La voz interior

En un mundo donde la eficiencia reemplazó al conflicto y la prosperidad eliminó la urgencia, el problema ya no es la crisis sino su ausencia. Este relato explora una sociedad que funciona demasiado bien: sin fricciones visibles, sin autoridad central y con memorias que ya no pertenecen del todo a quienes las recuerdan. En ese futuro próximo la pregunta deja de ser qué puede fallar y pasa a ser qué queda cuando nada parece fallar.

por Sebastián Robles

La voz de mi tía Laura sonó adentro de mi cabeza:

—Se va a ir todo a la mierda —dijo.

El subte entró en el andén sin ruido. Desde que ajustaron la frecuencia, la cantidad de pasajeros se había estabilizado. Iban con mamelucos y manos engrasadas. En su mayoría, eran trabajadores manuales y de mantenimiento. Se los veía cómodos, sin nada urgente para hacer, con esa expresión plana que se repetía desde que el proyecto libertario había sacado a millones de la pobreza. Los que trabajaban con las manos usaban el transporte público. Los otros se quedaban en sus casas, donde supervisaban sistemas. 

Me senté. Había lugar de sobra. 

—Siempre fui una boluda —dijo—. Como todos los que creen que esta vez va a ser distinto.

La prosperidad es un consenso. Si los muertos se ponen de acuerdo, termina. Se notaba en detalles mínimos. Nadie discutía en serio y las filas avanzaban. El Estado había sido reemplazado por contratos entre particulares y ejércitos privados de moderación de conflictos.

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La reconstrucción era exacta. El tono provenía de un archivo del antiguo Teatro San Martín, digitalizado en el Museo de la Inflación. En algún momento, Laura había participado de una lectura de poesía sobre los desaparecidos y su voz quedó registrada. El procedimiento estándar consistía en cargar el material, etiquetar patrones de habla y permitir su reaparición contextual.

—Escuchala unas cuantas veces —sugirió la técnica mientras me retiraba los electrodos de la cabeza—. Así se carga en la memoria. Después aparece cuando le da la gana.

Lo dijo con un tono enigmático, como si ocultara algo.

Dos semanas más tarde, ya no estaba seguro de haber tenido una tía.

—Disculpen.

Un metrodelegado entró en el vagón y se detuvo frente a todos.

—A los que estén pensando en otra cosa, les ruego que me presten atención un minuto.

Me miraba a mí.

—Me llamo Rubén, soy ingeniero, tengo 46 años —dijo—. Entré a la empresa en el área de sistemas. Diseñé la red de monitoreo de la Línea Q, que cuando se inauguró solo cubría el trayecto General Rodríguez–Plaza Miserere. Después me ascendieron a conductor y, desde hace unos años, tengo la suerte de barrer los andenes.

Se acomodó la gorra y miró el piso, como si buscara ahí la parte incómoda del discurso.

—Ahora va a decir que nada es perfecto —anticipó Laura.

—Pero bueno —dijo el tipo—, tampoco es todo tan perfecto.

Una chica asintió con asombro. 

—No se malinterprete —aclaró él—. Estoy agradecido. Todos lo estamos. Las condiciones son excelentes. Los trenes llegan a horario y no hay incidentes.

—Claro —dijo Laura—. Así empieza.

Hizo una pausa más larga. 

—El tema es ese. No pasa mucho.

El murmullo fue leve, pero parejo. Me pareció que todos habían llegado a la misma conclusión por separado.

—Antes uno tenía que estar atento —continuó—. Había fallas, demoras, gente que se quejaba, cosas para resolver. Ahora uno entra, cumple su turno, y lo único que hace es verificar que todo funcione.

—Hasta que deja de funcionar —dijo Laura.

—Basta de socialismo —gritó alguien al fondo. 

Él miró sus manos.

—Yo, por ejemplo, barro el andén. Todas las mañanas. Siempre está limpio. A veces paso la escoba igual, para no quedarme quieto. Pero no hay nada que juntar.

Un chico quiso decir algo y se contuvo. 

—Y el sueldo… —suspiró—. El sueldo está muy bien. Demasiado bien. Como el de todos ustedes, seguro.

Se encogió de hombros.

—Uno intenta estar a la altura, ¿no? Justificarlo. Pero no siempre es fácil.

Levantó la vista sin fijarse en nadie.

—Hay días en que termino el turno y siento que no hice nada. Y sin embargo

—Y sin embargo —repitió Laura, en voz baja.

Dejó la frase en el aire.

—En fin —dijo, sin convicción—. Era eso.

Se hizo a un lado.

Algunos parecían incómodos, como si la intervención hubiera sido de mal gusto o violenta. Nadie hizo ningún comentario.

La voz de mi tía volvió, superpuesta:

—Antes al menos sabías quién te cagaba —sentenció, solemne—. Ahora ya no queda claro.

La plata circulaba con soltura desde que dejó de existir cualquier forma de autoridad monetaria. Cuando terminé el secundario, vendí mis vouchers de educación universitaria a un arbolito del microcentro que operaba con más liquidez que una fintech y no hacía preguntas. Me pagó en promesas de rendimiento que, en otro contexto histórico, hubieran sido consideradas estafas o milagros. El mercado subía, yo subía con él, y cualquier gesto de prudencia parecía cobarde. Daba consejos financieros en reuniones familiares, con la seguridad de no entender lo que uno hace pero acertar igual. Al cabo de tres años, tenía capital suficiente como para meterme en operaciones de alto riesgo. 

Laura fue una de las primeras en detectar el problema.

—Esto no puede terminar bien —dijo mientras revolvía un café que ahora podía pagar sin mirar el precio.

Como hija del 2001, consideraba que la prosperidad era la antesala de algo siniestro. Si no había conflicto era porque alguien lo ocultaba. Si no había costos, alguien ya los había pagado. Si no había perdedores visibles, era porque todavía no se los había nombrado. Su desconfianza tenía algo mecánico, como si leyera en reversa mientras el país crecía. No se veía por dónde se podía deteriorar la estabilidad económica. Eso, para ella, era la prueba de que ya se estaba deteriorando. 

Su enfermedad fue una conclusión lógica. Los médicos hablaban de células que se habían desorganizado. Ella lo tomó como una confirmación.

—¿Ves? —dijo con una serenidad incómoda—. Todo tiene un precio.

El tratamiento fue impecable. En pocos meses pasó por todas las alas del hospital, desde la guardia hasta el sector de cuidados paliativos. Su decadencia física y mental cumplía con un cronograma en línea recta. Murió en 2036 sin escándalo, como correspondía a la época.

No existía diferencia entre lo justo y lo eficiente. Maquiavelo había muerto. Con ese espíritu, en la noche de su casamiento, Martínez Marvin dijo: 

—Me instalé la voz de Nadia.

Fue la primera vez que escuché hablar de voces autonomizadas. El novio había programado su memoria con el registro de su futura esposa. Su apuesta romántica era que ambas voces, la real y la que llevaba en la cabeza, iban a coincidir para siempre.

El murmullo fue leve, pero parejo. Me pareció que todos habían llegado a la misma conclusión por separado.

Durante algunos años así fue. Luego empezaron las discrepancias. Marvin descubrió tarde que no hay tecnología capaz de fijar a una persona sin convertirla en otra cosa. Convivía con versiones incompatibles de la misma mujer, y ya no sabía a cuál de las dos darle la razón.

Tiempo después, cuando la práctica ya estaba difundida, elegí a Laura. No era la opción más tranquilizadora, pero la extrañaba. Al principio fue como discutir con un eco con argumentos. Después se volvió más precisa e irritante. Ella estaba igual que siempre. El que había cambiado era yo.

—Comprá fideos —dijo una tarde—. Agua mineral, aceite, alimentos no perecederos.

Laura, o su voz, algo que se le parecía pero en realidad era yo, advirtió sobre la inminencia de saqueos.

—Esta ya la vi —insistía—. A mí no me la cuentan.

Lo dijo una vez, y después varias más. Al cabo de unos meses, las alarmas se acumulaban.

—Acá falta el Estado.

Observó que en sectores que pasaban inadvertidos persistían la pobreza y el atraso. Se decía que a esas personas no les gustaba trabajar, o que preferían vivir del esfuerzo ajeno. Habitaban casas de chapa al costado de las autopistas. La policía los desalojaba con hidrantes y topadoras, pero volvían a instalarse. La pena de muerte no estaba institucionalizada y el Congreso sesionaba cada veinte años para ahorrar recursos, así que la miseria se toleraba o se ignoraba hasta que alguien con autoridad modificara el código penal.

—Mirá esa gente —decía ella—. Se están muriendo de hambre.

Después de un tiempo, ya no hacía falta que los señalara. La mirada se me iba sola hacia los márgenes, con sus antenas parabólicas y construcciones irregulares, techos de chapa y escaleras que no llevaban a ninguna parte.

El influjo de Laura alteró también mi experiencia en el supermercado. Abrieron uno cerca de casa. En la inauguración hubo drones, música instrumental y rayos láser. Las góndolas estaban llenas de productos de todas las regiones del mundo. 

—Todo importado —señaló Laura.

—Cuál es el problema —dije.

Algunos paseaban con el carrito vacío.

—Por eso hay pobres —explicó—. Destruyeron la industria. 

También opinaba sobre quienes hacían las compras. Los veía perdidos, con la inteligencia en suspenso, iguales entre sí.

—Todo es imposible —murmuraba.

Llegó a una explicación simple: el sistema intervenía el agua corriente. Era una dosis constante, imperceptible al gusto y olfato, algo que mantenía las cosas en un rango aceptable. Litio, antidepresivos, lo necesario para que la gente no se desviara. Lo raro era que funcionaba incluso en quienes decían no tomar agua de la canilla.

—No quieren que sintamos —dijo una tarde especialmente álgida—. Estamos narcotizados.

En el supermercado, un tipo discutía con la cajera por el precio de un paquete de yerba. 

—Esto no es un error —dijo alguien de la fila, detrás mío.

Me di vuelta. Hablaba como si fuera Laura.

—Es un complot.

La cajera sostuvo la mirada.

—Es el precio vigente.

El tipo negó con una paciencia que parecía ensayada. 

—A mí no me la cuentan.

—A mí tampoco —dijo la mujer de atrás.

—A ninguno —agregó otro, más lejos.

La prosperidad es un consenso. Si los muertos se ponen de acuerdo, termina. Se notaba en detalles mínimos. Nadie discutía en serio y las filas avanzaban. En el mundo de las inversiones abundaban las ganancias y las malas apuestas, cuando aparecían, no duraban. El Estado había sido reemplazado por contratos entre particulares y ejércitos privados de moderación de conflictos. Las rutas eran de quienes las mantenían. Hasta los semáforos se habían vuelto opcionales. Los hospitales cotizaban en bolsa y ajustaban protocolos según la demanda. Los barrios competían entre sí como marcas. Todo funcionaba lo suficiente como para que no fuera necesario detenerse en nada. En ese contexto, reflexionar era una actividad optativa, como leer etiquetas de desodorantes de baño. Mis opiniones parecían flojas, pero las de Laura eran fuertes y llegaban antes. 

—Hay que prender fuego todo —dijo—. Que no quede ni uno solo. 

Por lo visto, yo no era el único con compañía adentro. En la calle, la gente que dialogaba sola se multiplicaba. A la salida, un grupo miraba hacia arriba, como si esperara algo que todavía no tenía forma. 

—Todavía no —dijo alguien.

—Falta poco —respondió otro.

Al llegar a casa abrí la canilla. El agua salió limpia y constante.

—No tomes —dijo Laura.

Sostuve el vaso, desafiante.

—Dejame en paz —dije.

Pero al final lo apoyé sobre la mesada.

Por lo visto, yo no era el único con compañía adentro. En la calle, la gente que dialogaba sola se multiplicaba. A la salida, un grupo miraba hacia arriba, como si esperara algo que todavía no tenía forma.