Las jóvenes modernas

Entre las páginas de revistas, los vagones del subte y las oficinas del centro porteño, las jóvenes modernas irrumpieron en el Buenos Aires de entreguerras como una figura inquietante y fascinante a la vez. Lejos de ser una abstracción, la modernidad se encarnó en prácticas cotidianas: trabajar, circular solas por la ciudad, consumir moda, flirtear, administrar el propio cuerpo. Este texto reconstruye cómo esas experiencias —celebradas, ridiculizadas o condenadas— reconfiguraron las relaciones de género, activaron ansiedades morales y dejaron una huella duradera en la cultura urbana argentina, aun cuando el debate pareciera disiparse con rapidez.

por Cecilia Tossounian

En 1925, la popular revista Atlántida tenía una sección dedicada a la búsqueda de pareja. Casi como en una versión antigua de una de las varias aplicaciones de citas actuales, varones y mujeres escribían a la sección “Confidencias” para describirse a sí mismos, especificar los atributos que buscaban en los demás e invitar a escribirles a quienes les interesaran. Una joven de catorce años, que firmaba con el seudónimo de Modernista, puntualizaba que era de estatura baja, que llevaba el corte de moda, la melenita, y que estaba interesada en hacer nuevos amigos. 

En otra parte de la misma sección, dos jóvenes que se hacían llamar Morochitas del corazón se describían como chicas simpáticas que buscaban encontrar “a dos morochos altos, más bien delgados y, sobre todo, que sean amantes de los niños.” Modernista y Morochita fueron tres de las muchas jóvenes que, en las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado, presumieron públicamente de su aspecto y expresaron sin tapujos sus preferencias en cuanto a hombres y relaciones se refiere. 

Estas jóvenes, conocidas como las chicas modernas, fueron una característica esencial del período entre las dos guerras mundiales. Figuras eminentemente urbanas, aparecieron simultáneamente en varias partes del globo.

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Estas jóvenes, conocidas como las chicas modernas, fueron una característica esencial del período entre las dos guerras mundiales. Figuras eminentemente urbanas, aparecieron simultáneamente en varias partes del globo. Buenos Aires no fue una excepción. Para muchas jóvenes porteñas, la modernidad no se presentó como una abstracción ideológica, sino como una serie de prácticas concretas: desplazarse solas por la ciudad, trabajar fuera del hogar, consumir moda, asistir al cine, practicar deportes, flirtear y administrar su propio cuerpo. 

Estas prácticas, aparentemente triviales, adquirieron una gran importancia social, ya que implicaban nuevas formas de relacionarse con el tiempo, el espacio y la propia identidad. La ciudad de Buenos Aires ofrecía un escenario privilegiado para estas experiencias. El transporte público, los comercios, las oficinas, los cafés, los cines y los espacios de ocio posibilitaban una circulación femenina sin precedentes. Para muchas jóvenes, moverse por la ciudad sin compañía masculina supuso una experiencia transformadora, aun cuando estuviera condicionada por controles explícitos e implícitos.

La moda se adaptó a estos cambios: las faldas se hicieron más cortas, los escotes más pronunciados, los vestidos más holgados y el cabello más corto, para permitir mayor libertad de movimiento y practicidad. Algunos dijeron que esta moda masculinizaba a las mujeres, mientras que otros señalaron sus rasgos más andróginos. Lo cierto es que la cintura de avispa cayó en desuso, y con ella también los corsés que la marcaban tan pronunciadamente. El cuerpo femenino se volvió menos curvilíneo y más libre de ataduras, aunque no menos constreñido por las modas: las dietas y los ejercicios para conseguir un cuerpo delgado alcanzaron su época de esplendor.

Este cambio expresaba, sin lugar a duda, transformaciones más profundas. Estas jóvenes se permitían hablar públicamente sobre temas antes vetados y coquetear atrevidamente con desconocidos. Es decir, aparecían más seguras y asertivas en los espacios públicos y en sus relaciones con los hombres. 

Esta transformación en las relaciones de género afectó profundamente a la sociedad porteña, especialmente a los hombres. La irrupción de estas mujeres en espacios como las oficinas o los medios de transporte causó sorpresa, cuando no rechazo, entre ellos, al verse obligados a codearse con mujeres en espacios que antes eran mayoritariamente masculinos. Muchos se sentían intimidados al ver a estas jóvenes tomar las riendas de una relación romántica y estaban perplejos frente a su osadía. 

Sus reacciones no se hicieron esperar, desatándose una especie de “guerra de sexos” que marcó fuertemente esta época. La prensa, el cine y la radio fueron los protagonistas de este debate, en el que se exploró el cambiante rol de las mujeres, así como los pros y los contras de esta rápida transformación. 

A pesar de lo evidentemente turbulento que fue este período en términos de las relaciones entre los géneros, no pasó mucho tiempo antes que las aguas se aquietaran. Ya para la década de los cuarenta, el fenómeno de la joven moderna y los debates que había suscitado se habían desvanecido, dando paso a un período relativamente más tranquilo en las relaciones entre hombres y mujeres. 

Pero, antes que nada, ¿quiénes eran estas jóvenes modernas?  

Existió un arquetipo de la joven moderna, conocida internacionalmente como la flapper, que generó muchos debates en los medios de comunicación. Manuel Gálvez, el reconocido escritor de tendencia conservadora, le dedicó un cuento, en el que retrataba a la protagonista como “el perfecto tipo de la joven moderna”. “Fumaba, bailaba apretada al compañero, en las fiestas bebía de lo lindo, hablaba por teléfono con amigos y aún salía sola con ellos, vestía de tal modo que se le transparentaban las formas, leía libros escabrosos, tenía ideas avanzadas en moral […] despreciaba la religión y era sacerdotisa del culto del Flirt”. Está de más decir que Gálvez estaba horrorizado por la emergencia de este tipo de jóvenes y se auguraba su rápido ocaso en pos del bien moral del país.

Gálvez no era el único en encontrar a esta figura controvertida. Las revistas ilustradas se poblaron de viñetas y tiras cómicas que se burlaban de la chica moderna, como por ejemplo la tira “Mecha y su sombra”, publicada en 1924 por la revista femenina Para Ti.  En ella, Mecha, una joven bella y de clase alta, se dedicaba a organizar fiestas y salidas con amigos mientras utilizaba a su pretendiente incondicional y poco agraciado para que cumpliera con todos sus caprichos. Este, sin embargo, nunca dejaba de adorarla, por mucho que ella lo ignorase. La tira subrayaba así tanto el lado materialista de su heroína como también la debilidad del personaje masculino, que siempre sucumbía a sus deseos. 

Si bien la flapper argentina tenía una clara connotación de clase, eso no implicaba que no hubiera chicas modernas de otros orígenes sociales. Muchas de las jóvenes que irrumpieron el centro de Buenos Aires con sus labios pintados de rojo carmín y sus vestidos a la rodilla pertenecían a las clases trabajadoras o medias en formación. La incorporación durante las décadas de 1920 y 1930 de las jóvenes mujeres al trabajo remunerado como dactilógrafas, secretarias o vendedoras en grandes tiendas comerciales como Harrods, transformó de manera profunda las formas de interacción cotidiana con los hombres: jefes, compañeros de trabajo, clientes, pretendientes y novios. Estas relaciones se volvieron más frecuentes, visibles y ambiguas, y por ello mismo suscitaron el interés de los medios de comunicación, que dedicaron artículos y secciones a dilucidar su naturaleza. 

Muchas crónicas periodísticas se centraron en la nueva libertad de estas jóvenes, especialmente en el espacio urbano y en el trabajo. La descripción de los coqueteos y romances que se entretejían durante el viaje al centro, por ejemplo en el subte, se convirtió en un tema especialmente popular. Sin ir más lejos, periodistas tan diferentes como Roberto Arlt y Josué Quesada le dedicaron algunas de sus crónicas urbanas a estos momentos. Mientras que Arlt tenía una mirada más risueña hacia el hecho de que dos jóvenes empleadas se mostraran activamente interesadas en un muchacho que viajaba con ellas en el mismo vagón de subte, Quesada, en cambio, mostraba el mismo fenómeno desde una perspectiva más crítica, en donde las jóvenes trabajadoras que volvían del centro a sus hogares eran más bien acosadas por jóvenes de clase alta, que solo querían aprovecharse de ellas. 

Para no ponerse en ridículo, estas jóvenes tenían que aprender a desenvolverse correctamente en los nuevos espacios que compartían con los hombres y muchas de ellas recurrieron a las secciones de consejos de las revistas para ello.

Para no ponerse en ridículo, estas jóvenes tenían que aprender a desenvolverse correctamente en los nuevos espacios que compartían con los hombres y muchas de ellas recurrieron a las secciones de consejos de las revistas para ello. Una lectora de la revista Para Ti, por ejemplo, le escribió a la consejera de la revista para preguntarle qué debía hacer con un hombre que se le había acercado en la calle para darle su número de teléfono. La columnista la disuadió de llamarlo –ya que ello no haría más que poner en evidencia su credulidad– y le aconsejó que fuera más cautelosa con ese tipo de hombres astutos.

El lugar de trabajo, un espacio que también propiciaba la interacción social entre hombres y mujeres fuera del ámbito familiar, fue otro de los espacios en los que la prensa puso la lupa. En oficinas, tiendas y comercios, las trabajadoras compartían con los hombres espacios cerrados durante largas jornadas laborales. Este contacto cotidiano se presentaba como potencialmente peligroso: los artículos periodísticos advertían sobre la “confusión” entre trabajo y flirteo y sugerían que la cercanía podía derivar en conductas impropias o en relaciones moralmente ambiguas. 

Precisamente, las telefonistas y las vendedoras se convirtieron en las protagonistas de muchos relatos sobre romances de oficina que, por lo general, terminaban mal. “La vendedora de Harrods”, una de las novelas cortas con más éxito de aquella época, transformada rápidamente en película, versaba sobre una vendedora de las grandes tiendas que se enamoraba de un joven y adinerado cliente, quien la seducía para abandonarla después y casarse con otra joven de su misma clase social. Las tiras cómicas sobre estos personajes tampoco se hicieron esperar, floreciendo especialmente las dedicadas a las dactilógrafas, como “Milonguita dactilógrafa”, “Pepita dactilógrafa” y “Titina”. Con un tono más risueño al de las novelas por entregas, las tiras describían la jornada laboral de una dactilógrafa, que dedicaba la mayor parte del día a empolvarse la cara o arreglarse el cabello para estar bien preparada por si llegaba algún cliente o amigo rico y apuesto. Cuando no tenía más remedio que trabajar, la protagonista era desorganizada y cometía faltas de ortografía o errores técnicos, pero se valía de su encanto para evitar el despido. 

El trabajo no solo transformó las condiciones materiales de vida de estas jóvenes, sino también su relación con el cuerpo, la apariencia y la presentación pública. El estilo —entendido como vestimenta, peinado, maquillaje y porte corporal— fue un componente central de la experiencia cotidiana de las mujeres trabajadoras. Lejos de ser una cuestión superficial, el modo de vestir se convirtió en una práctica cargada de significados sociales, atravesada por exigencias laborales, aspiraciones personales y controles morales. 

La visibilidad constante de estas jóvenes en el espacio público fue una de las consecuencias de la expansión del trabajo femenino. Las empleadas de tiendas, las mecanógrafas y las trabajadoras administrativas debían presentarse diariamente ante clientes, jefes y transeúntes, por lo que su apariencia era un elemento inseparable de su desempeño laboral. En este contexto, el estilo operaba como una estrategia de respetabilidad: vestirse “bien” no significaba llamar la atención, sino demostrar corrección, seriedad y autocontrol. Muchas jóvenes no estaban seguras de sus elecciones y querían saber cómo debían vestirse para ir a la oficina. Los artículos que proporcionaban consejos sobre vestimenta laboral argumentaban que la elegancia aceptable para estas jóvenes debía ser sobria, discreta y funcional, diferenciándose claramente de la ostentación asociada a las mujeres de clase alta.

Y es que muchas jóvenes trabajadoras, gracias a su modesto salario, podían comprar ropa y cosméticos según sus propios criterios. Muchas imitaban los estilos difundidos por las revistas y el cine, y las adaptaban a sus posibilidades económicas. Esta apropiación selectiva de la moda les permitía ensayar nuevas identidades y proyectar aspiraciones de movilidad social. Sin embargo, esta posibilidad estaba atravesada por fuertes mandatos morales: vestir “demasiado bien” o seguir de cerca las modas podía interpretarse como imitación de las clases altas, como engaño, simulación o ambición desmedida y despertar sospechas sobre las intenciones de la mujer. En relatos literarios, folletines y comentarios periodísticos, a la joven que invertía en su apariencia se la acusaba de querer “trepar” socialmente, casi siempre a través de la conquista de un hombre rico.

Pronto empezó a extenderse la idea de que las mujeres eran más propensas a los excesos de consumo que los hombres. Los comentarios de los lectores que publicaban las revistas tendían a establecer una relación directa entre la femineidad y el consumo ostentoso, tildando de frívolas y materialistas a todas aquellas mujeres con ambiciones materiales. Un lector, por ejemplo, aconsejaba a las mujeres de que se abstuvieran de los lujos y el baile. Otros relacionaban directamente las ambiciones materiales con la mujer moderna: “Aborrezco en la mujer moderna su pasión por el lujo, por los vestidos, los cines y tantas otras ridiculeces”. Cuando se les preguntaba por las cualidades de la mujer ideal, tendían a elogiar la frugalidad. Un lector decía soñar con una joven “pobre, que deteste el lujo y el baile”, además de ser “trabajadora” y “amante del hogar”.

Fue en las letras de tango donde se expresaron con mayor contundencia y moralismo estas opiniones acerca del consumo femenino, sobre todo en relación con las mujeres de clase baja. Escritos en general desde la perspectiva del varón humilde, muchos tangos describían el temor del hombre a que su mujer lo abandonara para ir en busca de objetos materiales que, según él, no eran dignos sustitutos de su devoción por ella. Esto es justamente lo que expresa el autor del tango “Flor de trapo”, por ejemplo, cuando afirma: “De las sedas, fatal, fue su influjo y trocaste en infierno tu edén, pues, borracha de orgías y lujo, diste en manos de aquel niño bien.”

Este malestar de los varones hacia los cambios en las relaciones de género no solo se expresó en las letras de las canciones de tango. 

Este malestar de los varones hacia los cambios en las relaciones de género no solo se expresó en las letras de las canciones de tango. Muchos periodistas, escritores, intelectuales y cronistas también interpretaron la aparición de las jóvenes modernas como un fenómeno problemático, capaz de condensar las ansiedades masculinas frente a la modernización social, el consumo y la transformación de las jerarquías de género. 

Uno de los rasgos más persistentes de estos discursos críticos fue la asociación entre la joven moderna y la decadencia moral. Muchos describían a estas mujeres como frívolas, superficiales y excesivamente preocupadas por el placer. El consumo, la moda, el maquillaje, el baile, el cigarrillo y el flirteo eran interpretados como signos de una femineidad desviada, que se alejaba del ideal tradicional de la mujer recatada, maternal y doméstica. En este marco, la joven moderna aparecía como una amenaza directa a la familia y al orden social. 

Particularmente intensa fue la crítica a la autonomía sexual de las jóvenes modernas. El hecho de que circularan solas por la ciudad, interactuaran con hombres sin mediación familiar y participaran activamente del flirteo generaba alarma. Desde esta mirada, la iniciativa femenina en el terreno amoroso invertía peligrosamente los roles tradicionales: la joven dejaba de ser objeto de conquista para convertirse en sujeto activo del deseo. Para muchos cronistas, esta inversión atentaba contra la masculinidad misma, al erosionar el papel del hombre como guía, protector y proveedor.

Otra crítica recurrente se centró en la imitación de modelos extranjeros, especialmente estadounidenses. Varios intelectuales y periodistas, muchos de ellos pertenecientes al nacionalismo cultural en boga en ese momento, denunciaban a la flapper y a su versión local como productos artificiales de la “americanización”, acusándolas de adoptar costumbres ajenas a la tradición argentina. La joven moderna era presentada como una figura cosmopolita sin raíces, desprovista de autenticidad nacional, en contraste con otras representaciones femeninas ligadas al sacrificio, la humildad o el mundo popular.

La joven moderna era presentada como una figura cosmopolita sin raíces, desprovista de autenticidad nacional, en contraste con otras representaciones femeninas ligadas al sacrificio, la humildad o el mundo popular.

Desde esta perspectiva, los escritores y periodistas tendían a establecer una oposición moral entre mujeres modernas y mujeres “auténticas”. En la literatura popular, el tango y el cine, la joven moderna de clase alta aparecía como egoísta y vanidosa, mientras que la mujer pobre o trabajadora era exaltada por su nobleza, sufrimiento y capacidad de sacrificio. Esta contraposición reforzaba una lectura profundamente clasista y patriarcal, en la que la modernidad femenina era tolerada solo cuando se subordinaba a valores tradicionales. 

Paradójicamente, el movimiento feminista compartió buena parte de esta crítica. Por un lado, las feministas compartían con la joven moderna ciertos objetivos fundamentales: la ampliación de los derechos civiles, el acceso a la educación, la inserción laboral y una mayor autonomía frente a la tutela masculina. En ese sentido, la presencia creciente de mujeres jóvenes en el espacio público podía leerse como una señal concreta de avance respecto del modelo tradicional de feminidad centrado exclusivamente en el hogar y la maternidad. La joven moderna parecía materializar, en la vida cotidiana, algunas de las conquistas por las que el feminismo venía luchando desde fines del siglo XIX.

Sin embargo, muchas feministas —en especial las vinculadas al socialismo y a corrientes reformistas— miraron con recelo las formas que adoptaba esa modernidad femenina. Muchas coincidían con Alicia Moreau de Justo, quien consideraba que la emancipación no debía expresarse a través del consumo, la moda o la libertad sexual, sino mediante la participación política, la educación y el compromiso social. Desde esta perspectiva, la joven moderna era vista como una figura frívola, excesivamente influida por la cultura de masas y por modelos extranjeros, en particular los asociados a la flapper estadounidense. En este punto, el feminismo coincidía parcialmente con discursos más conservadores al advertir sobre los riesgos de confundir libertad con mera transgresión de las normas sociales, aunque se diferenciaba claramente en sus objetivos de fondo.

Poco más de quince años pasaron entre el comienzo de este debate sobre la naturaleza de la joven moderna en las páginas de los diarios y revistas y su desaparición como tema de inquietud social. Para los años cuarenta, la Argentina, pero también gran parte del mundo occidental tenían otras preocupaciones en las que concentrarse, mientras que la figura andrógina de la chica moderna se transmutaba en el fenómeno de las pin-ups de marcadas curvas, de moda en los años cincuenta. 

El hecho de que este debate desapareciera relativamente rápido de la prensa no implicó que no dejara huellas en la sociedad argentina. Quizás más difíciles de rastrear que hitos evidentes como la obtención del derecho al sufragio femenino, lo que sí es cierto es que la presencia de las jóvenes en el espacio público –con su acceso a las calles, al empleo, al consumo y a los deportes– no solo reconfiguró la vida de las mujeres que protagonizaron este debate, sino también los contornos de aquel espacio. Si no, ¿cómo entender a una figura clave de los años cuarenta como fue la de Evita Perón? Eva Duarte fue una de las muchas jóvenes en busca de opciones sociales y culturales que superaran lo que se esperaba de ellas durante los años treinta. Como joven pobre y ambiciosa, proveniente de las provincias, que había dejado atrás su pueblo, su familia y sus chances de casarse o conseguir un empleo “honorable” en pos de la carrera actoral, Eva Duarte encarnaba la fantasía de la mujer que perseguía sueños materialistas de ascenso social. Fue una de las tantas jovenes que, a fuerza de comentarios burlones o artículos críticos, aprendieron a transitar la delgada línea entre expresar su seguridad e independencia y correr el riesgo de que se las consideraran demasiado modernas.

La joven moderna parecía materializar, en la vida cotidiana, algunas de las conquistas por las que el feminismo venía luchando desde fines del siglo XIX.