La coartada del heroe

¿Por qué necesitamos enemigos? Desde una escena doméstica frente al televisor, este ensayo recorre el fútbol, los mitos clásicos, la política y la cultura de masas para analizar cómo fabricamos villanos y qué revela esa operación sobre nosotros mismos.

por Marco Marcelo Mizzi

“Nunca existe algo a un lado del sistema que no acabe por aparecer en el otro con tal de esperar el tiempo suficiente”

René Girard

Sobre la mesa hay un plato de pizza fría. Afuera, un perro le ladra a otro perro. Y en la pantalla, los seleccionados de Francia y Paraguay entran al estadio.

Mientras suena La Marsellesa, la cámara enfoca a Mbappé. Se me escapa una puteada. Y mi hijo, con las piernas cruzadas sobre su silla como un yogui improvisado, hace un gesto raro con la boca. Algo entre el desprecio y la incomodidad, calcado de nosotros, de mí, de sus tíos. Después me mira.

—¿Por qué odiamos al negrito, papi? —pregunta, señalando la tele con el mentón, sin sacar las manos de entre las piernas—¿Es malo, no?

La pregunta cae con el peso específico de lo que no se puede desarmar en una frase. No es una pregunta sobre fútbol. Tampoco sobre raza. Es una pregunta sobre el mundo, hecha con las herramientas que tiene.

Pienso rápido en respuestas fáciles. Que no lo odiamos, que solo queremos que pierda. Que es una cuestión de códigos. Pienso en explicarle la importancia de apoyar países hermanos. Pero mi hijo no preguntó por qué queremos que pierda. Preguntó por qué lo odiamos. 

La verdad, incómoda, es que por ahí los malos somos nosotros.

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La Internacional Progresista enarbola a Mbappé como referente: negro, hijo de migrantes, open mind, con conciencia de clase y un talento genial. No tienen muchos así para mostrar. De hecho, casi ninguno. Así que no es de extrañar su ascenso al Olimpo socialdemócrata.

Los fachos y sus primos pobres, los progres antiprogres, se escudan en eso para dar rienda suelta a su desprecio. Dicen que Mbappé no es tan bueno, en su doble acepción. Que como jugador de fútbol es un gran maratonista, y que además es un malaleche. 

Excusas. Lo odian (lo odiamos) porque es buenísimo.

Después de la victoria sobre Paraguay, Mbappé le dijo a la prensa: 

Hoy demostramos que si hay que meter las manos en la mierda las vamos a meter, con perdón por la expresión. No tenemos ningún problema con eso. Ellos pensaban que íbamos a venir a jugar de traje, que solo íbamos a hacer lindas jugadas, tirando paredes. Nosotros también sabemos jugar al fútbol sucio y hoy les ganamos en su propio estilo, e incluso fuimos mejores que ellos. Ese fútbol de lucha es su forma de jugar (la de Paraguay) y está bien. Todos juegan con sus armas. No hay nada bueno o malo en eso. En realidad, forma de jugar al fútbol hay una sola, que es ganar.

Impecable. Palabra por palabra. Si lo hubiera dicho un argentino, los influencers y los influenciables hubieran vuelto meme alguna de esas frases. 

Pero lo dijo Mbappé. El hijo de re mil puta que nos eliminó en 2018, el cometravas al que arrebatamos la copa en 2022, el cuco con el que soñamos desde hace un mes. Y sus dichos dejan de ser viveza para volverse soberbia. El mismo gesto que en un criollo sería códigos de barrio, en el capitán de Francia es prepotencia de negro resentido. 

Mbappé es un villano. Porque no es nuestro.

Pero lo dijo Mbappé. El hijo de re mil puta que nos eliminó en 2018, el cuco con el que soñamos desde hace un mes. Y sus dichos dejan de ser viveza para volverse soberbia. El mismo gesto que en un criollo sería códigos de barrio, en el capitán de Francia es prepotencia de negro resentido. Mbappé es un villano. Porque no es nuestro.

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En La Ilíada hay dos ejércitos. Los dos tienen motivos válidos para la guerra. Los dos tienen valientes en sus filas. El malo es el otro. 

Héctor es, para los aqueos, el enemigo que hay que matar, y para los troyanos, es el padre e hijo devoto que defiende su ciudad hasta morir por ella. Parado enfrente, Aquiles oscila entre ser la encarnación de la gloria y la representación de la furia asesina. 

Como dijo Mbappé, no hay nada bueno o malo, solo formas de jugar. ¿Pero a quién le alcanza con ganar? Necesitamos, además, que alguien encarne lo que queremos derrotar. Que cargue con el mal para que nuestra victoria pueda llamarse bien. 

Es un mecanismo más viejo que la injusticia. 

Una comunidad puede prohibir la violencia. Lo que no puede es hacerla desaparecer. Debe administrarla. Delegar eso en un cuerpo para que no circule libremente, para que no nos devoremos entre nosotros. Durante miles de años, los pueblos encontraron en la figura del chivo expiatorio, del inocente que paga la cuenta, una válvula de escape.

Todo mecanismo de descarga se satura hasta quedar inútil. El chivo expiatorio se encuentra con su propio límite. En algún lugar, aunque sea callado, la tribu sabe que el elegido no hizo nada, y ese saber incomoda. 

Ahí llega el villano. Es la forma que toma el chivo expiatorio cuando ya no alcanza con descargar violencia: hace falta, además, sentirse en lo correcto al hacerlo. Ya no hay sacrificio, sino justicia. Aunque la culpa que estamos castigando la hayamos fabricado nosotros mismos, a medida, después de decidir a quién íbamos a odiar.

¿Qué es un villano? Una de las caras del héroe. Desde el poema fundacional de Occidente, ser el malo es una posición política que otros eligen por nosotros. Es, en definitiva, una burla del destino.

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Un villano tiene tantas biografías como necesite el que lo enfrenta.

Ni siquiera hace falta recurrir al multiverso: alcanza con un mal día. Un solo cuerpo partido en dos por accidente.

Cada vez que alguien le pregunta al Joker de dónde salió, cuenta una versión distinta. Si tiene que tener un pasado, prefiere uno multiple choice. Ninguna versión es más verdadera que otra. Todas sirven porque ninguna importa.

Lo que realmente interesa es que exista. Puesto que sin él, Batman es apenas un rico con traumas y un fetiche por los murciélagos. Lo que separa a Bruno Díaz de Juan Carlos Blumberg es una licencia poética. El Joker le da al héroe algo que ni toda su fortuna puede comprar: un motivo noble.

Es una simbiosis. El bien se demuestra siempre contra algo, y ese algo tiene que ser lo suficientemente monstruoso como para que la propia virtud brille por comparación. 

Ahí está, dibujado con crayón y sangre de imprenta, lo que hacemos nosotros con Mbappé, con Héctor, con el vecino: el motivo es la continuación del odio, y no su antesala. 

Primero elegimos al malvado. Y recién después, si hace falta, le inventamos el origen que más nos convenga. Si esa versión no convence, probamos otra. 

Como dijo Mbappé, no hay nada bueno o malo, solo formas de jugar. ¿Pero a quién le alcanza con ganar? Necesitamos, además, que alguien encarne lo que queremos derrotar. Que cargue con el mal para que nuestra victoria pueda llamarse bien.

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La Argentina de la grieta funciona con el mismo software. Cambia el nombre del villano según en qué vereda estés parado. Milei o Cristina, la casta o los planeros, el campo o el Círculo Rojo. La estructura es idéntica: alguien tiene que ser el villano para permitirnos ser el héroe. 

Necesitamos, con desesperación casi religiosa, que haya un afuera para no mirar el adentro.

El casting vernáculo de villanos está armado de antemano.

El político corrupto guarda, en general, una explicación razonable para cada peso. Si uno se sienta a tomar un café con él (y yo tomé ese café, más de una vez, en distintas ciudades, con distintos nombres) el tipo no se asume como villano. Se presenta como alguien que entendió las reglas del juego mejor que los demás. Cree lo que dice. A veces, yo también.

El pibe chorro tiene catorce o quince años, y una carpeta del juzgado de menores más gruesa que sus cuadernos de la escuela, a la que dejó de ir en séptimo grado porque nadie fue a buscarlo cuando faltaba. Cuando me fumé un caño con uno en una toldería en la villa La Antenita de Rosario, me habló de otro pibe del que "hay que cuidarse". 

El libertario tuitero piensa, genuinamente, que descubrió algo que el resto del mundo todavía no vio. Una vez discutí con tres de ellos durante casi una hora. Insultaban con liviandad. Tenían el aire risueño de alguien que por fin encontró un lugar donde lo que dice importa.

La feminista histérica, así, con esas dos palabras pegadas, como si fueran una sola, casi siempre está, en la escena real, muy lejos de la histeria. Habla bajo. Elige las palabras. La escuché pedir perdón tres veces antes de terminar una frase.

Son cuatro personajes, cuatro maneras de no tener que mirarse en el espejo. Ninguno de ellos, visto de cerca, se parece demasiado al que imaginamos de lejos. 

En esa distancia entre lo que existe y lo que necesitamos que exista, es donde vive el villano.

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Este siglo inventó un curro que el siglo pasado todavía no había perfeccionado: convertir al villano en protagonista. Cruella de Vil fue una nena traumada antes de desarrollar una perversión zoosadista.

El movimiento es siempre igual. Se toma al villano reconocido, y se le agrega lo que le faltaba: una falta. Se construye El Camino del Villano, con sus propias postas iniciáticas. De hecho se publicó un libro con ese nombre. 

La lectura tiene su lógica. Instalada la sospecha sobre todo relato de autoridad, ¿por qué no? Si la Historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia de la Tierra Media. Los elfos eran una aristocracia que se atrincheró en su propia pureza racial, mientras los orcos fueron un pueblo que Sauron organizó para pelear por un pedazo de tierra.

Ser el malo es una posición que la tribu asigna y no una sustancia que el cuerpo lleva adentro. Luego, cualquier villano merece ser revisado. El problema es lo que pasa después de la revisión. Ya no son los orcos, ok, son los elfos. Incluso el malo puede ser el propio Tolkien, acusado de reaccionario. 

Ni siquiera la sospecha hacia el mecanismo nos saca del mecanismo. Es una serpiente que se muerde la cola, el chivo expiatorio final: ahora el que paga los platos rotos no es el monstruo de turno, es la civilización entera que se atrevió a contar la historia de esa manera.

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Nada de esto significa que el Mal no exista. Que todo sea cuestión de relato, o de quién sostiene el micrófono. El relativismo moral es un veneno y su necrosis un efecto que infecta Occidente.

Hay cosas que están mal. Pero alguien tiene que hacerlas. Michael Corleone es un hijo de puta. Hizo cosas terribles. Incluso mató a su hermano. Y, sin embargo, es un héroe. 

Eso no es un malentendido de guión ni una cuestión de perspectiva: es un hombre haciendo lo que tiene que hacer. Y lo que tiene que hacer son cosas malas, para que otros puedan vivir tranquilos. Acepta ensuciarse para que otros puedan conservar las manos limpias. 

La trilogía nos arma, durante casi diez horas, la coartada perfecta para que sigamos queriéndolo: Michael lo hizo por la Familia. Y termina muriendo solo. Ese es su salario. Terrible, pero justo.

Ahí está lo que de verdad se reparte de manera desigual. Michael no está exento de culpa. Lo que tuvo fue el permiso para tenerla y seguir siendo, de todos modos, el bueno de la película.

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En la televisión, Mbappé vuelve a aparecer en primer plano. Mi hijo sigue esperando una respuesta. Afuera, uno de los perros dejó de ladrar. 

—No —digo finalmente—. No es malo. 

Él me mira sin entender. Después mira la pantalla y con los ojos clavados ahí me dice: 

—¿Entonces por qué lo puteamos?

Esa era, desde el principio, la única pregunta.

Primero elegimos al malvado. Y recién después, si hace falta, le inventamos el origen que más nos convenga. Si esa versión no convence, probamos otra.  Necesitamos, con desesperación casi religiosa, que haya un afuera para no mirar el adentro.