Veo el futuro a mis pies crepitar

A diferencia de los debates actuales que giran sobre un solo futuro que dan por seguro, la prospectiva construye escenarios verosímiles para que la sociedad vea lo que puede pasar, entra al barro de la discusión publica sobre las condiciones necesarias para varios futuros. Este texto discute tres futuros posibles para Argentina.

por Darío Sandrone

Mirando hacia atrás

Looking Backward: 2000–1887 es el título de una novela publicada en 1888 por el periodista y activista político estadounidense Edward Bellamy. El protagonista de la historia es un joven llamado Julian West que vive en la ciudad de Boston, en el estado de Massachusetts. En 1887, Julian cae en un profundo sueño hipnótico y despierta 113 años después, exactamente en el año 2000. Estados Unidos es ahora una cooperativa gigante donde se ha suprimido el capital privado, la herencia, el dinero y el salario. El Estado controla toda la producción industrial a través de una férrea organización del trabajo de corte militar. En la industria-ejército todos los habitantes deben realizar la misma cantidad de trabajo para merecer su lugar en la sociedad, lo que ha permitido una drástica reducción de la jornada laboral. Desde pequeños los ciudadanos-trabajadores son formados en centros estatales en las profesiones liberales y en el estudio teórico-práctico de distintas ramas de la industria. A los 21 años ingresan en el Ejército de Trabajo y con el tiempo ascienden en rangos según sus méritos, para jubilarse con todos los beneficios al cumplir 45 años.

El Estado también concentra en sus manos el comercio, incluidas las actividades recreativas. Los lujos individuales han desaparecido, en cambio, la suntuosidad pública, las diversiones masivas y los espacios de ocio han adquirido proporciones monumentales: las galerías de arte, los teatros, las enormes tiendas, los grandes restaurantes estatales reemplazan a sus equivalentes empresariales contemporáneos. Los trabajadores pueden comer en cualquiera de los comedores públicos donde la comida llega por tubos neumáticos desde las cocinas centrales. Cada ciudadano-trabajador recibe el mismo crédito anual para consumir, que puede gastar a través de unas tarjetas de débito, que en la época de Bellamy, recordemos, no existían.

A seis meses de su publicación Looking Backward: 2000–1887 había vendido 400 mil ejemplares, superando por mucho el millón en los años posteriores. En el albor del siglo XX ya había sido traducida a más de 20 idiomas. Cuando le pidieron a tres de los más grandes intelectuales estadounidenses de la época -Charles Beard, John Dewey y Edward Weeks- que armen una lista de los veinticinco libros más influyentes de la segunda mitad del siglo XIX, los tres, cada uno sin saber lo que harían los otros dos, colocaron la obra de Bellamy en segundo lugar. Ante tal coincidencia no debería llamar la atención que para los tres encabezaba la lista Das Kapital, de Karl Marx. Aunque Bellamy no era marxista, Lenin mencionó la novela y en la URSS se reeditó varias veces como literatura de formación. En Europa fue lectura obligada para los socialistas. Era común que se repartieran ejemplares cada vez que en algún lugar del mundo se inauguraba una sede del PC, en cierta forma para ilustrar cómo será el socialismo ante un eventual triunfo de La Revolución.

Más allá de su valor literario y su éxito editorial, lo más notable de Looking Backward: 2000–1887 fue que trascendió la ficción dando origen a un movimiento de masas que creía que era posible transformar a Estados Unidos en la sociedad que describe la novela. Se abrieron más de 160 “Bellamy Clubs” a lo largo y ancho del territorio estadounidense, una suerte de “unidades básicas” en las cuales se discutían y se propagaban las ideas de la obra. Se dice que en ese momento no había escolar rebelde que no tuviera como fetiche un ejemplar escondido en el pupitre. Se fundó el partido Populista, en gran medida influenciado por las ideas de Bellamy, que en su pico de popularidad logró más de un millón de votos en EE. UU., muchos de los cuales se debieron a sus seguidores. 

Looking Backward: 2000–1887 encaja perfectamente en el género literario denominado utopía, nombre propio que ha llegado a ser genérico. En 1516, Tomás Moro escribió sobre la isla de Utopía, cuya organización social era muy diferente a la europea de aquellos años. El clérigo irlandés Jonathan Swift a comienzos del siglo XVIII narró las aventuras del capitán Lemuel Gulliver en tierra de gigantes y liliputienses. Más acá en el tiempo, Samuel Butler cuenta las aventuras de un viajero que descubre, tras las montañas, un país oculto llamado Erewhon (1832) en el que están prohibidas las máquinas, a partir de lo que plantea una crítica a la sociedad industrial. En la mayor parte de esas obras se repite el procedimiento: la sociedad alternativa se desarrolla en un territorio, en un lugar, en una isla, en una tierra exótica y alejada de la civilización. Por el contrario, en Looking Backward: 2000–1887, el protagonista no se mueve de Boston. La sociedad ideal se despliega en esas mismas calles, con esa misma gente. La tierra prometida no está en otro lugar, sino en otro tiempo: el futuro. 

Las ficciones utópicas o ucrónicas suelen ser catalogadas como prospectivas narrativas: no usan planillas de Excel para proyectar las tendencias futuras, sino que desarrollan escenografías, vestuarios, conflictos, dramas, historias, personajes que encarnan las consecuencias de esas tendencias, a veces disfrutándolas, a veces padeciéndolas 

Sea realista, pida un futurible 

El estudio científico del futuro tiene una larga historia. Han sido sobre todo cientistas sociales los que, habiendo visto consolidadas las disciplinas que tenían por objeto el pasado, plantearon a lo largo del siglo XX la posibilidad de construir en espejo las que indaguen el futuro. En oposición a la paleontología (del griego παλαιος/palaios, que significa antiguo), el cientista social estadounidense Seabury Gilfillan propuso en 1907 la melontología (del griego Μέλλον/Mellon que significa “lo que ha de venir”). En la década de 1940, el politólogo alemán Ossip Flechtheim (director del Instituto de Investigaciones sobre el futuro de Berlín) propuso fundar una ciencia llamada futurology para significar la búsqueda de una lógica del futuro en el mismo sentido en que la Historia busca la lógica del pasado. Por su parte, en la década de 1970, el sociólogo estadounidense Daniell Bell propuso utilizar la voz prognosis para referirse al estudio de aquello que aún no ha acontecido. 

Por otro lado, a mediados del siglo XX, el politólogo francés Bertrand de Jouvenel planteaba que es imposible una ciencia del futuro porque, a diferencia de las demás ciencias, su objeto de indagación aún no existe. Argumentó que, en cambio, sí podía tener lugar una suerte de arte para crear “futuribles”, esto es, escenarios futuros posibles, utilizando datos reales, algo de lógica y mucha imaginación especulativa. En paralelo, el filósofo coterráneo Gaston Berger popularizó el término prospectiva, en oposición a la palabra retrospectiva, para llamar la atención sobre la necesidad de mirar adelante cuando se toman las decisiones del presente, especialmente aquellas de alto impacto para la sociedad. Desde entonces, la prospectiva se configura como una disciplina emergente de las ciencias sociales que estudia los futuros probables y deseables para tomar mejores decisiones hoy. La relación lógica entre ambas disciplinas es que sin buenos futuribles no hay buenas prospectivas. 

Las ficciones utópicas o ucrónicas, como Looking Backward: 2000–1887, suelen ser catalogadas como “prospectivas narrativas”. Comparten el objetivo de la prospectiva científica de influir en la forma de actuar de la sociedad en el presente una vez que pueda apreciar lo que puede suceder más adelante. Para que la sociedad “vea” lo que puede pasar, ambas utilizan el método de escenarios, imaginando y describiendo potenciales entornos futuros a partir de narrativas coherentes y verosímiles. Desde luego, las obras literarias no tienen la pretensión científica de la prospectiva moderna, que trabaja con datos de la realidad y proyecciones matematizadas para anticipar tendencias. No usan planillas de Excel para proyectar las tendencias futuras, sino que desarrollan escenografías, vestuarios, conflictos, dramas, historias, personajes que encarnan las consecuencias de esas tendencias, a veces disfrutándolas, a veces padeciéndolas.  

Diseñar un buen “futurible” no es fácil, ni para el novelista ni para el prospectivo. Si los pasajes de la novela son inverosímiles o muy fantasiosos la ilusión del lector se cae como un velo para mostrar los hilos; si el escenario económico del prospectivo resulta posible pero no probable, el público pierde el interés porque no puede relacionarlo con opciones reales del presente. El concepto de escenario recoge la fase artesanal de acomodar en un espacio físico destinado a la mirada de los demás los elementos familiares en una composición que despierte reflexiones o deliberaciones. En un escenario nada puede desentonar o permanecer aislado. Cada elemento que se pone en escena obliga a pintar y remodelar otro elemento, a cambiarlo de lugar, o quitarlo para poner uno distinto que, a su vez, posiblemente obligue a refaccionar el elemento original.

Hacer un “mapa” de esos escenarios implica cartografiar esas ubicaciones, las distancias entre ellas, los accesos, las rutas que los conectan y los accidentes geográficos que las separan. Looking Backward: 2000–1887 es, también, un ejemplo de las dificultades que implica crear un futurible coherente, incluso en la ficción, cuando no se hace un buen mapa. La novela describe una serie de innovaciones tecnológicas en el futuro, algunas de las cuales efectivamente llegaron a la realidad como las tarjetas de débito, la transmisión de música y voces en casa por dispositivo similar a la radio y las comunicaciones por teléfono para pedir comida. Sin embargo, no supo ver la expansión de la tecnología informática con un sistema que abarcara todo el escenario. Esos inventos aislados brillan entre las máquinas a vapor y eléctricas de finales del siglo XIX, como si Bellamy se hubiese olvidado quitarlas del escenario cuando colocó los dispositivos futuristas. 

Lo más llamativo de la novela, sin embargo, es el escaso desarrollo de los cambios en la vida cotidiana y los hábitos de las personas que habitan el año 2000. Por tomar un ejemplo: todo el mundo usa casi la misma ropa que en 1888. Una explicación podría ser que si Bellamy cambiaba demasiado el vestuario y lo diversificaba hubiese estado obligado a proyectar la moda, el diseño individual de la apariencia y, finalmente, la sociedad de consumo que entra en oposición con el planteo central de la novela. Fue necesario, para evitar eso, construir un escenario ascético, sin publicidad, sin marcas. Los escenarios montados por Bellamy tienen demasiados cambios sociales y tecnológicos para que sean simultáneamente tan conservadores culturalmente. Un sistema sociotécnico del siglo XX que anida intacta la cultura y la ética del siglo XIX no es creíble, o, peor aún, no es probable. No es un buen “futurible”. El gran desafío para la prospectiva y para la ficción es cartografiar las subjetividades futuras, que juegan un papel fundamental. En sus Meditaciones sobre la técnica Ortega y Gasset dice que es muy difícil predecir la tecnología del futuro, porque la tecnología no solo se basa en una cuestión práctica, sino también en los deseos, y es muy difícil saber qué vamos a desear dentro de dos siglos.

El gran desafío para la prospectiva es cartografiar las subjetividades futuras, que juegan un papel fundamental: es muy difícil predecir la tecnología del futuro, porque no solo se basa en una cuestión práctica, sino también en los deseos

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Microficción prospectiva

Borges contaba que, cuando estaba muy nervioso porque tenía que dar una conferencia, se convencía que ya la había dictado; de esa forma el futuro era tan inmodificable como el pasado, desapareciendo la fuente de incertidumbre. La actitud borgiana es la opuesta a la prospectiva, en la medida que, lejos de habilitar varios futuros posibles, clausura todos menos uno, el que más conviene. Este procedimiento es muy común en los discursos políticos. El 29 de abril, el Ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, invitaba a futurizar: “Imaginensé la Argentina en 10 años”, dijo, “será un país con 50 millones de habitantes y 500 millones de agentes de IA produciendo para todo el mundo”. Esta profecía, que recordó los cohetes a la estratosfera de Menem y el robot que te va a atender en los hospitales de Macri, sirvió para justificar el anuncio del envío al Congreso de una reforma de la ley de sociedades para crear la figura de “sociedades de Inteligencia Artificial (..) es decir empresas sin humanos”. Esta estrategia del discurso político, al igual que la ficción prospectiva, monta escenarios futuros convenientes para influir en las actitudes presentes de la gente, sostenidos en una fe poética inquebrantable: el futuro se exhibe como algo que parece ya haber ocurrido, con el propósito de desactivar las alertas, los miedos y las resistencias de las personas en la actualidad. Sin embargo, al igual que la novela de Bellamy, es un escenario muy incompleto que no describe cómo (o de qué) viviremos las personas en ese futuro, qué pensaremos, qué desearemos.

En el centro del escenario las inteligencias artificiales produciendo riquezas en soledad. Estas microficciones prospectivas no solo se despliegan hoy en día en los discursos políticos, también abundan en las conferencias y declaraciones de los grandes empresarios tecnológicos, que las utilizan para que las personas cambien su actitud y, sobre todo, sus consumos. Elon Musk describe escenarios futuros en los que los robots antropomórficos realizan todas las tareas para que la gente compre sus robots ahora. Mark Zuckerberg describe escenarios futuros en los que vivimos en internet, para que la gente compre ahora mismo un terreno baldío en su Metaverso. Incluso ciertos sectores intelectuales progresistas construyen escenarios futuros en sus ponencias y artículos donde lo público ya no existe, la universidad ha pasado de moda y la democracia ha llegado a su fin, para plantear que “hay que hacer otra cosa”. Casi siempre esa “otra cosa” coincide con las líneas de investigación o la política académica que pretenden instalar en lo público, en la universidad y en las instituciones democráticas del presente. 

Si algo puede enseñarnos la prospectiva es que no se trata de asumir, sin más, la certeza de un escenario futuro. No hay un solo futuro, hay “futuribles”. En ese sentido, cuando se mira al futuro y se dice lo que uno ve, conviene hacerlo como quien realiza una tarea lógica antes que premonitoria. El ejercicio prospectivo rechaza las afirmaciones del tipo: “en 2040 pasará X”. En cambio, nos invita a pensar en clave condicional, con antecedente probable y múltiples consecuentes: “si sucede A, es probable que suceda X, Y o Z”. La pregunta que la prospectiva no puede responder es qué hacer para que suceda A. O para que no suceda. Esa es exactamente la pregunta de la política y del pensamiento crítico. ¿Qué hacer para que en 10 años no estén dada las condiciones para que la IA excluya a los humanos? ¿Qué hacer para que no se den las condiciones a partir de las cuales en 10 años lo público desaparezca, la universidad desaparezca y la democracia no desaparezca?

Ciertos debates teóricos en la academia abandonan rápidamente esas preguntas. Corren el foco de las condiciones necesarias para que se despliegue tal o cual futuro, al futuro mismo que, como Borges, dan por ocurrido. Salen así del barro de la discusión pública para ubicarse en otro lugar (o en otro tiempo) con menos urgencias y menor densidad poblacional: el futuro. La ficción prospectiva reemplaza allí la teoría política y el pensamiento crítico: se desarrollan personajes en un escenario que no tenemos posibilidad de elegir, se especula qué ropa usaremos, qué comeremos, qué nuevas piruetas harán los agentes de IA y qué filosofía es necesaria hacer ahora para pensar mejor dentro de 30 años. 

Borges contaba que cuando estaba nervioso porque tenía que dar una conferencia, se convencía que ya la había dictado; de esa forma el futuro era tan inmodificable como el pasado, desapareciendo la fuente de incertidumbre. La actitud borgiana es la opuesta a la prospectiva: lejos de habilitar varios futuros posibles, clausura todos menos uno, el que más conviene. 

Apéndice: Prospectiva Artificial y tres escenarios para la Argentina del 2040

Juego con una IA y le pido un ejercicio prospectivo: Tres escenarios de Argentina en 2040. El primer escenario supone que Argentina ha aceptado desde ahora los principios de organización social y política de Looking Backward: 2000–1887. El segundo escenario supone que el poder queda durante años en manos de la ultraderecha libertaria. El tercer escenario es uno intermedio de centro, con equilibrio entre el sector público y privado. El punto de partida es lo que sucede hoy: crisis recurrente, inflación crónica dominada, 45% pobreza, grieta política, talento que emigra, litio/Vaca Muerta/recursos, economía bimonetaria informal. Todo lo que sigue no ha sido escrito por mí, sino por máquinas. 

Escenario 1: “La Gran Cooperativa Nacional” (Lógica Bellamy)

Idea fuerza: El Estado absorbe y planifica. Como en Looking Backward, se nacionaliza la producción clave y se elimina la competencia. Economía: YPF, litio, alimentos, salud y educación son un solo “Ejército Industrial Argentino”. Todos son empleados del Estado con rango. Cobrás en “Créditos Nacionales” en una tarjeta única. No hay dólares, no hay pesos. No hay inflación porque no hay precios. El Estado fija cuotas. Tecnología: Desarrollo centralizado. Internet estatal, 6G gratis. Comprás por app del Estado y te llega por tren/dron a tu comedor barrial. Bellamy estaría orgulloso: cocinas centrales, tubos de comida. Sociedad: Trabajo garantizado de 20 a 45 años. Después jubilación obligatoria. No hay desempleo, no hay villas. Pero tampoco hay unicornios, rappis ni emprendedores. La “viveza criolla” es delito económico. Género/cultura: Igual que Bellamy: conservador. Mujeres y hombres en ramas separadas. La familia tradicional se premia con más crédito. El aborto y el divorcio existen pero mal vistos. No hay influencers, hay “educadores del mérito”.

Riesgo: Se vuelve la URSS 1980. Sin incentivos, sin disenso, sin dólares para importar repuestos. Se cae por ineficiencia y falta de libertad. Bellamy diría: “Ven, la pobreza se terminó. El hombre está a salvo de sí mismo”. La crítica 2040: “Sí, pero nadie quiere coger, crear o irse de vacaciones a Brasil. Estamos muertos en vida”.

Escenario 2: “República Offshore” (Lógica actual proyectada) 

Idea fuerza: Tendencias 2015-2026 sin freno. Estado débil, sálvese quien pueda, tecnología sin regulación. Economía: Dólar/Cripto es la única moneda real. El peso existe para planes. 70% de la economía es informal. Vaca Muerta y litio se explotan por enclaves tipo Dubai: ciudades privadas con seguridad propia para empresas extranjeras. El resto del país es zona liberada. Tecnología: Hiperconectados pero desigual. Buenos Aires tiene taxis voladores y delivery con IA. En el conurbano seguís con 4G y cortes de luz. Salud/educación pública colapsada. Si tenés guita, tenés medicina genética. Si no, tenés curandero de TikTok. Sociedad: Clases sociales fosilizadas. Una élite de 10% vive como en Miami. Una clase media tecnológica labura remoto para afuera. El 60% restante hace changas para plataformas o cobra un “Ingreso Básico Universal” de USD 50 que no alcanza. Género/cultura: Hiperliberal en lo individual. Todo vale: poliamor, onlyfans, cambio de sexo a los 16, iglesias evangélicas, culto al fitness. Pero hiperconservador en lo económico: nadie te salva. Meritocracia brutal.

Riesgo: Estallido social cada 5 años. Secesión de provincias ricas. Narcoestado en el norte. Fuga de cerebros total. La lógica actual diría: “Al menos somos libres de elegir cómo cagarnos de hambre”. La crítica 2040: "Somos Somalia con iPhone 32”.

Escenario 3: “El Modelo de Centro”- (Disruptivo) 

Idea fuerza: Ni Estado total ni mercado salvaje. Redes descentralizadas + recursos + nuevo contrato social. Mezcla Bitcoin, cooperativas y cultura argenta. Economía: Provincias compiten con monedas propias respaldadas en litio, gas o soja. Nación solo maneja defensa y justicia. El “Peso Digital Federal” convive con “Patacones 4.0” de cada región. Cooperativas tecnológicas exportan software, bio y diseño. Renta básica financiada con 15% de la renta de recursos. Tecnología: Argentina líder en AgTech y Biotech por necesidad. Se inventó la carne cultivada barata, el país es potencia alimentaria sin vacas. Educación es híbrida: booteas a los 14, trabajás y estudiás online toda la vida. Salud: genética preventiva pública, el resto privado. Sociedad: Se acabó el AMBA-centrismo. Ciudades de 300k como Córdoba, Mendoza, Bariloche, son hubs. Trabajo de 4 días. La gente se muda por calidad de vida, no por laburo. Sigue el asado, el fútbol y la obsesión por el dólar, pero ahora es folclore. Género/cultura: Pos-grieta. La identidad es líquida pero la familia volvió en formato “tribu elegida”. No te casás, hacés “contratos de convivencia” de 5 años renovables. El Estado no se mete. El tango se baila en el metaverso.

Riesgo: Desintegración si las provincias se pelean. Dependencia de que el mundo siga comprando comida y litio. Si aparece la fusión nuclear, nos quedamos sin negocio. La prospectiva diría: Este es el “escenario apuesta”. No es probable, pero es posible si 3 o 4 cosas salen bien juntas. La crítica 2040: "Suena lindo pero ¿quién te garantiza que los cordobeses no se quieren independizar con la guita de las fábricas?"

Ciertos debates teóricos corren el foco de las condiciones necesarias para que se despliegue tal o cual futuro, al futuro mismo quedan por ocurrido. Salen así del barro de la discusión pública para ubicarse en otro lugar (o en otro tiempo) con menos urgencias y menor densidad poblacional: el futuro