¿Somos todos cyborgs?

Las generaciones no se distinguen solo por lo que consumen sino por el umbral de naturalidad con el que viven la conexión permanente, la delegación a las máquinas y hasta ciertas formas nuevas de intimidad. En ese umbral se reconfigura el piso desde el que miden la paciencia, el deseo y la frustración.

por Joaquín Linne

Hay un reflejo casi automático cuando ves a un adolescente con el teléfono: pensar que está perdiendo el tiempo. Que antes era distinto. Que nosotros éramos distintos. Ese reflejo, sospecho, dice menos sobre ellos que sobre la foto del pasado que seguimos llevando encima.

En un examen por Zoom, una estudiante dice que el celular es una extensión del cuerpo. En otra clase, un chico de Entre Ríos dice: “El libro es un cuerpo extraño". Las dos frases nombran algo más que una preferencia de consumo: nombran dos relaciones distintas con el tiempo. Para una generación, ciertas interfaces siguen siendo objetos que llegaron de afuera y nunca terminaron de integrarse; para otra, son el ambiente mismo de la atención.

Millennial, centennial, Z: las etiquetas de marketing recortan algo real pero lo aplanan. Lo que separa a estas generaciones no es tanto la edad como el tipo de pasado técnico que recuerdan. Quienes crecimos viendo llegar internet, el smartphone y ahora la IA todavía conservamos memoria del antes. Quienes nacieron dentro de ese entorno no tienen ese contraste. Por eso las generaciones no se distinguen solo por lo que consumen o por las palabras que usan, sino por el umbral de naturalidad con el que viven la conexión permanente, la delegación a las máquinas y hasta ciertas formas nuevas de intimidad.

Tras una década dando clases en el ciclo inicial de varias universidades y de investigar el tema, la pregunta más honesta ya no es por qué miran el celular sino qué vida les entra por ahí. Un turno médico. Un mensaje del trabajo. Una transferencia. Un grupo familiar. Stories. Un podcast. Una playlist. Chats con humanos y bots. Posteos. Micronoticias, microrrelatos, microchistes (memes) y tips de todo tipo. Una ansiedad galopante que pide microdosis de calmantes y estimulantes, de guías, asistentes y terapias; un mix de ansiolíticos, antidepresivos, gurúes y oráculos digitales que nos inyectamos decenas o cientos de veces por día mediante los ojos, las orejas y los dedos. Para muchos —millones estudian, trabajan y cuidan a alguien al mismo tiempo— el celular no es entretenimiento: es supervivencia en un mundo donde casi todo entra por la misma interfaz.

Quienes vivieron la transición miran ese rectángulo de vidrio con los ojos de quien todavía distingue entre un adentro y un afuera: entre la vida y la máquina, entre el cuerpo y la prótesis. Quienes crecieron adentro no necesariamente lo ven así. El celular no es una herramienta nueva: es el paisaje. No lo miran como quien observa una innovación sino como quien respira. En esa asimetría de percepciones se juega buena parte del malentendido generacional que cada tanto se reactiva en las noticias, en las escuelas y en las sobremesas.

La diferencia no es solo simbólica. El celular no es simplemente ubicuo: volvió nómades los consumos, las conversaciones y las consultas. La música, la serie, la noticia, el chat, el estudio y el trabajo ya no tienen lugar fijo. Se distribuyen en la sala de espera, en el colectivo, en los cinco minutos entre clases, en la cama antes de dormir. Los formatos se achicaron para entrar en esa movilidad —el reel, el audio, el hilo, la respuesta instantánea— y con eso también cambió la expectativa sobre cuánto tiempo estamos dispuestos a darle a algo antes de que deje de valer la pena.

Quienes crecimos viendo llegar internet, el smartphone y ahora la IA todavía conservamos memoria del antes. Quienes nacieron dentro de ese entorno no tienen ese contraste.

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La búsqueda de sentido en las redes no empezó con TikTok ni con Instagram. Ya a fines de los noventa era visible que los jóvenes encontraban ahí lo que generaciones anteriores buscaban en el matrimonio, el trabajo, el sindicato, el club. Lo que cambió fue la escala, la velocidad y la densidad con que esas mediaciones organizan la experiencia. Las plataformas mutan tan rápido que la brecha generacional ya no separa solo a padres e hijos: se actualiza casi en tiempo real.

Ninguna interfaz organiza solo conductas: también moldea umbrales de atención, expectativas de respuesta y maneras de sentir. Somos hablados por los objetos de la época: perfiles, stories, reels, likes, selfies, clavadas de visto. La IA empuja un paso más esa mezcla entre cuerpo, atención y delegación. Cumple, en el plano más cotidiano, una fantasía centenaria: todos podemos ser cyborgs. Ya no solo usamos herramientas: pensamos con ellas, corregimos con ellas, a veces hasta nos calmamos con ellas. Un cuerpo que scrollea casi solo, una mente que terceriza partes del trabajo, una intimidad que empieza a procesarse junto a máquinas. Ponemos a trabajar máquinas mientras trabajamos: IA en el texto o el código, robot limpiapisos en el piso, lavavajillas en la cocina.

Todo eso no ocurre en el vacío. Lo atraviesan la precariedad, la dificultad de proyectar, la presión de estar disponibles, de contestar, de no quedar afuera. Desconectarse rara vez es un gesto puro de libertad: también puede implicar perderse una conversación, una tarea, una oferta, una forma mínima de pertenencia. La amistad como vínculo central —en lugar de la pareja o la familia como eje— no es solo una preferencia afectiva; es también una respuesta estructural a un presente que hace difícil apostar a largo plazo.

Un dato más significativo que el porcentaje de uso, una frase que se repite: "Quiero dejarlo y no puedo". No es falta de voluntad ni ignorancia: es que entender algo no siempre alcanza para salir. Muchas veces lo saben mejor que los adultos que los miran con cara de expertos.

Esa trampa —reconocer un patrón y no poder salir de él— no es nueva. La tiene el fumador que describe con precisión los efectos del tabaco mientras enciende el siguiente. Lo que cambia es que ya no tiene un lugar propio, un horario, un objeto separado: está en el mismo dispositivo que el trabajo, la amistad, el banco y el médico. Más difícil de ver, entonces. No más grave.

El teléfono concentra ahí una potencia particular: no es un objeto fijo sino una interfaz que muta. Consola, mensajero, red social, reproductor de streaming, asistente de IA disponible las 24 horas. Como el T-1000 de Terminator 2, que adopta la forma de lo que necesita ser. Esa plasticidad es parte de su poder y parte de su opacidad: cuesta verlo como problema porque ya no aparece como un aparato separado del resto de la vida.

Lo que solemos llamar distracción es, muchas veces, otro régimen de atención. No solo entre jóvenes. Cualquiera que trabaje hoy frente a una pantalla conoce esa coreografía: diez pestañas abiertas, un documento a medio hacer, tres chats, una búsqueda en la IA, una notificación que interrumpe justo cuando algo empezaba a acomodarse. El multitasking no es una esencia generacional sino un ritmo de época. Lo que cambia con los centennials es que ese ritmo es el único que conocen: no tienen el patrón anterior contra el que medirlo.

El celular no es una herramienta nueva: es el paisaje. 

Ahí aparece una diferencia menos visible y más importante que cualquier etiqueta. Quienes llegaron a la adultez leyendo libros largos, viendo películas de dos horas o esperando una serie semana a semana construyeron una relación particular con la demora, con la continuidad, con esa fricción cognitiva que exige sostener algo antes de recibir recompensa. Quienes crecieron con Google, el streaming y ahora la IA como entorno natural construyeron otra. Distinta, no inferior. Pero en un ecosistema diseñado para evitar la espera, esa fricción cuesta más.

Eso no significa que los centennials sepan menos. Son expertos audiovisuales: combinan texto, imagen, audio, tono y edición con una naturalidad que a muchos adultos nos cuesta imitar. Lo que el entorno digital dificulta no es la creatividad sino la paciencia con lo opaco, con lo que no se resuelve enseguida, con lo que exige atravesar una primera capa de confusión. El scroll infinito, el autoplay y la respuesta instantánea no describen una falla juvenil: describen una arquitectura diseñada por adultos para que cualquiera pase el mayor tiempo posible adentro.

Cuando un adolescente no puede dejar el teléfono no es porque sea débil. Es porque hay ingenieros muy bien pagados trabajando para que eso pase. El mismo mecanismo que atrapa a un chico de quince años me atrapa a mí cuando abro X a las once de la noche sin saber bien para qué. La diferencia es que yo tengo más años de práctica gestionando esa trampa —y aun así, muchas veces, caigo igual.

La distracción no es nueva —hace una década y media los docentes contaban que preparaban clases con la tele de fondo—; lo nuevo es que ya no tiene un lugar separado: todo convive en el mismo rectángulo de vidrio. Pero esa interfaz no es igual para todos. Las pantallas son en gran medida las mismas —YouTube, Instagram, Tinder, GPT— pero las condiciones de uso no lo son. Hay más trabajos hechos enteros en el celular, más audios porque tipear cuesta, más links que no se abren porque “gasta”. La masificación permitió experiencias similares en la superficie; las condiciones siguen siendo desiguales.

Durante décadas, tres instituciones organizaban el sentido colectivo: la familia, el trabajo y la iglesia. Las tres se debilitaron o se fragmentaron. Las plataformas no las reemplazaron —no pueden hacerlo— pero llenaron parte del espacio que dejaron: sin promesas de largo plazo, sin obligaciones, sin la fricción que implica pertenecer a algo más grande que uno mismo.

Con una presión social, familiar y religiosa más relajada para reproducirse, la felicidad inexplicable que declaran padres y madres parece ya no convencer a millones de jóvenes. Una señal de época: escuchar a mujeres y varones de treinta y pico hablar de congelar óvulos y hacerse una vasectomía. O escuchar en reuniones a parejas de mujeres señalar que, en el hogar, siguen siendo ellas quienes cargan con la mayoría de las tareas de cuidado —tensiones que generaciones anteriores no cuestionaban en voz alta. No quiero sacrificar nada parece el mantra que une todo eso. En el AMBA, según una encuesta propia de 2024, la mayoría de quienes viven solos lo hacen en un monoambiente; la tendencia a hogares unipersonales crece incluso entre hijos de propietarios. El Censo 2022 confirma la escala: los hogares unipersonales pasaron del 12% en 2001 al 25% en 2022, y el mayor salto se dio entre los 20 y los 39 años.

Ya a fines de los noventa era visible que los jóvenes encontraban en la digitalidad lo que generaciones anteriores buscaban en el matrimonio, el trabajo, el sindicato, el club, lo que cambió fue la escala, la velocidad y la densidad con que esas mediaciones organizan la experiencia. 

Cada vez más jóvenes eligen convivir con mascotas. Las pet families son una respuesta a algo. Una chica de 30 años postea una foto con su gato y escribe: “cumplimos dos meses de convivencia y estamos felices. Te amo, fue amor a primera vista. Te elegiría una y mil veces”. El lenguaje romántico no desapareció: migró. Amor a primera vista, elección incondicional, gratitud afectiva —todo eso está ahí, intacto, pero dirigido a un gato. Tantos jóvenes se animan a decirle te amo a su mascota y no a una persona. Como si decir “te quiero, quiero pasar mi vida con vos” fuera envejecer de golpe, volverse boomer.

El ethos juvenil se extiende como una ética de la amistad; lo no exclusivo es lo que tiene más legitimidad social. Esa forma de vincularse avanza entre jóvenes de sectores medios de las grandes ciudades, en particular entre quienes están vinculados a las ciencias sociales, las humanidades, las artes y las terapias alternativas. Las redes son el soporte técnico de todo eso: archivos del afecto, agendas del deseo, confesionarios sin cura.

La IA volvió todavía más visible esta mutación. Ya no aparece solo como buscador o asistente de productividad, sino como interlocutor afectivo. En los consultorios, en las aulas, en las conversaciones cotidianas, los jóvenes hablan con naturalidad de esos intercambios: el bot que no juzga, que responde a las dos de la mañana, que recuerda lo dicho la noche anterior, que ofrece una escucha sin fastidio y una disponibilidad sin demanda. Ahí preguntan lo que no se animan a preguntar en casa, en la escuela o entre amigos: peleas, miedos, dudas sobre el cuerpo, deseos, vergüenzas, escenas íntimas. Lo inquietante no es que pregunten, sino el tipo de vínculo que se vuelve verosímil cuando la escucha adopta forma algorítmica —y que el bot responde igual a una curiosidad que a una crisis.

No es difícil entender el atractivo. El vínculo con otra persona implica riesgo, malentendido, demora, exposición. La conversación con una IA ofrece otra cosa: la calidez sin el costo, la validación sin la intemperie, un espejo que casi siempre devuelve una imagen amable.

Lo que eso señala no es tanto la eficacia del algoritmo como el vacío que viene a llenar. Un joven que le cuenta al bot lo que no puede decirle a nadie tiene menos un problema de tecnología que una ausencia de escucha. Pero hay algo más: cuando la conversación afectiva puede ser instantánea, la validación constante y la fantasía erótica ajustada al detalle, la experiencia del otro —con su demora, su torpeza, su ambivalencia— puede volverse más difícil de sostener. No porque las personas vayan a ser reemplazadas por algoritmos, sino porque la máquina reconfigura el piso desde el que medimos paciencia, deseo y frustración.

El punto se vuelve más nítido cuando entra la sexualidad. La industria del porno lleva al extremo una lógica que ya estaba en otras zonas de la cultura digital. La promesa de crear porno con IA —cuerpos generados algorítmicamente, calibrados para cada usuario— no es solo una novedad técnica: es la fantasía de una intimidad sin fricción en su versión más literal. Ya no performers humanos, con la opacidad irreductible de cualquier otro, sino una corporalidad diseñada exactamente para vos, disponible a cualquier hora. Lo que en Her todavía parecía una ficción elegante empieza a tener versión portátil, personalizada y sexualizada.

Desconectarse rara vez es un gesto puro de libertad: también puede implicar perderse una conversación, una tarea, una oferta, una ya forma mínima de pertenencia.

Esa misma lógica llega al aula. El mismo objeto que a las dos de la mañana funciona como confidente es el que al día siguiente redacta un trabajo práctico. En ambos casos ofrece algo parecido: una respuesta inmediata, sin juicio, sin costo visible. La primera reacción institucional fue el pánico moral: los chicos van a dejar de pensar, va a ser el fin del conocimiento. Pero pasó con el cine, la TV, el rock, el cable, la legalización de la marihuana, la internet 1.0 y la 2.0. Y acá estamos. La pregunta no es si los estudiantes usan la IA, sino para qué. No es lo mismo pedirle un texto cerrado para entregar que usarla para objetar un argumento, probar una hipótesis o encontrar un punto ciego en la propia escritura.

¿Por qué sería malo poder consultar en cualquier momento con algo que responde como un médico recién recibido? La respuesta fácil: puede equivocarse. La más interesante es otra: una parte clave de la formación médica no está en los libros sino en la guardia, en el paciente que no responde como dice el manual, en el error que se comete y se corrige con alguien al lado. El conocimiento sin experiencia es un mapa sin territorio. Y sin embargo, hay algo davinciano en esta tecnología: poder consultar a cualquier hora, sobre cualquier tema, con algo que responde como un especialista. Ese acceso —al médico, al terapeuta, al especialista en finanzas— no está al alcance de la mayoría. En ese sentido, la IA es una revolución real. No la primera que se anuncia como tal, pero quizás la primera que llega al bolsillo de todos al mismo tiempo.

Hace una década, un estudiante me dijo algo que anoté y no olvidé: “Dejé de ir a bibliotecas, ahora hago fast food académico”. Lo decía con culpa. Hoy esa frase me parece menos una confesión que un síntoma. El fast food académico no es el fin del pensamiento: es una forma de procesar información que convive con otras. Puede servir para orientarse, para entrar rápido, para salir del blanco. El problema aparece cuando esa velocidad se vuelve el único ritmo posible, cuando ya no se tolera la demora que exige una idea para desplegarse.

A mitad de clase noto mi propia coreografía. Pongo el celular en silencio por respeto y aun así lo toco, lo acomodo, lo doy vuelta, lo miro de reojo cuando vibra la mesa. El cuerpo también aprende a scrollear. Mis amigos y yo no llegamos a internet ni a los cuarenta ni a los cinco años: somos esa generación intermedia, ni inmigrantes digitales ni nativos que no recuerdan el mundo sin redes. Lo cual nos da cierta perspectiva y cierta ilusión de perspectiva, que no es lo mismo.

Desde ahí, la pregunta por lo que ganamos y lo que perdemos no tiene respuesta limpia. La mayoría de las personas sigue buscando lo mismo de siempre: deporte, comedia, erotismo, terror, conversación, reconocimiento. Los géneros más populares no desaparecieron; cambiaron de soporte. La tecnología no inventó el deseo, pero sí cambió la velocidad a la que llega y la facilidad con que se satisface –incluyendo, claro, las cosas de las que después nos arrepentimos haber visto.

La pregunta mal formulada asume como norma el régimen de atención del que pregunta, como si el pasado de una generación pudiera funcionar todavía como medida universal. La pregunta más útil es otra: qué están aprendiendo a hacer, y qué se vuelve más difícil, en este entorno. Entre el pánico y el entusiasmo hay un espacio más incómodo y más productivo: el de quien mira con atención sin pretender que ya sabe lo que va a encontrar. No hay forma de responderla desde afuera. Ya estamos adentro —distintos estratos de tiempo, distintas fotos del pasado— tratando de reconocernos en el mismo presente. Con el teléfono en el bolsillo, vibrando.

Cada vez más jóvenes eligen convivir con mascotas. El lenguaje romántico no desapareció, migró: amor a primera vista, elección incondicional, gratitud afectiva. Todo eso está ahí, intacto, pero dirigido a un gato.