Héroes en el siglo de la espada: los cristianos de oriente
La supervivencia de los cristianos de Oriente es una historia de villanos y víctimas. Pero también una historia de héroes, esa figura elusiva. La de la resistencia de las comunidades olvidadas por el gran relato del conflicto de Medio Oriente. Y la de Najib Mijail Moussa, el domínico caldeo que luchó por salvar a los libros y a las personas.
por Pablo Ubierna
Villanos y víctimas es un binomio al que estamos acostumbrados. Y queremos creer que siempre es fácil distinguirlos. Los héroes —y las heroínas— suelen ser personajes más elusivos. Muy pocas veces nos animamos a reconocerlos. En muchas ocasiones su heroicidad puede parecer simple, banal en un punto. Decisiva siempre. Y en el fondo de nosotros, mirados en ese espejo, sabemos que tal vez, pudiéramos haber estado allí. Deberíamos haber estado allí, de una u otra manera.
Elegía para los cristianos de oriente
La historia de los cristianos de oriente es la de una continua lucha por la supervivencia y contra el olvido. Ellos conforman la parte oscura y olvidada de lo que solemos llamar “el conflicto de Medio Oriente”. Conocemos a los actores principales, la prensa mundial habla de ellos continuamente. Habrá villanos y víctimas según el posicionamiento de cada quien frente a la disputa. Héroes, pocos. Pero de los cristianos de oriente casi nadie habla. No son parte del gran juego geopolítico, apenas un incordio para todos, un elemento disruptivo cuya sola presencia desafía la simpleza de ciertos razonamientos estratégicos y la narrativa establecida. La historia de esas comunidades no sólo es sufrida, también es hermosa, brillante, capital en muchos aspectos de la transmisión cultural de la antigüedad a la modernidad, ejemplo incluso de caminos de convivencia posibles y efectivos. Pero el mundo mira para otro lado, desde hace mucho, demasiado tiempo. En este mismo año de 2026 vemos sus Iglesias, pueblos y monasterios destruidos y a las poblaciones obligadas a abandonar sus tierras. Las últimas aldeas cristianas de Cisjordania, desaparecidas bajo el fuego; las pequeñas comunidades de cristianos ortodoxos y católicos (sobre estos últimos vela un cura argentino) en Gaza atrapados contra el mar; aldeas abandonadas, iglesias y monasterios en medio de la guerra en el sur del Líbano; las poblaciones deportadas de Artsaj, ese paraíso de montañas y bosques en el Cáucaso en el que ya nadie vive. Siria y el norte de Irak viven hoy la calma relativa posterior a la tormenta, calma que, todos lo sabemos, nunca ha sido duradera.
Los últimos cien años han sido sangrientos en extremo para los cristianos de oriente frente a la mirada casi siempre extraviada de la comunidad internacional que duda hasta en llamar a las cosas por su nombre. Hace pocos años recordábamos el centenario del genocidio de armenios, griegos del Ponto y asirios en 1915 por parte de las autoridades otomanas. La comunidad armenia organiza todos los años diversas marchas en varias ciudades de nuestro país (en Buenos Aires, parte de la Facultad de Derecho de la UBA y muchos no armenios participan de ella); griegos y asirios (entre nosotros, sobre todo los miembros de la Iglesia Siriano Ortodoxa) lo hacen al interior de sus comunidades.
Recordemos algunos datos: un millón y medio de armenios, cerca de ochocientos mil griegos pónticos (la región sur del Mar Negro) y quinientos mil asirios –me permito englobar bajo esta denominación, hoy tal vez la más divulgada, a cristianos de diversas denominaciones eclesiales, hablantes de arameo-, fueron asesinados en muy corto tiempo. Comunidades enteras desaparecieron, inmensos territorios fueron vaciados de sus pobladores históricos, dialectos completos sumergidos en el olvido, la memoria arquitectónica destruida por las excavadoras que hicieron tierra yerma allí donde había habido aldeas, iglesias, monasterios, cementerios. Personas, edificios, textos; la memoria plurisecular de quienes habitaban esas tierras de Anatolia Oriental y Alta Mesopotamia, borradas del mapa y de la historia. Porque los genocidas no sólo matan a las personas, se toman también mucho tiempo y esfuerzo en borrar todo vestigio del paso de esas gentes por territorios que reclaman para sí y para nadie más. Las topadoras vienen detrás de los fusiles, arrasando la memoria
Nínive y los ríos del Paraíso
Los cristianos asirios de lengua aramea recuerdan aquel momento como Shato d-Sayfo (el año de la espada) o simplemente Sayfo (espada). El genocidio de 1915 abre un nuevo siglo de tribulaciones que se cerró en 2014-2017 con hechos análogos en Siria e Irak en donde vimos, transmitidos live por las redes la reaparición –literal- de las espadas, con las que los miembros de Isis decapitaban a sus enemigos.
Isis –conocido también como Daesh-, esa sangrienta exudación de las guerras del Golfo, tomó control de amplias regiones de Siria e Irak y proclamó un nuevo Califato desde Mosul en 2014. Su historia es conocida. Su accionar en el norte de Irak dio lugar al surgimiento de los héroes de los que hablaremos hoy. El norte de Irak, la Alta Mesopotamia, es una región con una historia varias veces milenaria. Los cristianos que allí viven han retomado el nombre de “asirios” para reclamarse miembros de una misma nación y hablantes de una misma lengua (el sureth, el dialecto más extendido del arameo moderno) por encima de las diversas filiaciones eclesiásticas que los separan, y en las que hoy apenas nos detendremos. La relación con el pasado, la antigua Asiria en este caso, y un continuum poblacional y lingüístico (el arameo es una de las lenguas más antiguas de las que podemos reportar una utilización no interrumpida) es un mecanismo propio a toda creación de identidad nacional y hemos conocido muchos ejemplos desde el siglo XIX (nosotros, en Argentina, no hemos sido ajenos a ese proceso) pero en el caso de estos asirios contemporáneos tiene algunos componentes sorprendentes: viven en un territorio llamado “la Llanura de Nínive” hasta hoy. Sí, Nínive, la capital de la antigua Asiria excavada cerca de la actual Mosul; allí donde corren al menos dos de los ríos del Paraíso según el relato del Génesis (el Éufrates y el Tigris). Allí donde los niños crecían trepándose a los toros alados que, majestuosos, se elevaban hasta hace muy poco en la región, niños que jugaban a las escondidas en los restos del antiguo palacio de Asurbanipal. Esa continuidad histórica se sigue con los relatos bíblicos. Allí tuvo lugar la historia de Jonás, su compleja misión para convertir a los ninivitas y el hermoso episodio de la ballena (que los niños de Mosul hasta hoy buscan en el Tigris) y también la de Tadeo, discípulo de Jesús y primer evangelizador de la región. Este escenario fue así hasta la llegada de Isis que dinamitó todo patrimonio que encontró a su paso (toros alados, palacios y hasta la improbable tumba del propio Jonás), lo hizo saltar por el aire -como en Nimrud, como en Palmira, como en tantos otros lugares.
Los asirios contemporáneos viven en un territorio llamado “la Llanura de Nínive” hasta hoy, donde corren al menos dos de los ríos del Paraíso según el relato del Génesis. Desde la segunda mitad del siglo XIX comprendieron que su destino era colectivo, en tanto que cristianos asirios.

Esa conciencia nacional se desarrolló entre los cristianos de la Alta Mesopotamia desde la segunda mitad del siglo XIX que fue cuando comprendieron que su destino era colectivo, en tanto que cristianos asirios, no sólo como miembros de esta o aquella denominación eclesial (los ortodoxos sostenidos por Rusia, los católicos, por Francia). Sometidos a recurrentes pogroms, las grandes matanzas de cristianos en el imperio otomano de 1895-96 marcaron un punto de inflexión y fueron rápidamente comprendidas como el preludio de aquellas otras, aún más terribles, que habrían de suceder poco después. Tras las masacres en Mardin, Alepo y Deir ez-Zor en 1915, de las que fue testigo y sobreviviente, uno de sus dignatarios, Monseñor Ignacio Gabriel Tappouni, recorrió las grandes capitales europeas rogando por ayuda para establecer un estado cristiano asirio en la Alta Mesopotamia (una región que contaba entonces con unos cuatro millones de cristianos) como la única forma de escapar al aniquilamiento. Su voz no tuvo mucho eco entre los poderosos de la tierra. En esos años de la Primera Guerra Mundial los asirios jugaron, con hombres, armas y sangre, la carta de Inglaterra esperando que tras la victoria, la rubia Albión honrara sus promesas (análogas a las que recibieron los armenios). No hubo un Lawrence para los asirios ni para los armenios y sus muertos fueron en vano ya que apenas unos años después, en 1933, el ejército regular del nuevo Reino de Irak establecido y sostenido por Gran Bretaña, asesinaría a varios miles de cristianos, refugiados de las matanzas en Turquía y Siria, al sólo efecto de “purificar” ciertas zonas fronterizas. Como en el llanto de los esclavos hebreos sobre los ríos de Babilonia recogido en el Salmo 137, los cristianos de la Llanura de Nínive esperan aún su Verdi, que en una nueva Nabucco cante sus desdichas, les recuerde su pasado y cifre la esperanza por la patria que habrán de tener algún día.
Un héroe en medio de la masacre: Najib Mijail Moussa
Uno de esos niños que jugaban entre las ruinas de la capital del Imperio Asirio, fue Najib Mijail Moussa. Nacido en 1955 en el seno de una familia católica de rito caldeo (en oriente, los antiguos ritos litúrgicos son una de las marcas de distinción entre las iglesias, además de los aspectos teológicos que las separan), su infancia y adolescencia transcurrieron en unos años de relativa tranquilidad política y convivencia pacífica entre las comunidades (cristianos arameos y armenios, musulmanes sunnitas, una minoría shíita, yezidis), con sus días dedicados a la escuela, el deporte, la lectura de todo libro que cayera en sus manos así como a una rápida incursión como guitarrista y vocalista en una banda de folk y pop. Tras sus estudios universitarios y un corto paso como técnico en la industria petrolera, Najib Mijail Moussa entró a la Orden de Predicadores, los dominicos, una congregación católica fundada en el siglo XIII por Santo Domingo de Guzmán y famosa por la formación intelectual de sus miembros (entre los que destacan figuras como Alberto Magno y Tomás de Aquino y, contemporáneamente, Yves Congar). Junto a las obras educativas y asistenciales en el cercano oriente, la epopeya en el mundo de la cultura de los dominicos –franceses en este caso- es digna de ser conocida: fueron los renovadores de la ciencia bíblica entre los católicos a partir de la Escuela Bíblica de Jerusalén (fundada por el P. Marie-Joseph Lagrange en 1890), encargados desde allí de las primeras excavaciones en Qumrán que habrían de cambiar nuestro conocimiento del judaísmo del Segundo Templo, y por lo tanto de la época de Jesús (a cargo del P. Roland de Vaux) y fueron también los fundadores del Instituto Dominico de Estudios Orientales en El Cairo, clave en el diálogo interconfesional con el Islam (y en el que sobresalieron las figuras de los PP. Georges Anawati y Antonin Joussen). En el norte de Irak, desde el convento de Mosul, los dominicos fueron renovadores, a partir de 1860, de la vida intelectual instalando la primera imprenta que tuvo la región, publicando una inmensa cantidad de libros de todo tipo y en diversas lenguas y alfabetos para los que diseñar y fundir las tipografías fue ya una proeza: árabe, siríaco (el dialecto arameo de Edessa transformado en lengua clásica de liturgia y cultura para estos cristianos desde el siglo III d.C), arameo moderno, turco y francés. La imprenta fue destruida por el ejército otomano durante la Primera Guerra Mundial y las máquinas arrojadas al Tigris. Miembro de la comunidad de Mosul fue el P. Jean-Vincent Scheil quien estuvo a cargo de las excavaciones en Babilonia en 1900 y quien, durante su trabajo en Susa, fue el descubridor del famoso Código de Hammurabi. Otro dominico trabajando en la región fue el P. Jacques de Réthoré, famoso en la amplia geografía de la Llanura de Nínive, el Kurdistán y Armenia por su hábito blanco, sus cabellos hirsutos y su larga barba cana quien recorrió las aldeas de la región recopilando datos, formas del habla coloquial y canciones para escribir una de las gramáticas más importantes del sureth la ya mencionada lengua vernácula de los cristianos de la región, lengua que conoció como pocos y en la que se distinguió como poeta. Jacques de Réthoré fue también testigo presencial y autor de uno de los reportes claves para que Occidente supiera sobre las masacres de 1915. A esa tradición decidió unir su vida Najib Mijail Moussa.
El hábito negro del benedictino tejano Columba Stewart y el hábito blanco del dominico caldeo Najib Moussa se recortaban tal que figuras de un extraño ajedrez en un tablero en ruinas, jugando una partida peligrosa frente a enemigos que los jaqueaban, protagonistas ambos de una buddy movie que Hollywood nunca realizará.
Tras sus estudios en Francia y su ordenación por parte de Monseñor Pierre Claverie (quien sería asesinado por fundamentalistas en Argelia) fue enviado al convento de Mosul, su ciudad natal y allí fue nombrado archivero en 1988. En 1990 comenzó un trabajo que habría de ser fundamental. Consideró que ordenar y clasificar los archivos existentes no era suficiente y concibió la idea de digitalizar los manuscritos en posesión de las diversas comunidades cristianas para preservarlos de futuras destrucciones o del daño ocasionado por el paso del tiempo y el tipo de deficiente conservación que se les daba. Funda, entonces, el Centro de Preservación Digital de Manuscritos Orientales de Mosul. Eran tiempos de Saddam Hussein, su policía secreta tenía espías por todos lados y un sacerdote católico pidiendo digitalizar archivos era más que sospechoso. Najib Mijail Moussa no contaba con instrumentos idóneos para su tarea, fotocopiar antiguos textos era algo que los podía dañar irremediablemente e importar maquinaria era imposible ya que el régimen no lo permitía. El trabajo avanzaba muy lentamente y, como todo cristiano de Oriente, Najib Mijail Moussa sabía que el tiempo corría en su contra. Cada pogrom, cada razzia, cada ataque contra las comunidades cristianas se cargaba vidas e historia en forma de textos destruidos, perdidos para siempre. Falto de material adecuado, el trabajo se aletargaba. La ayuda vino de un lugar muy alejado de Mesopotamia, el estado de Minnesota en Estados Unidos. Allí, en Collegeville, la Abadía benedictina de San Juan (St. John’s Abbey) tiene una importante Universidad y había fundado un Centro de preservación de Manuscritos (Hill Museum & Manuscript Library, conocido como Hill Center). Esta antigua orden monástica católica que tanto había hecho para preservar la cultura clásica y cristiana primitiva durante la Edad Media copiando manuscritos, ahora lo hacía digitalizando aquellos que estuvieran en peligro de todas las culturas y tradiciones religiosas (el Hill Center sería, por ejemplo, fundamental en la preservación de los manuscritos islámicos de Timbuktú en Mali, frente al avance de Isis en la región). El Director del Hill Center era un benedictino tejano, un personaje casi tan insólito como un dominico iraquí. Nacido en Houston, el P. Columba Stewart es alguien muy diferente a Najib Mijail Moussa (aunque, claro, se arrodillan delante del altar del mismo Dios y uno puede imaginarlos charlar, copa en mano, no sólo de manuscritos sino también de sus mutuas experiencias como oriundos de regiones petroleras). Columba Stewart se graduó en Harvard y Yale antes de entrar al monasterio y posteriormente se doctoró en Oxford con una Tesis sobre el ascetismo cristiano primitivo. A partir de su trabajo en el Hill Center fue reconocido con las más altas distinciones en su país y entrevistado en los medios más importantes. La asistencia técnica y en personal del Hill Center será clave en los primeros años del trabajo de Najib Mijail Moussa en los diferentes archivos de la Llanura de Nínive. Con el tiempo, ambos se harían conocidos en toda la región. El hábito negro del benedictino y el hábito blanco del dominico se recortaban tal que figuras de un extraño ajedrez en un tablero en ruinas, jugando una partida peligrosa frente a enemigos que los jaqueaban; protagonistas ambos en el guión de una buddy movie que Hollywood nunca realizará.
Las banderas negras de los asesinos y la roja sangre de los mártires
Y entonces llegó Isis con su autoproclamado Califa, sus banderas negras, sus camionetas Toyota blancas, sus armas salidas vaya uno a saber de dónde (al igual que las camionetas) y su literalismo exegético. La ocupación de Mosul —la segunda ciudad del país— por el Estado Islámico en junio de 2014 fue fácil y vertiginosa, tras la desbandada final del ejército regular iraquí cuyos soldados cambiaban sus armas por un lugar en los vehículos que salían de la ciudad. Entonces vivían en Mosul unos sesenta mil cristianos todavía (su situación había degenerado rápidamente desde 2007 que es cuando se dan los primeros asesinatos de sus líderes y comienza el gran éxodo). Isis les ofreció tres alternativas: convertirse al Islam, partir o morir. Una cuarta opción, tradicional desde el siglo VII cuando el Islam conquistó la zona, como la de pagar un impuesto particular para conservar su Fe religiosa así como sus propiedades y actividades, les fue negada rotundamente. Tres y sólo tres posibilidades. Todos partieron, siendo parte de los quinientos mil pobladores desplazados. Lo que siguió fue un calvario que duró tres años. Las casas y las iglesias quemadas y destruidas (Isis había propuesto una lista de precios, pagaba diez dólares por quemar una casa de cristianos y veinte por quemar una iglesia), aquellos que no pudieron irse, sufrieron un destino cruel, infame. Hubo quienes se quedaron a cuidar a los enfermos que no podían ser trasladados; enfermeras, médicos, familiares se quedaron allí cuidando a su gente hasta que los asesinos fueron a buscarlos. Hubo comunidades enteras que no llegaron a irse como los yezidis (herederos de una vieja religión monoteísta) que huyeron a su monte sagrado, el Sinyar, y allí resistieron al exterminio como pudieron. La mayoría de sus hombres fueron asesinados y sus mujeres y niñas (desde los ocho años) fueron vendidas entre los yihadistas como esposas o esclavas sexuales. A decenas de cristianas les pasó lo mismo. Para muchos musulmanes, el destino no fue mejor. El radicalismo religioso de Isis los obligaba a comportamientos que no estaban dispuestos a tener (aunque hubo quienes se vieron envueltos en una espiral de radicalización y violencia que aceptaron), algunos habían sido burócratas del estado iraquí y trabajaban en áreas sensibles para los yihadistas, como el Director del Museo de Mosul que fue asesinado al tiempo que el Museo era destruido. A muchos iraquíes lo que estaba sucediendo les recordaba, en un punto, ejemplos del pasado cercano: durante las Guerras del Golfo y la caída del régimen de Saddam Hussein, los bombardeos norteamericanos no distinguían entre casernas del ejército y monasterios o iglesias; tras la caída de Bagdad los museos fueron abandonados, rápidamente saqueados y sus colecciones entraron en el mercado internacional –ilegal- de antigüedades, mientras que los jóvenes marines de nervios a flor de piel y disparo fácil no podían distinguir entre un sacerdote cristiano y un clérigo musulmán salafista. La historia no era nueva, sólo era peor.
Los militantes del Isis hicieron una pila – diríamos que ese es un gesto repetido entre los genocidas antes de masacrar pueblos enteros- y allí quemaron no sólo los libros cristianos sino también todos los libros islámicos que contaba esa biblioteca, incluidos muchos textos del Corán.
En Mosul, los yihadistas de Isis destruían todo. Ellos mismos lo documentaban y lo difundían por el mundo entero. Los que hemos visto esos videos no podíamos salir de nuestro estupor ante la barbarie, el salvajismo y la gratuidad de todo aquello. Venta de esclavas, decapitaciones, destrucción de patrimonio, nada escapaba a su afán de documentar lo que significaba la instauración de un nuevo Califato. Propaganda y amenaza al mismo tiempo.
Poco y nada quedó del convento de los Dominicos, que Najib y sus hermanos en religión habían abandonado tiempo antes; su inmensa biblioteca, verdadero pulmón intelectual de la ciudad y la región durante décadas, fue destruida por el fuego. Los militantes del Isis hicieron una pila – diríamos que ese es un gesto repetido entre los genocidas antes de masacrar pueblos enteros- y allí quemaron no sólo los libros cristianos sino también todos los libros islámicos que contaba esa biblioteca, incluidos muchos textos del Corán.
El exilio de los cristianos asirios no es una novedad. En esa tierra vivieron durante más de dos mil quinientos años muchas comunidades judías, los hijos e hijas de los desterrados en Babilonia, también hablantes de arameo, restos perseverantes de aquellas comunidades judías de las que salieron los primeros conversos al cristianismo en la región a principios de nuestra era. A fines de los años 1940 se fueron, su vida se hizo imposible, víctimas de lo que sucedía a más de mil kilómetros de distancia. Muchos emigraron a Israel, otros a donde pudieron. Sus dialectos y tradiciones sobreviven aún en algunos enclaves de Israel y allí han ido los lingüistas y los etnógrafos a estudiarlos pero su historia ya fue cortada de sus raíces y en poco tiempo de esas antiguas comunidades judías de la Alta Mesopotamia sólo quedará el recuerdo erudito. Desde su partida los cristianos custodian esas sinagogas abandonadas de las que sus propias iglesias heredaron la planta arquitectónica (tan profunda es la herencia compartida por ambas comunidades). Hasta que ellos también tuvieron que partir.
En este nuevo éxodo, los notables cristianos organizaron a la comunidad lo mejor que pudieron. El primer destino fue Qaraqosh, ciudad de unos cincuenta mil habitantes –en su gran mayoría cristianos- a unos treinta kilómetros de Mosul. Treinta kilómetros no parece mucho pero en ellos se había fijado el frente de batalla, sostenido por unidades remanentes del ejército iraquí y las milicias kurdas, los peshmergas, quienes fueron la última línea de defensa de esa ciudad cristiana, al menos durante un par de meses. La relación de los cristianos de la Llanura de Nínive con los kurdos es más que ambigua. En el siglo XIX los cristianos de las regiones del Hakkari y de la Llanura de Nínive fueron diezmados por los kurdos durante sus revueltas contra el poder centralizador del imperio otomano mientras que apenas unas décadas después ellos mismos serían en gran medida la mano de obra del gobierno otomano en las matanzas de cristianos de 1915. Ya entrado el siglo XX, durante las revueltas kurdas contra el nuevo gobierno de Irak, los cristianos volvieron a ser sus víctimas. Ahora, frente a Isis, no hay otra opción que aceptar esa ayuda, siempre sospechosa, de quienes siendo más numerosos y poderosos, también consideran que la Llanura de Nínive es de ellos y de nadie más.
Qaraqosh era ya una ciudad sin autoridades civiles y el obispo estaba a cargo de gestionar el funcionamiento de aquellos servicios esenciales. Najib Mijail Moussa instalado en el convento dominico junto con un par de compañeros que tampoco habían querido partir, velaba por las familias de sus feligreses y por los manuscritos traídos desde Mosul. Debieron dejar allí los libros impresos, imposibles de trasladar pero se llevaron los manuscritos, esa herencia de su pasado que los explica, les recuerda quiénes son y de dónde vienen, objetos guardados por siglos, atesorados por comunidades y familias cristianas con la reverencia que la palabra escrita tiene siempre en sociedades de baja alfabetización. Najib Mijail Moussa los había ya digitalizado en gran número y puesto a resguardo esos archivos (una copia en lugar secreto en Irak y otra en el Hill Center en Minnesota, rezando para que Isis nunca llegue tan lejos) pero los objetos mismos debían ser preservados. Podían perder sus casas, sus iglesias, sus monasterios, sus tierras de labranza pero si conservaban sus antiguos manuscritos, podían seguir contando su historia, podían guardar un contacto material, por leve que fuera, con su pasado y con la tierra natal.
Moussa organizó apresuradamente a la gente de su barrio, arrastró a un viejo cófrade aún en pijama a un auto destartalado y con la ayuda de algunos feligreses cargó como pudo los últimos manuscritos en su poder, y los repartió entre la gente que escapaba. Todos comprendían la importancia de esa labor, nadie la rechazó.
Pero pronto la situación en Qaraqosh se hizo también insostenible y en la noche del 6 al 7 de agosto, los yihadistas del Isis entraron a la ciudad y, bajo la heroica y última defensa, la fuga debió precipitarse. Todo el mundo subió a cualquier tipo de vehículo y tomó la ruta del norte, hacia Erbil, capital del territorio autónomo kurdo que contaba con una base aérea de Estados Unidos, cuyos aviones inexplicablemente no habían intentado evitar el avance de Isis. La gente escapaba con lo puesto, corriendo, llorando. Una vez más, hubo quienes se quedaron con los enfermos, a su lado, esperando en oración la llegada de los esbirros del nuevo Califa. En muchos lugares, la huida no impidió que algunos miembros de tal o cual familia quedaran del lado de los yihadistas, los relatos cuentan de niñas separadas de sus inconsolables madres por apenas unos metros y destinadas a lo peor. Najib Mijail Moussa organizó apresuradamente a la gente de su barrio, arrastró a un viejo cófrade aún en pijama a un auto destartalado y con la ayuda de algunos feligreses cargó como pudo los últimos manuscritos en su poder (cerca de 800, muchos más estaban ya a resguardo) en un par de vehículos sin saber cuántos kilómetros podrían realizar. Y partieron. No llegaron muy lejos. Apenas a 40 kilómetros de Qaraqosh, los retenes de las milicias kurdas eran ya atacados por los yihadistas. Fue una madrugada de terror. La ruta, atascada por cientos o miles de autos, se había transformado en una trampa mortal. Vieron llegar a toda velocidad a las infames camionetas blancas con sus ametralladoras disparando contra ellos, a quemarropa, escuchando de muy cerca los gritos de los asesinos prometiendo matar a todos los infieles. Todos debieron dejar los autos abandonados y comenzar a correr. Najib Mijail Moussa repartía sus manuscritos entre la gente que escapaba. Todos comprendían la importancia de esa labor, nadie la rechazó. Los peshmergas y los miembros de las pequeñas milicias cristianas formadas un poco más al norte, en la ciudad de Alqosh, se reorganizaban para responder fuego por fuego y defender la retirada de esas decenas de miles de refugiados, pero aún había que llegar hasta sus posiciones, bajo las balas, a campo abierto. Los relatos de esa noche son tremendos, dolorosos, cinematográficos en un punto. Muchos de los que lo vivieron han dejado el suyo; Najib Mijail Moussa también lo ha hecho en un hermoso libro publicado unos años después (Sauver les livres et les hommes, Paris, 2017). Y, finalmente, llegaron a Erbil.
En Erbil comenzaba una nueva y ciclópea tarea: la de conseguir cobijo y alimento para tanta gente. Najib Mijail Moussa se multiplicó. Puso los manuscritos en lugar seguro, le permitieron ocupar edificios en construcción para ubicar a su gente y lugares de parking para aquellos que dormían en sus autos y no los querían abandonar (tal vez la única posesión que habían salvado); escribió a cristianos asirios en el exterior, a sus propios familiares ya desperdigados por Europa, Estados Unidos y Australia, a asociaciones católicas en Francia y Alemania. La ayuda empezó a llegar y con ella organizó dos refugios, “La Viña” y “La Esperanza” en los que sostuvo a su comunidad. Fueron años difíciles y también largos. Porque la liberación que llegaría a fines de 2016 y en 2017 no era evidente a mediados del 2014. La gente solamente quería partir y Najib Mijail Moussa sólo podía ayudarlos a hacerlo aunque supiera que cada familia que partía acercaba el final de los cristianos en la Llanura de Nínive después de dos mil años. Pero vida hay una sola y él lo sabía. Conseguía alimento, vivienda, agua potable, medicamentos… y también visas.
A fines de 2016 la situación cambió. Unidades reorganizadas del ejército iraquí y las milicias kurdas, cristianas y shíitas comenzaron a ganar terreno –ahora sí, sostenidas por la aviación norteamericana– y un día Qaraqosh parecía haber sido liberada.
La empecinada reconstrucción de un hogar para los cristianos de Oriente
Contra las indicaciones de las autoridades militares Najib Mijail Moussa se aventuró en Qaraqosh desde los primeros días de la liberación. Sólo encontró muerte y destrucción. Cadáveres en las casas de sus amigos; iglesias transformadas en cárceles y salas de tortura; algún vecino musulmán que no podía reponerse de la pérdida de sus hijas, obligadas a casarse aún niñas con miembros de Isis; el convento dominico destruido y, una vez más, la biblioteca quemada. Poco tiempo después vendría la reconquista de Mosul de la que hay mucho escrito, varios videos accesibles en las redes y hasta alguna película. Comenzó entonces la lenta reconstrucción de iglesias, casas, escuelas, hospitales, servicios públicos y universidades en una ciudad que quedó destruida en un 80 %. Con la ayuda de diversos organismos cristianos, estatales europeos y de la UNESCO, la labor avanzaba. Pero la gente era reticente a volver, el temor era grande. El Sínodo de obispos católicos caldeos eligió a Najib Mijail Moussa como arzobispo de Mosul en 2018 —sede que estaba vacante desde el asesinato del anterior titular, Monseñor Paulos Faraj Rahho en 2008— y fue posteriormente confirmado por Roma. Un punto de inflexión fue la valiente visita del Papa Francisco a la región en marzo de 2021 y sus discursos y homilías en Bagdad, Mosul, Qaraqosh y Erbil instando a los cristianos a no abandonar su tierra. La catedral católica-caldea de Mosul, la iglesia Al-Tāhirā (“la toda pura” o de la Virgen María), un excepcional ejemplo de la arquitectura local del siglo XVIII, famosa por sus bajorrelieves y caligrafía ornamental, fue casi totalmente destruida por Isis. Hoy, en ella, restaurado tanto su interior como su bella torre desde la cual vuelven a sonar las campanas, Najib Mijail Moussa –el hombre que ha salvado a incontables personas, unos 9000 manuscritos y cerca de 35.000 documentos de la historia de su pueblo-, es uno más entre los muchos pastores que esperan el retorno de su grey.
Hace un poco más de un siglo cuando Monseñor Tappouni rogaba por la ayuda internacional vivían cuatro millones de cristianos en la Llanura de Nínive. Eran todavía un millón trescientos mil cuando comenzó la Guerra de Irak hace poco más de veinte años. Hoy no llegan a doscientos cincuenta mil. A esto le pondremos el nombre que podamos, queramos o nos animemos; yo sé cómo llamarlo. Ojalá estemos viviendo el fin de un largo Dara d-Sayfo (siglo de la espada) y que estos empecinados cristianos, junto a sus heroicos líderes como Najib Mijail Moussa puedan encontrar la paz necesaria para vivir en esa tierra que es la suya.
Hace un poco más de un siglo cuando Monseñor Tappouni rogaba por la ayuda internacional vivían cuatro millones de cristianos en la Llanura de Nínive. Eran todavía un millón trescientos mil cuando comenzó la Guerra de Irak hace poco más de veinte años. Hoy no llegan a doscientos cincuenta mil. A esto le pondremos el nombre que podamos, queramos o nos animemos; yo sé cómo llamarlo.
* Imagen: Evangeliario de la Iglesia de Oriente, siglo XIII