. Quiero decir que si elijo a Cobain y a Nirvana no es porque fueran mis preferidos de los 90, sino por la universalidad objetiva que adquirió su trayectoria tras el Unplugged y el suicidio de Kurt solo unas semanas después. Como buen X exigente, la irrupción de Nirvana me pareció en su momento una evidente degradación populista de lo que hacían mis verdaderos héroes, los Pixies. Todavía recuerdo la sentimental borrachera de autenticidad que tuve cuando escuché por primera vez, en el verano de 1991, en el cuarto de mi amigo Emilio, Surfer Rosa.
Como buen X exigente, la irrupción de Nirvana me pareció en su momento una evidente degradación populista de lo que hacían mis verdaderos héroes, los Pixies.
Pero por otro lado, la X también llevó muy lejos la segunda cara de la sentimentalidad moderna que aparece en el texto de Constant: la reflexividad desgraciada, la ironía como condena, la imposibilidad de abandonar la mirada crítica incluso en el momento mismo de la emoción. La obra y la figura de David Foster Wallace son aquí el mejor emblema: en él aparecen con nitidez tanto la percepción de la ironía como cárcel de la cultura tardía como el anhelo de una “nueva sinceridad”, una nueva forma, si se quiere, de ingenuidad, pero ya sabiendo que la ingenuidad originaria se ha perdido. Por eso su lectura de la historia de la televisión resulta tan reveladora: frente a la televisión y la publicidad de los años cincuenta y sesenta, todavía capaces de vender un modo de vida con una confianza llana y afirmativa, la televisión y la publicidad de los noventa aprendieron a promocionar sus objetos burlándose al mismo tiempo de ellos. Ya no afirmaban sin más: guiñaban el ojo. Y en ese gesto dejaban ver una sensibilidad que solo puede relacionarse con lo que ama a través de la distancia, la duplicación y la sospecha.
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Hasta aquí intenté cumplir la primera de las dos tareas que me había planteado: precisar, ilustrar, qué significa llamar “sentimental” a una forma de experiencia como la de la generación X. Pero el ejemplo de Wallace deja ver ya la segunda exigencia del argumento. Si esa sensibilidad se reconoce con tanta claridad en una determinada forma de hacer televisión entonces ya no basta con describirla como una disposición espiritual o una figura moral. Hay que situarla también en la historia concreta de los medios.
La sentimentalidad moderna que se hace explícita en Schiller o Constant no es solo un clima moral ni una poética refinada del desgarro. Es también el efecto de un régimen de experiencia concreto: el de la era del libro. Una forma de habitar el mundo ya no regida por la presencialidad comunitaria de la oralidad, sino moldeada por la distancia entre emisión y recepción, por la demora de la lectura, por la soledad de la interpretación y por la posibilidad de rumiar en privado lo recibido sin verse todavía obligado a responder. Eso no significa reducir sin más la vida espiritual a la técnica, pero sí reconocer que muchas oposiciones que solemos presentar como puramente morales o filosóficas esconden una historia material. La sensibilidad moderna remite a un mundo concreto, hecho de lectura, interioridad y separación entre emisor y receptor. Es, para decirlo con McLuhan, el mundo del “punto de vista”: una galaxia en la que la palabra circula sin respuesta inmediata y en la que la recepción exige demora, atención sostenida y distancia.
Los medios electrónicos del siglo XX alteraron ese mundo, pero no lo destruyeron de golpe. La radio, el cine y la televisión introdujeron simultaneidad, masas y espectáculo; volvieron la experiencia más veloz, más nerviosa y envolvente, pero siguieron siendo medios esencialmente unidireccionales. La pantalla de la TV hablaba y uno callaba. No abolieron la distancia sobre la que se había formado la sensibilidad moderna: la comprimieron, la electrificaron y la sometieron a una tensión nueva.
Frente al entusiasmo más llano con que los boomers entraron en la era eléctrica, la sensibilidad X aparece desde el comienzo bajo un signo más reflexivo y menos disponible para la entrega.
La posición singular de la generación X solo se entiende a partir de esa tensión. Pertenece todavía, de lleno, al viejo régimen de interioridad, lectura y recepción demorada; en ese sentido, es una cohorte tardíamente moderna. Pero le tocó formarse no en la calma relativa de la galaxia tipográfica, sino en su versión ya electrificada y saturada, después del momento más afirmativo de la cultura audiovisual y cuando la televisión, la música popular, el cine y la publicidad habían aprendido ya a mirarse a sí mismas con ironía. Por eso, frente al entusiasmo más llano con que los boomers entraron en la era eléctrica, la sensibilidad X aparece desde el comienzo bajo un signo más reflexivo y menos disponible para la entrega. Dicho de otro modo, en la generación X la subjetividad moderna no desaparece, sino que entra en una fase tardía dentro de un entorno audiovisual ya vuelto sobre sí mismo. De ahí también que esta generación quedara especialmente expuesta al umbral de una mutación digital posterior: la que transformaría al receptor en participante.
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La forma histórica más clara de esa mutación posterior fue, por supuesto, Internet. No introdujo simplemente otro soporte técnico, sino una estructura distinta de la experiencia. Durante siglos —y todavía durante buena parte del XX— la cultura se había organizado alrededor de una cierta separación entre producción y recepción: uno leía, miraba o escuchaba, y solo después, a veces mucho después, respondía. Incluso la discusión pública conservaba esa demora en formas como la carta al director, la polémica impresa, la crítica especializada o la conversación presencial. Con el entorno interactivo, esa economía básica cambió. Lo recibido dejó de ser algo a lo que se volvía más tarde y pasó a quedar expuesto a la intervención inmediata; la respuesta dejó de ocupar un lugar marginal y pasó a formar parte del medio mismo.
Para ver mejor lo que eso significó, no basta con mirar a la generación X en los noventa, en el fulgor de su juventud. Conviene seguirla también en los años 2000, cuando ya era adulta, pero seguía comandando muchas de las expresiones culturales hegemónicas. Las primeras formas de internet —y sobre todo su primer uso intensivo— muestran hasta qué punto la X seguía todavía arraigada en una cultura de la escritura, el comentario y la demora. Durante un tiempo, la red pareció prolongar la civilización del comentario escrito, con los blogs, los foros, los mails largos, las respuestas argumentadas y el ensayo personal. La X se asomó al abismo digital queriendo habitarlo todavía con los hábitos de la era anterior, como si la nueva tecnología no fuera, en el fondo, más que una expansión de la escritura y de la conversación demorada.
Había algo muy fértil en ese gesto, y también un equívoco histórico considerable. Fértil, porque produjo una zona intensísima de experimentación intelectual, crítica y cultural. Equívoco, porque la lógica profunda del nuevo medio iba en otra dirección. Internet no venía a reforzar la distancia, sino a erosionarla; ni a consolidar la demora, sino a debilitarla letalmente; no a proteger la interioridad, sino a exponerla a una circulación mucho más constante e inmediata. Lo que para la ya madura generación X apareció primero como una ampliación del espacio de lectura y comentario resultó ser también el comienzo de otro régimen de experiencia, mucho menos compatible con los hábitos afectivos e intelectuales de la vieja sensibilidad moderna.
Por eso la generación X vivió esa transición de una manera especialmente tensa. Había sido formada en un mundo donde todavía existía un margen entre recibir algo y tener que intervenir sobre ello, entre experimentar y pronunciarse, entre leer y responder. Cuando el nuevo medio empezó a cancelar ese margen, ya no era una generación joven. Llegó a ese umbral con hábitos ya hechos y con una idea de la cultura que no coincidía del todo con la lógica del nuevo medio. De ahí el carácter anfibio de su destino histórico: no terminó de pertenecer por completo al viejo mundo, pero tampoco pudo entrar en el nuevo con la naturalidad de quien nace ya dentro de él.
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Tal vez por eso la relación de la generación X con la política fue tan peculiar. No porque hubiera desertado de ella por pura frivolidad, ni porque el neoliberalismo la hubiera vaciado sin resto, sino porque llegó a la vida pública con una sensibilidad ya entrenada en la sospecha y la dificultad para la entrega. Cuando cayó el muro yo acababa de cumplir doce años. Para mis padres fue un terremoto. Para mí un ruido que me contaron importante.
Esa posición se entiende mejor así, comparándola, aunque sea esquemáticamente, con las generaciones vecinas. Los boomers, aun perteneciendo de lleno al mismo mundo moderno de la lectura y la interioridad, vivieron la primera gran cultura eléctrica bajo un signo más afirmativo y disponible para la épica de la causa, para la fe en la acción y para la entrega al presente. Los millennials, por su parte, se formarían ya en un entorno donde expresarse, posicionarse e intervenir dejaba de ser un gesto puntual para convertirse en una exigencia casi automática del propio medio. La X quedó entre ambas experiencias: ya demasiado escéptica para una y todavía demasiado formada en la vieja distancia para la otra. Su lejanía respecto de la política no fue, entonces, simple apatía o un reflejo del triunfo neoliberal. Fue también una forma históricamente situada de inhibición. Nos costaba no sufrir, incluso en el momento del entusiasmo, el costado ligeramente impostado del entusiasmo mismo.
Vista así, la generación X no fue un simple intermedio frívolo entre dos generaciones más solidarias o apasionadas. Fue la última en vivir la cultura, la autenticidad y también la política bajo el signo de una pérdida todavía fecunda: como ideales que seguían valiendo, pero a los que ya no era posible entregarse sin distancia. Nuestra sentimentalidad no fue una pose ni un adorno de época, sino la forma afectiva correspondiente a una posición histórica muy precisa. Crecimos todavía en la cola del tigre mecánico y alcanzamos a ver, justo cuando llegábamos a la adultez, el hormiguero digital que empezaba a devorarlo.
Vista así, la generación X no fue un simple intermedio frívolo entre dos generaciones más solidarias o apasionadas. Fue la última en vivir la cultura, la autenticidad y también la política bajo el signo de una pérdida todavía fecunda