La Argentina de los 60: una transición entre la clase y la generación
La generación del ’60 desplazó la centralidad de la clase hacia la cultura como motor de identidad y ascenso social. Forjó una nueva clase media sostenida en el consumo cultural y la modernización. Pero esa promesa convivió con tensiones sociales nunca resueltas. Entre ilusión y desencanto, dejó el molde de la Argentina contemporánea.
por Luciano Chiconi
Más allá de las generaciones que recibieron ese nombre para labrar en la historia a elites o vanguardias intelectuales que sembraron ciertas instancias de progreso en el terreno de las ideas políticas, la literatura o el arte en general (la generación del ´37, la generación del ´80), nunca fue natural que la idea de generación estuviese ligada a la identificación de las diversas mutaciones sociológicas de la Argentina del “primer capitalismo” que desemboca en la consolidación industrial de la década del ´60.
Y aun en esos albores de una Argentina generacional que comenzaba tímidamente a dejar atrás el melodrama clasista que signó, entre gritos y susurros, a la política que construyó violentamente el Estado y el mercado (las sucesivas luchas entre conservadores y unionistas cívicos, yrigoyenistas y anarquistas, conservadores populares y radicales, radicales y peronistas, peronistas y comunistas, peronistas y antiperonistas), todavía era difícil asociar a la naciente juventud del ´60 con un nuevo sistema existencial, material y cultural homogéneo, a imagen y semejanza cabal del boomer global.
Esa transición de la “clase” a la “generación” tiene un punto de partida ineludible en la crisis sentimental de la sociedad ante el desprestigio del conflicto entre el último envión fallido de la hegemonía peronista y la respuesta no peronista inmediata (1952-58), que en la práctica funcionó como un gesto de indiferencia, ajenidad y veto hacia las costumbres políticas y sociales de la larga acumulación clasista de representación que había moldeado el cuerpo social argentino (el orden conservador y las clases propietarias, el radicalismo y la clase media inmigrante, el peronismo y la clase obrera).
En los ´60, la generación nace porque toda esa larga tradición de política clasista ya no tenía un nuevo sujeto social a estrenar, y la extinción del orgullo clasista como motor de la historia argentina daría lugar a una juventud con nuevos incentivos de pertenencia social, que paradójicamente surgían de los cimientos materiales que el derrame benefactor de la política peronista regó tanto sobre las clases obreras como en la clase media y las clases altas: una noción policlasista de prosperidad, modernidad y ambición simbólica por el lujo que “sin Perón” se traduciría en una vocación transversal y silvestre por el ascenso social, el prestigio intelectual, el consumo calificado y la adopción de un nuevo costumbrismo cosmopolita en las ideas, en la moda, en la cultura.
Sí, en el contrapiso de la generación argentina del ’60 estaba la ambición material y metafísica moderna del boomer mundial, pero a la vez esa generación se autoconstruyó como una nueva clase media de masas que elaboraría su mestizaje a partir de un programa común de pertenencia cultural (la militancia política, el consumo intelectual, la especialización laboral), que por primera vez se colocaría por encima de la economía y que barrió con el prestigio de las viejas tradiciones de la vida cotidiana clasista: los amigos del barrio son reemplazados por los de la universidad, el obrero petroquímico lee a Mao y su esposa se entretiene leyendo a Françoise Sagan, la hija de un almirante de la Armada se mete en la aventura existencial del peronismo. En la identidad nacional de la generación del ’60, la ambición de una nueva cultura es la que forma “la clase”, mucho antes que la economía y que la política.
Esa transición de la “clase” a la “generación” tiene un punto de partida ineludible en la crisis sentimental de la sociedad ante el desprestigio del conflicto entre el último envión fallido de la hegemonía peronista y la respuesta no peronista inmediata (1952-58).

Se podría decir que en la conformación de la generación del ´60 convergieron una serie de transformaciones de clase que anunciaban la nueva era, y que también hicieron de esa generación algo mucho más híbrido, heterogéneo y democrático que no se limitaba a los férreos valores espirituales del boomer. Por un lado, esta generación se nutría de la desperonización orgánica de las juventudes obreras, proceso que asumió un punto de inflexión luego de la represión exitosa de Frondizi a la toma del frigorífico Lisandro de la Torre. Los nuevos obreros que se incorporaban a la nueva industria desarrollista (bajo un esquema de alta calificación y altos salarios) veían que la dirigencia sindical peronista “resistente” no podía expresar una política que representara las dos caras de su cultura obrera: formar un partido laborista de obreros tecnificados erigido en vanguardia paritaria y/o encabezar un proyecto político que expresara la cultura de la liberación (la revolución, el rock, el placer sexual) a la que obreros, clase media y clases altas juveniles aspiraban como generación.
Para principios de los ´60 ya estaba bien claro que la Resistencia había fracasado porque había dependido demasiado de la intensidad del “retorno de Perón” en los corazones de los viejos obreros livianos y más bien poco del ansia de bienestar intelectual que reclamaban los nuevos obreros que se habían graduado en la universidad para ser obreros. La politización de la militancia sindical ya no venía por el lado del peronismo, sino por el pluralismo progresista de Tosco (prototipo justo y moral del sindicalista intelectual) o el basismo chino de Salamanca, cuyos proyectos políticos satisfacían con creces las pretensiones vitales de la convergencia obrero-estudiantil que forjaría la nueva coalición generacional de la economía frondicista en los grandes centros urbanos de la Región Centro.
Para el nuevo peronismo sesentista quedaría la representación de la mayoría silenciosa de esa clase media obrera, los que participaban de la nueva cultura yendo del trabajo a casa, o al cine, o al hipódromo o al hotel alojamiento bajo el próspero paternalismo paritario de Vandor. Desde ópticas opuestas, Vandor y Tosco ocuparon las dos grandes vertientes de la representación de la generación obrera del ´60.
Vandor entendió más que cualquier otro sindicalista peronista de la época (más que Rucci) que la única forma de representar a esa generación de obreros era siendo anti-62 organizaciones y anti-retorno porque los nuevos valores culturales del obrero solo toleraban al peronismo a través del silencio político de su proscripción y de las acciones concretas de su partido sindical. Tosco entendió muy pronto que la nueva cultura obrera no tenía partido proletario que militara su liberación generacional, y hasta donde pudo, le dio una canalización política no violenta a lo que surgía como evidencia de la escalada represiva de Onganía contra la nueva clase media: que la mayoría de las víctimas obreras y estudiantiles no eran peronistas.
Una segunda transfiguración clasista que abastecería a la generación del ´60 es la peronización cultural (y no tanto social) de las clases altas y medias altas, determinada por la adhesión enciclopédica a las experiencias de Cuba, Argelia, Vietnam y la acción católica de la iglesia tercermundista; acá el gesto cosmopolita era “llegar al peronismo” a través de modelos más modernos y revolucionarios de nacionalismo que permitieran una experiencia generacional que el peronismo social realmente existente no ofrecía.
Tosco entendió muy pronto que la nueva cultura obrera no tenía partido proletario que militara su liberación generacional.
Este descalce originario entre lo cultural y lo social obligaría a construir un puente teórico que justificase la integración generacional al peronismo sin historias personales, idiosincrasias y formas de vida que la avalaran. Ese puente sería la construcción de un sistema intelectual que “actualiza” los fines del peronismo del ascenso social, el consumo y el chalet californiano hacia diversas formas personales y sociales posibles de la liberación nacional. Se buscaba el gen oculto de la revolución en cada episodio nacional: Rosas, Facundo, los bandidos rurales, el 17 de octubre, Evita. El eje de este proceso sería la universidad. En 1966 el incipiente peronismo universitario converge con el resto de la generación política en la lucha contra la intervención de Onganía y luego surgirían las Cátedras Nacionales para darle marco teórico a aquello que en primera instancia sucedía con la irrupción de la generación del ´60: la desgorilización de las clases altas-medias altas acreditaba que al menos a nivel cultural y para las prioridades vitales de nuestro boomer sesentista, la guerra clasista del ´40 -´50 (con sus protagonistas originarios y su horizonte de reivindicaciones) estaba completamente terminada.
Aquí habría que destacar la gran bisagra de la deriva política del boomer argentino: si en los ´60 comandó una apertura cultural de nuevas costumbres cosmopolitas y altruistas alineadas con un mejor progreso y una idea de democracia que cerraba y superaba el conflictivismo infecundo e infinito del país clasista, en los ´70 abrazaría una soberbia clasista de nuevo cuño, artificial, a medida que dejaba atrás la cultura y ponía por delante la política, a partir de la cual labraría su autodestrucción en la historia de las generaciones. La metamorfosis trágica del “sueño” de esa generación estaba bastante señalada en el cambio de década: creció pacíficamente mientras fue una moda cultural en los ´60, no muy diferente de las ansias de evolución hacia nuevos aires progresistas del capitalismo argentino, y se estrelló violentamente contra cualquier hegemonía cuando se puso la pilcha de Lenin en los ´70.
Volviendo a los ´60 y a la mutación de la sociología peronista: la nueva clase media de obreros no peronistas y clases altas peronistas cortó la cadena de frío cultural del “nacido y criado” en la sociedad peronista real. Los nuevos peronistas no tenían un papá matarife que caminó de Berisso a Plaza de Mayo el 17 de octubre, ni recibieron la visita de Eva en un hogar de tránsito cuando eran niños, y si iban a una fábrica no era con los mismos intereses laborales que un obrero sino para actuar una ficción política: la proletarización.
En un plano más general que el político, la irrupción cultural de la generación del ´60 fijó aspiraciones de ascenso social distantes y contrarias a las que estetizó el costumbrismo barrial: el tango dejaría paso al jazz, el rock o la bossa nova, el carnaval del club de barrio a la boite porteña, Sandrini a Alfredo Alcón, Zully Moreno a Graciela Borges, el trabajo manual al trabajo intelectual, el médico al psicoanalista, El conventillo de la paloma a La fiaca, la barra de la esquina era reemplazada por la “elección individual” de un grupo político, literario o artístico. La propuesta trascendental de la generación del ’60 consistía en la aprehensión de una nueva cultura, no en la reivindicación de un neorrealismo familiar o de clase.
La metamorfosis trágica del “sueño” de esa generación estaba bastante señalada en el cambio de década: creció pacíficamente mientras fue una moda cultural en los ´60.
La conformación del status de la generación del ´60 se completaría quizás con su marca más relevante: establecer como ruptura y manifiesto de su aparición contracultural el escepticismo existencialista de la juventud argentina pos-“lucha de clases”. Más que peronizaciones o desperonizaciones, el rasgo paradójicamente político de la generación del ´60 fue la ruptura estética e íntima con las tradiciones sociales, los conflictos políticos y las verdades morales previas a los ´60, que en las costumbres y la producción cultural de la generación tomaron la forma sucesiva del hartazgo, la denuncia, el sarcasmo, la indiferencia o el extrañamiento. Extrañamiento ante Perón, hartazgo frente a la ética laboral de los padres inmigrantes, sarcasmo para narrar el contraste entre la moral sexual de los abuelos y la propia (“la represión”), denuncia light de la plusvalía frondicista a través del sueño burgués de dejar la alienación del trabajo para realizarse como escritor o actriz, indiferencia ante la “historia argentina” que no significaba estrictamente un rechazo de los mitos nacionales sino, nuevamente, la ambición de fundar una cultura en la cual además del bienestar económico, la trascendencia intelectual fuese el verdadero certificado del ascenso social.
El cine, el teatro, la literatura, fijarían ese nuevo horizonte de intereses que buscaba romper con la patria clasista. De una punta a la otra de la década, Rodolfo Kuhn filmaría primero la impractibilidad social de los ideales modernos de la juventud (la libertad sexual como base honesta de un amor más auténtico, la expansión intelectual como premio social alternativo al esfuerzo material) en un país con gran parte de su población atascada en las contradicciones políticas y materiales sedimentadas por conservadores, militares, radicales y peronistas (Los jóvenes viejos, 1962) y después pondría en escena una sátira de la promiscuidad y la prostitución como ideal ciudadano en respuesta a la moralidad militarista que desplegaban en espejo tanto Onganía como las orgánicas revolucionarias (Ufa con el sexo, 1968). A lo largo de los ´60 y los ´70, Roberto Cossa escribió obras que narraron el abismo familiar irreversible entre los valores de la clase media inmigrante del primer radicalismo (los padres) y las aspiraciones hedonistas, humanistas y creativas de la movilidad social frondicista (los hijos). Esa división cultural entre la nostalgia por esa “Italia o España en Argentina” soñada por los padres pero que los hijos no aceptan en nombre de sueños de libertad o bienestar más sofisticados que dan por sentada la robustez material de la movilidad social peronista y la búsqueda de realizaciones más gaseosas y anímicas, transita con mayor o menor intensidad por los personajes de Gris de ausencia o La nonna.
La conformación del status de la generación del ´60 se completaría quizás con su marca más relevante: establecer como ruptura y manifiesto de su aparición contracultural el escepticismo existencialista de la juventud argentina pos-“lucha de clases”.
A pesar de las dudas y los conflictos que en la producción cultural de la generación del ´60 se manifiestan a la hora de imponer la causa generacional al resto de la sociedad, se podría decir que la propia convicción de la obra hace que esa causa triunfe. Finalmente, la nueva clase media existía, el uso de la mercancía cultural era un camino fértil para triunfar y ascender sin deberle nada al origen clasista, y con sucesivas mutaciones, esa clase media artificial -hecha culturalmente a sí misma- protagonizaría el proceso político de los ´70 y ya transmutada en un fenómeno de masas, constituiría la base social y cívica de la democracia a partir de los ´80. La generación le ganó a la clase.
¿Pero le ganó? La literatura de Jorge Asís (al menos sus grandes hits) siempre fue asociada con la precisión para narrar el lado oscuro e irónico de los ´70 (Los reventados o Carne picada) pero no se dice tanto cuánto de la trama sociológica de los ´60 hay en sus libros. Más que en ninguna otra obra generacional, en la literatura de Asís el arribo a los espacios sociales e institucionales creados por la generación del ´60 son la gran ambición de ascenso social disponible para los jóvenes que pugnan por salir del barrio, de la malaria o del “atraso cultural”.
En La familia tipo, Rodolfo es un busca de Villa Domínico que gracias al derrame de los consumos culturales de los ´60 (Benedetti, Neruda) se presenta como “escritor de izquierda” en reuniones y fiestas porteñas donde se baila música brasileña y se recitan poesías; gracias a un “amigo marginal” que frecuenta estos ámbitos culturales para conocer mujeres que le eviten trabajar, Rodolfo conoce al matrimonio de Pedro y Magdalena, una “familia tipo” con dos hijos que da fiestas y participa de la actualización cultural de los '60 con menos convicción intelectual que apariencia social.
Junto a su amigo marginal y otro descamisado que sale con la sirvienta del matrimonio, Rodolfo se mete en la vida y en la casa de la familia, se hace amante de la esposa y comparte charlas políticas con el marido (fan de Frondizi), conoce amigos pudientes de la familia que flashean con el arte y la literatura; Rodolfo y sus amigos viven del dinero del marido frondicista, leen Panorama y miran cine, ejercen una libertad sexual clandestina con la esposa. Los baluartes culturales de la generación del ´60 existen, pero el ascenso social a ellos es transitorio, cínico y sórdido, no hay una verdadera integración “para todos”, sobre todo si no se cree en la cultura. El relato presentaba una especie de “casa tomada”, una violencia tenue entre la fe intelectual de la clase media y los orilleros que no confiaban en los mandatos altruistas de la generación. Asís introducía un cortocircuito clasista que retornaba (¿que nunca se fue?) y empañaba el pulcro acceso al cielo cosmopolita.
En Flores robadas en los jardines de Quilmes, Asís volvería a escenificar la tensión entre generación y clase que acechaba la existencia del boomer de la zona sur del conurbano. En el caso de los protagonistas de la novela, Samantha y Rodolfo, el sueño del ascenso intelectual como ambición y proyecto difuso de vida ya está inoculado desde el principio, desde que se conocen a mediados de los ´60 en Elsieland y detectan (o mejor dicho, eligen creer) que lo que los va a unir -de distintas maneras- hasta bien entrados los ´70 es que son diferentes al hábitat barrial que los rodea, que tienen costumbres culturales contrarias a las de sus amigos, vecinos y familiares. Samantha acaba de recibirse de maestra pero escribe poemas, lee a Dostoievski, a Sartre, a Leduc y empezaba a cursar en la facultad de Filosofía (“…ella, en apariencias, también era diferente, no era una milonguerita común, ni una fabriquera, ni una de esas que estudian para ser peluqueras, nada de eso, ella era una marciana, como él…”); Rodolfo estaba más atrapado en la vida barrial, vendía retratos por las villas de Solano y Varela y por esa misma razón intuía que el sistema de ofertas culturales creado por la generación del ´60 (el periodismo, los talleres literarios, el teatro independiente, la militancia política) era la única forma anímica y material de salir de la pobreza. A partir de allí, la historia de Samantha y Rodolfo es la historia de una transición accidentada de la clase a la generación, la inserción de dos jóvenes de la Tercera Sección Electoral en el mundo de la izquierda cultural porteña.
Rodolfo, más calculador, se mete en la literatura y usufructúa la moda para conocer mujeres a las que pueda esquilmar en la cama y en la economía (veraneos en Punta del Este) pero con las que también pueda compartir una velada yendo a ver Ocho y medio al Lorraine o una disertación de Borges. Samantha, más creyente, busca una realización existencial plena en la nueva forma de vida que propone el programa generacional: sucesivamente es actriz de teatro, cantante de folklore andino, milita en el partido comunista revolucionario, milita en la izquierda peronista, quiere casarse con un hombre idealista. Sin embargo, Asís mostraba que ese ascenso social era inestable y estaba amenazado por el fantasma cultural del conurbano profundo que los parió: Samantha se entusiasma con su carrera de actriz under pero se deprime porque tiene que trabajar de empleada en una casa de fotografía para subsistir, Rodolfo escribe cuentos pero tiene que laburar como balancero de camiones en un baldío recóndito de Bernal para comer.
A diferencia de La familia tipo, en Flores robadas en los jardines de Quilmes los valores de la generación del ´60, aun jaqueados por la economía de clase y la geografía barrial, funcionan como una tabla de salvación para no volver a la “casita de los viejos”. Rodolfo se transforma en periodista y escritor, Samantha llega a ser una discreta actriz del off Corrientes, y lo logran, en parte, porque en los ´70 no agarran los fierros, porque se mantienen fieles a los postulados originarios de la generación del ´60 (el ascenso socio-cultural) y no participan de la politización vanguardista que abandona la cultura burguesa para ser más fiel a la nueva moda del partido de cuadros.
Quizás la fábula política final de la novela best-seller de Asís nos sirva para reafirmar el aspecto más edificante y persistente -aún hasta nuestros días- de las verdades que construyó nuestra generación del ´60: que la crisis de las clases sociales a fines de los ´50 era real, en tanto que ya no tenían una hegemonía cultural que ofrecerle a esa nueva juventud “ascendida” ni del todo obrera ni del todo aristócrata (después del “quemo” del gorilismo), y que ante esa ausencia, no quedaba otra que construir una clase media que se mestizara en una cultura cosmopolita como nueva ilusión de progreso y ascenso social, y que el uso o la apropiación de la cultura podía ser un factor no económico de ese ascenso social. Con luces y sombras, ese paradigma vital derivó en una clase media de masas con la llegada de la democracia, y aunque hoy esté en crisis (la democracia y la clase media), esa fórmula continuó siendo, para otras generaciones nihilistas, posmodernas y “anti-políticas”, el único camino -árido, precario, pero concreto- para forjarse un futuro.
En Flores robadas en los jardines de Quilmes, Asís volvería a escenificar la tensión entre generación y clase que acechaba la existencia del boomer de la zona sur del conurbano.