¡Viva mi Revolución!
La revolución también se representa: construye mitos, repite personajes y produce una estética propia. Del teatro de la Revolución Francesa al revolucionario profesional de los años setenta, este ensayo recorre la transformación de la política en una forma de vida y encuentra en Galimberti su expresión más incómoda: la revolución convertida en personaje.
por Martín Rodríguez y Pablo Touzon
Toda Revolución es también un teatro. Dicho esto en el sentido menos peyorativo y más descriptivo. Una revolución termina siendo revolución no sólo por lo que “hace”, por su acontecimiento y novedad, sino también por lo que “representa”. Un verbo, “representar”, que hermana la actividad teatral y la práctica política. ¿Si la Revolución no se cuenta a sí misma, existe esa Revolución?
La creación de mitos de manera casi automática, la autonarración y el “festival de símbolos”, es tan inherente a la práctica revolucionaria que es casi imposible de pensar el concepto de “revolución sobria”. No hay revolución sugerida, sutil. No hay revolución con pudor. La Revolución siempre está un poco “sobreactuada”, es grotesca, presenta su elenco estable de arquetipos, de personajes que se repiten una y otra vez en la coreografía. Todas las revoluciones son también una versión de la revolución anterior, a la cual imitan, reproducen, corrigen y malversan. Comienzan con su impulso ciego, y, más tarde, superponen las viejas coreografías en su baile novedoso. A pesar de las referencias a la antigüedad pagana, los Gracos y los Espartacos, podría decirse que sólo la Revolución Francesa se autopercibió “sin padres”, e inventó el guión inédito del drama de la revolución moderna. A partir de ese grado cero la repetición histórica fue notable, como si estuviese inscripta en alguna mecánica de rotación celeste.
La Revolución, como la tragedia, es un género, y tiene una forma que le es propia: así encontramos al maximalista y al indulgente, al idealista y al oportunista, al corrupto y al beato, al comisario político y al libre pensador, presentes en todas y cada una de las revoluciones verdaderas, como personajes en una baraja de Tarot. Elige tu propia forma de ser un revolucionario. O que la Revolución elija por vos.
El alemán Georg Büchner realizó en el montaje de su obra teatral, La Muerte de Danton, una traducción literaria de esta pasión repetida:
He estado estudiando la historia de la Revolución. Me he sentido aplastado por el feroz fatalismo de la Historia. Veo una horrible igualdad en la naturaleza humana, en las condiciones de vida de todos los hombres una violencia ineluctable, conferida a todos y a nadie. El individuo no es sino espuma de las olas, la grandeza, mero azar, la preponderancia del genio, un teatro de marionetas, una lucha irrisoria contra una ley de hierro; conocerla es lo más que se puede lograr, dominarla es imposible…tengo los ojos habituados a la sangre, pero no soy una hoja de guillotina.
El revolucionario como marioneta de la Revolución, Prometeo desencadenado, transformador y destructor. Danton el carismático, hedonista, libre y corrupto, y Robespierre el virgen, aséptico, rígido, amargo y asesino, muertos con espacio de días en el mismo cadalso, son tan necesarios uno como el otro en el gran teatro de la Revolución. Como el Che y Fidel, como Mao y Deng.
Lo que en un principio se armó “espontáneamente” o por la fuerza del destino se reprodujo después de una manera mucho más deliberada. Lenin, Trotsky y Stalin actúan la Revolución. Hacen la Revolución a sabiendas de que la están haciendo. Y lo mismo harán las revoluciones siguientes con ellos mismos después. “¿Quién es el Stalin acá?”. La revolución moderna es un laberinto de espejos. Por eso el drama de la Revolución termina necesitando de actores constantes que la representen. Y acá tenemos uno: el revolucionario profesional, un personaje central del siglo XX, que nace de este proyecto deliberado, perdida irremediablemente la autenticidad de “la primera vez”. La Revolución ya no hace al revolucionario, sino que el revolucionario hace la Revolución. El revolucionario profesional ya no quiere ser un juguete de la Historia; quiere que la Historia sea un juguete de él.
La Revolución siempre está un poco “sobreactuada”, es grotesca, presenta su elenco estable de arquetipos, de personajes que se repiten una y otra vez en la coreografía. Todas las revoluciones son también una versión de la revolución anterior, a la cual imitan, reproducen, corrigen y malversa.
Revolucionarios sin Revolución
Un político revolucionario es un hombre que quiere hacer la revolución. Un militante de extrema izquierda es un hombre que quiere ser un revolucionario. (…) Mientras que en un político revolucionario la tarea de hacer una revolución le exige a veces ofrecer de sí mismo la desteñida imagen de un concejal, la de construir una personalidad revolucionaria reclama colorido, brillo, una arquitectura de signos y símbolos asimilables a los posters, reducida a pura iconografía: el birrete guerrillero, la estrella de cinco puntas, los brazos en alto enarbolando ametralladoras. (…) Hay considerables diferencias entre las motivaciones que llevan a construir en el mundo exterior una revolución y las que llevan a construir en uno mismo una personalidad revolucionaria.
Pablo Giussani, Montoneros, la soberbia armada
El revolucionario profesional hace primero la revolución en sí mismo antes de hacerla para los demás: se revoluciona antes de revolucionar. Hay una constante de ese arquetipo de revolucionario que se repitió en envases biográficos sobre los agitados años setenta: es en general hijo de sectores medios con más educación que poder y está dispuesto a hacer la revolución para compensar esa distancia. El abogado, el profesional liberal, el universitario, el seminarista, abandonan sus trabajos comunes, la monótona realidad del ascenso social en cuotas, la vida familiar y burguesa con su probable destino burocrático para consagrar su vida a la Revolución y a la excitación y la intensidad que ésta produce. Pasaportes falsos, entrenamiento militar, vida amorosa fugitiva, nom de guerre, ser un Billy the Kid de una causa justa para la Humanidad con H mayúscula. Cambiar de vida y hasta cambiar de nombre, con “licencia para matar”. Desde el punto de vista práctico y material, la misma vida bandida que un integrante de una súper banda. Como cantaba en aquella canción del suicida un tal García Moreno (en los años “pacificadores” del Proceso): “El sueño de un sol y de un mar, y una vida peligrosa…”.
Una deslocalización social con efectos concretos. El revolucionario, al abandonar la vida ordinaria, pierde también el cable a tierra que esta trae irremediablemente asociada: el Che nunca irá a un Pago Fácil. El revolucionario no trabaja nunca más, a pesar de estar trabajando todo el tiempo. En una de las mejores escenas de la película de Juan Villegas estrenada este año, “No Matar”, Sergio Bufano, ex militante de OCPO (Organización Comunista Poder Obrero) cuenta una escena cotidiana del ’71, ’72 o ‘73, en donde en cualquier cita amorosa la cartera de la dama hacía ruido al apoyarse en la mesa del café, atestiguando la presencia del “fierro adentro”. A Bufano solo le parece bizarro en retrospectiva: en aquel momento, a sus 23 o 24 años, nunca había trabajado de otra cosa que de hacer la revolución, con lo cual no podía notar la diferencia. Vivir para la Revolución es también vivir de la Revolución.
La revolución se convierte en una proeza de personajes homéricos a la que el hombre común, la masa, no puede tener acceso. Los montoneros, aprisionados por estas formas wagnerianas de autoidentificación, acababan fatalmente por asumirse como una élite nibelunga cuya relación con la masa no podía menos que oscilar entre el paternalismo y la instrumentación.
La cita pertenece a uno de los libros valientes de la década del ’80, un libro cuya profundidad y audacia (su primera edición data de 1984, cuando aún los cuerpos de la masacre de la dictadura estaban tibios) son aún más insólitos visto desde nuestra actualidad cancelatoria. Se trata de Montoneros, la soberbia armada, de Pablo Giussani (reeditado el año pasado por su hija Laura), que ensaya una crítica política feroz a la generación del setenta en general (Giussani es en todo un sesentista mucho más que un setentista) y a los Montoneros en particular, hecha desde el progresismo y la izquierda que vio en la democracia de los ochenta su propia forma de revolución. Giussani fue fundador de la Revista Che a comienzos de la década del ‘60, secretario de redacción del Diario Noticias entre 1973 y 1974 y columnista político de La Opinión entre 1974 y 1976, y se exilió en Italia por la persecución de la Triple A primero y de la dictadura después.
En el relato de Giussani constatamos una apasionante intimidad con el montonerismo que desmenuza, la mirada de observación participante de un renuente compañero de ruta que intuye el desastre que sobrevendrá. Como un hombre de otra época, tentado en su juventud por el fascismo originario de Benito Mussolini, Giussani ve un aire de familia entre el revolucionario setentista y una forma del culto tanático a la violencia squadrista. ¿La revolución y la contrarrevolución se parecen demasiado? Giussani distingue en todo caso entre el “revolucionario” y el “rebelde”: el revolucionario puede tener errores, pero se entrega a la trascendencia de su propia teología, se deja habitar genuinamente por la época que quiere ayudar a generar, asume su propio ego como algo secundario frente a la necesidad histórica. “Canaliza” la revolución, diría un esotérico. El rebelde, en cambio, se define exclusivamente en función del rechazo a la forma de vida que abandonó. Busca obsesivamente matar al padre, y solo se “hace comunista” porque piensa rebelarse contra las formas burguesas por las cuales se siente oprimido. La decepción sobreviene cuando entra al Partido Comunista y descubre que sus dirigentes tienen costumbres más parecidas a las de sus padres. Rompe entonces con “la Iglesia”, y se suma a una escisión más a la izquierda guerrillera, como el guevarismo, o lo suficientemente lejana como para poder reinterpretarla a gusto y piacere, como el maoísmo. Después de todo, y visto retrospectivamente, el PC acertó bastante con su caracterización generacional del guevarismo: “Aventurerismo pequeño burgués”. La revolución como aventura burguesa.
El revolucionario puede tener errores, pero se entrega a la trascendencia de su propia teología. “Canaliza” la revolución, diría un esotérico. El rebelde, en cambio, se define exclusivamente en función del rechazo a la forma de vida que abandonó. Busca obsesivamente matar al padre, y solo se “hace comunista” porque piensa rebelarse contra las formas burguesas por las cuales se siente oprimido.

Por eso, la falla tectónica de esas biografías argentinas: pudo haber revolucionarios profesionales sin Revolución; pero hubo, también, Revolución sin revolucionarios profesionales. Como la Revolución justicialista de 1945. A los ojos de los revolucionarios profesionales, y pese al folclore oficial peronista, aquella revolución del 45 venía carente o magra de esa “dirección histórica” que la izquierda o los nuevos nacionalismos (ambos de élite) pretendían dotarle. “El peronismo es una emoción ideológicamente vacía”, cuenta Giussani que le dijo un cuadro montonero en 1975, “nuestra tarea es la de inyectar ideología en esa emoción.”
La soberbia armada, reeditado, pide una segunda oportunidad porque pide la disociación con la sombra vagamente “cancelatoria” que se le echó encima: aquella que lo arroja a la mesa de saldo de otro libro alfonsinista. Pero, si separar la obra del contexto es más difícil que separar la obra del artista, sin embargo, ese contexto de primavera democrática (con sus abonos, sus tretas, sus pactos de silencio y verdad) es apenas su “primera versión de la Historia”. El libro sobrevive al calor de otras cosas que sobrevivieron: la incansable revisión de los años setenta (por lo visto: nuestra principal “política de Estado”), los nuevos booms literarios sobre aquellos mismos años en las sucesivas décadas democráticas y los nuevos lectores (nuevas generaciones) que descubren en vivo las bibliotecas argentinas clásicas. E incluso, Giussani dialoga con la tendencia hegemónica de la izquierda peronista que en los años kirchneristas revivió la historia de Montoneros como tradición para nuevos revolucionarios sin revolución y una metamorfosis en torno al Estado y la burocracia: de los setenta en que la contingencia le ganaba a cualquier descenso burocrático (una generación que se peleaba por no tener cargos) al militante de Estado (una generación, finalmente, palaciega). Lo que sobrevive, lo que el propio Giussani esboza en su retrato ácido del revolucionario profesional casi profético, es el carácter performático de la militancia del nuevo siglo. Entre la sangre y el tiempo, la performance.
Galimberti, el sol negro de la revolución
Yo cuando volví a la legalidad sentía que no tenía nada que aportar. Renuncié a la política y me dediqué a hacer guita (…) Además, yo quiero homenajear a la gente de mi generación. Esa gente estaba para hacer grandes cosas: cuando vea a Vaca Narvaja vestido de gomero, a Perdía mendigando un puestito público, y a Firmenich autoexiliado en democracia, me dan asco. Ellos le faltan el respeto a todos los muertos. Yo me puse en la cabeza que mi mejor homenaje es tener éxito, demostrar que en esa época quisimos hacer la revolución y que hoy podemos ser empresarios o multimillonarios.
Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, Galimberti, de Perón a Susana, de Montoneros a la CIA
Con décadas de distancia entre uno y el otro, dos de los mejores libros sobre la década del ’70 dialogan entre sí. Galimberti bien podría ser un personaje central del ensayo de Giussani, y el marco teórico de la soberbia armada puede explicar el ethos profundo de la naturaleza galimbertiana. Más allá de los avatares de su psicología personal, del “personaje” galimbertiano, el ex jefe de Columna Norte expresa en su vida y en su política una forma de encarar la revolución. Diríamos, la construcción de una vida revolucionaria, emancipada de la idea externa de la Revolución.
En La soberbia armada, Giussani cuenta una charla con Joe Baxter, una suerte de precuela ambulante del galimbertismo, que también pasó del nacionalismo filo nazi de Tacuara al proto Ejército Revolucionario del Pueblo, previa parada en las selvas del Vietcong vietnamita. Una vida, como la de Galimberti, consagrada al extremismo ya no solo como ideología sino como forma de vida, al punto de dejar entrever el secreto que después revelará Galimberti: que la forma de vida vino primero, y después, secundariamente, la ideología. “Una buena guerra justifica cualquier causa”, sostenía como boutade Galimberti, y todos pensaban que jodía, o que se dedicaba con esmero cínico a la demolición del viejo ideario revolucionario (la máxima “una buena causa justifica cualquier guerra”.) Es posible pensarlo al revés, sin embargo. A Galimberti le decían “El Loco”, y los locos siempre dicen su verdad. Así, el “escándalo Galimberti” es que dice la verdad, o, al menos, su verdad, y que esta verdad es parte de la lógica de la década del setenta, su lado oscuro, su sombra, diría Carl Jung, y que tan real como la abnegación y el sacrificio del militante revolucionario fue la pasión por la vida peligrosa, el eros de la violencia, el culto a la intensidad en cualquiera de sus formas. Desde ese prisma, Galimberti, el gran traidor, es en realidad el más fiel no sólo a sí mismo, sino a la idea que siempre sostuvo sobre la revolución: la revolución como excusa para la construcción de una personalidad revolucionaria, en los términos de Giussani.
Galimberti hace una síntesis entre el fascismo y el guevarismo en un punto nodal, que no deja de ser político a pesar de la aparente incongruencia ideológica: el vitalismo. La generación de Galimberti hizo un culto a la juventud y la vida intensa que solo puede manifestarse de verdad mirando a los ojos a la parca, que solo puede expresarse en ese borde absoluto que existe entre la vida y la muerte. El culto al héroe, y su reverso presentable, el martirologio, tiene como origen la misma matriz antiburguesa, y, por ende, esencialmente antiliberal, si pensamos al liberalismo como la ideología (y el sentimiento) de los tiempos normales.
Como actor de la Revolución, Galimberti fue de esos actores que, como Olmedo o Francella, miran a la cámara y guiñan un ojo. De ahí su sinceridad maliciosa: él sabía que estaba actuando, trató de decírselo a los demás todo el tiempo, cualquiera sea su público y, además, lo disfrutaba. El sexo, la vida clandestina, la pólvora y las armas son un todo único en la cosmovisión y el cuerpo de Galimberti, una unidad que él nunca negó, o si negó, se le notaba rápido. A Galimberti le gustaba su vida así, y a pesar de los infinitos costos, de las muertes, nunca disfrazó su adicción a la dopamina con un catálogo de buenas intenciones. De alguna manera, expuso una “verdad generacional” incómoda que los demás siempre quisieron ocultar. Quizás este fue su mejor rol: al revés de Firmenich, que refugiado en su Isla de Guam parece seguir abocado a ocultar algo bajo la verborragia de algún interminable mamotreto, Galimberti siempre se salió de la vaina para decir su verdad maldita.
Como actor de la Revolución, Galimberti fue de esos actores que, como Olmedo o Francella, miran a la cámara y guiñan un ojo. De ahí su sinceridad maliciosa: él sabía que estaba actuando, trató de decírselo a los demás todo el tiempo, cualquiera sea su público y, además, lo disfrutaba.