Noruega: las góndolas de la Abundancia

Noruega es uno de los países más prósperos de la tierra y eso alimenta las fantasías más exuberantes: la de un país con ricos pero sin pobres, con problemas pero sin conflictos. Eso no va a durar.

por Ernesto Semán

Al comienzo de La bendición de la tierra, la vida de Isak gira alrededor de una papa. Novela fundacional de la cultura noruega, un hombre viene caminando hacia el norte, “Manden kommer gående mot nord”, la desolación de la frase icónica, de la nación austera. Camino al norte, Isak se encuentra por primera vez el derecho de propiedad, la posibilidad de contratar fuerza de trabajo para trabajar la tierra, la divisa, el mercado, lo que le da sentido humano a la papa para que deje de ser papa, la mercancía ficticia de Polanyi, de una papa que no nació para comercio, pero que sublevará el horizonte de Isak y de todo un pueblo. Knut Hamsun escribió La bendición de la tierra en 1917, tres años antes de recibir el Nobel de literatura. 

Lo que Hamsun describía era los hombres materiales, como decía Sarmiento para hablar de los que “pacen su pan bajo la férula de cualquier tirano”. Pero a diferencia de Domingo Faustino, a Hamsun la austeridad le despertaba el interés por la supuesta transparencia de la vida simple, la cosa sana. Tanta fascinación que fue uno de los primeros en apoyar la ocupación nazi. Y a diferencia de la mayoría de sus cobardes congéneres, cuando terminó la guerra no alegó demencia y reafirmó que había adherido al nazismo porque desconfiaba del capitalismo, de la salvajez de la industrialización y de la democracia moderna, todo lo cual estaba representado, para él, en el Reino Unido. Y así Ham-sun/mu-rió.

Pero quedó su legado. Sino el del nazismo, al menos el de la exaltación de la simpleza. Y si uno aún creyera en los textos, un siglo después Noruega sigue incrédula, tironeada por la tradición y el mundo moderno, entre la austeridad y la exuberancia, el extractivismo y el ecologismo, los nazis y la democracia, entre la igualdad y la riqueza, que no es lo opuesto pero le abre sus puertas. Entre la papa y el petróleo.

La papa. Francis Mallman cuenta, con acentos mitológicos, que una vez lo invitaron a París a mostrar la comida latinoamericana y que cayó al salón en cuestión y puso delante del jurado una bolsa de papas, una declaración sobre la simpleza y el efecto global del tubérculo nacido hace unos ocho mil años en la orilla sur del lago Titicaca. A Noruega llegó recién a mediados del siglo XVIII y cambió la suerte del lugar. En una zona inhóspita, con un 3 por ciento de la tierra arable y un clima del demonio, la versatilidad de la papa (es el único cultivo presente en todos los países del mundo) le dio a Isak, a sus ancestros y a sus descendientes, las pocas proteínas, vitaminas C y potasio que los separaban del abismo. Para el siglo XIX, la papa era la base de la comida y para el XX el símbolo del país, que tiene un instituto de la papa, se enorgullece de sus múltiples variaciones, y considera los raspeballer (algo así como un ñoqui gigante) y el lefse (a mitad de camino entre un pan y un waffle) como algunas de sus comidas nacionales destacadas. Sutileza y variación no son parte de la cultura culinaria noruega.

La centralidad de la papa maridó con el perfil austero del país, lo constituyó. El Estado de Bienestar, quizás el más desarrollado del mundo y por eso uno de los que se desmantela más trabajosamente, fue el tubérculo político, la red de la necesidad. El tipo que más sabe en la Argentina sobre Noruega es Daniel Schteingart, quien no se cansa de señalar que Noruega era un país con bienestar y desarrollo durante buena parte de la posguerra, décadas antes de chocarse con un pozo petrolero. Y los números lo avalan, al menos en parte. En los años ’60, el PBI per cápita noruego era similar al de Suecia o Dinamarca. Nada mal.

El petróleo y el gas llegaron en la navidad de 1969, pero la modernidad periférica es un karma pegajoso. En los ’90, mientras en Argentina paseábamos por Carrefour como si fueran Les Champs-Elysées, la leche y la manteca en el supermercado de Bergen ni siquiera tenían marca, se llamaban “leche” y “manteca” y las producía la compañía estatal que coordinaba y regulaba la producción agrícola desde la posguerra. Cecilie, mi vecina del edificio (una especie de monoblocks de 300 departamentos construidos como si la Unión Soviética hubiera funcionado como la Fede imaginaba: espartanos, pero con unas paredes de hormigón de 40 centímetros y una aislación a prueba de casi toda inclemencia), Cecilie, decía, se acuerda de la primera vez que probó una palta. En las ciudades más chicas, donde vive más de la mitad de la población, las verduras que crecen hacia el aire y no bajo tierra fueron una novedad para la mayoría de la gente con la que uno se cruza hoy en la calle. La prosperidad de la que habla Schteingart necesita ser históricamente situada.

El petróleo empezó a derramar riqueza en las décadas siguientes. La creación del Fondo Soberano al que van las regalías de la empresa pública, y una serie de decisiones sobre cómo extraer el petróleo en el ártico de forma eficiente, “en diagonal” (ambas fruto no del genio escandinavo sino de la cabeza de Farouk Al-Kasim, un geólogo iraquí formado en el auge profesional nacionalista de Bagdad, que llegó a Noruega meses antes del hallazgo petrolero), dejaron las bases sentadas para reinventar el excepcionalismo noruego. Ahora, el país no sólo era próspero sino millonario, pero además igualitario, pero además extractivista pero además naturalista, pobre y rico. Noruega había evitado la maldición petrolera de los países de medio oriente pero eso no le impedía vivir frente a un par de espejismos alucinatorios como los que los beduinos encuentran en el desierto: el de un país con ricos pero sin pobres, con problemas pero sin conflictos, por ejemplo.

Un siglo después, Noruega sigue incrédula, tironeada por la tradición y el mundo moderno, entre la austeridad y la exuberancia, el extractivismo y el ecologismo, los nazis y la democracia, entre la igualdad y la riqueza, que no es lo opuesto pero le abre sus puertas. Entre la papa y el petróleo.

El Fondo Soberano es El Hacedor, el andamiaje del milagro, el puente de plata entre el excepcionalismo del pasado y el del futuro. De acuerdo al día, está valuado en algún lugar por arriba de los dos billones de dólares en su escritura en castellano (es decir, unos 2.000.000.000.000 dólares), algo así como el PBI de Canadá, Brasil o Italia. Lo que nos hace a los residentes de Noruega “dueños” de unos 400 mil dólares por el solo hecho de existir. El gobierno tiene permitido reintroducir menos del 3 por ciento de las ganancias anuales en la economía (un número que se amplía en situaciones de emergencia como los años del COVID). Ahí va la primera parte de la genialidad. La idea es brillante en la medida en que apunta a controlar el gasto y reducir los riesgos de inflación, aunque también limita la capacidad del gobierno de mantener una sociedad cohesionada: los noruegos que poseen bienes transables (capital financiero o del otro) no necesitan de esa inyección de dinero para incrementar sus ingresos, mientras que aquellos con ingresos fijos (asalariados) dependen más de esta para agrandar su participación en la torta. La otra parte del milagro es su portfolio: El fondo no puede invertir en coronas noruegas, con el resultado mágico de que si la corona está fuerte, la economía noruega se fortalece, pero si la corona está débil (y entonces el peso del Fondo Soberano sobre la economía doméstica crece), la economía noruega también se fortalece.

El petróleo de este país ambientalista baña sus costas como el oro que pavimentaba las calles de San Francisco a mediados del XIX. Para que quede claro: todo tiene petróleo. El chocolate, el salmón, las manzanas, la esencia de vainilla, la fórmica, los autos eléctricos, la libertad, la idea de movilidad infinita, los museos. El resto es gracia al petróleo. En el supermercado ahora hay decenas de lácteos, yogurt de Francia y caramelos de Grecia. Mucho más que una marca, media heladera del supermercado con manteca y leche de vaca, de soja, de almendras. Mantecas para todes, el último tango en Oslo podrá elegir entre 19 marcas de la misma emulsión sólida derivada de batir la crema de leche en su punto justo. 

La abundancia es un lente para mirar a la papa, una postura, pero no necesariamente un instrumento de mejora. Hoy, el 50 por ciento de los alimentos en Noruega es ultraprocesado. El país tiene el récord europeo de consumo de pizza congelada y de Red Bull y otras bebidas energizantes. Los niveles de obesidad son más bajos que en el resto del continente, pero suben a la par. Noruega pasó de la escasez a la hiperindustrialización, y en el medio se salteó la industria desde abajo, el emprendimiento familiar, esa dinámica transicional entre tradición y modernidad que le dio a la Argentina durante 40 años, entre los ’50 y los ’90, las mejores fábricas de pastas, heladerías y panaderías del mundo. Esos dientes radiantes que vemos en la calle que baja a la Universidad de Bergen, esas señoras de ochenta años que me pasan como un poste en la montaña, esos chicos trotando en cuero por los parques de la ciudad y que sólo pueden recordarnos al Berlín de 1938, ¿son hijos de la Noruega de la papa o de la Noruega del petróleo?

A comienzos de este siglo, los países escandinavos decidieron abrazar las nuevas tecnologías y que las escuelas dejen atrás los lápices, los cuadernos y los libros para dotar a sus estudiantes de computadoras, cursos de programación en la escuela primaria y pantallitas para todos y todas. Como muchos esperábamos, Noruega tiene hoy algunos de los peores índices de lectura de todo Europa. El resultado improbable de aquella revolución cultural es que el primer libro que leyó un chico nacido en Longyearbyen, una ciudad de 2.800 habitantes dentro del círculo polar ártico, que habla castellano como su tercer idioma, fue El año del desierto de Pedro Mairal (esto ocurrió cuando, después de quejarme imbécilmente por las dificultades de los estudiantes para leer un libro, descubrí, tarde pero seguro, que leer un libro podía ser un proyecto en sí mismo, que leer un libro era el proyecto). Él, como otros, quedaron cautivados ante la figura retórica de un país que avanza hacia atrás.

Noruega había evitado la maldición petrolera de los países de medio oriente pero eso no le impedía vivir frente a un par de espejismos alucinatorios como los que los beduinos encuentran en el desierto: el de un país con ricos pero sin pobres, con problemas pero sin conflictos.

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Recién este año, la autocrítica llegó a la Dirección de Educación, que al igual que el Ministerio de Educación de Suecia, puso en marcha un plan para retirar las computadoras y volver a enseñarles a los chicos a leer y a escribir además de a programar y mirar. En el medio de la experimentación, en estas casi tres décadas, quedaron centenares de miles de noruegos ricos pero incapaces, génération perdue que sumará el analfabetismo funcional a la opulencia y la impotencia que distinguen a la experiencia generacional de la juventud del siglo XXI, aquí y en todas partes.

Pero el excepcionalismo noruego no tiene límites. Un trabajo reciente de Hilde Pape y Berit Johnsen revela que los estudiantes para ser guardiacárceles (el nivel educativo requerido para la profesión es uno de los más altos del mundo) tienen muy poco interés en ejercer la autoridad sobre otros, tienen muy poca inclinación por las medidas más punitivas y afirman estar interesados, sobre todo, en la rehabilitación de los prisioneros y las ganas de ayudar a otros, teniendo en general una disposición tolerante hacia los prisioneros. Más aún: de todo el grupo, los estudiantes con experiencia en trabajo en prisiones son los que muestran una actitud más abierta hacia los presos. Ningún cana nace torturador. ¿Hay más votantes de la ultraderecha Partido del Progreso en mi aula que en la comisaría? Elige tu propia Noruega.

Elige la de la tolerancia y la inclusión. No sé si Noruega es pequeña, peluda y suave, pero hasta hace muy pocas décadas era blanca por dentro como de algodón, racialmente homogénea como el nazismo la idealizó. La apertura de este siglo primero, y la “crisis migratoria” del 2015 después, abrieron las puertas a la llegada masiva de refugiados de Siria y su zona de influencia: El influjo migratorio, como el de la manteca y la palta, fueron más abruptos y tardíos que en ningún otro país europeo. Hoy, un 20 por ciento de la población nació en otro país, mayormente Europa del Este, África y Medio Oriente. En la cuadra conviven vecinos que han estado en la misma zona desde hace más de trescientos años con argentinos y sudaneses que a duras penas entienden la aplicación para pagar el colectivo. En Noruega, la amenaza civilizacional que obsesiona Michel Houellebecq, el último intelectual orgánico de la literatura europea, se materializó frente a los ojos de una sola generación. 

Y, sin embargo, el país capea el temporal a pura inclusión, a suerte y billetera. Al menos por ahora. En las últimas dos elecciones, el laborismo obtuvo los peores resultados de su historia. Sin embargo, eso le alcanzó para amarrar una coalición con la izquierda y elegir a Jonas Gahr Støre como primer ministro por dos periodos consecutivos. La hazaña no oculta el hecho de que el laborismo vive la misma muerte lánguida que el resto de la socialdemocracia europea. Pero mientras tanto le alcanza para mantener a la derecha fuera del poder (para evitar las disquisiciones de sibaritas sobre qué es y qué no es una derecha, debates que abundan en el desierto de las ideas, la derecha de Noruega se llama Partido de Derecha, Høyre parti, que benévolamente llamamos conservador, aunque “Høyre” quiere decir “derecha”) y a la ultraderecha del Partido del Progreso en un constante ascenso pero aún sin chances de acceder al gobierno. 

El Progreso, como la rebeldía, también se volvió de derecha. Hace unos meses, el magnate argentino Martín Varsavsky visitó Noruega y se horrorizó por la cantidad de radares de control de velocidad que encontró en la ruta, por lo lento que van los trenes, por todo lo que podría ser más, o más rápido. La existencia de Varsavsky en este mundo es solo sintomática, volitiva. Pero allí donde la realidad contra la que se choca reemplaza a la sinapsis, El Magnate conecta con un mundo cierto, el de un país que se debate entre la productividad y el ocio, entre ir a los pedos o disfrutar de uno de los paisajes más lindos del mundo. En Noruega todavía hay que pedir por favor para que alguien te pise con un auto, y el trayecto de tren entre Oslo y Bergen que lo ofuscó es, no casualmente, el lugar en el que se originó la Slow TV, cuando la televisión pública decidió celebrar en el 2009 el centenario de ese tramo del tren con una cámara que simplemente muestra las siete horas de recorrido. 

Y así no se hace un país de ricos. El Informe Draghi del 2024 advierte que la decadencia de la Unión Europea no radica en la pobreza de sus elites y el servilismo frente a la mayor potencia económica de la historia de la humanidad, sino en la falta de competitividad de sus mercados. Desde su publicación, es la base sobre la que las economías del continente buscan deshacerse de todas las regulaciones que limiten la velocidad de los mercados para subirse con Varsavsky a una Ferrari, olvidarse de los radares, salirse de la ruta y saltar a un fiordo como Thelma y Louis con testosteronas. 

La abundancia es un lente para mirar a la papa, una postura, pero no necesariamente un instrumento de mejora. Hoy, el 50 por ciento de los alimentos en Noruega es ultraprocesado. El país tiene el récord europeo de consumo de pizza congelada y de Red Bull y otras bebidas energizantes.

Noruega no es parte de la Unión Europea, porque, embadurnada en petróleo, ¿qué interés podía tener en delegarle su política monetaria a un banco central lejano, alemán, y comparativamente más débil que el fondo soberano doméstico? Pero es parte del espacio económico europeo y su economía está totalmente integrada a la del resto del continente. Tiene tanto para desmontar. El Estado de Bienestar noruego es para el liberalismo como esas torres de legos que los chicos miran fascinados sabiendo que el momento culminante sólo puede ser el de su destrucción. Una sindicalización de arriba del 50 por ciento, un gasto público que oscila entre el 50 y el 60 por ciento del PBI, una legislación laboral que protege a los trabajadores más que en casi ningún otro lugar de la tierra (Noruega tiene la mayor tasa de licencias por enfermedad de Europa, y el dato que podría interpretarse como un ejemplo del espacio que necesitan los trabajadores para cuidar su vida -y eventualmente garantizar la reproducción y expansión de la fuerza de trabajo- es en general utilizado como propaganda contra los excesos del Estado de Bienestar). El Informe Draghi es la lectura obligada del desayuno en el ministerio de finanzas de Jens Stoltenberg, el político más importante del país (una especie de Cafiero exitoso, si se me permite el oxímoron), anterior jefe de la OTAN y hacedor del milagro laborista. Draghi o Slow TV, el futuro está al pie de la montaña.

En la cima de la montaña están los ricos de Noruega, que son como los de cualquier otro lado, y su mirada sobre las transformaciones de este siglo siguen el camino previsible de la guita y el poder. Los legados narrativos del país temperado son tantos que enceguecen ante lo evidente. Uno de los proyectos de investigación más interesantes de la Universidad de Bergen trata de determinar si el país tiene o no una elite salmonera, una disquisición que en cualquier otro lugar de la tierra se hubiera resuelto hace décadas (como discutir en la Argentina de 1940 si existen los grupos oligárquicos ligados a la producción agropecuaria) y que aquí genera perplejidad e interés. Una de las series más populares del 2024 fue La Isla de los Millonarios, Milliardærøya, una historia liviana y trágica para describir los excesos de las clases altas vinculadas a la industria salmonera. Contra su propia narrativa, Noruega tiene millonarios y déspotas, ambiciosos que transformaron al Estado en algo muy distinto de aquel que capturó la producción petrolera hace 57 años. Que la casa real, la administración pública y el ministerio de relaciones exteriores ─las tres patas del excepcionalismo noruego─ hayan pasado décadas construyendo su presencia global de la mano de Jeffrey Epstein debería ser elocuente en sí mismo. Desde ahí se desarma la igualdad de la sociedad noruega, con erosiones múltiples e inconexas como las que ocurren en la estructura de un glaciar por debajo de la superficie, donde nadie lo ve hasta que es demasiado tarde. 

Que la casa real, la administración pública y el ministerio de relaciones exteriores ─las tres patas del excepcionalismo noruego─ hayan pasado décadas construyendo su presencia global de la mano de Jeffrey Epstein debería ser elocuente en sí mismo.

La calle, la escuela, los dientes, el parlamento, el petróleo, el supermercado, los números que Schteingart volantea entre industrialistas y desarrollistas de gomina nueva que derraman en tierra con el extractivismo del progreso, el bueno, el de la patria libre, justa y petrolera. La Argentina es el lugar en el que, más allá de los extremos, la crispación y el tendal de muertos, el extractivismo ha sido la única política de Estado que se mantuvo inamovible en los últimos 50 años. Así que a nadie debería sorprender el impulso fanático y nihilista noruego para abrazarse a los fósiles y morir con las convicciones bien puestas. Si en un país que no le fue tan bien es imposible abrir una conversación sobre la mejor forma de no destruir el planeta y empeorar la vida de quienes lo habitamos, ¿qué podemos pedirle a los que encontraron que con el petróleo sí se come, se cura y se educa? ¿Y que, encima, protege a su naturaleza?

O no. Celebrar a Noruega por su avanzada política doméstica ambiental es como felicitar al CEO de Philip Morris porque dejó de fumar. En un país con menos habitantes que el primer cordón bonaerense pero desperdigados en un territorio como el de Japón (123 millones de habitantes), si todos los noruegos quemaran petróleo en la casa cada mañana, su influencia en el calentamiento global aún sería mínima. El impacto de Noruega no se mide por sus políticas razonablemente moderadas de protección del medioambiente sino por el equivalente a dos millones de barriles diarios de petróleo y gas que la compañía pública Equinor extrae en todo el mundo. La influencia de esos barriles no está dada solo por el dióxido de carbono que esparciremos por la atmósfera. Es también una cárcel política: Si un país próspero y pequeño como Noruega no puede hacer una cura de abstinencia del petróleo, ¿qué queda para el resto de nosotros? Y es, sobre todo, una trampa conceptual, que deja atada y bien atada la mera posibilidad de una sociedad relativamente cohesionada, sin excesos de crueldad, a la extracción infinita de aquello que erosionará esa misma sociedad que están construyendo.

Esto es más que una especulación teórica. Como los bitcoins y la idiotez, el cambio climático no reconoce fronteras. Si el objetivo es, como declaró Equinor en su última asamblea, incrementar la extracción hacia el futuro, Noruega bien podría ahorrarse las regulaciones ambientales domésticas y abrazar el nihilismo de Varsavsky con fuerza, con esperanza, y empezar a construir en el fiordo de enfrente los refugios post-apocalípticos que el mercenario argentino le vendió a Milei. El último reporte ambiental de la comuna de Bergen advierte que la ciudad tiene la casi total seguridad de perder sus costas en las próximas décadas y que el costode las catástrofes derivadas de inundaciones y deslizamientos de tierra superará largamente los presupuestos empetrolados a nivel local y nacional. 

Bien dice Schteingart que si la Argentina tuviera una política consistente de explotación petrolera durante décadas, aun así estaría a años luz de la riqueza de Noruega. Afirma esto sin agregar que para que lo que produce Vaca Muerta siga teniendo valor de cambio, Noruega, Estados Unidos, China y el resto de los productores petroleros deben mantener viva la ficción de que esa es la única alternativa vigente. Si es así, Argentina podría usar las regalías neuquinas para formar bomberos y especialistas en problemas cardíacos y pulmonares para entrar entusiastas en el mundo del futuro. 

Noruega es el laboratorio de ese futuro. El sueño, la tradición y la modernidad, el extractivismo y el ambientalismo, una vela a cada santo, one for every station of the cross. Pero con tantos altares, quién asegura que al templo no se lo coman las llamas en un último acto de adoración.

Si un país próspero y pequeño como Noruega no puede hacer una cura de abstinencia del petróleo, ¿qué queda para el resto de nosotros?