La bomba polaca

La historia de la bomba atómica nace con un ejercicio de prospectiva: la carta de Leo Szilard y Albert Einstein al presidente Roosevelt, donde le advierten sobre un futuro tan posible como aterrador, en el que Hitler monopolizaría el poder de la destrucción total. La Guerra Fría entera fue, a su modo, un gran ejercicio de prospectiva sobre la aniquilación mutua. Tras el desmoronamiento de la URSS, el temor viró hacia la posibilidad de que una bomba cayera en las manos equivocadas, un miedo que se potenció después del 11 de septiembre. Hoy, con el colapso del paraguas nuclear americano, la pregunta ha vuelto a cambiar.

por Aurelio Tomás

Polonio

Marek Świerkosz decidió hacer un desvío antes de volver al aeropuerto de Toussus-le-Noble. Allí lo esperaba el avión Bombardier Global 7500X que el gobierno de Polonia había puesto a su disposición hacía ya cinco años, cuando el gabinete en pleno acordó avanzar en el proyecto secreto Niepodległość. “Vamos al número 1 de la Rue Pierre et Marie Curie”, dijo tras subir al auto el segundo científico polaco en ganar el premio Nobel de Física. Tenía la mirada perdida en dirección a un letrero que indicaba, en letras mayúsculas, “Photographies interdites”, sobre la pared sur del Hexagone Balard, el imponente complejo del Ministerio de Defensa francés, ubicado en el Boulevard Victor del decimoquinto distrito de París.

Como era ya costumbre, Zofia Rosenblat comprendió al instante su intención y, rápidamente, realizó las llamadas necesarias para que sus contactos en la Dirección General de Seguridad Exterior preparasen la visita al Musée Curie. Marek quería recuperar su ánimo, antes de volver de esta misión crítica con las manos vacías, pensó Zofia. También intuyó que deseaba recordar a sus contactos franceses que su país debía a una mujer polaca el savoir-faire nuclear que lo convirtió en una potencia atómica de primer orden.

El breve y simbólico desvío contenía otro mensaje, entendió a mitad de camino: sin la ayuda francesa para desarrollar un iniciador de neutrones de última generación, Polonia recurriría a la ciencia más elemental para realizar su primera prueba nuclear. “Era un paso lógico y de fuerte carga simbólica, sin su colaboración nos valdremos del elemento que descubrió Curie, y bautizó polonio, en honor a nuestra patria en tiempos de la opresión zarista”, dijo en voz alta Zofia, que frecuentemente dejaba escapar por su boca la conclusión de un razonamiento que venía mascullando en silencio por unos minutos. Marek la miró y sonrió, por primera vez en mucho tiempo. Los últimos meses habían sido una verdadera pesadilla para los dos científicos a cargo de dotar a esta nación de Europa del Este de una bomba capaz de terminar con el chantaje ruso, las incursiones en su frontera y la amenaza de un restablecimiento de la cortina de hierro. 

Apenas entraron al museo creado en el antiguo laboratorio de la más grande mujer científica de la historia, Zofia y Marek sintieron un aire gélido; era el aire acondicionado, pensó Marek; era el peso de la Historia, pensó por unos segundos ella, antes de darse cuenta de que, en realidad, era el aire acondicionado. Su escolta, en cambio, creyó que era un efecto de la radiación, que aún puede detectarse a pesar de que había pasado más de un siglo de los experimentos que hicieron famosa a madame Curie y su marido Pierre.

Sobre una vitrina, estaba lo que Marek había venido a buscar, un papel que era mucho más que un papel, era el anuncio de un mundo nuevo. Era la nota que en julio de 1898 dio a conocer a la humanidad la existencia de una nueva y misteriosa fuerza, destinada a cambiar la historia: la radioactividad. Primero tomó aire y leyó el texto en voz alta, con un francés correcto, pero marcadamente polaco. 

Como en un trance, lo invadió por unos instantes un recuerdo. Era la misma nota que diez años antes había leído frente a sus alumnos en el KAIST (Korea Advanced Institute of Science & Technology): “Creemos, pues, que la sustancia que hemos extraído de la pechblenda contiene un metal aún no identificado. Si la existencia de este nuevo metal se confirma, proponemos llamarlo Polonio, del nombre del país de origen de uno de nosotros.” A diferencia de otros profesores, que solían presentar los principios de la física sin ningún contexto histórico, Marek acompañaba las fórmulas en el pizarrón con lecturas de documentos históricos. “La física está hecha de textos y contextos, no solo de ecuaciones”, solía decir.

Sin la ayuda francesa para desarrollar un iniciador de neutrones de última generación, Polonia recurriría a la ciencia más elemental para realizar su primera prueba nuclear.

Lejos de su Polonia natal, esa referencia histórica le permitía evocar su patria frente a sus alumnos coreanos, al explicar el principio físico que completó la gran obra del proyecto Manhattan: el arma de implosión de plutonio. En el curso que recordó durante aquella cálida tarde parisina, Marek destacaba la elegancia del diseño propuesto por John von Neumann: una implosión orientada hacia el centro, programada con una simetría perfecta gracias a un conjunto de lentes explosivas capaces de comprimir una esfera de plutonio hasta la densidad crítica requerida. Y en el corazón de esa esfera perfecta, la chispa que desencadenaba todo: el polonio, elemento que Curie bautizó en honor a la nación subyugada por el imperialismo ruso, alojado en el urchin — la esfera de siete gramos que, al ser aplastada junto con el berilio por la fuerza de la implosión, liberaba la ráfaga de neutrones rápidos que encendía la reacción en cadena.

Esa sucesión incontrolada de núcleos atómicos divididos daba inicio a la primera de miles de explosiones nucleares que marcarían el fin de la Segunda Guerra y el inicio de la Primera Guerra Fría. Era el origen físico del fuego blanco que iluminó la oscura madrugada de Alamogordo el 16 de julio de 1945 y, pocas semanas después, segó en un instante la vida de más de 40 mil almas en el puerto de Nagasaki.

El profesor Świerkosz, como lo llamaban en el campus de KAIST, había sido una pieza clave en el ambicioso plan de cooperación nuclear coreano-polaco que, en pocos años, convirtió a la nación de Europa del Este en un líder global de la energía derivada del uranio. Corea había dado el salto unos años antes, al retirarse del Tratado de No Proliferación Nuclear y anunciar al mundo que ya contaba con los medios de armar un arsenal. El caso de la nación asiática apenas alteró el orden mundial. Parecía algo inevitable, dada la consolidación de su vecino del Norte como potencia nuclear internacionalmente reconocida y el acuerdo chino-norteamericano que desencadenó el retiro definitivo de las tropas del Tío Sam de la península coreana. Además, Corea del Sur no necesitó realizar ningún tipo de prueba: su programa de simulación con computadoras cuánticas, uno de los más avanzados del mundo, le permitió validar el diseño de sus armas sin dividir un solo átomo.

Polonia, por su parte, eligió un camino más discreto. Imitando el ejemplo de Pakistán, este pueblo, tan orgulloso como oprimido a lo largo de la historia, había desarrollado un programa nuclear civil con todas las salvaguardias y controles correspondientes. Pero cada átomo dividido tenía un objetivo dual: en paralelo a los proyectos civiles, activó un plan secreto para dotarse de un arma nuclear disuasoria, que le permitiera terminar con el chantaje permanente al que la sometía Rusia, tras la retirada norteamericana definitiva del Viejo Continente, luego del trágico desenlace de la Segunda Guerra de Irán y la victoria definitiva del aislacionismo, que pasó del “America First” al “America Only” o, como tituló en una tapa de alto impacto la revista estadounidense The Atlantic, “America Über Alles”. 

Cuando Corea se retiró del TNP, China aceptó su nuevo estatus, pero insistió en que detuviera todos sus planes de cooperación, especialmente el que tenía con Polonia, que tanto irritaba a sus aliados rusos. Eso obligó a mirar hacia Francia. Pero como ocurrió con Israel, Sudáfrica, la India y Pakistán, el gobierno polaco descubrió que la solidaridad francesa tenía un límite muy preciso: muchas palabras, alguna transferencia de tecnología menor, y no mucho más. Esta situación obligó a repensar el calendario, pero sólo postergó el desenlace, redoblando la voluntad nacional de alcanzar el objetivo. Algo similar a lo que ya había pasado en todos esos casos, donde el desaire galo no hizo más que envalentonar a los científicos. 

Temblor en Rudna

En uno de los momentos más tensos de la mañana del 11 de noviembre de 2038, Zofia dibujó una sonrisa en su rostro; al verse rodeada de la mirada expectante de más de un centenar de civiles y militares, se sintió como una madre y recordó el chiste de su marido Ariel, que había repetido esa madrugada para animarla antes del día más importante de su carrera. “Si Świerkosz es el padre de la bomba polaca, vos sos la yiddishe mamele.” Ariel era un compañero ideal. Especialista en finanzas, había hecho una fortuna gracias a su mujer, que por su especialización en física computacional cuántica le hizo notar —antes que a ningún otro operador de mercado— las consecuencias ruinosas que tendría sobre el valor de las criptomonedas un paper con el oscuro título "Tolerancia a fallos con sobrecarga polinomial a partir de anyones no abelianos”, publicado en 2034, en la revista Nature Physics.

Consciente de su deuda, decidió asumir la mayoría de las responsabilidades domésticas y familiares cuando se mudaron a Polonia, escapando de los pogromos tecno-evangelistas en Brasil, para que Zofia se uniera a la naciente División Teórica del programa nuclear secreto. Como los norteamericanos durante la Segunda Guerra, Polonia había reclutado a varios físicos judíos, con doble nacionalidad polaca, para su propio Proyecto Manhattan. Los dos se habían conocido de niños en la sinagoga de la Rúa Avanhandava, en São Paulo, poco después de que sus familias se habían mudado a Brasil desde Argentina, en busca de oportunidades laborales. Aunque hubo algo de arreglo familiar en su pareja, desde una edad temprana hubo también complicidad y afecto. 

Los años compartidos habían sumado muchas experiencias duras que convirtieron a cada uno en sostén del otro. Por eso, cuando la presión subía, Zofia buscaba en su mente una frase o anécdota de Ariel como refugio. Siempre encontraba alguna que le ofrecía sosiego. Ese día lo necesitaba más que nunca, por eso le agradeció especialmente. 

En el corazón de esa esfera perfecta, la chispa que desencadenaba todo: el polonio, elemento que Curie bautizó en honor a la nación subyugada por el imperialismo ruso.

Imagen editable

Esta física, que gustaba presentarse como argentina-polaca-judía, estaba en el centro de la operación más ambiciosa con la que un país declararía al mundo que pasaba a ser una potencia nuclear militar: Polonia realizaría su primera prueba con un dispositivo termonuclear cien veces más potente que las bombas desarrolladas en el Proyecto Manhattan. En simultáneo, realizaría también una prueba “fría” —esto es, un test de los elementos no nucleares— de un misil crucero aerotransportado que le permitiría demostrar, en un mismo acto, su capacidad de llevar el terror nuclear al campo enemigo.

La conjunción de estas dos proezas técnicas, nunca realizadas en simultáneo, se debía desarrollar con una exigencia adicional. Ocurriría, para mayor impacto, en el momento justo en que llegaría el turno del discurso del presidente polaco, que encabezaba la delegación de su país en la Conferencia de Varna, donde Rusia pretendía imponer una frontera europea completamente desmilitarizada. Un nuevo Múnich, como titularon los medios polacos, a cien años de la ignominia que abrió el camino del dominio europeo al nazismo. 

Marek, por su parte, estaba a cargo del comando que detonaría el dispositivo termonuclear enterrado a más de un kilómetro de profundidad, en las minas de cobre de Rudna, en Baja Silesia. “Rudna reporta: secuencia armada, todos los sistemas nominales. Solicitó autorización para iniciar cuenta regresiva T menos cinco minutos”, anunció con tono solemne. Su voz retumbó en la sala de situación ubicada en el último piso del Pałac Kultury i Nauki, legado del estalinismo que se eligió -en otro gesto consciente de ironía- como sede central del programa nuclear secreto.

Tras escuchar la confirmación de Marek y un mensaje análogo del comandante de la fuerza aérea en la base de Łask, Zofia pronunció, en un tono tan suave como firme, la frase previamente acordada, que sería recibida en simultáneo por los comandos de Baja Silesia y el cockpit del F-35A “Husarz”, que en ese momento volaba a poco menos de 100 km del límite marítimo entre Polonia y Rusia. “Operación Niepodległość, luz verde.”

Las miradas de todos se posaron en las dos pantallas centrales de la sala de situación. Una mostraba la cuenta regresiva de cinco minutos en el comando de Rudna. La segunda mostraba el mapa digital de la fuerza aérea donde se representaba el viraje realizado por el F-35A tras trayectoria recta del misil crucero JASSM-ER, modificado para adaptar la cabeza nuclear “fría”, que incluía todos los componentes de la bomba polaca, a excepción de la bola de plutonio y el núcleo de tritio.

Estos dos elementos, junto con el iniciador de Polonio-210/Berilio, improvisado tras el desaire francés, sí estaban presentes en el dispositivo que hizo temblar, a las 8:21 de la mañana del 11 de noviembre, el subsuelo de Europa. La explosión de 150 kilotones fue detectada primero por la estación PS19 GERES, en el Bosque Bávaro, a unos 359 km. Otras estaciones confirmaron la noticia: un temblor de poco menos de 6 puntos en la escala Richter mostraba la morfología diferencial que caracteriza a una explosión termonuclear.

En ese mismo instante, una explosión mucho más pequeña, pero igualmente significativa, era detectada desde la base naval rusa de Baltiysk. A 100 metros sobre el nivel del mar —la altura que replica las condiciones óptimas de detonación de un arma nuclear real— estallaba un conjunto de lentes explosivas capaces de comprimir una bola de plutonio con la sincronía perfecta que evitaba una detonación parcial. En este caso, en lugar de la bola de plutonio había una de uranio natural, el elemento elegido usualmente para comprobar la capacidad del componente convencional de un arma nuclear.

Cada átomo dividido tenía un objetivo dual: en paralelo a los proyectos civiles, activó un plan secreto para dotarse de un arma nuclear disuasoria, que le permitiera terminar con el chantaje permanente al que la sometía Rusia.

Reacción en cadena

El salto al vacío de Polonia tuvo el efecto deseado, Rusia se retiró en medio de protestas airadas de la Conferencia de Varna, pero al poco tiempo abrió un canal de negociación y, con discreción, dejó en claro que estaba dispuesta a flexibilizar sus pretensiones imperiales. También obligó a Francia a asumir un compromiso más fuerte con la defensa europea, al entender que se poblaría el continente de armas nucleares si no dejaba de lado la doctrina gaullista de la disuasión nuclear, que excluía la idea de un paraguas protector, al adjudicar un carácter absolutamente nacional al poder del arma definitiva. 

Pero, además de esos resultados, el Evento de Rudna, como se conocería a partir de un ingenioso titular del New York Times, generó una verdadera reacción en cadena a nivel global. La consecuencia última de estos eventos fue el fin definitivo del orden de no proliferación internacional. 

El gobierno evangelista radical de Brasil aprovechó el evento para retirarse de la Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares, denunciando “la hipocresía de las potencias” que aceptaban armas nucleares en países como Corea del Sur y Polonia, pero “condenaban al Sur Global a la desprotección”. Hacía años que la Argentina denunciaba desvíos sospechosos de material nuclear, declarado por Brasil como combustible para su flota de submarinos de propulsión atómica, pero evitaba la ruptura definitiva. Sus propios planes secretos para desarrollar una bomba estaban considerablemente retrasados, y una crisis abierta con Brasilia no haría más que dejar en evidencia su vulnerabilidad estratégica.

Pakistán aprovechó el evento para realizar una serie de pruebas subterráneas que validaron el diseño de sus armas termonucleares de más de 10 megatones, capaces de borrar de un plumazo ciudades enteras de su enemigo jurado, la India. Este país, por su parte, realizó ejercicios con armas tácticas reales sobre el Océano Índico, un ejemplo que siguió Corea del Norte en el Pacífico. Tras más de 50 años, se repetían pruebas atmosféricas y caía de manera definitiva el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares.

Como ocurre en el núcleo de plutonio de un arma nuclear, la reacción en cadena continuó hasta hacer estallar todos los mecanismos de control: Egipto también decidió cruzar el umbral, retirándose del Tratado de No Proliferación en la Conferencia Panafricana Especial donde, minutos después, el representante del gobierno islamista de Nigeria también informó que renunciaba, junto a un grupo de países aliados en la región y Medio Oriente, al tratado que calificó “de la vergüenza imperial cristiana”. La delegación sudafricana celebró la decisión de su rival continental, y aseguró que se uniría a la ola global que terminaría con “siete décadas de Apartheid nuclear”.

Sin anuncios rimbombantes ni conferencias internacionales, los líderes de Japón, Canadá y Australia dieron luz verde a sus científicos, que llevaban años presionando para iniciar un programa acelerado de desarrollo armamentístico. Optaron por hacerlo, como dijo con aire risueño en un coloquio secreto el primer ministro japonés, "con discreción polaca". 

El Boletín de Científicos Atómicos decidió publicar una edición especial, moviendo su famoso Reloj Nuclear a tan sólo un segundo de la medianoche. Su artículo principal se abría con una cita textual de John F. Kennedy extraída de su famoso discurso de 1963: “Me atormenta la sensación de que para 1970, de no tener éxito, podría haber diez potencias nucleares en lugar de cuatro; y para 1975, quince o veinte… Veo la posibilidad de que en la década de los setenta el presidente de los Estados Unidos deba enfrentarse a un mundo en el que quince, veinte o veinticinco naciones posean estas armas. Lo considero el mayor peligro y la peor amenaza posible".

El Evento de Rudna, como se conocería a partir de un ingenioso titular del New York Times, generó una verdadera reacción en cadena a nivel global. La consecuencia última de estos eventos fue el fin definitivo del orden de no proliferación internacional.