La falacia de la subrogación inclusiva
Presentada como un avance en derechos y libertades, la gestación subrogada se ofrece hoy envuelta en un lenguaje inclusivo que promete igualdad, elección y felicidad sin costos. Pero detrás de esa retórica amable se despliega un mercado profundamente asimétrico, donde el dinero, el deseo y el poder reordenan los cuerpos en disponibilidad.
por Paula Puebla
1.
Scott Bessent es el actual Secretario del Tesoro de Donald Trump. Ocupa el quinto puesto en la sucesión presidencial y trabajó durante años en el fondo de inversión de George Soros, quien fuera su maestro y socio. Además, en la solapa lleva la cucarda que le entregaron en Wall Street por haber creado el fondo de cobertura Key Square Group. Estudió en Yale, es republicano converso, multimillonario y abiertamente homosexual. Está casado con el ex fiscal John Freeman, y juntos paternan a Caroline y Cole, ambos nacidos por gestación subrogada.
Por supuesto que Bessent no es consultado por asuntos personales —esa es una cruz con la que carga el segundo sexo— y son contadas las ocasiones en las que habló en esa dirección. Pero hay una declaración escueta, deslizada en una entrevista que ya tiene quince años, en la que da cuenta de los obstáculos que la comunidad LGTBQ+ ha podido superar. “Si me hubieras dicho en 1984, cuando nos graduamos y la gente moría de HIV, que en 30 años yo iba a estar legalmente casado con dos hijos nacidos por subrogación, no te hubiera creído”.
La cita me interesa por su excepcionalidad, pero más me interesa porque en el hombre de quien dependen los estipendios en dólares para el gobierno, entre otros, de Javier Milei, hay un registro de la opresión, de sus efectos materiales y simbólicos, de sus consecuencias estructurantes. Bessent es un hombre blanco, formado en una institución de la Ivy League, cuya vocación es el dinero, la producción del dinero, la acumulación del dinero y, aún así es capaz de expresar cierta sensibilidad respecto de las libertades adquiridas de una población marginada y discriminada por el conservadurismo. Hay un registro de los tiempos peores. Ahora bien, ¿habrá atravesado el corazón de ese productor sojero un rayo de duda cuando contrató a una mujer —y luego a otra— para saldar su deseo de convertirse en papá? ¿Existirá en esa mente entrenada y anabolizada en las finanzas la pregunta sobre la opresión a las mujeres? ¿O estamos ante otro ejemplo de sommelier de opresiones, que se cree la narrativa publicitaria del “pacto entre adultos” para evitar formularse más preguntas sobre la subrogación?
La subrogación de vientres es una práctica anti-igualitaria que se trasviste de su opuesto, porque habilita la fantasía de un “acceso igualitario” a tener hijos biológicos sin contemplar ninguna de las implicancias de cualquier orden que exige el proceso

2.
El caso de Scott y John es anecdótico y tiene mucho de hiperbólico, pero parejas constituídas como la de ellos conforman el target predilecto de la industria pujante —¡oh, el adjetivo!— de los vientres de alquiler. Tanto es así que existen agencias que solo trabajan con parejas conformadas por hombres y publicitan sus servicios de una manera bastante poco barroca: gay surrogacy. También hay instituciones y organizaciones sin fines de lucro que ofrecen asesoramiento legal y psicológico a quienes se deciden a agrandar la familia dando preponderancia al lazo sanguíneo con el niño.
Como tantos otros, uno de los trucos de este negocio es ponerle cotas a la imaginación, al campo de la conciencia: la única forma de tener hijos es si y solo si estos hijos son biológicos y la única forma es por la vía de la subrogación. Que no haya alternativa, ya lo dijo la Dama de Hierro, la santa patrona del neoliberalismo —y con esa brevísima frase fogueó a generaciones. La opción del alquiler de vientre no es presentada en el nicho male surrogacy como tal, sino más bien como destino. Un destino del que las parejas heteronormadas o lesbianas pueden elegir escapar o tienen posibilidad de hacerlo. Lo que iguala la oferta heteronormada de la queer es la etiqueta cruelty free, la de que todos ganan y nadie sufre, como en el paquete de una mayonesa vegana; lo que distingue una oferta heteronormada de la oferta queer es que en el segundo caso el brochure se reviste de una patina inclusiva.
Parece mentira pero en los sitios y portales con demandas segmentadas de ese modo, hablan de “subrogaciones éticas” y llenan sus portales de parejas felices sosteniendo en brazos a esos pequeños humanos a quienes eventualmente le reversionarán la historia de la cigüeña para contarles que traerlos al mundo les costó mucho —entre 150 y 200 mil dólares en Estados Unidos, por ejemplo, según Hatch Fertility. Aún así, los casos proliferan: ya no se dan solo en las esferas de los CEOs y las estrellas de Hollywood, sino también en las capas medias de Europa, América del Norte y América Latina. Los números están en alza. Números que, cuando no imposibles, son bastante difíciles de mostrar dadas las características opacas de un mercado que —por alguna razón o por varias— no termina de salir del closet.
Ya no se dan solo en las esferas de los CEOs y las estrellas de Hollywood, sino también en las capas medias de Europa, América del Norte y América Latina.
3.
¿Cómo será olvidarse, al menos por un rato, de la opresión que la realidad ejerce y ha ejercido sobre uno? ¿Cómo pegará hacerse el distraído con la que uno ejerce sobre otro? ¿Qué clase de conjuro disociativo hay que invocar para poder pasar por alto el hecho elemental del uso que se hace del cuerpo de una mujer —uso que el 100% de las veces implica un riesgo imposible de prever y constatar de antemano por vías contractuales— gesta y pare un bebé, que no es suyo sino tuyo? Estas preguntas no plantean incógnitas; al contrario, muestran cómo y por qué una práctica deshumanizante y extractivista como la gestación por sustitución funciona y goza de buena salud.
Parirás con dolor, hermana, y solo el dolor será tuyo pues tu cuerpo no solo nunca lo fue sino que hoy es de los otros, demasiado de los otros, casi ajeno, una máquina de expendio, una geografía apta para la explotación de su recurso más preciado, hasta ahora irremplazable.
La semana pasada, en este mismo dossier, aunque en referencia a la figura satírica del “chad”, el escritor Marco Mizzi dijo que, frente a la castración existencial y a la ausencia de ley, “el cuerpo se vuelve el primer territorio disponible”.
No puedo estar más de acuerdo con la potencia de su aseveración solo que en este cuento de la criada —en la ficción tan conocida de Margaret Atwood y en las no-ficciones anónimas que se cuecen en nuestros conurbanos y provincias (no tan lejos de donde estás leyendo esto)— el único cuerpo a disposición es el de la mujer. Aquel que “presta sus servicios”, aquel que lo hace con “total consentimiento”, aquel que “decide sobre sí mismo”, aquel que “lo hace por dinero”. En esta escena, la de la concepción, el embarazo y el alumbramiento en un cuerpo que fue rentado, el del hombre se presta a un doble rol: al de testigo —acaso el de siempre, el de ser observador de un acontecimiento pseudo monstruoso que ocurre en el cuerpo de otro— pero también al de instigador. Un padre comitente, un padre de intención, no es otra cosa que un cliente. Y el cliente, compre lo que compre, consuma lo que consuma, siempre tiene la razón.
La asimetría signada en la naturaleza peca de evidente y se explica a sí misma, esa no es la parte novedosa. Pero cuando de mercantilización de bebés se trata, la línea que trazó la biología alcanza su vertical más extrema, hipertensionada por la relación con el dinero. Mientras lo masculino en la escena puede sustraerse de lo físico, y aparece como una especie de patrón que paga y espera que su demanda sea satisfecha, lo femenino de la escena se somete a él. Inyecciones hormonales, análisis beta hCG, ecografías, nauseas y vómitos, tactos, contracciones, trabajos de parto, epidurales, episiotomías, cesáreas, puntos, etcétera. No cabe la abstracción en el cuerpo de una mujer que se entrega al milagro de la vida.
Hace unos meses, el simpático conductor televisivo Alejandro Marley puso un ejemplo muy gráfico sobre la mesa, cuando contó a través de un video grabado con cámara frontal cómo transcurría —en tiempo real— el parto de su hija, la segunda nacida por subrogación. Mientras él se filmaba con cara de cansado, un viernes 3 am en el pasillo de la clínica, de la sala de partos provenían los alaridos de dolor de la parturienta.
“Ay, pobre”, decía el dueño del cash, el papá de la beba por nacer, desplegando todas las barajas de la empatía y de buen señor.
El video generó mucho revuelo. Y nada más. Siga siga.
Además de otras cosas, la subrogación de vientres tiene algo de obsceno. Es una práctica que está fundada en la falla tectónica de un mundo que, hasta hace no tanto, quiso ser igualitario pero quedó encallado.
4.
Además de otras cosas, la subrogación de vientres tiene algo de obsceno. Es una práctica que está fundada en la falla tectónica de un mundo que, hasta hace no tanto, quiso ser igualitario pero quedó encallado, frente el contraataque de los movimientos conservadores, en un igualitarismo de reformas y retóricas. Un pop para bailar que, como es sabido, rescató de las aguas heladas de la desigualdad solo a algunos. Más simbólica que materialmente, lo cual suscitó problemas de los que no vale la pena traer a colación acá.
Pero vuelvo. En este sentido, la subrogación de vientres es una práctica anti-igualitaria que se trasviste de su opuesto, porque habilita la fantasía de un “acceso igualitario” a tener hijos biológicos sin contemplar ninguna de las implicancias de cualquier orden que exige el proceso. El cambio de ropas no es inofensivo: el mercado, que venía a igualar oportunidades, sabe camuflar muy bien los pliegues de uno de sus negocios de mayores rasgos patriarcales. También es muy hábil para generar condiciones favorables para la compra y la venta. Y, sobre todo, sabe engañar.
5.
Si el cuerpo es el primer territorio disponible para el capital, entonces el lenguaje podría ser el segundo. O tal vez me equivoque y no sea una cuestión de primeros y segundos, sino una de complementariedad, de fagocitación mutua, permanente. Porque el lenguaje pone a disposición todos sus fierros para generar nuevas formas de pensar. En el presente, en este, el nuestro, el lenguaje es capaz de poner en suspenso la ley de la gravedad para que las clavas del negocio se mantengan para siempre en el aire. Tienen ese poder: las palabras pueden significar todo y nada a la vez, pueden desatar una guerra o llamar a la paz, hacer ganar o perder una elección presidencial, consolidar o terminar un matrimonio.
“El espacio separa las pieles. Las palabras atraviesan elásticamente el espacio, el espacio entre las pieles. [...] La palabra, que crea una relación, también puede separar”, escribe Michel Houellebecq en Las partículas elementales.
Si el cuerpo es el primer territorio disponible para el capital, entonces el lenguaje podría ser el segundo.
6.
Explorar el universo viscoso de la subrogación es prestarse a aprender una lengua nueva. El glosario de este comercio es amplio, eufemístico y sumamente necesario para que “las partes involucradas” en el proceso puedan entrar en él de la forma más confortable posible; eso es, sin demasiados cuestionamientos, preguntas sobre el ser, en la cabeza. Hay una deformación activa, estratégica, de todo lo que entendimos hasta ahora respecto de la magia de la reproducción humana, de la humanidad per se.
Entonces, no hay embarazos, hay “gestaciones”. No hay madres, hay “gestantes”. No hay maternidad, hay “voluntad procreacional”. No hay un cuerpo implicado en su totalidad, hay un “vientre alquilado”. No hay necesidad de dinero, hay “oportunidad”. No hay abandono, hay “entrega”. No hay compra y venta de bebés, hay “transacciones comerciales entre adultos”. No hay pagos, hay “compensaciones económicas”. No hay explotación ni trata de personas, hay “libertad” y “selección de candidatas”. No hay una práctica médica que oprime a las mujeres, hay una ciencia abocada a “la construcción de familias”.
Una jerga de desafectación y tecnicismo para no sentirnos mal al respecto. Todo un rebusque. Todo bien.
7.
Después del último sacudón feminista de nuestra historia, cuyas páginas todavía no llegaron a ponerse amarillas, la función femenina parece retornar a su reverso, a las dimensiones “naturales” y “naturalizadas” para las mujeres. La puesta del cuerpo en los embarazos y la puesta del cuerpo en la domesticidad —con el fenómeno trad wife, por caso, popularizado en redes sociales—, cuando no la puesta del cuerpo para generar contenido en plataformas tan prósperas y crecientes como Only Fans. La vida, la sobrevida, la supervivencia, parece volver a ese nudo que parecía haberse aflojado, a ese primer territorio disponible.
Mientras tanto, la función masculina se vuelca como nunca al reino del dinero, de la especulación financiera, de la crypto, de las apuestas, sin riendas y con una fuerza capaz de arrasar todo a su paso. Es un hombre que no retorna a ningún lado porque del centro del escenario realmente nunca se fue. La vida le es dada.
Después del último sacudón feminista de nuestra historia, cuyas páginas todavía no llegaron a ponerse amarillas, la función femenina parece retornar a su reverso, a las dimensiones “naturales” y “naturalizadas” para las mujeres.