Millennials: el mapa y el laberinto
Los millennials llegamos a la adultez convencidos de que entender era suficiente. Sabíamos nombrar las trampas, diagnosticar las contradicciones, reconocer el malestar con una precisión que generaciones anteriores no tenían. Nos equivocamos en eso también.
Toda generación se autopercibe intermedia, seducida por la idea de haber llegado entre dos épocas, demasiado tarde para la gesta y demasiado pronto para el fruto. Los millennials éramos niños cuando cayó el Muro. Adolescentes durante el apogeo de la globalización. Lo que nos formó no fue la guerra ni la revolución sino su ausencia. Los grandes problemas ya estaban resueltos y lo que venía no era Historia sino su administración. La épica había terminado antes de que nosotros llegáramos a necesitarla. Lo nuestro era disfrutar el resultado.
Nuestros abuelos conocieron la miseria y la guerra. Nuestros padres, las dictaduras, las guerrillas, la amenaza nuclear. Nosotros fuimos los hijos de la promesa cumplida, el primer grupo humano con los problemas principales resueltos. Creímos que la intermediación había terminado. Nos equivocamos. Nos equivocaron.
Nuestros hermanos mayores, pertenecientes a la Gen X, llegaron a la adultez con una dosis de cinismo incorporado. Habían visto el mundo prometido y lo encontraron sospechoso. Su postura cultural era la ironía, la distancia, el whatever. No confiaban en las instituciones, en las marcas ni en los relatos de redención colectiva. La desconfianza era su punto de partida, y eso, en retrospectiva, era una forma de lucidez.
Los millennials fuimos la primera generación en recibir, de manera sistemática e institucionalizada, un discurso de autoestima, positividad y realización personal. La escuela decía que éramos especiales. El mercado decía que podíamos ser lo que quisiéramos. Internet decía que el mundo era nuestro si sabíamos buscarlo. No había enemigo, no había ideología que combatir, no había escasez que justificara la renuncia. Solo había, como horizonte, la promesa de una vida a medida.
Hicimos lo que nos dijeron. Estudiamos, viajamos, nos formamos, postergamos poco y disfrutamos todo lo que pudimos. Y entonces el suelo se movió. El sistema que prometía recompensas al comportamiento correcto resultó estar operando con una lógica distinta a la que habíamos mamado.
Llegamos a los cuarenta y descubrimos una crisis que no era como la esperábamos. En generaciones anteriores era reconocible: el espejo, la juventud que se va, la nostalgia de lo que no se hizo. La nuestra es otra cosa. No extrañamos ser jóvenes —todavía nos sentimos jóvenes, y eso también es síntoma— sino que nos preguntamos de qué estamos hechos. No es una crisis de tiempo sino de sustancia. ¿Hay algo debajo de todo esto, o solo hay capas?
Teníamos un relato. La identidad podía construirse como una marca, el multitasking no era precariedad sino riqueza, el nómade era más libre que el sedentario, vivir de experiencias era superior a acumular. La inestabilidad era, en esa narración, flexibilidad. Y si no se podía acumular, mejor: acumular era de otra época. Durante un tiempo funcionó, o al menos lo pareció.
Pero había omisiones. El relato no decía nada sobre los cuarenta, sobre el cuerpo que cambia, sobre las fiebres que aminoran, sobre lo que pasa cuando las experiencias no se sedimentan en nada, sobre la diferencia entre rechazar la rigidez conservadora y no tener raíces.
Entonces hicimos un intento. El feminismo de cuarta ola, esencialmente millennial, fue la búsqueda de ese marco perdido —un enemigo con nombre, una causa con víctimas y victimarios, un relato con dirección. Fue la única causa real que tuvimos. Las generaciones anteriores tuvieron varias. Nosotros, una sola.
Funcionó, durante un tiempo, como religión secular. Dio certezas, comunidad, sensación de estar del lado correcto de la historia. La necesidad que lo originó era real ―y los cambios que produjo en algunos frentes, también―. Pero los movimientos tienen una física propia. Cuando la certeza se vuelve más importante que la causa, derivan. Se volvió dogmático, luego sectario. El matiz pasó a ser complicidad. Nos callamos cuando no debíamos ―los que apoyábamos lo importante al principio y miramos para otro lado mientras se volvía robespierrano―. El capitalismo, mientras tanto, procesó la causa más rápido de lo que el movimiento pudo radicalizarse. Lo que quedó fue transformación real en algunos frentes, daño colateral considerable, y una reacción que era el vuelto inevitable de haber puesto la pureza por encima del objetivo. Terminó siendo, como casi todo lo que hicimos, una forma de sentir que transformábamos algo sin tocar nada de fondo.
Nosotros fuimos los hijos de la promesa cumplida, creímos que la intermediación había terminado. Nos equivocamos. Nos equivocaron.

Lo colectivo para nosotros fue jolgorio. No movimiento. La multiplicidad de roles era la respuesta adaptativa a un mercado laboral que había dejado de ofrecer trayectorias. No éramos renacentistas por vocación. Éramos precarios por necesidad, y habíamos aprendido a contarlo como virtud. La identidad profesional que había anclado a las generaciones anteriores —tu padre era médico, tu madre era maestra, y eso no era solo un trabajo sino una forma de estar en el mundo— se había disuelto. En su lugar quedaba algo más volátil, más excitante en apariencia y más difícil de sostener cuando el cuerpo empezó a pedir tierra firme.
Lo mismo valía para la geografía. Cuando teníamos veinte años, irse un año de viaje no era perder un año, era la prueba de que uno sabía vivir. Los vuelos baratos llegaron en el momento exacto para confirmar esa creencia. El mundo era accesible, moverse era casi una obligación moral, quedarse quieto era sospechoso. Viajábamos compulsivamente siendo mileuristas, y eso tampoco era precariedad. Era un estilo de vida.
Lo que no veíamos —o no quisimos ver— es que ese presentismo tenía dos caras. Una era genuina: aprendimos a habitar el presente con una soltura que viene de no haber tenido demasiado que perder. La otra estructural, vivíamos en el presente porque el futuro no ofrecía demasiado donde apoyarse. Las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo, y durante mucho tiempo confundimos una con la otra. Creíamos que una justificaba a la otra.
La generación que viene detrás parece haber sacado conclusiones opuestas: más disciplinada, más planificada, más consciente del tiempo como recurso escaso. Pero también más sola, más desconectada. Nosotros éramos imprudentes e hipersociales. Ellos son prudentes y están solos. Son las dos patologías simétricas del mismo sistema, producidas en momentos distintos de su desarrollo.
Los millennials crecimos en el período más pacificado que había conocido Occidente en siglos. No hubo reclutamiento, no hubo racionamiento, no hubo urgencia para la clase media creciente. El conflicto existía —en los Balcanes, en Ruanda, en Chechenia, en Timor Oriental— pero sucedía en otra parte, en una pantalla, sin rozarnos. Nuestra formación ocurrió en ausencia de trauma colectivo. Y eso tiene un costo que solo se descubre tarde: no sabemos qué somos capaces de soportar porque nunca tuvimos que averiguarlo.
Cuando llegaron las crisis reales —el 2001 argentino, el 2008, la pandemia, la sensación creciente de que el suelo se mueve bajo los pies del orden mundial— las encontramos sin ese entrenamiento. Sabíamos nombrarlas con precisión. Pero nombrar no es lo mismo que absorber. La historia no había terminado. La aceleramos tanto que dejó de esperarnos.
El feminismo de cuarta ola, esencialmente millennial, fue la búsqueda de un enemigo con nombre, una causa con víctimas y victimarios, un relato con dirección. Fue la única causa real que tuvimos. Funcionó, durante un tiempo, como religión secular.
La gran pregunta para una generación es cuál es su legado. El millennial no tiene una respuesta clara todavía, aunque probablemente sea demasiado pronto para tenerla. Las generaciones anteriores dejaron huellas materiales y simbólicas relativamente legibles. La de nuestros abuelos construyó movilidad social, llenó universidades, convirtió a los hijos de inmigrantes y obreros en clase media. La de nuestros padres creyó en el proyecto colectivo —aunque ese proyecto tomara formas diversas y a veces violentas— y en muchos sentidos lo cumplió: nos entregaron un mundo con menos autoritarismo, más derechos, más libertades. El daño colateral de su victoria somos nosotros.
Fuimos, o pretendimos ser, la generación más progresista de la historia. El mundo, sin embargo, había declarado terminados los proyectos colectivos antes de que pudiéramos imaginar uno. Lo que nos tocaba era la optimización individual. Y lo ejecutamos con dedicación y esmero.
El legado millennial, si hay uno, es haber normalizado la incertidumbre como modo de vida y haberla llamado resiliencia. Haberla transmitido en vivo y en directo, haberla fotografiado. Haber vivido en el intervalo entre el fin de la historia y el descubrimiento de que la historia no se había terminado, solo había salido a fumar. Y haber tenido que seguir igual.
La marca más profunda de nuestro clima es que somos la primera generación en haber vivido la promesa y la traición en tiempo real, con plena conciencia, sin poder mirar para otro lado. Llegamos al quiebre sin marco. Sin la posibilidad de señalar a alguien. Solo con la sensación difusa de que algo prometido no llegó, de que el contrato fue incumplido, y de que la responsabilidad, disuelta entre todos, no le pertenece a nadie.
La condición millennial es menos excepcional de lo que nos gustaría creer. Toda generación se piensa excepcional. Lo específicamente nuestro es la conciencia excesiva de esa condición: la analizamos, la documentamos, la teorizamos, la publicamos. Y esa lucidez no nos movió un centímetro. Escribo esto y no ignoro la ironía.
El legado millennial, si hay uno, es haber normalizado la incertidumbre como modo de vida y haberla llamado resiliencia, haberla transmitido en vivo y en directo, haberla fotografiado.