Salir del burnout: una personalidad para el Siglo XXII

Lejos de las promesas tecnológicas y de las distopías digitales, este diálogo indaga en la relación entre cultura, comunidad y subjetividad. ¿Cómo imaginar el futuro cuando el presente parece reducirse a métricas, algoritmos y competencia económica?

por Ekaitz Cancela Rodríguez y Octavio Majul

“El día que la revolución llegue, ¿cómo nos veremos? ¿Sonreiremos más? ¿O la revolución será más bien tenaz, seria y tensa? ¿Quizá será tenaz, seria y tensa hasta derrotar a todos sus enemigos y luego sí, finalmente, sonreirá con el alivio de la historia entera? Cuando llegue la revolución, ¿nos podremos mirar a los ojos por fin o permanecerá en nosotros el miedo a ponernos frente a frente? ¿Se marcarán las venas en los cuellos y sienes de quienes soportan un quantum de tensión elevado en su cotidianidad o al fin viviremos todos más tranquilos? ¿Queremos vivir más tranquilos? ¿Qué queremos?”

Prólogo de Octavio Majul a Burnout: La experiencia emocional de la derrota política, de Hannah Proctor

A estas preguntas nunca se responde de manera racional, con un plan fijado de antemano. Son preguntas que se responden caminando, como el flâneur del siglo XIX paseaba por el París arrasado por la modernidad; expectante ante la imposibilidad de la pasión amorosa, preocupado por los efectos predatorios de la mercancía de consumo que le sale al paso. Para Baudelaire, las imágenes de la flânerie ponen de manifiesto el intento fracasado de conciliar la disonancia entre individuo y comunidad. Ese es el cul de sac de nuestra personalidad. Y es una lucha que también encontramos en los cuentos de Borges: la imposibilidad de introducir la sequedad cotidiana en el arco narrativo civilizador que impuso el canon literario del mercado, el realismo. Entonces, ¿cómo se habita el futuro? Todo tiempo nuevo requiere de atender a las formas. El futuro necesita tiempo para "hablar por hablar". También las máquinas.

Octavio: ¿Y vos cómo lo llevás con todo lo de Verso Libros?

Ekaitz: Durante el lanzamiento de Burnout pensé mucho en nuestras conversaciones, en cómo sería la rutina en Buenos Aires, en cómo se vive la derrota ¿Seguiremos paseando e intercambiando en el futuro? Cuando me cruzo con gente y el sol les pega de frente, pienso en cómo serán los encuentros humanos y solo me vienen a la cabeza imágenes distópicas.

Octavio: Viste que en la Feria del Libro me etiquetaron de una distribuidora diciendo que había llegado Burnout a Argentina. Pero no entendí nada, ni lo acepté [risas]. La figura del flâneur siempre me hace acordar a la idea del diálogo, a la idea que Gadamer tiene del avance de la historia o, mejor dicho, de la hermenéutica como un diálogo. Una buena conversación no es lo que dos individuos planean de antemano, que sucede tal cual uno lo pensaba, sino que la conversación acontece. Esa metáfora me parece valiosa para pensar la relación entre pasado, presente y por lo tanto la aparición del futuro. La intervención ética en la historia, si querés de tipo vanguardista, a veces peca de esa falta de diálogo. Hay grandes momentos de la vida que acontecen cuando uno ni siquiera avanza linealmente, sino que sale a caminar y entra a un lugar donde está sonando una banda que no conocía. Eso es impensable. Eso es lo que extraño. Extraño perderme. Extraño el error. Extraño lo que nace de ahí. 

Fueron tantas veces sentados en el hormigueo de las multitudes de la gran ciudad bonaerense y nunca se nos ocurrió encender el celular chino e iniciar la máquina que graba; en inglés, record, la tecnología de quien quiere recordar, de quien quiere caminar el pasado para no caerse en el presente y poder imaginar algún futuro posible. Si para Hegel la forma verdadera de un ser humano se encuentra en su acción, en la suma de sus actos y de sus caminos transitados, se perdieron decenas de intentos donde reproducimos parcialmente esta conversación con docenas de amigos. Cada día, en cada segundo, se esfuman de nuestras mentes para siempre miles de formas distintas de hacer las cosas. Se nos olvidan de manera que no se pueden compartir esos sabores cotidianos adquiridos, aunque después sean codificados por la megamáquina que procesa todo el historial de las conversaciones humanas. Pero, ¿las entiende? El algoritmo se ha comido la cultura de lo mundano que surge en la práctica cotidiana. Por eso no existen horizontes colectivos. En el futuro nada será perfecto, pero en el futuro las máquinas hablarán menos que los humanos. Y los memes vivirán en los museos.

Octavio: Estoy cansado de pensar las redes, el contenido, no quiero hacer más eso, ¿viste? Quiero grabar. Estamos todos pasados, y al mismo tiempo, ya hace rato acá en Argentina el rock volvió. Hay un montón de bandas y las majors, Sony, otras transnacionales, Universal o Warner, se vinculan con empresas grandes, no es que sean solo bandas nacionales… Ficharon a un montón de artistas más jóvenes que nosotros, les ponen un montón de plata. Hacen videos increíbles… mientras nosotros tenemos que sudar la gota gorda: “che, no se está vendiendo ticket, es un Niceto. Tienen que subir contenido, tienen que subir contenido, tienen que subir contenido”. Creo que has visto unas fotos de una sesión que me hice donde parece que estoy en 1950. Es una decisión totalmente pensada, no quiero que tenga un look nostálgico, y que de última sea algo del futuro es una paradoja temporal: el futuro se verá como en 1950. Me ha pasado mucho en medios que decía: “tenemos que pensar un estatismo del siglo XXI, tenemos que pensar el futuro adentro de la tradición del igualitarismo, de quienes creemos en la igualdad”… Pero todo eso lo decía mientras montaba un look setentista. Entonces hay una contradicción, ¿viste?, en el sujeto que encarna el discurso. Aunque quizá sea apocalíptico decirlo, nuestro modo de vida es en algún sentido vintage o nostálgico, en el sentido que la relación con el texto y con la palabra no está tan trabajada. Esta época se relaciona más bien con imágenes, y muchas veces asociamos eso a una incapacidad política. Pero al mismo tiempo, lo asociamos a una capacidad vital. O sea, lo que me está pasando con la banda es que todo este intento de jugar el juego moderno por ponerlo así, o jugar el juego hipermoderno, me llevó a un desgaste de mis condiciones de vida absolutas. Es como una competencia que en Argentina se dio de la mano de una precarización y pauperización de condiciones de vida galopante, porque quizás si Argentina no estuviera tan mal yo no estuviera tan a las puteadas por subir una foto a Instagram… Hoy estoy totalmente hinchado las pelotas. 

Ekaitz: [tararea ‘Sabias Palabras] Falta poco para la guerra…

No existen horizontes colectivos. En el futuro nada será perfecto, pero en el futuro las máquinas hablarán menos que los humanos. Y los memes vivirán en los museos.

Ahora, al iniciar la cinta, al enunciar "voy a empezar a grabar" a 10.544 kilómetros de distancia, resuena un sentimiento como de derrota. Una aplicación grabará la conversación, después será procesada por una IA cuyos modelos de lenguaje natural reproducirán nuestras palabras, que expandiremos después gracias a citas encontradas en cualquier momento del pasado, y a continuación llevaremos a cabo tareas más abstractas e intensivas en términos cognitivos, las de edición, mientras que las más alienantes y repetitivas quedan ya delegadas a la máquina, que se ha entrenado usando datos sobre  nuestra alienación y creatividad por igual. Quizá en el futuro no exista la realidad virtual, sino la realidad de estar en la misma terraza con una jarra de Quilmes. ¿Cómo vamos a estar ante el tecnofeudalismo decadente si vivimos en la era dorada de la productividad aumentada, donde los cuerpos se ponen en funcionamiento desde la soledad de una habitación? Cualquier influencer, gamer o cripto-bro sabe todo. En el futuro no existirá la autoría, en el futuro no estaremos encerrados en Instagram, en el futuro lo que llamamos carácter, talento, vocación, deseo, se construye en la actividad diaria colectiva, en el contacto práctico.

Ekaitz: ¿Y en el futuro todo el mundo tiene un community manager o nadie tiene un community manager?

Octavio: No, yo soñaría con que nadie lo tenga. Lo que pasa es que para eso deberíamos bajar el nivel de competencia económica. Por más que Friedman, Hayek y la mar en coche hayan sido procapitalistas, no vieron lo que es esto. O sea, en 1960 y 1970, el ratio de productividad, de competitividad del mercado económico, era ínfimo en comparación con ahora. No solo por cómo el mercado global está compitiendo contra sí mismo: con el desarrollo del mercado financiero y la superposición de la economía financiera con la economía real tenés un fenómeno que nunca se dio. Acá en Argentina, la carne se ha convertido por primera vez en un bien de lujo. ¿Y qué te responden los racionalistas económicos? “Bueno, es un bien de lujo en todos lados”. Eso, que era una fantasía antes, hoy sigue siendo una fantasía. Es el resultado de los principales polos financieros del mercado de la carne, que no reflejan la totalidad del globo, pero en comparación con el pasado es mucho más verdadero. Si vos bajaras el nivel de competitividad económica, o de la urgencia de tener que cortar el ticket… El público no tiene un peso. O sea, no hay plata. Entonces la idea de que las redes sociales son capitalistas, o el terreno de las personalidades capitalistas y conservadoras en Argentina es completamente reciente. Antes era como un desierto, no es que ya no estuvieran presentes algunas de estas tendencias, pero no tenían el nivel de exactitud con el que funcionan ahora. Hace poco escuchaba un argumento muy lindo, donde decía como que no está claro que las personas que más talento tengan para las cosas sean las que más plata tengan, y que la educación pública es un gran nodo, un servicio social, para que personas que tienen talento o una vocación hacia una práctica, sea cual fuere la fuente, la puedan desarrollar. Todas esas posibilidades de futuro se agotan cuando lo único que manda es la competitividad económica.

"El único trabajo que no genera valor encontrado por Fourier era la construcción de las barricadas", recordaba Walter Benjamin sobre los socialistas utópicos. En la época de Milei, la psicología como teoría de la acción ―en particular, el cinismo y la neurosis― experimenta una crisis de sobreproducción. Al igual que el trabajo por cuenta propia. El sujeto peronista, configurado en torno a la relación del “hombre” con “el trabajo” ha desaparecido. Es una identidad del siglo XX. La personalidad humana se mueve entre la tensión permanente entre necesidad y libertad, entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre. Milei lo sabe, pero no resuelve esa contradicción al estilo hegeliano, transformando el nivel en que la contradicción se plantea para superar por siempre la contradicción entre “amo” y “esclavo”, sino eliminando uno de sus términos. La libertad avanza, el estómago se contrae. El cúmulo de fracasos históricos de los movimientos obreros se acumula hasta hacer invisible una dialéctica que alumbre la victoria, y el trauma se muere de éxito; se queda como en suspenso nublando la mente del barricadista contemporáneo, totalmente asediado por las cámaras de vigilancia y los drones policiales. Pero el rostro todavía puede ocultarse, volverse una herramienta de lucha. En el futuro la personalidad es íntegramente social pero no viralizable, en el futuro las instituciones, lenguaje y cuerpos están cargados de cultura, en el futuro los militantes danzan fuera del mercado de consumo, la publicidad de las plataformas, y el cibercontrol estatal.

La educación pública es un gran nodo, un servicio social, para que personas que tienen talento o una vocación hacia una práctica, sea cual fuere la fuente, la puedan desarrollar. Todas esas posibilidades de futuro se agotan cuando lo único que manda es la competitividad económica.

Imagen editable

Ekaitz: Abres Registro desordenado de una época caótica (Galerna, 2024) con una premisa: la expresión es uno de los aspectos fundamentales de la personalidad humana, la usamos sin que esas narraciones sean coherentes o exhaustivas y, a veces, sin que necesariamente sean ciertas. La expresión entonces está abierta al prueba y error. Cuando pones los ejemplos "hincha de Boca", "mamá de León", "ricotero", estás describiendo afirmaciones identitarias del siglo XX argentino. ¿Cuáles serían las equivalentes en el futuro, cuando el lugar de la afirmación ya no deba ser la cancha ni el feed, sino la calle hecha pueblo? En el libro también dices que Lyotard y Baudrillard anticiparon nuestra época sin haber visto un solo posteo de Instagram, y en la página sobre la Argentina financiera añades que ni la derecha ―que reniega de la financiarización― ni el peronismo ―que apuesta a una cultura del trabajo del siglo XX― pudieron ver las nuevas dinámicas del empleo. 

Octavio: La parábola más clara es desde El Quinto Escalón, una competencia de rap en una plaza de la que salen Wos, Trueno, Duki, Paulo Londra… la mayor parte de los exponentes de la música urbana, las estrellas más grandes que tiene Argentina. En ese momento, fueron uno de los primeros fenómenos virales. Este concepto es dicotómico y un poco metafísico, pero esa viralización fue orgánica. Eran unos pibes que se grababan, pibes que se escapaban de la casa de sus viejos. Argentina siempre había tenido una cultura muy anti hip-hop, anti rap, quizás porque la cultura de los 90 en Argentina fue antiyanqui también. El argentino no rapeaba. De hecho, está toda esta cuestión con el lenguaje, que parece como que se latiniza el argentino cuando rapea, o por lo menos para tener éxito. Y en ese momento era tan anárquico que unos pibes que decidieron juntarse en una plaza se empiezan a grabar con una GoPro, a cada semana empieza a ir más gente, empiezan a tener cada vez más visiones en YouTube y experimentan un crecimiento exponencial. Ese es el sueño que te proponen las redes sociales. Como “bueno, ya no dependés de que el medio tradicional, que Telefé te dé bola, no necesitás que el capo de Sony te dé bola, no necesitás que tu viejo te diga que está bien, lo puedes hacer por tu cuenta. Y si lo haces muy bien va a haber muchas personas que te lo digan”.  Ahora, hoy en día, en Argentina, primero ya tenés un piso de interacciones en las redes sociales que están promovidas artificialmente por plata. Y no estoy hablando ni siquiera de los bots, estoy hablando de las herramientas de publicidad que te brindan las propias plataformas. Por más que el algoritmo funcione orgánicamente, que le da de comer a lo que le va bien, si el contenido no tiene un engagement medianamente real, toda la interacción va a ser artificial. 

Ekaitz: Has escrito que la grandeza del pasado fue un efecto de la corta circulación de la cultura llamada "audiencia nacional", y que el contracanon depende de la existencia previa de un canon. No hay underground sin mainstream. ¿Cómo se piensa en esas categorías cuando el valor se genera mientras scrolleamos, miramos memes de gatos o vídeos de influencers? 

Octavio: Te pongo otro ejemplo: Little Boogie. Es como una expresión de la música rap urbana, proviene de una clase baja, con un gran contenido de violencia y de libertad en la composición, y al mismo tiempo, con mucha energía en el vivo. Cuando se dieron cuenta de que Little Boogie funcionaba, lo agarró una empresa, lo encerró en una casa donde hay streamers durante siete días, lo puso a componer y lo enfrentó a hechos virales ―o le ofreció hechos virales. Por ejemplo, él en sus shows bailaba como Michael Jackson. ¿Qué hicieron? Hay un personaje acá en Argentina, que es un Michael Jackson que baila en la avenida Corrientes. Es como un meme, algo muy potente en redes sociales. Bueno, cae a la casa donde Little Boogie está viviendo. Después fue Maxi Trusso, un show, viste, un drogadicto y una persona sin pudor, que se cae tocando y se quiebra una pierna, y es muy gracioso. A Maxi Trusso obviamente le va medianamente bien en redes. Bueno, un día cae Maxi Trusso con Little Boogie a hacer un remix de un tema. Todo eso, lejos de ser un encuentro personal y espontáneo, es el plan de producción de un equipo que sabe cómo funcionan las cosas. Hay un equipo de streamers que trabajan para él. Son como granjas de streamers que durante siete días fueron produciendo hechos virales bien pensados. Si yo fuera Little Boogie estaría encantado, quizá. Bah, no sé. Pero digo, el hecho viral es un hecho totalmente producido.

Ekaitz: El contracanon infinito celebrado en las redes sociales es en realidad el fin del canon, pero disfrazado de subversión.

Octavio: En realidad “El Quinto Escalón” y Little Boogie son dos ejemplos de los dos sueños que te prometen las redes sociales: uno es el sueño orgánico de un nadie que recibe la aprobación de un montón de gente, que puede escapar de que quizás sus amigos le decían que cantaba mal y subió un video y la gente ama cómo canta, u odie cómo canta y eso también le haga viral. Ahora, en el otro caso, es un artista del under que está intentando consolidarse, se le dicta ese camino de direccionalidad y el hecho viral está totalmente producido. Y se anticipa y busca ser cada vez más anticipado. Cada vez más, la relación entre el mainstream y el under se empieza a borrar, en el sentido de que los que pueden poner plata son siempre los mismos. Ahora en Argentina se manifiesta con el gobierno de Milei, que desreguló el cine y el mundo audiovisual. Entonces aparece el capitalismo de Netflix y podríamos decir, “bueno, iba a romper con los medios tradicionales”. Y en parte lo hace, pero también –por ejemplo, ahora Netflix se asoció a Polka, la productora de Adrián Suar, de los grandes ganadores de la televisión argentina de los 90 y los 2000. Entonces ya vemos cómo hay estrategias de hibridación entre el mundo antiguo y el mundo contemporáneo. Lejos de esa como catástrofe entre lo nuevo y lo viejo, parece haber como una mesa ecuménica entre los ganadores del pasado y los ganadores del presente.

Ekaitz: Lo dices en el libro. La métrica ocultó el viejo régimen de identificación, y cuando se cayó, ese régimen volvió. Los medios progresistas nos trajeron a Milei.

Octavio: El algoritmo te dice que no es totalitario; te dice “no tenemos ningún parámetro, lo vamos cambiando. No es que te tienes que ajustar a una cosa”. Ahora, siempre te tenés que estar ajustando a algo, y ese mecanismo de ajuste fue más preciso con cada año que avanzó internet. Y ni hablar de lo que promete ser con el desarrollo de las supercomputadoras y la evolución de la ciencia de los datos. El sueño húmedo de Silicon Valley es cumplir la fantasía conductista de anticipar los comportamientos humanos. Es el mismo debate de 1950, más o menos cuando se crea la computadora. Eso ha resultado en una combinación extraña. En Argentina, los militantes que hacen al antimileísmo ―por lo menos desde la posición estatista tradicional, la de quienes dicen “necesitamos un Estado con instituciones, las cosas hay que regularlas un poco porque si no se desmadran”― terminan dándose la mano con esos freaks y buscadores de identidad que encontraron refugio en internet. Y la paradoja es justamente esa: internet era un sitio pensado para expresar la pluralidad, la expresión de un yo en su propia búsqueda, con sus propios nichos, casi directamente contra la lógica del algoritmo. Yo creo que no se puede sostener mucho este estilo de vida. No podemos estar diez años quejándonos de cómo vivimos. Y si vos te fijás: en Europa se quejan de cómo viven, en Estados Unidos se quejan de cómo viven, y en Argentina se quejan de cómo viven.

En palabras de Proctor: "las heridas infligidas socialmente no pueden curarse del todo si no cambian las condiciones sociales". La única identidad que hemos conocido es un cuerpo destrozado, ¿y no podemos cambiarlo?

La experiencia emocional de la derrota política sufrida durante las últimas décadas no es un estado interior, sino que se relaciona más bien con la idea de “pérdida de mundo”. El burnout no es una patología psicológica, no es algo individual, es una forma de relación con el entorno que las rutinas del movimiento popular han ido expulsando. Hanna Proctor escribe que existe una diferencia entre el militante que se desgasta optimizando una organización que ya existe y el que rompe el circuito y parece, desde afuera, que se volvió loco. Newton sabía algo de eso, relata. El suicidio revolucionario es la negativa a que el bucle de la institución te devuelva siempre al mismo lugar. La pregunta es si esa negativa puede sostenerse sin consumir al sujeto, sin que la ruptura del circuito le destruya junto con el circuito. En palabras de Proctor: "las heridas infligidas socialmente no pueden curarse del todo si no cambian las condiciones sociales". La única identidad que hemos conocido es un cuerpo destrozado, ¿y no podemos cambiarlo? Una canción aparece casi de manera onírica en este argumento hegeliano: "en la noche en que todos los gatos son pardos, la palabra, un tobogán, la posibilidad de que en el vértigo la máscara sea el único rostro". En el futuro lo ideal está en los gestos cotidianos y en las herramientas con las que vivimos. No habita en la cabeza, vive en el mundo. En el futuro, la personalidad se forma cuando un cuerpo singular aprende a moverse dentro de esa cultura y, al hacerlo, la transforma.

Ekaitz: ¿Y entonces no hay futuro?

Octavio: No, yo pienso que sí lo hay. Hoy pienso que las vías de salida siempre van a existir. Mi sueño es que no tengan el formato de la ciencia ficción norteamericana, en las cuales literalmente las vías de salida son oasis en el desierto. Pero comparto esta cuestión ―igual creo que la dice Žižek― de que más que el futuro me interesa el presente. ¿Por qué el futuro? Empecemos hoy, ¿viste? Y tiene que ver con producir hechos de verdad. Hay una idea muy linda: si hay dos personas que se juntan a comer un sábado al mediodía, están produciendo un hecho de comunidad, están logrando una asociación. No es que solo haya pérdida y derrota. La cuestión es cómo crear esos diques de contención, o esos diques de expresión. Para mí Europa tiene algo de la relatividad espacial. De lo latino, en el sentido de un modo de vida mediterráneo que es el de ayer ―y que está asociado un poco a la cultura afro-centroamericana, desanclándola de la influencia que ha tenido Estados Unidos durante todo el siglo XX. Es otra relación con el trabajo y con el ocio, o mejor dicho, otra relación con la ansiedad, un modo de vivir más laxo que el sajón protestante, que apuntó a la aceleración como una forma de calmar la ansiedad ―el no parar.

Algo que pensó años atrás Évald Vasílievich Iliénkov se lee hoy como un manifiesto contra la autorrealización personal que manufactura el neoliberalismo autoritario: la personalidad es sinónimo de libertad. Es una forma de "avatar". Si la personalidad se forma afuera, en el sistema de relaciones con otra gente a través de una actividad social compartida e históricamente concreta ―en los movimientos populares, en los sindicatos o partidos–, entonces perder esas relaciones es quedar triste, quedar pequeño, reducido a un yo que ya no tiene dónde expandirse más que en las redes sociales. El mercado se convierte así en la única institución de la modernidad hipercapitalista. La derecha argentina entendió esto y por eso ataca las identidades transfeministas mientras reivindica la personalidad masculina: tener docenas de trabajos de mierda y sobrevivir. La derecha sabe que en la personalidad se disputa el ser humano. La izquierda, con honrosas excepciones, lo entendió bastante peor: Massa diciéndole loco a Milei. Proctor nos recuerda que hasta el Che Guevara se volvió loco, dice "no superé la subjetividad". La máquina organizativa guerrillera no tenía tecnologías para procesar lo que estaba sintiendo. El movimiento no sabía volverse loco. Y la locura es precisamente lo que permite crear nuevos mundos: la discontinuidad, el error, el gesto que no produce valor y que por eso abre un horizonte que la eficiencia había cerrado. La música es un buen ejemplo de cómo esto opera en la cultura. No porque sea bonita ni movilice, sino porque es radicalmente inútil en los términos en que el mercado ha medido su utilidad. No convierte a nadie, no gana elecciones, no forma cuadros. Y, sin embargo, produce algo que ninguna otra formación política: un entorno compartido donde la gente se siente reconocida. Es una tecnología para la locura. Un modo no de estar, sino de ser juntos que no rinde cuentas a ningún resultado verificable y que por eso puede alojar lo que el movimiento expulsa: el duelo, la alegría sin causa, el cuerpo, la rareza. 

Si la personalidad se forma afuera, en el sistema de relaciones con otra gente a través de una actividad social compartida e históricamente concreta ―en los movimientos populares, en los sindicatos o partidos–, entonces perder esas relaciones es quedar triste, quedar pequeño, reducido a un yo que ya no tiene dónde expandirse más que en las redes sociales. 

Ekaitz: Pienso en Fonso y Las Paritarias, en esas sesiones de encierro colectivo para escribir discos donde nadie está optimizando nada. ¿Vivís en el futuro?

Octavio: Lo más productivo en términos vitales de juntarse, encerrarse, hacer de ese encierro colectivo que vos decís, es la creación de un lenguaje propio. En las Paritarias lo pienso mucho con la distinción entre lo apocalíptico y lo postapocalíptico. Un mundo apocalíptico no necesita de palabras y de símbolos. Ahora, si mañana nos levantamos, vamos a tener que construir una red de lenguaje que nos permita expresarnos, esto que vos decías, una red de contención que nos permita seguir existiendo. Y evidentemente, por más que tengamos ―o tengan muchos de los nuestros― fantasías apocalípticas, lo más probable es que dentro de 30 años sigamos estando acá. Y si no nos empezamos a encargar hoy de que eso sea lo mejor posible, el futuro va a ser terrible. La producción de un mundo de símbolos, de lenguaje, la apuesta a la creación de ese mundo, solo se logra a partir de la interacción no interesada para que la producción cuaje. En la banda es tan importante el chiste que hace Tortu como el video de YouTube que nos manda Piter. Todo forma parte del núcleo común de esa vida, y tras eso se canta una canción y se abre la posibilidad de crear y componer un mundo. Eso es lo que te garantiza lo que estamos llamando encierro colectivo, que básicamente significa estar en la de uno. Lo voy a decir con dos filósofos. Uno, Diego Armando Maradona. Cuando entra a Gran Hermano en 2001, evidentemente por una guita que le baja Brahma, la pasa bien, se caga de risa, entra al confesionario y tiene que hablar frente a la cámara. Pero no puede decir “lo hice por la plata” y tiene que hablar de algo. Lo hace espontáneamente y reivindica a los participantes de Gran Hermano diciendo: “ellos están en la de ellos, no le importa lo que dice el otro”. Esto no significa que cada uno está queriendo pegarla, queriendo ser Justin Bieber, no es estar en la de uno y vivir en la fantasía del Capital, por ponerlo así. Y es lo que dice Nietzsche también con la atmósfera creativa: uno no puede crear, no puede expresarse si no crea una atmósfera de olvido. Y por eso Nietzsche era precavido respecto a la cantidad de información que leía, el conocimiento que incorporaba, porque en algún momento mata a la creatividad. ¿Qué importan las métricas? Es otra la idea de trabajo que me parece noble. Una banda es una protofigura de todo eso.

Muchos individuos únicos, a través de un proceso cultural, crean —y cuando es necesario amplían— una organización que, a su vez, sigue dándoles forma. Es una dialéctica abierta: nos convertimos en individuos humanos en el proceso social, pero los individuos son únicos por obra de una herencia específica expresada en una historia que nunca se repite. Y lo interesante de esa singularidad es que es creativa y producida a la vez: nuevas formas pueden desprenderse de una forma particular y extenderse a toda la organización mediante la cultura. La pregunta por la personalidad del futuro no es una pregunta que se resuelve de manera técnica, es una pregunta sobre qué tipo de vida en común queremos y podemos construir, y qué rol puede jugar la cultura para que esa vida no se reduzca a la suma de yoes exhaustos buscando reconocimiento en una pantalla. La personalidad por venir va a aparecer, como una buena conversación, cuando escapemos de la libertad del mercado.

La pregunta por la personalidad del futuro no es una pregunta que se resuelve de manera técnica, es una pregunta sobre qué tipo de vida en común queremos y podemos construir, y qué rol puede jugar la cultura para que esa vida no se reduzca a la suma de yoes exhaustos buscando reconocimiento en una pantalla.