Lo duro y lo blando

¿Qué clase de héroes puede producir una civilización que ha hecho de la paz, el bienestar y la prolongación de la vida sus mayores aspiraciones? Un recorrido por la antigua oposición entre dureza y blandura, desde Ovidio y Roma hasta Bowie, Joyce y los héroes contemporáneos.

por Pablo Maurette

Mirémonos al espejo: somos blandos. Sí, incluso usted, mi estimado, mi estimada, que quema las horas en el gimnasio inflando los bíceps y los deltoides. Y usted que ganó la heroica batalla contra esa grave enfermedad. O usted, el de ahí, con todo respeto, que padeció la muerte de un ser querido, transitó parsimonioso el luto, se sobrepuso y salió adelante. Sin desmerecer vuestra fuerza de voluntad, vuestra resiliencia, sería una necedad negar que la nuestra es una civilización blanda, desacostumbrada al dolor, alegremente ignorante de la muerte y enemiga intransigente de todo uso de la fuerza bruta. Nuestro sueño colectivo, unánime, es vivir más, mejor y al resguardo de toda violencia. Y, a pesar de la estridencia de discursos apocalípticos acerca de la crisis climática y la tiranía inminente de la Inteligencia Artificial, en el fondo de su alma, que es todavía irremediablemente positivista, nuestra blanda civilización sigue convencida de que la carrera del progreso continúa. Puede incluso que “civilización blanda” sea un pleonasmo, pero dejemos esto para más adelante. 

El episodio que describiré a continuación tuvo lugar en Padua, pero bien podría haber sucedido en Alicante, en Toulouse o en cualquier otra ciudad próspera de la Europa mediterránea. Hace un par de semanas, estaba allí por un asunto libresco y salí con amigos a tomar algo. El aperitivo véneto es una liturgia sencilla y de lo más amena. El lector en España o en Argentina sin duda encontrará similitudes con tradiciones propias, pero, por las dudas, lo voy a describir en detalle: se queda con un grupo de gente como uno, se elige un bar (con terraza, si el tiempo lo permite), se busca una buena mesa, se pide algo de beber (Campari o Cynar con soda, Negroni, una cervecita bien fría, una copa de vino o de prosecco, cualquier cosa excepto Aperol Spritz, que es lo que toman los norteamericanos), se pide también una selección de cicchetti (la versión véneta de las tapas) y se da comienzo a la conversación. En nuestro caso, tratándose de un grupo de gente sobreeducada, la charla giró en torno a cuestiones culturales. El contexto era propicio. Padua fue la patria de Tito Livio, hospedó a Dante y a Giotto (que produjo allí su obra maestra, los frescos de la Capilla de los Scrovegni) y su universidad, donde enseñaron Galileo y Vesalio entre muchos otros, es famosa por haber sido un faro de innovación, de libre pensamiento y de tolerancia en épocas oscuras. Después de la Segunda Guerra Mundial, la región del Véneto dio un gran salto hacia adelante y se convirtió en una de las más ricas de Italia, que es hoy la octava economía mundial. No exagero cuando digo que la calidad de vida en estas ciudades de provincia, en el norte de la península itálica, es de las más altas del mundo. Lo cierto es que estábamos en un bar sobre la elegante Piazza dei Signori, rodeados de pura belleza y sofisticación, y hablábamos de literatura. Alguien hizo un encomio de Milan Kundera, se criticó a la editorial Adelphi, que parece haber perdido el rumbo tras la muerte de Roberto Calasso, y como no podía ser de otra manera se deploró la decadencia absoluta de la cultura en tiempos de redes sociales e Inteligencia Artificial. En medio de estas lamentaciones, estériles y redundantes como suelen ser las lamentaciones, uno de los presentes (lo llamaré El Anticristo en honor al librito de Nietzsche) propuso que imagináramos la escena siguiente: “De pronto, por las callejuelas que desembocan en la piazza, empiezan a aparecer soldados rusos armados hasta los dientes. Se trata de un batallón formado por mercenarios norcoreanos, asesinos en serie, violadores y demás psicópatas apenas liberados de cárceles y manicomios de todo Rusia para castigar al Occidente ateo, arrogante y degenerado. Italianos e italianas bien alimentados, de piel lustrosa, cabello sano y dentaduras alineadas, todos con título universitario, no logran comprender lo que ven: Rusia está invadiendo la OTAN. Enjambres de drones bombardean los edificios. Los soldados disparan y luego degüellan a los caídos con cuchillos tipo Rambo, violan a las mujeres, las balas de AK-47 deshacen cráneos y esternones, se forman lagos de sangre y de orina con islotes de vómito y de masa encefálica”. Aquí, uno de los presentes apoyó la copa de prosecco sobre la mesa e hizo un gesto de disgusto. La verdad es que a nadie le gustaba la deriva que había tomado la charla. “La gente corre, grita, llora, no sabe qué hacer, parece ciencia ficción distópica, pero es la terrible realidad”, insistió El Anticristo. “¿A qué viene todo esto?”, preguntó el ofuscado. Y el otro respondió: “A que no estamos ni remotamente preparados para el horror que puede desatarse en cualquier momento. Es una rareza en la historia del género humano; dos, tres generaciones que no conocen el infierno. Mirá a tu alrededor, ¿ves a alguien con pasta de héroe? ¡Es muy peligroso habernos desacostumbrado al infierno! Así se extinguen las civilizaciones. Ojalá que Putin nos despierte de nuestro letargo”. 

A pesar de la estridencia de discursos apocalípticos acerca de la crisis climática y la tiranía inminente de la Inteligencia Artificial, en el fondo de su alma, que es todavía irremediablemente positivista, nuestra blanda civilización sigue convencida de que la carrera del progreso continúa.

Aclaro que El Anticristo no es realmente un catastrofista, ni siquiera es putinista como algunos italianos de extrema izquierda o de extrema derecha. Este sujeto es un simple provocador. Si tuviera redes sociales sería un troll, pero aborrece tanto del mundo contemporáneo que ha logrado (y en esto lo admiro) mantenerse completamente al margen de la aldea virtual. A la hipótesis morbosa de un ataque ruso en pleno aperitivo le siguió una filípica de corte nietzscheano en la que denunció el alma blanda y corrupta del mundo contemporáneo, el deseo pútrido de paz, el afán cobarde de compromiso, la despreciable ambición de bienestar perenne, el hábito decadente del turismo, la pasión por la gastronomía, la gentrificación de Berlín y de Madrid, el café de especialidad, las panaderías Gluten Free, etcétera, etcétera. El ofuscado lo acusó de hipócrita, y con justa razón. “Te la pasás viajando (¡acabas de volver de Camboya!), te encanta ir a comer afuera, ¡mirá lo que te pediste! (dijo señalando el daiquiri de frutos del bosque que bebía El Anticristo); sos un bon vivant, caradura”, le espetó. Y un tercero agregó: “¿Sabés lo que harían los muchachos del Grupo Wagner si te agarraran en tu casa con tu noviecita historiadora del arte y tu biblioteca políglota y tus DVDs de la Criterion Collection y tu colección de jabones y cremas humectantes?”. Luego pasamos a temas más ligeros y, al final de la velada, estábamos todos de excelente humor. 

Pero quedó pendiente la cuestión de lo duro y de lo blando. 

El miedo al reblandecimiento, que mi amigo El Anticristo ilustró de manera tan perspicua durante aquel copetín padovano, tiene su historia. En el libro cuarto de las Metamorfosis, Ovidio narra el mito de Salmacis, una ninfa acuática que se enamora del bello Hermafrodito y, ante el rechazo del efebo, lo aferra con todas sus fuerzas, lo hunde en una fuente y les pide a los dioses que la fundan con él para siempre. El deseo se le concede y los dos se transforman en uno, pero justo antes de la metamorfosis, Hermafrodito lanza una maldición: “Quien quiera que a estas fontanas hombre llegara, que salga de aquí semihombre y súbitamente se ablande al tocar las aguas”. Es probable que el mito de Hermafrodito y Salmacis tuviese como fin explicar la razón por que los guerreros no debían bañarse en la fuente Salmácide, en Halicarnaso, cuyas aguas tibias y mineralizadas tenían propiedades relajantes que volvían tiernos y calmos a los espíritus fieros. Entre los romanos de fines del siglo I a.C., el miedo a volverse afeminados era un lugar común que se utilizaba a menudo como propaganda política. Augusto forjó una ética recia y austera mediante la construcción de un relato sumamente eficaz que exaltaba los valores de la Roma primitiva, guerrera y campesina, contra las degeneradas costumbres orientales adoptadas por alguien como Marco Antonio, a quien se representaba en Alejandría, echado sobre un diván en una bata de seda mientras las esclavas de Cleopatra lo untaban con aceite, lo maquillaban y le hacían trencitas. La seda jugaría un rol importante en esta querella cultural. En el año 14 d.C. (Ovidio ya estaba en el exilio y moriría poco después), el emperador Tiberio prohibió a todos los hombres vestirse con ropa de seda pues temía que la suavidad del material promoviese el relajo de las costumbres y el afeminamiento. Unos siglos más tarde, dos padres de la Iglesia, Tertuliano y Clemente de Alejandría, también apuntarían contra la seda y contra el lujo en general, aludiendo al hecho de que ablanda y corrompe. El confort es una tentación del diablo. El hombre de fe se enfunda en un cilicio y pasa los años de pie, mortificándose en penitencia. En la Inglaterra de Jacobo I, cuando la seda era el producto de importación más valioso y codiciado, parlamentarios puritanos declamaban contra la costumbre aberrante de la ropa de lujo y, en especial, de los vestidos holgados. Conviene recordar que el boom de la seda en Inglaterra, a comienzos del siglo XVII, fue una de muchas consecuencias de la paz con España, que impulsó el comercio exterior y dio lugar a una nueva y pujante aristocracia, ávida de bienes de lujo, ocio y confort. 

No faltaron quienes atribuyeron la derrota clamorosa en la guerra del Peloponeso al refinamiento excesivo de la sociedad ateniense durante el siglo de Pericles. Y, en la antesala de la Primera Guerra Mundial, muchos jóvenes de temperamento explosivo (los futuristas, por ejemplo) condenaban el bienestar y el confort como síntomas de la decadencia de Europa y clamaban por un futuro mecanizado y violento, pero al menos vital, estimulante. La paz te ablanda y te adormece, la guerra te despierta, te endurece, rezaban los panfletos futuristas. En tiempos de guerra se forjan las grandes épicas personales y nacionales, se ve y se palpa el sentido avasallante del sacrificio. La guerra es una eucaristía que transforma a los caídos en héroes cuyas gestas viven por los siglos de los siglos primero como historia, luego como mitología. Raramente hay espacio en los libros de historia (parafraseo a Hegel) para los tiempos de paz y de bonanza. Esto nos lleva a un dilema, pues el ser humano para dar sentido a su vida, que desde la perspectiva de la historia universal es, en el 99.9% de los casos, absolutamente insignificante y, en el 100% de los casos, ridículamente breve, necesita a toda costa convencerse de que vive en tiempos extraordinarios. Y una de las maneras más efectivas de hacerlo es mediante la creación de figuras heroicas que, por una parte, evidencian la cualidad extraordinaria del presente y, por la otra, garantizan la permanencia en la memoria colectiva. Pero, en el mundo contemporáneo, esta necesidad de sentirse parte de una época excepcional (aquello que el filósofo argentino Santiago Gerchunoff denominó provincianismo histórico) se da de bruces con el instinto de supervivencia y con el afán de bienestar. Hoy, en occidente, nadie medianamente cuerdo, de poder elegir, preferiría vivir en tiempos de guerra; ni siquiera si esto le asegurara que la memoria de sus tiempos resonase para siempre. La decisión de Aquiles, que elige morir joven en la batalla y perdurar eternamente a través de la poesía antes que vivir una vida larga y apacible, no es más que una excentricidad de la mitología para una cultura que ama la vida por sobre todas las cosas. Entonces, ¿cómo se satisfacen ese afán de relevancia y esa necesidad de perdurar en tiempos sin sacrificio? ¿Cómo se construye el mito del héroe en tiempos de paz? Y, ¿quiénes son los héroes blandos?

La decisión de Aquiles, que elige morir joven en la batalla y perdurar eternamente a través de la poesía antes que vivir una vida larga y apacible, no es más que una excentricidad de la mitología para una cultura que ama la vida por sobre todas las cosas. Entonces, ¿cómo se satisfacen ese afán de relevancia y esa necesidad de perdurar en tiempos sin sacrificio? ¿Cómo se construye el mito del héroe en tiempos de paz? Y, ¿quiénes son los héroes blandos?

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La primera respuesta y la más obvia es: el individuo común y corriente. A falta de dioses, de sacrificios y de épica, la modernidad secular da vuelta la tortilla y hace del hombre común, un héroe. We can be heroes just for one day, escribió David Bowie. La literatura es la incubadora donde se gestan los héroes para luego salir al mundo convertidos primero en personajes del inconsciente colectivo y, por fin, en mitos. Alonso Quijano acaso sea el primer ejemplo y el más genial del héroe pedestre, aunque hay pocos que ilustren mejor que Julien Sorel la maniobra moderna. El protagonista de Rojo y negro es hijo de un carpintero; un joven bello y ambicioso, amante de la lectura, como el Quijote, y fanático de Napoleón Bonaparte. Sorel se identifica a tal punto con Napoleón que su heroísmo se establece en esa relación de proximidad referencial. El héroe metonímico de Stendhal prefigura los dos mayores monumentos literarios del siglo XX, Ulises, de Joyce, y la Recherche, de Proust, ambos protagonizados por individuos comunes y corrientes. En el caso de Joyce, la referencia explícita a La Odisea reconfigura el modelo de épica posible en un mundo sin más allá, así como la figura del héroe de nuestro tiempo: un hombre que va a la carnicería, asiste a un entierro, almuerza en un bar, se masturba en la playa. Proust, por su parte, retoma el modelo del héroe perezoso y supino, nacido con Oblomov, y le da un giro bergsoniano. La noción del héroe común y corriente, que parecería un oxímoron, se aprecia también en otras manifestaciones del imaginario cultural hasta imponerse como lugar común en el habla cotidiana. Es así como se convierten en héroes los futbolistas que dan vuelta un resultado adverso, los actores que hacen beneficencia o el vecino que rescata a un perro durante una inundación. La cadena CNN tiene un especial anual titulado Heroes que celebra a personas que hacen el bien sin mirar a quién: enfermeras que trabajan horas extra, bomberos voluntarios y asistentes sociales ad honorem. El elemento que brilla por su ausencia en la caracterización del héroe blando es la disponibilidad frente a la muerte. 

Según la antigua creencia griega (de allí nos viene la palabra) los héroes, a diferencia de los dioses, son mortales; precisamente, su heroísmo radica en el hecho de que se juegan la vida. Esta apuesta entusiasmada solo puede darse si el héroe tiene fe en algo que lo trasciende. Y este “algo”, en el caso del héroe griego, es la gloria y el honor, no el bien común. Puede darse que la gloria coincida con el bien común (pienso en el cuento de Hércules y Caco), pero esta es otra historia. Lo cierto es que, si no pone en juego la vida con orgullo y entusiasmo, no es un héroe. Quien se arroja al mar para rescatar a alguien que se está ahogando y muere en el intento, no es un héroe; es un valiente. De un lado, porque su osadía fue un último recurso; de haber podido, sin duda que habría preferido salvar al otro sin arriesgar el pellejo. Del otro, porque lo hizo por el bien común y no por la gloria. El héroe camina hacia la muerte feliz y contento porque tiene fe en la trascendencia. La modernidad occidental, al acabar con toda trascendencia, se vio obligada a reconfigurar al héroe y transformarlo en poco más que un buen tipo, altruista y, en el mejor de los casos, corajudo. 

A falta de dioses, de sacrificios y de épica, la modernidad secular da vuelta la tortilla y hace del hombre común, un héroe. We can be heroes just for one day, escribió David Bowie. La literatura es la incubadora donde se gestan los héroes para luego salir al mundo convertidos primero en personajes del inconsciente colectivo y, por fin, en mitos.

Pero hay una segunda respuesta a la pregunta por la identidad de los héroes blandos. Y aquí sí que la reversión es radical. Héroes son hoy también las víctimas. Si el héroe clásico es el que lleva a cabo hazañas (las doce tareas de Hércules son el modelo del heroísmo antiguo) y el héroe moderno va a la carnicería y pasea por Champs-Élysées, el héroe contemporáneo no solo no hace, sino que padece. Así es como son héroes los sobrevivientes de grandes y pequeñas catástrofes, quienes han sufrido abuso, quienes han sido maltratados y discriminados y subyugados. Esta idea del héroe pasivo se sublima en la nueva tendencia de los grandes estudios de cine, que ofrecen refritos de los superhéroes tradicionales con actores que representan a minorías históricamente relegadas. 

La misteriosa transubstanciación que hace de las víctimas héroes solo se puede entender como epifenómeno de una civilización que lleva ochenta años o más (mucho más en el caso de los Estados Unidos) sin conocer la realidad de la guerra en la puerta de casa, que aumenta año tras año su expectativa de vida, que perfecciona día tras día, gracias al ingenio farmacéutico, la lucha contra el dolor físico y anímico, que ya no está obligada a lidiar con la muerte –la muerte sucede a puertas cerradas, en ambientes asépticos– y que divide su tiempo como un anfibio entre la dimensión anteriormente conocida como mundo real y la dimensión virtual, donde todo se mezcla, se iguala y se resignifica, donde cualquier cosa puede querer decir cualquier otra, y donde el placer y el dolor se dan el lujo de prescindir del sentido del tacto.  

Sugerí en el comienzo que “civilización blanda” acaso sea un pleonasmo. En El artista, un ensayo de 1914, Thomas Mann establece una distinción entre cultura y civilización. Y afirma que la cultura puede abarcar los oráculos, la magia, la pederastia, los sacrificios humanos, la Inquisición, el auto de fe, la brujería y las atrocidades más variopintas (hoy agregamos, por supuesto, la Shoah). En cambio, la civilización es razón, desapego, ilustración, escepticismo. Mientras que la cultura es sanguínea, la civilización es flemática, para decirlo con la teoría humoral. En síntesis, Mann concibe la civilización como una túnica de seda que recubre a la cultura y la asfixia resultando en la disolución del espíritu. 

Dos apreciaciones respecto de esto: la primera es que Mann posiblemente tenga razón. La segunda es que, como dice el refrán, aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Por más maquillaje que nos pongamos, por más capas de seda que nos adornen, ahí abajo siempre está eso que Mann llama cultura y que Nietzsche llamaba el impulso dionisíaco, el ímpetu violento y despiadado del animal que en el fondo somos. La historia demuestra que a veces basta apenas una chispa para que se encienda la hoguera y la túnica de seda se convierta en la camisa envenenada del centauro Neso. Y es precisamente por esto que, aunque se nos excluya de todos los libros de historia del futuro (tal vez exagero; podemos imaginar una frase de relleno entre los párrafos dedicados a la Segunda y a la Tercera Guerra Mundial, que diga “Hay quienes creen que por aquellos años se inventó internet”), aunque no sobreviva de nosotros en la memoria grande ni un nombre ni un detalle, aunque no quede de todo esto absolutamente nada, tenemos que sentirnos inmensamente afortunados de ser blandos por la simple razón de que la alternativa es atroz; y la vida en el mundo de los duros, como decía el Gran Leviatán, “solitaria, pobre, inmunda, animalesca y corta”. 

En el ensayo sobre la crueldad, Montaigne se lamenta porque a la gente le divierte ver animales que se destrozan y se matan, pero a nadie le interesa ver animales que retozan y juegan. Algo similar escribió Séneca luego de una tarde en el circo romano. Pienso que, a Montaigne, que vivió la violencia indecible de las guerras de religión y fue testigo presencial de la masacre de San Bartolomé, le hubiese encantado la cuenta de Instagram @animaledventures, donde encuentro un video delicioso de dos nutrias que remolonean y se hacen mimos. 

Aunque no sobreviva de nosotros en la memoria grande ni un nombre ni un detalle, aunque no quede de todo esto absolutamente nada, tenemos que sentirnos inmensamente afortunados de ser blandos por la simple razón de que la alternativa es atroz; y la vida en el mundo de los duros, como decía el Gran Leviatán, “solitaria, pobre, inmunda, animalesca y corta”.