La cultura del avive y el espíritu del mileísmo
Los años 90 dieron lugar a una cultura del aguante que resistía a la modernización neoliberal, y el 2001 dio lugar a una cultura del cuidado que estatizó a esa resistencia. Hoy la nueva hegemonía es una cultura del avive, que combina la picaresca de figurar y facturar con los sueños neotradicionalistas.
por Hernán Vanoli
A veces me gusta volver a Fogwill y a su idea de la herencia cultural del proceso. Es una hipótesis que resistió bien el paso del tiempo, todavía cierta y desafiante. El texto original fue publicado por primera vez en la revista El Porteño comienzos de la década de 1980, en el contexto de la posdictadura, cuando lo que predominaba eran lecturas moralizantes o juridicistas del pasado reciente. Una época en la que se empezó a construir la desgraciada certeza de que los problemas de Argentina se vinculaban con los derechos; en aquella época eran los derechos humanos. Mientras que el consenso democrático tendía a externalizar el mal exclusivamente en los militares, y luego el consenso de ciencias sociales y humanidades lo aggiornó en el latiguillo de “dictadura cívico-militar”, el texto de Fogwill ponía la lupa en las continuidades culturales que el Proceso había dejado en la sociedad civil.
Para Fogwill el alfonsinismo, analizado en caliente, tiene mucho de dictadura con buenos modales. La dictadura no dejó solo un saldo de terror, censura y destrucción institucional, sino también formas culturales, hábitos sociales y disposiciones subjetivas que sobrevivieron a la transición democrática y se naturalizaron en la vida cotidiana. Fogwill hablaba de modos de silencio, cinismo, repliegue individual, pragmatismo extremo y desconfianza hacia lo colectivo que fueron funcionales al régimen y pervivieron. Luego les pusimos un nombre, también moralizante: neoliberales. Yo fui uno de los muchos que creyó que esa otra palabra surgida del consenso de sociales y humanidades servía para algo. Lo que quiero destacar, sin embargo, es que Fogwill insiste con que esa herencia no opera como ideología explícita sino como clima cultural, como una pedagogía negativa que modeló deseos, lenguajes y expectativas, especialmente en las clases medias urbanas y en el campo intelectual: la herencia cultural del proceso.
En ese sentido su lectura dialoga con nociones como hegemonía cultural y, retrospectivamente, con las “estructuras del sentir” que planteaba Raymond Williams y Beatriz Sarlo junto con el club de intelectuales alfonsinistas se encargaban de importar casi en simultáneo. Según el crítico británico, las estructuras del sentir son configuraciones históricas de experiencia vivida que expresan cómo un grupo social siente, percibe y da sentido al mundo en un momento determinado, antes de que esas experiencias se fijen en formas plenamente institucionalizadas como ideologías, doctrinas o sistemas culturales estables. No se trata de ideas explícitas ni de valores formalizados, sino de tonos afectivos, sensibilidades, modos de relación y expectativas compartidas que atraviesan prácticas cotidianas, obras artísticas y lenguajes emergentes. Las estructuras del sentir permiten captar aquello que todavía no está cristalizado de una formación social, aquello que está en trámite y que muchas veces solo se vuelve visible retrospectivamente, en especial a través de la literatura, el arte y otras prácticas culturales. Pero también nos permiten pensar en elementos residuales y arcaicos que, como islotes de basura en una inundación, flotan impregnando a las formas culturales del momento que pretendemos analizar.
Tomando este punto de partida, la hipótesis que quiero presentar es que hoy vivimos una mutación donde la cultura del aguante y la cultura del cuidado que fueron, respectivamente, residual y hegemónica en el período anterior, están confluyendo en y siendo reemplazadas por una nueva estructura del sentir: la cultura del avive. Hablo de una formación ideológica todavía chirle, pero que atraviesa a un amplio espectro de manifestaciones culturales contemporáneas: el lenguaje (desde usar el término “basado” a decirle “amigo” a desconocidos), las comidas (desde la gastronomía de platitos entendida como una ilustración para personas post-literarias hasta la publicidad de Pepsi con una gorda que defiende su derecho a destruirse), la literatura (con el “new weird” como un avive absolutamente mutilado con respecto a la utopía del realismo mágico y con el terror gótico como un retorno de lo reprimido por el progresismo), las redes sociales (desde los cryptobros con duchas frías matinales hasta los nacionalistas conservadores que dilucidan psyops hasta en la sopa), Bizarrap como síntoma de la imposibilidad de comunicación inter-generacional, el microteatro, el catálogo de MUBI o la política (en el tránsito desde la militancia de naturaleza católica al streaming eminentemente protestante). Hay miles de ejemplos más.
La cultura del aguante: entre el escrache y el turismo
La cultura del aguante surgió en una Argentina en la cual la sociedad civil se redescubría a sí misma. Menem había terminado de liquidar a la amenaza militar y la había reemplazado por una perestroika que venía a terminar con cualquier reminiscencia de bienestarismo social. Ni ruptura ni continuidad con la dictadura sino ambas; un nuevo y deforme régimen de acumulación y de generación del deseo. Una modernización violenta y sensual con las privatizaciones, los alimentos importados a bajos precios, la renovación del parque de electrodomésticos nacional, los autos coreanos, las playas brasileñas como patio de atrás, el viaje a Miami de los estatales, la inflación cero. El costado tanático de esta explosión de consumo y modernidad está sobrenarrado y consumió una parte importante del presupuesto destinado a las ciencias sociales durante la década “ganada”; básicamente consiste en la liquidación de la argentina integrada, cuyo emergente más doloroso fue el desempleo, tanto estructural como el de las clases medias bajas que se uberizaron antes de Uber. El estado se descentraliza, se vuelve neoliberal con las recetas del Banco Mundial y los créditos del BID y se peroniza a la vez. La retórica del ingreso al “primer mundo” es aceptada por las mayorías.
La cultura del aguante de los 90 fue una forma de defenderse de una sociedad que aún se soñaba integrada, pero que percibía que ese mundo estaba desapareciendo: la integración industrial fue reemplazada por una integración simbólica donde convivían la modernización globalizadora con el plebeyismo contestatario.

En este tránsito, la herencia cultural del proceso de la cual hablaba Fogwill, que fue una corriente casi subterránea en el alfonsinismo y se volvió razón de estado durante el menemismo, generó a la cultura del aguante como anticuerpo. Me refiero a una estructura del sentir que todavía era una alianza de estamentos sociales definidos. No digo clases, me parece una exageración, pero si había personas que existían en lugares hasta antitéticos dentro del universo de la producción pero podían compartir una visión del mundo, que se cimentaba en el anhelo cultural (y no material) de una sociedad integrada. Este anhelo, por supuesto, era performativo en términos políticos, es decir, era una imaginación, una fantasmagoría, un discurso, una ideología que tenía efectos concretos en la práctica política y en la distribución de los recursos existentes. Hablando mal y pronto, la cultura del aguante cifró una alianza entre clases bajas (los que se uberizaron en el menemismo, algunos que quedaron en blanco, y los que se cayeron) y las clases medias (los hijos de profesionales, los universitarios con intereses espirituales, los periodistas progres, los pequeños empresarios, los ganadores laborales de las privatizaciones).
Esa alianza decía que la modernización era bienvenida y que la derrota de la sociedad integrada e industrial estaba bien o era, al menos, inevitable. Pero que íbamos a resistir culturalmente, que no nos íbamos a entregar del todo porque el país de clase media era un sueño eterno. Así las cosas, las mismas personas que viajaban a Miami y se volvían con un par de discmans, un buzo del Hard Rock Café y unas Reebok Pump iban a ver a Los Redondos en Huracán codo a codo con los futuros piqueteros, se cagaban a botellazos con la policía a la salida de la cancha y consumían el programa matutino de Lanata, Tenembaum y Zlotowiagda cuando Verbitsky todavía era bueno. Eran épocas en las que ir a un recital no tenía nada que ver con la experiencia de shopping paraguayo que ofrece el Movistar Arena: la plata en el calzoncillo y las llaves debajo de la plantilla en las Topper de lona. Había mezcla entre homogeneidades. Las mismas personas que eran despedidas del Estado o de los restos del tejido industrial bonaerense abrían un local de Todo por dos Pesos en Ortúzar o un parripollo en Munro. Las obras de Pablo Suárez rescatadas por el colectivo Belleza y Felicidad ilustran, en el plano de las artes visuales, esta tensión muy argentina. Pero no quiero irme por las ramas.
En un muy buen libro llamado Fútbol y Patria, Pablo Alabarces caracterizó a esta cultura y a su manifestación futbolera como una forma específicamente argentina de construir la identidad popular. Uno de los elementos centrales era poner el cuerpo, bancarse las trompadas, pasarla mal, arriesgarse al contacto con el otro. La cultura del aguante articulaba una mitología nacional que enlazaba sacrificio, resistencia y orgullo frente a la adversidad, rasgos históricamente valorizados en los relatos sobre “lo argentino”: desde el criollismo hasta el peronismo, y que amalgamaban el “poner el cuerpo” obrero al hincha o el público de rock. En ese sentido, el aguante definía quiénes eran los auténticos (los que se bancaban el frío, la derrota, la represión, la pobreza) y quiénes quedaban afuera (los “pechos fríos”, los frívolos, los no comprometidos).
Pero obviamente esta divisoria era porosa y estaba agujereada. Porque lo cierto era que la cultura del aguante fue una forma de defenderse de una sociedad que aún se soñaba integrada, pero que percibía que ese mundo estaba desapareciendo, y en cierto punto aceptaba su desaparición. La integración industrial fue reemplazada por una integración simbólica donde convivían la modernización globalizadora con el plebeyismo contestatario. Por eso la cultura del aguante fue lo suficientemente plástica para nutrir a las culturas juveniles y al mismo tiempo conformar un lenguaje común entre jóvenes y adultos. Su esencia se cifra en dos prácticas: la del escrache y la del turismo, que también convivían en las mismas personas. Destaco al escrache y al turismo porque fueron dos formas extremas de habitar el espacio, que definieron los noventas y que confluyeron en el kirchnerismo. El escrache como el paroxismo del aguante: un aguante que avanza sobre los verdugos, que marca el territorio, que quiere volver a los setentas o que los setentas vuelvan de alguna forma. Un aguante con conciencia de sí y para sí. El turismo internacional como lo reprimido que emergía: el potlach del ahorro, la verdadera integración soñada con la posibilidad permanente de ataques blitzkrieg de consumo global desde nuestro entrañable culo del mundo. Aguantársela en casa y comprar afuera, ir duro contra la policía local y blando con la madrileña. Dos rituales muy eficaces y performativos que el kirchnerismo cuidó y hasta institucionalizó.
La cultura del cuidado: entre los planes y la militancia
Pero más allá del precio del dólar, como les gusta pensar a los economistas, lo importante es que toda la estética dosmiliunera es una estética del aguante. Los piqueteros, hasta que se estatizaron, fueron los caballeros del apocalipsis de la cultura del aguante. Diciembre de 2001 fue un volcán donde hicieron eclosión una interminable y borgeana serie de microeventos que van desde las trompadas entre Mauro Viale y Samid hasta Pappo descalificando a DJ Dero. La Misa Criolla de la cultura del aguante fueron las visitas de los Rolling Stones durante el 1 a 1: rollingas, pizza y champagne. Resistencia y entrega. Las carreras de humanidades eran el reactor nuclear donde la ambivalencia de la modernización y la vaporosa resistencia retórica de la cultura del aguante encontraban su sustento teórico y espiritual. Blas Armando Giunta fue el San Juan Bautista de la cultura del Aguante, y su Disneylandia fue el Shopping Soleil Factory. El punto de paroxismo, transfiguración y muerte de la cultura del aguante fueron los acontecimientos de diciembre de 2001: los vientos globales soplaron fuerte en México y en Turquía y hubo que pagar los costos de la “Deng Xiaopingización” leída desde La Rioja.
La cultura del aguante se estatizó, se hizo moralista y empezó a rentar a sus practicantes a través de diversas plataformas (la militancia, el Conicet masivo, los salarios sociales, etc.) era porque estaba mutando en cultura del cuidado: habilitó y justificó a la nueva centralidad del Estado como empleador infinito y locus recargado del peronismo
Lo interesante, como diría Pagni, es que cuando la cultura del aguante se estatizó, se hizo moralista y empezó a rentar a sus practicantes a través de diversas plataformas (la militancia, el Conicet masivo, los salarios sociales, etc.) era porque estaba mutando en cultura del cuidado. Los Babasónicos reemplazaron a los Redondos como consumo clasista de las bases sociales del nuevo modelo, el brit pop al rock chabón, mientras la sociedad se agrietaba en microclústers de ideología y esteticismo. Ser político, que en la cultura del aguante era condenarse a una existencia de paria, se volvió cool. La cultura del cuidado habilitó y justificó a la nueva centralidad del Estado como empleador infinito y locus recargado del peronismo que en términos macro siguió siendo neoliberal (programas del BID y el BM, descentralización de salud y de educación, todo el diseño de Menem-Cavallo se mantuvo bastante), pero además vino a decir que el Estado era más que la sociedad civil, que el militante era el súper-laburante, y que la integración que se había abandonado podía recuperarse a través de planes sociales y redistribución del ingreso. A veces sueño con que podría haber funcionado incluso dentro de las reglas democráticas si hubiera habido una política energética decente, un estado dirigista de veras y dólar caro (de hecho este sueño es un género discursivo que ya aburre un poco en Twitter y posee una tribu paria y verdadera: los lavagnistas, los duhaldistas del día después de mañana).
La sociedad real, la silenciosa, la sociedad de las microtransacciones diarias, la del comercio y del esfuerzo físico, la que no quiere pagar ochenta dólares por un jean que en cualquier otro lugar del mundo vale quince, aceptó a la cultura del cuidado con un poco de estupor y mientras el poder adquisitivo (dólar barato) acompañase, aunque sabía que la promesa de integración social ya estaba rota y había sido abandonada no por mala voluntad de nadie ni por perfidia empresarial, sino por cambios estructurales en el régimen de producción global de mercancías, de finanzas y de deseo, al cual Argentina no había podido engancharse salvo en el campo (y por eso este modelo se financió con retenciones). Pero jamás compró del todo al gran buzón ideológico del kirchnerismo, que sin embargo fue exitoso en tres dimensiones: erosionó a la cultura del aguante construyendo a 2001 como un momento traumático que un estatismo de nuevo tipo venía a suplir, generó un nuevo tipo de modernización mercadointernista que tuvo logros innegables -como la estatización de YPF- pero más fuertes en términos de arenga que de desarrollo económico real, y estableció una nueva grieta construyendo a los medios de comunicación como enemigos políticos.
La cultura del cuidado destruyó la vieja alianza entre clases medias bajas y clases medias, que era el corazón de la alianza que sostuvo a la cultura del aguante. Esto sucedió porque polarizó (no politizó: polarizó) a las clases medias y a las bajas, y también las dividió entre las que aceptaban planes y las que no (en la clase media, los planes sociales se llamaron subsidios a la energía, exportaciones fantasmas para conseguir dólar baratísimo, becas de Conicet o planta semi permanente Resolución 48). Hubo un significante que unió a los grupos adictos al gobierno: el de la militancia. Quedaron afuera los sindicatos, los trabajadores informales no encuadrados por movimientos sociales que salvo raras excepciones recibieron mucho sin establecer circuitos virtuosos de reproducción del capital pero tampoco formas alternativas deseables o eficientes, los pequeños y medianos empresarios que siempre creen merecer más de lo que tienen y todos aquellos que luchan por el progreso individual basado en el mérito, una fantasía que casual y acaso desgraciadamente toda la cultura mundial venía inflando de forma escandalosa desde hacía más de un siglo, y había dado un salto exponencial en base a la hiper-individuación que proponía la privatización de la internet.
La cultura del avive: entre el tradicionalismo performático y la guita
La cultura del avive es un alien que se incubó en el estómago de la cultura del cuidado, activó elementos por entonces residuales de la cultura del aguante y empezó a imponerse como hegemónica cuando la derrota espiritual, social, económica y proyectual de la cultura del cuidado se hizo política con el triunfo de Milei. Claro que una sensibilidad como la cultura del cuidado puede estar vitalmente derrotada y pervivir en las formas institucionales, en las mentalidades de los consultores, en la comunicación del Partido Justicialista, en las sensibilidades de aquellos que no usan transporte público, etc. Por eso existe el término de residual. Y la cultura del aguante puede pervivir como un elemento arcaico e irremontable que aviva la imaginación afiebrada de los early millennials y late gen X que participamos de un estallido fracasado y memorable.
La cultura del avive recuperó la picaresca que se opone al moralismo vigilante y a la estética sufriente pero como es hija de su época y de sus antecesoras, necesita matizar esta picaresca en una performance de tradicionalismo que también condensa su vértigo angustioso ante el fracaso de la posmodernidad.
La cultura del avive, por el contrario, está vivita y coleando. Va hacia la hegemonía. Recuperó un elemento que parecía muerto pero empezó a activarse en la pandemia: la picaresca que se opone al moralismo vigilante y fariseo (vacunatorio vip) de la cultura del cuidado y a la estética sufriente, fascinada con la marginalidad, de la cultura del aguante. Pero como es hija de su época y de sus antecesoras, la cultura del avive necesita matizar esta picaresca en una performance de tradicionalismo que también condensa su vértigo angustioso ante el fracaso de la posmodernidad. La cultura del avive vuelve a la trascendencia y con la búsqueda de trascendencia en un mundo y una experiencia acelerados rinde un tributo a veces involuntario a la doble moral de principios del capitalismo industrial. Lo hacen los libertarios con su confianza religiosa y trascendente en el mercado y en la libertad, lo hacen los neocons peronistas con su hispanismo de Roblox. La cultura del avive no inventa nada: recurre a la solemnidad que cualquier doble moral necesita para existir. Si tuviéramos que analizarlo podríamos decir que no se trata del regreso retromaníaco que marcó el final de la cultura del cuidado. La retromanía se servía del disfraz y del mechandising. El tradicionalismo de la cultura del avive, desde las trad wives libertarias al morenismo, se hace material a través de un misticismo sin nuevos rituales que niega toscamente el paso del tiempo con la excusa de lo eterno.
La cultura del avive expresa también una nueva forma para las alianzas sociales. Ya no son estamentos, y si bien hay polarización esta no define las visiones del mundo, del mismo modo que la economía ya no define el voto de una forma lineal. Hay, por el contrario, un magma que une micro segmentos estancados económicamente pero unidos por dos pasiones: figurar y la guita. Porque en un mundo donde las redes sociales lograron al fin absorber los flujos de dinero y los flujos de dinero se convirtieron en redes sociales, figurar es lo que produce guita y la guita permite figurar. Santiago Maratea y Leonardo Cositorto fueron de los primeros emergentes visibles de la cultura del avive: guita, redes sociales y una transaccionalidad pícara para bypassear las viejas pavadas de la cultura del cuidado. Onlyfans es el paroxismo de la cultura del avive; MercadoLibre su abeja reina. El streaming, que no inventa nada, que es una radio con cámaras y sin mucha cabeza, es su locus. Se trata, a fin de cuentas, de intermediar y escenificar simulando que se produce.
Por eso la cultura del avive es una sensibilidad que atraviesa al coder que se levanta a las siete de la mañana, se despereza y va a tomar un café tonic a La Kitchen mientras ausculta los apasionantes movimientos del mercado, al estatal convencido de que el destino de la humanidad se aloja en la Antártida y que la tercera guerra mundial es inminente, al comerciante que se está fundiendo pero igual banca al modelo porque esta vez sí y porque prefiere fundirse a vivir fluctuando, al diletante que milita su trauma en Twitter como si Twitter fuese la esfera pública habermasiana y al nano influencer que la pegó con unos virales en Twitch pero monetizar le cuesta cada vez más. Dios y la guita son los únicos parámetros de trascendencia que la cultura del avive reconoce; esto la habilita a ser hiper cínica y solemne a la vez, paranoica y al mismo tiempo naif, super informada y al mismo tiempo ignorante. La dolarización también es un sueño eterno, como la integración keynesiana en un mundo con IA, pero lo que sí llegó fue la dolarización mental de la cultura del avive: “In God We Trust”, dice todavía el billete.
La cultura del avive nos atraviesa y cambia nuestras formas de leer (que son promptear) y de mirar (que son exhibirse, pagar para que te clipeen) el mundo. En la cultura del avive todos estamos seguros de que “la vemos”. Somos cazadores-recolectores de información que está al alcance de todos pero sólo nosotros sabemos promptear y montar en el interminable show de nuestra sinceridad abierta las 24 horas. Si en el aguante el tiempo estaba signado por la revuelta y en el cuidado el tiempo estaba puntuado por la política pública, la cultura del avive nos invita a otra cosa. Una percepción del tiempo absolutamente aplanada, donde los eventos se superponen uno encima de otro, donde el pasado sólo se hace inteligible con las categorías del presente, porque de alguna forma existe la sensación de que nada nuevo puede pasar, de que estamos en el fin de la historia o de que la historia está congelada.
Ante eso, la única forma de vincularse con el otro es avivándolo. No invitándolo a pensar, no imaginando articulaciones, no discutiendo estéticas, no proponiendo modificaciones ni desafiándolo a ser mejor, sino mostrando la trama, el revés, el funcionamiento secreto de las cosas, para que él se sienta vivo y sentirme vivo yo. El subtexto parecería ser: hay que repetir todo lo que ya fracasó, con las mismas instituciones que ya fracasaron, con los mismos sistemas de pensamiento que y no explican nada, pero como nosotros somos únicos, estamos avivados, tenemos los fierros de nuestro narcisismo digital y vivimos muy precariamente pero confiamos en Dios Católico o en Dios Mercado ahora las cosas van a ser distintas. Avivar es cuidar cuando, en el fondo, ya no se cree en que nada puede llegar a mejorar y por eso se quiere retroceder a los fundamentos básicos. Avivarse es aguantar cuando, en el fondo, ya no confías mucho en nadie ni querés poner el cuerpo. Dentro de la cultura del avive el nacionalismo representa el fin de la ideología, la geopolítica representa el fin de la imaginación y las finanzas combinadas a la microgestión del yo el fin de la cultura del trabajo.
La cultura del avive nos atraviesa y cambia nuestras formas de leer (promptear) y de mirar (exhibirse, pagar para que te clipeen) el mundo. Todos estamos seguros de que “la vemos”: somos cazadores-recolectores de información que está al alcance de todos pero sólo nosotros sabemos montar en el interminable show de nuestra sinceridad

Nadie sale vivo de aquí
Si la cultura del aguante habilitaba el enfrentamiento callejero, el pogo, el reviente etílico y tenía a la democracia directa como horizonte mítico, la cultura del avive habilita el doxeo, el clickbait, el café como bebida maximizadora del rendimiento y la nostalgia por la tradición o por los consumos culturales de la infancia como horizontes uterinos donde refugiarse ante la falta de horizontes reales. Si la cultura del aguante era un despliegue sobre el espacio público que valoraba la erudición, y la cultura del cuidado era un repliegue en el Estado que habilitaba la distribución, la cultura del avive es un repliegue sobre el mundo virtual que valora la aparición. Si la cultura del aguante murió con el crecimiento de internet y la del cuidado con el crecimiento del déficit fiscal, la del avive también morirá, y lo hará pronto, con la proliferación de la IA y el remate de los recursos mineros que los gobernadores están cambiando por yates, rotondas y castillos de arena en las Islas Caimán.
¿Qué va a quedarnos? ¿Cómo sobrevivirá cada generación a la acción erosiva y por eso formativa de estas culturas? ¿Qué se está formando en la punta de tus dedos y es tan sutil y delicado pero al mismo tiempo pesado y radioactivo que aún no podés ver? ¿No es un poco vil jerarquizar a las culturas cuando además estás biográficamente parado en una de ellas, que además fue muy derrotada? No lo sé, puede ser. En lo personal no creo que ninguna de las tres culturas que intenté describir dentro del marco teórico del sociologismo vandálico que me caracteriza sea mejor que la otra: después de todo cada una es efecto de la otra, cada una participa de la otra, cada una tiene un diálogo tenso y convive con la otra. Y, lo más importante, nosotros, las personas, estamos hechas de sus ecos, contradicciones y disyuntivas. Si tuviera que ponerme valorativo y abandonar mi impoluto rol de analista social diría algo obvio: prefiero algunos elementos de la cultura del aguante porque me formé en esa sensibilidad, aprendí a leer, a escribir, a amar y a perder en esa sensibilidad. Soy, yo mismo, un elemento arcaico que flota y se descompone en el caldo de la cultura actual.
Sin embargo hay elementos de la cultura del avive que me resultan gratos. Aunque me gustaban la suciedad y el voluntarismo contenidos en la cultura del aguante, me gustan la impunidad y lo despojada y por eso frágil que puede ser la cultura del avive. Hoy me siento mucho más cerca del nacionalismo terraplanista de la cultura del avive, y de su paranoia geopolitiquera, que del cosmopolitismo anciano de la cultura del aguante y del keynesianismo fariseo de la del cuidado. Sin embargo, y aunque nunca me sentí cómodo en ella, reconozco muchos de los logros de la cultura del cuidado y su posición privilegiada dentro del campo de lo residual. De hecho el kirchnerismo fue una tragedia para el país, pero eso implica que tuvo mucho más pathos y muchísimos mejores momentos que el mileísmo. De todos modos, y más allá de mi gusto personal, como progresista creo que lo que puede llegar a salvarnos es un aprendizaje colectivo que permita transformar nuestros automatismos culturales a tiempo, relativizarlos con cortesía, dimensionar sus hallazgos e invocar sus promesas.
Si la cultura del aguante murió con el crecimiento de internet y la del cuidado con el crecimiento del déficit fiscal, la del avive también morirá, y lo hará pronto, con la proliferación de la IA