Una negatividad para el siglo XXI
La juventud es siempre un problema debido a su negatividad: el rechazo de los parámetros que constituyen la cultura de una época. Un análisis de las últimas tres generaciones (la X, los millennial y la Z, actual juventud del siglo XXI) permite ver las causas y formas cambiantes de la desafección, el nihilismo, y otras formas de disidencia pasiva.
por Dante Sabatto
La juventud es siempre un problema. Lo es desde su invención, más reciente de lo que puede parecer: hasta mediados del siglo pasado no había algo así como un período extendido de la vida entre la infancia y la adultez, un tiempo delimitado donde las fronteras de la (ir)responsabilidad se desdibujan. La posguerra inventó la juventud, y con ella el problema de la juventud: la necesidad de explicarla, de dar cuenta de las transformaciones culturales que ella trae consigo.
Juventud y negatividad
La generación más joven ha sido planteada, siempre, como riesgosa o en riesgo: una fuerza libidinal difícil de controlar, que nunca se halla completamente subsumida por las instituciones que aseguran el orden social. Escapa a su familia de origen y aún no ha formado una nueva; si tiene el capital para hacerlo, puede evitar temporalmente el mundo del trabajo.
Si la generación más joven plantea siempre un problema, es porque es el resultado de un experimento involuntario, ese que se llama “reproducción social”. La juventud, cuando emerge, es un objeto que se torna sujeto: deja de ser una cosa moldeada por las generaciones anteriores y reclama para sí una autonomía y una productividad propias. Es en este sentido que la juventud se vincula con la negatividad: debe negar la relación inherente de pertenencia al sistema de valores de la generación previa y fundar una instancia de alteridad.
Las generaciones son, precisamente, modelos de estabilización parcial de valores éticos y estéticos, políticos y culturales, que sostienen un cierto grado de coherencia interna. Son, sin lugar a dudas, ficciones sociales: el discurrir del tiempo es homogéneo y no cuenta con cortes claros, pero sin embargo se suelen establecer algunos puntos de quiebre que implican el final de un proceso de negación y el comienzo de uno nuevo.
Pero esta noción de negación debe ser complejizada. Una generación no podría jamás negar completamente los valores de la generación previa: una posición de una radicalidad tal no tendría asidero material, e implicaría que el nuevo grupo social se encuentra en una posición de transparencia absoluta con sus condiciones de existencia que le permitiría acceder a una percepción holística del metajuego de valores en disputa. ¿Cómo se seleccionan los puntos nodales de una cultura que van a ser rechazados por la generación por venir? Es sin duda un proceso inmanente, contingente, que no opera sólo en el terreno de lo simbólico sino que se basa en elementos materiales que estructuran la relación entre un grupo y el siguiente. Pero, además, es un proceso estructuralmente imprevisible para la generación previa, porque la misma condición de su desarrollo es que se dé a espaldas de esa generación.
Eso a lo que me refiero como negatividad, entonces, es algo constitutivo del devenir social. Se trata de un rechazo siempre parcial de los parámetros que constituyen la cultura de una época, y puede existir en un amplio espectro. Una generación nunca es un monolito y siempre contiene una multiplicidad de formaciones prácticas, a veces aparentemente contradictorias entre sí, unificadas porque responden a un mismo contexto histórico.
En estas líneas, quiero ensayar una aproximación a los modos en que algunas de estas formaciones negativas aparecen en distintas generaciones. Específicamente, quiero poner el foco sobre la desafección, el nihilismo, y otras formas de disidencia más o menos pasiva. En el último medio siglo, estas formaciones afectivas han tenido una relevancia creciente, y entender las formas en que han mutado puede resultar esencial para comprender algunas condiciones cruciales del presente. Los cada vez más comunes diagnósticos sobre la crisis de legitimidad que enfrentan instituciones fundamentales, como la democracia, suelen identificar correctamente la existencia de un quiebre de orden generacional como un factor explicativo de estos procesos. Corresponde, en consecuencia, preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí. Voy a intentar hacerlo a través de un análisis transversal a tres generaciones (la X, última generación nacida en la Guerra Fría; la Y o millennial, crecida al calor del neoliberalismo de fin de siglo; y la Z, actual juventud del siglo XXI).
Poder y no poder
Las tres generaciones más recientes son las generaciones sin alternativa: las que crecieron al calor del “capitalism, alone”, en términos de Branco Milanovik: un único sistema global, sin competencia. Entre los 60 y los 80, el modelo soviético dejó de ser un ejemplo que podía ser emulado en el resto del mundo y pasó a ser un caso único, aislado y sujeto a infinitas controversias incluso para la izquierda occidental que la había admirado. Para nuestro continente, y más específicamente nuestro país, los quince años que van del 65 al 80, y que delimitan arquetípicamente a la Gen X, enmarcan el proceso de surgimiento y desencanto de la opción revolucionaria: de la ilusión cubana al horror del exterminio.
El nihilismo X es plenamente consciente de su inefectividad, no cree (ni podría creer) que está efectivamente cambiando las cosas. Pese a ello, no es autocrítico ni culpógeno: emplea la desafección precisamente como distancia irónica

Pero el proceso de cerrazón política no fue brusco y unívoco, sino el resultado de una combinación de subprocesos diversos, con hitos claros (el Nixon shock, por ejemplo), y que continuó mucho más allá de la caída del Muro. En los 90-2000, la revolución conservadora dio paso a la versión “progresista” del neoliberalismo reinante. El capital recuperaba el utopismo político y lo ubicaba sobre el presente; como imitando el alzheimer de Ronald Reagan, el discurso político intentó un olvido de la dimensión política, con el clásico diagnóstico Fukuyama del “fin de la Historia” como epítome. Pese a las mejores intenciones de los polemistas de la Gen Y, el cambio de milenio no quebró este proceso: no lo hizo la crisis de las puntocom, ni el atentado de las Torres Gemelas, ni, en nuestro país, la crisis del 19 y 20 de diciembre. El proceso pudo continuar y, sobre todo, no surgió ninguna alternativa contrahegemónica significativa. Con su giro progresista, el neoliberalismo prometía una solución capitalista a los problemas del capitalismo, cerrando aún más los márgenes de la intervención política negativa.
Si la generación de los 70-80 se encontró con una inhabilitación de la forma de intervención tomada por las juventudes anteriores (un camino bélico-político) y la de los 90-00 halló que toda forma de acción (negativa o no) se encontraba ya cooptada por mecanismos de mercado, la generación de los 10-20 está ante un escenario especialmente paradójico. Este podría definirse así: pese a que las formas de práctica negativa han estado clausuradas por décadas, el peso de los mecanismos de represión autoritaria y captación ideológica está en aumento. Estas son, para cada uno de estos grupos, las condiciones del desencanto con su tiempo; todas presentan contradicciones con las que resulta indispensable lidiar de alguna forma.
Para la Generación X, las fuerzas libidinales de la negatividad parecían agotadas. La revolución de sus padres había fracasado, por lo que no valía la pena rebelarse contra ella, pero tampoco resultaba posible continuarla. Encontrar una forma menos activa de desplegar la negatividad era una tarea urgente. Este es, de alguna manera, el nacimiento de la desafección contemporánea: desde esta época, los diagnósticos de cinismo o nihilismo acompañarán a cada generación de jóvenes, por más diferencias que haya entre ellas. El caso de Argentina es claro: la resurgente democracia era frágil y no podía correr el riesgo de volver a abrirse a una participación activa de masas fuera de las jornadas electorales; el entusiasmo podía volcarse primaveralmente a la cultura, pero no había mecanismos para conducirla al campo estrictamente político. Recién el deshielo de la economía menemista, en los últimos años del siglo XX, rehabilitó algunas formas de militancia oposicional: formas algo endebles pero evidentemente negativas, que tendrían su continuación en el modelo asambleario del 2001.
Las generaciones anteriores habían creado formas de vida radical: una vida afuera o bien una vida otra, distinta al modelo fundamental del capitalismo. Ante la clausura de estas formaciones, las generaciones posteriores parecen relegadas a un estatuto de sobre-vida, de supervivencia. Esto no es menos cierto para millennials y Gen Z, aunque de formas distintas. Para los primeros, se trató principalmente de una vacilación sobre el lugar del poder. Dos discursos presidenciales lo ejemplifican: salvando las enormes distancias, tanto Barack Obama como Cristina Fernández de Kirchner esgrimieron discursos mediante los que se ubicaban en un lugar subsidiario respecto del poder real. El Estado admitía abiertamente la crisis de su soberanía, y eso plantea un grave problema para una negatividad que siempre existió como una disputa contra o por el control estatal. Así, la participación militante en favor de “lo público” apareció como una alternativa, una negatividad disfrazada de afirmación, una forma de intervención política posible después de la clausura de lo imposible.
La desafección millennial prefirió otros caminos. Principalmente, fueron los de la construcción de espacios locales que no disputaran con las tendencias más amplias de la cultura de masas, sino que trazaran un camino propio
La Generación Z no cuenta con una posibilidad como esta. El legado de las últimas cuatro décadas ha sido uno de franco fracaso, un extraño escenario de lose-lose, sin ganadores. En los últimos quince años, ha sido evidente el resurgir de formas de radicalización política; ideológicamente polivalente, si bien recientemente hegemonizada por el sector reaccionario, la juventud radicalizada tiene en común la socialización mediante comunidades digitales. Estas nuevas avenidas de participación política, sin embargo, corren en paralelo a un descreimiento creciente de la deliberación democrática; no se trata de una contradicción: es precisamente porque las generaciones previas contaron con dichos mecanismos de intervención pero fueron incapaces de ir más allá de la desafección que el presente combina una creciente fe en la negación activa con una cada vez mayor desconfianza de las vías tradicionales para canalizarla. En otras palabras, el cinismo transporta su objeto: de las ideas o el poder mismo a los medios y las estrategias de intervención.
De MTV a GPT
Fuera del terreno estrictamente político, las manifestaciones culturales son el principal objeto de análisis para pensar la evolución de las formaciones afectivas y, más concretamente, han sido el ámbito donde la desafección ha sido detectada y analizada con mayor detalle. Nunca ha sido más claro esto que para la Generación X, a veces directamente llamada “Generación MTV”. Los 90 son, depende a quién se le pregunte, el punto máximo o el cierre definitivo de la negatividad en la música. Los primeros señalarán el significante de muerte que pende sobre el período: en el rock, la anhedonia suicida del grunge y el hardcore; en el hip hop, el apogeo de la cultura gangsta; en la electrónica, la disolución del vitalismo yoico en la pista de baile que ofrecían el drum and bass o el jungle. Los segundos, se apoyarán en el hecho de que cada uno de estos movimientos era inmediatamente captado y reproducido por el andamiaje corporativo de la industria cultural, cuando esta no lo había producido desde el principio.
Ambos tendrán razón. No es por nada que el modo afectivo fundamental de la generación de los 80-90 es el sarcasmo, la afirmación de una cosa y su contrario, o bien una aseveración que se hace para connotar su opuesto: una maraña del significado en la que, al final, no se dice nada. Una forma específica es la sobreidentificación: performance irónica de una afirmación radical que, en su misma exageración, se revela como crítica. Como lógica cultural del capitalismo tardío, el nihilismo X es plenamente consciente de su inefectividad, no cree (ni podría creer) que está efectivamente cambiando las cosas. Pese a ello, no es autocrítico ni culpógeno: emplea la desafección precisamente como distancia irónica, una impasividad que no importa si es o no impostada. Y, sin embargo, es la misma radicalidad posmoderna de esta desafección la que la emparenta con el vanguardismo clásico: una forma estética radical de vivir la vida, o la muerte.
Contra el sarcasmo, la desafección millennial prefirió otros caminos. Principalmente, fueron los de la construcción de espacios locales que no disputaran con las tendencias más amplias de la cultura de masas, sino que trazaran un camino propio. En la música, la nueva generación construyó el indie, un espacio gigantesco apartado del mainstream por su envergadura, pero no necesariamente desintegrado de las estructuras de su industria. En la cultura digital, los primeros pasos de cercamiento del antes abierto campo de foros dio paso a subculturas basadas en una conectividad global inédita.
También en este campo la negatividad millennial fue tímida, más interesada por desmarcarse que por oponerse. No se puede decir lo mismo de la Generación Z. En muchos sentidos, la nueva negatividad parece tener un parecido con la de los 90: ¿en qué sentido es la “post-ironía” de la que se jactan los Z distinta de la ironía efectiva de los X? Quizás en su falta de dirección. El nihilismo de la primera generación sin alternativa apuntaba claramente hacia la muerte (y por eso eventos como el suicidio de Kurt Cobain o incluso la crisis del SIDA forman parte del imaginario estético generacional). Si los X disfrazaban la desafección de hiperafección, los Z directamente borran la distinción de los términos. Si es imposible distinguir a un nazi irónico de Twitter de un nazi real, es porque el mismo sujeto habita simulténeamente las dos posiciones, la radicalidad como chiste y la radicalidad verdadera. Ideología en estado de indeterminación cuántica, dispuesta a resolverse en cualquier momento, o no.
¿En qué sentido es la “post-ironía” de la que se jactan los Z distinta de la ironía efectiva de los X? Quizás en su falta de dirección
El cinismo actual no parece tener claridad, sino nutrirse fundamentalmente de la unión contradictoria de afectos contrapuestos: transgresión herética de todas las normas seguida de absoluta solemnidad en el resguardo de ciertos valores; exaltación de la inmediatez genuina habilitada por las redes acompañada de impostación exagerada de certidumbre e identidad. Si hay efectivamente algo así como la “post-ironía”, parece ser exactamente eso: una estética de la distancia sarcástica cubriendo un ansia de restaurar un orden de totalidad. Pero ese “ansia metafísica” no puede ser más que eso, una intención que se revela a todo momento como intrínsecamente fallida. Quizás hay algo sintomático en el hecho de que la generación que se refiere a su coyuntura como “capitalismo tardío” sea denominada con la última letra del abecedario.
Así, el campo cultural recupera algunos intentos de experimentación radical: tanto las nuevas olas de post-rock y post-punk como el trap ruidoso que emerge de Soundcloud o la electrónica post-hyperpop no pueden evitar a cada paso tematizar su condición fragmentaria. En ese sentido, el vanguardismo Z es más anárquico que el X: más caótico, quizás, pero más ingenuo; más absurdo, pero por eso menos reflexivo. De alguna manera, a esto se refiere Anna Kornbluh cuando describe el estilo cultural del presente bajo el signo de la “inmediatez”: la aceleración de la circulación de imágenes en la era digital establece una especie de ilusión de cercanía absoluta en la que todo está al alcance de la mano.
La desafección, con sus mutaciones, persiste. Resulta innegable que las transformaciones tecnológicas de la cultura son uno de los principales factores que impulsa su devenir: de los primeros usuarios de computadoras personales a la generación nativa, la socialización se produce cada vez más en entornos digitales. Si hasta el presente el cinismo y el nihilismo se han visto sobre todo determinados por la dificultad de intervenir políticamente sobre el estado de cosas, la condición digital parece abrir algunas coordenadas de participación que, si bien permanecen por lo pronto parcialmente cercadas, pueden contener márgenes de libertad más amplios.
En este texto busqué dotar de un contexto histórico a esas formas afectivas de la negatividad actual y dejar de leerlas bajo un lente decadentista. Al fin y al cabo, todas las generaciones se horrorizan de las pasiones de sus hijos, aunque no siempre de la misma manera; todo lo que se dice de la generación Z, su falta de fe en la institucionalidad democrática, su represión sexual paranoide, su dependencia patológica de los entornos digitales, todo puede trazarse en una herencia. Y sin embargo, una idea persiste: que así como la juventud fue inventada, puede ser desinventada. Quizás no haya, efectivamente, nada después de la Z.
La generación Z, su falta de fe en la institucionalidad democrática, su represión sexual paranoide, su dependencia patológica de los entornos digitales, todo puede trazarse en una herencia