Revolución: fui, soy y seré
Después de la caída del Muro, la revolución pareció convertirse en una palabra del pasado. Entre Rosa Luxemburgo, Berlín y las derrotas del siglo XX, una reflexión sobre la revolución, la memoria y la posibilidad de un nuevo comienzo.
por Fernando Rosso
El tiempo está fuera de quicio.
William Shakespeare, Hamlet.
El 14 de enero de 1919 Rosa Luxemburgo escribió su último artículo. No sabemos qué veían sus ojos cuando levantaba la mirada de la página. No hace falta imaginarlo. Sabemos bastante sobre el contexto: Berlín acababa de atravesar una semana de enfrentamientos, el levantamiento espartaquista había sido aplastado, militantes obreros habían sido asesinados y las fuerzas de la contrarrevolución celebraban haber restablecido el orden. Rosa estaba derrotada. Derrotada de verdad. Sus camaradas habían perdido. La revolución alemana retrocedía. Ella misma sería asesinada al día siguiente junto a Karl Liebknecht; su cuerpo terminaría arrojado al Landwehrkanal.
Y sin embargo escribió.
El título de aquel texto era una provocación: El orden reina en Berlín. La frase provenía de otra derrota. En 1831, después de que las tropas rusas aplastaran la insurrección polaca, un ministro francés había anunciado ante el Parlamento: “El orden reina en Varsovia”. Rosa la había visto repetirse en el París ensangrentado después de la Comuna y ahora la encontraba nuevamente en Berlín. Las victorias que necesitan anunciar demasiado rápido que todo volvió a su lugar confiesan, en su fuero íntimo, que el orden sabe que nunca regresa del todo.
Lo más conmovedor de ese último texto es que siguió creyendo sin la necesidad de embellecer la derrota. Escribió que la dirección revolucionaria había fracasado. Dijo que las condiciones no estaban maduras, que hubo vacilaciones, errores, aislamiento. Y después, casi al final, escribió: “¡Fui, soy y seré!”
Ese último “yo” no era Rosa Luxemburgo. Era la revolución.
Setenta años después, Berlín volvió a llenarse de gente.
Fue el 9 de noviembre de 1989. Miles de personas llegaron a los pasos fronterizos después de que Günter Schabowski anunciara confusamente que las nuevas autorizaciones para viajar al Oeste entraban en vigor de inmediato. En Bornholmer Straße la multitud terminó desbordando una frontera que durante veintiocho años había partido una ciudad y condensado un mundo. Se levantaron las barreras. La gente cruzó. En los días siguientes bailó sobre el muro, lo golpeó con martillos, se llevó pedazos a sus casas y creyó fundar una nueva era.
Las imágenes generan una sensación extraña. Visualmente, parecen una revolución. La multitud recupera una ciudad, una frontera se derrumba, desconocidos se abrazan, el orden que había regido hasta unas horas antes deja de existir. Todo sucede con esa velocidad que los historiadores reconocen cuando se acelera el tiempo en el reloj de la Historia. Pero muy pronto aquella escena fue narrada como algo distinto: no era el comienzo de otra revolución, era el funeral de todas ellas.
Berlín contra Berlín. 1919: una mujer a punto de ser asesinada escribe que la revolución volverá. 1989: una multitud derriba un muro y el mundo decide que la revolución ha muerto.
Entre esas dos noches cabe casi todo el siglo XX.
Después vino todo lo demás. La desaparición de la Unión Soviética, las banderas rojas arriadas, las estatuas descendiendo de sus pedestales, los partidos comunistas que se cambiaban de nombre, los antiguos funcionarios devenidos en empresarios, el capital occidental descubriendo nuevos mercados. Las películas de Ken Loach y de Nanni Moretti sobre el pasado de una ilusión. Para varias generaciones, algo difícil de nombrar se rompía.
Casi veinte años después, el ensayista argentino Nicolás Casullo encontró una fórmula para pensar el presente: “la revolución como pasado”.
La frase tiene algo de epitafio. La revolución no solo había fracasado. Revoluciones derrotadas habían existido muchas. La Comuna duró unas semanas y terminó en una carnicería; el 1905 ruso perdió; la revolución alemana perdió; la España roja perdió. Ninguna de esas derrotas consiguió transformar la idea misma de revolución en una antigüedad. Los derrotados podían creer que habían llegado demasiado pronto o demasiado tarde. Podían pensar que faltaba fuerza, organización, tiempo, dirección o coraje político.
Lo que se quebró hacia finales del siglo XX fue justamente eso. Casullo escribe que la revolución socialista pensada como pasado constituye un dato crucial de la caducidad de los imaginarios modernos. Aquello que había sido “la actualidad por excelencia” entraba en una especie de desmemorización. Más que una posibilidad frustrada, la revolución parecía pertenecer a otra edad de la humanidad. Ya no era necesario prohibir la palabra revolución porque su sola enunciación daba un poco de vergüenza. Una generación había envejecido con ella mientras otra aprendió a pronunciarla entre comillas, con un poco de ironía o de cinismo. Revolución pasó a necesitar explicaciones, disculpas, adjetivos.
El escritor Martín Caparrós escribió sobre ese curioso destino: una palabra que había designado la transformación radical del orden social terminó prestándole su prestigio a la aparición de un nuevo aparato. Las palabras también cargan con el peso de las derrotas. Siguen ahí, no mueren, pero se vuelven recuerdos de sí mismas.
Para la izquierda parecía que era mucho más que una derrota política: era una derrota sentimental. El adjetivo puede incomodar porque la política acostumbra a envolver sus sentimientos con teorías, estrategias y programas, pero las generaciones políticas también aman, esperan, temen o se avergüenzan. Algunas ideas se sostienen porque permiten soportar una cárcel o una sesión de tortura. Hay derrotas que duelen porque se llevan amigos. También ocurren acontecimientos que vuelven ridículas convicciones que hasta la víspera habían organizado toda una vida.
Casullo escribe que la revolución socialista pensada como pasado constituye un dato crucial de la caducidad de los imaginarios modernos. Aquello que había sido “la actualidad por excelencia” entraba en una especie de desmemorización. Más que una posibilidad frustrada, la revolución parecía pertenecer a otra edad de la humanidad.
En su Melancolía de izquierda, el historiador Enzo Traverso insiste justamente en recuperar esa materia afectiva. Hay una definición suya especialmente bella: las revoluciones son “la respiración de la historia”. En ellas, dice, los seres humanos despliegan energías, pasiones y sentimientos que exceden la vida ordinaria. Aquellos instantes en los que parece abolirse incluso la ley de gravedad: personas que habían vivido obedeciendo descubren que pueden decidir, hablar, ocupar una plaza, derribar una estatua, formar un consejo, discutir hasta el amanecer cómo debería organizarse una sociedad. Después vienen los problemas. A veces llega la tragedia. A veces la revolución devora lo que había prometido. Traverso no oculta nada de eso: para él, comprender críticamente las derrotas no exige amputar la esperanza que alguna vez existió dentro de ellas. Las revoluciones habitan el filo entre dos temporalidades: rescatan el pasado mientras inventan el futuro.
Esa imagen explica algo que los vencedores de 1989 entendieron quizá mejor que muchos de los vencidos. Había que derrotar también el pasado. No alcanzaba con demostrar que la Unión Soviética había fracasado. Había que lograr que 1917 explicara 1789, que el Gulag explicara la Comuna, que Stalin explicara a Rosa Luxemburgo, a Lenin y a Trotsky; que cada intento de modificar radicalmente la sociedad apareciera retrospectivamente como el primer acto de una catástrofe anunciada. Una historia sin bifurcaciones. Un camino que conducía inevitablemente al presente insoportable.
El escritor Ricardo Piglia se negó a aceptar esa operación. En aquella conversación con Horacio Tarcus, luego publicada como Introducción general a la crítica de mí mismo, Piglia dijo algo que parece escrito contra toda una época: “No se puede pensar la historia si no se tiene el concepto de revolución”. Dijo que no sabía qué iría a pasar con la revolución futura, pero sin revolución, perdemos una categoría para entender los cortes, los cambios de velocidad, los momentos en que un conflicto que parecía administrable deja de serlo. La revolución, para el último lector, era también una forma de leer.
El tiempo está después
Aquí se vuelve útil la metáfora shakesperiana sobre el tiempo desquiciado. El tiempo se ha desencajado. Las cosas siguen en su lugar y, sin embargo, algo dejó de encajar. El rey está en el trono, pero se lo ve desnudo y su reino está podrido por dentro. Los personajes continúan sus rutinas, pero una verdad abrió una grieta. Reciben la carga terrible de actuar en ese tiempo roto.
Durante los años noventa parecía que lo roto había sido reparado. La historia volvía a encajar. Mercado, democracia liberal, globalización. Más que esperar un mundo diferente, había que dejarse cautivar por el que llegaba. La palabra “reforma” sustituyó a la palabra revolución, aunque buena parte de aquellas reformas fueron de una radicalidad extraordinaria. Empresas públicas privatizadas, mercados financieros liberalizados, sindicatos debilitados, impuestos a las grandes fortunas reducidos, movimientos de capital liberados. Thatcher y Reagan habían iniciado la ofensiva antes de la caída del Muro.
Cierta izquierda comenzó a hablar en el lenguaje de las teorías blandas. Le dio un valor sin límites a la “gobernanza” o a la biopolítica e hizo demasiadas concesiones al posmodernismo. Se mimetizó con la época. La revolución también salió de su horizonte, así como la lucha de clases o la guerra. Otra izquierda adoptó una perspectiva meramente defensiva: defender el empleo, la universidad, las jubilaciones, los sindicatos. La derecha, mientras tanto, hablaba de movimiento, innovación, modernización, libertad, futuro. Era una inversión histórica extraordinaria. Los antiguos conservadores parecían revolucionarios. Los antiguos revolucionarios parecían conservadores.
Pero en algún momento ocurrió algo que volvió a descolocar a todo el mundo. El futuro prometido también envejeció. Hace treinta o cuarenta años que vivimos bajo el signo del fracaso de la revolución. El problema (o la oportunidad) es que cada vez resulta más difícil no advertir que esa época se está transformando en otra cosa: la época del fracaso de la contrarrevolución.
Fracaso no quiere decir desaparición. El capitalismo está aquí, “vivito y coleando”. El poder de las grandes corporaciones es extraordinario. Los mercados financieros condicionan férreamente a los gobiernos. La riqueza mundial alcanzó niveles que nadie antes habría podido imaginar y se encuentra asombrosamente concentrada.
El fracaso es de otro orden. La contrarrevolución prometió resolver contradicciones que ahora reproduce sin saber qué hacer con ellas.
Prometió que la apertura financiera produciría prosperidad; incluso economistas del Fondo Monetario Internacional tuvieron que reconocer que los beneficios de algunas políticas centrales del programa neoliberal habían sido exagerados, mientras sus costos en desigualdad y volatilidad resultaban notorios.
La utopía contrarrevolucionaria prometió terminar con las grandes batallas ideológicas del siglo XX y produjo un mundo donde la palabra revolución vuelve a aparecer en boca de quienes quieren profundizar ese mismo orden.
La derecha contemporánea ya no puede limitarse a decir: las cosas funcionan, no las toquemos, que nadie se mueva, hay que quedarse en casa. Necesita prometer una demolición. Sus dirigentes hablan de motosierra, disrupción, refundación. Se presentan como insurgentes frente a instituciones que muchas veces consolidaron el mismo poder económico que dicen liberar. La palabra revolución vuelve, pero deformada: revolución conservadora, revolución liberal, revolución libertariana.
Sin embargo, estabilidad es la palabra sagrada de un orden que cree en sí mismo. Si necesita hablar de revolución es porque algo empezó a inquietarlo.
No deberíamos extraer de esto una conclusión tranquilizadora. El agotamiento de un orden no garantiza el nacimiento de uno mejor. La historia del siglo XX debería habernos advertido de cualquier automatismo. Una sociedad desesperada puede dirigirse hacia la emancipación o hacia la barbarie. Puede buscar al responsable arriba o inventarlo abajo. Puede preguntarse por qué unos pocos poseen tanto o decidir que su problema son los extranjeros, las feministas, los pobres, los distintos.
Hace treinta o cuarenta años que vivimos bajo el signo del fracaso de la revolución. El problema (o la oportunidad) es que cada vez resulta más difícil no advertir que esa época se está transformando en otra cosa: la época del fracaso de la contrarrevolució

Un nuevo comienzo
Hay una idea de Hannah Arendt en Sobre la revolución que toca el nervio de nuestro problema: las revoluciones son los acontecimientos políticos que nos enfrentan de manera directa con “el problema del comienzo”.
Comenzar. Una palabra pequeña. Después de tanta grandeza, quizá sea ésta la palabra que necesitamos. Junto con la idea del comienzo, Arendt incorporó la natalidad como categoría política. Cada nacimiento incorpora al mundo alguien que antes no existía y, con esa persona, la capacidad de hacer algo que no estaba calculado. Actuar significa poder comenzar una serie nueva, introducir lo inesperado. La política tiene sentido porque los seres humanos no están condenados simplemente a repetir.
En esas líneas Arendt y Luxemburgo se rozan y se separan. Rosa escribe desde una tradición que todavía podía imaginar la vigencia de ciertas leyes de la historia (aunque lejos estaba del fatalismo). Incluso en la catástrofe creía que las derrotas preparan la victoria. Arendt desconfía de cualquier necesidad histórica. El comienzo es valioso justamente porque podría no ocurrir. Nuestra época habita en algún lugar entre esas dos posiciones.
No se puede afirmar hoy como muchos lo hacían en 1919 que la historia trabaja para nosotros, pero tampoco estamos obligados a creer, como en 1989, que la historia terminó.
La noche anterior a su asesinato, Rosa Luxemburgo escribió desde la derrota y no desde la victoria. No sabía que un siglo después alguien recordaría esas líneas. No sabía que la revolución alemana no vencería. No sabía que vendrían Hitler y Auschwitz. No sabía que Stalin transformaría el nombre del comunismo en una maquinaria de opresión. No sabía que habría otro Berlín, otro muro, otro noviembre.
Nosotros sí. Ésa es nuestra ventaja y nuestra condena. Sabemos lo que ella no podía saber.
Sabemos que las revoluciones pueden fracasar. Sabemos que pueden degenerar. Sabemos que quienes hablan en nombre de la emancipación pueden transformar una gran utopía en una sucia prisión. Sabemos que ningún sujeto histórico lleva incorporada una pureza moral.
Pero también sabemos algo que quienes festejaron en 1989 todavía no podían saber. Sabemos cómo fue el mundo que vino después. Ya no discutimos entre la promesa de la revolución y la promesa de la contrarrevolución. Conocemos, al menos en parte, el resultado de ambas. Podemos mirar hacia atrás sin inocencia.
Sabemos que las revoluciones pueden fracasar. Sabemos que pueden degenerar. Sabemos que quienes hablan en nombre de la emancipación pueden transformar una gran utopía en una sucia prisión. Sabemos que ningún sujeto histórico lleva incorporada una pureza moral.
Traverso llama melancolía de izquierda a una relación con las derrotas que no consiste en la nostalgia. La nostalgia aspira a volver. La melancolía sabe que no se puede. Guarda aquello que quedó inconcluso para que la derrota no tenga la última palabra. En su Revolución. Una historia intelectual vuelve sobre esa idea y afirma que las nuevas revoluciones, si llegan, deberán inventar sus propios caminos, pero no pueden hacerlo sobre una tabla rasa: necesitan cargar la memoria de luchas, conquistas y, sobre todo, derrotas. El duelo puede ser también un entrenamiento para nuevas batallas.
Ahí se encuentra la diferencia entre un museo y una tradición. Un museo conserva objetos porque han muerto. Una tradición atesora preguntas porque siguen vivas.
¿Qué hacemos con la inmensa capacidad productiva que construimos? ¿Quién decide qué se produce? ¿Por qué una vida entera tiene que organizarse alrededor de un intercambio tan banal e inhumano como vender la propia fuerza de trabajo? ¿Por qué el tiempo que ahorra una tecnología termina muchas veces en una jornada más larga de trabajo? ¿Por qué la riqueza de una sociedad puede crecer junto con la angustia inenarrable de quienes la producen? ¿Quién gobierna realmente cuando una decisión colectiva tropieza con propietarios a los que nadie eligió?
Estas preguntas parecen viejas. Lo que no envejeció son las razones para formularlas.
Tal vez por eso (junto con Piglia) necesitamos conservar la palabra revolución. Porque sin ella el pasado se vuelve incomprensible. Si no podemos pensar el pasado sin la posibilidad de que la historia se corte, tampoco hay razones para imaginar que el futuro deberá ser una prolongación infinita del presente.
El tiempo vuelve a estar fuera de quicio. Algo del presente tiene esa textura: instituciones que siguen funcionando mientras pierden autoridad; sociedades tecnológicamente capaces de proezas extraordinarias que repiten que garantizar una vivienda, una vejez tranquila o unas horas más de vida propia es económicamente imposible; personas conectadas con todo el planeta que experimentan una soledad política inmensa.
Y, por debajo, una sensación: esto no puede ser todo; esto que existe no puede ser verdad.
La extrema derecha ofrece culpables sencillos a una frustración verdadera. Tiene la ventaja de una utopía reaccionaria: promete regresar a un pasado que nunca existió. Su futuro es una restauración imaginaria.
La izquierda, si quiere recuperar potencia revolucionaria, probablemente tenga que resistir la tentación contraria: ofrecer como futuro un pasado que efectivamente existió.
No habrá un calco ni una copia de 1917 y no es necesariamente una mala noticia, por la sencilla razón de que obliga a la creación heroica.
La revolución rusa tampoco quiso ser otra Revolución francesa. Los comuneros de París no conocían el modelo que los manuales posteriores construirían con su experiencia. Las revoluciones, cuando ocurren de verdad, tienen la mala educación de sorprender incluso a quienes las estaban esperando porque se critican a sí mismas.
Durante este largo tiempo de ausencia de revolución quisieron educarnos para confundir madurez con resignación. Ser adulto políticamente era aceptar los límites. Entender la ley de hierro de los mercados. Comprender que ciertas cosas son imposibles. Ajustar expectativas. Administrar daños. Olvidar la revolución.
Tal vez el fracaso de la contrarrevolución sea precisamente eso: después de haber convencido a millones de personas de que otro mundo era imposible, empieza a resultar incapaz de convencerlas de que éste es soportable.
Todo podría comenzar con alguien que mira aquello que durante años le presentaron como inevitable y deja, por un instante, de creerlo. Las grandes revoluciones tuvieron que comenzar alguna vez de esa manera, aunque después las pinturas y las películas hayan preferido mostrar caballos, fusiles, columnas humanas, barricadas. Antes de la barricada tuvo que existir un momento casi invisible en el que una persona obedeció y pensó que quizá ya no debía obedecer más. Después otra. Después miles.
Berlín, 1919. Una mujer escribe mientras sus enemigos celebran. El orden reina. Al día siguiente la matan.
Berlín, 1989. Una multitud cruza una frontera que unas horas antes parecía parte del paisaje. El orden cae. Los vencedores anuncian que esta vez sí, ya no habrá otro orden distinto al “que corresponde”.
Han pasado más de cien años desde aquella primera noche y más de treinta desde la segunda. Es tiempo suficiente para desconfiar de todos los finales.
Quizá Rosa se equivocó en muchas cosas. Pero dejó una frase para las épocas en las que todo parece perdido. No dice cuándo. No dice cómo. No dice quién. Después de nuestra experiencia, deberíamos incluso quitarle cualquier garantía. Quedan un mandato y una pregunta:
¡Fui, soy y seré!
¿Serás?
Las grandes revoluciones tuvieron que comenzar alguna vez de esa manera. Antes de la barricada tuvo que existir un momento casi invisible en el que una persona obedeció y pensó que quizá ya no debía obedecer más.