Las tres almas de la Revolución Estadounidense

De Jefferson a Martin Luther King, de Hamilton a Rothbard: a 250 años de su independencia, Estados Unidos podría encontrar en las tensiones fundacionales de su propia revolución una salida al nacionalismo defensivo trumpista.

por Luis Diego Fernández

Es posible afirmar que en el 250º  aniversario de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de América, proclamada el 4 de julio de 1776, resulta evidente que la Revolución de las trece colonias norteamericanas contra Gran Bretaña es un acontecimiento que no pertenece a una sola tradición política. Desde Thomas Jefferson y James Madison hasta Murray Rothbard y Martin Luther King, la Revolución de los Estados Unidos ha funcionado como un canal abierto y vivo capaz de alimentar proyectos libertarios, republicanos y progresistas. Precisamente por eso, ante el eventual fin de la hegemonía estadounidense, el gran país del norte podría encontrar en las múltiples filiaciones de su propia historia revolucionaria una alternativa para su reinvención frente al nacionalismo defensivo trumpista. Más que recuperar la idílica “grandeza” del imperio perdido, lo que podría revitalizar a los Estados Unidos es la libertad, la igualdad y la fraternidad desde la actualización de las tres almas que constituyeron la Revolución Estadounidense, en cuyos orígenes conviven tensiones entre la libertad individual, el autogobierno republicano, la democracia participativa y la construcción de una potencia de escala mundial.  

Los Padres Fundadores aportarán los diferentes colores que componen la paleta revolucionaria americana: con Thomas Jefferson asistimos a la prioridad de los derechos naturales, la libertad, la autonomía individual y la descentralización gubernamental; a partir de James Madison se torna visible la defensa de la república, el pluralismo, las instituciones y los controles al ejercicio del poder; con Alexander Hamilton la construcción de un Estado nacional con capacidad financiera y la expansión de una potencia centralizada con poderío militar resulta imprescindible. Desde su emergencia, es evidente, no existe una sola interpretación de 1776 porque tampoco existió una única Revolución Estadounidense. La tradición revolucionaria de los Estados Unidos es apropiada y releída desde posiciones ideológicas muy diferentes e incluso antitéticas. Su vocabulario asentado en palabras como “libertad”, “derechos” o “felicidad” es una muestra magnífica de lo que fue un verdadero experimento centrado en el autogobierno y la resistencia a la dominación que aún funciona como un cuerpo vivo, efervescente y en continua reformulación.

Tres textos constituirán los fundamentos filosóficos y políticos de la Revolución Estadounidense. En primer lugar, las obras de John Locke, que eran bien conocidas en las trece colonias americanas, serán cruciales; un libro fundamental como el Segundo tratado sobre el gobierno civil (1690) es clave para dejar en evidencia una materia prima social impregnada del concepto de iusnaturalismo, gobierno propio y rebelión contra el ejercicio de un poder tiránico. Sin embargo, la influencia lockeana adquirirá su aplicabilidad por parte de seguidores radicales de esas ideas como los whigs John Trenchard y Thomas Gordon, quienes entre 1720 y 1723, publicarán en Londres una serie de artículos periodísticos bajo el título de las Cato’s Letters (“Cartas de Catón”); en estas piezas de intervención política los autores llevarán el ideario lockeano al plano de la realidad del poder, señalando que todo gobierno siempre tiende a la destrucción de los derechos individuales. Los colonos estadounidenses leían los textos de Trenchard y Gordon con avidez y los veían como un testimonio de la advertencia contra un gobierno imperial que los asfixiaba con impuestos que fijaba de manera inconsulta. Recordemos que fueron precisamente cuatro tributos los que encendieron la mecha del ímpetu revolucionario: la ley del azúcar (1764), la ley del timbre (1765), las leyes Townshend sobre el papel, el vidrio, el plomo y las pinturas (1767) y la ley del té (1773). Tras la Guerra de los Siete Años contra Francia, el Parlamento británico pretendía sanear sus arcas obligando a las trece colonias a pagar por el gasto militar. El conflicto, más allá del monto económico, residía en el principio político que los revolucionarios proclamaban: los colonos no tenían legisladores en Londres por tanto consideraban injusto y abusivo tener que pagar sin poseer voz ni voto. El lema de la insurrección se instaló con rapidez: No taxation without representation (“No hay tributación sin representación”). El punto de quiebre llegaría el 16 de diciembre de 1773 con la revuelta del llamado “motín del té” en Boston en el que colonos disfrazados arrojaron cargamentos de la infusión al mar. A consecuencia de ello, el Rey Jorge III implementará medidas punitivas estrictas, cerrará el puerto y eliminará la autonomía de Massachusetts, volviendo inevitable el estallido de la guerra armada en 1775 entre el ejército de las milicias coloniales estadounidenses y Gran Bretaña. 

Desde Thomas Jefferson y James Madison hasta Murray Rothbard y Martin Luther King, la Revolución de los Estados Unidos ha funcionado como un canal abierto y vivo capaz de alimentar proyectos libertarios, republicanos y progresistas.

Además de la filosofía de Locke y las Cato’s Letters, un texto clave para configurar el temperamento revolucionario será El sentido común (Common Sense) de Thomas Paine. Editado el 10 de enero de 1776, este panfleto rápidamente adquirirá notoriedad a través de las 500.000 copias que circularán por todas las colonias que apenas tenían una población de dos millones y medio de habitantes. Paine aportará el elemento del radicalismo democrático, la soberanía popular y el igualitarismo republicano al caldo de cultivo insurrecto que será decisivo para que muchos colonos optaran por la independencia sosteniendo su posición a partir de cuatro elementos centrales en el texto: el rechazo total a la monarquía, el mito de que Gran Bretaña “cuidaba” a sus colonias cuando en rigor solo protegía sus intereses económicos, la crítica a un gobierno a la distancia sobre las trece colonias continentales y la idea de un destino que prefigura a América como la tierra de la libertad en el futuro.  

De Locke a Paine, pasando por las cartas de Trenchard y Gordon, este linaje intelectual opera como el cemento del espíritu revolucionario que alentó las diferentes batallas lideradas por George Washington entre 1776 y 1781 y que dotará de su singularidad al lenguaje de la Declaración de la Independencia redactada por Thomas Jefferson el 4 de julio de 1776, en la cual se proclama que todos los hombres han sido creados iguales por Dios, con derechos inalienables a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. De manera que los fundamentos de la Revolución Estadounidense impregnan esa histórica y hermosa frase jeffersoniana que da cuenta de la complejidad de las tres almas que anidan en el texto fundacional de los Estados Unidos, a saber: el alma libertaria, el alma republicana y el alma progresista. 

Dice Murray Newton Rothbard en el Manifiesto libertario (1973): “Así, los Estados Unidos, por sobre todos los países, nacieron de una revolución explícitamente libertaria, una revolución contra el imperio; contra el impuesto, el monopolio comercial y la regulación; y también contra el militarismo y el poder del Ejecutivo”. Rothbard, de este modo, leerá a la Revolución como una insurrección genuinamente representativa, quizá la única de la Historia, del libertarismo como filosofía política, en tanto se constituyó de modo explícito contra el Estado imperial británico, fundamentándose a partir de la defensa de los derechos naturales, la descentralización y los límites al poder estatal. El alma libertaria de la Revolución Estadounidenses beberá del jeffersonismo y el jacksonismo, del ya extinto Partido Demócrata-Republicano, que propugnaba la minimización del gobierno federal sobre la autonomía de los estados. En este sentido, desde el alma libertaria de la Revolución se verá a la Constitución de los Estados Unidos, creada en 1787 y aprobada por las trece colonias en 1789, como un paso atrás en el sentido que se la consideraba un giro contrarrevolucionario que centralizaba el poder estatal, otorgaba un poderío militar monopólico al presidente y generaba las condiciones para el desarrollo de una economía mercantilista e incluso confiscatoria. Los artículos de la Confederación habían sido en gran medida revertidos por la Constitución, perdiéndose de esta manera los fundamentos libertarios, liberales, antiimperialistas y descentralizados de la Revolución de 1776 a los cuales los libertarios consideran que habría que volver. Además, sin olvidar la concesión infame a la esclavitud producto de la necesidad de los estados sureños (Georgia y Carolina del Sur) que todos los pensadores libertarios del siglo XIX, desde Lysander Spooner hasta Henry David Thoreau, veían como una falla grave e inadmisible de la carta magna, ya que todos sin excepción levantaron la bandera del abolicionismo como la insignia más representativa del libertarismo de aquellos tiempos. 

Desde su emergencia, es evidente, no existe una sola interpretación de 1776 porque tampoco existió una única Revolución Estadounidense. Su vocabulario asentado en palabras como “libertad”, “derechos” o “felicidad” es una muestra magnífica de lo que fue un verdadero experimento centrado en el autogobierno y la resistencia a la dominación que aún funciona como un cuerpo vivo, efervescente y en continua reformulación.

Los elementos más notorios que constituyen el alma republicana de la Revolución Estadounidense se encontrarán en los artículos que forman parte de El Federalista entre 1787 y 1788. Firmados bajo el seudónimo de Publius, en rigor un colectivo compuesto por Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, estos ochenta y cinco textos sentarán las bases de la organización federal de los Estados Unidos. Las líneas filosóficas determinantes de El Federalista acentúan el control del poder mediante su división entre el ejecutivo y el legislativo, admitiendo dos legitimidades disímiles que provienen igualmente de la soberanía del pueblo. El Federalista da cuenta del origen del presidencialismo estadounidense pero también expresa la vocación de devenir una potencia militar por parte de Estados Unidos. De modo que el alma republicana estadounidense, al mismo tiempo que reconoce la necesidad del contrapeso y el control para evitar el poder absoluto de un ciudadano en ejercicio de la presidencia, alimentando la virtud cívica de la conciencia de que se vive bajo leyes creadas por los representantes del pueblo, también determina la necesidad de una centralización fuerte para hacer del país naciente de la Revolución una verdadera potencia a través de sus instituciones y su economía, en principio para no depender de otras naciones, pero luego fijando las condiciones de cierta deriva imperialista en los siglos posteriores. 

Martin Luther King Jr. resulta especialmente significativo al interior de lo que podríamos llamar el alma progresista de la Revolución Estadounidense en la medida en que el movimiento de derechos civiles de la década del sesenta apela a la promesa formulada en la Declaración de la Independencia de 1776 para universalizar la libertad y la igualdad hacia todos los hombres. La operación del Dr. King es conceptualmente potente: radicalizar la Revolución mediante la exigencia de hacer efectivo, en especial para la población afroamericana, el compromiso igualitario en términos de derechos de todos los seres humanos en tanto hijos de Dios, originalmente restringido y cuyo germen no había sido actualizado. El “lado B” de la Constitución, tolerando la esclavitud, es una concesión en particular hacia los estados del sur, cuya economía agrícola, particularmente algodonera, dependía de la mano de obra esclava. Con el paso del tiempo, lejos de disolverse esta infame institución antiliberal, tal como creían los Padres Fundadores, se profundizó. Los estadounidenses convivieron un siglo con esclavitud, hasta 1865, y un siglo más con la segregación racial, hasta 1964-1965, para finalmente arribar a un esquema político legítimamente progresista e igualitario que hiciera extensivo el lenguaje de la Declaración de la Independencia de modo efectivo a las minorías raciales, pero también a las mujeres y al movimiento LGBTQ+. De algún modo King expandió la potencia fraterna revolucionaria, contra la hipocresía de los Padres Fundadores, cuya grandeza no quita el hecho de que tuvieran esclavos y no modificaran esta situación en el momento inaugural de la Nación para preservar la unidad de los estados. Décadas después Barack Obama también recuperará el lenguaje de los Fundadores para narrar la ampliación progresiva de la ciudadanía y la democracia. El propio Obama será una consecuencia del alma progresista de la Revolución Estadounidense. Después de todo, la justicia social no es un cuerpo ajeno a la tradición revolucionaria de los Estados Unidos, como señaló John Rawls en Teoría de la justicia (1971): “nuestro tema es la justicia social. Para nosotros, el objeto primario de la justicia es la estructura básica de la sociedad o, más exactamente, el modo en que las grandes instituciones sociales distribuyen los derechos y deberes fundamentales y determinan la división de las ventajas provenientes de la cooperación social. Por grandes instituciones entiendo la constitución política y las principales disposiciones económicas y sociales”. 

De Rothbard a King, del libertarismo al progresismo, nos encontramos frente a un arco diverso que reclama para sí el legado de la Revolución Estadounidense y cuyos militantes, políticos e intelectuales más sobresalientes son todos legítimos herederos de la misma, aunque sus proyectos ideológicos sean totalmente opuestos. Por un lado, se puede llegar desde 1776 a una crítica radical del Estado y el Imperio; por el otro, podemos continuar un proceso no terminado en 1776, sino que apenas había comenzado, de ampliación continua de los derechos civiles. Esta característica múltiple del legado revolucionario permite sostener que la Revolución Estadounidense funciona menos como una doctrina cerrada que como un repertorio de principios susceptible de distintas interpretaciones históricas que se adaptan conforme los tiempos plantean nuevos desafíos. 

De Rothbard a King, del libertarismo al progresismo, nos encontramos frente a un arco diverso que reclama para sí el legado de la Revolución Estadounidense y cuyos militantes, políticos e intelectuales más sobresalientes son todos legítimos herederos de la misma, aunque sus proyectos ideológicos sean totalmente opuestos.

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En nuestro presente, el eventual desplazamiento de la primacía económica estadounidense por parte de China obliga a reconsiderar qué nos dice hoy en 2026 la Revolución Estadounidense. En este sentido, el trumpismo puede decodificarse como una respuesta decadente, defensiva, desesperada e incluso patética a la gradual pérdida de hegemonía de los Estados Unidos, abandonando la promesa de 1776 a través de la implementación de políticas abiertamente opuestas a las tres almas de la Revolución: proteccionismo, nacionalismo económico, populismo de derecha y retórica personalista. De America First a Make America Great Again, lo que en rigor se puede leer entrelíneas no es justamente una recuperación de la tradición revolucionaria por parte de este segundo acto del trumpismo, que para conservar una posición hegemónica se ve obligado al despliegue de una política económica engordada por aranceles y al despliegue de un Estado nacional hiperintervencionista tanto en el plano militar como en la seguridad interna. 

Quizá una alternativa para pensar qué nos dice hoy la Revolución Estadounidense sea recuperar el sentido jeffersoniano de la libertad: preservar la república y la autonomía política incluso si eso implica aceptar una reducción del poder centralizado y relativo estadounidense. Tal vez lo que nos diga hoy la Revolución, en plena etapa reactiva de los Estados Unidos, es que posiblemente sea necesario renunciar a la hegemonía para salvar lo mejor de las tres almas que la conforman. Estados Unidos puede seguir siendo una potencia entre varias, pero sin pretender ser ya la superpotencia que organiza el mundo. Lo distintivo de los Estados Unidos quizá actualmente ya no consista en perseverar en la separación del resto brillando como el país de la excepcionalidad superlativa americana, sino en demostrar que una república puede aceptar perder el primer lugar sin tirar a la basura lo mejor de sus fundamentos; es más, la pérdida de la hegemonía como superpotencia económica y militar a manos de China en las próximas décadas, quizá pueda verse como la oportunidad para una nueva reinvención del experimento americano acentuando los elementos libertarios, liberales, progresistas y fraternos sin la necesidad de oficiar de policía del mundo. 

Sería fascinante ver a un Estados Unidos más “pequeño” pero nuevamente revolucionario. La belleza de la Revolución Estadounidense, que me genera una profunda admiración por esas tres almas que encarnan lo mejor de los Estados Unidos, fue precisamente que no se trató de un tema de escala sino de intensidad en la actitud descolonizadora, antiimperial y al mismo tiempo insumisa con respecto a la autoridad externa a fin de fijar un gobierno propio prácticamente a ciegas y sin referencias en aquel mundo. Si las brasas revolucionarias aún conservan algún chispazo originario, un nuevo líder tendrá que alimentar ese fuego para que América sea libre otra vez. 

Si las brasas revolucionarias aún conservan algún chispazo originario, un nuevo líder tendrá que alimentar ese fuego para que América sea libre otra vez.