“Tu perra puede ser tu amiga. Un robot, quizá también”

Mariano Sigman, neurocientífico y ensayista argentino afincado en Madrid, es coautor junto a Jacobo Bergareche de un libro que convierte la amistad en objeto de un experimento colectivo. Hablamos con él de la posibilidad de una ciencia de la amistad, de su raíz biológica, de la infancia, de los animales y del horizonte —más cercano de lo que parece— de los robotitos amigos.

por Santiago Gerchunoff

Nos encontramos ante uno de esos raros científicos que no usan la divulgación para simplificar nuestro mundo, sino más bien para expandirlo y enriquecerlo. Estudió física y matemáticas en la Universidad de Buenos Aires, se doctoró en neurociencia en la Rockefeller University de Nueva York e investigó después en París mano a mano con Stanislas Dehaene, una de las figuras centrales en el estudio contemporáneo del origen del lenguaje humano y las matemáticas. Pero lo singular en Mariano no es tanto la solidez de su recorrido como el modo en que lo abre, sin impostación, a la filosofía, la literatura y la tradición de las humanidades. De ahí la textura tan particular de sus escritos: en ellos conviven el laboratorio y la conversación, la hipótesis y la experiencia, la precisión conceptual y una curiosidad genuina por la vida concreta.

En su último ensayo, Amistad (Debate, 2025), en lugar de trabajar a partir de fuentes previas y aspirar a cerrar una definición precisa de la amistad, conversó con decenas de personas de distintas edades, nacionalidades y posiciones sociales para extraer, desde la experiencia y la reflexión compartida, algunas constantes de ese vínculo escurridizo.

Tu libro renuncia deliberadamente a la forma de un tratado y apuesta por la conversación. Después de tantos meses trabajando en eso, ¿sentís que se puede ir más allá, que tiene sentido una ciencia de la amistad, o que en cuanto uno intenta fijarla en una teoría empieza a perderla?

Yo creo que puede haber una ciencia de la amistad y, de hecho, creo que hace falta. Hay una tendencia a pensar que si algo es complejo o de contornos difusos entonces no es un buen objeto de conocimiento. Yo no lo veo así. El hecho de que algo sea difícil de atrapar no significa que no tenga anatomía, taxonomía, regularidades. Significa que todavía no hemos encontrado buenas preguntas o buenos métodos.

Lo primero que aprendí con el libro es que la amistad se deja pensar menos como una definición cerrada que como un conjunto de elementos básicos, una especie de tabla periódica. No existe una forma única de amistad, del mismo modo que no existe una única forma de materia. Hay amistades muy distintas entre sí, pero todas parecen organizarse alrededor de unos pocos ejes bastante precisos: la lealtad, la reciprocidad, el tiempo, el cuidado, la rivalidad, el deseo, la pertenencia. Lo interesante no es fijar una esencia sino entender cómo se combinan esos átomos constitutivos.

El problema es que hasta ahora ha habido cierta mala ciencia de la amistad: estudios demasiado obsesionados por reducirla a un número, como si la pregunta decisiva fuese cuántos amigos tiene uno. Eso sería como hacer zoología preguntándose cuántas patas tiene en promedio un animal. La pregunta buena es por qué aparecen formas distintas, qué regularidades hay en esa diversidad. A la amistad le ha faltado, si querés decirlo así, su Darwin. Alguien capaz de tomarse en serio la diversidad de las formas amistosas y no de aplastarlas enseguida bajo un promedio. Y en ese sentido, nuestro libro también fue científico: no desde el laboratorio clásico, sino desde una gran conversación organizada como experimento. Cada conversación era una lente distinta —un adolescente, una actriz, un cocinero, alguien que acaba de perder a un amigo—, y ese mosaico fue nuestro dispositivo de observación.

Si miramos la amistad en términos evolutivos, ¿es un refinamiento de mecanismos animales de cooperación y cuidado o una de las piezas decisivas en la aparición de algo específicamente humano?

Yo no veo ninguna razón para pensar que la amistad sea exclusivamente humana. Lo que sí creo es que en los humanos adquiere un nivel de complejidad nuevo gracias al lenguaje, la memoria narrativa, la imaginación, el humor y la capacidad de reflexionar sobre el vínculo mismo. Pero sus columnas fundacionales están antes. Ahí aparece la idea del grooming, ese cuidado mutuo entre primates que a veces se traduce como acicalamiento: desparasitarse, tocarse, cuidarse, velar por el otro. No digo que eso ya sea amistad en sentido pleno, pero sí que es un precursor clarísimo. Ese gesto táctil genera algo que después se extiende fuera del momento concreto del contacto: más confianza, más atención mutua, más coordinación. Un vínculo. Muchos animales hacen eso: se cuidan, se vigilan, se acompañan. Y ese cuidado suele ser recíproco. Ahí tenés uno de los núcleos más elementales de la amistad: un vínculo en el que uno da y recibe, en el que se forma una pequeña institución de dos, un “nosotros”. Después, claro, la amistad humana puede estirar eso muchísimo: puede volverse desigual, abstracta, incluso sostenerse en situaciones extremas en las que la reciprocidad ya casi no se ve. Pero justamente por eso importa partir de esa escena mínima en la que el vínculo nace del cuidado, del tacto y de la respuesta del otro.

La amistad se deja pensar menos como una definición cerrada que como un conjunto de elementos básicos, una especie de tabla periódica. No existe una forma única de amistad, del mismo modo que no existe una única forma de materia. Hay amistades muy distintas entre sí, pero todas parecen organizarse alrededor de unos pocos ejes bastante precisos: la lealtad, la reciprocidad, el tiempo, el cuidado, la rivalidad, el deseo, la pertenencia. Lo interesante no es fijar una esencia sino entender cómo se combinan esos átomos constitutivos.

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O sea que el origen de la amistad está menos en la palabra que en el tacto.

Sí, en buena medida sí. Eso me parece importantísimo. Tendemos a pensar la amistad como afinidad de ideas, pero antes de las ideas hay otra cosa: una química preverbal, gestual, corporal. El tacto, el tono, el ritmo, la forma de mirar, la risa compartida. Hay una frecuencia propia de la amistad, casi literalmente.

El grooming está también en la semilla de la caricia. Tiene una velocidad muy particular, una presión muy particular. Si yo te muestro dos cuerpos tocándose, o dos animales tocándose, vos solés reconocer bastante bien cuándo se trata de un gesto de cuidado y cuándo de otra cosa. Y eso tiene incluso un correlato biológico bastante preciso: ciertos receptores táctiles responden a una cadencia específica, muy ligada a la caricia, y desencadenan una cascada química vinculada con la calma, la analgesia, la seguridad. Por eso la amistad quita dolor. No es una metáfora. En el laboratorio se ve de manera muy concreta: cuando la gente está con amigos tolera mejor ciertos dolores físicos. Y a la inversa, el rechazo social activa circuitos muy parecidos a los del dolor físico. La exclusión duele de verdad.

Si la amistad nace del tacto, de la frecuencia corporal, del gesto, ¿qué pasa con las amistades a distancia? Hoy hay gente que siente vínculos intensísimos con personas que no vio nunca en su vida. ¿Eso es amistad real o es otra cosa?

Es una pregunta que me hago mucho, y creo que la respuesta honesta es que no lo sé del todo. Lo que sí veo es que nuestra capacidad de generar vínculos se ha independizado bastante del contacto físico directo. A mí mismo me pasó con vos: antes de conocerte, te seguía en Twitter y ya tenía una intuición de afinidad. Había algo en tu humor, en una cierta irreverencia, en una manera de pensar y de escribir que me hacía pensar que podíamos llevarnos bien. Y después, por suerte, eso resultó. Hoy es evidente que hay formas de reconocimiento que no pasan primero por el cuerpo.

Lo que me parece es que esas amistades digitales o a distancia son posibles, pero operan en un registro parcial. Les falta algo que uno no siempre sabe nombrar. Por eso existe esa expresión tan reveladora de “desvirtualizarse”: implica que hay un tramo del vínculo que todavía no se completó, que necesita de la presencia. No diría que la amistad a distancia sea falsa, pero sí que muchas veces queda suspendida en una especie de promesa, y solo se verifica del todo cuando aparecen cosas que la pantalla no da: un abrazo, una risa compartida en el mismo cuarto, un silencio cómodo. Ahí volvemos al tacto, o por lo menos al cuerpo. No para desmentir lo anterior, sino para completarlo.

Eso es algo que en el libro está insistentemente sugerido: la amistad como un lenguaje intuitivo que después recién se verbaliza.

Exacto. Uno no se hace amigo por comprensión consciente de unas reglas, del mismo modo que un bebé no aprende primero la gramática y después el lenguaje. Primero se entra por la música, por la prosodia, por el uso, por la inmersión. Después uno racionaliza. La amistad tiene algo de eso. Por eso también es tan difícil explicarla y, al mismo tiempo, tan devastador quedar fuera de ella. Hay gente que no falla por mala suerte, sino porque no logra resonar en esa frecuencia gestual y afectiva que arma el código de la amistad.

Y eso a mí me interesa mucho: que la amistad no se aprende del todo como una doctrina. Hay habilidades que la hacen posible —leer al otro, tolerar la fricción, controlar la reactividad, registrar el tono, el gesto, la oportunidad—, pero muchas de esas habilidades se adquieren usándolas, no explicándolas. Como con un idioma. De ahí la tragedia de quien pregunta “¿qué es un amigo?” como si preguntara por una regla gramatical que nadie le enseñó nunca.

Uno no se hace amigo por comprensión consciente de unas reglas, del mismo modo que un bebé no aprende primero la gramática y después el lenguaje. Primero se entra por la música, por la prosodia, por el uso, por la inmersión. Después uno racionaliza. La amistad tiene algo de eso. Por eso también es tan difícil explicarla y, al mismo tiempo, tan devastador quedar fuera de ella. 

Hablemos de la amistad en su forma más elemental: la infancia. ¿Existe de verdad una amistad específicamente adulta, o las amistades posteriores no dejan de ser versiones más trabajosas, más interferidas o más frágiles de aquella amistad originaria?

Creo que la amistad infantil toca algo muy profundo y muy entrañable, pero no creo que sea la forma ideal de toda amistad. La infancia tiene una potencia de inmediatez, de juego, de complicidad corporal, de tiempo compartido, que es difícil de reproducir después. Y eso la vuelve muy mítica. Pero también puede ser un lugar brutal: de violencia, de estigma, de jerarquías inmundas, de rivalidades feroces. No hay que idealizarla demasiado.

La amistad adulta tiene otras virtudes. Puede ser más tranquila, más sosegada, menos organizada por la competencia. Menos obsesionada por ver quién corre más rápido, quién liga más, quién gana más, quién juega mejor al fútbol. A veces justamente su belleza está ahí: en que ya no necesita demostrar tanto. Es más difícil, sí, porque la vida se llena de interferencias —trabajo, hijos, parejas, falta de tiempo—, pero no por eso es una degradación. Es otra forma de amistad.

Yo mismo tengo una experiencia muy marcada de eso. Me moví mucho, perdí amigos, tuve que hacer otros, no soy un natural de la amistad. No soy alguien a quien todo le resulta espontáneo en ese terreno. Entonces siento muy de cerca que la amistad también puede ser una zona de enorme padecimiento: de dificultad, de pérdida, de esfuerzo por encontrar un lugar. La amistad de la infancia es bellísima, sí, pero no agota el mapa. Hay otras amistades, más calmas y menos míticas, que también son muy valiosas.

Si una de las virtudes de la amistad adulta es salir de la lógica de la competencia, te llevo a una pregunta vecina: ¿puede haber amistad donde hay demasiada admiración? ¿O ahí el vínculo ya nace desequilibrado?

La amistad tolera mucha más asimetría de la que solemos creer, pero tiene un problema con la fascinación. Uno puede tener vínculos intensos con gente admirable, famosa, muy poderosa, muy brillante, pero muchas veces ahí lo que se llama amistad es otra cosa: aspiración, deseo de pertenencia, deslumbramiento. Pasa desde la infancia. Todos quieren ser amigos del popular. Después lo refinamos, lo revestimos de otras palabras, pero sigue ahí.

La amistad necesita algún tipo de reciprocidad simbólica, la sensación de que el otro no está en un pedestal del que solo caen migajas. Cuando eso falta, el vínculo puede ser encantador, puede ser intenso, puede tener cariño, pero se vuelve otra cosa. Y a veces uno mismo se engaña: dice “soy amigo de” alguien que, si lo medís un poco en serio, no es exactamente amigo, sino más bien una figura fascinante a la que uno tuvo acceso. A todos nos pasa un poco eso.

Me interesa la cuestión de la reciprocidad, porque cuando busco condiciones sine qua non de la amistad, la reciprocidad me parece la más clara ¿No es esta un límite absoluto para la amistad? ¿Podría haber una amistad unidireccional, donde solo uno da?

Yo diría que no es un límite absoluto. O, mejor dicho, que en cuanto uno intenta fijarlo como límite absoluto, enseguida aparecen casos que lo complican. Pensá en una situación extrema: un amigo al que querés mucho tiene un accidente y queda en estado vegetativo durante años. Vos seguís yendo a verlo, le hablás, le leés, insistís en una relación de la que ya casi no obtenés ninguna respuesta visible. Ahí la pregunta se vuelve muy concreta: ¿eso sigue siendo amistad o pasa a ser simplemente cuidado? A mí me interesa justamente ese borde, porque muestra que la amistad no coincide nunca del todo con una balanza perfecta. En la vida real todos tenemos vínculos en los que damos más de lo que recibimos y otros en los que recibimos más de lo que damos. A veces uno sigue sosteniendo el vínculo con la sola esperanza de que el otro, de algún modo, reciba algo, o con la intuición de que algo de esa relación sigue vivo aunque ya no pueda devolvértelo de una manera visible. Por eso me interesa menos una definición pura que el ejercicio de tensar el concepto hasta sus límites: ahí se ve mejor. La amistad puede incluir asimetrías, espera, incluso una especie de fe en que el otro sigue ahí.

Hablemos de animales, más allá del grooming. Si aceptamos que hay ahí precursores claros de la amistad, la pregunta es si conviene dar un paso más: ¿te parece que puede haber amistad entre humanos y animales, o en cuanto usamos esa palabra  ya estamos forzando demasiado las cosas?

Yo creo que sí puede haberla, o por lo menos que hay un barrio de vínculos donde esa palabra tiene sentido. Te lo llevo a un ejemplo muy concreto: vos tenés una perra a la que querés entrañablemente, y la pregunta interesante no es si vos sentís que sos amigo de tu perra —eso casi no importa—, sino si te parece que ella puede tener con vos una relación que se parezca a la amistad. Y si la respuesta es sí, entonces ya es difícil sostener que la amistad sea un vínculo exclusivamente humano. No sé si un perro es “amigo” en el sentido en que Montaigne o Aristóteles pensaban la amistad, claro. Pero sí establece confianza, reciprocidad, cuidado, reconocimiento, alegría del reencuentro, incluso una forma particular de intimidad. Y, además, permite ciertas cosas que no pasan en otros vínculos: una efusividad, una tontería compartida, un regreso casi infantil de uno mismo. Eso no es menor. Los animales nos obligan a abandonar una idea demasiado solemne de la amistad. Nos muestran que hay un continuo y no una frontera tan limpia. Y también nos muestran que hay vínculos importantes que no pasan por el lenguaje ni por la reflexión, sino por el cuerpo, la repetición, la presencia y el cuidado.

No sé si un perro es “amigo” en el sentido en que Montaigne o Aristóteles pensaban la amistad, claro. Pero sí establece confianza, reciprocidad, cuidado, reconocimiento, alegría del reencuentro, incluso una forma particular de intimidad. Y, además, permite ciertas cosas que no pasan en otros vínculos: una efusividad, una tontería compartida, un regreso casi infantil de uno mismo. Eso no es menor. Los animales nos obligan a abandonar una idea demasiado solemne de la amistad.

Y finalmente llegamos al futuro. ¿Puede haber amistad con un robot?

Mi intuición es que sí, al menos en principio. No veo una objeción metafísica fuerte. Creo que hoy tendemos a defender “lo humano” de una manera un poco hipócrita, como si lo humano fuese sinónimo de sensibilidad, compasión, delicadeza. Basta mirar alrededor para ver que no es así. Lo humano está lleno de violencia, de estupidez, de crueldad. Entonces no me convence mucho el gesto de decir: qué horror un mundo en el que alguien pueda hacerse amigo de una máquina, como si nuestras amistades humanas fueran siempre una maravilla moral.

Otra cosa es si estos robots concretos, los de ahora, son buenos candidatos a la amistad. Ahí mi respuesta es bastante más escéptica. Porque tienden a ser demasiado condescendientes, demasiado cómodos, demasiado poco friccionantes. Son amigos que no te exigen casi nada. Y eso es práctico, incluso puede ser un alivio en la soledad, pero también entumece. Si una parte importante de la amistad consiste en ejercitar ciertas capacidades —atención al otro, tolerancia, espera, conflicto, desajuste, reparación—, entonces un vínculo que te resuelve todo con demasiada docilidad puede dejarte cada vez menos preparado para el mundo real. Uno termina en un lugar cómodo, pero donde ciertas capacidades se adormecen: un mundo de fentanilo donde todo es deseado pero nada es real.

Pero incluso así, con estos robots tan condescendientes (como bien apuntas), cuesta pensar que para alguien radicalmente solo, hablar con un robot sea exactamente lo mismo que la nada.

Claro que no es lo mismo. Y por eso el problema no es simple. Para alguien solo, un chatbot puede ser mejor que el vacío. Sin ninguna duda. El asunto es qué tipo de sustitución estamos aceptando y si después somos capaces de distinguir entre compañía, simulación, consuelo y amistad.

Sobre eso me interesa señalar un problema: todos creemos que, de poder, elegiríamos siempre lo real por encima de lo artificial, pero ¿realmente es así? Pienso por ejemplo en la máquina de experiencias de Nozick: ¿elegís una realidad mundana, gris, con altibajos, o un sueño perfecto en el que nada es real? Todo el mundo dice que elegiría la realidad. Pero eso es lo que querríamos querer. En la práctica, cuando aparece un dispositivo que te ofrece placer con muy poco esfuerzo, la resistencia baja rapidísimo. Eso es lo que ha pasado con todas las plataformas. Y ahí está para mí el gran error de buena parte de la ciencia ficción: casi siempre imaginó máquinas que nos dominan por la fuerza, como Terminator, una guerra entre humanos y robots, etc. Pero el mecanismo real es otro. Es el del caballo de Troya. Nadie te obliga a consumir TikTok. No viene alguien a imponerte un algoritmo. Lo que pasa es que son dispositivos afinadísimos para las zonas en las que somos vulnerables. No entran por la fuerza, entran por la comodidad, por la seducción. Y estos robotitos amigos funcionan igual: no te obligan, te seducen. Y ahí está, para mí, el verdadero riesgo.

A lo mejor la pregunta buena no es si un robot puede ser amigo, sino qué parte de la amistad puede replicar y qué parte todavía no.

Exacto. Porque muchas cosas ya las replican bastante bien. Pixar lo sabe desde hace décadas: te puede caer bien un dibujo, incluso un robot dibujado, como Wall-E. Estamos muchísimo más predispuestos a sentir empatía por objetos de lo que nos gusta admitir. Basta con dos ojos bien puestos y un cierto tono. O ni siquiera: de niños tenemos como amigos a muñecos, a almohadones o a un trozo de madera con una sonrisa pintada. No hace falta un alma cartesiana detrás. Lo cual no significa que todo dé igual, pero sí que la frontera no es nada evidente.

Entonces, para terminar: ¿la amistad es un misterio inaccesible o un objeto cognoscible?

Las dos cosas. Es un objeto a conocer precisamente porque es un misterio interesante. Yo no creo en esa oposición entre lo que importa de verdad, siempre inasible, y lo que puede ser pensado con rigor, siempre circunscrito. Lo difícil no debería intimidarnos; debería estimularnos. La amistad no es un gas etéreo ni una palabra hueca. Tiene regularidades, tiene formas, tiene historia, tiene biología, tiene cultura. Lo que pasa es que todavía no encontramos del todo el lenguaje para pensarla sin empobrecerla. Hay trabajo para rato.

Creo que hoy tendemos a defender “lo humano” de una manera un poco hipócrita, como si lo humano fuese sinónimo de sensibilidad, compasión, delicadeza. Basta mirar alrededor para ver que no es así. Lo humano está lleno de violencia, de estupidez, de crueldad. Entonces no me convence mucho el gesto de decir: qué horror un mundo en el que alguien pueda hacerse amigo de una máquina, como si nuestras amistades humanas fueran siempre una maravilla moral.