Los últimos viejos
En una Argentina atravesada por guerras, implantes neuronales y tratamientos que han derrotado al envejecimiento, la muerte del último anciano marca el fin de una experiencia humana que parecía eterna. Entre la nostalgia y la distopía, el relato imagina un mundo donde llegar a viejo se ha vuelto una rareza.
Al Indio Pedernera
“¿Te explico mis dudas? —preguntó Dante—. Hay personas a quienes el pelo canoso repugna y
enfurece; en cambio a otros les da rabia un viejo teñido”.
Adolfo Bioy Casares
Brandon no es un buen nombre para un anciano. No huele a yoguineta meada. Le falta sildenafil en el bolsillo de la camisa. Brandon Amaya. Podría ser una promesa de la Cuarta de Central, pero no un viejo, y no sólo un viejo, sino el último de todos. Si me lo contaban, no lo hubiera creído. Pero es así como lo digo.
Acabo de sentir la noticia vibrar en mi lobular. No sé qué pensar. Miro la lluvia en la ventana. Después apago el proyector. El vidrio se vuelve transparente y deja pasar el solazo de mayo. El noticiero, que el implante en mi nuca inserta directamente en mi cabeza, dice que hacen 43 grados. Yo diría que más. No importa. El asunto principal es otro: el último viejo se llamó Brandon Amaya y falleció de un paro cardíaco en un banco de plaza Sarmiento.
Me acuerdo cuando todavía había muchos. No sé por qué elegían Pichincha. Ahí se concentraba la mayoría, entre los edificios abandonados después de la Guerra.
Pude verlos porque por esa época yo ya trabajaba de guardia de seguridad en la ShEllectric de Callao y Salta. Me habían dado el turno nocturno. Salía de la estación de servicio a las seis de la mañana. Para esa hora ellos recién se iban despertando, y de a poco se buscaban.
Nunca dormían juntos, los últimos viejos. Cada cual se hacía su cucha por su lado. Con su frazada, sus perros y su bolsito. Al amanecer, cuando se levantaban, parecía que el mundo tenía que esperar. Uno armaba una fogata quemando bolsas de nylon y botellas de plástico. Y los demás, despacio, en torno a la luz se arremolinaban. Calentaban sus huesos y la pava, y el mate empezaba a girar de boca en boca. Lo tomaban amargo.
Así empezaban sus mañanas. Escupiendo baba verde y puteadas entre los huecos de los dientes. Yo le pedía a la piba del serviclub algunas golosinas vencidas. Casi siempre alfajores de jengibre, que nadie compraba. Cuando terminaba el turno, me iba a compartir el desayuno con ellos.
No sé por qué siempre me cayeron bien. Mis padres, militantes globalistas, cayeron en un enfrentamiento contra los numenistas en la zona de General Lagos. Me crié con mis abuelos. Me encantaban sus cuentos verdes y sus comidas grasosas. Sus mañas. Un anciano es un chico pero al revés: no le rinde cuentas a nadie. Al menos, no debería hacerlo.
Cuando tenía quince años empezó la Segunda Pandemia. Y después la Tercera. Los viejos caían a centenares. A los míos no les tocó. Murieron antes, de cáncer o de tristeza. Ya estaban ceniza cuando arrancó la cosa.
Busco en el lobular: 2043. Esa es la fecha. El Gobierno Nacional Revolucionario, o lo que quedaba de él, anunció su Plan Quinquenal de Reintegración de la Ancianidad. Empezaron a repartir las inyecciones. Nanorobots, básicamente: te los metían en el cuerpo y se encargaban de que no te oxidaras.
Fue zarpado. En menos de un año, la esperanza de vida subió a tres cifras. La edad jubilatoria, a 90 años. Hubo pocas protestas. Al menos por ese asunto, porque por lo demás, estaba todo prendido fuego. Literal.
En el 55 explotaron bombas neutrónicas en Mendoza y San Miguel de Tucumán. Ningún bando se adjudicó el hecho. Al poco tiempo, los globalistas se levantaron en las provincias del Norte, declarando la zona como territorio del Gobierno Global. El Comando Vermelho do Brasil decidió que no podía esperar a que el Gobierno Nacional Revolucionario de los numenistas argentinos actuara. Los macacos invadieron Misiones.
Fue zarpado. En menos de un año, la esperanza de vida subió a tres cifras. La edad jubilatoria, a 90 años. Hubo pocas protestas. Al menos por ese asunto, porque por lo demás, estaba todo prendido fuego. Literal.

En ese quilombo apareció algo que nadie había previsto: gente que había envejecido.
El día que cumplí 64 años, la edad que tenía mi abuelo cuando un tumor lo fulminó, me levanté y el espejo del baño me devolvió el mismo rostro de mis treintas.
Después de desayunar mis cápsulas de proteína y hacer mi rutina de saludos al sol, activé el lobular con un impulso del cerebro. Busqué una proyección futanari en XHolos. Me hice una paja larga, amorosa, mientras el pulso eléctrico impactaba de lleno en mi corteza orbitofrontal.
Se sentía bien estar vivo.
Me vestí y salí rumbo al trabajo. Rosario, como Zona de Exclusión, no sufría las consecuencias de la guerra. Vivíamos, si se quiere, en un pequeño paraíso. Estaban los faltantes de mercadería, las pequeñas peleas entre fanáticos de todos los colores, pero teníamos electricidad y datos móviles, así que la vida, en general, seguía igual.
Como estaba de buen humor, aquella noche decidí no encender mi lobular mientras caminaba. Por eso lo vi. Orinaba contra una pared. O al menos lo intentaba. La mano izquierda apoyada en la pared, la derecha en la bragueta. Miraba el cielo:
—Aunque sea unas gotitas te pido.
Desde esa noche los noté en todas partes.
Habían pasado veinte años, y no habían recibido el tratamiento. Algunos por superstición. Otros por ideología. Bien mirados, los dos motivos son el mismo.
Mangueaban porro en las esquinas. Se quejaban del clima. Improvisaban fichas con marlos de choclo, para jugárselas al póker sobre un cajón. No tenían oficio, no podían tenerlo. A veces los veía parados frente a las obras en construcción, mirando trabajar a los demás. Nadie los tomaba. ¿Para qué ibas a contratar a alguien que se te podía morir en seis meses?
De todas formas, no les preocupaba. No necesitaban dinero. Vivían de la limosna y el robo. Los últimos viejos fueron, eso sí, los últimos en utilizar efectivo. Ridículos papeles con valores asignados según su capricho, que intercambiaban entre ellos a cambio de comida cosechada en containers de basura.
La Gendarmería los toleraba porque no hacían daño. No representaban una amenaza. No eran ludditas ni glocalistas ni transespecie ni ninguna de las bandas que buscaban poner en jaque, con mayor o menor suerte, al sistema. Ellos sólo querían que los dejaran morir en paz.
Una mañana decidí acercármeles. Me miraron con desconfianza, pero aceptaron la comida. Al día siguiente volví, y al otro. Después de un tiempo dejaron de mirarme cuando llegaba.
Hablaban mucho. De los hijos que no veían, de los mosquitos, de una vecina que se llamaba Elena y que nunca devolvió una fuente de vidrio. De la textura del asfalto recién puesto. De los trabajos que habían tenido: torneros, maestras, un veterinario que juraba haber operado al perro de Macri. De una canción de Bizarrap que no recordaban cómo seguía. Del precio del dólar en distintas décadas. De la sensación de meterse al mar en enero. De Dios, brevemente, sin ponerse de acuerdo.
También hablaban de comida. Hablaban mucho de comida. Un asado de tira, una milanesa con papas fritas, un flan con dulce de leche. Cosas que yo había comido pero que en su boca sonaban a otra cosa, como si el mismo alimento tuviera un sabor distinto cuando no es más que un imposible.
No recordaban bien las fechas. Mezclaban inundaciones y mundiales con su historia personal, como si una vida pudiera fundirse con el mundo. Eran ridículos. Creo que los envidié.
A veces, mientras los escuchaba, perdía el hilo de quién era yo. Tenía su misma edad pero no sus manos, ni sus espaldas. Yo no miraba el fuego así como ellos. De vuelta en mi cama, me preguntaba si lo notaban. Si no se daban cuenta que era distinto o si simplemente no les importaba. El mate llegaba a mis manos y yo lo tomaba y lo pasaba, y por un momento era uno más, y después miraba mis palmas lisas, mis dedos rectos, y no lo era.
Una noche, uno de ellos, un estropicio desdentado, me dijo que había visto lo que les pasaba a los que eran como yo. A los tratados, esa fue la palabra que usó.
—¿Qué nos pasa? —pregunté.
—Nada —dijo—. Eso es lo que les pasa. Nada.
Aquel viejo fue el primero en suicidarse. Vi su rostro proyectado por el lobular junto a la noticia. Marco Marcelo Mizzi nació en 1991 y se colgó en 2066 en la puerta del Distrito Oeste. Tenía los pulmones llenos de agua.
Una vez consumí una proyección sobre los mayas. Fueron un pueblo que vivió en la zona de Corea, creo, o por ahí. De un momento para otro, desapareció. Nadie sabe bien por qué. Algo así pasó con ellos.
Nadie llegó a atacarlos. La purga que sufrieron fue por mano propia.
Cada vez eran menos los que se acercaban a buscar mis golosinas. Cada vez había más colchones abandonados. Me senté muchas noches frente a un fuego que nadie había encendido.
Hasta que un día salí del trabajo y no había nadie. Ni siquiera los perros.
Apagué el lobular y caminé hasta mi casa. Calenté agua. Hice mate. Lo tomé amargo, porque no tenía otra cosa, y porque no se me ocurrió ninguna razón para ponerle azúcar.
El último viejo se llamó Brandon Amaya. No lo conocí. Hace unos minutos sentí en mi lobular la noticia de su muerte. Fue un paro cardíaco en un banco de la Plaza Sarmiento.
Su nombre no lo merecía.
El último viejo se llamó Brandon Amaya. No lo conocí. Hace unos minutos sentí en mi lobular la noticia de su muerte. Fue un paro cardíaco en un banco de la Plaza Sarmiento.