Lo neutro
Lo neutro: ese territorio donde el binario se suspende y la política se enciende. En este texto, Luis Diego Fernández recorre la tensión entre teoría queer y liberalismo, las obsesiones de las nuevas derechas y el modo en que Butler y Foucault imaginaron libertades que hoy vuelven a estar en disputa. Un mapa para pensar qué hay más allá de lo masculino y lo femenino.
Entre lo queer y lo liberal existe una sustancia compartida: lo neutro. En el primer caso, es el fundamento de la indistinción entre la masculinidad y la feminidad, en el segundo caso, representa la imparcialidad en el trato del Estado hacia los modos de vida de los individuos que se abstiene de determinar una forma de vivir la sexualidad más virtuosa que la otra. Este vaso comunicante quizá explique, así sea parcialmente, la reacción iracunda de las nuevas derechas en torno a la categoría de “género” que han demonizado como el origen de todos los males.
Este asedio contra lo que llaman malintencionadamente y de forma peyorativa “ideología de género” (algo que no existe, solo hay teorías de género que se pueden criticar como cualquier otra construcción conceptual), no es sino, desde mi óptica, un primer movimiento de una sinfonía reaccionaria mayor, es decir, primero se torna necesario sindicar al chivo expiatorio para luego completar la faena con el desarrollo de una lógica de restauración centrada en un disciplinamiento de los cuerpos y una lectura dogmática de la biología como destino irremediable.
Entre lo queer y lo liberal existe una sustancia compartida: lo neutro.
La cacería de las nuevas derechas sobre el género se hace en nombre de la afirmación de identidades fuertes y cristalizadas que se sienten amenazadas: del Estado-nación, de la religión, de la “cultura occidental”, de la “familia tradicional” o del binarismo sexual. Esto no es casual, la teoría queer, sobre todo en sus inicios, precisamente ponía en crisis las identidades, particularmente las sexuales; muy lejos y contrariamente del identitarismo que se le asesta, la búsqueda de lo queer se apoyaba en la conciencia de una paradoja inicial: la asignación y la autonomía son dos formas de la misma lógica.
Si justamente algo no es la teoría queer es identitaria ya que se funda en mostrar que toda identidad es débil, provisoria y resultado de una relación de poder que puede ser reversada. En este sentido, la problemática de lo masculino y lo femenino es una pregunta que deja al descubierto la interrogación sobre la libertad individual para crearse de otra manera. Por ello lo queer implica de manera subterránea una pregunta sobre lo liberal por otros medios.
A fin de explorar la relación entre lo queer y lo liberal podemos servirnos de El sexo de los Modernos. Pensamiento de lo Neutro y teoría del género (2021), muy destacado libro de Éric Marty que construye una precisa aproximación a la noción estadounidense de gender (género). Según la óptica del ensayista francés, el género no reemplaza al sexo biológico, no se trata de una puja de suma cero entre naturaleza o cultura, sino más bien de una analítica que requiere dejar en evidencia que el cuerpo, según el esquema teórico de Judith Butler, está “genderizado” por una asignación social desde el nacimiento que, sin embargo, no deja de abrirse a otros “posibles” sobre la base de la autonomía del mismo. De manera que la “condena” del origen es también la llave de la libertad.
El punto de partida de esta genealogía de la noción de género requiere asumir que desde el comienzo no hay fijeza natural en materia sexual sino “fluidificación”. Si algo pretende la teoría queer es hacernos olvidar de la función de la diferencia sexual a fin de multiplicarla o minorizarla. En esta dirección, el elemento fundamental de la noción butleriana será el concepto de performatividad, deudor de la filosofía del lenguaje ordinario de J.L. Austin aplicado a la sexualidad. La hipótesis central para Butler será que el género es performativo, esto implicará que el mismo se “fabrica” a partir de actos de habla que tienen fuerza ilocucionaria (crean realidad) y perlocucionaria (implican consecuencias sobre esta realidad creada). De manera que, así como un sacerdote “crea” a un niño católico al pronunciar la expresión “yo te bautizo en el nombre del Padre” o a un individuo casado al sentenciar en el marco de una ceremonia “los declaro marido y mujer”, el cuerpo del bebé es codificado a través del enunciado del médico (“es un varón” o “es una nena”), asignando a la vez que dándole forma a la identidad sexo-genérica del recién nacido por medio del speech act. La característica de la “fuerza ilocucionaria” del enunciado que fabrica realidad se articula mediante la implantación de una norma binaria excluyente sostenida a través de una reglamentación de los cuerpos a partir de una genitalidad diferenciada.
La normalización genérica butleriana asigna un lugar binario (masculino o femenino) al cual uno está obligado por un reglamento de género tácito a repetir a través de un modo de habitar el mundo (moverse, hablar, caminar, tener ciertas cualidades o gustos, etc.), una expectativa que debe cumplirse sobre el “ser masculino” y el “ser femenina”; en otras palabras, la performatividad de género es un proceso de iteración que lleva todo el tiempo a producir y reproducir las normas del género que nos fue asignado y cualquier transgresión o “falla” en esta repetición (amaneramiento, cadencia al caminar o el hablar, preferencias “anormales”, etc.) implica un riesgo permanente de castigo social (hostigamiento, burla, acoso) o legal (criminalización).
En la filosofía de Butler existe un performativo fuerte inserto en una dinámica propia de las sociedades de fines del siglo XX construida sobre los principios pragmáticos y ambientales de la racionalidad de gobierno liberal estadounidense. En este sentido, la única posibilidad de libertad para Butler estará reducida al término agency (agencia), es decir, a la posibilidad de actuar de manera resistente subvirtiendo la norma de género a la cual fuimos asignados al nacer, de allí que sea clave para la pensadora estadounidense el personaje conceptual de la drag queen. De la misma manera que el término queer (marica, raro, loca) es recuperado y resignificado desde el orgullo, la drag queen muestra mediante su performance paródica de feminidad la falla de la performatividad de género en tanto hace explícita la ausencia de naturalidad en materia sexo-genérica, por eso es que podemos decir con Butler que la drag queen es una failed copy (copia fallida, un error en la matriz de repetición del género) que opera como una cuña haciendo implosionar a todo el edificio teórico que pretende hacer pasar por natural algo que no lo es. De esta forma, es posible sostener que en Butler cualquier expresión de género es una forma de drag. Todo se trata de una escala de performatividad (de la cual la drag es el extremo paródico) pero nadie, en la medida en que fue asignado a una matriz binaria genérica, está exento de no performar su masculinidad o feminidad cuando sale al mundo.
No hay forma de comprender la filosofía francesa contemporánea, según Éric Marty, sin dar cuenta del concepto de lo Neutro
No hay forma de comprender la filosofía francesa contemporánea, según Éric Marty, sin dar cuenta del concepto de lo Neutro que define al grado cero como el “término neutro” que el lenguaje añade a los elementos de una polaridad, por ejemplo, así como todas las personas gramaticales se constituyen por la oposición del plural y el singular (yo/nosotros, tú/ustedes, el-ella/ellos-ellas), el se (on en francés) se coloca en una posición de grado cero que neutraliza tanto el paradigma del singular como del plural, de igual modo que suspende la bipolaridad masculina/femenina. Según Marty: “Lo Neutro es entonces una especie de arma conceptual extremadamente eficaz y profundamente agresiva de expresión contemporánea del mundo al que en lo sucesivo es preciso enfrentar”. Para Marty el recurso conceptual de lo Neutro se convierte en un instrumento que tiene por finalidad la desregulación de las oposiciones tradicionales que fundan la diferencia sexual, de igual modo que es la condición de posibilidad para fundar un “sujeto perverso”. La clave para comprender “el sexo de los modernos”, es decir, de los individuos de la segunda mitad del siglo XX en adelante, será precisamente esta cualidad neutral. Esta neutralización del paradigma de la diferencia sexual hallará en la proliferación de subjetivaciones alternativas su personificación más palmaria.
Si el neurótico es el hombre moderno alienado y entronizado como víctima, el “perverso”, por el contrario, ofrece la salida, la fuga para escapar a la enfermedad contemporánea de la neurosis. Gilles Deleuze y Félix Guattari en El Anti-Edipo (1972) emplearán la noción de “esquizo”, que si bien se prestaba a malentendidos (los autores remarcan que no hace referencia al esquizofrénico clínico), permite una convergencia con cierto eco aristocrático y dandy que anticipa al queer estadounidense. Suerte de “proto-queer” impregnado de la cultura europea pero anarquista y pop, la figura del esquizo vanguardista encuentra su territorio propicio en el devenir minoritario como despliegue de la potencia y la afectación mutua de las singularidades.
La forma constante que permite ilustrar esta subjetividad “perversa” en la filosofía de Deleuze y Guattari será la del huevo: expresión del cuerpo neutro, el huevo es el objeto presente en casi todos los libros de Deleuze (con y sin Guattari) como encarnación de lo pre-individual y pre-subjetivo. Carente de interior, el huevo es pura inmanencia y superficie iluminada de una anatomía desgenitalizada. El “se” (on) impersonal es tan anorgánico como el huevo deleuziano. Además, lo esférico del huevo nos conduce desde el presente al mito del Andrógino de Platón fundado en una figura análoga que contenía dentro sí la masculinidad y la feminidad.
Del lirismo de lo Neutro podemos arribar a una dinámica más fría y menos romántica que reside en la “etapa liberal” de Michel Foucault. En este punto comenzamos a visualizar con nitidez el cruce entre lo queer y lo liberal. Desde 1977 en adelante nos encontramos con un Foucault que acentúa su vocación anti-marxista (“hay que deshacerse del marxismo”, señala en 1978) y produce un giro en su analítica del poder para pensar en términos de reversibilidad de las relaciones de mando y obediencia. Se trata de un paradigma de la gubernamentalidad que deja al costado una mirada de herencia más bien nietzscheana (lucha) a fin de alejarse de esta tensión de saber/poder en favor del binomio verdad/gobierno. Este viraje implicará una desustancialización del poder (exento del imperativo de la violencia) para pensar en relaciones normativas como posibles juegos estratégicos que permitan modificar los roles que cada uno ocupa en la situación.
Esta nueva apuesta metodológica se da a la par de la confluencia del Foucault maduro con ciertas posiciones liberales que se agudizan en anécdotas contundentes (su distanciamiento de Deleuze, su cercanía con los “nuevos filósofos”, su anticomunismo cada vez más explícito, su hospitalidad con los disidentes soviéticos en Francia, su crítica a la Union de la gauche, su defensa de los derechos de los gobernados, etc.). Este proceso personal, teórico y político puede ser visto como una necesidad por parte de Foucault de “salir de Europa” fugando a través de Estados Unidos: devenir californiano. Hablamos del país norteamericano de fines de la década de 1970 y comienzos de 1980, en los años previos a la llegada de la administración Reagan y en medio del auge del neoliberalismo como innovación conceptual que el filósofo captó con lucidez en sus clases del curso Nacimiento de la biopolítica impartido en el Collège de France en 1979. En dicho seminario Foucault define a la sociedad efecto de la gubernamentalidad neoliberal, particularmente estadounidense, como aquella que opera a través de una optimización de las diferencias y una tolerancia hacia las prácticas minoritarias, una sociedad que ya no responde a un esquema disciplinario ni punitivo, sino, por el contrario, cuya matriz se asienta en una regulación ambiental que deja hacer a los agentes en el plano personal. Al respecto Éric Marty señala lo siguiente:
En este aspecto, para él [Foucault] el desplazamiento geográfico es tan esencial como el desplazamiento ideológico. Cuando se trata del neoliberalismo, dejamos el continente europeo –donde el neoliberalismo alemán no tiene fuerza de ruptura- y nos trasladamos al continente americano, que no es solo el terruño neoliberal, que no será solo el terruño de los gender o del pensamiento queer, sino el suelo destinado a enterrar para siempre el pensamiento europeo. La secuencia abierta por los años 1978-1979 será para Foucault, y hasta su muerte, un período de americanización, a contrapelo del antiamericanismo que es uno de los ethos del pensamiento francés.
En términos psicoanalíticos, lo Real sin Ley es el punto de cruce entre el Foucault liberal y la teoría queer de Butler. Entre la California de la subcultura gay leather que fascinó a Foucault y la New York de las drag queens que sirvió de material reflexivo a Butler, nos encontramos con claves comunes, a saber: tanto la analítica foucaultiana del liberalismo como la teoría queer butleriana se asientan sobre un marco común comportamental. El poder que determina ambas miradas no es pensado desde una dinámica de la dominación unilateral sino en tanto juego estratégico que permite otras formas de ser masculinos o femeninas; en este sentido, el mercado es la representación más clara del espacio polimorfo y heterogéneo. El territorio estadounidense posibilita la emergencia de nuevas masculinidades y feminidades que la leather queen y la drag queen encarnan desde performatividades que resultan nuevas a los ojos de Foucault y Butler.
Foucault nos muestra que las relaciones de poder son inestables, reversibles, no fijas, al mismo tiempo que la verdad es efecto de una lógica lúdica. Esta descripción no parece muy lejana de la teoría queer butleriana: relaciones moduladas individualmente en tensión permanente entre la asignación del inicio y la potencial transgresión en términos de subversión de género, vale decir, la agencia como ejercicio de autonomía. Esta nueva concepción de poder que Foucault postula desde 1977 en adelante será la condición de posibilidad para el surgimiento de la teoría queer. De hecho, el mismo léxico pragmático y liberal que Foucault adopta a menudo en sus textos de fines de los setentas es convergente con los términos butlerianos deudores de una mirada comportamentalista y funcional que debe mucho, quizá involuntariamente, al discurso managerial (empowerment, agency, self-making).
Para el Foucault liberal el modo de vida gay será más determinante que el acto sexual, la ascesis homosexual protegida del resto de la sociedad es lo que Foucault valora de la sociedad californiana. La masculinidad gay de los clones mostachudos con músculos hipertrofiados que supo ilustrar Tom of Finland son el símbolo de esta amistad como modo de vida que el filósofo francés descubrió en los reductos sadomasoquistas de San Francisco. La creación de placeres en Foucault obtiene su consecuente realización en una mirada sobre lo masculino que no se centra en la genitalidad sino, por el contrario, en los juegos estratégicos hedonistas, algo que el pensador francés veía en el BDSM.
Hay en Butler una tensión irreductible entre un sociologismo inflexible e imperativo en el cual el género es socialmente construido por la asignación performativa y, al mismo tiempo, un anarquismo eufórico que permite la agencia como expresión de la libertad de resistencia individual a la asignación sexo-genérica.

Subsiguientemente, la pregunta que nos podemos formular es la siguiente: si el género en rigor es una construcción al interior de la cultura liberal estadounidense, ¿la subversión y modificación de las relaciones de poder binarias sexo-genéricas no es también otra posibilidad que permite la gubernamentalidad liberal tal como Foucault dejó al descubierto y no una forma de salir de ella? En otros términos, hay en Butler una tensión irreductible entre un sociologismo inflexible e imperativo en el cual el género es socialmente construido por la asignación performativa y, al mismo tiempo, un anarquismo eufórico que permite la agencia como expresión de la libertad de resistencia individual a la asignación sexo-genérica.
Es la misma dinámica de la performatividad la que al producir y reproducir todo el tiempo las normas de género, permite, paradójicamente, mutaciones (como un virus) en este proceso iterable en el cual la drag queen es la heroína. El universo butleriano será un lugar de interacciones entre los individuos y el espacio social. La paradoja de Butler es notoria: la noción de género se constituye al mismo tiempo desde una visión opresiva (uno es asignado a un género y obligado a performarlo a riesgo de ser castigado si no lo hace), a la vez que es precisamente este develamiento del carácter constructivo lo que permite sublevarse y “desarmarse” para construirse en una dirección diferente a la asignación a la cual uno fue sometido. Por ejemplo, el devenir de una identidad masculina asignada por parte de una autoridad externa hacia una configuración personal de una identidad femenina por parte de la afirmación de uno mismo es producto del mismo proceso. Por tanto, es posible concebir, lejos de las lecturas hegemónicas del feminismo y del antifeminismo, la filosofía de Butler más como un efecto del liberalismo de la sociedad estadounidense que como una posición partidaria del antiliberalismo.
En su reciente libro ¿Quién le teme al género? (2024), Judith Butler pareciera dejar en evidencia algo que ya era rastreable desde El género en disputa (1990): la apelación a la potencia de la libertad desde el género. Precisamente, la obsesión persecutoria sistemática por parte de las nuevas derechas sobre esta cuestión revela un profundo miedo a lo que cuerpos libres y autodeterminados pueden lograr en conjunto. Frente al orden natural y la propiedad privada como principio absoluto que pasa por encima de la dignidad humana del paleolibertarismo, la teoría queer responde con la autonomía corporal y la performatividad como agencia, es decir, su “orden artificial” no es solo una forma de resistencia sino una invención de nuevas formas de libertad que saca de quicio al pensamiento reaccionario, naturalista y binario que se desespera al visualizar la potencia insurreccional desplegada en lo queer.
De hecho, la relación entre sexualidad y poder es algo visible en las políticas de Viktor Orbán en Hungría donde lo “natural”, que debe ser protegido desde el Estado, es una heterosexualidad reproductiva en tanto reflejo de una nación (letra que también escuchamos en el discurso homofóbico de Milei en Davos). Se trata de una concepción cultural e identitaria de lo “natural” inescindible de una forma de concebir una política de restauración de la “familia tradicional” con un componente de segregación de los inmigrantes. Negar la existencia de las personas intersexuales que nacen con esa condición anatómica es disputar lo biológico desde la cultura reaccionaria, algo evidente en la narrativa “anti-género” de las nuevas derechas que parecen estar obsesionadas por la genitalidad. La teoría queer, inversamente, acepta como dato fáctico que hay personas intersexuales y transexuales que no tienen que ser “corregidas” de acuerdo a un patrón binario de masculinidad y feminidad. Como afirma Butler: “Quienes tienen miedo del género saben que este también encierra una promesa de libertad”. Lo queer encarna desde una ontología de lo neutro una forma libertaria cuya fuerza puede reinventarse hacia modos cada vez más liberales, democráticos e innovadores donde el deseo, el placer y el amor se tornen las armas contra las tendencias reaccionarias actuales que buscan cercenar esta potencia que está más allá de lo masculino y lo femenino.
Negar la existencia de las personas intersexuales que nacen con esa condición anatómica es disputar lo biológico desde la cultura reaccionaria, algo evidente en la narrativa “anti-género” de las nuevas derechas que parecen estar obsesionadas por la genitalidad.