Solarpunk not dead
¿Qué futuro podemos imaginar? Si el cyberpunk fue el diagnóstico de la distopía digital que hoy llamamos capitalismo de la vigilancia, y el transhumanismo fue su justificación filosófica encubierta, el solarpunk es su alternativa de imaginación prospectiva: una utopía crítica y un artefacto del capitalismo contemporáneo. Dejar de asumir el apocalipsis como punto de llegada y tomarlo como punto de partida.
"En este momento, nuestra principal tarea es construir castillos en el aire… Si nuestras eutopías surgen de las realidades de nuestro entorno, será bastante fácil asentarlas sobre cimientos firmes". (Lewis Mumford, Historia de las utopías)
¿Qué futuro podemos imaginar? ¿qué futuros queremos imaginar? ¿desde dónde, con qué y para quiénes? ¿Y cómo? Este escrito ensaya dejar de asumir el apocalipsis como punto de llegada y tomarlo como punto de partida. Proponemos una mirada solarpunk para nuestro presente local crítico. Para llegar a esa propuesta haremos una parada previa, poniendo el freno de mano para intentar un diagnóstico. Después vamos a detallar qué entendemos por solarpunk y cómo funciona, cómo podría llegar a funcionar.
Futuro importado, futuro clausurado, futuro cultivado
La reciente visita de Peter Thiel a la Argentina debe ser leída como algo más que un episodio de agenda política o económica. El “desembarco tecnológico” promocionado con su llegada funciona, más bien, como síntoma de una transformación más profunda: la circulación global no sólo de tecnologías, sino de formas de organizar el futuro. Las empresas como Palantir no exportan únicamente herramientas de análisis de datos, sino un modo específico de relación con el por-venir, en el que este deja de ser un horizonte abierto para devenir un campo de anticipación y gestión.
En este marco, la fascinación local por este tipo de discursos tecno-oligarcas (presentados siempre como un romance de inserción global) puede interpretarse como la adopción de un régimen de temporalidad ajeno. No se trata simplemente de dependencia tecnológica, sino de algo más difícil de percibir: la interiorización de una forma de pensar el futuro en la que éste aparece ya estructurado, previsible, disponible para ser optimizado. El problema no es que estas tecnologías funcionen o no, sino el modo en que redefinen qué significa que algo “funcione” y qué costo estamos dispuestos a pagar por entrar a un ecosistema donde extracción y análisis de datos, automatización de sistemas de vigilancia y militar, financiamiento de startups y construcción de infraestructura financiera se articulan operando con funciones diferenciadas pero integradas a una misma racionalidad técnica inscripta en una lógica de control.
Repasemos algunas de las empresas que orbitan a la figura de Thiel (como fundador, cofundador o financista): Palantir Technologies (software de análisis de datos masivos orientado a logística de vigilancia), Anduril Industries (software de comando y control militar a distancia), Mithril Capital (fondo de inversión de startups tecnológicos), Erebor Bank (fintech orientada principalmente a cripto), Valar Ventures (fondo de capitales de riesgo orientado a financiar fintechs), Rivendell One LLC (holding de gestión de inversiones).
A esta altura a ningún tolkeniano se le escapa el gesto: nos hablan en la lengua de Tolkien, filólogo obsesivo para quien ninguna forma es inocente, contra Tolkien, crítico refractario a la tecnomodernidad. Se reapropian del imaginario del legendarium para nombrar (¡y legitimar!) exactamente lo que aquel denuncia: crítica a la ilusión de control, a la concentración de poder, a la corrupción técnica.
Las Palantíri –las que ven de lejos– (Palantir es su singular), son ocho piedras de comunicación originalmente utilizadas para intercambiar información estratégica para el gobierno de los reinos, una de las cuales (la maestra) puede dominar a las demás. Hechas de un cristal oscuro e irrompible, exigen entrenamiento: no siempre muestran la cosas como son, sino que pueden ser manipuladas por un usuario de voluntad firme para dominar la voluntad de otro más débil, como ocurre con Sauron sobre Denethor II y Saruman.
Andúril –la llama del oeste– es la espada Narsil, rota cuando Elendil cayó ante Sauron, y reforjada para Aragorn como signo de su linaje y herencia. Simboliza el resurgimiento del hombre frente a las fuerzas de la oscuridad, el derecho de reclamo al trono de Gondor y la aceptación del destino del héroe.
El Mithril es un metal casi mítico, extraído por los enanos de Khazad-dûm, conocido como plata de Moria. Ligero e increíblemente resistente, se vuelve inconseguible tras la caída de Moria. La cota de malla que Thorin rescata del tesoro de Smaug y regala a Bilbo, y este a su vez lega a Frodo, así como Nenya, uno de los tres anillos de los elfos, en manos de Galadriel, están hechos de Mithril.Los Valar son los regentes y guardianes de Arda: potencias que descienden al mundo para darle forma según la música primordial de la creación, en consonancia con la voluntad de Ilúvatar.
Rivendell es un santuario oculto a los pies de las Montañas Nubladas, concebido no como ciudad sino como un refugio ante la avanzada de Sauron sobre los pueblos élficos. Fundado por Elrond, portador de uno de los tres anillos del poder, el valle cuenta con una protección especial. Allí tiene lugar el concilio de Elrond donde se constituye la comunidad del anillo y se decide el destino del Anillo Único.
La elección no es inocente. No oculta su lógica: la expone. No es un guiño geek: es una declaración de principios. Pero el gesto va más lejos porque en el legendarium Tolkien los nombres no funcionan como etiquetas disponibles: son operadores de configuración de mundo, y en ese mundo la visión está siempre en tensión con el dominio, nunca coincide con él. Esto es lo que aquí se invierte: las palantíri no fallaban por falta de precisión, fallaban por hacer de la visión un instrumento de dominio; lo que allí aparecía como riesgo es lo que ahora se estabiliza como principio de funcionamiento. En este punto, el problema deja de ser técnico: el futuro deja de operar como apertura para volverse anticipable, calculable, gestionable. La elección de estos nombres deja de ser un gesto ambiguo: no es contradicción, es cinismo.
Si el cyberpunk fue el diagnóstico de la distopía digital que hoy llamamos capitalismo de la vigilancia, y el transhumanismo fue su justificación filosófica encubierta, el solarpunk es su alternativa de imaginación prospectiva: una utopía crítica, un artefacto del capitalismo contemporáneo

Todo un palo
"El futuro no emerge de la pura fantasía ni de la voluntad política; está inscripto en el presente. No obstante, no es inevitable, porque el presente existe en la oscilación entre incontables bifurcaciones" (Franco Berardi, citado en Futuridades, de Ezequiel Gatto)
Esta operación se inscribe en una historia larga. La identificación entre utopía y totalitarismo (ruso/cubano/chino) y la naturalización de ciertos ideales (yankees) como único horizonte deseable, configuran un marco donde imaginar alternativas aparece como ingenuo o inviable. I don’t want to be poor, dijo Cassie en el tercer capítulo de la última temporada de Euphoria, en su boda de 50 mil dólares en flores (muertas): ese es el ideal que empuja a la bicicleta financiera por un espejismo de presente, es el drama de la voluntad humana derrotada por fuerzas sistémicas; un futuro hipotecado. Al deber el futuro, perdemos la capacidad de imaginarlo como algo distinto al pago de la próxima cuota. La deuda es el dispositivo que garantiza que el futuro ya esté escrito. Y gran parte de nuestras formas de imaginar el futuro se encuentran atravesadas por el legado de la Guerra Fría: esta herencia resulta especialmente problemática en contextos como el nuestro, donde la Guerra Fría no llegó como fantasma ideológico, se experimentó bajo la forma concreta del Plan Cóndor y sus cicatrices (y los dolores que nos quedan).
La adopción de imaginarios de futuro provenientes del norte global implica un fuerte desajuste porque operan sobre condiciones históricas, materiales y territoriales que no son las propias. El problema no radica únicamente en qué futuro se imagina, sino en quién lo imagina y desde dónde.
El futuro, entonces, no aparece como un ámbito neutral o dado de antemano, aparece como una dimensión históricamente configurada por relatos que articulan experiencia y expectativa: el pasado y el futuro, sin coincidir nunca, se entrecruzan en el presente.
Las utopías y distopías entran en este terreno como narrativas que radicalizan esa articulación, no operan como predicciones ni como programas normativos: son dispositivos que intervienen críticamente sobre el presente, ponen de manifiesto los límites y las posibilidades de la imaginación histórica en cada coyuntura: reorganizan el presente a partir de un futuro imaginado.
La utopía lo hace mediante la construcción idílica de una totalidad social coherente en la que los conflictos parecen haber sido resueltos: el futuro aparece como un tiempo estabilizado, sin conflicto ni transformación; lo que fuerza una confrontación con las restricciones estructurales del presente.
Por su parte, la distopía invierte esta lógica al proyectar tendencias presentes en las que el futuro aparece como la consumación de procesos en curso, pone de manifiesto la distancia entre las promesas históricas y sus resultados efectivos. Lejos de eliminar la dimensión utópica, la desplaza hacia una forma negativa. Utopía y distopía no se oponen de manera simple, constituyen dos modos complementarios de diagnóstico crítico. El riesgo de una utopía puramente deseable (desvinculada de condiciones de posibilidad) es tan grande como el de una distopía plenamente factible pero políticamente paralizante.
Pero utopía y distopía en sus versiones clásicas resultan insuficientes para sintonizar con la gramática del colapso actual.
De la Tierra Media a las tierras raras, el neón y el silicio
Y si de futuro hablamos, no hay objeto de tematización más privilegiado para la cultura punk. Cyberpunk y Solarpunk son subgéneros de ciencia ficción que articulan modos diferenciados de la experiencia de un presente marcado por la crisis del futuro.
El cyberpunk es la crónica de la clausura, vomita hacia el por-venir una intensificación de las inercias actuales: hiperdesarrollo tecnológico, fragmentación social y opacidad institucional. El futuro aparece como una prolongación saturada donde la técnica no emancipa: perfecciona la alienación. Neuromancer o Blade Runner no anticipan ese mundo, hacen visible su lógica: un presente extendido, intensificado, sin exterior. Una radicalización significativa de esta lógica puede encontrarse en Neon Genesis Evangelion: el futuro ya no se presenta únicamente como un espacio de dominación técnico-económica, se dispone como un escenario de colapso subjetivo y temporal. La técnica aparece íntimamente ligada al trauma, a la instrumentalización del cuerpo y a la disolución de la identidad, desplazando el conflicto desde el plano socioeconómico hacia el interior del sujeto. Evangelion articula una estructura trágico-irónica sin posibilidad de catarsis: no hay progreso narrativo ni superación del conflicto; hay repetición, estancamiento y colapso. El horizonte se encuentra radicalmente contraído hasta casi confundirse con un presente perpetuo atravesado por la amenaza constante de la catástrofe. La diferencia es que mientras estas narrativas lo exhiben críticamente, las megacorporaciones hightech (y highlife para unos pocos) contemporáneas tienden a operarlo.
El futuro es una dimensión históricamente configurada por relatos que articulan experiencia y expectativa: las utopías y distopías no operan como predicciones ni como programas: son dispositivos que intervienen críticamente sobre el presente
Sin embargo, hay que evitar el error de lectura: el cyberpunk y el nihilismo del not future de los Sex Pistols no son el síntoma de la parálisis, son su denuncia más rabiosa. Su potencia reside en esa sátira que nos devuelve una imagen insoportable de nuestra voluntad derrotada. Pero allí donde el cyberpunk agota su tarea en el diagnóstico, el solarpunk y el legado de Joe Strummer —the future is unwritten— proponen un giro necesario. No es un salto al optimismo ciego, es el paso de la negatividad crítica a la apertura practicada: el solarpunk emerge como una tentativa de rearticular el deseo utópico sin recaer en la ingenuidad de las arcadias cerradas. Su interés no es la búsqueda de una utopía "positiva", sino ensayar la reapertura del futuro desde las condiciones presentes, desde nuestras propias coordenadas.
Solarpunk: notas para una definición e instrucciones de siembra
El solarpunk es un movimiento literario, artístico y social, que busca y trabaja hacia la materialización de un futuro sostenible interconectado con la naturaleza y la comunidad. El "solar" representa la energía solar como fuente renovable y una visión optimista del futuro que rechaza el catastrofismo climático, mientras que el "punk" refiere al hacerlo unx mismx y a los aspectos contraculturales, poscapitalistas y poscoloniales de crear ese futuro. El término fue acuñado por el autor (¿o autora?) anónimo del blog Republic of the Bees en 2008, y si bien comparte con el steampunk una estética Art Nouveau, su GPS lo guía al futuro en lugar de al pasado victoriano. El Manifiesto Solarpunk (2019) lo describe como “un movimiento en la ficción especulativa, el arte, la moda y el activismo que busca responder y encarnar la pregunta: '¿cómo sería una civilización sostenible y cómo podemos llegar a ella?'”. Pero sería un error reducirlo a una estética verde. Imaginar el solarpunk puramente como una estética agradable socava sus implicaciones inherentemente radicales.
Como mencionamos antes, abundan ejemplos de ficciones cyberpunk: en la literatura, en el cine, en al anime, hasta en los videojuegos. Pero no podemos decir lo mismo acerca de las ficciones solarpunk. Un rastreo rápido arroja un texto pionero, Ecotopia de Ernest Callenbach, publicado en 1975. No faltan las referencias a Ursula K. LeGuin (Los desposeídos) y Octavia Butler (La parábola del sembrador). Y ya en este siglo, aparece la compilación Solarpunk: Histórias Ecológicas e Fantásticas em um Mundo Sustentável, en 2012. Si cambiamos el foco de atención a las producciones audiovisuales, algunas películas de Studio Ghibli (Hayao Miyazaki) son las referencias obligadas, especialmente Nausicaä del valle del viento y El castillo en el cielo. El término da nombre a la Solarpunk Magazine que, en sus propios términos, “no es solo una publicación, es un proyecto de organización comunitaria, un sueño compartido, un acto colectivo de imaginación”. También existe la web solarpunks.net, que propone “Una visión del futuro, una provocación reflexiva y un estilo de vida alcanzable. En desarrollo... Desde 2012.” Por último, uno de los cruces más recientes con el ámbito de discusión filosófica aparece en el posteo de Aeon.
El manifiesto Solarpunk propone que es una estética, pero un mundo primero y una narrativa después. No está definido más que por emerger en los intersticios, ser la tercera posición entre la negación y la desesperación ante nuestro presente tecnológico, político, de crisis climática tanto como emocional. La recepción y transformación locales nos obligan a dialogar con la nota de Leandro Ocón en TierraRoja en 2023 y del newsletter escrito por Pablo González de El Gato y La Caja en 2024. El sol está en el centro de la bandera argentina, y las similitudes entre la bandera solarpunk y la bandera bonaerense parecen decirnos que la nuestra es una tierra fértil para un futuro solarpunk. De 2023 a esta parte quedamos hundidxs en las cenizas de la erupción neoliberal más atroz, anarcocapitalista, misógina y fascista. Pero las cenizas volcánicas actúan como fertilizante, y lo posible se construye.
Si el cyberpunk fue el diagnóstico de la distopía digital que hoy llamamos capitalismo de la vigilancia, y el transhumanismo fue su justificación filosófica encubierta, el solarpunk es su alternativa de imaginación prospectiva: no una utopía ingenua, sino una utopía crítica, un artefacto del capitalismo contemporáneo y, simultáneamente, una acción artística en su contra.
La primera y más evidente oposición entre el solarpunk y el capitalismo de vigilancia (tal como lo define Shoshana Zuboff) se da en el eje centralización/descentralización. Si el capitalismo de vigilancia opera mediante una concentración sin precedentes de conocimiento y poder, el solarpunk propone exactamente lo contrario. Esto constituye una respuesta directa a la asimetría epistémica que Zuboff denuncia: donde el capitalismo de vigilancia concentra el conocimiento sobre los usuarios en manos corporativas, el solarpunk propone que el conocimiento y las infraestructuras sean compartidos y soberanos.
El solarpunk, con su énfasis en la sostenibilidad, la armonía ecológica y el cambio socio-tecnológico positivo, puede verse como una concretización de los ideales del posthumanismo: desafía las nociones tradicionales del excepcionalismo humano y explora la coexistencia y colaboración entre humanos y entidades no-humanas
Mientras que el cyberpunk imagina a la humanidad cada vez más alienada de su entorno natural y subsumida por la tecnología, el solarpunk imagina escenarios donde la tecnología permite a la humanidad coexistir mejor consigo misma y con su ambiente. La cultura solarpunk se opone explícitamente al capitalismo de vigilancia, ya que propone adoptar un enfoque que prioriza el bienestar de la sociedad y del planeta por sobre el bienestar individual asociado a la maximización de la ganancia económica. Y el sol (un recurso que, por su propia naturaleza, es ajeno a la lógica de la propiedad privada) representa una energía desmercantilizada, aprovechada de forma sostenible, como núcleo de una imaginación emancipatoria. Donde el capitalismo de la vigilancia transforma la experiencia humana en materia prima para la extracción de plusvalía comportamental, el solarpunk propone la energía como don común irreductible a la lógica propietaria.
La literatura académica reciente ha establecido una conexión directa entre el solarpunk y el posthumanismo crítico (particularmente el de Donna Haraway). El solarpunk, con su énfasis en la sostenibilidad, la armonía ecológica y el cambio socio-tecnológico positivo, puede verse como una concretización tangible de los ideales posthumanos. El posthumanismo, como perspectiva filosófica, desafía las nociones tradicionales del excepcionalismo humano y explora la coexistencia y colaboración entre humanos y entidades no-humanas como animales, hongos, plantas y tecnologías. Esto coincide con el imaginario solarpunk de un futuro donde los humanos se involucran activamente con los sistemas ecológicos, reconociendo la agencia de las entidades no-humanas. Ambos asumen la integración de la tecnología en el tejido de la sociedad pero, a diferencia del transhumanismo, para el solarpunk el objetivo de esa integración no es el dominio de las élites sino el bienestar colectivo.
El vínculo teórico entre el solarpunk y el posthumanismo crítico es el siguiente: así como Katherine Hayles (en Lo impensado) demostró que la cognición excede la conciencia humana y que necesitamos pensar en «ensamblajes cognitivos» que integren lo humano, lo biológico no-humano y lo técnico, y así como Haraway propuso que habitamos un Chthuluceno donde lo humano y lo no-humano están inextricablemente entrelazados, el solarpunk traduce estas ontologías post-antropocéntricas en narrativas habitables, en estéticas encarnables y en prácticas germinales: no dice «el humano no es el centro» como proposición abstracta; muestra mundos donde no lo es y donde, precisamente por eso, la vida es mejor para todos los que la habitan.
Desde esta lectura, el solarpunk invierte cada uno de los ejes del dispositivo transhumanista-vigilante: donde hay centralización propone descentralización; donde hay extracción propone regeneración; donde hay propiedad propone comunidad; donde hay vigilancia propone soberanía digital. A diferencia del transhumanismo, que conserva un núcleo antropocéntrico incluso cuando pretende superar al humano, el solarpunk se sitúa explícitamente bajo el paraguas posthumanista, rechazando la excepcionalidad humana y proponiendo ontologías relacionales y multiespecie directamente tributarias de Haraway y compatibles con el concepto de «ecología cognitiva planetaria» de Hayles. El solarpunk no es solo teoría, ni solo ficción: practica una política prefigurativa, creando espacios donde los principios de un movimiento pueden ser explorados y demostrados al ser puestos en práctica en la vida real.
Por todo esto, el solarpunk puede pensarse como alternativa a la convergencia transhumanismo–capitalismo de la vigilancia. No propone un retorno a un pasado idílico, ni un rechazo ludita a las tecnologías contemporáneas, sino una reorientación del desarrollo tecnológico que mire hacia adentro y hacia abajo, hacia la tierra, y no hacia Marte.
Como dijimos, un ejemplo paradigmático de esta lógica puede encontrarse en Nausicaä del Valle del Viento de Hayao Miyazaki. Situada en un mundo post-catástrofe ecológica, la obra no propone un retorno nostálgico a un pasado idealizado ni una reconciliación utópica definitiva sino una mediación fluctuante entre técnica, naturaleza y comunidad. Desde el punto de vista narrativo Nausicaä se organiza en torno a una posibilidad de transformación pero sin promesa de redención final ni eliminación del conflicto histórico. Lo local (el valle, los gestos de cuidado, la figura de Nausicaä) condensa una posibilidad histórica más amplia sin pretender totalizarla. El futuro no aparece como un estado final alcanzado de una vez y para siempre, emerge como un horizonte abierto que exige mediación constante. De este modo, el solarpunk no anula la dimensión crítica de la distopía, la reinscribe en una temporalidad que vuelve pensable la reapertura del horizonte de expectativa.
¿Y la escalabilidad?
Intuimos que hay una clara escalabilidad en el solarpunk, pero la cercanía con las propuestas agroecológicas de huertas caseras la obtura. Por eso vamos a detenernos un momento a pensar sobre la cuestión de la escala. En Los hongos del fin del mundo, Anne L. Tsing muestra que la escalabilidad se define como proyectos que pueden hacerse más grandes sin cambiar la naturaleza del proyecto (expandirse sin cambiar), y que esto es posible sólo si los elementos del proyecto no forman relaciones transformativas que pudieran cambiar el proyecto a medida que se agregan elementos. Y el origen histórico no es inocente, la modernidad colonial fue notable por su deseo de escalabilidad de la producción, y su modelo fue la plantación basada en la esclavitud: un sistema fundado en la explotación de seres humanos y no-humanos arrancados de sus raíces y entornos nativos para ser extractibles. La propuesta de Tsing no es anti-escala; es una teoría de la no-escalabilidad que busca desnaturalizar la escalabilidad, revelando su historicidad y especificando alternativas. En el cyberpunk, la escalabilidad es el principio organizador del mundo. El cyberpunk sería, en términos de Tsing, la ficción de la escalabilidad total: un mundo donde la lógica de la plantación se ha digitalizado y globalizado sin resquicios. Las megacorporaciones escalan sin cambiar su naturaleza; los sujetos son elementos intercambiables. Su visión ha estado frecuentemente constreñida por la ley de hierro del Realismo Capitalista de Mark Fisher, que enmarca al capitalismo como el sistema natural de gobernanza para la humanidad y hace imposible imaginar una salida.
Uno de los riesgos que percibimos es la reducción del solarpunk a una estética de lo micro: la huerta casera, la ecoaldea, la bicicleta. Pero el solarpunk no se limita a eso. Sin actores a nivel estatal, el diseño solarpunk difícilmente sean posible: la «complejidad escalable»: propone multiplicar relaciones diversas a escalas mayores
El solarpunk, a primera vista, parece ofrecer una escalabilidad alternativa. Aunque el movimiento defiende la descentralización, son a menudo las grandes ciudades, con sus robustos marcos legales, organizacionales y financieros, las que están equipadas para liderar proyectos de transformación escalables. Sin embargo, hay una tensión interna no resuelta. Uno de los riesgos que percibimos es la reducción del solarpunk a una estética de lo micro: la huerta casera, la ecoaldea, la bicicleta. Pero el solarpunk no se limita a eso. Sin actores a nivel estatal, los buques insignia del diseño solarpunk que establecen el tono para el resto de la sociedad difícilmente sean posibles. La ambición de crear una infraestructura global recuerda más a las granjas solares industriales a gran escala que a comunidades diversas alrededor del mundo construyendo nidos autosustentables de revolución. Pero, ¿cuán descentralizada e igualitaria puede ser una infraestructura planetaria? Las narrativas solarpunk tienden a explorar imaginarios poscapitalistas a través de una lente tecnofílica, representando la idea de futuros posibles en los que la alta tecnología y el desarrollo industrial pueden volverse ambientalmente sostenibles.
Esta tensión entre la potencial escalabilidad del solarpunk y las huertas caseras puede resolverse sin optar por una de las dos nociones, sino con la idea de "complejidad escalable": propone que escalar no significa replicar sin cambios (la escalabilidad capitalista que Tsing denuncia), sino multiplicar relaciones diversas a escalas mayores. Es una escalabilidad que admite transformaciones internas, diversidad contextual y adaptación local. El solarpunk tiene un problema de escalabilidad, pero el problema no es que sea inherentemente no-escalable, sino que su concepto de escala es diferente. La huerta casera no es el telos del solarpunk; es su unidad de composición (y compostación). Así como Tsing analiza los hongos matsutake que crecen en las ruinas de los bosques industriales, la huerta casera no es una “solución a escala” sino un nodo en una red de relaciones no-escalables que, precisamente por no ser homogéneas, son resilientes. El solarpunk no necesita “escalar” en el sentido capitalista del término. Lo que necesita es lo que Tsing llama "inventar mundos no-escalables": la descripción e invención de mundos no-escalables, donde los agentes no son intercambiables, donde las redes de dependencia son locales, situadas y transformativas para quienes viven en ellas y para quienes se benefician de ellas.
El solarpunk, cuando es fiel a sus propias premisas posthumanistas, no “escala” como una corporación; prolifera como un ecosistema. Y en ese sentido, la huerta casera no sería el límite de esa proliferación sino su célula germinal: el lugar donde se practica, se experimenta y se demuestra la posibilidad de otra relación con la tierra, la tecnología y la comunidad (organizada). Esa relación que luego se compone, se conecta y se multiplica, sin perder su especificidad situada. En eso consiste, precisamente, la diferencia entre escalar (cyberpunk) y proliferar (solarpunk): la primera operación produce uniformidad; la segunda, diversidad que cambia las cosas.
Pensar y hacer fuera de la caja: salgan al sol, ¡idiotas!
Prácticas aparentemente menores empiezan hoy a condensar ese desplazamiento. Los Cyberdesk, por ejemplo, no se organizan en torno a la eficiencia sino a la intervención: vemos minicomputadoras, readers, writers ensambladas con piezas recuperadas a menudo alimentadas por soluciones energéticas modestas, montadas sobre carcasas poco probables donde el hardware aparece deliberadamente visible y modificable. Su circulación no pasa por el producto terminado, pone el foco en el proceso: más que objetos, son dispositivos pedagógicos que reintroducen una alfabetización técnica mínima en un ecosistema dominado por la cajanegrizacion. Abrir la caja, aunque sea parcialmente, no para dominarla, sino para restituir un margen de comprensión y acción. Un movimiento análogo ocurre en ciertos espacios de la escena electrónica donde la música emerge de la escritura en vivo (live coding), la circulación de un código abierto que se comparte, se modifica, se reutiliza: el código no se oculta, se proyecta y ejecuta en tiempo real privilegiando la posibilidad de intervenir la estructura, navegar sus nodos y comprender su funcionamiento y no el resultado final.
Lo que empieza a configurarse no es solo una tendencia técnica o estética sino una sensibilidad distinta. Frente a la economía de plataformas que empuja a producir contenido optimizado (rápido, legible, repetible) emerge otra configuración: construir sistemas, compartir procesos, habitar intervenciones. Una electrónica que no oculta sus costuras, que requiere tiempo, atención, ensayo y error.
La película Nausicaä del Valle del Viento, de Hayao Miyazaki, situada en un mundo post-catástrofe ecológica, no propone un retorno nostálgico a un pasado idealizado ni una reconciliación utópica definitiva sino una mediación fluctuante entre técnica, naturaleza y comunidad
Pensar un solarpunk situado implica desplazar la escala pero no es un repliegue autárquico, es una rearticulación concreta entre producción, comunidad y territorio. La apropiación material de los Cyberdesk en el girlhood virtual (porque sí, son las chicas las que rompen la burbuja de nicho y hacen de estas prácticas los nuevos trends de tik tok) y el renovado impulso DIY (¿segunda ola del Riot Grrrl?), introduce variaciones en circuitos que parecían cerrados. Intervenciones parciales, sí, pero capaces de mostrar que aun bajo condiciones de fuerte determinación hay posibilidad de desvío. El futuro sigue siendo escribible.
La diferencia es decisiva. El futuro "no escrito" es una indeterminación exigente: no hay promesa, pero tampoco clausura.
Frente a las temporalidades abstractas del cálculo (ese tiempo que Palantir pretende dominar), la figura del jardinero cobra relevancia —a gardener is always a futurist—, introduce una intratemporalidad situada: no remite a una idealización bucólica sino a una forma de habitar la temporalidad. Es el tiempo con significación práctica: el futuro no llega como notificación, llega como estación, como sequía o como cosecha. Cultivar en la precariedad no es un hobby; es una forma de refigurar la experiencia temporal. En este territorio, la pregunta por el futuro nos devuelve inevitablemente a la política. No hay jardín posible si todo es transitorio o hipotecado. El problema no es tanto que el futuro se importe, sino que se importe como inevitable; como si imaginar desde este barro fuera un gesto ingenuo. La posibilidad de producir (aunque sea parcialmente) aquello que se consume no constituye aquí una consigna moralizante, sino una intervención sobre la forma misma en que el futuro se vuelve practicable. Allí donde la anticipación global tiende a homogeneizar el porvenir como extensión del presente, estas prácticas introducen una variación: restituyen márgenes de indeterminación.
En el contexto argentino, esta rearticulación no puede pensarse al margen de tradiciones políticas propias. Sin reducir el solarpunk a una identidad, resulta posible reconocer en ciertas formulaciones (como la idea de comunidad organizada o la valorización del trabajo vinculado al cuidado y la reproducción de la vida) elementos que permiten pensar el futuro por fuera de los binarismos heredados de la Guerra Fría. Ni reproducción de modelos ajenos ni negación abstracta de la técnica, sino una apropiación de sus posibilidades.
Porque acá el futuro no llega en forma de algoritmo. Llega en forma de estación. De sequía. De cosecha. De crisis. De recomposición. Llega en ritmos que no se dejan del todo anticipar ni modelizar. Y es en esa fricción donde todavía puede abrirse algo.
En el contexto argentino, el solarpunk no puede pensarse al margen de tradiciones políticas propias, como la idea de comunidad organizada o la valorización del trabajo vinculado al cuidado y la reproducción de la vida, elementos que permiten pensar el futuro por fuera de los binarismos heredados de la Guerra Fría