Generación Z ¿Vas a tratar de cambiar el mundo como yo?

La generación Z es considerada la más conservadora de la Historia, y, desde la astrología a las teorías cíclicas, todo indica que así sería. Pero es importante ver las condiciones en las que les toca vivir a los jóvenes y las opciones que les ofrece la política: adolescencia eterna o ancianos que piensan como niños.

por Maia Mindel

La película favorita a ganar el Oscar es Una Batalla Tras Otra de Paul Thomas Anderson. La historia es bastante simple: dos guerrilleros de izquierda se enamoran en medio de sus ataques contra la policía migratoria. Poco antes de que varios de ellos vayan presos, tienen una hija. El padre y la hija se esconden en un pueblito del bosque del Pacífico por 16 años: él es un drogón reventado y ella es la figura responsable, sin mucho compromiso político. Los pseudo “ICE” vuelven a buscarlos, y en medio del caos, se separan. 

La película, más allá de su evidente crítica a la administración Trump, también tiene un contenido generacional: termina con que la hija se va a una marcha en Oakland (en la otra punta del estado) mientras que el padre aprende a sacarse selfies desde el sillón. La madre de la chica, exiliada en México, le escribe una carta que incluye la frase “¿vas a tratar de cambiar el mundo como yo?”. El mensaje de Anderson es claro: los jóvenes, entre los cuales figuran sus hijas, de generación Z o centennials, pueden cambiar al mundo, si se animan. 

Lo interesante es que esta es la lectura precisamente opuesta a la que hace la novela en la que se basa Una Batalla Tras Otra: más allá de la distinta ambientación (el presente contra los 60 y los 80), y distintos detalles de la trama, la principal diferencia es que en Vineland, de Thomas Pynchon, los adultos revolucionarios del 68 son de izquierda (también fracasados y reventados), y sus hijos de generación X son de derecha, consumistas y fanáticos de un Ronald Reagan arrasando en la elección de 1984. 

La dicotomía que plantean Anderson y Pynchon sobre “los jóvenes” es la misma que se plantea sobre la “generación Z” o la generación “centennial”: ¿son los veinteañeros de hoy una fuerza revolucionaria a punto de activarse, o “la juventud más conservadora en toda la historia”, como dicen los panelistas norteamericanos?

La guerra del cerdo

La pregunta más fundamental es qué es una generación. Usualmente se usa para describir la experiencia vivida de un grupo de personas que vivieron en determinada época. Por ejemplo, cuando hablamos de “la década de los cincuenta”, generalmente no nos referimos exactamente a los años 1950 a 1959: Mad Men es bastante “de los cincuenta” por la primera mitad de las temporadas… pese a que la serie empieza en 1960. Un foro de Reddit, r/decadeology, se dedica a cuestionarse esto: cuándo empieza cada década. Por ejemplo, los años 50 norteamericanos empezaron en 1946 (fin de la guerra y comienzo del baby boom) y terminaron en 1963 (asesinato de Kennedy); los 60 empezaron en el 63 y terminaron en el 68, etc. Un ejemplo más local es la Década Infame, que empezó en 1930 y terminó en 1943; la década siguiente, la “peronista”, duraría del 43 a 1955. 

Esta definición es más nueva de lo que parece: según Sarah Laskow en The Atlantic, a principios del siglo XIX, el uso más común era para las generaciones de una familia, como en Cien Años de Soledad; recién a los tres cuartos del siglo se empezó a usar como sinónimo de los hombres de cierta época (la generación del 30, del 40, del 80). Esto tomó forma para los años 20 para explicar el impacto de los eventos (la Primera Guerra Mundial, por ejemplo) entre los jóvenes, virando a movimientos artísticos o políticos particulares de vanguardia. 

Esto explica la utilidad de un concepto a simple vista bastante estúpido: hablamos de que una persona nacida en 2008 y una nacida en 1995 como miembros de un mismo grupo porque tuvieron experiencias formativas de vida similares en un momento similar, influidas por la misma cultura, tecnología, y economía. El economista Richard Reeves habla de una “década decisiva” entre los 15 y los 25 aproximadamente, donde todas las primeras veces más importantes (primer trabajo, primera pareja, primera salida en el mundo adulto) ocurren de forma seria. A modo de ejemplo, los economistas concluyen que la gente termina asentándose en gustos musicales entre los 14 y los 24, tiene más confianza en las tecnologías que usaban en estas edades, y literalmente experimentan el tiempo de forma distinta, ya que la mayoría de las experiencias formativas fundamentales dejan de pasar; un paper de 2022 concluye que lo más importante para determinar la postura política de una persona durante la adultez es qué tan popular es cada partido durante, adivina adivinador, su adolescencia y temprana adultez.

La idea de que los jóvenes de hoy en día son inusualmente malos, que se llama “juvenoia”, no es especialmente nueva, a diferencia del concepto de “generación”; Sócrates mismo escribía sobre la falta de respeto de los jóvenes atenienses a sus mayores en el siglo quinto antes de Cristo. Esto se refleja en las quejas interminables sobre el comportamiento de los jóvenes: hace unos años era lugar común quejarse de la cultura del sexo casual, las madres adolescentes, y el consumo exesivo de alcohol; ahora, de la falta de sexo, la falta de bebés, y la falta de consumo de alcohol. El catastrofismo y la sociología barata son fáciles; analizar por qué ocurre cada cosa, no. 

Cada generación de jóvenes es la “generación del yo”. Más allá de los choques naturales a medida que ocurre el desarrollo de personalidad, el choque ocurre porque los mayores tienen más plata y más poder que los “menores”: los políticos, CEOs, y jefes son cada vez más viejos

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El análisis del “conflicto generacional” o la “brecha generacional” tampoco es muy nuevo, y data desde 1969. En primer lugar, la diferencia es psiquiátrica:  los jóvenes son lo que en términos médicos puede describirse como “insoportables”, ya que el narcisismo en la temprana adultez es casi patológico. Cada generación de jóvenes es la “generación del yo”. Más allá de los choques naturales a medida que ocurre el desarrollo de personalidad, el choque ocurre porque los mayores tienen más plata y más poder que los “menores”. En El Fin de La Historia, Francis Fukuyama (en base a Hegel y Kojeve) expresa que el deseo fundamental del ser humano es el thymos, el deseo de ser reconocido; para aquellos sin poder, es el deseo de ser reconocido como igual, y aquellos con poder desean ser reconocidos en su superioridad. Esta dinámica, para Fukuyama, es fundamental a tal punto que explica toda la historia de la humanidad. Similarmente y basándose en la obra del psicólogo de la niñez Bruno Bettelheim, los estudiosos del conflicto generacional lo explican como una mezcla de los cambios sociales macroscópicos de los años 60, especialmente la pérdida de autoridad de los padres, el baby boom, los cambios sociales y políticos, y la guerra de Vietnam. Sin embargo, y más fundamentalmente, la diferencia de autoridad y recursos siempre está, y lo que dirime el contexto es el cómo. Esto es especialmente notable en la era de la “gerontocracia”: los políticos, CEOs, y jefes son cada vez más viejos, y sus preferencias, casi mecánicamente, son cada vez más distintas a las de los jóvenes. 

Los jóvenes de hoy en día ya no distinguen el mal del bien

En su libro Historia de la Juventud, la historiadora argentina Valeria Manzano plantea una tesis simple sobre el rol de “los jóvenes” como categoría histórica: los jóvenes emergen en los años 50 y 60 como grupo distinto de los niños y los adultos gracias a la escolarización masiva, la sociedad de consumo masivo, y la entrada parcial al mercado de trabajo no familiar. Desde este período, la juventud como grupo social propio devino en sinécdoque de los problemas sociales: ante cualquier panorama social en crisis, la discusión se desplaza a los jóvenes en crisis. En un contexto de clara crisis de la política tradicional, entonces, las preocupaciones se manifiestan como un análisis casi obsesivo del votante joven. 

¿En qué creen los jóvenes? La idea más común es que los centennials son “de derecha”, descritos a veces como “la generación más conservadora en la historia” por los analistas políticos. A los hechos se remiten: Javier Milei obtuvo más votos en el segmento sub-30 que en cualquier otro, especialmente los hombres jóvenes, que lo votaron en un margen de casi tres cuartos a un cuarto. Donald Trump obtuvo un voto casi mayoritario entre los jóvenes, especialmente hombres negros y latinos, dando la mejor performance de la derecha en 20 años. Sanae Takaichi, la recientemente electa primera ministra ultraconservadora y militarista de Japón, tiene el apoyo de un 92% de los votantes con menos de 30 años, contra el 15% de su predecesor. 

A simple vista, esto parece vindicar la postura de que la generación Z es de derecha: la generación que votó a Milei más que cualquier otra también es la única juventud en el mundo que cree en la meritocracia más que sus padres y abuelos, según Ipsos. Un sondeo de la Universidad de Buenos Aires (Pulsar) de 2024 muestra algo parecido: que en una sociedad uniformemente más pro-mercado, el giro en los jóvenes fue el más pronunciado de todos. Pero la aquiescencia no es total: una encuesta de CEDES de 2024 nota que la argentina en su totalidad es relativamente “progre” en temas de género y sexualidad sin notar grandes brechas generacionales, y la misma encuesta de la UBA pone a los sub-30 como el grupo más socialmente progresista de toda la sociedad argentina. Complicando más la cosa aún, un estudio de la UBA sobre la polarización política señala que la coalición política de Milei fue mucho más “progresista” que coaliciones previas de la derecha en 2023; en las últimas legislativas, Carlos Pagni señaló una convergencia cada vez más clara entre “las fuerzas del cielo” y las del Sí, se puede de 2019, lo que se refleja en la pérdida relativa de confianza de los jóvenes en la administración Milei según lo medido por los seguimientos de opinión pública de las universidades Di Tella y San Andrés.

La idea más común es que los centennials son de derecha, “la generación más conservadora en la historia”: tienen padres Gen X, que fueron más conservadores que los padres baby boomers de los millennials. Este patrón cíclico de conservadurismo y progresismo es bastante tentador como explicación. 

Pero ¿cómo pueden votar los jóvenes a la derecha y seguir siendo razonablemente progresistas? Un estudio de 2023 del gobierno de la Nación llegó a la conclusión que a los jóvenes lo que les gustaba de Milei era lo económico, y que el resto de lo que decía no les gustaba tanto pero no iban a cambiar su voto por ello. En una entrevista con el Japan Times, las votantes jóvenes de Takaichi se muestran escépticas de sus opiniones respecto al matrimonio, pero les parece que su administración de lo económico es más importante. Del mismo modo, según una encuesta de la Universidad Tufts, el 64% de los votantes jóvenes pusieron a la inflación como su prioridad en la última elección americana, y el 26% el desempleo ―ambos temas favorables a Donald Trump y no a la izquierda―. 

Lo notable en tanto Estados Unidos como en Argentina es la falta de confianza en la política tradicional: el 45% de los jóvenes estadounidenses se identifican como independientes, y según el gobierno argentino, el 32% de los varones y el 52% de las mujeres creen que ningún político representa los intereses de los jóvenes (Milei recibió un 42% y un 12% de estas valoraciones, respectivamente). Así, es evidente que el apoyo a candidatos “antipolítica” proviene de preferencias, si no razonables, al menos racionales. 

Plutón en Sagitario

El encuestador norteamericano David Shor frecuentemente da un diagnóstico causal bastante particular de las creencias de la generación Z, a la cual define como “la más conservadora en la historia”: los jóvenes actuales tienen padres Gen X, que fueron más conservadores que los padres baby boomers de los millennials. Este patrón cíclico, de conservadurismo y progresismo, es bastante tentador como explicación. 

En astrología, Plutón es el planeta que determina las creencias; cualquiera que haya prestado atención en la primaria se acuerda que Plutón está muy lejos del Sol, tal que tarda 248 años en cerrar su órbita. Dado que hay doce signos del zodíaco, Plutón pasa alrededor de 20 años en cada uno, y cada generación, por los preceptos astrológicos, tienen un correlato ideológico. Los baby boomers narcisistas e individualistas nacieron con Plutón en Leo; la generación X, que está medio perdida, nación entre Virgo (un signo con poca confianza y pragmático) y Libra (diplomático y relacional). Los millennials nacieron con Plutón en Escorpio, dándoles un enfoque en sanar, resolver traumas, y luchas con el control y la obsesividad. ¿Qué dice el modelo astrológico de la generación Z?

Bueno, Plutón estuvo en Sagitario para esta generación, un signo fluido, expresivo, y auténtico, que enfatiza quebrar y cuestionar las normas establecidas. Esto se manifiesta como un escepticismo claro contra instituciones rígidas y formales como la religión organizada, la educación tradicional, y gobiernos y empleadores jerárquicos; la generación sagitario querría un mundo más inclusivo y favorable a la búsqueda del significado de la vida, reflejado en el activismo, y la movilización política, moderados en su utilidad por la autenticidad y el inconformismo que los acompañan. 

Este modelo no se distingue en mucho del modelo Strauss-Howe de generaciones, que detallan en sus libros Generations y The Fourth Turning. Para Strauss y Howe, la historia se mueve en ciclos de 80 a 90 años divididos en cuatro etapas o “giros”: un “giro alto” de confianza social alta y conformismo; un “despertar” de rebelión cultural y espiritual; un “deshilachado” de individualismo y confianza baja, y una “crisis” social que reemplaza el status quo. Cada giro tiene su propia generación que lo protagoniza: los baby boomers son los “profetas”, idealistas y orientados hacia los valores; los Gen X son los “nómades” pragmáticos y reactivos; los milennnials fueron los “héroes” del tercer giro, activistas institucionalistas. Entonces, la generación Z serían los “artistas” comprometidos y sensibles del giro de crisis. 

Al ser la generación Z la primera generación nativa digital, es inevitable que el modo de política digital sea su modo de política: sin líderes u organizaciones, guiado por indignación, desconfianza y viralidad, además de los impactos desestabilizantes de la desigualdad de ingresos que potencian las redes

Las teorías cíclicas y teleológicas de la historia son un clásico. El mismísimo Karl Marx propuso en El Manifiesto Comunista que la historia era una marcha dialéctica de luchas de clases: esclavos y amos, siervos y señores, trabajadores y capitalistas, hasta llegar al Edén del comunismo cuando el proletariado tome los medios de producción. La teoría marxista surge de “poner a Hegel de cabeza”; la teoría hegeliana, similarmente, dependía de una progresión dialéctica entre estados de razón y sinrazón hasta llegar a la utopía perfecta. Alexandre Kojeve, un hegeliano del temprano siglo XX, desplazó al Espíritu hegeliano y se enfocó en el reconocimiento: el deseo de los amos de ser reconocidos como superiores, y de los siervos por ser reconocidos como iguales. El deseo de ser reconocido eventualmente llevaría a un mundo de racionalidad y libertad perfectos, guiados por un Gobierno Mundial modelado en el GATT de 1948. Kojeve fue el principal mentor de Francis Fukuyama, que centró la idea de reconocimiento para explicar el devenir del fascismo y el comunismo. La teoría hegeliana se mueve en dialécticas entre un extremo (tesis) y el otro (antítesis), llegando a su síntesis. Oswald Spengler, un filósofo/historiador alemán afín a la revolución conservadora alemana, propone un mundo que oscila entre el “tiempo del dinero”, de política ordinaria y comercio, y un “tiempo de la sangre” de política schmittiana y guerra. 

Otro ejemplo es Samuel Huntington, autor del Choque de Civilizaciones. En su mucho menos conocido libro de 1981 titulado American Politics: The Promise of Disharmony, Huntington divide la historia norteamericana por la brecha irremediable entre ideales (“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”) y las instituciones que los implementan, llevando a una “brecha IvI” que se origina en la “cultura del Lejano Oeste” norteamericana de desconfianza en la autoridad y en la desilusión necesaria e inevitable ante el compromiso político. Cada más o menos 65 años hay una “pasión credal” (es decir, pasión por los credos) que comienza con una indignación moral en rechazo a la autoridad tecnocrática de los expertos, y se refleja en movimientos reforminas "desde abajo" y en un realineamiento político y, finalmente, institucional. El ejemplo perfecto de Huntington es la Guerra Civil Norteamericana, guiada por el fanatismo religioso del Tercer Gran Despertar en contra de la esclavitud, pero Huntington lo separa ad-hoc del resto de la historia norteamericana por motivos extraños y arbitrarios; los derechos civiles, el flower power, y el feminismo de los años 60 son otro caso de claridad inigualable. 

Un último teórico de la crisis regular es Peter Turchin, académico inventor de la “cliodinámica”, una disciplina que él inventó y que busca establecer regularidades estadísticas en la historia humana. Su teoría, denominada “Teoría Demográfica-Estructural” o D-E, sigue el ciclo económico del soviético Nikolai Kondratiev. Según Kondratiev, y sus herederos más “ortodoxos” como Robert Gordon, el crecimiento ocurre en “ondas” en las que la expansión rápida de las nuevas tecnologías se sigue por su maduración y estancamiento, llevando a la saturación del modelo y a la crisis. Usando la cronología de Kondratiev, Turchin plantea crisis regulares del modelo de producción y consumo cada 50 años, marcadas por “sobreproducción de elites” (exceso de trabajadores sobrecalificados y subempleados de alto capital humano), y desigualdad de ingresos explosiva: esto lleva a un deseo cada vez más agresivo de acumular bienes y estatus, inevitablemente desembocando en guerras, represión, saqueos, y terrorismo. 

El núcleo predictivo de la teoría Strauss-Howe, la teoría D-E y la teoría de Huntington es que el momento de crisis ocurriría más o menos durante la década 2020-2030 aproximadamente, que es razonablemente profético para ideas de los años 80, 90, y 2000. El verdadero problema es que el carácter crítico de estas décadas viene principalmente dado por factores económicos y geopolíticos voluntarios y predecibles: la crisis subprime de 2007, el largo estancamiento argentino, la desastrosa guerra contra el terrorismo islámico, etc. En Estados Unidos sin un Martin Luther King, un Alan Greenspan, un Jimmy Carter, o un Charles Manson, el mundo hubiera sido completamente distinto. 

So the winner takes it all, and the loser has to fall

El principal problema para la narrativa 2020-2024 de una generación joven desanimada, de derecha, y conformista es 2025: incluso omitiendo la pérdida de apoyo de Javier Milei y Donald Trump de sus votantes jóvenes, el movimiento de protesta  de la generación Z sacudió al mundo en Perú, Paraguay, Marruecos, Madagascar, Indonesia, Timor Oriental, las Filipinas, Tailandia, y Nepal. En Nepal, protestas masivas organizadas por Discord (el Whatsapp de los gamers y los jóvenes) destituyeron al gobierno, incendiaron el palacio presidencial, y eligieron a un gobierno interino por una encuesta en un chat. 

En Twitter and tear gas, disponible gratis online, la periodista turco-estadounidense Zeynep Tufekci busca explicar las grandes protestas de los 2010: Occupy Wall Street, los “indignados” españoles, las grandes protestas de Chile, Hong Kong y Francia en 2019, y la Primavera Árabe. Este tipo de protestas, según Tufecki, es capaz de movilizar grandes números de personas sin necesitar infraestructura formal o experiencia política, lo que genera un “movimiento” con mucha más fuerza para forjar una historia clara. Esto les permite dominar el orden político cotidiano, dándoles influencia formal e informal. Sin embargo, frecuentemente, se quedan ahí: sin líderes formales o demandas oficiales, son incapaces de seguir hacia adelante o lograr resultados concretos. 

Los baby boomers fueron los “profetas”, idealistas y orientados hacia los valores; los Gen X son los “nómades” pragmáticos y reactivos; los milennnials fueron los “héroes”, activistas institucionalistas; la generación Z serían los “artistas”, comprometidos y sensibles del actual giro de crisis.

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El canal tecnológico es fundamental: en su libro de 2014 La rebelión del público, el ex analista de la CIA Martin Gurri propone que la era digital llevó a una crisis fundamental de la autoridad debido a que el control de la información pasó de ser vertical y centralizado (controlado por expertos, gobiernos, y grandes medios) a ser horizontal y descentralizado. Al perder su poder para controlar la versión de los hechos, las instituciones tradicionales pierden buena parte de su legitimidad. La internet y las redes sociales activaron un nuevo público democrático sin líderes u organizaciones y guiado por indignación, desconfianza, y viralidad, unido no por valores comunes, sino por enemigos comunes: corrupción, desigualdad, y elitismo, es decir, el establishment (“la casta”). El ejemplo más obvio de esto es el conflicto palestino-israelí: mientras que los adultos se informan con noticias oficiales sobrias que siguen las narrativaes oficiales de los distintos expertos y gobiernos, los jóvenes ven tiktoks filmados en las ciudades de Gaza por sus habitantes y son testigos directos de la devastación. 

Al ser la generación Z la primera generación nativa digital, es inevitable que el modo de política digital sea su modo de política. El estudio del gobierno de la Nación muestra que uno de los factores que más ponderó entre los jóvenes para apoyar a Milei fue su uso activo de las redes sociales, hablando directa y sinceramente. En el Reino Unido, el político más popular en redes es Nigel Farage, que también es el único con apoyo neto entre los jóvenes. En Alemania, el porcentaje de jóvenes y adultos que votan a partidos de izquierda y derecha no es muy distinta; los diferencias son los partidos, ya que los mayores van con los socialdemócratas y los demócratas cristianos, y los jóvenes, en tanto, votan a los permanentemente virales Die Linke y Alternativ Für Deutschland, de extrema izquierda y derecha respectivamente.

El impacto de las redes también tiene otro efecto: potenciar aún más los impactos desestabilizantes de la desigualdad de ingresos. En Nepal, los manifestantes fueron llamados a la acción con videos que mostraban el estilo de vida extravagante de los políticos y su parentela con la canción de ABBA “Winner Takes It All”. Los manifestantes, conectados por internet, ven cómo viven las personas en Miami, Dubai, Singapur, o Hong Kong y dicen, explícitamente, yo también quiero. Según Fukuyama, este factor estabilizaba las democracias liberales, ya que los altos estándares de vida en Estados Unidos y Europa serían un faro para el resto del mundo. El problema es que este efecto deviene en desestabilizante cuando la desigualdad material es enorme: las redes, que ya de por sí favorecen el sobreconsumo conspicuo, potencian el efecto de los influencers y sus cambios constantes de ropa y accesorios. Si la élite política y económica viven como jeques árabes (y ni hablar de los Archivos Epstein y las depravaciones en las que se los implican), el impulso de la isothymia (igualdad de reconocimiento) liberal del pueblo indefectiblemente se abalanzaría sobre la élite.  En todas las grandes teorías de la historia, las instituciones logran la confianza del público cuando aseguran la prosperidad material; en cambio, en momentos de escasez, la competencia entre la plebe y los patricios se enardece. 

Así, entonces, cabe preguntar cuáles son las posibilidades materiales de los jóvenes. En su reseña de, ya citado Historia de la Juventud, Tamara Tenembaum escribe: “los adultos les han robado a los jóvenes todo lo que valía la pena de ser joven. Son los cuarentones y cincuentones los que tienen dinero para el tipo de ocio y entretenimiento que, explica Manzano, definió a lo largo del siglo XX lo que implicaba ser joven”. Las posibilidades materiales de los jóvenes actuales son netamente menores a las de sus predecesores: incluso por fuera del derrotero macroeconómico de la Argentina, la crisis de vivienda es inevitable en todas las grandes ciudades, y se suma el menor dinamismo económico, la menor generación de empleos, y la devastación del mercado laboral entry-level por la inteligencia artificial. 

Las posibilidades materiales de los jóvenes actuales son netamente menores a las de sus predecesores: la crisis de vivienda es inevitable en todas las grandes ciudades, y se suma el menor dinamismo económico, la menor generación de empleos, y la devastación del mercado laboral entry-level por la inteligencia artificial

Según los economistas, la inflación y el desempleo son los principales factores que minan aquello que los cientistas sociales llaman confianza social: la confianza en el otro, las instituciones, la participación en la vida cívica, y la participación política. En la práctica, las sociedades de baja confianza son más cerradas, más basadas en el honor y la ofensa, y monitorean a sus miembros más cercanamente; las sociedades de alta confianza, en cambio, son más abiertas, más cosmopolitas, y más comunitarias. El extremo individualismo de las personas con baja confianza se transforma en la “mentalidad suma cero”, donde cada interacción necesariamente tiene un ganador y un perdedor; las personas “suma cero” son más nativistas, apoyan tanto más gasto público y más competencia, y son más proteccionistas. El otro ingrediente del cóctel político explosivo de la generación Z es el cambio estructural de la economía: desindustrialización, la automatización, el auge de los servicios personales, y el envejecimiento de la población. Dados los prejuicios sociales sobre quiénes se dedican al cuidado y los mayores y mejores resultados femeninos en el sistema educativo, entonces los sectores que demandan trabajo femenino a crecer y a los que demandan trabajo de hombres a contraerse. Los hombres, enfrentando fuerzas de producción distintas a las de las mujeres, conformaron una formación social distinta: una basada en el machismo y la socialización en torno a figuras de la ultraderecha online. 

Conclusión

Una de las grandes preguntas de la cultura pop de la generación Z es cuál va a ser “nuestra” serie: la generación X tuvo Sex and the City, y los millennials, Girls. Hay varias ofertas que se perfilan explícitamente para llenar este nicho: Overcompensating de los comediantes de TikTok Benito Skinner y Mary Beth Barone, y I Love LA de la cada vez más famosa Rachel Sennott se destacan. Pero la serie que probablemente mejor represente las vivencias de este grupo etario es Euphoria, especialmente su única temporada buena (la primera). La directora original de la serie, Petra Collins, era una fotógrafa legendaria en las redes sociales under; ella y Sam Levinson, su jefe y eventual reemplazo, se dedicaron a trabajar extensivamente con cada actor y las problemáticas que su personaje enfrentaba desde su perspectiva contemporánea: Sydney Sweeney y la sexualización (incluyendo fotos íntimas de ella misma que se filtraron en internet), Barbie Ferreira y la imagen corporal, Hunter Schafer y la cuestión de género. La temporada muestra un mundo de consumos mediáticos superpuestos entre grupos sociales y orientados hacia el animé, el fanfic, y la viralidad; relaciones que se desarrollan principalmente online y con fronteras amorfas y difusas; una obsesión con la performance y la impostura. 

El principal problema con la imagen que Euphoria da no es cómo sus personajes trabajan el mundo del sexo, las drogas, y las amistades, sino que el sexo, las drogas, y las amistades figuren en su mundo físico en absoluto. La generación Z, luego de décadas de quejas sobre jóvenes que solo creen en el sexo y las fiestas, tiene cada vez menos relaciones, cada vez menos amigos, y cada vez menos consumos problemáticos. El principal problema social y cultural de la juventud actual es la soledad, un tema que los políticos y artistas de más edad directamente no comprenden. Tenembaum describe a los jóvenes “mirando el mundo de los adultos con la ñata contra el vidrio desde una casa de sus padres que no tienen medios para abandonar”; aún si pudieran, efectivamente, abandonarla, no tendrían a nadie esperando del otro lado en un mundo impersonal dominado por Netflix, TikTok, y Tinder. 

Para Tenembaum, se abren dos caminos en adelante: uno de adultez inmediata, de jóvenes de 25 años trajeados, casados, y con hijos, hablando de dios, trabajo, y familia; el otro, de una adolescencia eterna, de nunca casarse, de citas de OkCupid y viajes a Japón interminables. En 2018, en una nota para The Baffler, el periodista Alex Pareene propone que la propuesta de la nueva derecha a los jóvenes es la posibilidad de vivir en una adolescencia eterna: la posibilidad de ofender constantemente, de no tomar responsabilidad de nada, de no tener consecuencias, y de no pensar antes de hablar: “

La propuesta del trumpismo para los jóvenes blancos es entonces un silogismo emocionalmente amoral: no podemos darte nada material (...) pero podemos crear un mundo donde regularmente podés seguir tus peores impulsos con total impunidad. 

La derecha plantea un mundo de adultos de 22 años que se comportan como adolescentes; la izquierda responde con una aún más deprimente propuesta de pensar como un niño y actuar como un anciano. A una inocencia casi sobrehumana sobre cómo funcionan las cosas, el progresismo le sumó la resignación absoluta a nunca vivir en un mundo mejor; la propuesta, entonces, es darle al pueblo lo que las encuestas dicen que es del 55% o más del pueblo. Sin ninguna facción que claramente reivindique un mundo material y moralmente mejor, la juventud de la generación Z queda atrapada entre nunca ser jóvenes y nunca ser adultos. La nostalgia (por los 90, los 2000, el 2016) es la única salida. 

La derecha plantea un mundo de adultos de 22 años que se comportan como adolescentes; la izquierda responde con una aún más deprimente propuesta de pensar como un niño y actuar como un anciano