El corazón de las tinieblas
De Sarmiento a Sebald, pasando por Conrad y Ucrania, una exploración de las formas en que la literatura intenta nombrar y contener una naturaleza que siempre desborda al ser humano. Entre la barbarie, el progreso y el abismo, una pregunta persiste: ¿cómo construir un pequeño territorio habitable frente a la inmensidad?
Ahora yo pregunto: ¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver... no ver nada?
Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en la contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte.
No había leído el Facundo hasta que hubo un alud en Nepal. Sobre esto:
a- ¡Qué maravilla de libro!
b- Estoy por ir a Nepal.
Es un viaje que tengo en vista hace al menos once años y que mucha gente no termina de comprender por qué. En parte, por preguntas como las que se hace Sarmiento, y por las tormentosas reflexiones del psicoanálisis que da el psicoanálisis como respuesta.
Yo coincido en que la belleza es el último baluarte antes de la angustia. El límite que nos frena justo antes de caer en el horror o en la desintegración psíquica. Contemplar algo sumamente bello es trágico. ¡Qué lejos estamos de poseer esa belleza!
Y no solo eso. Nos desarma el vacío de saber que está completamente fuera de nuestro control. Que la naturaleza, si quiere (y lo hizo), se lleva en su caudal a todas las aldeas que van del Tíbet hasta Chitwan. Deja tras ella una huella profunda y destructiva de casas despedazadas al azar y fierros saliendo de lo que antes era el edificio principal de control fronterizo, como burlándose del control y de nuestra ridícula idea de fronteras.
¿Cómo no van a llamar a la naturaleza barbarie? ¿Qué opciones tiene el humano ante una fuerza que se empecina en ser caótica y lo expulsa?
Ante la amenaza de ser desintegradas por su entorno y consumidas por la angustia que este les provoca, una serie de voces coetáneas, la mayoría rondando el 1800 o haciendo alusión a ese siglo, buscaron una forma de significar esta experiencia. Cada una desde su territorio.
La Pampa
La supremacía de la naturaleza es una de las tres fuentes de malestar más grandes del ser humano, junto a la caducidad de su cuerpo y su incapacidad de regular las relaciones humanas. Por eso, uno de los tres mecanismos para sobrellevar el malestar es el sustituto de satisfacción, como la ciencia o la industria.
Imagino a Sarmiento imaginando La Pampa, sentado en Chile, escribiendo con el ceño fruncido, pensando en una tierra que no conoce y aun así persiste en degradarse en matorrales enfermizos y espinosos. Inaceptable. Pero a pesar de los estragos que genera su naturaleza, encuentra en ella una promesa: la Pampa, la imagen del mar en la tierra, la tierra como en el mapa, es la tierra aguardando todavía que se le mande producir toda clase de simiente. La barbarie (la naturaleza en su estado más puro) no es más que un desafío a sobrellevar.
Él perdona y comprende al pueblo argentino, forzado a ser poeta:
¿Ni cómo ha de dejar de serlo, cuando en una tarde serena y apacible una nube torva y negra se levanta sin saber de dónde, se extiende sobre el cielo mientras se cruzan dos palabras, y de repente el estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío al viajero, y reteniendo el aliento por temor de atraerse un rayo de dos mil que caen en torno suyo?
Hay que matar el mal que aqueja a la República Argentina: su extensión.
La llanura argentina pide asentamientos. Tiene una imperiosa necesidad de que la llenen de vías de tren, cables de telégrafo, colonias. La naturaleza sin propósito debe mutar para ser el motor de la civilización. La conquista del desierto es la conquista de la humanidad. Hay que erradicar la superioridad de aquel que desprecia a un hombre letrado por no saber asustar a un toro.
La vida primitiva de los pueblos, la vida eminentemente bárbara y estacionaria, la vida de Abraham, asoma en los campos argentinos. La sociedad existe, pero el progreso necesita la posesión permanente del suelo para que el hombre se desenvuelva.
Eso pensaba también el rey Leopoldo.
Imagino a Sarmiento imaginando La Pampa, sentado en Chile. Pero a pesar de los estragos que genera su naturaleza, encuentra en ella una promesa: la Pampa, la imagen del mar en la tierra, la tierra como en el mapa, es la tierra aguardando todavía que se le mande producir toda clase de simiente. La barbarie (la naturaleza en su estado más puro) no es más que un desafío a sobrellevar.
El Congo
En ese mismo siglo, poco después de esta historieta, Joseph Conrad iniciaba sus viajes al Congo: otra inaceptable mancha blanca en el mapa sin líneas ferroviarias, sin caminos y ninguna ciudad. Un objeto de fijación para más de un cartógrafo. Sobre el mapa brotaban dibujos de animales exóticos de todo tipo de proporciones, colmillos, garras y colores. La única certeza en el Congo era su río de miles de kilómetros que daba al mar. Una vagina dentata devoradora y armada, omnipotente y peligrosa que destruía todo lo que tragaba:
Remontar aquel río era como viajar hacia los orígenes del mundo, cuando la vegetación se desbordaba sobre la tierra y los grandes árboles eran reyes. Un cauce desierto, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era cálido, denso, pesado, inmóvil. No había alegría en el resplandor del sol. Y aquella quietud de la vida no se parecía en absoluto a la paz. Era la quietud de una fuerza implacable, ensimismada en un propósito inescrutable. Te contemplaba con semblante vengativo
El objetivo, dijo en ese entonces el rey Leopoldo, era perforar la oscuridad que consumía a pueblos enteros y emprender una cruzada. ¿Qué más noble que deshacerse de la barbarie? Era hora de que el progreso llegara a todos los rincones de la tierra. Quienes fueran que habitaran esa selva estaban fuera de la ley y provenían de un círculo particular del infierno. Eran una deformación de la naturaleza y no parte del imperio, que en el resto del mundo triunfaba sobre ella.
A Conrad le tocó entrar en el corazón de las tinieblas para realizar esta noble proeza que destruyó su salud y su fe en el hombre. Pensemos en Fitzcarraldo. La explotación propia del progreso que llegaba a esta tierra sin bordes le hizo ver corrupción tanto en los vapores de la tierra como en los humos de la ciudad. Barbarie en la barbarie, barbarie en la civilización, y adentrado en la primera, que ni siquiera conocía, ningún lugar a donde ir:
Cada día la costa parecía la misma, como si no nos hubiéramos movido; pero pasamos por varios puestos comerciales con nombres que parecían pertenecer a alguna farsa sórdida representada ante un telón de fondo siniestro.
Al igual que en la extensa Argentina de Sarmiento, el paisaje es la amenaza más grande y corrompe todo lo que toca. El general Kurtz, general a quien salen a buscar en el libro, conocido por su carisma, se ha convertido en parte del paisaje:
Me topé con él y, de no haberme oído acercarme, también habría tropezado con su cuerpo; pero se levantó a tiempo. Se incorporó, vacilante, alargado, pálido, indistinto, como un vapor exhalado por la tierra, y se balanceó levemente ante mí, brumoso y silencioso.
La diferencia con Facundo es que Conrad reconoce que no hay quien domine la naturaleza. La naturaleza es todo lo que hay. Y lo que la civilización trae no es una solución ni es lo suficientemente afable para ser una quimera.
Pero la ciencia sí es una gran distracción: concentra nuestra atención en problemas que hacen que nuestra propia miseria parezca más pequeña. No elimina el sufrimiento, pero nos aparta de él. Así es que dentro de las ciudades, dentro de algunas ciudades, pareciera que el hombre ha obtenido algún tipo de dominio sobre su situación. Por caóticas que sean, en ellas el ser humano ejerce control y se expande sobre sus rieles.
En el curso de las últimas generaciones, la humanidad ha realizado extraordinarios progresos en las ciencias naturales que nos permiten prescindir de las formas propias del territorio, como si no estuviera bajo nuestros pies, viva y latente.
Pero la ciencia sí es una gran distracción: concentra nuestra atención en problemas que hacen que nuestra propia miseria parezca más pequeña. No elimina el sufrimiento, pero nos aparta de él. Así es que dentro de las ciudades, dentro de algunas ciudades, pareciera que el hombre ha obtenido algún tipo de dominio sobre su situación.

Ucrania
Antes de su experiencia en el Congo, Conrad ya había experimentado una naturaleza hostil. Su padre, parte de la resistencia polaca contra la ocupación rusa, había sido exiliado a Vólogda, ciudad de dos estaciones: el invierno blanco y el invierno verde. En el invierno blanco, explicaba, todo está muerto; durante el invierno verde, todo está muriendo.
Durante el invierno blanco, el aire glacial baja desde el mar Ártico. Una oscuridad infinita lo envuelve todo. Durante el invierno verde, llueve durante semanas sin descanso. El barro se cuela por todas partes y la humedad pudre los cimientos.
Al principio perdonaron a su madre con una licencia, por su salud, pero duró poco y rápidamente ella muere de tuberculosis en Vólogda. El carruaje que se toman para marchar a esa muerte asegurada donde espera el padre, Conrad lo describe como deforme, inadecuado en sus tamaños, desproporcionado para su pequeño cuerpo de niño y con una ventanilla por la que no se ve nada.
En cambio, su experiencia al volver a Kazimierówka, la casa de su tío Tadeusz Bobrowski, es bien diferente. Él, al llegar es envuelto en un abrigo de piel de oso, es calzado bajo un enorme gorro de piel con orejeras, y es acompañado hasta el hogar por el tintineo suave de los cascabeles del carruaje. Lo describió como un viaje invernal de regreso a la infancia.
La misma nieve que en Rusia mata todo a su paso, en Ucrania lo recibe. Su vínculo con la naturaleza parece tener menos que ver con la civilización o la barbarie, y tener más que ver con la pertenencia. Él tenía cierto control sobre su hacer en Vólogda, pero en Ucrania encuentra el deseo de habitar ese paisaje.
Aun así, Joseph necesita del abrigo, del arrullo de un carruaje que es casi un útero llevándolo de vuelta a su origen, a lo conocido, para transitar la vuelta a casa. Tiene una relación mediada con su entorno. Mientras que el cochero adolescente que maneja el carruaje, no. El cochero parece encontrar el camino a través de los interminables campos cubiertos de nieve con un instinto infalible. No vacila una sola vez. Al consultar a su mayordomo por él, le explica que se trata de un niño sordomudo, sobreviviente de una peste, que nunca había ido a la escuela y de quien nadie había esperado nada hasta que descubrieron que los caballos le obedecían más que a nadie, y que llevaba en la cabeza el mapa de toda la región.
El lenguaje pone una distancia entre el humano y el mundo. Y pareciera que solo en aquellos personajes con una conexión intuitiva con la tierra se pudiera enfrentar cara a cara al abismo. Pero eso nos deja con una redefinición naturalista y romántica de la barbarie, y una distancia cada vez más grande con nuestro entorno.
La costa inglesa
Pero cuanto más me acercaba a aquellas ruinas, más se desvanecía la idea de una misteriosa isla de los muertos y más me imaginaba entre los restos de nuestra propia civilización, después de que alguna catástrofe futura la hubiera extinguido.
En Los anillos de Saturno, Sebald camina hasta los extremos de la civilización y se encuentra, como si hubiera dado una vuelta en círculo, nuevamente con el abismo. La naturaleza ha vencido otra vez. Más aún, se vence a ella misma y renace. En las costas inglesas, bosques enteros son arrasados por virus subterráneos. Olmos aislados de casi doscientos años y treinta metros de altura sucumben de la noche a la mañana; y sus hojas, que se mecían en la brisa, desaparecen sin dejar rastro alguno. Y de haberlos, los huracanes, como hienas, se comen sus restos:
Las copas de los grandes árboles del vecino parque episcopal se inclinaban y ondulaban como plantas acuáticas arrastradas por una corriente profunda. Nubes blancas cruzaban a toda velocidad la oscuridad y, una y otra vez, el cielo se iluminaba con un resplandor terrible y vacilante que, según supe después, se debía al contacto entre las líneas eléctricas.
En un país que conquistó el mundo desde una isla, que creó planicies por capricho donde antes había bosque, y que estableció un cableado para iluminar la noche que los acecha, su propia creación lo burla y la línea eléctrica se hace imposible de diferenciar de la tormenta.
donde la corriente de aire se precipitaba a través de la masa negra de los árboles, solo quedaba ahora la palidez del horizonte vacío. Parecía que alguien hubiera descorrido una cortina para revelar un paisaje informe que lindaba con el inframundo.
No hay civilización ni barbarie. Hay supremacía de algo mucho más grande y una humanidad que decae. Los pueblos se derrumban en el mar ante los acantilados. Los días de sol se convierten en improvisadas tormentas de arena que borran los contornos, y junto a ella la oscuridad avanza desde el horizonte como un lazo que se cierra.
Y aunque volvió a aclarar, el sol permaneció oculto tras franjas de polvo fino como el polen, suspendidas durante largo tiempo en el aire. Esto, pensé, será lo que quede cuando la Tierra se haya reducido a polvo.
La misma nieve que en Rusia mata todo a su paso, en Ucrania lo recibe. Su vínculo con la naturaleza parece tener menos que ver con la civilización o la barbarie, y tener más que ver con la pertenencia.
El glaciar y el jardín que amábamos
Cheney, Simeon Pease, entre 1860 y 1880, creó una partitura para cada pájaro y sonido de su parroquia. Anotó hasta las gotas de la cañería mal cerrada que caían en la regadera sobre los adoquines de su patio. Transcribió el sonido del perchero del pasillo cuando el viento se embolsaba entre los pilotos. Eso dice Quignard, que hace de este pastor un poema y una obra de teatro.
Dice que lo hechizó la extraña casa parroquial sonora, y que a través de ella, él también fue feliz en ese jardín animado por el amor que un hombre sentía hacia su mujer desaparecida.
En su libro, un hombre decide que su mundo es su mujer. Que su mujer es su jardín. Y por más que, de a momentos, el jardín sea cruel con él, él lo conoce. Él puede invocarlo en su piano. Él se enfrenta a la gran naturaleza y al horror de la muerte desde su pequeña naturaleza a la que puede nombrar, seguir y plasmar. Su jardín tiene confines. Su capacidad de dar y quitar está delimitada. Jamás llegaremos a dominar completamente la naturaleza. Nuestro organismo siempre será perecedero. Pero uno puede crear un jardín.
Una definición que molesta. Nuevamente, parece que solo un hombre de letras, de Dios, de la música, puede proponer una alternativa. Y que su elección es siempre un jardín que mantiene civilizado, con pocas libertades, y ajeno a la terrible inmensidad que de permear, traería con ella algo mucho peor que el sufrimiento: el olvido. La insignificancia del propio dolor.
Por eso yo encuentro consuelo en Janine. Janine es la colega a la que el Sebald que no es Sebald visita en Los anillos de Saturno. Janine, una mujer académica, tiene una relación material y sensitiva con su objeto de estudio y con su metodología.
Su objeto es Flaubert, que decía sentir que se hundía en la arena ante tanta estupidez humana. Y ella decía que, por eso, la arena tenía tanta importancia en toda la obra de Flaubert. La arena lo conquistaba todo. Una y otra vez. Flaubert veía el Sahara entero en un grano de arena prendido del dobladillo del vestido de invierno de Emma Bovary. Janine nos envía nuevamente al desierto, pero este desierto es terrible y rico en sí mismo y no busca ser transformado. Es y da forma a las ideas de la civilización.
No hay civilización ni barbarie. Hay supremacía de algo mucho más grande y una humanidad que decae. Los pueblos se derrumban en el mar ante los acantilados. Los días de sol se convierten en improvisadas tormentas de arena que borran los contornos, y junto a ella la oscuridad avanza desde el horizonte como un lazo que se cierra.
Pero lo más interesante es la relación de Janine con su hacer y pensar: están íntimamente ligados a la naturaleza en su estructura. Ella trabaja en un despacho donde se acumulaban tantos apuntes de clase, cartas y otros documentos que era como encontrarse en medio de una inundación de papel. Sobre el escritorio, origen y centro de aquella asombrosa profusión, se había formado con el tiempo un verdadero paisaje de papel, con montañas y valles. Como un glaciar al llegar al mar, se había desprendido por los bordes y había creado nuevos depósitos a su alrededor, sobre el suelo, que a su vez avanzaban imperceptiblemente hacia el centro de la habitación.
Los estudios de Janine avanzan implacables, caóticos. Ella no busca controlar lo que produce. No le interesa enumerar, crear cajones, folios. Tener un espacio presentable para el resto de sus colegas. Ella está inmersa e invita a los demás a sumergirse. Y esto solo empeora con el tiempo:
También la alfombra había desaparecido hacía tiempo bajo varios centímetros de papel. De hecho, el papel había comenzado a trepar desde el suelo, donde se había ido depositando año tras año, y ya cubría las paredes hasta la parte superior del marco de la puerta.
Y si bien está encerrada, el conocimiento de Janine interactúa con la naturaleza:
Una vez se me ocurrió que, al anochecer, cuando todo aquel papel parecía recoger en sí la palidez de la luz que se extinguía, se asemejaba a la nieve de los campos, mucho tiempo atrás, bajo un cielo negro como la tinta.
Al igual que el cochero adolescente y sordomudo, Janine tiene la cartografía en su cabeza. Entregada a la lógica propia de la materia, por lo general Janine encuentra todo lo que busca de inmediato.
Patos
Podríamos decir, entonces, que hay una naturaleza grande, una naturaleza pequeña y una naturaleza minúscula.
En la grande nos enfrentamos a la barbarie, al abismo, a la crueldad de los aludes, las tormentas y las demás fuerzas que por siempre prevalecerán por sobre nuestra carne. Sarmiento da su batalla en ese campo. Conrad perece en él. El humano se encuentra atrapado y busca sustitutos. En los últimos siglos, la productividad y el progreso surgen como grandes protagonistas.
En la pequeña, ya sea una ciudad, una parroquia o un jardín, se hace frente al abismo desde un encuadre abarcable. Este encuadre nos protege de la realidad. Nos permite asirla con nuestras manos y entrar en los detalles, en lo sutil, como el papel que absorbe el crepúsculo para hacerse nieve, o un pájaro hecho partitura.
Pero en la minúscula, la de los gestos, puede que haya un puente sin significante que nos acerque un poco a lo irreconciliable. Un puente que nos abra posibilidades para que la alternativa a la angustia no sea ser un sordomudo ni un ermitaño ni un miembro de una aldea autosustentable ni menos que menos indiferente. Como Janine. Como todo lo que se encuentra en las formas del hacer.
Para Lacan, el hombre es preso de la palabra. Para el poeta peruano Montalbetti, un poema es aquello que no se puede decir y que arremete contra el lenguaje. Pero para Sebald, la respuesta está en los patos: en su libro, Thomas Abrams (en la vida real Alec Garrard, quien pasó más de 30 años construyendo una maqueta a escala 1:100 del Templo de Jerusalén en su granja de Norfolk) le explica que él ama a los patos. Los alimenta, les arroja migajas a su estanque, y reflexiona:
Siempre he tenido patos, incluso de niño, y los colores de su plumaje, en particular el verde oscuro y el blanco nieve, me parecen la única respuesta posible a las preguntas que me rondan la cabeza.
En la naturaleza grande nos enfrentamos a la barbarie, al abismo, a la crueldad de los aludes, las tormentas y las demás fuerzas que por siempre prevalecerán por sobre nuestra carne. Sarmiento da su batalla en ese campo.