La invención filosófica de un sentimiento

Un recorrido por la tradición filosófica de la amistad que explora su relación con el amor, el deseo y la carencia, así como sus dimensiones éticas, políticas y simbólicas, para pensarla como una experiencia constitutiva, siempre inestable, del vínculo humano.

por Lucas Soares

La amistad que liga

En la tradición filosófica de la amistad, su parentesco conceptual con el amor es tan próximo que muchas veces la primera sirve para definir al segundo. El amor, visto a la luz de la amistad, resulta así una forma de amistad excesiva, y solo habría entre ambos una diferencia de intensidad. Cuando la amistad se hace vehemente, la llamamos “amor”, dice Platón en las Leyes. Ahora bien, que el amor sea una forma de amistad vehemente dice mucho más acerca de ella que del amor. Nos dice que el amor no es sino una hipérbole de la amistad, dirigido hacia una sola persona, mientras que la amistad se despliega hacia muchas y en simultáneo. En los abordajes filosóficos de este sentimiento, se advierte con frecuencia un desplazamiento hacia ese exceso que es el amor, hasta el punto de que por momentos ambos sentimientos se entrelazan y confunden entre sí. “¿Qué es, en efecto, este amor de la amistad?”, se pregunta Montaigne en el ensayo que le dedica a su amigo Étienne de La Boétie. “Convertir mis amistades en amoríos”, apunta Susan Sontag en una entrada de sus diarios. La amistad que deviene amor. El amor devenido amistad. Sobran los ejemplos. Para la filosofía no hay manera de sustraerse a la vecindad conceptual entre la amistad y el amor. ¿Es el amante amigo del amado y este amigo del amante? Al inflamarse mutuamente, la amistad y el amor se hallan siempre expuestos al desborde de la una hacia el otro y viceversa. La amistad como una deriva y continuación del amor. Al fin y al cabo, la amicitia –como señala Cicerón apoyándose en la raíz común de las dos palabras– recibe su nombre del amor. 

Pero también, siguiendo la estela de sus desbordes, la amistad puede, a veces, desbordarse hacia el odio: el amigo vuelto enemigo. Porque ella no es sino un entramado de pasiones revueltas y encontradas. No es casual que, ya en los inicios de la reflexión filosófica de Occidente –como en el poema del Empédocles–, los dos principios que rigen tanto la constitución y los ciclos del cosmos como la dinámica de sus elementos primordiales –las “cuatro raíces”: fuego, agua, tierra y aire– sean la Amistad y el Odio. Este par de fuerzas cósmicas es causa, respectivamente, de la unión y la separación de todas las cosas. Mientras que el “rencoroso Odio” desempeña un papel separativo y destructivo, el predominio de la Amistad juega un rol cohesivo y constructivo respecto de las “cuatro raíces” a partir de las cuales se constituye la totalidad de los seres. La “Amistad que liga” resulta así para Empédocles una fuerza originaria, omnipresente e “innata en los miembros de los mortales, y por ella tienen amorosos pensamientos y realizan amigables tareas”. Quizá ello explique, en cierta medida, aquel tópico de la Odisea homérica de la atracción de lo semejante por lo semejante, que atraviesa buena parte de los pensamientos filosóficos sobre este sentimiento. Siguiendo a Empédocles, cabe pensar en una suerte de animismo universal de la Amistad, por el cual nuestras uniones amistosas traslucirían algo de aquel deseo de estar juntos por parte de los elementos primordiales agua, tierra, aire y fuego; algo de aquella unión y desunión originaria que ellos mantienen entre sí a partir de las fuerzas de la Amistad y el Odio. Siguiendo a Empédocles también, podemos preguntarnos: ¿cuántas uniones y desuniones caben en la historia de una amistad? 

La amistad que deviene amor. El amor devenido amistad. Sobran los ejemplos. Para la filosofía no hay manera de sustraerse a la vecindad conceptual entre la amistad y el amor. ¿Es el amante amigo del amado y este amigo del amante? Al inflamarse mutuamente, la amistad y el amor se hallan siempre expuestos al desborde de la una hacia el otro y viceversa.

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La amistad, entre la carencia y la diferencia

Platón hizo de la amistad un problema filosófico. A él –y más puntualmente a su diálogo temprano Lisis, piedra basal de todos los abordajes posteriores– le debemos la invención filosófica de tal sentimiento. En su análisis, Platón despliega allí todo un abanico de aporías respecto de lo que significa ser amigo, inscribiendo a la “amistad” (philía) en el campo problemático de sus relaciones con el deseo y el amor; la utilidad y la reciprocidad; la pareja del amante y el amado y la del amigo y el enemigo; el tópico de la atracción de lo semejante por lo semejante y el de lo desemejante por lo desemejante; la bondad, la belleza y la autosuficiencia. La amistad naufraga filosóficamente en el mar de estas aporías, y, de todas ellas, hay una que –de Platón a Lacan, pasando por Epicuro– insiste con fuerza: la que se da entre la amistad, el amor, el deseo y la carencia. El razonamiento platónico es implacable respecto de tal anudamiento: “Pero el que se basta a sí mismo no necesita de nadie en su suficiencia. El que no necesita a nadie, tampoco se vincularía con nadie. El que no se vincula con nadie, tampoco ama. El que no ama, no es amigo”. La carencia se revela así como un catalizador de amistades, amores y deseos, que explica, a la vez, las afinidades conceptuales entre tales términos. Si el amigo es amigo de aquello de lo que está privado, la amistad le permite descubrir, gracias al otro, lo que por sí mismo no alcanza a ver. Pero en ella no se trata de hacer Uno de dos, sino más bien Dos de uno. Cuenta Diógenes Laercio en Vidas y opiniones de los filósofos ilustres que, al preguntarle qué es un amigo, Aristóteles contestó: “Una sola alma que habita en dos cuerpos a la vez”. Lo dual como medida de la amistad. No se trata, pues, de una Unidad producto de la fusión entre los amigos, sino de una construcción de la amistad desde y a partir de esa carencia que les es inherente. 

Ahora bien, tal vez la amistad nada tenga que ver con la manifestación de una carencia, y se quiera al amigo por causa de él mismo, por ser quien es, sin pretender suplir ninguna carencia. Así piensa Aristóteles y también Cicerón, para quienes el deseo de ser amigos no se origina a partir de una carencia. Quizá la amistad se vincule más bien con la diferencia, o mejor, con una interrogación abierta acerca de esas obstinadas diferencias que nos amigan, tal como –siguiendo la metáfora de Plutarco en su tratado Sobre la abundancia de amigos– “la armonía en las arpas y las liras logra su acorde a través de tonos opuestos, surgiendo la semejanza, de algún modo, con los tonos agudos y los tonos bajos”. Ser amigo para devenir, a partir de la amistad, alguien diferente de quien se es. Porque ella es un jardín –como la escuela epicúrea abocada a su cultivo–; pero también es un jardín de senderos que, a través del amigo, se bifurcan y conducen hacia zonas desconocidas de uno mismo.  

La carencia se revela así como un catalizador de amistades, amores y deseos, que explica, a la vez, las afinidades conceptuales entre tales términos. Si el amigo es amigo de aquello de lo que está privado, la amistad le permite descubrir, gracias al otro, lo que por sí mismo no alcanza a ver. Pero en ella no se trata de hacer Uno de dos, sino más bien Dos de uno.

El espejo de la amistad 

En sus tratados éticos, Aristóteles piensa el vínculo amistoso a partir de un entramado ético y político que involucra cuestiones tales como la bondad y la virtud –binomio donde reside para él la verdadera amistad–; la utilidad y el placer; la reciprocidad, la igualdad, la desigualdad y la superioridad; la amistad consigo mismo y el número de amigos; la justicia, la comunidad política y la felicidad. De entre todas estas cuestiones, destaquemos el establecimiento de las bases para una reflexión sobre la philía desde la lógica del espejo, ya que una gran parte de las narrativas filosóficas posteriores sobre la amistad no son sino una reescritura de esa lógica aristotélica basada en la archiconocida tesis –repetida en la Ética nicomáquea– de que “el amigo es otro yo”; frase que, en rigor y literalmente hablando, dice: el amigo es “otro mismo” (állos autós). La amistad, lo más necesario y hermoso para la vida desde el punto de vista de Aristóteles, supone concebir al amigo como uno mismo siendo otro, o, como apunta en la Ética eudemia, “uno mismo dividido” (autòs diairetòs). De ahí que percibir y conocer a un amigo sea, en cierto modo, una forma especular de percibirse y conocerse a uno mismo. La amistad nos permite así descubrir nuestras diversas facetas a través del amigo, ese espejo que nos devuelve un reflejo deformado de todo lo que somos y no somos. ¿Qué es el rostro de tu amigo?, se pregunta Nietzsche en Así habló Zaratustra: “Es tu propio rostro, en un espejo grosero e imperfecto”. 

Esa lógica especular de la amistad que leemos en las éticas aristotélicas ha tenido –y aún conserva– una fecunda descendencia. Cicerón, en efecto, sube la apuesta en su tratado sobre este sentimiento, y piensa el reflejo que nos devuelve un amigo como un “modelo” de uno mismo: “El que mira a un verdadero amigo, mira, por así decir, un modelo (exemplar) de sí mismo”. Si puedo ponerme en el lugar del amigo y él en el mío, es porque hay algo de él en mí y algo mío en él, gracias a lo cual puede ser yo y yo puedo ser él: así encuentro al otro en mí y me encuentro a mí en el otro. El amigo como autorretrato en el que puedo descubrir, a través del reflejo de sus ojos, cómo me gustaría ser. “Si me instan a decir –apunta Montaigne sobre su amistad ejemplar con La Boétie– por qué lo quería, siento que no puede expresarse más que respondiendo: porque era él, porque era yo”. 

El río de la amistad 

Ni identificación plena ni alteridad radical: quizá, al ser amigos, no seamos ni lo uno ni lo otro, sino algo cifrado en lo intermedio. La amistad nos abre a una zona de tránsito entre yo y otro, en la que nunca estamos del todo en nuestra casa ni somos del todo extranjeros. Escribe Mário de Sá-Carneiro en el poema “7”: “Yo no soy ni yo ni el otro, / soy tan solo algo intermedio: / pilar del puente del tedio / que va desde mí hasta el Otro”. En esa zona lo único real es el tránsito mismo, donde ya no importan ni el punto de partida ni el de llegada, sino solo lo intermedio. Como un río al ramificarse, así la amistad puede llevarnos por distintos afluentes, revelando las múltiples maneras en que un amigo se hace, deshace y entrama con otro. 

Uno cambia, el amigo cambia. Cambiamos juntos. No nos bañamos dos veces en el mismo río de la amistad. El tono de sus aguas es siempre diferente. Su fondo de barro es movedizo, incierto. Se entra y se sale siempre distinto de ese río. Aunque nos jactemos de lo contrario, la verdadera amistad jamás está segura de sí misma; nunca se conforma con lo que es; siempre se halla en permanente búsqueda. Para Derrida, se trata de un sentimiento que, como señala en Políticas de la amistad, “nos traslada a ese lugar donde una responsabilidad se abre al porvenir”. Pero la amistad no se orienta solo hacia lo por venir. En ella opera, como en las grandes ciudades, una misteriosa simultaneidad de pasado, presente y futuro, donde la evocación, desde el presente, de un pasado en común, no solo afianza el vínculo sino que también lo proyecta hacia el futuro.

 El amigo como autorretrato en el que puedo descubrir, a través del reflejo de sus ojos, cómo me gustaría ser. “Si me instan a decir –apunta Montaigne sobre su amistad ejemplar con La Boétie– por qué lo quería, siento que no puede expresarse más que respondiendo: porque era él, porque era yo”. 

La amistad como experiencia simbólica

Trabar, forjar. Los verbos de la amistad. Ella es forjar un símbolo, término cuya acepción original es la de contraseña de reunión entre las dos mitades complementarias de una antigua tésera de hospitalidad. La pérdida de una amistad es la pérdida de un símbolo: esa contraseña compartida que solo los amigos conocen y que les permite acceder a su mundo privado y reconocerse mutuamente en él. La invención filosófica griega de la philía se halla unida al proverbio pitagórico de que “las cosas de los amigos son comunes”. La pérdida de una amistad es, así, la pérdida del cuaderno de bitácora en el que los amigos apuntaban las diversas modulaciones de su historia en común. Como en un confesionario, la amistad también se gesta en la manera en que los amigos se escuchan a sí mismos contarse, una y otra vez, su vínculo amistoso; en la forma en que conjugan a dúo alegrías y tristezas, deseos y proyectos, entusiasmos y disgustos compartidos, ya que, como dice Platón en el Lisis, “debido a lo que se quiere y por culpa de lo que se detesta es por lo que el amigo es amigo del amigo”. 

Cuando en tiempos de penuria invoco su palabra irremplazable, el amigo perdido se vuelve más nítido y presente. ¿Qué me diría de esta situación en la que me encuentro? El amigo perdido como el fantasma de un pasado en común, cuya voz nos sume en un diálogo interior, casi esquizoide. ¿De dónde me viene esta extraña necesidad de seguir compartiéndole las cosas que me alegran y me apenan? De seguir rumiándolas con su cabeza como si las estuviera pensando yo mismo (siendo otro); de seguir viendo las cosas desde su punto de vista. “Su voz resuena aterradora como si viniese de las sombras – como si nos oyéramos a nosotros mismos pero más jóvenes, duros e inmaduros”, dice Nietzsche en Humano, demasiado humano. ¿Cómo continúa la vida sin esa mirada que me descifraba como ninguna? ¿Cómo seguir errando y acertando solos? Somos también las amistades perdidas en el camino.

La metafísica de la amistad 

Tema recurrente en la literatura –toda la Ilíada puede ser leída como un largo poema sobre lo que significa ser amigo–, la amistad cuenta también con una extensa tradición filosófica. Ya en el nombre de la disciplina misma aparecen inscriptos los dos polos en tensión: la amistad y la sabiduría. La philía por la sophía. Amigo del saber. Amigo de la sabiduría. Amigo de las aporías. Amigo de los partos intelectuales. Amigo del ser. Lo que en el filósofo siempre aparece en primer plano es su condición de phílos, amigo, amante. La historia de la filosofía puede leerse como una historia intelectual de encuentros y desencuentros amistosos en torno a lo que significa esa sophía cuya fisonomía va mutando, según el filósofo o filósofa, a lo largo de los siglos. Una historia de grandes parejas de amigos y de enemigos conceptuales. ¿De qué modo se hace amigo uno de otro? La pregunta, cuyo primer disparo salió del Lisis platónico, apunta al corazón mismo de la filosofía, y no es casual que, ya desde ese primer texto sistemático sobre los problemas filosóficos que involucra la amistad, desemboquemos en un “sin salida” (aporía) respecto de su naturaleza: “No hemos sido capaces –reconoce Sócrates al término del diálogo– de llegar a descubrir lo que es un amigo”. 

Probablemente la intención de Platón en el Lisis haya sido la de plantar bandera metafísica respecto de lo que significa ser amigo; decirnos que se trata de una cuestión fundamental más para sumar al eterno elenco de preguntas metafísicas. ¿Qué me une al amigo?, ¿de qué está hecho el lazo amistoso? Quizá no haya más que un problema filosófico verdaderamente serio: la amistad. Ella es un búmeran que vuelve sobre la filosofía, pues involucra la carencia, el deseo y el amor, y sin ellas no hay filosofía posible. ¿De qué modo se hace uno amigo de la sophía? Preguntarse por el sentido de la filosofía es preguntar –implícita o explícitamente– por el sentido de la amistad. ¿Por qué y para qué filosofar? ¿Por qué y para qué ser amigos? “La pregunta «¿qué es la amistad?» –escribe Derrida–, pero también «¿quién es el amigo, la amiga?», no difiere de la pregunta «¿qué es la filosofía?»”. 

Aunque nos jactemos de lo contrario, la verdadera amistad jamás está segura de sí misma; nunca se conforma con lo que es; siempre se halla en permanente búsqueda. 

Ahora bien, vista a ras del suelo, tal vez la filosofía sea más amistad que sabiduría, esa noción siempre rodeada de oscuridad, confusa e inalcanzable. Porque lo mejor de la amistad es que, más que del amigo, uno está enamorado de la amistad creada con él. Y lo mejor de la filosofía es que, más que del saber, uno está enamorado del hecho de estar en disposición amistosa para con el saber. Así es como entre el ejercicio de la filosofía y el de la amistad hay semejanzas, porque lo semejante es amigo de lo semejante. Como la filosofía, la amistad es también un arte de la transfiguración, un arte a través del cual podemos transformar el dolor en placer, la soledad en compañía, la pena en felicidad. Pero, digamos lo que digamos, la teoría resulta siempre una sábana corta para este sentimiento. ¿Qué es la amistad –se pregunta Agamben en “El amigo”– sino una proximidad tal que no es posible hacerse ni una representación ni un concepto de ella? Capaz de metamorfosearse y adoptar diversas formas como el dios griego Proteo, irreductible en términos conceptuales, se trata así de un sentimiento del que apenas podemos hablar. Ante ella, probablemente no haya teoría posible, sino tan solo una práctica. En una carta de 1570, dirigida a Monseñor de L'Hospital, canciller de Francia, Montaigne apunta: “Nada fue nunca más exactamente dicho ni escrito en las escuelas de los filósofos, sobre el derecho y los deberes de la santa amistad, que lo que este personaje [La Boétie] y yo hemos practicado juntos”. 

¿Cuánto de la philía griega –platónica, aristotélica y epicúrea– sigue resonando en nuestras formas actuales de ser amigos? Probablemente lo que esa tradición filosófica llama “amistad verdadera” o “perfecta” no sea sino un ideal hacia el cual se tiende sin alcanzarlo jamás. La amistad, para Nietzsche, traduce “una sed común más alta por un ideal que se encuentra por encima” de la pareja de amigos. Como si la amistad estuviera siempre por delante de la experiencia y del lenguaje que usamos para referimos a ella. Como si la amistad no fuera más que el deseo permanente de sí misma; un deseo que se eleva a medida que se lo desea. Yendo aún más lejos, Simone Weil entiende la amistad como una virtud que “no se busca, ni se sueña, ni se desea”, sino que “se ejerce”. La paradoja, al final, es que somos amigos sin saber nunca del todo lo que significa serlo. Mientras sigamos siendo amigos, vamos a estar atados a la invención filosófica de este sentimiento, y seguiremos pensando juntos en algo cuya definición siempre se nos escapa. 

Solo hay mundo donde hay lenguaje de la amistad 

Somos el punto de cruce de todas las amistades que nos cosen a diario. La suma de todos esos otros yo que moldean nuestra identidad. Sin nuestros amigos seríamos impensables para nosotros mismos. Somos también el lenguaje de la amistad. Al reflexionar sobre la tarea del traductor, Benjamin se sirve de la imagen de la recomposición de una vasija rota. Aplicada a la amistad, tal vez ella sea como esa vasija rota que los amigos recomponen fragmento a fragmento: no para restaurar una identidad plena ni para marcar una diferencia radical entre el amigo y yo, sino para hacer posible algo superior: el lenguaje de la amistad. Una lengua común, hablada y entendida solo en el mundo que funda cada vínculo amistoso; un estilo, que no es otro que el de esa lengua única que los amigos inventan juntos.

Solo hay mundo donde hay lenguaje poético de la amistad. Porque en tanto terreno fértil para la ambigüedad, la superficie y la profundidad, lo lírico y lo prosaico, la amistad es poética y va mutando su sentido al igual que un poema leído en distintas etapas de la vida. Y, asimismo, como en un poema, la amistad se halla atravesada por espacios en blanco, por un silencio estructural que la moldea. Porque ella consiste también en saber cuándo hacer silencio; cuándo asumir que no todo tiene que ser necesariamente dicho. La verdad de la amistad es, como la verdad ambigua del poema, un enigma, un claroscuro, una puerta entreabierta que impone proximidad y a la vez lejanía. De ahí que, como piensa Nietzsche en Humano, demasiado humano, “los buenos amigos a veces se digan una palabra oscura como signo de entendimiento”. 

Si el amigo es otro yo, hablar de él es también una forma de hablar de uno mismo. Pero, ¿quién se conoce con exactitud? En la medida en que uno nunca deja de ser un extraño para sí mismo, el amigo también resulta, en parte, un desconocido. “Debemos –escribe Blanchot acerca de su amistad con Bataille– renunciar a conocer a aquellos a quienes algo esencial nos une; quiero decir, debemos aceptarlos en la relación con lo desconocido en que nos aceptan, a nosotros también”. En tanto relación inconmensurable del uno al otro, la amistad nos abre a algo desconocido que no se declara nunca. Somos así, al mismo tiempo, conocidos y desconocidos tanto para nosotros como para nuestros amigos. Porque conocernos plenamente, si ello fuera posible, sería la muerte misma de la ilusión que sostiene firme el lazo amistoso. “A mis mejores amigos no los he visto nunca. Conocerme en persona es la muerte de la ilusión”, apunta Raymond Chandler en una carta de 1948. Esa extrañeza común, ese margen siempre renovado de desconocimiento que me enlaza a un amigo es, paradójicamente, uno de los principales sostenes de la amistad. 

Simone Weil entiende la amistad como una virtud que “no se busca, ni se sueña, ni se desea”, sino que “se ejerce”. La paradoja, al final, es que somos amigos sin saber nunca del todo lo que significa serlo.

Soledad divina, amistad humana 

Por su carácter orgullosamente autosuficiente, Dios –dice Aristóteles en la Ética eudemia– “es de tal naturaleza que no tiene necesidad de amigo”. Su felicidad perfecta se basa en que la divinidad es demasiado buena para pensar en otra cosa que en sí misma. Dios se halla a gusto en su soledad; para vivir bien le basta vivir consigo mismo y solo puede ser, por tanto, el mejor amigo de sí. Tal es el modelo divino de vida teorética y autárquica que sirve como referencia al sabio griego, ese ser humano que más se basta a sí mismo. En este sentido, la prescindencia divina de la amistad expresa, por contraste, todo lo que para el ser humano supone ese vínculo, esto es, todo lo plenamente dependiente que es de sus amigos. La amistad es, así, la más firme expresión de la necesidad que tenemos del amigo para poder corregirnos mutuamente, hasta el punto de que tal vez ella solo exista para despertarnos del sueño dogmático de la autarquía. Como escribe Sylvia Molloy en Animalia: “Lleva mucho tiempo darse cuenta de que para ser uno mismo es siempre mejor estar con otro”. 

Ahora bien, Dios no solo prescinde de la amistad. Tampoco filosofa. ¿Para qué lo haría, si ya cuenta con aquella sabiduría a la que aspira el filósofo por carecer de ella? Seguramente, a través de la amistad no nos hagamos más sabios, sino todo lo contrario: dejemos de pretender ser orgullosamente sabios. Se filosofa no tanto para adquirir la sabiduría como para aprender a ser amigo, esto es, a desear estar juntos para aprender a sentir, pensar y actuar mejor. Quizá la amistad sea la verdadera sabiduría que venimos a aprender a este mundo. “Bello –escribe Nietzsche en el poema “Entre amigos” de Humano, demasiado humano– es callar juntos, / más bello reír juntos / Si lo hice bien, callemos; / si hice mal, entonces riamos / y hagámoslo cada vez peor, / hacer peor, reír peor, / hasta que al hoyo bajemos. / ¡Amigos! ¡Sí! ¿Qué así sea? / ¡Amén! ¡Y hasta la vista!”. 

De la mitología griega al presente, pasando por el relato bíblico, la amistad también se define en relación con la enemistad. No es su opuesto absoluto. A veces, de hecho, la incluye, tal como sugiere el dicho atribuido a Quilón, uno de los siete sabios de Grecia, quien, ante alguien que afirmaba no tener enemigos, respondió: “Parece que tú no tienes ningún amigo”. La tradición filosófica ha insistido igualmente en esta tensión entre amistad y enemistad, hasta el punto de que esta última puede, en ocasiones, contribuir a afianzar el lazo amistoso. “Esta amistad no tenía que ver solamente con el hecho, por lo demás significativo, de que tuviésemos los mismos enemigos”, dice Derrida en un texto escrito tras la muerte de Deleuze. Sin embargo, más allá de que ella pueda albergar momentos de rencor, rivalidad o incluso enemistad, nunca como hoy resulta tan apremiante recuperar la idea epicúrea de la amistad como un bien, en tanto refugio que nos resguarda de la inseguridad y la perturbación que nos produce el mundo. Se trata así de experimentar seguridad y confianza en ese jardín, acompañados de amigos que nos permiten no solo contrarrestar los vaivenes emocionales y los sentimientos de impotencia, alegrarnos y apenarnos por las mismas cosas, sino también descansar un poco de nosotros mismos. En Argentina, apunta Gombrowicz en su diario, “adquirí nuevos amigos, en quienes el despertar de la vida vibraba como un colibrí; en todos ellos se sentaba la sonrisa, esa sonrisa que es uno de los fenómenos más nobles que conozco, porque se realiza a pesar de la nostalgia abrumadora y de la tristeza de esos años condenados a la insatisfacción de los instintos”. 

En el imperio de las pasiones tristes que nos toca vivir; en tiempos de hiperconectividad, autoaislamiento y de la IA como mejor amiga y consejera, es importante entender que el dos marchando juntos de la Ilíada, aquella fórmula homérica de la amistad, vuelve la vida más llevadera. Recordar que la amistad está allí, a nuestro alcance, para tener –como dice Cicerón en una bella expresión– una vida llena de vida: “¿Qué puede ser más dulce que tener a alguien con quien atreverse a hablar de todo como con uno mismo?”. Porque vivir es, en gran medida, crear amistad. Quizá se trate de eso: de que una vida se llene de vida a través de la creación y recreación constantes de la amistad. Y así, preguntarnos por qué uno querría ser amigo de alguien equivale a preguntarnos por qué uno querría ser feliz. En ambos casos, la pregunta se pliega sobre sí misma y es su propia respuesta. 

Como en un poema, la amistad se halla atravesada por espacios en blanco, por un silencio estructural que la moldea. Porque ella consiste también en saber cuándo hacer silencio; cuándo asumir que no todo tiene que ser necesariamente dicho.