Entrevista a Sam Van Aken: «La historia de Nueva York es, esencialmente, una historia de desplazamientos»

¿Puede un árbol contener siglos de historia? El artista norteamericano Sam Van Aken lleva casi dos décadas recuperando variedades frutales desaparecidas y reuniéndolas mediante injertos en árboles capaces de producir decenas de frutos diferentes. En conversación con Lucas Mertehikian, reflexiona sobre la memoria de los territorios, las transformaciones del paisaje, la relación entre naturaleza y propiedad y los desafíos del cambio climático. Una exploración del pasado y el futuro a través de los árboles.

por Lucas Mertehikian

En su cuento “Funes, el Memorioso”, Borges imaginó un hombre que, debido a su percepción y memoria sobrenaturales, “no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había visto o imaginado”. De no haber conocido al artista norteamericano Sam Van Aken, yo hubiese pensado que este prodigio botánico era imposible. 

Sam creció en el campo en Pensilvania y desde muy joven su medio artístico fue la escultura. Desde hace casi dos décadas, sin embargo, se dedica a identificar, recolectar y hacer crecer infinidad de variedades de árboles frutales que alguna vez poblaron los distintos barrios de la ciudad de Nueva York y hoy han desaparecido. Empezó en 2008, cuando decidió comprar un huerto de la Estación Experimental de Agricultura del Estado de Nueva York que estaba por cerrar, donde crecían unas doscientas cincuenta variedades antiguas de damascos, cerezas, duraznos, nectarinas y ciruelas imposibles de encontrar hoy en las calles o los supermercados de la ciudad. Siguió recorriendo los campos de la zona y charlando con baqueanos que con sólo morder una manzana podían rastrear el huerto donde se había originado hacía siglos. Probablemente la de Sam sea una de las colecciones privadas de árboles frutales más grande de Estados Unidos. 

A diferencia de lo que sucede, por ejemplo, con las flores, que pueden propagarse plantando sus semillas, la única manera de proteger cada variedad frutal y su gusto característico, es conservando especímenes vivos, ligados irremediablemente al territorio donde crecen. Por eso, para preservar y propagar nuevamente estos frutos extinguidos, Sam decidió emplear la técnica antigua del injerto, un método descrito hace miles de años por griegos y romanos y que él aprendió, ya adulto, de los granjeros con quienes había crecido. En invierno, Sam corta una rama de uno de estos árboles exóticos y la guarda en el freezer. Después, en primavera, hace una pequeña incisión en una de las ramas de otro árbol, encastra la rama que conserva desde el invierno, y las ata con cinta aislante, para asegurarse de que la salvia pueda circular de una rama a otra. Unas semanas después, la cinta se retira y la nueva rama ya puede seguir creciendo fuerte y saludable. Las ramas deben ser compatibles genéticamente, porque como advirtió Teofrasto, con las plantas, como con las personas, lo semejante tiende a unirse con lo semejante. A veces, para unir dos especies distantes, se utiliza una tercera a modo de puente entre ellas. 

El primer resultado de estos experimentos para Sam fue su Tree of 40 Fruit, un archivo vivo de la historia de la tierra. En invierno, desprovistos de hojas, los árboles a simple vista parecen normales; de cerca el observador atento notará que algunas de las ramas son más anchas y rugosas que otras, que algunas crecen un poco más torcidas de lo que esperaría, y que en el punto donde se hicieron los injertos todavía se ve la marca de la cicatriz que los unió. En primavera, todas estas anomalías se vuelven evidentes: el árbol explota sucesivamente en colores hasta dar sus cuarenta flores y frutos diferentes, muchos de ellos de manera simultánea, de manera que del mismo tronco se pueden tomar un damasco y un durazno, los dos inhallables fuera de los jardines donde crece el árbol milagroso.  

Con el Open Orchard, Sam llevó su experimento a la escala del paisajismo. En Governors Island, una isla frente a Manhattan que hasta los noventa funcionó como base de la guardia costera y hoy está abierta al público, Sam logró instalar ciento dos árboles cultivados con el método de los injertos, y cada uno de ellos puede dar entre cuatro y veinte frutas distintas y antiguas, que sólo sobreviven allí. No satisfecho con esto, Sam rastreó los lugares de la ciudad donde crecía cada una de estas frutas hace cientos de años, y a ese mapa de la ciudad superpuso el suyo propio. Otros cien árboles fueron plantados entonces con el mismo método en jardines comunitarios de la ciudad, devolviendo al territorio pedazos vivos de su historia que, de otra forma, hubiesen desaparecido por completo. De cada rama de cada uno de esos árboles, como Funes, Sam lo recuerda todo: de dónde vino y qué huertos recorrió antes de llegar a Governors Island, desde cuándo vive allí, cuándo dio sus frutos cada temporada y qué colores tenían y a qué sabían. Al lado de estos árboles extraños empezó la conversación que siguió por teléfono unos días más tarde.    

 

Open Orchard en Governors Island

Hace unos días en Governors Island me contabas cómo habías empezado con el proyecto, cómo empezaste a visitar las granjas de la zona donde creciste y donde vivís. Me preguntaba si podías contarme un poco más sobre cómo cambió tu relación con este territorio que conocés desde hace tanto tiempo y con las personas que lo habitan.

Lo que a mí me resultó más interesante fue que yo crecí en una granja, pero incluso yo pensaba que los duraznos eran simplemente duraznos; que había ciruelas rojas y ciruelas azules. Cuando empecé con el proyecto no sabía nada de injertos; no sabía nada de la enorme cantidad de cultivares que existían. Así que mientras recorría distintos lugares para aprender más, si veía un ciruelo o un duraznero al costado del camino, paraba, golpeaba la puerta de la casa y hablaba con sus habitantes. Lo que me fascinó fue encontrar personas que tenían décadas y décadas de conocimiento, ya fuera por su experiencia cultivando árboles o por lo que habían aprendido de su familia. Pero no tenían a quién transmitírselo. Entonces, cuando yo aparecía y les decía: “Contame más sobre los árboles frutales que tenés y cómo cultivarlos”, se producía una especie de descarga masiva de información. Eso transformó por completo mi visión de la agricultura.

Como te decía, crecí en una granja que, en muchos sentidos, se parecía mucho a una del siglo XIX. Producíamos nuestros propios alimentos, confeccionábamos nuestra ropa, construíamos todo lo que necesitábamos. Pero, al mismo tiempo, en la década de 1980, sentíamos claramente los efectos de la agricultura industrializada. Algo que todavía me vuela la cabeza es que cultivábamos cientos de acres de maíz. Y es extraordinario pensar que el maíz empezó como una maleza en México hace diez mil años; era una planta que se parecía más al trigo que a lo que hoy entendemos por maíz. Así que todas esas ideas estaban presentes cuando empecé el proyecto. Y, en cuanto al territorio, lo que más transforma mi manera de pensar es que se podría decir que la ciudad de Nueva York es la cuna de la fruticultura de todo Estados Unidos. Es donde se introdujo el injerto como técnica y donde ingresaron al país las primeras variedades europeas. A partir de ahí empezaron a surgir nuevas variedades en los huertos que estaban dentro de los límites de la ciudad. Sumergirme en en eso y conocer la historia de cada una de esas variedades transformó mi manera de mirar el paisaje. Ahora camino por Nueva York y pienso: “Ah, en este lugar había tal granja”. Es increíble hasta qué punto se ha transformado este paisaje. 

Nueva York es la cuna de la fruticultura de todo Estados Unidos. Es donde se introdujo el injerto como técnica y donde ingresaron al país las primeras variedades europeas

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Mi segunda pregunta tenía que ver exactamente con lo que acabás de decir y era cómo cambió con este proyecto tu manera de experimentar la ciudad.

La historia de Nueva York es, esencialmente, una historia de desplazamientos. Y nuestras vidas están ligadas a todo eso. Investigar esa historia implica averiguar dónde estaban los huertos originales de los Lenape en los cinco distritos de la ciudad y conocer cómo los europeos desvalorizaron la agricultura lenape. La llamaban una forma de cultivo primitiva; incluso usaban expresiones como la “agricultura de los salvajes”. Pero lo que uno descubre es que habían establecido una red agrícola muy sofisticada dentro de la ciudad. Elegían los mejores terrenos para cultivar determinados tipos de frutas y alimentos. Uno vive en tierras prestadas. Después empezás a ver cómo los europeos otorgaron enormes concesiones de tierras en la ciudad, cómo esas concesiones se convirtieron casi en plantaciones tempranas y cómo una de ellas terminó dando lugar a King's College, que después se convirtió en Columbia. Y pensás: “Ah, por eso tienen semejante patrimonio inmobiliario”. Incluso esta mañana me preguntaba por qué me metí tanto en la investigación de todas estas variedades frutales y sus orígenes e historias tan específicas. Y creo que es porque transforma y cuestiona nuestra existencia contemporánea.

Es interesante que haya una especie de ida y vuelta entre los territorios rurales donde empezaste el proyecto y la ciudad. ¿Ves los cultivares con los que trabajás como una conexión entre esos dos espacios? 

Creo que eso es algo con lo que no estoy lidiando solo yo, y tiene que ver con nuestra desconexión con la comida en general. No sé si uso específicamente las variedades para eso, pero creo que uso los árboles frutales en general para señalar un problema más amplio: en el estado de Nueva York todavía traemos de California entre el 40 y el 50% de nuestros productos agrícolas, aunque podríamos cultivar todo eso en la ciudad y sus alrededores. Es una cuestión de qué usos priorizamos para la tierra. La gente va los fines de semana a visitar huertos de manzanos en el valle del río Hudson, pero esos huertos deberían estar mucho más cerca. La industrialización creó esas barreras y distancias.

 

Tree of 40 Fruit 

Tu huerto reúne distintas geografías. Estuvimos hablando mucho del contexto local, pero también cultivás variedades que vienen de lugares muy lejanos, que se introdujeron en Estados Unidos hace cientos de años y que quizá desaparecieron. ¿Ves el huerto como una espacio cosmopolita o más bien como un proyecto local? 

Sí, en muchos sentidos, al menos para mí, el huerto refleja la ciudad. Ya en el siglo XVIII se traían duraznos de China, que es su lugar de origen. Los primeros duraznos chatos, los que ahora llamamos donut peaches, se cultivaban en huertos de Brooklyn en el siglo XVIII. Y hay variedades que pasan de Medio Oriente a Europa y después llegan a Nueva York. Así que sí, creo que es muy cosmopolita. También hay cierto grado de exotismo en el sabor de la fruta. Yo cultivo un tipo de ciruela cuyo linaje se remonta más de dos mil años atrás, a la ciudad de Damasco. Me encanta poder probarla y hacer ese viaje en el tiempo y pensar: “Hace dos mil años, alguien probó esta misma fruta”.

Ahora te acercaste a esos paisajes y estás desarrollando un nuevo huerto en Grecia.

Es bastante gracioso: soy muy del noreste de Estados Unidos y nunca había estado en el sur de Europa. Llegué a Creta y pensé: “Este es el lugar más increíble del mundo”. En particular, porque hay zonas de la isla donde podés cultivar cítricos y frutas de clima templado en una misma parcela. Podés cultivar manzanas, peras y frutos rojos junto a los cítricos. Me pareció extraordinario. Pero, además me presentaron a un especialista en arqueobotánica que investiga sitios arqueológicos y después data las semillas por carbono, y compartió muchísimas información conmigo. Estaban encontrando semillas de almendra y damasco en yacimientos de la civilización minoica (entre 3000 y 1450 a.C), y esa cronología contradice por completo la historia actualmente aceptada de la migración de las variedades frutales. Las almendras aparecen con dataciones de hace unos cinco mil años y se pensaba que habían llegado por la Ruta de la Seda hace mil años. Eso me fascinó y empecé a investigar más sobre la historia de la isla y, en particular, de los minoicos.

A partir de ahí encontré arqueólogos que sostienen que se podría considerar a Creta el primer lugar donde se produjo un cambio climático causado por los seres humanos. Los minoicos, al talar los árboles para construir barcos y después durante la Edad del Bronce, alteraron radicalmente el clima, hasta el punto de contribuir al colapso de su civilización. Eso me llevó a imaginar cómo era Creta antes de ese cambio climático provocado por los seres humanos. La idea es tomar cuatro acres de tierra y restaurarlos a su estado anterior a los minoicos, hace casi diez mil años. Investigar las variedades de plantas que crecían allí y traerlas de vuelta; en muchos casos, reintroducir las que podamos encontrar y que no se hayan extinguido. Y usar ese proceso de recreación para observar, desde una perspectiva mucho más amplia, cómo estamos respondiendo a nuestra crisis climática actual. 

En el estado de Nueva York todavía traemos de California entre el 40 y el 50% de nuestros productos agrícolas, aunque podríamos cultivar todo eso en la ciudad y sus alrededores. Es una cuestión de qué usos priorizamos para la tierra.

Imagino que trabajar con todas estas escalas temporales habrá afectado tu manera de pensar el tiempo, no solo en tu trabajo, sino incluso en tu vida personal.

Sí. La gente me dice: “Sam, perdón por no haberte respondido”, y pasaron dos años. Y yo pienso: “Ni me había dado cuenta. ¿De verdad pasó tanto tiempo?”. También te vuelve más humilde, empezás a pensar que tu vida transcurre sobre una línea de tiempo muy larga y que, al mismo tiempo, es un instante brevísimo.

¿Pensás en cómo se va a ver el Open Orchard en el futuro; digamos, en doscientos años? 

Bueno, en general diría que no, salvo por el cambio climático. Eso tuvo un impacto muy fuerte incluso en la década que llevo trabajando con árboles. Solo en ese tiempo el clima se volvió mucho más errático durante la primavera, y eso causa problemas terribles para los árboles frutales, que dependen de las condiciones meteorológicas para florecer y producir fruta. Ni siquiera podemos anticipar qué efectos va a tener esto.

¿Lo tenés en cuenta en tu trabajo? Pienso en esos modelos que a veces se usan en diseño del paisaje para prever cómo serán ciertas áreas, a qué climas se parecerán en el futuro y, por lo tanto, qué especies de árboles podrían crecer allí. 

El problema es que muchas de las predicciones que se hicieron hace poco estaban completamente equivocadas. Hace diez años se pensaba que, como el clima estaba cambiando, en Nueva York podríamos cultivar variedades provenientes de los estados del Atlántico Medio. En el caso de los árboles frutales, empezaron a plantar durazneros que crecen muy bien en Virginia y Maryland. Pero el problema es que no experimentamos un calentamiento uniforme: tenemos patrones meteorológicos erráticos. La tendencia es más cálida, pero se manifiesta mediante picos y valles. En enero tenemos una semana con temperaturas de 24 °C, y después, en mayo, una semana con temperaturas bajísimas. Eso mata las flores. Si la temperatura cae por debajo del punto de congelación después de que un árbol floreció, mata la flor y el árbol no produce fruta. Todas esas variedades del Atlántico Medio no prosperaban porque florecían demasiado temprano y sus flores morían. Estamos descubriendo que los fruticultores tienen que cultivar variedades de climas más fríos, que puedan resistir de manera más confiable ese calentamiento y enfriamiento. 

Yo cultivo un tipo de ciruela cuyo linaje se remonta más de dos mil años atrás, a la ciudad de Damasco. Me encanta poder probarla y hacer ese viaje en el tiempo y pensar: “Hace dos mil años, alguien probó esta misma fruta”.

¿Y cómo entra en juego la idea de propiedad en tu trabajo, tanto con el Open Orchard como con el Tree of 40 Fruit?

Diría que aspiro a una propiedad compartida, no es simplemente algo completamente público. Con el Tree of 40 Fruit nunca pensé que fuera algo privado. Siempre estuvo pensado para involucrar al público. Por eso elegí deliberadamente los lugares donde los instalé: están pensados para que la gente se encuentre con ellos. Que florezcan en distintos colores es una especie de provocación dirigida al público.

Cuando empezó la planificación del Open Orchard, encontré que una de las disputas entre los europeos y los Lenape en Nueva York tenía que ver con que los europeos consideraban que la tierra y los árboles eran propiedad privada. Los Lenape sostenían que no se podía poseer un árbol del mismo modo que no se podía poseer el cielo o el agua. Eran bienes comunes, y uno solo adquiría la propiedad mediante su trabajo o mediante el regalo que el árbol le daba al recoger la fruta. Lo fascinante es que incluso en los primeros gobiernos coloniales de Estados Unidos aparece esta teoría del usufructo, relacionada con la idea de lo que se posee en común: ¿qué poseemos como público y de qué aprovechamos los frutos? Ahora estoy, de hecho, a cinco minutos del Parque Nacional Zion. Estoy llevando árboles de California a Utah y pienso disfrutar de ese bien público, de las leyes de usufructo que lo hicieron posible. Por eso el huerto se llama Open Orchard: está pensado para el público. Cualquiera puede ir y recoger sus frutos.

Encontré arqueólogos que sostienen que se podría considerar a Creta el primer lugar donde se produjo un cambio climático causado por los seres humanos. Los minoicos, al talar los árboles para construir barcos y después durante la Edad del Bronce, alteraron radicalmente el clima, hasta el punto de contribuir al colapso de su civilización

 

Ilustración de Sam Van Aken

Todas las imágenes están tomadas del sitio web de Sam Van Aken: https://www.samvanaken.com/