Revolución y Contrarrevolución en Ucrania
El Euromaidán transformó las calles de Kiev en el escenario de una revolución cívica que redefinió la identidad política de Ucrania y su relación con Europa. Más de una década después, la guerra con Rusia puede leerse también como el intento de Moscú por revertir esa transformación y disputar el sentido mismo de la nación ucraniana.
por Salvador Lima
En el invierno europeo de 2013, la Maidán Nezalézhnosti o Plaza de Independencia de Kiev dejó de ser un espacio público para convertirse en una ciudad dentro de la ciudad. El Euromaidán, que comenzó en noviembre como una manifestación en contra de la decisión del presidente Viktor Yanukovich de fulminar el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, mutó en la Revolución de la Dignidad, un levantamiento popular por los derechos fundamentales de los ucranianos y volcado a resistir el abuso de poder de un régimen corrupto. Durante tres meses, ese campamento espontáneo aguantó la violencia de los servicios de seguridad, hasta el trágico desenlace de febrero de 2014, cuando tiradores apostados en la calle Instytutska abrieron fuego contra la multitud. Poco después, Yanukovich sería destituido por el Parlamento y Rusia se anexionaría Crimea y fabricaría una guerra en el Donbás que, ocho años después, evolucionó en la invasión a gran escala sobre toda Ucrania.
Para comprender mejor esta guerra, conviene preguntarse por qué llamar ‘revolución’ a lo que ocurrió en Ucrania entre 2013 y 2014. La pregunta importa porque el escepticismo académico hacia aquel término no es infundado. Durante buena parte del siglo XX, la interpretación ortodoxa describió la ‘revolución’ como un proceso político moderno que transformaba de raíz las relaciones de poder y de clase y que solía requerir algún tipo de violencia organizada y sostenida. De acuerdo con esta definición, la Revolución ucraniana no calificaría como tal, ya que no hubo una toma armada del poder por un partido organizado, no cambió el régimen de propiedad, y buena parte del aparato estatal sobrevivió casi intacto al cambio de gobierno. Ahora bien, según el politólogo Mark Beissinger, esta vara clásica ha dejado de aplicarse a la inmensa mayoría de las revoluciones de fines del siglo XX e inicios del XXI. Beissinger define la ‘revolución cívica urbana’ contemporánea como un asedio masivo de un régimen por su propia población de manera espontánea y horizontal, orientado a producir un cambio político o social sustantivo. Siguiendo este patrón, los eventos de Kiev entre 2013 y 2014 contaron con una movilización sostenida desde abajo, sin conducción centralizada, un desenlace extrainstitucional y una redefinición de la comunidad política, es decir, de qué significaba ser ucraniano y hacia dónde debía mirar el país.
Orígenes del Euromaidán
Como argumenta el historiador Serhii Plokhy en Las puertas de Europa, el vicio fundamental del relato paneslavista de Vladimir Putin es tratar a Ucrania como una no-nación ficticia de invención reciente y un mero territorio repartido entre potencias durante los últimos siglos. En realidad, como otras naciones europeas, la identidad ucraniana hunde sus raíces en un denso sedimento histórico, desde la herencia cultural de la Rus de Kiev, la tradición de autonomía de las comunidades cosacas y la Galitzia austrohúngara del siglo XIX, refugio y plataforma de una intelligentsia ucraniana que transformó el folclore y la lengua en un proyecto político moderno. En 1917, al calor de la Revolución y del colapso zarista, tal proceso de construcción nacional se concretó en la República Popular Ucraniana, luego aplastada en distintas fases por rusos blancos, bolcheviques y polacos, entre 1918 y 1921. Hacia 1922, la autonomía que Lenin concedió a la Ucrania Soviética fue, más que un gesto de generosidad imperial, un cálculo para apaciguar a los nacionalistas ucranianos y mantenerlos dentro de las fronteras de la nueva encarnación del Imperio ruso. Desde entonces, Ucrania sería una de las piedras angulares de la Unión Soviética, ejerciendo como motor industrial y agrícola y produciendo una corriente de ‘comunismo nacional’ que, sin rechazar la pertenencia a la URSS, constantemente negociaría con Moscú mayores grados de autonomía cultural y política.
Los eventos de Kiev entre 2013 y 2014 contaron con una movilización sostenida desde abajo, sin conducción centralizada, un desenlace extrainstitucional y una redefinición de la comunidad política, es decir, de qué significaba ser ucraniano y hacia dónde debía mirar el país.
Con la independencia de 1991, ratificada por más del 90% del electorado, la nueva república de Ucrania nació con una doble fragilidad. Hacia afuera, entregó su arsenal nuclear a cambio de garantías de seguridad, en el Memorando de Budapest de 1994, mientras que, hacia adentro, heredó intacta buena parte del aparato burocrático, las redes clientelares y la cultura de corrupción soviéticas. La corrupción por sí sola, sin embargo, no produce revoluciones, sino cinismo y emigración, que es lo que Ucrania vivió durante buena parte de esos años. Entonces, las razones para el estallido en Kiev en noviembre de 2013 no habrían sido simplemente las maniobras y la corruptela de Yanukovich, sino una cadena más profunda de promesas incumplidas que, desde 1991, habrían creado el caldo de cultivo revolucionario. En primer lugar, había una frustración comparativa cada vez más difícil de ignorar. Durante veinte años, los ucranianos fueron testigos de cómo Polonia, los Bálticos y el resto del antiguo Pacto de Varsovia eran aceptados en el ‘club europeo’, disparando su nivel de vida e integración internacional, mientras su propio país seguía estancado y capturado por una coalición de oligarcas y burócratas, bajo la sombra rusa.
En segundo lugar, los fracasos de los sucesivos gobiernos ucranianos crearon la sensación extendida de que el ciclo de esperanza inaugurado en 1991 había sido traicionado. La primera traición fue la de Leonid Kuchma, el presidente que traicionó las promesas de reforma y gobernó ‘a la rusa’, mediante intercambio de favores, chantaje y sobornos. La segunda fue la de Viktor Yúshchenko, el símbolo desfigurado de la Revolución Naranja de 2004, aquel que había prometido llevar a Ucrania hacia el imperio de la ley y que terminó una presidencia mediocre. La tercera traición vino cuando, el 21 de noviembre de 2013, Yanukovich tiró por la borda la propuesta de Acuerdo de Asociación con la Unión Europea y un mes después viajò a Moscú para firmar un préstamo de quince mil millones de dólares en bonos rusos y un descuento sustancial en el precio del gas natural.
La movida de Yanukovich, anunciada repentinamente y sin explicaciones legítimas y claramente influenciada por el chantaje ruso, fue la confirmación pública de que el destino del país era decidido en secreto entre un puñado de hombres poderosos. Además, para los ucranianos de todas las edades, Europa no significaba una entelequia geográfica o simbólica, sino una promesa de formar parte de un espacio económico próspero y democrático, donde imperara el Estado de derecho y el destino de un país no dependiera de la voluntad personal de un hombre y de sus socios oligárquicos. Por ello, la misma noche del 21 de noviembre de 2013, tras la convocatoria del periodista afgano-ucraniano Mustafa Nayyem en Facebook, un millar de personas se presentaron en la Plaza de Independencia de Kiev en protesta contra el presidente. Tres días después, la invitación digital había escalado a más de cien mil manifestantes. El punto de no retorno llegó la madrugada del 30 de noviembre, cuando la represión de la policía especial contra un grupo de estudiantes, filmada y viralizada de inmediato, disparó el reflejo de indignación intergeneracional y la protesta creció a casi un millón de personas.
Siguiendo el modelo de revoluciones contemporáneas de Beissinger, lo que siguió no fue una movilización centralizada o planificada por una vanguardia o servicios de inteligencia extranjeros, sino la autoconstrucción, a través de redes horizontales y digitales, de una masa crítica de gente y una infraestructura paralela de barricadas de nieve y adoquines, cocinas comunitarias, hospitales de campaña, oficios religiosos, canales de streaming y miles de ciudadanos acampando noche tras noche. Ninguna de esas estructuras defendía a un partido, sino una idea de Ucrania como nación cívica y europea.
La contrarrevolución rusa
Si el Euromaidán fue una revolución liberal y europeísta, lo que Rusia desató después con la anexión de Crimea, la guerra fabricada en el Donbás y la invasión total de 2022 fue una contrarrevolución paneslavista y ortodoxa, que pretendió revertir la redefinición de la comunidad política que la movilización en Kiev había alcanzado, mediante la restauración del orden oligárquico prorruso y la negación de la identidad nacional ucraniana.
De acuerdo con Anne Applebaum, en febrero de 2014, la imagen de miles de ucranianos ondeando banderas europeas y coreando consignas anticorrupción en el Maidán significó para Putin y el aparato del Kremlin una amenaza directa a su propio régimen. Si un pueblo eslavo, ortodoxo y postsoviético podía elegir por sí mismo la democracia liberal, entonces perdía legitimidad el contrato social tácito en Rusia, el cual exige a la ciudadanía la renuncia total a las libertades políticas y civiles a cambio de estabilidad económica, orden interno y la restitución del pasado imperial. Como en otras revoluciones a lo largo de la historia, el pánico a un contagio democrático y republicano desde Kiev hacia Rusia y, por qué no, Bielorrusia también, dio el último empujón a los halcones en Moscú para desatar la reacción.
Para los ucranianos de todas las edades, Europa no significaba una entelequia geográfica o simbólica, sino una promesa de formar parte de un espacio económico próspero y democrático, donde imperara el Estado de derecho y el destino de un país no dependiera de la voluntad personal de un hombre y de sus socios oligárquicos.
Desde 2014, el Kremlin ha tratado de deslegitimar el Euromaidán tachándolo de golpe de Estado proamericano, orquestado para separar a los ucranianos de sus hermanos rusos y convertir a Ucrania en un estado satélite de la OTAN. Con distintos grados de sofisticación, tal tesis ha sido apoyada por una amplia gama de intelectuales y comunicadores estadounidenses y europeos de distintas filiaciones o preferencias políticas, quienes han responsabilizado a la OTAN de provocar a Putin y han explicado el Euromaidán como un golpe diseñado por agencias de inteligencia occidentales y elementos pronazis en Ucrania.
El problema con la tesis del golpe de Estado es que no resiste un escrutinio de la cronología. Las llamadas telefónicas entre funcionarios estadounidenses y la embajada en Kiev, filtradas probablemente por la inteligencia rusa en la primera semana de febrero de 2014, no demuestran ninguna conspiración, sino que revelan a dos diplomáticos discutiendo a cuál de los liderazgos domésticos ucranianos existentes convenía respaldar en una transición que ya estaba en marcha desde noviembre de 2013, dos meses y medio antes. Ni la CIA, ni ningún servicio de inteligencia, era capaz en 2014 de fabricar desde cero una movilización de casi un millón de personas durante tres meses de invierno, ni de llevar a la muerte a más de un centenar de manifestantes a fuerza de dinero y consignas. Al mismo tiempo, la destitución de Yanukóvich no encaja con el guión del golpe de Estado. Su impeachment fue votado por el propio Parlamento ucraniano, con 328 votos a favor sobre 340 presentes, en una sesión donde decenas de diputados de su propio bloque lo abandonaron y votaron junto a la oposición. No hubo un puñado de conspiradores apoyados por el Ejército, sino un gobierno que se desintegró bajo el peso de la masacre cometida la semana anterior en las calles de Kiev. Por último, si detrás de la Revolución de Dignidad hubiese habido una conspiración para instalar un régimen prooccidental, ese régimen no se habría sometido, apenas tres meses después, a una elección presidencial. En mayo de 2014, Petró Poroshenko ganó con el 54% de los votos en primera vuelta, en un sufragio que observadores de la OSCE certificaron como libre y competitivo.
En última instancia, la tesis del golpe de Estado no solo niega la agencia histórica de los propios ucranianos, tratándolos como piezas pasivas en un tablero geopolítico, sino que acepta la narrativa de Putin que define a Ucrania y a todo el espacio postsoviético como una ‘esfera de influencia’ rusa. Contra esta ficción, fue la decisión de los ucranianos de mirar hacia Europa y darle la espalda a Moscú la ofensa original que Rusia no estaría dispuesta a tolerar, no la supuesta expansión de la OTAN o la opresión contra los ciudadanos rusófonos en el sudeste ucraniano. En realidad, las leyes de desrusificación lingüística y cultural en Ucrania llegarían después de 2014, como reacción a la propia agresión rusa, y lo mismo ocurrió con el apoyo público a ingresar a la OTAN, que en 2013 apenas rondaba el 18% según la Stockholm School of Economics, saltó a 51% ocho meses después de la anexión de Crimea y trepó a 76% en marzo de 2022, de acuerdo con la serie histórica del Rating Group, alcanzó un histórico 86% en 2023 y todavía rondaba el 80% en 2025 según el Razumkov Centre.
La habilidad de Putin y de la propaganda rusa a la hora de convencer a la amplia gama de sus simpatizantes -desde nacionalistas conservadores hasta marxistas nostálgicos de la URSS- reside en esquivar los datos de la realidad y en moldear sus narrativas según la audiencia. De este modo, mientras que se dirige a los medios occidentales hablando en términos de geopolítica y seguridad estratégica, vende su invasión en Ucrania como una guerra anticolonial cuando debe dirigirse al ‘Sur Global’ y a los tercermundistas del mundo desarrollado y, por último, recurre al lenguaje simbólico de tierra, sacrificio, humillaciones históricas y misión civilizacional para convencer a sus súbditos rusos.
Como explica Timothy Snyder en El camino hacia la no libertad, el gobierno de Putin se basa en una ‘política de la eternidad’, un repliegue permanente hacia una historia mítica, cíclica y victimista que sustituye cualquier proyecto de futuro por un pasado glorioso y que le permite justificar las bases ideológicas e institucionales de su régimen. Putin lleva casi treinta años en el poder y ha dejado a los rusos un país económicamente estancado, sin una obra de gobierno que lo trascienda más allá del modelo autoritario y la riqueza obscena de las familias cercanas al Kremlin. La invasión de Ucrania puede leerse, en esa clave, como el intento de un líder envejecido de asegurarse un lugar en la historia rusa comparable a Pedro I, Catalina II y Stalin, los referentes imperiales y expansionistas que son invocados una y otra vez por la propaganda rusa.
Los instrumentos de esa ‘política de la eternidad’ son conocidos. A través de manuales escolares, desfiles, discursos, conferencias y propaganda mediática, Putin ha convertido el culto a la Gran Guerra Patria en la principal liturgia cívica nacional, ha reactivado el concepto zarista de Novorossiya para reclamar el sudeste de Ucrania, se ha apropiado del imaginario del Russky Mir o ‘civilización rusa’ como dispositivo imperial y ha rescatado del olvido a Iván Ilyin, un filósofo filofascista de los años treinta que abogaba por el predominio de una Rusia autocrática y ortodoxa. En pocas palabras, Rusia no puede ofrecer a su población ningún horizonte que no sean las glorias del pasado y la guerra permanente, exactamente lo contrario del proyecto de nación cívica y democrática que Ucrania articuló en el Maidán.
Si el Euromaidán fue una revolución liberal y europeísta, lo que Rusia desató después con la anexión de Crimea, la guerra fabricada en el Donbás y la invasión total de 2022 fue una contrarrevolución paneslavista y ortodoxa, que pretendió revertir la redefinición de la comunidad política que la movilización en Kiev había alcanzado.

Consecuencias de la guerra
Si realmente cree en su filosofía de la historia, para Putin debe resultar contraintuitivo que la agresión rusa haya unificado a los ucranianos, en lugar de fracturarlos por la línea étnico-lingüística que Moscú siempre dio por decisiva. Según datos de la Carnegie Endowment for International Peace, antes de 2014, el electorado del sudeste ucraniano que decía votar por partidos prorrusos rondaba el 40%. Para 2022, ese electorado quedaba reducido a un 18-20%, mientras que caería a un 3-5% hacia mediados de 2023. El cambio es más elocuente en el terreno del idioma. En 2012, un 44% de los ucranianos usaba el ucraniano como lengua principal frente a un 34% que usaba el ruso, según Volodymyr Kulyk, investigador de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania. Hacia fines de 2022 esa proporción había saltado a 57% contra apenas 15%, y, de acuerdo con el Instituto Internacional de Sociología de Kiev, a 63% contra 13%, para agosto de 2025. Ese vuelco responde a dos factores bien distintos. El primero es la propia política del Estado ucraniano desde 2019 de borrar el idioma y los símbolos rusos del espacio público, aunque esta disposición esté lejos de cumplirse a rajatabla en todas las ciudades. El segundo, más profundo, es la decisión de millones de ucranianos rusoparlantes de Donetsk, Járkiv u Odesa, gente que hasta hace una década hablaba ruso en casa, en el trabajo y en la calle, de asumir hoy el ucraniano como un acto consciente de pertenencia nacional.
Como otras revoluciones exitosas, el Euromaidán logró redefinir de manera irreversible la comunidad política ucraniana. En paralelo al giro en sus preferencias geopolíticas e identidad lingüística, el país se ha modernizado institucionalmente, mediante la digitalización de trámites que han reducido drásticamente la pequeña corrupción burocrática y municipal, la llegada de marcas occidentales, la expansión de las redes de wifi y telecomunicaciones, la fundación de think tanks que diseñan nuevas políticas públicas y el desarrollo de una industria armamentística con tecnología de punta. Tal transformación ha encontrado un símbolo elocuente en Volodimir Zelenski, el excomediante que en 2019 ganó la presidencia con el 73% de los votos. Aunque en febrero de 2022 su confianza pública se disparó al 90% y sus actos de resistencia a las presiones americanas para la paz lo mantienen con altos grados de apoyo, su figura no está exenta de críticas internas. Los niveles de confianza en Zelenski cayeron al 57% en julio de 2025, debido a su intento de pasar una ley que despojaba de independencia a las agencias anticorrupción y a la explosión de un escándalo de sobornos que involucraba a dos ministros de su círculo íntimo. Con todo, fue precisamente la secuencia de protestas callejeras que revirtieron la ley en pocos días, la prensa que destapó el escándalo de corrupción y la justicia investigando a funcionarios del entorno presidencial la que certificó el carácter democrático que el Maidán vino a instaurar. Nada de esto hubiera sido concebible en la Rusia de Putin, donde la corrupción es ‘el sistema’, la prensa independiente no existe y la justicia responde al Kremlin.
El espejo incómodo para Europa
El historiador británico Timothy Garton Ash, quien fue testigo directo de la caída de los estados socialistas de Europa Oriental en 1989, tomó prestado del filósofo Jürgen Habermas el concepto de catching-up revolution para describir el ciclo ucraniano de ‘revoluciones tardías’ de 2004, 2014 y 2022. En su lectura, las movilizaciones ucranianas de estos años han sido realizadas por una sociedad que se rebela no para inventar algo nuevo, sino para alcanzar un estándar de libertad y normalidad institucional que ya existía en otra parte de Europa y del que se sentía injustamente excluida.
Sin embargo, para exasperación de los ucranianos, una parte considerable de la opinión pública de la Unión Europea sigue mirando la guerra desatada por Putin con una ambivalencia que no se explica del todo por el miedo a la escalada nuclear. Al ver cómo políticos y académicos europeos, incluso algunos que abiertamente simpatizan con la resistencia ucraniana, tratan con Rusia, aparece de manera fantasmagórica la idea de que Europa del Este es una zona difusa de intereses legítimos rusos, un espacio-tapón cuya soberanía resulta negociable a cambio de estabilidad. Se trata de un imaginario heredado de Yalta y luego practicado durante décadas por la Ostpolitik alemana de la Guerra Fría y de la era de Schröder y Merkel. Confundida entre esta jerga geopolítica también aparece una admiración muy arraigada por la mística cultural rusa—la literatura de Tolstoi y Dostoievski, la música de Chaikovski o el ballet de San Petersburgo—y la fascinación romántica con la vastedad y el sacrificio de su gente, elementos irresistibles para una parte de la intelectualidad europea y que una parte del gaullismo francés supo cultivar en su sueño de una Europa ‘del Atlántico a los Urales’. Como consecuencia, la mezcla de estas miradas induce a tratar al gobierno de Putin como un interlocutor civilizacional inevitable, casi como una fuerza de la naturaleza con la que hay que aprender a convivir, en lugar de como un régimen político concreto que decidió librar una guerra de agresión y que podría perderla y ser reemplazado.
Tal predisposición histórica, sumada al gas ruso barato y a la influencia de partidos euroescépticos a izquierda y derecha, ha creado en las fatigadas democracias europeas una audiencia sorprendentemente receptiva al relato de Putin. En parte, esto responde a una dependencia estructural fijada por el propio diseño del orden de posguerra. La generación que construyó la ‘idea de Europa’ vivió el trauma directo de dos guerras mundiales y, tras la pérdida de los imperios coloniales, encontró en la integración económica una salida real a la ruina y una nueva razón de ser, mientras delegaba su defensa en el liderazgo de los Estados Unidos. Ocho décadas después, la generación actual que administra y vive la Unión Europea ha crecido en una burbuja de paz continental tan prolongada que ha terminado por parecer un derecho natural más que una conquista histórica frágil, sostenida por decisiones concretas que se pueden deshacer entre los dedos.
En contraste, la Revolución ucraniana y la resistencia a la invasión rusa son la prueba viviente e incómoda de que esa paz nunca estuvo garantizada. Entender el Euromaidán como una revolución democrática, con todos los costos que esa palabra siempre implicó a lo largo de la historia, es entonces la única forma de que Europa deje de mirar la guerra de Ucrania con la mezcla de épica, morbo, temor y distancia con la que se mira una catástrofe ajena y comience a mirarla como lo que es: una lucha por los mismos valores que la Unión Europea dice representar y por la idea de que ningún país está condenado por su geografía a vivir bajo la sombra de un imperio vecino.
La invasión de Ucrania puede leerse como el intento de un líder envejecido de asegurarse un lugar en la historia rusa comparable a Pedro I, Catalina II y Stalin, los referentes imperiales y expansionistas que son invocados una y otra vez por la propaganda rusa.