Patrick Leigh Fermor en Creta

Un secuestro en la Creta ocupada, un volumen de Horacio salvado de la memoria y el recuerdo de una Europa extinguida convergen en la figura de Patrick Leigh Fermor, viajero incansable y narrador excepcional de un mundo desaparecido.

por Sebastián Provvidente

El secuestro de un general nazi 

En medio del fragor de la Segunda Guerra un oficial de inteligencia británico y un general nazi vivirán un extraño momento de encuentro del que puede afirmarse que “se non è vero ben trovato”. Seguramente la mayoría de los lectores Patrick Leigh Fermor ya conocen la anécdota, pero es el tipo de historia que merece ser contada una y otra vez. No se trata de una típica historia de héroes y villanos de la Segunda Guerra, ya que por un momento la guerra parece detenerse y se produce un raro momento de comunión con el enemigo. La vida es corta y las lecturas infinitas, así que me permito reproducirla brevemente para todos aquellos que nunca leerán sus libros. De hecho, Artemis Cooper lo hace maravillosamente en su biografía Patrick Leigh Fermor. An Adventure (2013). 

En abril de 1944 el general alemán Heinrich Kreipe camina por las montañas de Creta agotado y harapiento. Hace varios días ha sido secuestrado por la resistencia cretense y un grupo de oficiales de inteligencia británico. El plan ha sido ideado por Patrick Leigh Fermor, lo ha concebido en el Cairo, más precisamente en una villa en la isla de Gezira a la que han bautizado junto a otros oficiales y amigos con el nombre de Tara, en alusión a la mítica colina irlandesa. Allí la musa inspiradora de todos los que frecuentan la casa es la condesa polaca Sophie Tarnowska, amante del capitán William Stanley Moss quien también tiene un rol protagónico en el secuestro del general nazi. De hecho, Bill Moss será uno de los primeros en narrar estos hechos en su libro Ill met by Moonlight (1950) que inspirará a la película homónima filmada en 1957. Es precisamente en villa Tara en donde un grupo de oficiales de inteligencia afectos a las fiestas descontroladas se alojan y en donde ha sido concebido el plan en uno de esos raros momentos de ocio que se permiten en medio de sus actividades coordinando la resistencia cretense. El mayor Leigh Fermor sabe que, más allá del secuestro, deben tratar bien al general porque la idea del plan es solamente dejar mal parado a los alemanes evitando así que las represalias contra la población civil sean más feroces de lo que han sido hasta entonces. Hay algo de carnavalesco en la operación: dejar en ridículo a los alemanes y al mismo tiempo evitar las represalias de los nazis. El plan es una locura pero ha recibido la aprobación del SOE (Secret Operations Executive). Paddy Leigh Fermor es el candidato ideal para liderar la misión ya que ha pasado mucho tiempo infiltrado en Creta y conoce bien a los principales líderes griegos de la resistencia. Por su aspecto físico da tanto el physique du rôle griego como el alemán. Además, habla a la perfección griego moderno y alemán que aprendió en un viaje mítico a pie desde Ámsterdam hasta Constantinopla. El viaje e incluso esta anécdota serán contadas muchos años después en el primer volumen de su trilogía A time of Gifts (1977), Between the Woods and the Water (1986) y The Broken Road (2013). 

Seguramente la mayoría de los lectores Patrick Leigh Fermor ya conocen la anécdota, pero es el tipo de historia que merece ser contada una y otra vez. No se trata de una típica historia de héroes y villanos de la Segunda Guerra, ya que por un momento la guerra parece detenerse y se produce un raro momento de comunión con el enemigo. 

Flashback a una Europa desaparecida 

Patrick Leigh Fermor, Paddy, como lo llamaban sus amigos, nació en Londres el 11 de febrero de 1915 y en su primera infancia quedó al cuidado de una familia en el pueblo de Weedon Bec the Northamptonshire ya que sus padre Lewis y su madre Aeileen volvieron después de su nacimiento a India. Su padre trabajaba allí para el Civil Service como especialista en la explotación minera. A pesar de la ausencia de su familia, Paddy siempre guardó el mejor de los recuerdos de su primera infancia marcada por una vida al aire libre y toda la libertad del mundo. Cuando su hermana y madre aparecieron para llevarlo a vivir con ellas algunos años después, Paddy se mostraba bastante reticente ya que las veía como dos personas extrañas de las que poco sabía. Tampoco es raro que en su infancia fuera particularmente reactivo a la escolarización, casi impermeable. De hecho lo expulsaron de un par de escuelas, incluso de la King's School de Canterbury por haberse escapado a cortejar a la hija del almacenero. Más allá de que Paddy no estaba formateado para la vida escolar y académica, fue un buen alumno destacándose en literatura e idiomas. Cuando sus padres vieron que la cosa no iba por el lado del estudio, concibieron mandarlo a la academia militar de Sandhurst pero hasta tanto pudiera rendir el examen de ingreso Paddy viviría en Londres sin muchas más obligaciones que frecuentar el bar del Cavendish. Allí pasaría su tiempo compartiendo las veladas hasta altas horas de la noche con un grupo de jóvenes llamados por la prensa los “Bright Young People” que eran apadrinados por la contabilidad generosa de la dueña del establecimiento, Rosa Lewis, quien aparecía descrita de un modo un tanto injusto como Mrs Crump en Vile Bodies (1930), la célebre novela de Evelyn Waugh sobre los descontrolados años 30 en Londres. Con este grupo Paddy compartía las críticas al provincialismo vital y artístico inglés de la época que lo llevarían a hastiarse de esta vida bohemia londinense y a concebir ese grandilocuente plan de sacarse de arriba su spleen vital caminando desde Hoek van Holland hasta Constantinopla siguiendo el curso, primero del Rin y después del Danubio. 

La idea de Paddy era dormir en establos y granjas financiándose con las 4 libras al mes que su padre le haría llegar a distintos lugares a lo largo del camino. Así partió con su mochila, una bolsa de dormir de la que se deshizo al poco tiempo y un puñado de libros de poesía entre los que se encontraba el primer volumen de la famosa colección Loeb de las obras de Horacio, el enorme poeta latino del carpe diem. En su mochila iban también tres cartas que Mrs. Sandwirth, una amiga de la propietaria del departamento que alquilaba en Londres, le había dado y que le terminarían abriendo las puertas de los castillos de algunos miembros de la aristocracia en su largo camino por Europa hacia Constantinopla. Si bien el hecho de presentarse un tanto engañosamente como un estudiante en plena peregrinatio academica europea le aseguraría a Paddy una aceptación inmediata en la mayoría de los lugares de su trayecto, también poseía una serie de atributos que lo volvían un personaje muy atractivo, casi irresistible: tenía pinta, se quería comer el mundo y derrochaba simpatía.

Hay algo de carnavalesco en la operación: dejar en ridículo a los alemanes y al mismo tiempo evitar las represalias.

Durante su visita a Múnich en 1933 tuvo la oportunidad de presenciar el ascenso del Nazismo frente al cual experimentó un desagrado instintivo pero que no fue el centro de su curiosidad durante su paso por Alemania. Ni bien llegó a Múnich, Paddy dejó su mochila en un albergue y se fue a conocer la famosa cervecería Hofbräuhaus. Cuando regresó a su alojamiento se encontró con una ingrata sorpresa ya que le habían robado la mochila con todos los libros y su pasaporte. Afortunadamente consiguió un nuevo pasaporte en el consulado y se acordaba la dirección del castillo donde había enviado una de las cartas en los días previos. De este modo, fue recibido por el barón Reinhard von Liphart-Rasthoff cuya familia pertenecía a la nobleza estonia de la zona del Báltico y había emigrado hacia el sur de Alemania con la Revolución Bolchevique. Paddy se quedó en su castillo de Gräfelfing durante 5 días alternando días de ocio con visitas a la ciudad junto al hijo del barón que era un pintor quince años mayor que él. Antes de partir la familia le repuso el contenido de su mochila robada y cuando Paddy manifestó que lo que más lamentaba haber perdido eran sus libros, el barón tomó de su biblioteca personal un pequeño volumen in duodecimo de las Odas y Epodos de Horacio, encuadernado en cuero verde y publicado a mediados del siglo XVII en Ámsterdam y se lo regaló. En la mochila se llevaría también una serie de cartas escritas por el barón a sus amigos de la aristocracia a lo largo de su camino por Alemania, Transilvania, Hungría, Rumania y Bulgaria. Una vez alcanzada Constantinopla, Paddy continuará viajando por Grecia de la que se enamorará definitivamente. Atrás quedarán numerosas aventuras, como haber galopado a la carga en la caballería del ejército monárquico griego en Salónica frente al ejército de la revolución republicana de Eleftherios Venizelos o sus conversaciones con algunos de los más importantes bizantinistas en Sofía durante una reunión del Congreso Bizantino, en especial con su compatriota Steven Runciman, autor de una serie insuperable sobre la historia de las Cruzadas y de A Traveller’s Alphabet (1991), uno de los mejores libros de viajes que existen. 

Luego de su largo viaje Paddy recaló en Atenas donde conoció a la princesa y pintora moldava Balasha Cantacuzène, que era 16 años mayor que él y que había sido abandonada por su marido, Francisco Amaty y Torres, un diplomático español. Los Cantacuzènes pertenecían a una de las grandes dinastías de Europa con presencia en Grecia, Rumania, Besarabia y habían gobernado Moldavia y Valaquia como voivodas. De inmediato ambos iniciaron un romance que los llevaría a vivir en un molino en Lemonodasos ubicado en el Peloponeso frente a la isla de Poros. Mientras que los cuidadores del molino vivían con sus ocho hijos en la planta baja, Paddy y Balasha vivían su idilio en el primer piso donde él escribía y ella pintaba. Al poco tiempo partirían a sus tierras en Băleni, Moldavia. Allí, en una casa majestuosa pero un poco descuidada, Paddy pasará bastante tiempo viajando y conociendo las regiones aledañas. Cuando comenzó la guerra se volvió lo más rápido posible a Inglaterra a enlistarse, debía tener una “buena guerra” que estuviera a la altura de sus experiencias hasta ese momento. Finalmente, después de un breve paso por los Irish Guards, será reclutado por la Inteligencia Británica para coordinar distintas acciones en Grecia y luego la propia resistencia cretense. En el bombardeo por unos Stukas al barco Agia Varvara en el que Paddy navegaba y que se encontraba amarrado frente a las costa de Leonidio sin tripulación perderá el preciado volumen que le había regalado el barón en 1933 pero para entonces ya había aprendido de memoria muchos de los principales fragmento de Horacio. 

El lector atento habrá percibido que la trilogía sobre sus viajes en los años 30 recién aparecerá mucho tiempo después: 1977, 1986 y 2013 de manera póstuma. Según Artemis Cooper, en parte esto se debió a que uno de los principales diarios de viaje de Paddy había quedado en Rumania cuando partió a la guerra y por lo tanto, no tenía manera de confrontar lo que recordaba con las notas de viaje. Aunque en 1965 Paddy ya estaba en pareja con Joan Elizabeth Rayner, hija del primer Vizconde de Monsell, quien sería su compañera de vida, emprendió un viaje a Rumania a reencontrarse con la princesa Balasha, quien vivía bajo el régimen represivo de los Ceauşescu al otro lado de la cortina de hierro. El viaje tenía sus riesgos tanto para Paddy como para la princesa que, luego de la confiscación de sus propiedades en Băleni en 1949, se había visto en la obligación de ganarse la vida enseñando francés e inglés. El encuentro clandestino entre los amantes de otro tiempo tuvo lugar en Pucioasa a los pies de los Cárpatos. El tiempo había hecho lo suyo en ambos, pero mucho más en la princesa quien había debido soportar un destino difícil. Para su sorpresa, el último día antes de partir Balasha le entregó el famoso diario verde que Paddy había dejado en su castillo de Băleni, antes de partir a la guerra y que le permitiría contrastar sus recuerdos idealizados con las notas tomadas a lo largo de su viaje. La princesa lo había conservado todos esos años a pesar de los riesgos que eso implicaba para su vida bajo el salvaje régimen de los Ceauşescu. Gracias a la ayuda de este diario de viaje, 12 años después de este encuentro, Paddy finalmente terminaría publicando el primer volumen de su trilogía. El prólogo lo escribió en la impresionante villa que se había construido junto a su esposa Joan, en Kardamili en la península de Mani del Peloponeso, región de la que se había enamorado en sus viajes y a la que le dedicaría el libro Mani: Travels in the Southern Peloponnese (1958). Muchos años después su villa sería utilizada como locación para algunas de las mejores escenas de la película Before Midnight (2013) de Richard Linklater, tal vez como un guiño a la importancia de los viajes iniciáticos. Esa Europa inmemorial y desaparecida de antes de la guerra que Paddy evocaba y celebraba en su trilogía era indudablemente algo a mitad de camino entre la imaginación y el recuerdo, pero no por ello menos verdadera. 

Esa Europa inmemorial y desaparecida de antes de la guerra que Paddy evocaba y celebraba en su trilogía era indudablemente algo a mitad de camino entre la imaginación y el recuerdo, pero no por ello menos verdadera. 

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Horacio en las montañas de Creta

De vuelta en las montañas de Creta en 1944, el mayor temor del general Kreipe es ser dejado a solas con los partisanos griegos que forman parte de la operación y que los guían por la montaña. Teme que se cobren con él todos los crímenes de las tropas alemanas en Creta y en especial los del sanguinario general Müller, su antecesor que originalmente había sido el objetivo del secuestro. Los recuerdos de la masacre de Viannos todavía están frescos en la memoria de todos los griegos. El secuestro en sí mismo ha sido bastante simple. Lo hacen en las afueras de Heraklion en un barranco alejado en donde el auto del general tiene que aminorar la marcha para poder pasar antes de llegar a su casa. Lo han estudiado todo con mucho detenimiento. También han conseguido varios uniformes alemanes de modo que, cuando el auto circula lentamente para pasar por un badén, lo interceptan fácilmente haciéndose pasar por soldados alemanes. Si bien todo parece bastante simple, lo difícil será llevar al general Kreipe hasta la costa sur de la isla y sacarlo por alguna playa poco vigilada rumbo al Cairo. Para lograrlo, tienen que volver a Heraklion, pasar 22 controles policiales alemanes utilizando el auto oficial y después atravesar las montañas, incluido el monte Ida. Al general lo llevan oculto en el asiento de atrás con un cuchillo en su garganta. Con una sangre fría envidiable, se calzan la gorra militar bien baja para ocultar el rostro y saludan con autoridad y confianza cada vez que son detenidos en los controles policiales. Afortunadamente en muchos controles reconocen el auto del general y los hacen pasar rápidamente. Igualmente el riesgo es enorme.

Luego de los controles policiales viene lo más duro ya que deben pasar varios días en la montaña con el general a cuestas. El general está agotado y renguea porque el burro en el que lo trasladaban se había caído por una barranca y se había pegado un flor de golpe. Con miedo de que alguien los delate, duermen todas las noches en distintos lugares. Para colmo han perdido la comunicación con la radio que les confirmará el día y el lugar para sacarlo de Creta embarcado. Después de haber pasado una fría noche en una cueva cerca de Agios Ioannis en la región de Amari en la que todos han dormido tendidos en el piso compartiendo las frazadas, el general Kreipe se despierta y mira el pico nevado del Monte Ida. No puede contenerse, suspira y recita los versos de la oda de Horacio en los que celebraba la cumbre nevada del monte Soratte:

Vides ut alta stet nive candidum

Soracte…

Patrick Leigh Fermor mira en la misma dirección y completa:

nec iam sustineant onus

Silvae laborantes, geluque

Flumina constiterint acuto.

[ ¿Ves cómo se eleva blanco por la nieve profunda

el Soratte, cómo no sostienen ya el peso

los bosques agobiados y por el hielo

penetrante los ríos se han cerrado? ]

Y así Paddy continuó recitando de memoria toda la oda Ad Thaliarchum hasta el final. Sobre este momento memorable escribiría en A Time of Gifts las siguientes palabras:

Los ojos azules del General se apartaron de la cima de la montaña para fijarse en los míos y, cuando terminé, tras un largo silencio, dijo: “Ach so, Herr Major!”. Fue muy extraño. “Ja Herr General”. Como si, por un largo instante, la guerra hubiera dejado de existir. Ambos habíamos bebido de las mismas fuentes mucho tiempo atrás; y, desde entonces, las cosas fueron diferentes entre nosotros durante todo el tiempo que permanecimos juntos.

El libro que le había obsequiado el barón Reinhard von Liphart-Rasthoff en el 33 antes de la guerra y que había sido una especie de talismán en gran parte de su trayecto a través de Europa, le regalaría muchos años después este inolvidable momento en las montañas de Creta. El “tiempo de los regalos” parecía no haber terminado.

 No puedo dejar de imaginarme al propio Patrick Leigh Fermor contando esta anécdota después de la guerra en una de esas fiestas bastante descontroladas a las que solía asistir en algún destino exótico durante sus incesantes viajes. En medio de la borrachera general todos callan unos segundos y se ponen serios con la historia de la guerra. Todos reconocen la importancia de lo que acaban de escuchar y después la fiesta sigue como si nada. Al general Kreipe lo terminan llevando al Cairo y la operación es un éxito pero, claramente en este punto ya no es lo importante.

A esta altura nadie dudará de la tendencia de Paddy Leigh Fermor a romantizar sus experiencias quien, dicho sea de paso, repetirá a sus 69 años el gesto de Lord Byron de cruzar a nado el Helesponto uniendo dos continentes, Europa y Asia. Sin embargo, las imágenes del encuentro televisivo en 1972 de algunos de los personajes de esta historia, transmiten algo verdadero más allá de cualquier idealización. En el set de televisión se produce la reunión de varios miembros de la resistencia griega con Paddy Leigh Fermor y el general General Kreipe, bastante frágil y entrado en años. La escena evoca la confusión de un turista de Europa del norte rodeado por vendedores simpáticos y acosadores en alguna ciudad del Levante. El general es rodeado y saludado por sus secuestradores de antaño pero en el ambiente es todo algarabía. El encuentro sigue teniendo algo de carnavalesco al igual que los sucesos de 1944. A Paddy se lo nota en su elemento, irradia simpatía y carisma, saluda a todos sus antiguos amigos de las montañas de Creta y trata con afecto y deferencia al general Kreipe. Con un griego y un alemán perfectos oficia de traductor entre el presentador de la televisión griega y el general Kreipe. Paddy, eufórico, le traduce la pregunta del presentador griego al general: “Acaso no guarda algún resquemor de estar reunido con sus antiguos secuestradores?” Rápido de reflejos el general Kreipe contesta: “Si lo tuviera, no estaría aquí”. Paddy con una sonrisa de oreja a oreja y mirando hacia todos los presentes exclama antes de traducir: “Das ist eine wunderbare Antwort, General!” [¡Es una maravillosa respuesta, General!]. 

No puedo dejar de imaginarme al propio Patrick Leigh Fermor contando esta anécdota después de la guerra en una fiesta bastante descontrolada a la que solía asistir en algún destino exótico durante sus incesantes viajes: en medio de la borrachera general todos callan unos segundos y se ponen serios con la historia de la guerra.