El discreto encanto del homonacionalismo

Gays y fachos ¿Por qué no?

por Pablo Stefanoni

El 12 de diciembre de 2014 la revista de chismes Closer publicó fotos del entonces vicepresidente del Frente Nacional (hoy rebautizado Reagrupamiento Nacional) y mano derecha de Marine Le Pen, Florian Philippot, paseando por Viena de la mano de su novio. El título elegido para el outing de uno de los referentes de la extrema derecha francesa fue “Sí al amor para todos”, en referencia al mariage pour tous, como se denomina en Francia al “matrimonio igualitario”. Era la misma revista que ya había publicado fotos en topless de la británica Kate Middleton, la esposa del príncipe Guillermo, y que reveló que François Hollande tenía un romance con la actriz Julie Gayet con el título “El amor secreto del presidente”. La obligada salida del armario de Philippot dejó ver los cambios en marcha en el partido fundado por Jean-Marie Le Pen en los años setenta. Para el viejo referente de la extrema derecha, la homosexualidad es una “anomalía biológica y social” que puede llevar “a la desaparición del mundo” (también piensa que hay demasiados negros en la selección de fútbol francesa y que eso afecta la imagen del país). Un poquito está bien, mucho ya no: “Los homosexuales son como la sal en la sopa, si no hay suficiente es un poco sosa, si hay demasiada es intomable”, escribió en su cuenta de Facebook en 2016, cual fino gourmet del nacionalismo galo. Para su hija, en cambio, de lo que se trata es de ser buenos franceses. “Sea hombre o mujer, heterosexual u homosexual, cristiano, judío o musulmán, primero que todo somos franceses”, dijo el 1 de mayo de 2011, sin ocultar su intención de expandir la (limitada) base electoral de su padre.

Si bien el Frente Nacional se opuso al matrimonio igualitario, Marine Le Pen no participó de las masivas movilizaciones en contra de la iniciativa del gobierno de Hollande y se mantuvo en la línea de “desdiabolizar” a la extrema derecha. De hecho “mató” a su padre expulsándolo del partido. A tal punto llegaron los enconos que el ala dura del Frente Nacional no dudaba en decir que el entorno de Le Pen hija estaba lleno de “judíos, gays y árabes”. Philippot, que hoy lidera su propio partido de extrema derecha, Les Patriotes, respondió a las críticas diciendo simplemente: “Yo soy moderno, vivo en el siglo XXI”. Desde entonces, artículos del tipo “¿El Frente Nacional es verdaderamente gay friendly?” (Parrot, 2017) o “¿Cómo podés votar al Frente Nacional si sos gay?” (Perrin, 2017) surcan los medios de comunicación y los debates en el interior de los movimientos LGBTI+. En uno de esos artículos, uno de los entrevistados llegó a decir que “un triunfo electoral de Marine Le Pen sería una fuerte señal contra los homófobos”.

Las revelaciones de Closer, y sobre todo las fotos de la revista sensacionalista, generaron un gran revuelo por la divulgación de aspectos de la vida privada de un homme politique, e incluso un proceso judicial que la revista perdió. Pero también alimentaron las discusiones acerca de la relación entre homosexualidad y extrema derecha. En 2010, en la Gay Pride de Berlín, la filósofa estadounidense Judith Butler había pateado el avispero al rechazar el premio al coraje cívico que le iban a conceder los organizadores. Esta referente de la teoría queer proclamó que la lucha contra la homofobia había degenerado en una acción xenófoba e incluso racista. “Algunos de los grupos [entre los organizadores del Orgullo Gay de Berlín] se han negado a entender la política antirracista como una parte esencial de su militancia. Debo distanciarme de la complicidad con el racismo, incluyendo el racismo antimusulmán”, lanzó. La ya mítica activista de los derechos civiles y académica Angela Davis apoyó la actitud de Butler : “Espero que el rechazo del premio sirva de catalizador para un mayor debate sobre el impacto del racismo incluso dentro de los grupos considerados progresistas”.

Tiempo antes, la teórica queer Jasbir K. Puar publicó el libro Ensamblajes terroristas. El homonacionalismo en tiempos queer (2007) en el que sostenía que, en el mundo posterior al 11 de septiembre de 2001, la ideología del “choque de civilizaciones” se combina con la del “choque de sexualidades”. Si bien la autora se va por las ramas del enredado lenguaje de los estudios culturales, que parece no necesitar fundamentar sus “asociaciones libres”, el concepto de “homonacionalismo” resulta productivo para pensar las articulaciones entre homosexualidad, nación, raza y clase, y abordar algunas preguntas de actualidad: ¿El movimiento LGBTI+ de los países desarrollados está corroído por el nacionalismo?, ¿le está lavando la cara a una xenofobia de nuevo tipo?, ¿sus reivindicaciones están siendo instrumentalizadas por los heraldos de un Occidente que lanzan operaciones militares en Medio Oriente pero también operaciones policiales en los suburbios de las ciudades europeas, habitadas por gran número de musulmanes, en nombre de la “democracia sexual”? 

Estas preguntas estuvieron presentes también en los debates de una conferencia internacional que tuvo lugar en Ámsterdam en enero de 2011. El lugar elegido no era casual. Como recuerda el periodista Jean Birnbaum en 2012, gente que participó en ella evocó ampliamente la singularidad de Holanda, donde la poderosa corriente populista de Geert Wilders, el Partido de la Libertad, agita los derechos homosexuales como un elemento de progreso occidental actualmente amenazado por el Islam. Pero las reflexiones en la conferencia fueron más allá de las fronteras, como precisa uno de sus organizadores, el sociólogo Sébastien Chauvin:

El objetivo de la conferencia era alertar sobre el nacionalismo sexual en general, es decir sobre la manera en que los derechos de las mujeres o de los homosexuales pueden utilizarse desde una perspectiva xenófoba, no solo por los partidos políticos sino también en el propio movimiento LGBTI+, que cada vez se encuentra más integrado en los proyectos nacionalistas de Occidente (Birnbaum, 2012).

En esa conferencia, el sociólogo Didier Eribon, autor de Retour à Reims, sin bien cuestionó parcialmente el enfoque de la convocatoria, dijo compartir el horror de observar que algunos sectores del movimiento LGBTI+ “han empezado a definir su identidad y sus luchas en términos de una defensa de la identidad nacional amenazada, aplicando así a otros grupos el discurso sobre el enemigo interno que pone en peligro a la Nación, la sociedad y la cultura que se le había aplicado anteriormente” al propio movimiento homosexual (Eribon, 2012).

Algunos sectores del movimiento LGBTI+ han empezado a definir su identidad y sus luchas en términos de una defensa de la identidad nacional amenazada, aplicando así a otros grupos el discurso sobre el enemigo interno que pone en peligro a la Nación, la sociedad y la cultura que se le había aplicado anteriormente al propio movimiento homosexual 

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¿Gays y fachos? ¿Por qué no?

¿Es puro azar que la figura de Renaud Camus, un permanente denunciador del declive de la “civilización” francesa y un referente intelectual de la extrema derecha,  provenga del (sub)mundo gay? Es una obviedad que siempre hubo y habrá gays (y lesbianas) de derecha. Es sabido, por ejemplo, que había muchos “homosexuales ultraviriles” en las SA, la sección de asalto del Partido Nacionalsocialista Alemán. Sabemos también que hay muchos conservadores gays, a menudo en el placard, y hubo skinheads gays que coquetearon con la extrema derecha en los años ochenta. Pero de lo que se trata aquí es de otra cosa: de reflexionar sobre el fenómeno específico de cómo la amenaza islámica –y el futuro “anticipado” en Sumisión– acerca a algunos votantes gays a la extrema derecha y, al mismo tiempo, cómo la extrema derecha utilizó la “causa gay” para potenciar y legitimar su cruzada islamófoba. A fin de cuentas: cómo una minoría (la homosexual) reacciona frente a otra (la musulmana), qué valores están en juego en las estrategias discursivas y qué se transformó respecto del mundo gay de los años ochenta. “¿Gays y fachos?, ¿por qué no?”, se pregunta Lestrade, referente de la comunidad homosexual que participó de la revista gay parisina Têtu, que en la década de 1990 tomó el relevo de la mítica Gai Pied, y fue uno de los factótums del movimiento Act Up de lucha contra el sida. Escribe Lestrade:

La novedad de los últimos diez años es que los vínculos entre la extrema derecha y los gays han cambiado de manera radical, a punto tal de crear otro malestar a partir de una realidad política muy inquietante. En efecto, asistimos al potenciamiento en Europa, desde el comienzo de la década de 2000, de una nueva forma de la extrema derecha que ha logrado el tour de force de ser al mismo tiempo xenófoba y progay (Lestrade, 2012: 19).

Una mujer lesbiana es una de las mayores referentes de Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán), el partido más a la derecha del espectro legal. Se trata de Alice Weidel, 41 años, doctora en Economía, quien vive en pareja con una mujer de origen srilanqués y tiene dos niños. Hace unos años, se transformó en líder de este partido fundado en 2013 para enfrentar el euro; en poco tiempo, AfD se convirtió en un partido antiinmigración. Esto es solo el ejemplo más reciente de la creciente visibilización de figuras provenientes de las denominadas “minorías sexuales” en puestos dirigentes de partidos de extrema derecha. Holanda y Austria comenzaron este fenómeno: Pim Fortuyn, precursor de la extrema derecha renovada asesinado en 2002, era gay; escribió el libro La islamización de nuestra cultura: la identidad holandesa como fundamento, dijo que el islam es una religión estúpida y cuando le reprocharon que no conocía bien a los árabes dijo: “claro que sí, hasta los he tenido en mi cama”. Este ex marxista llegó a confesar sus visitas a los dark rooms de clubes gay de Rotterdam. Hoy el líder de los populistas de derecha holandeses –promotor de un programa de “desislamización”– es Geert Wilders, quien también se presenta como un defensor de los derechos de las minorías sexuales contra el “fascismo islámico”. En Austria, el líder de la extrema derecha y gobernador de Carintia, Jörg Haider, casado y padre de dos hijos, murió en un accidente de auto en 2008 tras salir de un bar gay al que solía concurrir. Pero el fenómeno no incumbe solo a estos dos países.

Pim Fortuyn, precursor de la extrema derecha holandesa , era gay, cuando dijo que el islam es una religión estúpida, le reprocharon que no conocía bien a los árabes, respondió: “claro que sí, hasta los he tenido en mi cama”

Como mencionamos al comienzo de este capítulo, varios medios franceses se preguntan si el ex Frente Nacional se volvió realmente un partido gay friendly. De hecho, la estrategia de desdiabolización y normalización de Marine Le Pen que incluyó una apertura hacia los homosexuales no agrada al ala dura de los antiguos fachos. No solo Philippot era la mano derecha de Le Pen hasta que se fue del partido. Sébastien Chenu, fundador del GayLib, una organización gay conservadora, se sumó al partido de extrema derecha. “Al igual que en el hecho de ser gay, hay un aspecto transgresor en unirse a Marine Le Pen”, dijo en una oportunidad. “Marine Le Pen representa una libertad de carácter que hace eco de la búsqueda de la libertad experimentada por los gays en su historia personal”. Por su parte, Matthieu Chartraire, el Mister Gay francés elegido por los seguidores de la revista Têtu, se declaró en 2015 fan de Le Pen y se afilió al Frente Nacional (muchos lectores querían sacarle el “título”, pero la revista aclaró que se lo había votado por su apariencia, no por sus opiniones). “Es un partido que hoy representa a Francia, seamos blancos o negros, asiáticos, musulmanes, de todos los orígenes, de todas las sexualidades”, dijo. El alcalde de Hénin-Beaumont, que llegó a ser vicepresidente del Frente Nacional, Steeve Briois, también se encuentra entre los gays de extrema derecha. En su caso, su homosexualidad fue revelada en el libro de Octave Nitkowski, a El Frente Nacional de las ciudades y el Frente Nacional de los campos, aparecido en 2014. Por esa revelación el autor debió pagarle 3.000 euros al dirigente nacionalista. Y la lista sigue: Julien Odoul pudo pasar de las fotos sexis en portadas de revistas gays a una candidatura por el Frente Nacional y más tarde a protagonizar un incidente cuando agredió a una madre con velo. El joven modelo Bruno Clavet ingresó en el partido y escaló posiciones.

Para la mayoría de estos nuevos adeptos la historia del partido comienza con Marine, y la etapa previa, más fascista, puede dejarse a los historiadores. “Yo nunca me interesé en la historia del Frente Nacional. Yo me comprometí con Marine Le Pen, el resto de la historia la conozco pero no me interesa”, saldaba las tensiones en France Info David Masson-Weyl, que ocupa una banca en el consejo departamental de Grand Est. Finalmente, el joven politólogo abandonó el Frente Nacional y se pasó a Les Patriotes con Philippot. “El pasado es el pasado y Marine Le Pen rompió con él”, decía en 2017. En efecto, nacida en 1968, divorciada y en una relación en concubinato que duró una década, la líder de la extrema derecha tiene la reputación de no rehuirle a la juerga y cultiva una imagen de mujer moderna, bastante alejada del modelo de familia tradicional históricamente defendido por la extrema derecha. Marine Le Pen “parece salida del elenco de la ‘jaula de las locas’. Es un suerte de virgen de los putos y esclava de los sionistas. Encarna a la vez el Sentier [barrio textil judío] y GayLib”, lanza Jérôme Bourbon, director de la revista nacionalista Rivarol, sin ahorrar antisemitismo ni homofobia. “El Frente Nacional es una camarilla de homosexuales”, agrega el “nacional-liberal” Henry de Lesquen, que gerencia Radio Courtoisie.

Cruzando el Atlántico también puede observarse un fenómeno similar. En un artículo de 2017 en la revista Slate, Donna Minkowitz escribió que desde alrededor de 2010, algunos grupos del movimiento nacionalista blanco han estado invitando a hombres gays a hablar en sus conferencias, escribir para sus revistas y ser entrevistados en sus diarios. Jack Donovan o J. O’Meara, autor de The homo and the negro, son estrellas queer del movimiento nacionalista blanco. Pero Minkowitz recuerda que hay otros en la fila, como Douglas Pearce, de la popular banda neofolk Death in June. Y hay muchos más hombres gays (y algunas mujeres trans) que han sido profundamente influenciados por dos ideas nacionalistas blancas: la “amenaza” del islam y el “peligro” de los inmigrantes. Donovan ha convertido su encanto de macho en una marca, lanzó una línea de camisetas y muñequeras con eslóganes como “barbarian” y sus libros buscan instruir tanto a los hombres heterosexuales como a los gays en cómo ser más masculinos, más “violentos” y menos afeminados y débiles.La lista de adherentes gays a la extrema derecha sigue, en Francia y más allá (no olvidemos al “maricón peligroso” Yiannopoulos) pero no se trata solo de una enumeración. Todo ello lleva a preguntarnos por las transformaciones de las identidades LGBTI+ cuando cada vez más países legalizaron el matrimonio igualitario o al menos la unión civil y las sociedades desarrolladas rechazan crecientemente la homofobia, al menos contra los homosexuales cis (claro que perviven muchos países oficialmente homófobos, especialmente en África y Oriente Medio, y en Occidente la intolerancia está lejos de haber desaparecido).

La sigla LGBTI+ visibiliza al mismo tiempo que oculta la heterogeneidad interna de las diversidades sexuales y sus niveles de normalización social: no es lo mismo ser gay que lesbiana o transexual; lo mismo ocurre con las divergencias ideológicas: a diferencia de los homosexuales progresistas, quienes adhieren a la extrema derecha dicen no querer “politizar” su identidad sexual

Lestrade pone algunas cuestiones sobre la mesa, entre ellas los debates sobre formas de vida más mercantilizadas, no sin añorar, a veces demasiado, las viejas épocas del comunitarismo resistente y de la homosexualidad transgresora. Para el escritor francés, los homosexuales se transformaron en una minoría privilegiada entre las otras minorías y la integración conlleva también “aburguesamiento”. Pero sin duda la sigla LGBTI+ visibiliza al mismo tiempo que oculta, o al menos aplana, la propia heterogeneidad interna de las diversidades sexuales y sus niveles de normalización social: no es lo mismo ser gay que lesbiana o transexual. Y lo mismo ocurre con las divergencias ideológicas en esta parte de la población. A diferencia de los homosexuales progresistas, quienes adhieren a la extrema derecha dicen no querer “politizar” su identidad sexual. Pero el temor al islam es uno de los elementos más significativos de estas transformaciones. Y la extrema derecha encontró que la denuncia de la homofobia (siempre de los musulmanes) puede serle redituable: la muestra más moderna, progresista y defensora de los valores republicanos occidentales, al tiempo que despliega un discurso racista y antiimigración. Si el futuro es visto como amenaza, la “islamización” es uno de los riesgos que compite con otros, como el calentamiento global u otros grandes reemplazos, como la difusión de los robots en el mercado laboral.

Ataviado con una gorra roja con la leyenda Make the Netherlands Great Again, Aad Stoutjesdijk argumenta que ya no se siente seguro en su propio país. Uno de los artículos de la prensa de 2017 sobre la extrema derecha holandesa relata:

Cuando estás aquí (y eres extranjero) tienes que aceptar ciertos aspectos de nuestra cultura. Por ejemplo, yo soy gay. Tengo novio y ya no puedo caminar con mi novio por la calle agarrados de la mano. No puedo porque no me siento seguro. Y este es un país en el que solía sentirme seguro” (citado en Martínez, 2017)

El periodista francés Jean Stern, autor del libro Espejismo gay en Tel Aviv y fundador de la revista Gai Pied en los años setenta, reflexionó sobre este fenómeno y retoma el término “homonacionalismo” para captar algunos cambios recientes (Stern, 2017). En el caso de los políticos homosexuales de extrema derecha, su opción ideológica se nutre de dos fuentes:

por un lado, la islamofobia, el miedo a los extranjeros y la idea de que en las periferias de las grandes ciudades las mujeres, los ‘blancos’ –los ‘verdaderos franceses’–, los judíos y los homosexuales son amenazados por hordas de árabes homófobos y fanáticos. Y por el otro, una mayor movilización por intereses patrimoniales que por el destino de los excluidos, pobres o inmigrantes.

El sociólogo argentino Ernesto Meccia, autor de Los últimos homosexuales. Sociología de la homosexualidad y la gaycidad (2011) habla de la mutación de la homosexualidad. En su lectura de las transformaciones, advierte una relación importante entre el incremento de la ciudadanía homosexual y su visibilización en los grandes espacios urbanos a través de diversos emprendimientos de mercado. Por ejemplo, el turismo gay es un enorme nicho de mercado a escala global: el segmento gay de clase media y media alta es particularmente apetecido por las empresas turísticas: como tienen menos hijos y buena formación, este segmento viaja más. Pero al mismo tiempo hay un floreciente mercado transnacional de adopción y de “alquiler de vientres” del que participan también los homosexuales.

Meccia refiere a un proceso multidimensional en el que no solamente los emprendimientos empresarios hacen visible la gaycidad, sino también muchos espacios políticos (de casi todos los colores ideológicos). Este “acercamiento” a la homosexualidad comenzó a ser calificado –no sin ironía–como pinkwashing, para significar que la homosexualidad, que en su momento fue una causa progresista, comienza a ser utilizada para “lavar la cara” de personas y organizaciones que no tienen ningún interés específico y sincero en ella, pero a quienes le sirve para posicionarse en el rentable mercado simbólico de lo “políticamente correcto”.

Para Stern, el auge del turismo gay en Tel Aviv es un caso emblemático de pinkwashing que da una clave de inteligibilidad de algunos cambios de la homosexualidad en la arena política europea. Esta ciudad israelí que en los años setenta la guía gay Spartacus desaconsejaba visitar, se volvió una marca del turismo gay gracias al apoyo estatal y a la iniciativa de la industria turística. “Incluso si no está de acuerdo con la política israelí, vaya a divertirse a Tel Aviv”, es el mensaje de varios artículos publicitarios sobre las potencialidades de esa ciudad-faro para el mundo gay. “Israel, el encanto de Oriente Medio con la libertad de Occidente”, sintetizaba una breve crónica de viaje en la página española Ambiente G. Ya en 2005, el presidente de la Asociación Hotelera de Israel le dijo al diario Yedioth Ahronoth que los gays “tienen una gran capacidad de consumo y Tel Aviv tiene mucho que ofrecerles”. En el artículo, que reprodujo el diario Clarín con el título “Quieren convertir a Tel Aviv en la capital mundial del turismo gay”, se informaba que “el director general del Ministerio de Turismo en Israel, Eli Cohen, dijo que ofrecerá el apoyo financiero necesario para convertir a esa ciudad en la capital mundial gay”.

Theodor Herzl y otros promotores del sionismo de fines del siglo XIX  buscaban una “virilización” de los judíos en Palestina, el historiador Daniel Boyarin ironizó que el sionismo puede ser interpretado como un “regreso a Falostina”

Pero además de diversión –sexo-sol-playa–, Stern identifica una batalla de mayores alcances en la que Israel –que en los últimos años procesó un fuerte giro a la derecha– encarnaría a Occidente en su batalla contra el mundo árabe-musulmán. Se trata de un caso muy exitoso de pinkwashing, con abundantes fondos públicos, que contribuye a potenciar la imagen de democracia, progreso y modernidad que Israel busca proyectar frente al atraso –y homofobia– de sus vecinos árabes, pero también frente a los retrocesos democráticos internos en la era Netanyahu. Esto sirve también a los efectos propagandísticos de un ejército que, mientras comete violaciones de derechos humanos contra los palestinos, en una clave colonial y segregacionista, es uno de los cuerpos militares más abiertos del mundo hacia las minorías sexuales. 

Para el periodista francés se vienen produciendo también cambios en la geopolítica del erotismo: las viejas rutas en busca de “orientalismo” sexual, otrora dirigidas hacia Marruecos, Túnez y otros destinos árabes, hoy más riesgosos por el auge islamista, se reencauzaron hacia Tel Aviv donde hay atractivos cuerpos sucedáneos de los árabes (Stern, 2017). La idea de crear “judíos musculosos”, alejados de los religiosos de los guetos de Europa oriental, fue un objetivo explícito del movimiento sionista –la vida colectiva en los kibutz y los cuarteles debía contribuir a lograr judíos sanos, laicos y liberados de las tradiciones y las prácticas religiosas–. Theodor Herzl y otros promotores del sionismo de fines del siglo XIX y comienzos del XX buscaban una “virilización” de los judíos en Palestina. Por eso, el historiador de la religión estadounidense-israelí Daniel Boyarin ironizó que el sionismo puede ser interpretado como un “regreso a Falostina”, en lugar de Palestina. En ese momento nadie podía imaginar que esas transformaciones sobre el cuerpo, que efectivamente se produjeron, iban a alimentar también la construcción de Israel, o mejor dicho de algunos “oasis” dentro de Israel, como un eldorado gay.

El Oriente como territorio para el “escapismo sexual” era parte de las imágenes orientalistas desde el siglo XIX (Flaubert fue uno de quienes realizó ese vagabundeo erótico), y lo siguió siendo después. Durante gran parte del siglo XX, apunta Stern, “en los hechos, la posibilidad de experimentación [homo]sexual era allí inversamente proporcional a la mojigatería de los países occidentales”.

Los bailarines de El Cairo, los masajistas de Estambul, los camareros de Tánger, los estudiantes tunecinos e incluso los combatientes palestinos alimentaron fantasías y placeres de los homosexuales occidentales” (Ibid: 45).

Allí estaba la “exageración sexual” de la que hablaba Edward Said, con su sensualidad, lujuria, animalidad… y virilidad. “El deseo árabe, motor del turismo sexual de élite de las décadas de 1950 y 1960, fue a comienzos de la década de 1970 el último límite de la provocación sexual en Occidente”. Participante él mismo del movimiento gay de esos años, Stern recuerda que el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR) reclamaba el derecho de “hacerse coger” por “‘nuestros amigos árabes’, esos incontables trabajadores migrantes que vivían del otro lado del [bulevar] periférico” parisino. El problema es que el orientalismo sexual persistió pero viajar a los países árabes se volvió más complicado e incluso riesgoso para los homosexuales. Por eso el cambio de registro y de localización. (Un ejemplo de esa persistencia fue el éxito, en los años noventa, de las películas “porno étnico” con sexo entre jóvenes magrebíes con un look de los bajos fondos de las periferias parisinas (Cervulle y Rees-Roberts: 2010). Pero desde entonces y más aún en el mundo post-11 de septiembre de 2001, este fenómeno comenzó a agotarse y es ahí que Tel Aviv toma el relevo. 

El Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR) reclamaba el derecho de “hacerse coger” por “‘nuestros amigos árabes’, esos trabajadores migrantes que vivían en París, el problema es que el orientalismo sexual persistió pero viajar a los países árabes se volvió riesgoso para los homosexuales

Los mizrajim, descendientes de los judíos del norte de África, eran parecidos a los árabes (precisamente por ese fenotipo, fueron a menudo discriminados en los primeros tiempos del Estado de Israel) y el relevo funcionó. Cada año visitan Israel miles de turistas gays y la marcha del Orgullo de Tel Aviv es un megaevento que reúne a centenas de miles de personas. No hay matrimonio civil en Israel y en el ámbito de la religión no se acepta el matrimonio homosexual, pero eso no impidió que el país, con fuertes corrientes homofóbicas, sobre todo entre los religiosos, transformara su imagen global. Eurovisión ayudó a ello: el triunfo de la cantante e ícono gay Netta Barzilai en 2018 sirvió a la diplomacia cultural israelí (incluso se colocó publicidad en la red de contactos gay Grindr para sumar votos para la cantante revelación) lo que generó el rechazo de varias organizaciones de las diversidades sexuales; Netanyahu la recibió y dio incluso algunos pasos de su famoso “baile del pollo”.

También en el porno se ve este desplazamiento del orientalismo: la película de porno gay Mens of Israel, del director Michael Lucas fue un éxito de ventas y descargas. Nacido en la Unión Soviética como Andrei Treivas, Lucas es partidario de la extrema derecha en lo político y del laissez faire radical en lo económico y cita a la famosa periodista italiana Oriana Fallaci, pionera en islamofobia, para hablar de la “barbarie” de los países árabes. “Nosotros ganamos y los enemigos de Israel perdieron”, le dijo a Stern en una entrevista para su libro. Más tarde filmó Inside Israel (con mucho sol, playa y escenarios orientalistas) y el documental Undressing Israel. Gay Men in the Promised Land.

En Mirage gay à Tel Aviv, Stern documenta que este “espejismo gay” fue producto de una política de Estado –tanto del gobierno nacional como del local de Tel Aviv– y de mucho dinero invertido en marketing, sin olvidar los viajes de referentes LGBTI+ invitados para diversos eventos, en una estrategia de diplomacia gay que rindió sus frutos. Sin duda, no hay efectos mecánicos ni determinismos, pero en muchos casos, ese turismo no solo legitima facetas de la política israelí frente a los palestinos, sino que además termina por fortalecer imaginarios políticos xenófobos en sus propios países.

Diversidad contra diversidad

Alexander Tassis, presidente de Alternativa Homosexual, la agrupación gay de AfD, explica su posición en una entrevista con el diario El Español: “Nosotros no nos identificamos con el movimiento LGBTI+ izquierdista, tenemos un punto de vista político de las cosas nacional-conservador siendo homosexuales” (Martínez Mas, 2017). Tassis retoma los temores al “reemplazo” y critica al resto de los partidos políticos, acusándolos de participar en la “islamización de Europa”: “Es obvio que todos los partidos en Alemania tienen una agenda islamizadora. Los partidos están engañando a sus electores y nosotros los invitamos a despertarse”. Para lograr esto, en Alemania existe un grupo bautizado Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (PEGIDA, por sus siglas en alemán) con un apoyo más significativo en la ex República Democrática Alemana.

Claro, no toda la extrema derecha se convirtió a las nuevas sensibilidades ni la mayoría de los gays y lesbianas se pasaron a la derecha, pero los desplazamientos son visibles. “Hay algunos miembros del partido que se han expresado en contra de la homosexualidad, pero han sido obligados a pagar una multa o fueron expulsados. La homosexualidad no es un problema en AfD”, señala con naturalidad Jana Schneider, lesbiana y dirigente de los Jóvenes Alternativos, la agrupación juvenil del partido. Y agrega: “Los homosexuales de toda Europa tienen que darse cuenta de que el islam político es un peligro para ellos y sus derechos”. En Suiza, en el famoso referéndum sobre la prohibición de los minaretes de las mezquitas a fines de 2009 (en el que triunfó el “Sí”), resulta también interesante: Thomas Fuchs, vocero de la Unión Democrática de Centro (UDC, uno de los partidos ubicados más a la derecha en el país alpino), señalaba: “El debate sobre los minaretes fue revelador. Muchos gays tradicionalmente ubicados en la izquierda votaron contra los minaretes a causa de la homofobia de muchos Estados musulmanes” (Lestrade, 2012:25). Y un artículo en Le Monde informaba que “la muy xenófoba UDC creó su propia sección gay”. En Suecia, en 2016, el periodista proTrump Jan Sjunnesson –adherente a Demócratas Suecos, la extrema derecha local–, organizó una marcha del orgullo gay que pasara por los barrios de inmigrantes. La izquierda organizó una contramanifestación denunciando que se buscaba contrabandear racismo en las reivindicaciones LGBTI+. Sjunnesson terminó su discurso diciendo: “Debería ser posible ser un sueco gay rubio de ojos azules en Suecia” (Pérez-Borjas, 2016).

Sin duda, la persecución a los homosexuales en el mundo islámico es una realidad incuestionable que no hay que tapar con argumentos poscoloniales o progresistas ingenuos. No obstante –como anota Lestrade– resulta interesante constatar que, en los mismos medios que “denuncian” la homofobia islámica –en el mundo árabe o en las banlieues parisinas– casi no hay lugar para las experiencias positivas de lucha de los colectivos LGBTI+ de esos países y lugares. Uno de quienes sí llegó a los medios, un bloguero gay egipcio, “abiertamente homosexual”, señalaba: “Veo una nueva generación que se acepta a sí misma [como homosexual] mucho más rápido que nuestros mayores”. Incluso, señala Lestrade, esta invisibilización se da en los propios medios gays occidentales. Ludovic Zahel, dirigente de una pequeña asociación de Homosexuales Musulmanes en Francia (HM2F) está bien ubicado para dar cuenta de la situación: “Por un lado, combatimos las derivas islamófobas en el movimiento LGBTI+, donde todo el mundo se dice antirracista pero muchos forman parte del homonacionalismo bien pensante. Por otro, debemos combatir también la homofobia entre los musulmanes y a aquellos que niegan la existencia de esta homofobia. Estuve en Irán y me reuní con homosexuales que se definen como tales, algunos de los cuales sueñan con venir a Occidente. Sin embargo rechazan el estigma y la esencialización del islam” (Birnbaum, 2012).

Segun Didier Lestrade,

estamos frente a un cambio sin precedentes: los años 2000 son testigos de una instrumentalización de la causa LGBTI+ contra otras minorías. Los gays contra los árabes y los negros. Es la primera vez que eso ocurre en la historia gay” (Lestrade, 2012: 59). 

Una afirmación que puede parecer demasiado tajante, nostálgica y pesimista; sin embargo, es a su vez un llamado de atención, una luz roja para movimientos cuya historia está asociada a las luchas emancipatorias.

Cada año visitan Israel miles de turistas gays y la marcha del Orgullo de Tel Aviv es un megaevento que reúne a centenas de miles de personas. No hay matrimonio civil en Israel y en el ámbito de la religión no se acepta el matrimonio homosexual, pero eso no impidió que el país transformara su imagen global

 * fragmento de ¿La rebeldía se volvió de derecha?Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común, editado por Siglo XXI