El deterioro
El mundo no se acaba de golpe. Se agrieta, se oxida, se pudre. Entre Timothy Morton, Eugene Thacker y las ruinas del presente, una exploración del deterioro como experiencia cotidiana y como anticipación silenciosa de un mundo sin nosotros.
En el suelo del patio de mi casa hay una grieta. Es una rajadura de traza sinuosa de dos metros de largo y unos milímetros de ancho que entra de la calle o que sale hacia la calle y que termina o que empieza, no lo sé, en un pozo apenas profundo en el cemento.
El fondo del pozo es de tierra. Las lluvias recurrentes y el sol tibio del otoño la mantienen húmeda y oscura. Una incipiente galium murale brota entre un puñado de rocas de diferentes tonos de grises y tamaños. Hay una flor roja, seca, retorcida sobre sí misma, de una santa rita lejana. Restos de hojas amarronadas y cortezas de los árboles. Una lasius niger exploradora se mueve de manera frenética.
¿Cuándo empezó esta rajadura? El origen de cualquier cosa es siempre sombrío. Donde antes había un piso, ahora hay otra cosa. Miro el suelo del patio de mi casa y ya no veo el suelo. Otro objeto está naciendo delante de mí.
Todo esto es muy extraño.
El comienzo de un objeto es inquietante, horroroso. Hay un misterio. Una distorsión. Algo se deforma: un plato cae al piso y estalla en pedazos. Mi piso se parte. Nuestros sentidos enloquecen.
¿Cuándo nace un objeto? Un objeto nace cuando se produce una grieta en lo real.
El filósofo inglés Timothy Morton llama hiperobjetos a aquellas cosas que se distribuyen masivamente en el tiempo y el espacio en relación con los humanos. Un agujero negro, dice Morton, es un hiperobjeto. El Universo, el calentamiento global. Un campo petrolero, Vaca Muerta, o los humedales son hiperobjetos. Una de sus características es que son viscosos, es decir, que “se pegan” a las cosas con las que se relacionan.
El deterioro es un hiperobjeto: un auto oxidado, el piso de mi patio o un pastizal en llamas no son el deterioro sino que lo tienen “pegado”. Podemos ver una manifestación del hiperobjeto (una mancha de humedad en la pared), pero no podemos ver al deterioro directamente. Morton lo explicaría así: puedo sentir las gotas de lluvia golpeando mi cabeza, pero no puedo conocer el clima.
Vivimos dentro del deterioro: tiene la consistencia de una niebla. Como el chiste de los peces y el agua que David Forster Wallace rescata para una conferencia en la ceremonia de graduación de la Universidad de Kenyon, en 2005: Un pez viejo y sabio se cruza con dos peces jóvenes y les pregunta “buen día chicos, cómo está el agua”. Los peces siguieron nadando un tramo hasta que uno le preguntó al otro: ¿qué demonios es el agua?”
El deterioro es un hiperobjeto: un auto oxidado, el piso de mi patio o un pastizal en llamas no son el deterioro sino que lo tienen “pegado”.

¿Qué demonios es el deterioro?
En el cuento de Sherwood Anderson “Un hombre de ideas”, incluido en Winesburg, Ohio (1919), Joe Welling, una suerte de personaje de pueblo, charlatán y extrovertido, que vive en los márgenes, una noche acorrala a George Willard, el joven periodista del diario local, y le pide bruscamente que saque su anotador, que tenía algo para contarle.
“Estaba pensando en el asunto el otro día. Pensemos en el deterioro. ¿Qué es el deterioro? Es fuego. Quema los bosques y otras cosas. ¿Nunca habías pensado en el tema? Claro que no. Esta vereda aquí, y esta tienda de alimentos de animales, los árboles por la calle, allí, todo está prendido fuego. Está ardiendo. El deterioro, ya ves, continúa todo el tiempo. No se detiene jamás. Ni el agua ni la pintura pueden detenerlo. Si una cosa es de hierro, ¿qué? Se oxida. Eso también es fuego. El mundo está ardiendo. Empieza así tus artículos del periódico. Tan solo escribe en letras grandes: El mundo está en llamas. Eso hará que te lean”.
El deterioro es la respiración lenta del mundo: una exhalación interminable que corroe metales, erosiona costas, desteje memorias y convierte a cualquier objeto en ruina futura. Es agua, es fuego.
La modernidad nos prometió duración: progreso indefinido, ciudades eternas, productos irrompibles. Pero el planeta es completamente indiferente a las historias que nos contamos. Nada le interesa menos que la experiencia humana. El deterioro está en el óxido que avanza sobre un puente ferroviario abandonado y en la desertificación del chaco santafesino. Está en la fatiga del hormigón y en los archivos inaccesibles de un diskette ¾. El hombre propone eternidad pero la paciencia del deterioro es infinita y es desapasionada. Destruye sin odio.
El trailer del mundo sin humanos
Está muy de moda hablar del fin del mundo. Se ha vuelto casi un cliché automático, superficial, ya fue todo, cuando es un pensamiento tan aterrador que no se puede pensar.
“La extinción no puede pensarse adecuadamente porque su propia posibilidad presupone la absoluta negación de todo pensamiento”, dice el filósofo estadounidense Eugene Thacker, “por ello la verdadera cuestión no es si el mundo se va a acabar o no, sino cómo este horizonte de pensamiento puede tan siquiera ser un pensamiento”.
¿Cómo pensar aquello que no se puede pensar?
Una manera es explorar la idea de que la extinción ya sucedió. La premio Nobel Svetlana Aleksiévich describe en su libro El fin del Homo Sovieticus la desaparición del arquetipo de persona moldeada por el régimen soviético. Del mismo modo, nosotros podemos ensayar que hubo una vez un homo industrialis argentinum, el arquetipo del argentino, trabajador o empresario, nacido bajo la lógica de la sustitución de importaciones de mediados del siglo XX que desapareció a fin del mismo siglo, con la apertura económica de la Argentina.
A este homo industrialis argentum lo encontramos todavía en las ruinas que dejó. Existe un cordón industrial suburbano abandonado en Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos -frigoríficos, talleres ferroviarios, galpones- que confirma aquello de que toda obra humana ya contiene su ruina futura. Que la existencia de estas ruinas se deba a un momento histórico de la economía que demandaba ese tipo específico de producción no las reduce a un vestigio del pasado, sino que son, porque las veo, porque tengo que interactuar con ellas, porque me obligan a tomar una decisión, una ruina del presente: un maestro rodea todas las mañanas un frigorífico abandonado en 1991 que ocupa varias manzanas para llegar a la escuela donde imparte clases.
Del mismo modo, son también ruinas del futuro: un campo de chatarra ferroviaria contamina el suelo y las napas de agua y entabla una relación con el futuro. El deterioro, ya vemos, atraviesa el espacio-tiempo.
¿Alguna vez se detuvieron a contemplar estos lugares? Son espacios extraños, recuerdos de un futuro sin nosotros, incluso cuando todavía seguimos acá. ¿Qué produce el deterioro, además del deterioro mismo? El terror que sentimos proviene de su fragilidad, cuando se suponía que eran lugares definitivos. Thacker los llama “sitios mágicos”, lugares donde se nos presenta el mundo post humano. La grieta en el suelo del patio de mi casa contiene una imagen anticipada del mundo posthumano. El deterioro es un mensaje enviado desde el futuro. Del mismo modo, ¿qué ruinas del futuro se estarán construyendo hoy, entre los mega data centers, los campamentos de extracción de litio y las ciudades off shore? Solo podemos especularlo: el deterioro es la puerta de entrada a un abismo. Todo está ardiendo.
Estos sitios mágicos nos presentan algunas pistas de cómo será el mundo sin nosotros. No pensemos solamente en lugares, sino también en experiencias, fenómenos donde el mundo en el que vivimos se retira y aparece una nebulosa impersonal y aterradora. “¿Qué es esto que hay delante de mí? Una figura de negro que me señala”. Así comienza Black Sabbath, la primera canción del primer álbum de la historia del heavy metal, y resume aquello que venimos a decir: el mundo post extinción se está manifiestando a nuestro alrededor.
Son también ruinas del futuro: un campo de chatarra ferroviaria contamina el suelo y las napas de agua y entabla una relación con el futuro. El deterioro, ya vemos, atraviesa el espacio-tiempo.
Es posible que ver el mundo así pueda resultar insoportable. Pero no hay tal mundo ni tal realidad, sólo objetos, entre los cuales el humano es uno más, deteriorándose. Podemos incluso elegir no pensar el deterioro, fingir demencia y hacer optimismo, pero el deterioro va a seguir ahí. Esto es agua. El deterioro existe, como sucede con cualquier otro hiperobjeto, más allá de que yo o alguien o nadie esté atento a él. Todo está ardiendo. Se está corrompiendo, se está pudriendo, algo no resiste el viento, estalla, o se desmorona, en algún lugar, en cualquier lugar. El deterioro nos rodea. No hay un allá lejos donde podamos escapar, donde el deterioro no exista. Los hiperobjetos atraviesan nuestros pulmones, nuestros alimentos, nuestras pesadillas. Sólo percibimos fragmentos, síntomas.
Mi propio cuerpo, al que sostengo con siete pastillas diarias para ralentizar su propia podredumbre, se está deteriorando. No hay un lugar donde el deterioro no sea. El deterioro se nos pega, y mientras más intentamos sacárnoslo de encima, más nos damos cuenta que no podemos dejarlo atrás.
La tierra oscura y húmeda que emerge de la grieta del patio de mi casa revela la existencia inaccesible del deterioro, en los términos que habla el filósofo Graham Harman. Nuestra vida cotidiana consiste en negociar con superficies, con caricaturas utilitarias. Debajo de cada contacto permanece un núcleo inaccesible, una oscuridad privada. La luz que alcanzan nuestros telescopios no es la estrella. Lo que entendemos como realidad no es más que una multitud de criptas cerradas. Es el deterioro el que permite que los objetos abandonen las formas que les impusimos para volver a su esencia: el hierro del banco de los parques vuelve al óxido, la madera del asiento se descompone y se pudre, el cemento se parte, se diluye y vuelve a ser arena.
Por eso es que el deterioro no es espectacular. Es lento. La atención contra el deterioro es constante. La limpieza es necesariamente diaria. Las luminarias deben ser cambiadas, las alcantarillas, drenadas, las medicaciones, tomadas. Basta interrumpir esa liturgia técnica para que el deterioro reaparezca. Las raíces rompen el cemento, el agua de las lluvias corroe el pavimento, la presión sanguínea fluye con más fuerza y rompe las paredes arteriales. Todo esto sucede de manera lenta e indiferente al ser humano. El deterioro es la indiferencia.
La prospectiva encuentra su límite en la extinción. Volviendo a Thacker, el problema de la extinción es que es real y sin embargo, no es empírica: nadie dará cuenta de ella. “La extinción siempre es especulativa. Si la extinción absoluta implica que no puede haber un pensamiento de la extinción, entonces este pensamiento mismo no nos deja más que un camino: la extinción sólo puede ser pensada, y sólo puede decirse que existe, como aniquilación especulativa. Lo cual sería el opuesto a la idea de que la extinción describe un acontecimiento o que expresa la experiencia de la muerte como perecer a gran escala o incluso que es un dato científico mensurable”, dice.
La prospectiva de la extinción, así, parece imposible. Pero el deterioro nos abre una ventana. El deterioro, la primera vegetación del mundo posthumano, pone los límites de nuestro lugar en el mundo y habilita el pensamiento sobre lo que no puede ser pensado.
El deterioro es el futuro del futuro presentándose discretamente a nuestro alrededor.
El deterioro es el futuro del futuro presentándose discretamente a nuestro alrededor.