Masculino / femenino según Instagram 

Diciembre trae su ritual: el recuento, el archivo, el scroll que ordena el año como si fueran escenas sueltas. En esa deriva —entre reels, frases-candidatas, series, poemas, memes y nieve televisiva— se cuela otra pregunta más áspera: qué sigue funcionando de lo masculino y lo femenino cuando conviven la familia nuclear, la revolución feminista, lo queer y el retorno de viejas diferencias.

por Florencia Angilletta

“La distinción clásica entre varón y mujer y el ideal burgués de la familia nuclear resisten y conviven junto a la revolución feminista del siglo XX y XXI, las identidades queer del presente y el retorno de diferencias que venían siendo relativizadas”, arranca la presentación de este mes en Supernova.

Se cruzan dos líneas. Por un lado, la propuesta de pensar en torno a lo “masculino / femenino”. Por otro, diciembre, tiempo de una actividad tan neurótica como irresistible: la de los raccontos. Se pueden juntar ambas cosas y armar un cóctel donde se mezclan los enredos sobre lo masculino y lo femenino junto a la pregunta sobre de qué está hecho un año cuando, a veces, puede parecer eterno. O arrasador.

Un no-balance del año, un capricho de subrayados, a partir de una serie de palabras sueltas, que bien podrían ser reels de Instagram. Quizás lo sean. Quizás lo son. “Amor a primera vista”, dice Agustina Larrea como funcionamiento de esa red social. Mire y siga y siga. Esos reels, lo que el algoritmo piensa de mí. No (somos) tan distintos.

Instagram puede ser pensando como un arcón, un archivo viviente, una caja de Pandora. 

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1.        “Lo viejo, funciona”

“En una escena de Las Luces de Buenos Aires, Gardel canta Tomo y Obligo. Al llegar al verso final, el que dice que un hombre macho no debe llorar, Carlitos se quiebra sobre la mesa. No hay contradicción ahí, aunque parezca. Porque Gardel demuestra que un hombre sí que puede llorar. Lo que no puede, bajo ningún concepto, es hacer de su llanto un programa”, dice Marco Mizzi en su texto sobre masculinidades y lo Chad. “Si tanto importa, si tanto miedo tienen, si tantas respuestas deben emitir, por algo será”, apunta Silvana Aiudi en su análisis sobre las tradwifes de este mismo número.

¿Funciona o no lo viejo? La frase no integra estrictamente El Eternauta, la historieta de Héctor Oesterheld, sino la adaptación televisiva que forma parte de los rankings invariables de las producciones del año. Ricardo Darín, nieve; un clásico a gran escala. “Lo viejo, funciona”: candidata a frase del año. 

Instagram puede ser pensando como un arcón, un archivo viviente, una caja de Pandora. Primero, personal: varones y mujeres de todos los tiempos en imágenes, algoritmos recordándonos otras vidas, otros que hemos sido. Segundo, social: bucear en esas fotos de Buenos Aires de otra época. O de cualquier punto de la Argentina.

“Esa mujer era la banda municipal de mi pueblo”, escribió en un verso descomunal Juan Gelman. Se trataba del poema “Mujeres”. Gelman puso el dedo en la llaga: masculino y femenino como educación sentimental también de la memoria. En el mismo lodo todos manoseados. 

El amor es, en definitiva, una de las escenas en las que más se actúa lo masculino y lo femenino. El amor, del que escribe Alexandra Kohan, como aquí: “Seguimos hablando y escribiendo de amor, no para saber qué es, sino para mantenerlo insabido, para que sus sentidos se vayan diluyendo”. 

En esta época fragmentaria, volátil y acelerada cierta dimensión de permanencia se resignifica. Hace poco, en estos días de fiestas, en una charla se mencionó que antaño un doctor no se sentaba en el colectivo, porque siempre estaba en posición de ceder el asiento. Por supuesto, el recuerdo vale sin quedarse en la naftalina de que todo tiempo pasado fue mejor. No es eso. Ni siquiera se trata del pasado como bloque, de lo viejo como opuesto, de algo que ya está dado y veneramos. “Retromanía” nombró el crítico de rock Simon Reynolds para desarmar estos simplismos.

Se solapan palabras como solemnidad, nostalgia, añoranza. No es igual, no es lo mismo. Quisiera pensar en ciertos matices o diferencias. No como melancolía, sino como conciencia del borde. Pienso en un poema de Borges de los años sesenta. Se titula “Límites”: “De estas calles que ahondan el poniente, / una habrá (no sé cuál) que he recorrido / ya por última vez, indiferente / y sin adivinarlo, sometido / a quién prefija omnipotentes normas / y una secreta y rígida medida / a las sombras, los sueños y las formas / que destejen y tejen esta vida. […] ¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, / sin saberlo nos hemos despedido?”

Un límite no es una limitación.  

El amor es, en definitiva, una de las escenas en las que más se actúa lo masculino y lo femenino

2.        Envidiosa

Hay una frase de Judith Butler que recuerdo casi de memoria. Se halla en el texto “Imitación e insubordinación de género” y dice así: “Una repetición compulsiva y coercitiva que sólo puede producir el efecto de su propia originalidad; en otras palabras, estas identidades coercitivas, los fantasmas ontológicamente consolidados de ‘hombre’ y ‘mujer’, son efectos teatralmente producidos que fingen ser los fundamentos, los orígenes, la medida normativa de lo real”. 

A propósito, Luis Diego Fernández escribió para este mismo mes que nadie está exento de no performar su masculinidad o feminidad cuando sale al mundo. 

No hay simetría. Los juegos entre lo masculino y lo femenino son múltiples, simultáneos; a veces desparejos, sí. Pero las discusiones sobre hegemonía suelen fantasear con una igualdad simétrica que, de existir, sería autoritaria. Como una eugenesia del vivir juntos: la ilusión de que lo diferente pudiera armonizarse del todo. ¿Acaso esa simetría no es también despótica? Nunca los involucramientos poder ser irrestrictamente iguales, nunca la armonización de lo diferente puede ser total.

Vivimos tiempos de retóricas inflamadas, lenguajes saturados, ideales pesados. Creo que, en el fondo, ante tanto deber ser más nos atrae la locura. No el desorden, que abunda, sino la locura como gesto estético: lo que rompe la pretensión de asepsia. Porque el desorden nos rodea. La locura —una definición que no es clínica, es estética como la estoy proponiendo aquí— es lo que hace posible algún orden. Sin locura, no hay límite.

Por eso, en parte, los reels que más vimos son los de la serie Envidiosa. Un paseo por Instagram incluye extractos de la serie, análisis psicológicos de la serie, recortes sesgados de la serie, publicidades a partir de la serie, debates a partir de la serie. Puede ser un plomo el visionado en bloque de esos reels, pero no va en desmedro de la captación que logra la ficción de una fibra inmensa de este tiempo. Poder discutir a las mujeres, en particular, cuando encarnan las poses más codificadas de la cultura (querer ser la elegida, lidiar con el sueño de la familia propia, pertenecer a un grupo de amigas, ocupar un rol en la familia de origen). Nos recuerda una matriz honda. El perfume del bajofondo personal. Somos jodidos. Algunos somos (apenas) jodidos con buenos modales.

Se solapan palabras como solemnidad, nostalgia, añoranza. No es igual, no es lo mismo. Quisiera pensar en ciertos matices o diferencias. No como melancolía, sino como conciencia del borde. 

3.        Generaciones

Wos, Trueno, Dillom, Milo J. La lista es un poco masculina (¡oh!) pero funciona como un paseo rápido, e indudablemente sesgado, por eso que podemos llamar música contemporánea. 

En ese juego de masculinidades y feminidades fantasmáticas que proponía Butler habría cierto arco posible en la música. Virginie Despentes recordó cómo el deseo femenino fue históricamente despreciado bajo la figura de la “groupie”. En Teoría King Kong señala: “El deseo femenino estuvo silenciado hasta los años cincuenta. La primera vez que las mujeres se reúnen masivamente y se expresan […] sucede en los primeros conciertos de rock. Los Beatles se ven obligados a dejar de actuar: las mujeres se ruborizan con cada nota, sus gritos ahogan el sonido de la música. Rápidamente aparece el desprecio. La histeria de la groupie”.

Cuando lo femenino estaba en el lugar (no necesariamente pasivo) de admirar, cuando lo masculino estaba en el lugar (no necesariamente excluyente) de heroicidad. El rock había sido la fuerza de la masculinidad ante el Estado de Bienestar, los nuevos guerreros tras un siglo de guerras. Ciertas versiones indies de la música forjaron después (en algunas ocasiones) una pasión débil; (por momentos) desordenada.

Estos reels de esos muchachos jóvenes al lado de leyendas como el Indio Solari o David Lebón parecen encarnar una nueva discusión generacional, en la cual lo femenino cobra desde luego una fuerza distintiva. Un barajar y dar de nuevo. Encuentro entre generaciones. Tradición y vanguardia, apego y desvío, pasión y excepción. Y así. Fuerza otra vez.

Cuando lo femenino estaba en el lugar (no necesariamente pasivo) de admirar, cuando lo masculino estaba en el lugar (no necesariamente excluyente) de heroicidad. 

4.        El arbolito de Wanda Nara

Una palabra quedó resonando: fetiche. Los arbolitos de Navidad, los de los famosos, los de los muchachos de la selección, el de Wanda, el de la China. Las fotos familiares con el fondo del arbolito, la mesa puesta, el composé. Un continuum de Instagram. Ya se ha dicho: todo es sobre sexo, menos el sexo, que es sobre poder. O, mejor, casi todo es sobre poder. También la Navidad, también el arbolito. 

Porque nos podemos escapar de muchas cosas pero en algún momento del día masculino y femenino nos roza. 

En la modernidad, la muerte salió del espacio doméstico. En nuestro presente, el comienzo de la vida se tecnifica cada vez más y sale también de las camas. Frente a eso, la apelación a lo “natural” vuelve con fuerza. Pero nada es “normal”. El destino es el cuerpo. Y el destino no es el cuerpo. El misterio no se elimina: apenas cambia de forma. El misterio, aún en las escaramuzas de la técnica, nunca deja de ser un misterio. Lo masculino y lo femenino, tampoco. 

Las películas navideñas lo saben. Una de mis favoritas: “The Holiday”, clásico con Kate Winslet, Cameron Diaz, Jude Law (él, editor irresistible). “Gilmore Girls” —algún día escribiré más sobre esto— puede verse también como película navideña en continuado. En sus siete temporadas sólo algunos capítulos transcurren entre fiestas aunque la nieve es un elemento narrativo fuerte. La he visto tantas veces (en estos efectos de ropaje que brinda la repetición, como las oraciones) que podría recitar diálogos de memoria. Manuales y anti manuales de masculinidad y feminidad. 

Y para concluir. El reel de Navidad que más me gustó: 

El de quien fue novia de Fernando Báez Sosa con su nueva pareja. Porque si algo todavía sigue valiendo la pena de hablar de masculino y femenino es, precisamente, cuando no sólo hablamos de masculino y femenino. 

Porque si algo todavía sigue valiendo la pena de hablar de masculino y femenino es, precisamente, cuando no sólo hablamos de masculino y femenino.