¿Quién quiere ser un Chad?

Entre el gimnasio de pueblo, los algoritmos motivacionales y los memes virales, este texto se interna en un territorio incómodo: la formación —o la ausencia— de la masculinidad contemporánea. Hombres que entrenan, apuestan, repiten consignas y fabrican cuerpos duros en un mundo blando, y lee en esas escenas una orfandad más profunda: la falta de transmisión, de ritos, de adultos que encarnen una Ley. El Chad aparece entonces no como monstruo ni solución, sino como síntoma: una invención exagerada, vital y fallida, que revela tanto el vacío que la produjo como el deseo que todavía insiste.

por Marco Marcelo Mizzi

“No mires con desconfianza

soy un hombre…

Pasé por muchas niñeces 

para llegar aquí”

Fernando Cabrera

A eso de las cuatro de la tarde el sol logra ¡por fin! quebrar la vertical del mediodía y empieza a colocarse de frente a las sierras. El aire de La Paz se vuelve espeso y caliente, como si alguien hubiera cerrado una tapa invisible sobre el pueblo, y un galpón bajo de techo de chapa y paredes negras se llena de jóvenes que intentan hacer crecer sus cuerpos.

En el fondo del Monkey Gym hay una ventana que no puede abrirse y que da a un olivar. Junto a ella, una imagen de Santa Rita. A un costado, una balanza digital muerta desde hace años. Arriba, torcida, una bandera argentina sostenida con cinta aisladora.

Bajo el pabellón, un pibe hace antebrazos. Solo antebrazos. Nada más. Está arrodillado en el suelo, los clavados en las piernas y la barra sube y baja con cada torsión de muñecas. El gesto es repetido hasta el cansancio. Las venas se aflojan y contraen como cables. El pibe no mira a nadie. No mira el celular. No escucha música. Descansa treinta segundos exactos, siguiendo un cronómetro mental, y vuelve. Dos horas así. Dos horas tratando de fabricar algo duro en un mundo blando.

En la cinta, otro chico camina rápido, inclinado hacia adelante, como si empujara con la mollera una pared invisible. Auriculares enormes, negros, lo aíslan de todo y de todos. Cada tanto mueve los labios. Salmodia.

—Disciplina… mentalidad… constancia…

Y asiente a cada paso, mientras Llados sigue dándole instrucciones. La voz del gurú entra por los oídos y baja directo al cuerpo. No hace preguntas. Lanza consignas. Perdigones de sentido que impactan sobre el hipotálamo del discípulo y lo impulsan a seguir caminando en una cinta sinfín.

Tres pasos más allá, en el banco plano, dos pibes charlan entre series de pecho. En realidad, uno habla y el otro asiente sin escuchar, mientras mira el teléfono. El que lleva la conversación cuenta que agarró la guita que la madre le dio para la semana y la apostó en la Premier League. 

—El Tottenham le va a romper el orto al Newcastle y remonto.

Hace números en el aire con los dedos, como un prestidigitador. Si el Cuti Romero mete algún gol, calcula el pibe, podrá salir a bailar. Si hace un hat-trick, también va a alcanzar para comprar una chomba. El otro levanta la vista, dice “de una”, vuelve al teléfono. 

No hay nervios, no hay adrenalina. Incluso la suerte es rutina para estos jóvenes, que deben rondar por los 16 años, y que me tratan de usted cuando me ven llegar. Nunca nadie parece nervioso. Nunca nadie se muestra seguro. 

Hay un grupito alrededor del dispenser de agua. Se habla de una pelea. O de varias. O de una que va a pasar. Los nombres de otras personas y de pueblos cercanos circulan de boca en boca. Se palpan los brazos, se miran los músculos de los demás frente al espejo.

Uno de la ronda saca de su mochila un tubo de Axe y se rocía el cuello, el pecho, la espalda. Una nube blanca, química, dulce, irrespirable, lo envuelve. Dice que va a comprar una coca. Se acomoda la gorra. Sale.

Al rato vuelve con una Manaos de 3 litros, sabor lima-limón. La botella verde fosforescente está cubierta de perlas de humedad, que mojan el suelo y forman una corona sobre el caucho. 

Las poleas crujen. Un ventilador industrial gira con un gruñido y alborota los cabellos y las ropas. Nadie encuentra su sitio. Todo está en su lugar. El gimnasio funciona.

El pibe no mira a nadie. No mira el celular. No escucha música. Descansa treinta segundos exactos, siguiendo un cronómetro mental, y vuelve. Dos horas así. Dos horas tratando de fabricar algo duro en un mundo blando.

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 No hay nada especial en este cuadro, que cualquiera puede encontrarse, con una mínima diferencia escenográfica, en Traslasierra, las ciudades rioplatenses o la Patagonia. Lugares llenos de jóvenes varones de entre 15 y 25 años donde no hay violencia explícita, no hay gritos, no hay descontrol. Donde nadie rompe nada ni se sale de sí. Donde todo ocurre dentro de un orden mínimo, casi ejemplar -horarios, rutinas, repeticiones- pero sin obligaciones definitorias ni consecuencias reales. Es un simulacro de masculinidad, cuyo objetivo es convertir a los pequeños varones en futuros hombres funcionales.

En ese sentido, el gimnasio, las redes sociales, el playón, el kiosco, sirven. Son guarderías mucho más determinantes que las escolares, ya en crisis terminal. Porque también son campos de entrenamiento y círculos de experimentación. La diferencia con los ámbitos tradicionales -el trabajo, la noche, el club, el bar- es que en estos sitios no hay ritos de iniciación, no hay guías reales, no hay representaciones. Es una cofradía de pendejos tirados en una isla desierta para que crezca como puedan. 

Como sucede en la trama de El Señor de las Moscas, lo inquietante no es lo que hacen los pibes, sino lo que no aparece en ningún momento: alguien que ordene. Adultos varones que estructuren para los más chicos el mundo. No hay transmisión. No hay relato. No hay una figura que diga, con palabras o con el cuerpo, qué es lo que vale la pena. 

A muchos pibes que nacieron ya entrado el siglo XXI nadie les explicó qué era ser varón, y tampoco se les exige que lo sean. Las demandas -fuerza, autonomía, rendimiento, temple- tienen el peso cínico de una oferta que no se puede rechazar. 

Así, se los educa en la perversidad del relativismo: lo que quieras ser va a estar bien. Esta libertad en abstracto, que reniega de los mandatos y es en verdad una sofisticación del abandono paterno, los hace madurar en una educación asimbólica: sin ritos de pasaje, sin saberes encarnados. Se les habla de todo, menos de aquello que no se puede explicar, porque se aprehende.

Y nunca se le dan los elementos que pudieran sostener los imperativos de lo masculino. A lo sumo, desde lugares calcificados de la burocracia estatal, se ensayan “talleres” de “nuevas masculinidades” (sic) ideados y dictados por “profesionales” de dudoso currículum. En paralelo, el mercado identifica una demanda y crea una oferta: máquinas, aplicaciones, voces grabadas en serie explicando lo que es vivir. 

Todo vacío busca su plenitud. Frente a esta castración existencial, la rebelión se presenta como puede. El cuerpo se vuelve el primer territorio disponible. Se entrena. Se endurece. Se optimiza. Y la inteligencia se vuelve instrumental, aplicada a atajos concretos: algoritmos, sistemas, fórmulas rápidas. Se horizontaliza el mundo: lo divino se transforma en uno mismo, el grupo toma el lugar de la familia y los amigos reemplazan al vínculo entre padre e hijo. El rito se simplifica en repetición. Y el símbolo, en vez de transmitirse, se inventa.

Es un simulacro de masculinidad, cuyo objetivo es convertir a los pequeños varones en futuros hombres funcionales

El arquetipo del héroe funciona como ejemplo práctico del deber ser masculino. Nos acostumbramos a cierta clase de ellos. Aquiles o Héctor, Robert Mitchum o Jimmy Stewart, el Potro o la Mona: hombres que pueden ganar, cada uno a su manera, pero también perder. Morir o envejecer. Cargar culpas o hacerse cargo de otros. 

Las figuras heroicas del siglo son un poco distintas. Los superhéroes del Universo Cinematográfico de Marvel, por ejemplo, no tienen sexo. O, mejor dicho, su género es apenas cosmético. Da lo mismo si el Capitán América es macho, hembra, negro, caucásico, joven, viejo: el cuerpo no transmite nada. No desea, no engendra, no deja herencia. No hay en el Cap paternidad posible, ni siquiera una negada.

Los héroes contemporáneos son figuras pulidas. No sangran de verdad. No pagan costos irreversibles. Su potencia no se inscribe en el mundo: flota sobre él. El Thor de Chris Hemsworth y la figura de autor de Luck Ra son geniales pero no tienen genitales. Son una fuerza sin tragedia. Poder sin consecuencias. Acción sin descendencia.

La pedagogía oficial sólo enseña a funcionar. A ocupar un rol intercambiable dentro de un sistema cerrado, donde lo único importante es rendir, cumplir la misión y desaparecer sin dejar restos. No hay transmisión posible, porque no hay nada que transmitir: ni Ley, ni deseo, ni límite. Ni siquiera silencio.

Frente a esta intemperie, no sorprende que los pibes dibujen contornos de algo distinto. Así aparece el Chad. 

El Chad es una silueta. Un meme: la reproducción viral de una idea incapaz de tomar otra forma que la imagen. Un cuerpo hipertrofiado que concentra, de manera burda y exagerada, todo aquello que se le pidió al varón sin haberle sido transmitido: fuerza visible, éxito económico, seguridad absoluta, dominio sexual. 

Lo masculino dibujado con fibrón grueso: músculos grandes, mandíbula dura, dinero visible, mujeres alrededor. Todo literal. Todo afuera. Una versión apenas más elaborada del dibujo de una pija parada que trazan los preadolescentes con liquid paper en todos los bancos escolares alrededor del globo. Una alegoría sin pliegues para un mundo que dejó de transmitir símbolos complejos.

Es un arquetipo de emergencia. Sirve para responder rápido a una pregunta que nadie enseñó a formular: qué se supone que tengo que ser. No propone un camino, ni postula una Ley. No es una ideología, tampoco una doctrina. Impone formas. Es, necesariamente, una caricatura. 

Y por eso también las fantasías políticas contemporáneas lo son. 

Las “nuevas derechas” aplauden a un anciano como Trump o dibujan al gordo ñoño de Milei como un ganador absoluto: cuerpos frágiles investidos de potencia paródica. Los peronistas duermen sueños homoeróticos: obreros de overol, cubiertos de sudor y aceite, manipulando máquinas tan complejas como obsoletas. Los tradicionalistas imaginan mujeres impecables con vestidos planchados, que les sirven cenas a horario mientras seis hijos que nunca gritan y un labrador de pelo lacio lo miran admirados, como si el orden doméstico de la ficción pudiera suturar el desorden del mundo real.

En todos los casos se trata de lo mismo: estampas. Proyecciones sobre una ausencia. Cuando no hay herencia, ni siquiera una traumática, se producen alucinaciones. Y cuando esas fantasías tienen que ocupar el lugar de lo posible, se vuelven grotescas.

Sin embargo, hay algo profundamente saludable en esta invención. Algo que merece ser defendido antes que corregido. El Chad es obsceno. Pero está vivo.

Surge como un brote que se hace lugar entre las piedras: de forma cursi, impura, contradictoria. En un mundo que hizo del cinismo una institución, y que neutralizó los cuerpos al punto de volverlos intercambiables, el Chad advierte que hay pibes que se atreven a querer de más. A querer fuerza. A querer dominio. 

No están castrados. No aceptaron del todo la anestesia. No se resignaron a la neutralidad triste de los muñecos customizables. Frente al imperativo eunuco de la época, frente a una cultura que les ofrece nada, el Chad es un error y una afirmación. 

Es brutal, cierto. Pero en esa obscenidad hay todavía una llama. Algo eminentemente masculino: algo que empuja hacia afuera. 

A muchos pibes que nacieron ya entrado el siglo XXI nadie les explicó qué era ser varón, y tampoco se les exige que lo sean

El Chad es desmedido, grotesco, casi infantil. Porque solo un nene puede dibujar así. Es un intento torpe de devolverle al hombre lo que la cultura le quitó. Sexo, potencia, visibilidad, jerarquía. El Chad es carne contra simulacro. Exceso contra vacío.

Por eso su desvío no reside tanto en la brutalidad, como en el lamento. Cuando la fuerza se vuelve queja, se aplica donde no debe. Cuando lo que está de más deriva en resentimiento, la vitalidad se corrompe. 

El Chad, como invención, falla porque elabora el deseo en un discurso de frustración. Así, deja de empujar hacia afuera, se da vuelta sobre sí mismo y comienza a buscar culpables. El mundo, las mujeres, el comunismo, el Club Bilderberg, los judíos, los musulmanes, los negros, los chinos, el Cambio Climático: siempre hay algo o alguien a quien acusar por no haber recibido lo que se cree merecer.

Ahí la obscenidad deja de ser fértil y se vuelve masturbación. El Chad eyacula su simiente sobre el látex esterilizado del discurso victimista. El cuerpo viril ya no actúa: habla. Se explica. Se justifica. Se lame las heridas. Y en ese gesto pierde lo único que tenía de valioso. 

Porque la masculinidad que se explica dejó de ser masculina. Al menos en los términos que el Chad la plantea. Según sus propias reglas, el Chad no puede convertir sus frustraciones en cosmovisión, porque al hacerlo, dejaría de ser Chad. 

En una escena de Las Luces de Buenos Aires, Gardel canta Tomo y Obligo. Al llegar al verso final, el que dice que un hombre macho no debe llorar, Carlitos se quiebra sobre la mesa. No hay contradicción ahí, aunque parezca. Porque Gardel demuestra que un hombre sí que puede llorar. Lo que no puede, bajo ningún concepto, es hacer de su llanto un programa. El macho no convierte su caída en una teoría general: la sufre como drama particular. El Chad, por su torpe elaboración alegórica, es incapaz de este repliegue de sentido. 

¿Y cómo podrían saberlo estos pibes? ¿Quién se los mostró?

No hubo adulto que encarnara la Ley sin la máscara de la pedagogía. No hubo figura que dijera que la dignidad no consiste en ganar siempre, sino en seguir a pesar de eso. No hubo Padre que explicara que el dolor no autoriza al resentimiento.

La falla del Chad es genealógica. Es un pecado de orfandad. Se les pidió que fueran hombres sin mostrarles cómo se pierde como un hombre. Se los dejó solos con su fuerza, sin alguien que la templara. 

Y ahora, contra toda intuición, contra todo impulso, ya es tarde para corregir nada. Como haría un padre amoroso -ni blando ni castrador ni ausente- hay que dejar que se rompan la cabeza contra el piso, o que alguien se las rompa. Que el exceso se desgaste. Que la fuerza choque contra aquello que no cede. Ese golpe, que no va a provenir del resentimiento sino del puro peso de lo real, es la única forma de iniciación que les queda.

Porque el Chad es un borrador. Y los borradores se arrugan, se pierden, se rompen. Algunos se tiran. Otros, con suerte, dejan ver debajo una forma más precisa. Ojo: no mejor. Más precisa.

Un hombre. Sea lo que eso sea. 

La falla del Chad es genealógica. Es un pecado de orfandad. Se les pidió que fueran hombres sin mostrarles cómo se pierde como un hombre. Se los dejó solos con su fuerza, sin alguien que la templara.