Ok boomer, un elogio a la sabiduría
Los boomers argentinos fueron los encargados de reconstruir la democracia y ampliar la circulación de ideas. El repudio generacional se pierde esa reserva de sabiduría y experiencias.
por Silvana Aiudi
Corrían los años 90 y mi profesora de Literatura de la escuela secundaria en José C. Paz nos dio para leer un texto de Beatriz Sarlo. Por aquel entonces yo tenía dieciséis años e ignoraba varias cosas, entre ellas, quién era Beatriz Sarlo. El texto ponía el foco en Briseida y Criseida, y la figura de la mujer en la Ilíada como botín de guerra y objeto de disputa entre Aquiles y Agamenón. Recuerdo que ese fue mi primer acercamiento a lo que después conocí como “lecturas con perspectivas de género” y al Feminismo.
Sarlo formó parte de una generación que, con la vuelta a la democracia, inició un proceso de reconstrucción de la Universidad pública. Volvieron quienes habían sido parte de una militancia estética y política en los años 70, y aquellos que habían abandonado los claustros después de los golpes de Estado de 1976, e incluso de 1966. Varios académicos, investigadores y científicos recuperaron la confianza y la libertad para debatir problemas políticos, culturales y sociales. Esta generación comprendió que el cruce entre la actividad académica y la coyuntura política era una parte inherente del ser universitario. Fueron nuestros boomers intelectuales, nuestras lecturas obligatorias, nuestros profesores quienes repensaron la sociedad y la política, la pusieron en conflicto e introdujeron a la Universidad en la nueva discusión pública.
Si tanto contribuyeron los y las boomers a la formación del pensamiento crítico e intelectual, ¿por qué nombrar así hoy a una generación está lleno de prejuicios negativos y desprestigio? ¿De dónde viene esa carga ideológica negativa?
Ok, boomer
Como se sabe, el término boomer tiene su origen en inglés en la expresión baby boom, la “explosión” de natalidad que hubo en los países occidentales, especialmente en Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1946 y 1964. Con el tiempo, desapareció el calificativo baby y quedó sólo boomer, que se comenzó a usar como término casi siempre despectivo. La generación boomer no se llamó a sí misma de esa manera ni mucho menos fue para ellos una marca identitaria. El nombre vino de los millennials y la Generación Z, que comenzaron a nombrarlos de esta manera, por un lado, como marca generacional, y por el otro, para referirse a personas consideradas “viejas”, desconectadas de la tecnología, resistentes a los cambios, con mentalidad conservadora y con cierta actitud de superioridad frente a los más jóvenes.
Los millennials y la Generación Z vieron en los boomers un “otro heterogéneo” al que minimizar. Quizá por el fanatismo identitario de la época y su nueva presión sobre la vida, el tiempo y la vejez, actualmente la palabra boomer es usada para cualquier persona a la que otra generación considere “vieja” despectivamente. Unido a esto, apareció, en el año 2019, la frase “ok, boomer” como contestación irónica y despectiva para responder a cualquier persona, más allá de su generación estricta, que diga algo que otro considera descalificativo por sus prejuicios edadistas. En las redes sociales, se viralizó la frase, se convirtió en meme y se instaló en el lenguaje cotidiano. Estos prejuicios negativos terminaron siendo una forma de desprestigio a la trayectoria y sabiduría lograda por la generación anterior. Así aparecieron nuevas formas de “viejismo”, la discriminación sistemática por edad, sobre las cuales parece construirse la vejez.
Las formas de viejismo no son nuevas: más allá de esta expresión, también existen modos de llamar a las personas según su edad y su manera de pensar desde una mirada de clase. Por ejemplo, en las redes sociales es habitual usar los apelativos “Mabel” y “Raúl”, un arquetipo utilizado despectivamente y en tono satírico, originado por los millennials, que además de marcar negativamente una edad y sus valores, también tiene una carga de clasismo. Cualquiera sea el caso, se pasa por alto la experiencia y sabiduría que pueda tener una generación anterior a nosotros.
Nuestros boomers nos dejaron un acervo y una sabiduría que influye en nuestro pensamiento actual: los leemos, los estudiamos, nos apropiamos de ideas o conceptos, los refutamos, los resignificamos

¿Quiénes formaron parte de una generación boomer? ¿Cómo pensaron nuestro país y nos influyeron intelectual, cultural y socialmente? ¿Cómo intervinieron en la coyuntura y debates políticos de entonces?
La “generación joven”
Cualquiera que haya estudiado Ciencias Sociales o Humanidades, se cruzó con los nombres de Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano, Juan José Saer, Ricardo Piglia, José Emilio Burucúa, Horacio Tarcus, Josefina Ludmer, Dora Barrancos, por mencionar sólo algunos. Subjetivados como “la generación joven” se transformaron en actores políticos, sociales y culturales no sólo en el campo académico, sino como intelectuales públicos. En este sentido, la creación de revistas fue un puente para pensar asuntos políticos, sociales y culturales de nuestro país.
Varios de los intelectuales de aquella “generación joven” escribieron en la revista Los libros, publicada desde julio de 1969 hasta febrero de 1976, un mes antes del golpe militar. Los libros fue creada y dirigida por Héctor Schmucler, que vivió de manera directa el Mayo Francés y el Cordobazo argentino. En sus 44 números, la revista se dedicó a la difusión del psicoanálisis lacaniano, la semiótica y el estructuralismo tanto en su expresión antropológica como marxista. En el número 23, se incorporaron al Consejo de Dirección Carlos Altamirano que venía del maoísta Partido Comunista Revolucionario y Ricardo Piglia, de Vanguardia Comunista, y más tarde, Miriam Chorne, Germán García y Beatriz Sarlo, también del PCR. La revista Los libros y la posterior Punto de Vista fueron vehículo para el surgimiento y proyección de nuestros jóvenes-boomers, una intelectualidad que tendría protagonismo en los 80, los 90 y en la primera parte del siglo XXI.
Punto de Vista se publicó desde 1978 hasta 2008 y constituyó un faro intelectual por treinta años. Hablar de ella implica hacer referencia a dos momentos políticos que marcan su proyecto y función como revista de crítica: la última dictadura militar argentina y la vuelta a la democracia. Fue dirigida, inicialmente, por Batriz Sarlo, Carlos Altamirano, Ricardo Piglia, ya en deriva del maoísmo hacia la socialdemocracia, María Teresa Gramuglio y Hugo Vezzetti. Más tarde se sumaron Hilda Sabato, Juan Carlos Pontartiero y Jorge Dotti, entre otros. Punto de vista comenzó como un espacio intelectual de resistencia que se dedicó a intervenir en el campo literario, cultural, filosófico, etcétera.
A este grupo de intelectuales originales, que irían cambiando sus intereses con el tiempo, podríamos dividirlos en los académicos, como Altamirano, exdirector del Programa de Historia Intelectual de la Universidad de Quilmes, y (por qué no) en los mediáticos, en el sentido de que fueron autores de textos de intervención y divulgación o tuvieron presencia en diferentes medios de difusión por varios años. Tal es el caso de Ricardo Piglia que, además de sus novelas y libros de ensayos, fiel a su actividad docente, nos dejó clases maravillosas de literatura argentina y el ciclo Borges por Piglia que se pudo ver por la televisión pública hacia el año 2013.
Sin embargo, Beatriz Sarlo fue la que tuvo más alcance público. El mundo de Sarlo, en sus comienzos, estuvo circunscripto a la docencia e investigación, pero nunca separado de su proyecto de intervención pública como intelectual: en 1984 fue profesora titular de la Cátedra de Literatura Argentina II y en 1985 publicó su primer libro, El imperio de los sentimientos. Le siguieron Una modernidad periférica, en 1988 y Borges, un escritor en las orillas, en 1993, entre otros. En 1994, vendría Escenas de la vida posmoderna, un éxito editorial que la llevó a proyectarse aún más en la esfera pública. Los primeros libros de Sarlo se dedicaron a pensar el presente y futuro de la Argentina después de la dictadura militar. Más adelante, como ella misma lo menciona en su libro No entender. Memorias de una intelectual (2025), la política sería su aspecto más visible que desplazaría un poco a la crítica cultural o la historia literaria, aunque nunca dejaría de escribir sobre esos temas. Después de todo, Sarlo escribía para pensar.
Aunque recibió varias críticas por sus ensayos en la revista Viva, fuimos muchos los que conoceríamos a Sarlo por esa revista dominical del diario Clarín. Las notas acercaban su mirada antropológica y política a los lectores más populares. En sus memorias, cuenta que, por el correo de lectores, le escribían madres, maestras y jubilados. Y ya para ese entonces, su intervención en los diferentes medios mostraba una mujer intelectual que incomodaba. Siempre había querido serlo:
Al elegir ser, en el futuro, una intelectual, anunciaba un deseo, pero no sabía definirlo. Esa palabra, sin embargo, terminó por trazar mi ruta sobre un mapa: tenía que ser culta y saber escribir para llegar a intelectual. Alcanzaría esa condición por mis esfuerzos, no simplemente por mis cualidades. (No entender).
Su participación en los medios de comunicación contribuyó a formar su voz crítica y política, a veces contradictoria. Por ejemplo, en Los siete locos, el programa de Cristina Mucci, se retiró enojada tras un intercambio con David Viñas quien le echó en cara sus cambios ideológicos desde su época maoísta, en particular su apoyo al gobierno de Isabel Perón. También pudimos ver a Sarlo entrevistada por periodistas como Alejandro Fantino, o streamers como Pedro Rosemblat y Tomás Rebord, quien le ofreció volver a su programa y ella respondió que tenía que irse al teatro. Su trayectoria política también incluye aciertos y equívocos: se acercó al FREPASO, fue asesora de Gabriela Fernández Meijide y pronosticó que Macri no era un político profesional como para ganarle al kirchnerismo.
La relación de Sarlo con el Feminismo fue de puja constante y muchas veces dirigida a la militancia de las más jóvenes con su “sarlosplainig”. Solía decir que el Feminismo nunca fue su tema y que nunca sintió que ser mujer la colocara en una posición de desequilibrio frente a los hombres. A pesar de esto, en 1997, apareció en la tapa de la revista Tres puntos en el número “Yo aborté”, junto con Dora Barrancos, Tununa Mercado, María Moreno, Divina Gloria y Alejandra Flechner.
El estallido del Ni Una Menos era la cuarta ola feminista, un nuevo actor acorde a las demandas e intereses del siglo XXI, y la estaba dejando fuera de lo que ella consideraba la forma de hacer política. En una entrevista que le hicieron para la revista Playboy, en el año 2017, dijo:
Soy feminista por todos los motivos. Por todos. Pero me interesan otros fenómenos de la liberación además de los que pone en escena el feminismo en general. Por ejemplo, el normalismo de la escuela laica argentina, que sacó a las mujeres de sus tareas cotidianas, sometidas a sus maridos que después del primer tortazo a la mañana la mandaban a hachar leña, a cuidar a los hijos, a hacer la comida y lavar la ropa. Digo, esa me parece una problemática. Ahora, estoy con todas las banderas feministas, he marchado en todas las marchas, pero la idea de una constitución sobre la base de identidades de ese tipo no me convence en absoluto.
Yo sé lo que hago cuando tengo que defender el derecho al aborto: escribo una nota y digo que aborté seis veces en mi vida y nunca sentí culpa. Eso causó escándalo en su momento. Fue una iniciativa extraordinaria de Claudia Acuña en la revista Tres Puntos. En esa nota había mujeres que se habían quedado llenas de culpa. Yo no. Por otra parte, yo estoy de acuerdo con Roberto Gargarella cuando dice que todas las cosas tienen que ser motivo de plebiscito. Pero desearía que no se hiciera hoy un plebiscito sobre el aborto. Las mismas chicas que están marchando por ni una menos no sé cómo votan en un plebiscito sobre el aborto.
Si pensamos a las generaciones como un grupo conformado con cierta militancia e ideas políticas, culturales e intelectuales, no podemos dejar de lado a las mujeres feministas. Y a sus revistas, como proyecto de intervención y pensamiento generacional. ¿De qué manera intervinieron las feministas en la búsqueda de representación política?
La relación de Beatriz Sarlo con el Feminismo fue de puja constante y muchas veces dirigida a la militancia de las más jóvenes con su “sarlosplainig”
La generación feminista
Con la vuelta a la democracia, aparece una generación de mujeres que marcaría una nueva etapa de pensamiento para muchas y una revista que se constituyó como un espacio de disputas y polémicas por casi 20 años, Feminaria.
Feminaria fue la primera revista de teoría feminista que se publicó en Buenos Aires. Su nombre viene del libro que leen y escriben las protagonistas de la novela Les guèrrillères, de Monique Wittig. Feminaria se publicó desde 1988 hasta 2007, y contribuyó a la articulación feminista en la coyuntura política y demandas concretas del movimiento. Fundada y editada por mujeres, la escritura estaba centrada en lo político con perspectiva feminista y de género. La directora fue Lea Fletcher, investigadora estadounidense y Doctora en Letras Hispánicas, el Consejo de dirección lo conformaban Diana Maffía, Diana Bellessi, Alicia Genzano, y Jutta Marx, junto a otras colaboradoras. Las tapas de Feminaria fueron realizadas por artistas argentinas y sus contratapas estaban dedicadas al humor realizado por mujeres. Muchas de ellas, tendrían una intervención en el ámbito literario, académico y, también, político, como es el caso de Diana Maffía, actualmente, directora de la Biblioteca y Centro de documentación Feminaria.
Feminaria supo responder a las demandas de los debates sociales en materia de género que necesitaban intervención por aquellos años. Se trataron temas como la legalización del aborto, la maternidad, la formación de sororidades, la necesidad de construir categorías teóricas para pensar distintas prácticas de luchas. Las publicaciones incluían textos de intelectuales argentinas y extranjeras, como Judith Butler y Teresa de Lauretis. En el número 1 se puede leer:
Feminaria es feminista pero no se limita a un único concepto del feminismo. Se publica tres veces al año y se considerará toda escritura que no sea sexista, racista, homofóbica o que exprese otro tipo de discriminación.
Con la presidencia de Alfonsín, se crearon, en el ámbito del poder nacional, varios espacios ligados a tratar temas en relación con las mujeres. En este contexto, Feminaria tuvo su particular relevancia porque su identidad fue fundada en las luchas políticas y discursivas sobre la redefinición de la identidad de la mujer y las formas de discriminación.
La revista funcionó como un foro para publicaciones y prácticas disidentes que se insertaban en las demandas feministas. En los diferentes números se encontraban anuncios de espacios feministas que se iban abriendo en la ciudad, de actividades, congresos, talleres. Además, aparecían listas de libros de autoras como forma de visibilización de escritoras argentinas. En el primer número de Feminaria, por ejemplo, se encuentran listas de mujeres publicadas por la editorial Libros de Tierra Firme. En esta tarea de visibilización, una de las bases del feminismo, se mostraba el trabajo e historia de las mujeres no sólo en el ámbito teórico, sino también en las editoriales, antes ajenas a estas preocupaciones. La revista fue fundamental para abrir el canon de la región, que era predominantemente masculino.
Pero Feminaria no fue la única. La revista Brujas (1979-1996), por ejemplo, logró ser una de las publicaciones más importantes de la segunda ola del feminismo argentino y sirvió como espacio de debate y periodo crucial de transición democrática. Su primera publicación fue en 1983 y nació pensada como un espacio de militancia feminista.
Una biblioteca de trabajo
Tras la muerte de Sarlo, en su departamento de Talcahuano quedaron fotos, cuadernos, anotaciones y libros. En su biblioteca, sólo había primeras ediciones de Juan José Saer, Ricardo Piglia, Andrés Rivera y de otros autores a los que ella misma prologó o editó. Además, muchas fotocopias de libros de Borges, marcadas y anotadas, o libros gastados por el uso. Otros, no anteriores a 1960, subrayados o con anotaciones. Separaba sus libros entre narrativa escrita por varones y escrita por mujeres. Habría que hipotetizar por qué lo hacía. Sarlo no era coleccionista, sino más bien una investigadora que nunca perdió el oficio, enfocada en lo que estaba trabajando o pensando. En el comienzo de su libro de memorias, ella cuenta que viene de buscar unas fotocopias impresas y que vive entre libros que relee.
Los millennials y la Generación Z vieron en los boomers un “otro heterogéneo” al que minimizar
Todo el archivo de Sarlo está siendo catalogado en el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI). Fue donado por amigos de Sarlo a Horacio Tarcus, otro de nuestros intelectuales, fundador del Centro, un espacio que comenzó con los libros que él mismo había enterrado durante la dictadura militar y desenterró con la vuelta a la democracia, mientras Sarlo retornaba del exilio.
Cuando los más jóvenes propusimos hacer una carta pública en contra de la censura ―recuerda Horacio en una entrevista del diario La Nación― ella dijo: “Compañeros, en este país están desapareciendo escritores, acá desapareció Haroldo Conti, tenemos que pedir por la aparición con vida de los escritores desaparecidos”. Me asombró su audacia en un lugar donde no sabíamos si podía haber servicios de inteligencia entre los asistentes. Yo le di mi revistita, Ulises, y ella me dio un número de Punto de Vista.
Nuestros boomers nos dejaron un acervo que grafica la militancia y la construcción de una sabiduría que influye en nuestro pensamiento actual. Las y los leemos, los estudiamos, nos apropiamos de ideas o conceptos, los refutamos, los resignificamos. Me resulta imposible pensar en esta generación sin reivindicar la sabiduría: nos dejaron sus libros, sus anotaciones, sus hipótesis, sus archivos, sus bibliotecas, su experiencia, su militancia. Resignifiquemos, entonces, “ok, boomer”, dejemos de lado los prejuicios negativos y valoremos lo que una generación supo construir.