El futuro como pantalla

Terapeutas que sueñan con ser youtubers, pacientes que buscan validación algorítmica y consultorios convertidos en escenografías: una reflexión sobre la sociedad de la pantalla total y el riesgo de que el deseo, la intimidad y la diferencia desaparezcan detrás de la exposición permanente.

por Ingrid Sarchman

Una mujer de mediana edad se graba con un celular en primerísimo primer plano apoyado en un soporte. Se acerca a la pantalla, como si estuviera contando un secreto:

Tengo un paciente de 15 años que me dijo bueno, si querés salgo y hacemos un vivo porque todos mis pacientes me siguen en Instagram. Entonces, después al final no se animó. Le había hecho unas preguntas que me habían resultado interesantes de compartir con ustedes. Él decía que cuando salía del espacio -porque él lo llama espacio- venía con problemas y se iba con soluciones.

Aunque la cuenta oculta la cantidad de likes, permite el acceso a los comentarios. Los primeros  se centran en el aspecto de la terapeuta y en su forma de hablar (puede que se haya hecho algún tratamiento facial que afecte sus expresiones al hablar y que su cadencia haga pensar en algún tipo de consumo de ansiolíticos), pero alguien le dice: “No sos psicoanalista, sos Youtuber.” Ella contesta: “soy analizante. Youtuber como me gustaría! Sobre todo en la época actual donde toda referencia al N.P está pulverizada al igual que las madres y el avance tecnológico. Padres desbrujulados, hijos desorientados sin que alguien marque la cancha… ojala Youtuber del psicoanálisis. Saludos” (sic).

La pantallización del mundo no es plana

Una mujer mira una historia en el celular, y mientras lo hace, teme que el algoritmo haya malinterpretado su interés y empiece a sugerirle cuentas de este tipo. Asume que, a partir de ahora y durante unos cuantos días, este tipo de material va a aparecer más seguido. Se pregunta si a partir de esto su perfil ha quedado más asociado a la necesidad de una terapia “no tradicional”, a la búsqueda de una terapeuta mujer o a algo más puntual derivado de esa combinación.

Pero la configuración de los perfiles es mucho más compleja y ella sospecha que el algoritmo no se va a conformar con la idea de “mujer de mediana edad + terapia”. Sabe que la suma de búsquedas, tiempo de lectura y capturas de pantalla puede derivar en cualquier cosa. 

De todas las posibles derivas, hay una a la que el algoritmo parece pasar de largo: la tendencia a la pantallización del mundo. Y aunque el neologismo podría dar lugar a una falsa idea de imagen plana, esta tendencia está lejos, muy lejos, de presentarse como una mera superficie sin profundidad. La espectacularización del mundo, y aquí “mundo” debe entenderse como sinónimo de (casi) todo, puede  pensarse como un fenómeno de largo alcance, hacia el pasado, pero especialmente hacia el futuro.

En 1967, Guy Debord afirmaba que La sociedad del espectáculo no era “un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”. Debord avizoraba un cambio perceptual micro y macro donde el ser daría paso al parecer. Sin embargo, ni en sus peores pesadillas imaginó que esa tendencia a la mediatización colonizaría los ámbitos más íntimos. Ni siquiera se trata de juzgar si es ético analizarse en vivo y frente a los demás, sino cuáles serían las consecuencias subjetivas de este modus operandi. Cuando la exhibición constante se vuelve vicio, las fronteras entre realidad y ficción se confunden.

Por eso, cuando en Réquiem para un sueño, película de Darren Aronofsky estrenada en el 2000, la aburrida protagonista interpretada por Ellen Burstyn, asume que el conductor del programa de TV le está hablando a ella, no hace más que poner en imágenes eso que ya había sido gestado unas décadas antes. Aronofsky parte del impacto que pueden tener las pantallas en personalidades “frágiles” para mostrar la posibilidad de una sociedad alucinada y delirante. Pero si en la película, estos delirios se daban gracias al consumo de estupefacientes (y por eso mismo eran considerados como patológicos y excepcionales), en este caso, los consumos parecen camuflarse más fácilmente en una sociedad más narcotizada por default. El scrolleo infinito,  la compulsión a opinar de todo y sobre todo, y la tendencia a desear todo aquello que se ofrece se incorporan como hábitos que esconden su patología. 

¿Qué tipo de personalidad se está gestando frente a la pantalla? Y aunque una respuesta fácil podría sugerir que aquello que el antropólogo Phillipe Breton identificó como Homo Comunicans (un sujeto sin interioridad dispuesto a emitir y recibir mensajes a la manera de una terminal boba) se estaría cumpliendo, el futuro es mucho menos evidente, y por eso mismo, más peligroso. Y lo es, porque en la hipótesis bretoniana existía un cuerpo frente a una superficie plana. Y aunque no hubiera demasiada profundidad en la materia, la oposición estaba más o menos clara. Es este mismo esquema el que permitió durante mucho tiempo, la proliferación de los discursos apocalípticos con respecto a la tecnología. 

En el viejo ring entre "apocalípticos e integrados", los primeros creían que podían salvarse de la luz de los rayos catódicos porque aún reconocían su cuerpo como algo ajeno a la pantalla. Que, incluso, podían entrar y salir de ella. Los colores, los sonidos y las delimitaciones espacio temporales permitían percibir esas diferencias. Existía algún tipo de conciencia alrededor de lo pasible de ser mostrado, visto y de lo posible de ser dicho y escuchado. 

En este futuro de pantalla total, la conciencia no desaparece sino que cambia de signo. Al no percibir los espacios de manera tradicional (el interior de un consultorio, la palabra del paciente y las intervenciones del analista) todo se podría proyectar en un espacio indeterminado donde los roles podrían intercambiarse, o desdibujarse del todo.

En el viejo ring entre "apocalípticos e integrados", los primeros creían que podían salvarse de la luz de los rayos catódicos porque aún reconocían su cuerpo como algo ajeno a la pantalla. Que, incluso, podían entrar y salir de ella. Los colores, los sonidos y las delimitaciones espacio temporales permitían percibir esas diferencias.

La user experience siempre tiene razón

En este posible escenario de posiciones inciertas, los pacientes podrían ocupar el lugar del analista y el mismo analista podría aceptar ser sometido a su propia terapia, mientras el público podrá mirar, ofrecer algún consejo, si fuera posible, diagnosticar y hasta, quien sabe, ofrecer alguna píldora novedosa, o votar posibles salidas a la manera un reality show customizado. Las interfaces proveerán de un ventana específica para votar, decir algo o simplemente mandar alguna reacción en forma de emoji o similar. 

En consecuencia, al poner en entredicho los saberes y los dispositivos de la cura, se producirá un efecto invernadero ideal para que proliferen los discursos de autoayuda y de autoconfirmación de certezas previas. Estos microorganismos crecerán alimentados por la evidencia de no necesitar a nadie más que a uno mismo, siempre y cuando cada quien sea visto y oído por otros igual de solos y aislados.

En este futuro pantallizado ya ni siquiera importará que la gente se analice con una máquina o una persona, porque lo que se pondrá en cuestión será el mismo dispositivo de análisis, íntimo y dialógico, pero sobre todo dialógico. Al fin y al cabo ¿para qué las personas recurrirían a su sesión de análisis? ¿Qué buscarían si no es validación por y frente a un espejo que refleje eso que están esperando? 

Por otro lado, el esquema comunicacional clásico haría coincidir emisor con receptor y aplanaría el canal. Algunas pistas de ese futuro replegado en sí mismo ya se advierten en la tendencia de muchas personas a analizarse con programas de Inteligencia Artificial. En este caso, la crítica no apunta tanto al evidente reemplazo de las personas por un software, sino a que esta tecnología suspenda el diálogo y solo se transforme en un espejo que refuerce las propias creencias sin cuestionar nada. En contra de las tendencias que avizoran un futuro dominado por las máquinas, aquí el programa se convertiría en una especie de esclavo dócil y condescendiente cuya única función sería la de confirmar las creencias previas.

En este futuro hiper-auto-referencial-narcisista, cualquiera podrá sostener su postura porque la validación partirá desde él y volverá a él mismo. Este rulo pseudo epistemológico abriría puertas desconocidas con consecuencias imprevistas. Imaginemos una sesión de terapia donde el paciente le confiese a la pantalla que su malestar es el resultado de la interacción con los demás, por lo que ha decidido salir a la calle y disparar al primero que se le cruce. 

“Me parece genial, probá con una  pistola calibre .38, es chica, cabe en una cartera mediana y de lejos puede parecer otra cosa. Te recomiendo que uses silenciador para no alertar a las personas de manera inmediata”. Imaginemos, después, al sistema judicial tratando de juzgar el acto cometido. ¿A quién se culparía por la muerte de las víctimas? ¿Al programador? ¿Qué condena le cabría y por qué?

En ese sentido, y a favor de la analista aspirante a YouTuber, cuando ella denuncia la pulverización del NP (el nombre del padre) propone restituirlo mediante, justamente, la pantalla. Madres y padres desdibujados y desbrujulados (sic) podrían reemplazarse por una exhibición en vivo que reconstruya la escena analítica como una escenografía. El paciente hará vivos donde resalte la importancia de conservar el espacio del consultorio. Tal vez esa simulación funcione como placebo para evitar males mayores. Al fin y al cabo, la voluntad performativa parece adecuarse bastante bien a la dictadura de la pantalla que, en apariencia, simula inocencia e inocuidad. Solo en apariencia.

La realidad inmersiva es la única realidad

Un hombre de 35 años se graba con un celular. El pulso es un poco inestable. Parece algo contrariado.

“Me escribe una mamá diciéndome que no va a venir su hijo porque está  empacado y no quiere venir. No quiere venir al psicólogo y bueno, no nos conocemos. Se me ocurrió mandarle un video a ver qué pasa. A continuación les voy a mostrar lo que le mandé al pequeño de 10 años. Después veremos si viene”. 

Hace un gesto, como si desconfiara de su propia estrategia y sin embargo, en la siguiente toma le habla directamente al paciente díscolo. Lo llama por su nombre, se presenta, le dice que seguramente sus padres le hablaron de él, y que por eso mismo quiere mostrarle el lugar adonde lo invita a jugar y a charlar. Lo seduce con comics, arte (le dice que pinta), que toca el ukelele, que le gustan los juegos de mesa, enfoca una mesa para pintar, hacer collage, sube la cámara a un estante con Playmobil. Se vuelve a enfocar y le dice que lo va a esperar en un sillón y le manda un abrazo. Mira a cámara y pregunta: ¿Y vos vendrías a jugar a lo de (se nombra a sí mismo)?

El video tiene casi 10000 likes y 870 comentarios. Alguien le pregunta si tuvo éxito (lo tuvo), otro lo felicita por su intervención, un tercero destaca la buena utilización de la tecnología para reestablecer la transferencia (sic). Muchos siguen resaltando la creatividad, la espontaneidad y la pasión por la profesión. Otras personas agradecen con emoción e incluso algunos preguntan, en chiste, si, aunque ya no son menores, podrían atenderse con él. Más abajo, se despliegan más corazones y emojis de caritas sonrientes.

La mujer reconoce que el algoritmo está cada vez más afinado. En este reel, el terapeuta infantil se filma sin soporte y por eso la imagen se mueve, tiembla, como si él mismo no estuviera seguro de lo que está haciendo. 

Si la psicóloga del video anterior aspiraba a ser una referente pública en temas de salud mental adolescente a través de YouTube, en este caso, el especialista en niños ha decidido  hacer honor al dispositivo y convertirse en actor, cumplir el sueño de la performance total. Por eso construye un personaje dubitativo que avanza sobre el terreno con pocas certezas porque acá, quien tendrá la última palabra será el niño reacio al tratamiento (si es que realmente existe). 

Se producirá un efecto invernadero ideal para que proliferen los discursos de autoayuda y de autoconfirmación de certezas previas. Estos microorganismos crecerán alimentados por la evidencia de no necesitar a nadie más que a uno mismo, siempre y cuando cada quien sea visto y oído por otros igual de solos y aislados.

Imagen editable

Acá, la pantallización exhibicionista avanzaría hacia dos nuevos terrenos: el de la ficción y el de la construcción de una realidad inmersiva. En ese sentido, sería un error suponer que la oferta del analista infantil deba leerse en la misma dirección que su colega Youtuber. Si la exhibición anterior tendía a borrar los límites para proponer un espacio plano y de autoconfirmación, en este caso, la intervención apuntaría a desdibujar cualquier referencia no solo de lugar, sino y especialmente, de tiempo. 

Así, sin pasado, presente o futuro, los objetos aparecen desmembrados, un Playmobil, un dibujo, un collage, una cara desencajada, un video que originalmente iba dirigido a una persona en particular pero que se proyecta para que lo vea cualquiera, puede leerse en una serie infinita en la que también cabría, por ejemplo, que apareciera una torta recién salida del horno o una mascota durmiendo en un sillón.

El efecto de pantallización se evidencia en este encadenamiento infinito que mientras simula decir u ofrecer algo concreto, solo está proyectando su propia sombra. Por eso, quienes asisten a la visita virtual al consultorio se sienten con el derecho de pedir su propia sesión. Y lo hacen de la misma manera en la que se exige formar parte de algo que simula “estar bueno”. 

Hay dos términos que podrían describir esta tendencia: la transformación de todo en “experiencias para ser mostradas” (analizarse, comer, pasar un día en un spa, ver una obra de teatro, leer un libro, relacionarse con gente de manera on line, tener (o no tener) hijos, enterrar familiares, tirar las cenizas… los ejemplos son infinitos) y el FOMO, término que refiere al miedo a perderse algo (en inglés Fear Of Missing Out). En ambos casos, la compulsión no parece solo a mirar y a ser vistos, sino a participar, formar parte, “poner el cuerpo”, algo así como una teletransportación inmediata y constante. 

Pero lo de poner el cuerpo podría traer consecuencias imprevistas. Después de todo, cuando en “La expedición”, el cuento de Stephen King publicado en 1981, imaginaba que en el siglo XXIV se llevaría a cabo la primera expedición a Marte por medio de la teletransportación, ya intuía que las cosas no iban a salir del todo bien. En el relato, Mark Oates, un científico a punto de viajar a Marte junto a su familia, espera en la Terminal el despegue de la nave. Y mientras espera, narra a sus hijos la historia de Víctor Carune, el inventor del método. Aunque inicialmente Mark adapta su tono al público infantil, a medida que avanza el relato sugiere, casi sin advertirlo, que cualquier intervención física tendrá consecuencias inevitables en la mente y, más precisamente, en la percepción propia y del entorno. Después de todo, en un futuro donde el tiempo y el espacio son maleables, las personas (en sus aspectos físicos y psíquicos) difícilmente podrían quedar indemnes. No hay chances de que todo siga igual. La psiquis podría no ser tan plástica ni tan adaptable como se la imagina.

Pero mientras para King, cualquier modificación de los parámetros del espacio y tiempo podría derivar en formas monstruosas, la pantalla parece proponer algo menos traumático, y por eso mismo mucho más deforme. En un futuro menos terrorífico, por lo menos en apariencia, cualquiera podría habitar cualquier espacio, comer cualquier cosa, viajar por donde sea y ocupar el asiento que desee. 

La realidad inmersiva no dejaría resquicios ni para la imaginación ni para la posibilidad de enfrentarse con lugares inaccesibles o prohibidos. La tendencia a ocuparlo todo, a servirse de todo, a decir lo que se nos venga en gana en cualquier momento y lugar insta a percibir la realidad en un tiempo sin historia ni deseo. Si todo está a la mano, entonces, no hay nada que planificar, ni nadie contra quien oponerse. En este caso, ya no tendría sentido ningún “NP” ni ninguna cosa contra la que discutir ni oponerse.

En adelante, esta lógica podría derivar en un desdibujamiento total del deseo. Cuando alguien comenta “qué lindo consultorio, yo ya no soy chico pero ¿podría ir?” pone en evidencia la tendencia a desear todo o, para el caso, no desear nada en concreto. Así, mientras en la pantalla se ofrecen experiencias, comidas, cuerpos, paisajes sin diferencias ni contrastes, las personas parecen encaminarse hacia una voluntad irreflexiva. 

En contra de las tendencias que avizoran un futuro dominado por las máquinas, aquí el programa se convertiría en una especie de esclavo dócil y condescendiente cuya única función sería la de confirmar las creencias previas.

El futuro homo comunicans sería un sujeto que, además de no tener interioridad, tampoco tendría un contorno que lo diferenciara de otras siluetas. Solo portaría un dedo índice, a lo sumo un pulgar, que le permitiría impactar contra la pantalla y diera cuenta de su presencia en forma de corazón rojo. 

Si para Debord, la sociedad del espectáculo convertía al ser en parecer, en este caso, la fórmula sería la de ver para querer (lo que sea) y en el mismo gesto de desear, se olvidaría de lo anteriormente deseado. Así, los algoritmos se volverán expertos en producir paquetes cada vez más atractivos que, en el fondo, no ofrezcan más que colores con definición HD. 

Al mismo tiempo, la intimidad del consultorio y el “antiguo secreto profesional” quedarían reducidos a una puesta en escena paradójicamente pública e indistinguible de cualquier otra escena ofrecida para ser consumida. El espacio analítico se ofrecería como se muestra un departamento o una casa en cualquier plataforma y por eso usaría sus mismas fórmulas: “seguime que te muestro la cocina integrada y este rincón donde podés hacer collages mientras te entra la luz del sol por la ventana”.  De paso “Seguime que yo te sigo, también”.

Pero, y sobre todo, esta pantallización total terminaría por arrasar con la alteridad, borrando no solo la diferencia entre el terapeuta y el paciente (que a esta altura ya sería lo de menos) sino también entre el deseo y el capricho, la demanda y el gusto y la falta y la existencia de cualquier síntoma posible de ser diagnosticado (por cualquiera, también).

En adelante, la verdadera amenaza no será la falsedad de lo que vemos, sino la desaparición de lo que queda fuera de cuadro. Si el siglo XX se asombró ante la capacidad de la técnica para capturar la vida en una pantalla de tamaño variable, el futuro parece entregado a una inversión irreversible: la vida solo es tal si es capturable, si es "formateable" bajo los códigos de una plataforma.

Esta pantallización total no es solo una nueva forma de mirar, sino un modo de habitar un tiempo sin relieves ni esperas, donde la complejidad humana se aplana transformándose en un contenido empaquetado y, por eso mismo, intercambiable. En este horizonte, lo que está en juego no es la calidad de un servicio o la estética de un espacio, sino la propia capacidad de sostener un vínculo con alguien más y más allá de los algoritmos.

Al final, cuando todo se vuelva superficie y exposición, el riesgo no será que la realidad desaparezca, sino que  se pierda el deseo de registrar (y no con la cámara del celular) aquello que no titila ni suena frente a la pantalla (y contra nuestro cuerpo). 

A lo mejor se trate de entrenar y orientar la mirada hacia  aquello que no se muestra y que, precisamente por su aparente invisibilidad, constituya a los sujetos como cuerpos reales, con algún tipo de conciencia, situados y, sobre todo deseantes. Pero, ¿cómo reconstruir un cuerpo que se ha desmembrado en un espacio que no tiene más sentido que su encuadre? ¿Cómo recuperar la materialidad de la experiencia sin pensar en una exhibición editada y ofrecida como imagen?

Stephen King intuyó una posible respuesta y por eso escribió sobre un futuro monstruoso. A lo mejor habrá que esperar que nazcan nuevas plumas que avizoren panoramas menos distópicos, o, por el contrario, nos espera un tiempo donde ya ni siquiera podemos imaginar posibles futuros.

La realidad inmersiva no dejaría resquicios ni para la imaginación ni para la posibilidad de enfrentarse con lugares inaccesibles o prohibidos. La tendencia a ocuparlo todo, a servirse de todo, a decir lo que se nos venga en gana en cualquier momento y lugar insta a percibir la realidad en un tiempo sin historia ni deseo.