La ciénaga: IA y soberanía en el territorio del lenguaje
De los mapas de la Antigüedad a la inteligencia artificial, la relación entre territorio y representación está cambiando. En un mundo donde infraestructuras, lenguajes y sistemas computacionales se entrelazan, el poder ya no consiste solamente en controlar un espacio, sino en intervenir sobre los circuitos que lo hacen visible, inteligible y gobernable.
por Kevin Batcho y Pio Torroja
La ciénaga
Plutarco nos cuenta que los cartógrafos antiguos llenaban los bordes de sus mapas con leyendas: aquí yacen desiertos sin agua llenos de bestias salvajes; aquí yacen pantanales inexplorados. El cartógrafo nombra lo que queda más allá del mundo conocido, y al nombrarlo lo trae a relación con el territorio domesticado. El espacio en blanco adquiere un carácter, un terreno, una fauna. Unas pocas palabras imponen un orden sobre lo que aún no ha sido encontrado, otorgando a lo desconocido un conjunto de predicados antes de que la experiencia los haya proporcionado.
Así como los geógrafos, oh Sosio Seneción, cuando en los extremos de sus mapas comprimen las regiones que escapan a su conocimiento, añaden notas explicativas diciendo que “más allá hay arenales sin agua y sin fieras”, o “una ciénaga inescrutable”, o “el frío escita”, o “un mar helado”; de la misma manera yo, al escribir estas Vidas paralelas, después de haber recorrido el tiempo al que puede llegar la razón verosímil y en el que se apoya una historia de hechos, bien podría decir de los tiempos anteriores: “Más allá hay cosas prodigiosas y trágicas; poetas y narradores de mitos son quienes las habitan, y ya no hay en ellas credibilidad ni claridad”. (Plutarco, Vida de Teseo, aprox. entre 100 y 120 d. C.)
El margen es, por lo tanto, territorio in potentia. Su estatus permanece irresuelto. La ley del centro aún no lo ha alcanzado, y la cuestión de qué ley lo gobernará permanece abierta. Sin embargo, el cartógrafo ya ha comenzado a organizar ese espacio. La leyenda establece distinciones, reúne particulares en categorías y da forma a lo que de otro modo permanecería como una extensión indiferenciada.
Al mismo tiempo, el terreno mismo contiene distinciones que el cartógrafo aún no ha visto. La ciénaga tiene sus canales, su suelo firme, sus cambios estacionales, sus plantas y animales, sus caminos de aproximación. Un viajero posterior los descubrirá. El mapa cambiará entonces. Lo que primero apareció como un único espacio en blanco adquirirá estructura interna, y el territorio comenzará a describirse a sí mismo, a medida que cartógrafo y viajero descubren juntos distinciones que ya existían.
Esto nos da una forma primitiva de extraterritorialidad. Una embajada es extraterritorial porque un arreglo legal establecido la suspende más allá de la jurisdicción ordinaria del Estado circundante. El margen antiguo es una extraterritorialidad diferente: su suspensión es provisional en lugar de establecida.
Algo similar ocurre cada vez que un mapa se encuentra con lo que no puede controlar plenamente. La mediación de los mapas con lo real se ha vuelto ubicua, teléfonos y computadoras parecen prioritarios; la experiencia directa en territorio es una excepción, la intimidad cartográfica, la regla; pero estemos quizás llegado a un límite, y no parece devolvernos una experiencia directa del mundo sino algo más extraño. No obstante, es la época de la producción cartográfica generalizada.
Los cartógrafos OSINT ―especialistas que usan fuentes abiertas y herramientas geográficas para crear mapas que analizan conflictos― que siguen la guerra en Ucrania, rusos, ucranianos e independientes, han añadido un quinto tono a sus mapas, a diferencia de la “zona gris”, que es ausencia de un control territorial efectivo: la zona de interpenetración llamada en general “zona de infiltración” es un espacio en el que las fuerzas enfrentadas pueden penetrar recíprocamente en territorios bajo control del adversario, superponiendo de manera discontinua sus capacidades de presencia, vigilancia y ataque, una especie de hiper-territorio.
La mediación de los mapas con lo real se ha vuelto ubicua, teléfonos y computadoras parecen prioritarios; la experiencia directa en territorio es una excepción. No obstante, es la época de la producción cartográfica generalizada.
En las primeras horas del 28 de febrero de 2026, mientras comenzaba la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán, una oleada de drones y misiles iraníes alcanzó Qatar y golpeó el AN/FPS-132, uno de los principales radares estadounidenses de alerta temprana. Su función era detectar y seguir misiles balísticos a miles de kilómetros, proporcionando a la defensa el tiempo necesario para reaccionar. El ataque buscó alcanzar los sensores más sensibles antes de que pudieran registrar y orientar la respuesta. Durante las semanas siguientes, al menos otros diez emplazamientos de radar fueron atacados: una campaña orientada a denegar el acceso al ciclo completo de producción cartográfica.
El 2 de marzo, los ataques iraníes alcanzaron físicamente dos instalaciones de Amazon Web Services en Emiratos Árabes Unidos y afectaron la infraestructura de AWS en Bahréin. Reuters lo describió como la primera vez que un gran centro de datos de una empresa tecnológica estadounidense era afectado directamente por una acción militar. Los ataques contra los centros de datos hacen visible una condición que la abstracción de la “nube” tiende a ocultar: la infraestructura material y la infraestructura informacional constituyen dos dimensiones inseparables de una misma operación. La aparente desterritorialización de las tecnologías de la información queda confrontada con la territorialidad concreta de las infraestructuras que las sostienen y con su vulnerabilidad frente a la destrucción física.
El 18 de marzo, el ataque iraní contra Ras Laffan, el gran complejo gasífero de Qatar, introduce una nueva capa de la relación entre lo material y lo inmaterial. El impacto produjo daños importantes en las instalaciones de LNG y obligó a interrumpir parte de la producción. El helio se obtiene como subproducto del procesamiento del gas natural; Qatar aportaba aproximadamente un tercio de la producción mundial. La interrupción de su producción afectó una cadena material de la que dependen industrias tecnológicas como la fabricación de semiconductores y los sistemas criogénicos. Una infraestructura energética comienza así a producir efectos sobre las condiciones materiales de funcionamiento de la computación.
Estos tres acontecimientos permiten observar una transformación que puede ponerse en relación con la hiperterritorialidad que aparece en la cartografía de la guerra contemporánea. Así como el quinto tono surge cuando la división excluyente entre dos territorios deja de describir adecuadamente la distribución efectiva del control, aquí la separación entre dominios ―militar, informacional, energético, económico―, fruto del control político, deja ver la relatividad de su autonomía. Ya no se trata solamente de una zona de indeterminación entre dominios, sino de una zona de mutua causación. Cabe preguntarse entonces si estas ambigüedades y mezclas son simplemente efectos no previstos de la guerra o si están siendo incorporadas como condiciones y motores de la planificación; ya que parecen querer afectar tanto al territorio como al mapa. Es legítimo preguntarse hasta qué punto esta ambigüedad no está siendo diseñada.
El mapa es una fase del territorio: el mapa no solo registra elementos y diferencias sino que actualiza potencialidades del territorio, y al hacerlo (re)orienta la acción (sobre el territorio). Tiene una dirección recursiva, que vuelve sobre la propia localidad, y una dirección transductiva, que tiene la capacidad de reestructurar otros sistemas con los que se encuentra, lo que incluye, claro, otros mapas; los mapas enemigos. La “ciénaga inescrutable” de Plutarco se vuelve un centro de acción.
El 2 de marzo, los ataques iraníes alcanzaron físicamente dos instalaciones de Amazon Web Services en Emiratos Árabes Unidos y afectaron la infraestructura de AWS en Bahréin. Reuters lo describió como la primera vez que un gran centro de datos de una empresa tecnológica estadounidense era afectado directamente por una acción militar.
El territorio como flujo
El modo de la tecnología actual hace visible la procesualidad del territorio, el territorio tiene fases ―se actualiza en distintos dominios, se superpone consigo mismo y con otras dimensiones de lo real― el mapa es una fase del territorio, esto hubiera sido una exageración hace apenas unas décadas atrás, una tendencia o potencialidad futurista tanto de la cartografía como del territorio, que aún era lo suficientemente estático y previsible. pero ser fase implica también un proceso de pasaje y transformación entre uno y el otro; por tanto cambio y mezcla.
Un oleoducto que cruza un desierto, un cable submarino que cruza un océano, un satélite que pasa por el espacio orbital, un centro de datos que extrae electricidad y agua de una localidad particular, un puerto que enlaza la circulación marítima e interior: cada uno pertenece a un sistema territorial cuyas partes pueden estar separadas por miles de kilómetros mientras funcionan juntas.
El cable depende de su estación terminal (cable landing station). El centro de datos depende de la red eléctrica. El satélite depende de la infraestructura de lanzamiento, las estaciones terrestres y el control terrestre. El oleoducto depende de bombas, terminales y las jurisdicciones políticas a través de las cuales pasa. Sus ubicaciones físicas son distintas, y muchas veces distantes, mientras que sus operaciones forman un sistema continuo. Sus elementos no necesitan ser contiguos para funcionar como un único ensamblaje territorial. El territorio adquiere, por lo tanto, una forma híbrida: geográfica, infraestructural, tecnológica, jurídica e informacional a la vez.
Esta es una razón por la cual la circulación se ha vuelto cada vez más importante para la territorialidad. El objeto territorial es a menudo un flujo: petróleo, gas, electricidad, datos, capital financiero, bienes manufacturados, suministros militares, información. La infraestructura que transporta el flujo se convierte en parte del territorio a través del cual opera el poder. Un oleoducto es un objeto territorial. También lo es un cable que yace a miles de metros bajo el mar. También lo puede ser un sistema orbital cuyos componentes físicos nunca tocan el territorio sobre el que ejercen su influencia. El territorio se ha diseminado.
El viejo mapa geográfico permanece indispensable, pero representa cada vez más sólo una capa del sistema territorial. Debajo de él yace otro mapa de cables, oleoductos, redes eléctricas, puertos, satélites, centros de datos, depósitos minerales, redes financieras y corredores logísticos; pero también el mapa de los espectros electromagnetico, acústico, sísmico y radiológico. Estas capas se intersectan sin compartir la misma geografía.
El resultado es un territorio que puede ser contiguo en una dimensión, lineal en otra, nodal en otra y orbital en otra, espectral en otra. Su geografía política es cada vez más inseparable de su geografía tecnológica.
El mapa en la máquina
¿Se introduce el territorio en la máquina a través del mapa? ¿O solo el territorio se vuelve dependientemente de la máquina a través del mapa, del mapeo continuo?
La inteligencia artificial ha perseguido repetidamente la idea de una arquitectura cognitiva general: un sistema capaz de operar a través de dominios mediante un conjunto común de operaciones formales. La historia de la IA contiene dos enfoques especialmente importantes a este problema.
La tradición simbólica comienza cuando las cosas pueden ser representadas mediante signos; las relaciones se convierten en estructuras formales; y los sistemas simbólicos incorporan reglas para operar sobre esas estructuras. La inteligencia resultante puede, por lo tanto, describirse a través de un mapa de categorías y relaciones. La representación permite abstraer aspectos del mundo y convertirlos en objetos de operación simbólica.
La tradición conexionista comienza en otro lugar. En lugar de especificar cada categoría de antemano, expone un sistema -una red neuronal compuesta por unidades interconectadas- a un número enorme de ejemplos y permite que las estructuras internas emerjan de sus relaciones. El sistema descubre regularidades dentro del terreno de su entrenamiento. La diferencia puede expresarse muy simplemente: una comienza con el mapa; la otra descubre el mapa a través del terreno.
El mapa es una fase del territorio: el mapa no solo registra elementos y diferencias sino que actualiza potencialidades del territorio, y al hacerlo (re)orienta la acción (sobre el territorio). Tiene una dirección recursiva.

Los grandes modelos de lenguaje (LLM) han llevado estas dos tradiciones a una relación inusual. Su arquitectura sigue siendo conexionista, pero las estructuras simbólicas ya no forman parte de su arquitectura: están contenidas en gran medida en los materiales humanos sobre los que el modelo aprende —lenguajes, conceptos, clasificaciones, narrativas y registros acumulados de la actividad humana—. El modelo encuentra regularidades en esos materiales y desarrolla representaciones internas a partir de ellas. La distinción importa porque los lenguajes mismos cargan historia.
Desde Johann Gottfried Herder y Wilhelm von Humboldt hasta Edward Sapir y Benjamin Whorf, una larga tradición del pensamiento lingüístico ha tratado el lenguaje como una forma histórica de organizar la experiencia. El lenguaje carga distinciones concernientes al espacio, el tiempo, la causalidad, la agencia, la evidencia y las relaciones sociales.
La misma pregunta surge ahora dentro de los sistemas artificiales. ¿Qué ocurre cuando miles de años de diferenciación lingüística son comprimidos dentro de una arquitectura matemática desarrollada en apenas unas décadas?
Babel en la máquina
La aparente universalidad de los grandes modelos de lenguaje contiene un problema peculiar: una arquitectura puede procesar cientos de lenguajes pero esos lenguajes entran al modelo saturados de historia y de inscripciones territoriales.
Un estudio reciente, Under the Shadow of Babel: How Language Shapes Reasoning in LLMs (Wang et al., 2025), permite observar esta diferenciación dentro de los propios modelos. Los autores comparan el comportamiento de modelos de lenguaje frente a problemas de razonamiento causal semánticamente equivalentes en chino e inglés, y encuentran diferencias sistemáticas en sus patrones de atención y en las preferencias respecto del orden de los componentes causales. Los modelos tienden a reproducir algunas disposiciones estructurales asociadas a cada lengua, incluso cuando las relaciones causales son las mismas y el orden de sus elementos es modificado. Al mismo tiempo, cuando el razonamiento tiene éxito, las representaciones internas pueden converger hacia abstracciones semánticamente alineadas entre ambas lenguas. Las diferencias entre las lenguas tienden a producir trayectorias diferenciadas de procesamiento, mientras que, dentro de una arquitectura común, las representaciones tienden a converger hacia abstracciones semánticas comunes.
Pero la territorialidad del lenguaje no es sólo un problema que atraviesa los grandes modelos de lenguaje. La máquina biológica también tiende a divergir en base a su inscripción en una lengua y una cultura. Una investigación que compara hablantes de lenguas estructuralmente diferentes, el alemán y el árabe, ha encontrado diferencias en los patrones de procesamiento neural relacionado con el lenguaje, diferencias que persisten cuando se expresa contenido comparable. La historia lingüística se vuelve encarnada en la organización de la cognición misma. El cerebro de un hablante de una lengua no es el cerebro de un hablante de otra, al menos en los patrones específicos a través de los cuales se procesa el lenguaje. Si la cognición está lingüísticamente organizada, entonces cabe preguntarse si una máquina entrenada predominantemente en un lenguaje desarrolla también una organización singular de sus representaciones: una organización con una historia y una relación con un medio, con una o varias regiones particulares, cualquiera sea su multilingüismo superficial.
El viejo problema de Babel adquiere, por lo tanto, una nueva forma. La pluralidad lingüística se ha infiltrado en la construcción de la gran máquina aparentemente única y universal.
Aquí es también donde la distinción entre enfoques simbólicos y conexionistas se vuelve más interesante. Un sistema simbólico puede representar explícitamente una distinción lingüística; pero un sistema conexionista absorbe las consecuencias estadísticas de esa distinción a través de un número enorme de ejemplos. En el último caso, la territorialidad del lenguaje se vuelve distribuida a través del sistema, incrustada en los pesos y los patrones de atención. La máquina contiene una huella estadística de miles de años de texto en alemán, y esa huella da forma a cómo el modelo razona. La territorialidad es real, y es invisible. El lenguaje se vuelve algo así como una capa geológica dentro de la máquina.
Un lenguaje no es meramente un vocabulario. Es el resultado acumulado de generaciones de hablantes que modifican estructuras heredadas y las transmiten. Contiene huellas de técnicas, gestos, entornos, desplazamientos, instituciones, cosmologías y formas de vida social. Un sistema lingüístico es una sedimentación geo-histórica.
La cuestión para la IA es, por lo tanto, más amplia que la traducción multilingüe. La máquina puede estar absorbiendo diferentes organizaciones históricas de la experiencia en una arquitectura computacional común. La arquitectura es universal en forma; el contenido es particular. Y la particularidad persiste. Un orden de diferencias territoriales se reproduce en el fantasma digital amorfo que recorre el mundo.
La cuestión para la IA es, por lo tanto, más amplia que la traducción multilingüe. La máquina puede estar absorbiendo diferentes organizaciones históricas de la experiencia en una arquitectura computacional común. La arquitectura es universal en forma; el contenido es particular.
Soberanía Transductiva
Pero la máquina no permanece separada del mundo del que se alimenta. Las representaciones que produce vuelven a entrar en los territorios de los que provienen como operaciones sobre estos. Es aquí donde la relación entre mapa y territorio deja de ser descriptiva y se vuelve transductiva. Raro pero preciso, el concepto fue desarrollado a mitad del siglo XX por Gilbert Simondon.
Simondon describe la transducción como un proceso mediante el cual un sistema metaestable —que contiene múltiples equilibrios posibles— actualiza sus potencialidades y estabiliza provisoriamente sus tensiones mediante transformaciones locales sucesivas. Su ejemplo de la cristalización es instructivo: el cristal crece a través de su relación con el medio circundante, y cada capa recién formada se convierte en la condición para la siguiente. El proceso no tiene un plano externo que determine su forma final. La estructura emerge a través de la propagación.
Esto proporciona una forma útil de pensar la relación entre mapa y territorio. El mapa registra el territorio, pero el mapa también puede alterar ―la palabra más precisa sería in-formar si la entendemos como un proceso de formación― el territorio. Un mapa de un frente disputado cambia la información disponible para los comandantes. Un mapa de oleoductos identifica infraestructura estratégica. Una imagen satelital cambia el conocimiento disponible para un ejército. Un mapa financiero cambia la percepción del riesgo. Hoy un mapa dirige y orienta, pero también propicia o conmina, la acción sobre el territorio a través de la atención.
El mapa no representa el territorio; el mapa es el germen que estructura el territorio. No hay un territorio “ya ahí” esperando ser dibujado. Hay un campo metaestable —hecho de tensiones, diferencias, potenciales— que se in-forma a través de la operación cartográfica, es decir, se reorganiza. El mapa no es anterior ni posterior al territorio, sino que ambos se individualizan en un proceso recursivo, que hace aparecer un mapa después del otro. El siguiente mapa encuentra, por lo tanto, un territorio parcialmente reorganizado por el mapa anterior.
Esto es transducción: representación y terreno entran en una relación de retroalimentación en la que cada uno modifica las condiciones bajo las cuales opera el otro. El mismo proceso ocurre dentro de la IA. Los datos de entrenamiento se convierten en un modelo interno. El modelo produce clasificaciones, predicciones y lenguaje. Esos outputs alteran el comportamiento humano y su entorno, y generan nuevos datos. Esos nuevos datos son el material con el cual aprenden los sistemas subsecuentes. Así se produce una cadena de dominios que se realimentan, lenguas y corpus culturales, territorios, Inteligencias artificiales y cartografías. Esta cadena hace que la distinción entre mapa y terreno se vuelva cada vez más difícil de mantener.
Una nueva forma de soberanía
La soberanía tradicional es territorial. Concierne la jurisdicción sobre la tierra, la población, las fronteras y los recursos. El territorio híbrido o hiperterritorio complica ese arreglo porque el poder opera cada vez más a través de infraestructuras distribuidas y a través de diferentes jurisdicciones.
Un estado puede ejercer poder a través de un oleoducto, una constelación de satélites, un sistema de pagos, una red de telecomunicaciones o un centro de datos. Una corporación puede ejercer formas de poder infraestructural que se extienden a través de fronteras nacionales. Un ejército puede combinar fuerzas terrestres con satélites, sistemas autónomos, redes de datos y targeting algorítmico.
Son fases de un único proceso, podemos decir que el poder no se encuentra tanto en cada fase sino en el pasaje entre una y otra. Y a esto podríamos llamarlo soberanía transductiva. Su poder yace en parte en el bucle de retroalimentación. El sistema observa un territorio, lo representa, actúa sobre él, observa el cambio resultante y actúa de nuevo. La representación es, por lo tanto, operacional. Participa en la producción de las condiciones que posteriormente mide. El territorio híbrido se vuelve recursivo.
Esto es transducción: representación y terreno entran en una relación de retroalimentación en la que cada uno modifica las condiciones bajo las cuales opera el otro. El mismo proceso ocurre dentro de la IA.
Un satélite observa el campo de batalla. Un algoritmo clasifica el movimiento. Un sistema de comando asigna prioridad. Un arma o sistema logístico actúa. El campo de batalla cambia. El satélite observa de nuevo.
La misma estructura aparece en sistemas civiles. Un algoritmo financiero identifica riesgo. El capital se mueve. El mercado cambia. El algoritmo recalcula. Un sistema logístico predice la demanda. Las cadenas de suministro se ajustan. La demanda cambia. El modelo aprende del nuevo patrón. El mapa se ha convertido en un agente.
Pero un concepto paradójico como soberanía transductiva también nos estaría indicando que es posible hacer del territorio un agente del mapa, capaz de intervenir sobre la máquina que lo produce; incluso sería pensable que la soberanía transductiva presupone no solo el control del pasaje entre dominios. Más exacto sería decir que la soberanía transductiva no consiste necesariamente en controlar el pasaje entre dominios, sino en propiciar cierto tipo de pasajes, o en dirigir la atención hacia determinados pasajes, orientando las potencialidades en juego hacia ciertas materializaciones. La soberanía transductiva puede operar también por negación del pasaje. La denegación de área no consiste solamente en impedir la entrada física a una zona, sino en interrumpir las condiciones técnicas que permiten percibirla, representarla y actuar sobre ella. Un territorio puede volverse inaccesible sin ser ocupado: basta con cortar su incorporación al circuito de percepción, decisión y acción. Un mapa puede volverse monofásico, puramente representacional, alterando las condiciones territoriales de la infraestructura que alimenta a su máquina asociada, como lo muestra el primer ataque irani sobre los radares y sensores norteamericanos, llenando sus mapas de múltiples ciénagas inescrutables; cortando el loop recursivo entre territorio y mapa.
La nueva ciénaga
Plutarco escribía “una ciénaga inescrutable” para nombrar lo que quedaba fuera del mundo conocido. El cartógrafo antiguo confrontaba un espacio cuyas distinciones internas aún no habían sido descubiertas. El cartógrafo moderno confronta algo más extraño: un mundo en el que las distinciones se generan cada vez más a través de la interacción entre territorio físico, infraestructura, computación, lenguaje y poder.
Jean-Baptiste Bourguignon d'Anville (1697–1782), geógrafo del rey de Francia, produjo en su mapa de África de 1749 una ruptura silenciosa. No escribió ninguna etiqueta de “tierra desconocida”. Dejó espacios en blanco. En la tradición anterior, los vacíos del interior africano estaban poblados. Montañas, ríos, tribus, ciudades legendarias: todo inferido de textos antiguos o relatos de viajeros, no de observación directa. D'Anville se negó a hacerlo. Solo trazó lo empíricamente verificado. El resultado fue un mapa de África dominado por grandes extensiones blancas. Su justificación provenía de la historiografía ilustrada: así como Voltaire sostenía que debían eliminarse las fábulas acumuladas por la credulidad, d'Anville argumentaba que un historiador fiel, al toparse con una laguna en la serie de los acontecimientos, no debe suplirla con su imaginación. Del mismo modo, un cartógrafo debe dejar un blanco en el mapa para denotar una falta de inteligencia.
El mapa se ha vuelto agente, el territorio se ha vuelto agencia, y entre ellos ya no hay un afuera. La pregunta ya no es qué hay más allá del mapa. La pregunta es quién controla el pasaje entre las capas que lo componen, y qué formas de vida emergen cuando ese pasaje se interrumpe, se redirige o se niega. La nueva ciénaga inescrutable no es un lugar. Es una relación. Y como toda relación, puede ser disputada.
El problema de la cartografía antigua es epistemológico, indicar lo que se sabe y sus límites; ahora el problema es operativo-recursivo, pero va tanto del mapa al territorio como del territorio al mapa La pregunta es quién controla el pasaje entre las capas que componen el proceso.