Los futuros perdidos de la computación argentina
Del Proyecto Manhattan de la IA a Clementina y Oscar Varsavsky, este artículo plantea una genealogía alternativa de la computación y su vínculo con la bomba nuclear. Contra el militarismo digital de Silicon Valley, recupera la memoria de una tecnología pensada para planificar democráticamente el futuro.
por Ernesto Román
El futuro volvió, pero en forma de proyecto Manhattan de la IA
Quizás la llegada de Peter Thiel a Argentina solo corrobora algo que, de cualquier manera, está presente por todos lados en nuestro clima de época: ya no estamos ante una lenta cancelación del futuro (en el presente eterno del capital), sino que ahora sí tenemos un futuro, pero es sencillamente aterrador, está hecho de enjambres de drones manejados por IA o de IAs con nombres bíblicos que deciden quién puede vivir y quién debe morir en base a su análisis masivo de datos. Hoy la tecnología y lo tecnológico se muestran como atributos de un poder mutante, inasible y letal: uno que hace converger al liberalismo con los monopolios, a la democracia representativa con el fascismo y al genocidio con la cotidianidad de los flujos de mercancías. El procesamiento de datos a gran escala, monopolizado por empresas como Palantir, permite diseñar patrones de vida, los cuales sirven para vender publicidad algorítmica (mecanismo también utilizable para la manipulación electoral, como es bien sabido desde el escándalo de Cambridge Analytica) tanto como para perpetrar nuevas formas de genocidios en Palestina, el Líbano y gran parte de Oriente Medio, basados en la automatización de la selección de blancos. Los grandes monopolios de datos se fusionan con el estado imperial norteamericano, en lo que pretende ser un nuevo giga (o incluso tera) proyecto Manhattan de la IA, es decir, una nueva movilización total de los monopolios autoproclamados “tecnológicos” en el proyecto militar norteamericano. Esto es palpable no solo en La república tecnológica (2025) de Karp y Zamiska, intento de relanzar un supremacismo machista blanco 4.0, sino también en el rango militar otorgado a muchos CEOs de las Big-Tech. Ya no es el turno de Musk y su infantil sueño de escapar de los problemas de la Tierra fugándose a Marte, o de Zuckerberg y su montaña de algoritmos azucarados y adictivos que ganan millones en base a la estupidización de las masas en redes sociales, ahora en Silicon Valley es el turno de los señores de la guerra y su capacidad dura de matar. Ante la senilidad y la impotencia, el imperio intenta revigorizarse recordando cuando fue capaz de autoproclamarse el destructor de mundos.
Pero la recuperación del proyecto Manhattan —recordémoslo, aquel que detonó la primera bomba nuclear de la historia— no solo implica una comparación entre la nueva carrera militar por la IA con aquella que hubo por la bomba atómica (y que en verdad, solo los norteamericanos corrieron seriamente) sino que implica volver a los orígenes mismos de la computación electrónica moderna y el procesamiento de datos. Como es ampliamente conocido, las computadoras contemporáneas están basadas en lo que se conoce como la arquitectura de von Neumann —que diferencia memoria operativa de memoria de almacenamiento—, un invento realizado para procesar la ingente cantidad de cálculos que eran necesarios para fabricar correctamente la bomba atómica. Tanto ENIAC, una de las primeras computadoras electrónicas Turing completa, es decir, que reemplaza el programa fijo (como una calculadora) por el carácter de máquina universal programable, como MANIAC, la primera computadora que venció a un ser humano en el ajedrez, fueron creadas en el marco del desarrollo de armas atómicas. La primera de la mano de la bomba de uranio, la segunda de la mucho más letal bomba H. Sugerentemente, en MANIAC se realizaron también algunos de los experimentos con IA más antiguos (los autómatas celulares). Von Neumann también desarrolló la llamada teoría de juegos, que interpreta toda interacción humana como una lucha competitiva —llamada eufemísticamente “juegos de suma cero”— por recursos escasos. Estas ideas lo llevaron, entre otras cosas, a sostener que, dado que el enfrentamiento era en última instancia inevitable, convenía lanzar sobre la URSS un ataque nuclear antes de que dicho país fuera capaz de desarrollar su propia bomba atómica.
Con este brevísimo repaso intento sugerir que nuestro problema no es que internet o la computación se hayan arruinado, por haber sido apropiadas por el tecnofascismo actual como armas de guerra, más bien lo que estamos viviendo es una especie de regresión a los orígenes militaristas de la computación. Esta regresión nos augura un futuro sombrío, el cual cuenta con la inercia proyectiva de todo el peso de su infraestructura digital. El peligro es máximo, pero eso no es necesariamente algo nuevo, pues después de todo, la catástrofe es el estado normal de la historia. Por eso, prestar atención a los linajes tecnológicos puede ser un buen comienzo para desactivar, capa a capa, esa pila gigante (la Stack de la que habla Benjamin Bratton) que marcha hacia la profundización de la novela ciberpunk en la que cada día más se convierte nuestra realidad. Porque otro uso de este tipo de tecnologías no solo demanda que se cambien los beneficiarios, o incluso los sesgos de su funcionamiento, sino que exige que se destripen sus componentes para encontrar en ellos lo que llamaremos (como lo hizo Oscar Varsavsky otro “genio”, pero local y de izquierda) “estilos tecnológicos”.
Nuestro problema no es que internet o la computación se hayan arruinado por haber sido apropiadas por el tecnofascismo actual como armas de guerra, más bien lo que estamos viviendo es una especie de regresión a los orígenes militaristas de la computación.

Existe una vieja sabiduría histórica que nos dice que lo más interesante del pasado no es tanto lo que efectivamente sucedió, sino lo que en él quedó inconcluso, las posibilidades truncas e incumplidas, pues son solo ellas las que nos permiten hacernos una idea de un futuro deseable. Siguiendo esta intuición quisiera recuperar la historia de otra computadora, Clementina, con la convicción de que en ella podemos encontrar pistas para pensar una tecnopolítica alternativa que haga de las capacidades de cómputo a gran escala no una amenaza de vigilancia total, una monetización de todos los aspectos de la vida o una nueva manera de perpetrar genocidios, sino el medio de reflexión y autoconocimiento en el cual los ensamblajes materiales que componen nuestro metabolismo social puedan ser conscientemente dirigidos.
Oh my Darling
Clementina fue una Mercury fabricada en Manchester por la empresa Ferranti y fue también una de las primeras computadoras de Latinoamérica. Montada en el segundo piso del Pabellón 1 de lo que en ese entonces era la nueva ciudad universitaria de la UBA en Núñez, entró en funcionamiento efectivo el 15 de mayo de 1961. Por aquel entonces, las computadoras ocupaban habitaciones enteras y pesaban toneladas. Físicamente, Clementina consistía en catorce gabinetes metálicos de 60 centímetros de ancho para el procesador y la memoria de trabajo, más cuatro gabinetes adicionales para los cilindros magnéticos. No tenía monitor ni teclado y la entrada de datos e instrucciones se realizaba mediante un lector fotoeléctrico de cinta de papel perforado de cinco agujeros, el cual posteriormente se reemplazó por un lector de tarjetas perforadas de fabricación nacional. La máquina también tenía una característica peculiar que le daría su nombre, disponía de un pequeño parlante en su consola que permitía generar tonos rudimentarios por software. Y entre los programas de muestra provistos por Ferranti, venía uno que ejecutaba la melodía de la canción norteamericana Oh My Darling, Clementine, la cual le dio nombre a la máquina. Luego sería programada para ejecutar un tango, aunque la historia no registró cuál.
Desde que entró en servicio en 1961 hasta su desmantelamiento en 1971, Clementina operó ininterrumpidamente las 24 horas del día, los siete días de la semana. Los proyectos que la involucraron fueron extraordinariamente diversos: en astronomía, se validaron los cálculos de la órbita del cometa Halley en el hemisferio sur; en geografía física, se modelaron los caudales de los ríos patagónicos para estudios de aprovechamiento hídrico; incluso se la usó para tareas de lingüística computacional, traducciones automáticas del ruso al castellano, relevantes en un contexto de intensa producción científica soviética, que la academia argentina quería recepcionar. Clementina también fue puesta al servicio de las empresas estatales de telefonía (ENTEL), para la cual calculó modelos de simulación del tráfico telefónico, y de hidrocarburos (YPF) para quien estimó la distribución óptima de combustibles. El impulso de Clementina llevó a que en 1963 la Facultad de Ciencias Exactas creara la carrera de “Computador científico”, la primera carrera universitaria de computación de toda América del Sur, cuyo objetivo era formar especialistas capaces de usar eficientemente la computadora como herramienta auxiliar de la investigación científica. La existencia misma de esta carrera convirtió a Buenos Aires en un centro de referencia para la región. Cada uno de los grupos que trabajaba con Clementina integraba diversas disciplinas y en su cotidianidad convivían los proyectos de física con los de lingüística, los de astronomía con los de economía.
Entre estos grupos, uno de los más innovadores fue el de Oscar Varsavsky, que buscaba desarrollar una economía matemática, es decir, crear nuevas formas de análisis matematizable de la realidad económico-social para diseñar modelos que pudieran “testearse” en computadoras. Estas eran herramientas muy útiles para planificar trayectorias de desarrollo económico, pero también tecnológico. Se trataba de construir modelos que permitieran darse una idea de, por ejemplo, qué clases de consecuencias puede causar a nivel de sistema tecnoeconómico la introducción de una determinada innovación tecnológica o cómo se altera la necesidad de materias primas según que el objetivo sea la valorización del capital (a lo que Varsavsky llamaba “empresacentrismo”) o, por el contrario, la satisfacción directa de necesidades humanas (a lo que denomina “pueblocentrismo”).
Tanto ENIAC, una de las primeras computadoras electrónicas Turing completa, como MANIAC, la primera computadora que venció a un ser humano en el ajedrez, fueron creadas en el marco del desarrollo de armas atómicas.
Digitalizar la utopía
El proyecto central que dirigió Varsavsky fue el MEIC (Modelo Económico del Instituto de Cálculo), elaborado en los primeros años de la década del sesenta, usando los datos estadísticos disponibles sobre la economía argentina y la capacidad de cálculo de Clementina. Más precisamente, Varsavsky desarrolló dos modelos de la economía argentina, uno sin sector financiero, el MEIC-0 y otro que lo incorporaba, el MEIC-1 (resulta en este caso casi un chiste que la aparentemente pequeña diferencia entre 0 y 1 sea, en términos de la teoría de conjuntos, un infinito mayor aún que el de los números naturales). La naturaleza del MEIC era radicalmente diferente a los modelos econométricos convencionales de la época, pues no se trataba de estimar parámetros para predecir variables macroeconómicas en un esquema de equilibrio general, sino de construir una representación dinámica de las interacciones entre sectores productivos de la economía argentina, capaz de simular la evolución del sistema bajo distintos supuestos de política económica. Con el tiempo, Varsavsky llamaría a esta técnica NUMEX (que es quizás toda una ciencia truncada) o experimentación numérica.
Varsavsky no era economista de formación, sino que estudió química y terminó especializándose en las matemáticas de la física cuántica con un doctorado en Estados Unidos, por lo que es considerado una de las mentes más brillantes de su generación. Pero en algún punto de su trayectoria decidió que la “ciencia pura” era cómplice de las injusticias del mundo en tanto se realizara dentro del capitalismo, que le impone modelos empresariales y la obliga a servir a la valorización de los capitales del norte global mediante el extractivismo y la dependencia tecnológica. Por eso, en su obra más conocida, Ciencia, política y cientificismo (1969), plantea la idea de que no puede haber una ciencia políticamente neutral y que dicha pretensión de neutralidad es la más ideológica (en el sentido marxista de falsa conciencia) de todas. El cientificismo, brevemente, encubre su genuflexión ante el poder con el discurso de la objetividad. A la ideología pseudocientífica de la neutralidad contrapone la politización de una ciencia que, en el contexto latinoamericano de los sesenta, solo podía significar una apuesta por poner la ciencia al servicio de la revolución.
Pero lo interesante de Varsavsky no radica únicamente en que fue un matemático de primer nivel que se volcó a pensar la revolución y formas radicalmente distintas de organizar la economía con computadoras, sino también en que, por decirlo rápidamente, leía a Marcuse. En su obra, elabora temas tan actuales como la crítica al consumismo, a la obsolescencia programada o a la cajanegrización de la tecnología y apuesta por la creatividad local frente a la importación de modelos. Incluso se anima a apuntar contra la idea rectora de los ensueños de su época: el desarrollo. Para Varsavsky, no se trata exclusivamente de que los países colonizados se encuentren en un estado crónico de subdesarrollo impuesto y que para liberarse deban desarrollarse hasta poseer la ciencia y la industria de los países imperialistas. No se trata solo de planificar el desarrollo o criticar la dependencia, se trata de dar cuenta de que no existe una única trayectoria de desarrollo tecnológico, estas son tan plurales como las formas de organización política que pueden darse las sociedades, no se trata tanto de que cada país tiene derecho a encontrar su propia vía al desarrollo, sino más bien de que no existe un único desarrollo posible. En los términos de Yuk Hui, Varsavsky llama a fragmentar el futuro, está criticando el imperativo monotecnológico occidental y abriendo a una auténtica tecnodiversidad, pero a diferencia del filósofo chino, no se basa en la diferencia entre culturas sino entre apuestas políticas. En un texto de 1971, titulado Proyectos nacionales, Varsavsky pone en juego estas ideas modelizando cinco tipos diferentes de sociedades a las que abrevia por sus primeras tres letras: el consumismo (CONS), el autoritarismo (AUT), el creativo (CREA, a veces también llamado “socialismo nacional creativo”), las comunas agrarias "hippies" (HIP) e incluso sociedades en colonias espaciales (LUNA). El estilo creativo, aquel que busca destacar y promover en los contrastes, se caracteriza por el equilibrio entre planificación económica socialista y democracia participativa. No es, como el modelo soviético, una réplica del culto al progreso y al crecimiento indefinido del capitalismo, sino que redefine por completo la economía en sentido marxista hacia la satisfacción de necesidades y la creación de valores de uso. El “socialismo nacional creativo”, entonces, no es tanto una cuestión de objetivos, como de maneras o formas distintas de alcanzar un objetivo, no sólo pregunta ¿qué hacer?, sino que también se interroga cómo hacerlo.
No se trata solo de planificar el desarrollo o criticar la dependencia, se trata de dar cuenta de que no existe una única trayectoria de desarrollo tecnológico, estas son tan plurales como las formas de organización política que pueden darse las sociedades.
Como matemático, Varsavsky quiere poner lo abstracto en función de lo concreto, pero para eso necesita ir progresivamente de lo ideal a lo material, acercarse al mundo a fuerza de estadística y procesos repetitivos. Porque sabe que la abstracción contiene poderes que, con un poco de exageración, se pueden aproximar a los que laten en el interior de los átomos. Por eso, el mejor punto de partida para testear modelos matemáticos de la realidad socioeconómica no es el mundo real, sino mundos ficcionales bien definidos socioeconómicamente, como Utopía de Tomás Moro. En palabras de Varsavsky:
Se presenta aquí un modelo matemático de un sistema social dinámico global. El trabajo tiene dos objetivos: uno aparente y circunstancial que es estudiar la estabilidad social de la Utopía de Moro, y otro —el principal— que es ensayar el método de experimentación numérica o simulación en un problema complicado y en el que la información no viene cuantificada. Este segundo objetivo explica por qué se eligió un sistema social ideal en vez de buscar una aplicación real: se espera así independizarse al máximo de las discusiones específicamente sociológicas y poder dedicar todas las energías al aspecto metodológico. Lo que se pretende demostrar es que, a pesar del carácter cualitativo del problema, un modelo matemático permite llegar a conclusiones interesantes: por ejemplo, si la sociedad descrita por el modelo r (y que pretende representar la de Utopía) puede resistir el impacto de innovaciones en el terreno técnico y en el religioso.
Quizás sea difícil encontrar un emblema más claro de otro futuro posible del pasado que una computadora de avanzada —nuestra querida Clementina— que, durante los sesenta, corrió un modelo de la Utopía. Curiosamente, la experimentación numérica usa a la utopía no como una meta, sino como una herramienta heurística para poner a punto una técnica de formalización de los sistemas sociales. El proyecto de experimentación numérica incluye también otra isla ficticia, una especie de anti-utopía (o distopía), a la que Varsavsky llama “Fábula cuantificable”. Monox sería un país-isla monoproductor, que solo exporta perlas, situación que permite modelizar la dependencia tecnológica y la colonialidad.
Toda esta exploración, que Varsavsky recorrió en solitario por un camino perdido, puede sintetizarse en una pregunta que, pese a su profunda inactualidad, no deja de ser clave para pensar nuestro presente y nuestro futuro: “¿y Lenin no se dio cuenta que con esta tecnología no se podía construir otra sociedad?”. Esta pregunta parte de una de las afirmaciones más importantes de Lenin sobre la tecnología, que “el comunismo son los soviets más la electricidad” pero también de la fascinación que el dirigente bolchevique tenía con el taylorismo y la organización del trabajo de las industrias norteamericanas. En la visión de Lenin, el capitalismo era capaz de diseñar y producir las máquinas que el comunismo solo debía saber cómo apropiarse.
Liberales, socialistas y computadoras
El proyecto de experimentación numérica de Varsavsky se inscribe en una tradición que cifra en buena medida las fortalezas y debilidades de los movimientos socialista y comunista durante el siglo veinte, la idea de reemplazar total o parcialmente el mercado capitalista por la planificación de la economía. La posibilidad de hacerlo estuvo en el centro de una de las polémicas más importantes de la economía en el siglo pasado: el debate sobre la posibilidad del cálculo socialista, es decir, sobre si una sociedad que hubiera abolido la propiedad privada de los medios de producción (que en el lenguaje económico se conocen como bienes intermedios o bienes de capital) podía realizar una asignación eficiente de sus recursos. Ludwig Mises y luego Friedrich Hayek sostuvieron que ningún sujeto económico podría llegar a reunir y procesar la cantidad de información necesaria para organizar correctamente la economía. Sin lo que llaman “señales de precios” (las bajas y las alzas de los precios de los bienes de capital) no existe manera de asignar el flujo de recursos a los lugares donde verdaderamente se necesitan y son de mayor utilidad. Porque —y este es el punto principal— el mercado es una necesidad epistemológica. Ningún organismo de planificación, al estilo del Gosplan de la Unión Soviética, puede llegar eficientemente a recolectar y a procesar la cantidad ingente de información que se necesita para poder dilucidar dónde es más provechoso orientar los recursos. El mercado, como el comportamiento de las abejas o de las hormigas, tiene la propiedad de producir órdenes generales emergentes a partir del comportamiento simple de sus múltiples actores, es una forma de autoorganización que involucra procesos de ajustes constantes, muy similares a los que, casi una década después, Norbert Wiener pensó como retroalimentación negativa, uno de los conceptos fundamentales de su cibernética. Pero más aún, Hayek entiende al mercado en una analogía constante con el cerebro, pues cada actor racional que calcula su beneficio es una unidad funcional equiparable a una célula nerviosa. Partiendo de este juego de espejos entre cerebro y mercado, Frank Rosenblatt creó la primera red neuronal, a la cual llamó Mark 1 Perceptrón. Partiendo de la propuesta de Walter Pitts y Warren McCulloch de formalizar a las neuronas como operadores lógicos, Rosenblatt dio el paso desde un modelo lógico de deducción a una forma estadística de recursividad. De esta manera, inspirado en Hayek y en Donald Hebb (uno de los neurólogos más famosos de esa época) Rosenblatt diseñó su cerebro artificial para automatizar el reconocimiento de patrones, el cual es el ancestro directo más antiguo de nuestra moderna IA y lo hizo en el marco, por cierto, de un proyecto financiado por la marina norteamericana.
Entre estos grupos, uno de los más innovadores fue el de Oscar Varsavsky, que buscaba desarrollar una economía matemática, es decir, crear nuevas formas de análisis matematizable de la realidad económico-social para diseñar modelos que pudieran “testearse” en computadoras.
¿Y qué tenemos de la otra vereda del debate sobre el cálculo socialista? Por una parte, a Otto Neurath, famoso epistemólogo del círculo de Viena, quien además de ser economista también fue experto en egiptología y diseñó un método, la ISOTYPE, de exposición visual de la información, que es la base de los anuncios que vemos en baños, carreteras, aeropuertos y demás lugares señalizados. Neurath fue quien más a fondo llevó la idea de planificación sin mercado, planteando que debía planificarse directamente in natura, es decir, contando los recursos en sus cantidades naturales (kilogramos, litros, kilovatios hora, etc) sin necesidad alguna de establecer un valor de cambio. Uno de sus argumentos más potentes es también profundamente marxista, el valor de uso de las cosas no da ningún tipo de información sobre cómo medirlo en relación con otros, su uso cualitativamente distinto se resiste a su igualación cuantitativa en valor de cambio (por lo que es el trabajo abstracto el que puede establecer este último valor, y nunca la propia utilidad). Por tanto, el valor de cambio siempre distorsiona una asignación de recursos y de trabajo que, para poder hacerse correctamente y bajo parámetros científicamente aceptables, debe realizarse en unidades naturales. Y de hecho, la mayor economía planificada de todos los tiempos, la Unión Soviética, funcionaba gracias a la capacidad de realizar este tipo de cálculos sin precios, contabilizando sus objetivos en cantidades naturales que se acordaban entre los objetivos del plan, siempre maximalistas, y las ofertas de los jefes de fábricas, siempre minimalistas. Neurath, por su parte, fue ministro en la efímera República Soviética de Baviera, el gobierno consejista que dirigió la región de Baviera durante unos meses, el cual fue llamado la república de los poetas (pues algunos de sus dirigentes principales eran dramaturgos y críticos literarios).
Además de la propuesta de planificación in natura, el debate vienés (estamos en el contexto de la Viena roja) vio la participación de Oskar Lange y Abba Lerner, economistas formados en la escuela neoclásica y socialistas militantes, quienes sostenían que las señales de precios de las que hablaban los liberales podrían “simularse” con procedimientos matemáticos que lograrían resolver ecuaciones de equilibrio económico a fuerza de prueba y error. Algo similar se le ocurrió de forma totalmente independiente a un genial matemático soviético Leonid Kantoróvich, quien desarrolló la programación lineal, una forma de optimización de los procesos productivos en base a técnicas matemáticas. Desarrolló la idea de los precios sombra, precios que son en última instancia nada más que unidades de cuenta que permiten optimizar las cadenas logísticas y los procesos productivos. Kantoróvich puso a prueba sus métodos en el asedio de Leningrado, durante el cual fue el encargado de organizar la “carretera de la vida”, una ruta sobre el lago congelado que rodeaba la ciudad en invierno, prácticamente la única entrada de suministros. En Estilos tecnológicos, Varsavsky habla de los precios sombra (¿acaso conoció la obra de Kantoróvich por las traducciones automáticas de Clementina?) y los asocia a su idea de precios de escasez, indicadores que permitan agregar disponibilidades de recursos diversos.
Lange vió el surgimiento de la computación electrónica moderna y, al igual que Varsavsky, pensó que el uso idóneo de ese tipo de máquinas era resolver los problemas a los que se enfrenta la planificación, que siempre se vinculan con la necesidad de procesar una gran cantidad de información. La necesidad de procesar masivamente datos, que provenía de la fabricación del arma atómica, respondía lateralmente y sin quererlo al problema del cálculo socialista. La termodinámica nuclear no podía ser más compleja que la social.
Científicos rusos como Victor Glushkov y Anatoly Kitov también vieron el potencial de las computadoras para la planificación. Pensaron maneras de usar la programación lineal en lo que se pensaba como una especie de internet soviético, el proyecto OGAS. Este fue diseñado como un sistema cibernético de interconexión de la información que permitiera el procesamiento en tiempo real de grandes cantidades de información sobre recursos, stocks, cadenas de producción y distribución; pero el sector militar soviético y la burocracia del Gosplan (que se sentía potencialmente reemplazada) bloquearon el proyecto. Sin embargo, la experiencia más interesante y desarrollada de poner a la cibernética al servicio de la revolución se dio, sin lugar a dudas, en Chile, durante el gobierno de Salvador Allende. Con el empuje teórico de cibernéticos como Stafford Beer o Fernando Flores, un mainframe (unidad de procesamiento central) IBM 360/50 como computador principal, una habitación de diseño futurista estilo Star Trek como oops room y una red de telex que se extendía hasta las fábricas y sectores productivos claves del país, Synco fue una red de planificación que actuaba en tiempo real gracias a un sistema de procesamiento de datos inspirado en el cuerpo humano, donde los datos originados en las fábricas eran como los estímulos en los órganos sensibles que iban siendo progresivamente integrados y procesados hasta la capa final de la toma de decisiones, el equivalente del sistema nervioso central.
El plan no debe ser confeccionado por un buró de tecnócratas sino que tiene que ser el resultado de un amplio proceso de deliberación democrática, la planificación es un arte de mas
Varsavsky como supernova
Este breve panorama de la planificación socialista ya nos permite situar a Varsavsky dentro de esta tradición. Pues, a diferencia de OGAS o del proyecto Synco, no busca construir un modelo que permita una regulación en tiempo real, sino que usa la modelización como un laboratorio del futuro, un lugar donde proyectar diferentes estilos tecnológicos y compararlos, comprobar sus debilidades y fortalezas o poder estudiar cómo resisten a tal o cual transformación específica. En este sentido, responde más directamente al desafío de Hayek y Mises; usa la simulación de forma experimental para sondear el incognoscible que es la propia sociedad en su proceso de producción y su constante devenir.
Pero existe otro punto decisivo en el que el planteo de Varsavsky es ejemplar: la relación entre la planificación y la democracia, al cual le dedicó un libro: Planificación y participación (1974). El plan no debe ser confeccionado por un buró de tecnócratas sino que tiene que ser el resultado de un amplio proceso de deliberación democrática, la planificación es un arte de masas. En esto, Varsavsky se asemeja a Neurath, quien ya previó la posibilidad de decidir democráticamente entre planes diversos, y al proyecto Synco que, dándoles el lugar de productores de la información básica con la que trabajaba el sistema, empoderaba a lxs trabajadorxs y se ajustaba a sus necesidades y demandas. Los problemas políticos de la planificación, sin embargo, no se agotan en la posibilidad de una participación libre e irrestricta en la confección del plan, pues la lucha de clases no desaparecerá mágicamente, como corrobó el gobierno de Allende, cuando tuvo que usar su sistema cibernético para hacer frente al lock-out logístico impuesto por los empresarios en convivencia con la derecha anticomunista.
En el marco de los experimentos del grupo de Varsavsky en economía matemática, el grupo encabezado por Wilfred Durán, integrado por programadoras argentinas pioneras como Noemí García, Clarisa Cortés, Cristina Zoltán y Liana Lew desarrolló un nuevo lenguaje de programación llamado COMIC —el primero del país— especializado para programar modelos de ciencias sociales. Esta trayectoria tecnológica, como tantas otras, podría haberse desarrollado en formas cada vez más potentes y sofisticadas de modelizar la sociedad y la economía, hasta incluso introducir IA, que se ha mostrado como una forma altamente eficiente de enfrentarse a la complejidad social. La IA que podríamos haber tenido, de proseguirse el linaje de Clementina, hubiera sido indudablemente muy diferente a la que tenemos: basada en la elegancia de la programación y el diseño más que en la fuerza bruta de procesamiento y buscando una capacidad de cómputo acorde a cada problema, en vez de correr la carrera enloquecida del militarismo digital.
Sea como sea, nunca podremos saberlo, porque el 29 de julio de 1966, durante el golpe militar de Onganía, las dependencias de la Universidad fueron asaltadas por los militares en lo que se conoce como la Noche de los Bastones Largos. Los soldados golpearon y detuvieron a profesores y científicos, con especial saña en el ecosistema vanguardista y de izquierdas que había en exactas, con Manuel Sadosky, Rolando García o el propio Varsavsky. Aquellos que tenían el conocimiento para usar a Clementina en proyectos de avanzada, como el grupo de economía numérica, tuvieron que huir del país, como Varsavsky, quien terminó exiliado en Venezuela. Lamentablemente, algunos años después falleció en medio de la persecución, viendo la inminencia de un nuevo golpe militar en Argentina, el cual sería el más terrible de todos (la dictadura genocida de Videla). La propia Clementina, sometida a la escasez de repuestos y la falta de un mantenimiento adecuado, duró algunos años más, hasta el 71, pero fue finalmente desmantelada y vendida como chatarra. Como si ella también fuera una desaparecida, solo algunos de sus fragmentos se encuentran hoy conservados. Aún así su memoria sobrevive, aunque sea marginalmente, recordándonos que una historia de liberación computacional estuvo al alcance de la mano y que no se limitó a ser una transferencia desde el norte, sino que comenzó a formar su propio estilo tecnológico y a integrarse en un ecosistema de proyectos e investigadores que buscaban una computación al servicio del pueblo.
Varsavsky llamaba a hacer un giro copernicano en la economía, la cual dejaría de tener su centro en el presente y pasaría a tenerlo en el futuro. La clave de la planificación es, para él, su capacidad de hacer prospectiva experimental, no sólo del futuro cercano sino también del lejano (por lo que produjo modelos de planificación a 25 años). No se trata tanto de poner nortes u objetivos tecnocráticos de largo plazo (que suelen expresarse en el lenguaje del crecimiento, la productividad o el consumo) sino de lograr los medios para experimentar con diversas trayectorias de desarrollo tecnológico y, en su contraste, poder tomar de forma colectiva decisiones conscientes sobre el mismo. El paso decisivo, como siempre, es el político, pero la política es impotente si no puede nutrirse de la poesía del futuro, poesía que Varsavsky traduce al lenguaje de la naturaleza (la matemática) para intentar hacerla real. Planes nacionales comienza hablando justamente de eso:
El tema de este libro es el futuro, lejano y cercano, de nuestro país. Pero no se trata de Futurología o Prospectiva en su sentido usual de imaginar el futuro más probable verosímil; esto debe quedar claro. No nos consideramos observadores de un proceso que se desarrolla allá a lo lejos cuyas tendencias queremos descubrir para predecir con ellas lo que vendrá, como se predice si una estrella estallará algún día. Por el contrario, somos parte de ese proceso e influimos en él. Nuestra Futurología es pues constructiva política. Consiste en definir un futuro que cumpla dos condiciones: —que nos guste (y será crucial definir quiénes son “nos”); —que sea viable, posible de realizar (en las condiciones históricas particulares de cada país al que quiera aplicarse este método).
Carlos de Senna Figueiredo dice que Varsavsky, con quien escribió Planificación y participación, fue una supernova que, durante un breve tiempo, iluminó el cielo austral como una nueva estrella. Pero quizás el estallido de este sol fue tan distante que, aunque sucedió en el pasado, solo podremos verlo plenamente en el futuro. En una época en la que la mayoría de los enfoques hablan de controlar, regular o legislar los desarrollos tecnológicos que se centran en la capacidad de procesar datos, pues se da por supuesto que estos solo pueden emplearse para lo que actualmente se usan, vale la pena recordar que ese uso es el resultado de batallas donde muchas otras apuestas y vías posibles fueron derrotadas. Hoy, estas tecnologías se usan para exprimirnos económicamente, segregarnos racial y gstenéricamente y, en el límite, administrar el genocidio de poblaciones enteras en contextos de guerras y catástrofes ecológicas. Justamente, en este tipo de contextos resulta indispensable rebuscar entre aquellos que pensaron que la humanidad podía salir de su estado de sometimiento y hacer de su futuro algo consciente y colectivamente decidido, justamente empleando esa capacidad de procesamiento de información a gran escala. Solo si somos capaces de conectar con los fragmentos de futuro que nos vienen del pasado, construyendo nuevas alternativas deseables, podremos enfrentarnos a un enemigo que vuelve a pararse en pie de guerra.
Varsavsky llamaba a hacer un giro copernicano en la economía, la cual dejaría de tener su centro en el presente y pasaría a tenerlo en el futuro. La clave de la planificación es, para él, su capacidad de hacer prospectiva experimental.