Generaciones que muerden
El problema de las generaciones fue desplazándose de las generaciones literarias, que se definían a sí mismas, hacia rótulos homogenizantes impuestos desde afuera. Volver a pensar las generaciones desde la literatura nos permite recuperar la mezcla y los cruces de las identidades y las relaciones de cada generación con su pasado y su futuro.
por Alejandra Laera
Lelaina: -I was really going to be somebody by the time I was 23...
Troy: -Honey, all you have to be by the time you're 23 is yourself.
Lelaina: -I don't know who that is anymore.
Reality Bites (Ben Stiller, 1994)
Ser o no ser
“Pensaba que a los 23 sería alguien…”, le dice ella. “Lo único que tenés que ser a los 23 es ser vos misma”, le contesta él. Y ella: “Ya no me conozco. No sé quién soy.” La escena termina bien porque los dos se besan, y aunque después él se muestra más perdido que ella y se va, la historia igual termina bien porque al final se reencuentran, se vuelven a besar y así llegan a la culminación de ese “All I want is you” que venía cantando Bono. ¿Quién no quería ser Winona en los 90? ¿A quién no le gustaba Winona? La película de los cuatro amigos que no saben qué hacer de sus vidas cuando dejan atrás la adolescencia, que no saben si son frágiles o fuertes, que no saben lo que quieren o que cuando lo saben no lo pueden alcanzar, fue un filme icónico de la juventud de la época, y en varios países de América latina, como la Argentina, se llamó Generación X. Aunque usada previamente en circuitos alternativos, la expresión se hizo popular con la novela Generation X. Tales for an Accelerated Culture, que apenas unos años antes, en 1991, había escrito Douglas Coupland. Tan popular, de hecho, como para usarla en el título de la película buscando captar a un sector determinado de público, a pesar de que en América latina recién se escuchaba nombrar y no se sabía bien qué era, al menos hasta ver a Winona Ryder y Ethan Hawke en la pantalla. En definitiva, una pertenencia generacional que era casi solo cronológica, una suerte de acumulación de cohortes, porque todavía, en el umbral del salto digital, no había mucho en común entre los veintipico porteños y los veintipico de Houston. Y sin embargo… ¿quién no quería ser Winona, quién no gustaba de ella?
Sin llegar a ser una rom-com, la historia de amor, más allá de la precarización laboral y el desencanto de los protagonistas pero al impulso de un soundtrack que prometía futuro, lograba achicar las distancias, pasar por encima de las diferencias políticas (los retornos de las democracias latinoamericanas en los 80) y económicas (la resistencia al neoliberalismo antiestatista de los 90) para activar una identificación juvenil. Y entonces, ya dejaba de importar el rótulo “generación X”, ya no importaba cómo llamar a esa sensibilidad y esas sensaciones que ponían de manifiesto la transformación de un mundo que en las últimas décadas había girado alrededor de la familia y el trabajo. Una letra era nomás una letra, hasta que con el cambio de siglo las letras finales del abecedario se agolparon y llegamos al presente.
Antes de la X
Generación X, Y, Z… Alfa… y Beta. Las generaciones sociales, en el sentido que les dio Karl Mannheim en 1928 en un ensayo que sirvió de faro para deslindar la polisemia del término y así diferenciarlas de las generaciones familiares y de las solo literarias o artísticas, son hoy un marcador de época que parecen decirlo todo. En la búsqueda por explicar aquello que impacta en la sensibilidad y el modo de ver el mundo de un conjunto de franjas etarias sucesivas, Mannheim tomó distancia tanto de la tendencia positivista, asentada en una base biológico cientificista para pensar la historia con sus conservadurismos y sus transformaciones, como de la tendencia romántica que llegaba a hacer de los factores temporales de la historia una pura vivencia interior unificada. Entre lo natural y lo espiritual, entre el extremo más cuantitativo y el más cualitativo, declara Mannheim, están las fuerzas sociales formativas. Con su particular enlace de lo histórico social, “El problema de las generaciones” fue un parteaguas que, a partir de entonces, permitiría consolidar el uso del término, hacia atrás y hacia adelante, como identificador de la emergencia generacional producida por acontecimientos y experiencias comunes que afectaron profunda y decisivamente a una serie de cohortes en su período formativo, la juventud.
Esta dimensión explicativa ha sido también ordenadora y, por lo tanto, tranquilizadora, porque ajusta los desfasajes entre demografía, espíritu de época y acontecimiento o experiencia histórica. Contemporáneamente a la noción de generaciones sociales de Mannheim, por lo pronto, la reconocida y autorreconocida Lost Generation logró identificar al mismo tiempo a toda una generación social (cuya juventud fue atravesada por la Primera Guerra Mundial y la posguerra) y a una talentosísima generación literario cultural (cuyos integrantes se establecieron en París tras la guerra e hicieron de esos años una experiencia vital y creativa). Las mismas fuerzas sociales conducían, podríamos decir usando el vocaculario mannheimiano, a la unidad conciente de formación de un grupo concreto (el propio Hemingway usó la expresión en 1926 como epígrafe de su novela The Sun Also Rises, conocida en español como Fiesta) y a la conexión generacional provocada por una experiencia histórica y social como la guerra.
Del siglo XIX a la actualidad, a autopercepción generacional cambió su sentido: en vez de ir de adentro hacia afuera, como un principio activo se enfrenta con quienes la señalan, va de afuera hacia adentro, como necesidad de ser ubicada en el espacio social para reconocer con claridad sus rasgos.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando la tranquilidad de la nominación cede al vértigo de la pura nomenclatura? ¿Qué pasa cuando la escalada alfabética se convierte no solo en un marcador mediático y homogeneizador, como advierten algunos especialistas, sino en la expresión misma de la aceleración que ya había adelantado el subtítulo de la novela de Coupland del 91: Generation X. Tales for an Accelerated Culture y que pronto devino en un aceleracionismo capitalista tecnocientífico que promueve la obsolescencia generacional? Es cierto, como insiste en señalar Jennie Bristow en sus estudios sociológicos sobre el tema, que las distinciones generacionales que van de los baby boomers (1946-1964) a la X (1965-1980), los Y o Millennial (1981-1996) y la Z (1997-2012) han sido acompañadas de discursos basados en estereotipos que, además de representar insatisfactoriamente una totalidad imposible, excluyen u opacan un rango amplio de diferencias generacionales (localizadas, de acceso a la cultura, etc.) y otras categorías de corte identitario (de clase, género, etc.). Solo que la homogeneización, estereotipación y falta de matices no supone únicamente el tratamiento de las generaciones como productos mediáticos que le preocupa a Bristow, sino que implica un visionado y una sensibilidad que ha internalizado lo mediático.
Entre tantos solapamientos, comparaciones, especificaciones, me gustaría más bien pensar esta avalancha generacional a la luz de lo que se conoce como “generaciones literarias”, esas mismas que parecen o bien pasadas de moda o bien estigmatizantes o bien nuevas etiquetas mediáticas. Y hacerlo localizadamente: yendo de lo global a lo local y del pasado al presente. Si la novedad tecnológica parece haber desplazado por completo al acontecimiento histórico como fuerza formadora, haciendo que el pasaje de lo analógico a la digitalización masiva y a la hiperconectividad algorítmica sea la marca generacional más relevante para distinguir la X, la Y y la Z, un desplazamiento que pasó más inadvertido se dio paulatinamente desde bastante tiempo antes. Me refiero, en general, a la pérdida de predominio de las generaciones literarias, y en particular, al modo en el que se reconocieron en el mundo luso-hispánico, cuando apenas un par de números remitían a un año que condensaba el conjunto de rasgos comunes compartido conciente o programáticamente por un grupo de individuos pertenecientes a un tiempo y un lugar particulares. Podía ser la Generación del 27, que a comienzos del siglo XX conmemoraba los trescientos años de la muerte del poeta Luis de Góngora en España y de la que formó parte Federico García Lorca, o podía ser la del Novecientos en Uruguay, que nucleó a intelectuales vinculados con la sensibilidad moderna como José Enrique Rodó.
Estoy muy lejos de recuperar la defensa elitista de las generaciones intelectuales que hizo José Ortega y Gasset en sus ensayos filosóficos de los años 20 y 30, en tanto grupos con una conciencia colectiva orientados a una misión conductora en el pensamiento y las artes. Al contrario. Me atraen más los perfiles generacionales del tipo Lost Generation o “Beat Generation” que viven patrones horizontales de conducta sin imponerlos. (Yo misma discutí con insistencia la categoría de Generación del 80 en referencia a la elite de escritores y políticos que consolidaron el Estado modernizador de corte liberal y oligárquico en la década de 1880 en la Argentina, porque en su esquematismo unificador perdía de vista matices culturales e ideológicos irreductibles en varios de sus integrantes y porque fue una alianza política estratégica antes que una unión generacional motivada por un ideario o una experiencia común.) Lo que sí me pregunto es por qué el desdén que suele provocar, por convencional, el reconocimiento generacional fechado, y más todavía, por qué el rechazo que produce adjudicarse una pertenencia distinguida o un compromiso social han dado en cambio rápido paso a la aceptación de etiquetas generacionales mediáticas impuestas. Por qué no se han cuestionado de entrada unos marcadores alfabéticos (X, Y, Z, Alfa, Beta) que, en el mundo de guerras y posguerras del siglo XX, nos remitía al mundo misterioso del espionaje o de la ciencia ficción, y que acá, ahora, parecen determinar subjetividades. Veamos qué pasa si damos un salto hacia atrás, a la vez mayor y más cercano, para llegar a lo que retroactivamente se llamó Generación del 37 en la Argentina y observar cómo y por qué un grupo de jóvenes letrados quiso ser reconocido hace casi dos siglos.
¿Cómo se genera una generación?
Habían nacido entre 1805 y 1815. Crecieron junto con las luchas por la independencia del Río de la Plata pero los marcó la experiencia del antagonismo entre unitarios y federales que atravesó las décadas del 20 y el 30 (con guerra civil, anarquía y el poder del gobernador porteño Juan Manuel de Rosas). También el clima romántico que venía de Europa y buscaron adecuar a las condiciones de vida locales. Casi todos vivían en la ciudad de Buenos Aires y algunos en otras provincias del país, pero todos tuvieron que irse al exilio por sus ideas políticas justo después del año que les dio nombre y mientras semiclandestinamente seguían agrupados en La Joven Argentina. Durante ese año bisagra de 1837, se reunieron en el Salón literario de una librería ubicada en lo que hoy es pleno microcentro porteño, para intercambiar opiniones, discutir ideas, ofrecer lecturas públicas, influenciados por la combinación entre motivación individual y misión social propia del romanticismo. Allí leyeron sus discursos (de corte literario cultural y político económico) quienes serían los principales organizadores de la nación en las décadas siguientes (Juan Bautista Alberdi, Vicente F. López, Juan María Gutiérrez), allí compartieron un conjunto de creencias y valores que buscaban expandir en la región y convertir en un programa de acción (Domingo F. Sarmiento se sumó desde la provincia de San Juan y más tarde escribiría Facundo desde el exilio chileno). Y allí se leyó por primera vez parte del extenso poema narrativo La cautiva, en el que Esteban Echeverría, al configurar el espacio del Desierto en las tierras habitadas por las comunidades indígenas, realizó una operación con tanta fuerza simbólica como para que se convirtiera en un clásico (a expensas de sus problemas literarios y de su violenta discriminación identitaria).
Las distinciones generacionales que van de los baby boomers a la X, los Y y la Z han sido acompañadas de discursos basados en estereotipos que, además excluyen u opacan un rango amplio de diferencias generacionales: la novedad tecnológica parece haber desplazado por completo al acontecimiento histórico como fuerza formadora
En esta descripción bastante simplificadora de los contenidos contradictorios del romanticismo rioplatense, puede notarse, de todos modos, el componente activo implicado en la unión generacional: el ideal romántico de propensión al sacrificio del proyecto individual (la literatura) por un proyecto grupal de alcance social (la política nacional). Y ese componente activo usaba a la escritura como tecnología comunicativa pública y privada: escritos muy diversos y, sobre todo en el exilio y en los viajes, cartas, innumerables cartas que armaron epistolarios en los que se exhibe el armado generacional. ¿Qué cambió en esos dos siglos que ponen distancia entre la Generación romántica del 37 o de la Joven Argentina y las de los X, Y y Z, aparte de un mero desplazamiento nominativo?
Es una respuesta fácil decir que el súper salto comunicacional que va de la escritura manuscrita o la pequeña imprenta al mundo digital del algorritmo, y de la carta o el periódico al whatsapp y las redes explica esos cambios. Tan fácil como decir que de la lógica de la producción se pasó a la del consumo y, en la actualidad, a la del usuario. O como decir que se pasó de la manipulación que una generación buscó hacer de su tiempo a la manipulación externa que se hace de una generación. Todo eso es relativamente cierto y seguramente insuficiente: pasa por alto identificaciones grupales, desde las pequeñas capillas a los colectivos militantes y el arco amplio que va de realizar a consumir. Lo que resulta bastante clave es que la autopercepción generacional cambió su sentido, y en vez de ir de adentro hacia afuera, como un principio activo que, juvenilmente (rebeldemente), se enfrenta a fondo con quienes la señalan, va de afuera hacia adentro, como necesidad de ser ubicada en el espacio social para reconocer con claridad sus rasgos. En la película Reality Bites, la del título original, era el amigo el que le decía a la chica quién era (¡sos vos misma!); en la película Generación X, la del título adaptado, todo se convertía en una representación para los espectadores que se identificaban con los protagonistas.
Las comparaciones entre el pasado y el presente pueden ser inconducentes si son conservadoras o nostálgicas. En cambio, pueden iluminar mutuamente los tiempos dejando ver posicionamientos y agencias, apropiaciones y usos que de otro modo no notaríamos con la misma intensidad o a los que les daríamos otra interpretación. Por eso, no solo se trata de ponderar las diferencias entre cómo son las generaciones actuales y cómo se las etiqueta, según lo hace una referente como Bristow al poner al día el análisis sociológico de Mannheim. También se trata de registrar cómo en el presente se combinan o transforman funcionamientos y rasgos del pasado, cómo la historia y la polisemia de la noción de “generación” puede ser, más allá de aquello que siempre se intenta periodizar, distinguir y clasificar prolijamente con herramientas cuanti- y cuali-, aquello que hay que registrar en su confusión, su mezcla, su desprolijidad juvenil. Como en muchos casos lo está haciendo la literatura.
Mordidas generacionales: política y tecnología en la narrativa argentina actual
Hay muchos modos de detectar cortes horizontales en la literatura que se viene escribiendo en la Argentina en las últimas décadas. La política, una vez más, produjo el primero de esos cortes literarios fuertes en el inicio del siglo XXI y nada podría estar más lejos del enfrentamiento generacional entre los baby boomers y la generación X: la generación de H.I.J.O.S, correspondiente a los hijos de desaparecidos en la última dictadura cívico militar, es política y memorialista, y a la vez supera y se superpone a la generación X, que es sociológica y demográfica. Experiencia histórica traumática, transición tecnológica, activismo político y posicionamiento literario se cruzan para dar lugar a una representación generacional tan vertical como horizontal y multidimensional.
Las novelas Los topos (2008) de Félix Bruzzone o Pequeños combatientes (2013) de Raquel Robles son dos ejemplos muy diferentes de la ficcionalización del pasado político (en una se busca al padre desaparecido que quizás sigue vivo; en la otra se recuerda la infancia con los padres todavía vivos). En lugar de enfrentarse a la generación anterior como los X a los baby boomers, las novelas reparan una relación filial rota por la sustracción del terrorismo de Estado y lo hacen por medio del principio activo de la memoria, como si para poder ir hacia el futuro hubiera que ir antes hacia el pasado y repararlo con los juicios de lesa humanidad pero también con la imaginación literaria. Así, la generación literaria repone con la escritura la sucesión truncada de la genealogía. Y si nos preguntamos dónde quedó entonces el componente tecnológico que acelera la dinámica de las generaciones sociales, basta ir al potente Diario de una princesa montonera de Mariana Eva Pérez, que tuvo su primera edición en libro en 2012. Porque el cruce entre lo documental y los procedimientos ficcionales, la riesgosa autoexposición, la irónica voz propia, la politización antiépica ya estaban antes, cuando fue sacando las sucesivas entregas del diario en su blog personal “princesa montonera”, haciendo un uso público y político de la tecnología digital de la escritura y la comunicación.
En lugar de enfrentarse a la generación anterior como los X a los baby boomers, las novelas reparan una relación filial rota por la sustracción del terrorismo de Estado y lo hacen por medio del principio activo de la memoria
En el reverso, y ya haciendo una proyección futurista, la tematización ficcional de la tecnología también tiene un sesgo crítico e incluso político. En Kentuki, la novela coral de Samantha Schweblin de 2018, uno de los hilos narrativos sigue la historia de una madre a quien su hijo, que a esa altura del futuro no sabemos a qué generación pertenece, le hace regalos tecnológicos para que se entretenga, pero ella no los entiende. Hasta que le regala un kentuki: un peluche pequeño que replica a un animal, con sus movimientos y sonidos en tiempo real; una persona lo posee en su hogar, mientras otra persona que lo maneja a distancia puede ver y escuchar todo lo que capta el peluche. En esta suerte de régimen tecnológico de vínculo, que en la novela genera adicción en los personajes-usuarios, también la solitaria madre se encariña y cuida a su peluche, que habita en el departamento de una mujer joven y sola. Pero lo interesante de la historia filial es que la interfaz impuesta por el hijo de una nueva generación futura (¿Gama? ¿Epsilon?) fracasa al punto de devolver el lazo afectivo filial y presencial.
Las alianzas intergeneracionales que los estudios sociológicos sobre la juventud buscan promover, considerando estrategias y líneas de acción que mitiguen la homogeneización y los enfrentamientos, las narrativas ficcionales las entregan, precisamente, porque mezclan, cruzan, confunden. Están más atentas a narrar el matiz generacional poniendo a prueba su verosimilitud, que a hacer una crítica de la imposición mediática de etiquetas para ajustar las clasificaciones.
Si prestamos atención al éxito, con sus cuentos y novelas, de Samantha Schewblin, Selva Almada e indiscutiblemente de Mariana Enríquez entre una generación de jóvenes lectoras, no solo estamos hablando de una generación etaria sino que estamos mostrando que de la X, la Y y la Z se puede salir en cualquier momento y recorrer otras letras. Que a veces no son las letras o las etiquetas sino que pueden ser las categorías mismas las que encorsetan a los jóvenes cuando no se entienden del todo sus creencias y sus comportamientos. Finalmente, “all you have to be by the time you're 23 is yourself”, como le dijo Troy a Lelaina. O, si no, será como en la canción de Babasónicos “D-Generación”: “a mi generación no le importa tu opinión porque a mi generación algo le pasa”.