¿Dónde esta el asesino de Abraham Lincoln? La ucronía como verdad oculta
En 1907 Finis Langdon Bates publica El escape y suicidio de John Wilkes Booth, en donde especula con una conspiración para salvar la vida del asesino de Abraham Lincoln. El libro es el punto en donde la ucronía y las teorías conspirativas se dan la mano.
La historia es conocida: apenas terminada la Guerra de Secesión, Abraham Lincoln fue asesinado en un teatro. La noche del 16 de abril de 1865, el presidente de Estados Unidos, que acababa de vencer a las fuerzas de la Confederación una semana antes, fue a una función al Teatro Ford, en Washington. Mientras presenciaba en un palco la obra Our American Cousin de Tom Taylor, un actor llamado John Wilkes Booth, de simpatías por la causa del Sur esclavista, se acercó por detrás y le disparó en la cabeza. La agonía de Lincoln duró unas horas.
El magnicida huyó y contó con la ayuda de otros simpatizantes de la Confederación, que le dieron refugio, sin que las tropas sureñas decidieran romper la paz firmada el 9 de abril. El 26, Booth fue encontrado en una plantación de tabaco. No se quiso entregar, hubo un tiroteo y una bala acabó con su vida, a los 26 años. O no.
Muchísimos años antes de que surgieran teorías sobre Hitler viviendo una plácida vejez tras la caída del Tercer Reich en algún lugar recóndito como la República Argentina, hubo un antecedente de alguien que planteó una ucronía similar respecto de Booth. Finis Langdon Bates arriesgó que el asesino de Lincoln no murió doce días después del magnicidio, sino que sobrevivió 38 años más bajo otra identidad.
El señor St. Helen
El mérito de Bates es que fue el primero en plantear una situación así, no como realidad alternativa producto de la ficción (un “qué hubiera pasado si…”), sino que presentó su trabajo como una investigación seria. En ese sentido, se adelantó en casi un siglo a El hombre en el castillo de Philip K. Dick, acaso la cumbre de la ficción especulativa, en la que se plantea la historia de Estados Unidos derrotado en la Segunda Guerra y ocupado por alemanes y japoneses.
Bates publicó su trabajo en 1907, titulado El escape y suicidio de John Wilkes Booth. Allí cuenta que en 1873, cuando tenía 25 años, conoció en Granbury, Texas, a un comerciante de licor y tabaco llamado John St. Helen, capaz de recitar largos soliloquios de Shakespeare. Se hicieron amigos.
En 1878, St. Helen cayó enfermo y le confesó a Bates que era Booth, el asesino de Lincoln. Le dio un retrato que acreditaba su identidad y pidió que contactara a su hermano, Edwin Booth (también actor), en Nueva York. Sin embargo, se recuperó y amplió su relato. Afirmó que el muerto en el tiroteo en la granja era un doble y, más inquietante aún, aseguró que el crimen de Lincoln fue una conspiración que tenía como máximo instigador al vicepresidente Andrew Johnson, que en los hechos tuvo que completar el mandato de Lincoln hasta 1869.
(Conviene recordar que Johnson fue un presidente condescendiente con los sureños derrotados y su política de apaciguamiento derivó en un juicio político: evitó la destitución por un voto.)
De acuerdo a esta versión, en el tiroteo del 26 de abril en la plantación de tabaco, el muerto identificado como Booth era en realidad un capataz llamado Ruddy, que ayudaba al magnicida en su huida. Según St. Helen/Booth, se le cayeron los documentos, Ruddy los recogió y los tenía encima cuando llegaron los soldados en busca del asesino. Como tenía encima esos papeles, lo identificaron como Booth. Y, de manera que no quedaba clara, el verdadero Booth se había escondido de las autoridades desde entonces.
De acuerdo al relato de Bates, el recuperado St. Helen se fue a Colorado y nunca más lo volvió a ver. Tampoco dio crédito a su relato, pero a fines del siglo XIX informó al Departamento de Defensa y, sin éxito, reclamó una recompensa. Esto sería el prolegómeno de su relato, porque en 1903, en un hotel de Enid, Oklahoma, se suicidó por ingesta de arsénico un pintor llamado David George, que tres años antes le habría confesado a la esposa del reverendo Enoch Harper que era Booth. Según parece, al igual que St. Helen, George era capaz de recitar a Shakespeare.
Finis Langdon Bates arriesgó que el asesino de Lincoln no murió doce días después del magnicidio, sino que sobrevivió 38 años más bajo otra identidad.

Nadie reclamó el cuerpo de George, que fue embalsamado. A través de sus papeles personales, desde la funeraria llamaron a las personas que aparecían nombradas. Ahí entró en escena Bates, que viajó a Oklahoma y reconoció a George como St. Helen. Se quedó con el cuerpo momificado y lo empezó a mostrar como una atracción. Para entonces faltaban ocho décadas para las pruebas de ADN, que quizás hubieran resulto el enigma (aparte que Edwin Booth había muerto en 1893). Pero para Bates, el cuerpo era el del primer magnicida de la historia estadounidense, que habría muerto a los 65 años.
Ucronía como historia real
La historia, como se ha dicho, fue narrada por Bates en su libro de 1907 (cuyo subtítulo es El primer relato verídico del asesinato de Lincoln, que contiene una confesión completa de Booth muchos años después del crimen, detallando los planes, la conspiración y las intrigas de los conspiradores, así como la traición de Andrew Johnson, entonces vicepresidente de los Estados Unidos. Escrito para la corrección de la historia), que tuvo entre sus lectores a Henry Ford. Éste se interesó y encargó a Frederick Lee Black una investigación, tras la cual la recomendación fue tajante: el padre de la industria automotriz estadounidense no debía pensar siquiera en comprar el cuerpo del supuesto Booth.
Bates alquiló a “John”, como le decía, a William Evans, un empresario circense que se llevó el cuerpo de gira. Se lo robaron y debió pagar rescate. En 1923 murió Bates y la viuda vendió el cuerpo de “John” a Evans. Tuvo otros dueños y hasta un equipo médico lo revisó en los años 30, sin resultados definitivos. Se le perdió el rastro en los años 70.
El libro de Bates pudo haber planteado un what if… sobre Booth en cuanto a una huida de casi cuatro décadas hasta la muerte del magnicida. Visto así, funciona como una ucronía, pero fue más allá al presentarlo como la historia real (de ahí el Escrito para la corrección de la historia del subtítulo), con lo que un relato sin asidero pretendió ser pasado por la verdad.
La nieta de Bates es la actriz Kathy Bates, que ganó el Oscar por Misery, la película basada en una novela de Stephen King en la que la lectora fanatizada de una saga rescata al accidentado autor de los libros y lo obliga a escribir un volumen según sus deseos. En la vida real, el abuelo directamente creó su versión de la historia con el agravante de presentarla no en sentido contrafáctico, sino como la realidad oculta. Acaso sea el sueño dorado de cualquier creador de ucronías.
Visto de este modo, Bates desligó la continuidad de la historia oficial de los Estados Unidos (que siguió su curso) de la del supuesto lobo solitario, que en realidad habría sido parte de una enorme conjura (que la historia oficial reduce a la red de protección hasta la caída de Booth), exitosa en los hechos hasta el impeachment contra Johnson. Y lo que se trasluce, en el fondo, es que triunfó el plan, al punto de garantizar la impunidad de la mano ejecutora durante casi cuatro décadas.
No está de más recordar que el presunto encuentro con Booth, habría sido en 1878, tres años antes del segundo asesinato de un presidente estadounidense (James Garfield fue asesinado por Charles Guiteau en Nueva Jersey en 1881 y luego condenado a la horca); y, sobre todo, que el libro es de 1907, o sea, seis años posterior al del tercer magnicidio presidencial (el de William McKinley a manos del anarquista Leon Czolgosz en 1901, cuyo asesino terminó en la silla eléctrica), con lo que podía despertar cierto interés.
Lectura ambigua
Lo que no quedaría tan claro es por qué St. Helen/Booth habría roto el más que implícito pacto de silencio que garantizaba su impunidad, lo cual en cierto modo, pese al tiempo transcurrido (para 1878, cuando habría confesado su verdadera identidad a Bates recién terminaba la etapa de la Reconstrucción en base a un acuerdo firmado un año antes que daba concesiones a los sureños), ponía el riesgo todo el andamiaje montado, esto es, quedaba expuesto un plan al más alto nivel para lo que fue el primer magnicidio de la historia estadounidense.
Esto es lo que convierte al relato de Bates en una operación literaria de doble lectura o, en todo caso, ambigua: El escape y suicidio de John Wilkes Booth podría leerse como un relato absolutamente ficticio que toma como punto de partida un hecho real; o Bates encaró una no ficción absolutamente especulativa en base a la existencia (o no) de St. Helen. La ambigüedad estaría en la intersección entre ambas lecturas posibles.
Bates se anticipó más de medio siglo a las teorías conspirativas en general y a las que envuelven el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy, ambos crímenes sospechados de conjura
En ese sentido, Bates se anticipó más de medio siglo a las teorías conspirativas en general (si bien su libro fue contemporáneo de Los protocolos de los sabios de Sión, el panfleto antisemita de la policía zarista) y a las que envuelven el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy. Hay un punto en común con lo ocurrido en Dallas en 1963: la sospecha de una conjura en ambos crímenes. En el caso de Kennedy, perdura la duda sobre si los balazos fueron obra de un solo hombre (oficialmente, Lee Harvey Oswald) o si hubo dos tiradores, lo cual hubiera puesto a las autoridades ante la enorme tarea de dilucidar las ramificaciones de una conspiración (si es que las propias autoridades no estaban implicadas, claro, de acuerdo a la teorías sobre un complot).
Mr. Bates meets Esteban Rey
Ahí es donde El escape y suicidio de John Wilkes Booth se cruza en el camino con otro libro del escritor cuyo trabajo previo derivó en una película y un Oscar para la nieta Kathy: 22/11/63 de Stephen King, quizás su mejor novela en lo que va de este siglo y una formidable vuelta de tuerca a la cuestión del viaje en el tiempo.
El punto de arranque es una puerta que conduce al 9 de septiembre de 1958. Salir por esa puerta y volver a entrar por ella implica que el tiempo corre siempre a partir de ese día. El protagonista cruza el umbral y tiene algo más de cinco años para tratar de evitar el asesinato de Kennedy. Su presencia, la de alguien del siglo XXI en los años 50, representa una alteración del pasado, y él se propone cambiar el rumbo de la historia.
El viaje de cinco años traslada al lector una cuestión clave, que Bates se había encargado de dilucidar de entrada en su libro: la incógnita respecto de si Oswald actuó solo o si hubo una conjura que el protagonista quizás no tenga manera de evitar. Es una situación ex post facto respecto de Bates, que planteó la comprobación de lo sucedido (de lo que realmente acaeció en cuanto al destino del magnicida de Lincoln) cuando ya no había lugar más que para la interpretación histórica. King, desde la ficción absoluta, transmite esa duda a lo largo de más de 600 páginas, siempre dentro de los márgenes del relato contrafáctico.
No por nada, y siempre en el marco de la novela, King imagina cómo habría sido el mundo si JFK evitaba la muerte el 22 de noviembre de 1963. Para que la tesis cierre, una nota del autor declara el convencimiento de que Oswald actuó por su cuenta (se apoya en el libraco de Norman Mailer para afirmar eso y ningunea al fiscal Jim Garrison y Oliver Stone, entre otros ilustres cultores de la teoría conspirativa). Pero todo se engloba en la ficción, pese a las explicaciones. Bates no hizo eso: era un convencido, como Garrison, y a su modo fue un precursor del fiscal de Nueva Orleans, al que le faltó un Stone que se animara a filmar su historia.
Por cierto, otra ucronía literaria conecta al apellido Kennedy con la idea del mundo dominado por el eje, en una ficción posterior a El hombre en el castillo. Se trata de Patria, de Robert Harris, aparecida en 1992. Ambientada en 1964, un Hitler victorioso en la Segunda Guerra celebra sus 75 justo cuando aparecen indicios de algo secreto desde 1942: las pruebas de la Conferencia de Wannsee, la reunión del alto mando nazi en la que se decidió el traslado de los judíos de los guetos a los campos de exterminio. Quien está por visitar Berlín en esos días es el presidente de los Estados Unidos, Joseph Kennedy, el padre de JFK (y que en la vida real fue el embajador de Roosevelt en Londres cuando empezó la guerra en la que murió el mayor de sus hijos y otro, el futuro presidente, combatió en el Pacífico).
La ucronía detrás de la ucronía, mirando al otro Sur
Si se mira con lupa el relato de Bates, podría plantearse que la peripecia de Booth escondido hasta comienzos del siglo XX encierra una segunda historia. Que podría haberse producido antes de aquel 16 de abril de 1865, con mayores posibilidades de torcer el resultado de la Guerra de Secesión. Recordemos que el magnicida (complotado con otros al menos al nivel de garantizarle cobertura hasta que lo encontraron diez días después del atentado) buscó con su acción que las tropas confederadas tuvieran un aliciente para dar marcha atrás con su rendición, pese a la superioridad militar del Norte y a la firma del armisticio.
Esto lleva a pensar en la ucronía más profunda de la historia bicentenaria de los Estados Unidos: ya no qué hubiera pasado si el Eje ganaba la Segunda Guerra, sino el destino del país si el Sur de Jefferson Davis se imponía a las tropas de la Unión. Conviene precisar la matriz socioeconómica que representó el telón de fondo de la guerra civil. Lo sucedido entre 1861 y 1865 fue la manera cruenta de resolver la industrialización del país (es decir, la implantación de la Revolución Industrial). Los estados norteños habían avanzado en los años anteriores a la guerra en cuanto a su tecnificación, mientras que el Sur dixie no mostraba intenciones de salir de un modelo agropecuario basado en manufacturas, para lo cual la obra de mano no representaba un costo, ya que estaba constituida por esclavos.
El libro de Bates sobre el escape de John Wilkes Booth tuvo entre sus lectores a Henry Ford, quien se interesó y encargó a Frederick Lee Black
Muchos historiadores estadounidenses han elucubrado sobre el destino del país si, con o sin guerra, se hubiese impuesto el modelo agropecuario. Probablemente la esclavitud se hubiera mantenido (también hay que matizar: la victoria norteña estableció la libertad de vientres, pero los derechos políticos de los afroamericanos recién quedaron consagrados en 1964, un siglo más tarde), a la par de un conservadurismo extendido a todo el territorio, con una clase dominante arcaica y tradicionalista, como lo era la del Sur (que, en términos culturales legó la potencia de una literatura de alcance universal, generada en los estados dixies).
Y allí la comparación lleva a pensar que ese Estados Unidos ucrónico se habría parecido a un país ubicado al otro extremo del continente, que le jugó todos los boletos a la agro-exportación: la República Argentina. De hecho, el modelo basado en una economía primarizada se consolidó con un conflicto bélico iniciado justo cuando terminaba el choque entre yankees y dixies: la Guerra de la Triple Alianza, que desangró a Paraguay. ¿Y si el mariscal Solano López se hubiera impuesto en el Sur (ese Sur de América, pero de algún modo ligado al Sur estadounidense) a las tropas argentinas, brasileñas y uruguayas? Los historiadores coinciden en que las chances paraguayas de vencer eran casi inexistentes por la relación de fuerzas. El primer país sudamericano en tener ferrocarril y empezar de manera incipiente una industria siderúrgica fue derrotado y se impuso una economía basada en materias primas.
¿Una ucronía que encubre a otra?
Supongamos que a Bates lo animó publicar un libro concebido como ficción pero presentado, como se diría hoy, al modo de una non fiction. Imaginemos que el autor encontró ese recurso como alternativa (quizás para provocar, para generar debates, para vender más ejemplares; incluso al extremo de conseguir, de manera truculenta, el cuerpo del supuesto magnicida) con la idea de no dar un paso más allá en el relato, que necesariamente hubiera implicado presentarlo como una ucronía total: esto es, que el Sur ganó la guerra civil.
El asesinato de Lincoln y el encubrimiento durante treinta y ocho años de Booth sería el gesto desesperado final para torcer el rumbo de la historia, el último intento para que las tropas confederadas desconocieran la rendición y retomaran la lucha. Bates, en plan de presentar un texto especulativo, podría haber planteado un punto de quiebre en el continuum histórico que determinara la victoria sureña. Si lo hubiera hecho, casi con seguridad, habría fechado ese momento el 3 de julio de 1863, en la victoria de la Unión en la batalla de Gettysburg, que marcó el momento de inflexión de la contienda.
Las tropas norteñas pasaron a la ofensiva después de imponerse a las de Robert Lee, uno de los principales líderes militares del conflicto. El triunfo fue aplastante: Lee perdió casi la mitad de los 75 mil hombres que combatieron en Pensilvania. Acaso por una cuestión de provocación editorial, Bates no quiso imaginar la guerra con un triunfo de Lee en Gettysburg y la victoria final de los confederados, que hubiera terminado con la presidencia de Lincoln y el intento (en rigor de verdad, condenado al fracaso) de perpetuar el modelo de economía primarizada con mano de obra esclava.
La otra vertiente de lo que habría sido un texto claramente ucrónico hubiera sido imaginar que los confederados se alzaban en armas ante la noticia del magnicidio de Lincoln. Esa posibilidad adolece de un defecto, que además habla de lo desesperada y arrojada que fue la acción de Booth, porque la relación de fuerzas, claramente, no era para nada equitativa desde Gettysburg.
Allí es donde, de alguna manera, se funden la realidad y la ficción especulativa (o realidad alterna), porque si el vicepresidente Johnson formaba parte de la conjura, aunque las tropas confederadas no volvieran a la lucha, constitucionalmente no había manera de evitar la sucesión de Lincoln a través de un vicepresidente que como senador por el sureño estado de Tennessee había defendido la esclavitud antes de la guerra (y al que Lincoln envió como gobernador militar en 1862, cuando el secesionista Tennessee había sido recuperado por las tropas de la Unión).
Visto así, el telón de fondo de lo ocurrido el 16 de abril de 1865 fue una gran conspiración que no logró reiniciar la lucha pero sí colocar en la Casa Blanca a un presidente sureño y condescendiente que en su acción de gobierno en favor de los derrotados casi pierde el cargo. Porque lo que Bates se propuso en verdad, fue denunciar, más allá de la puesta en escena de un cadáver que Henry Ford estuvo a punto de comprar, una conspiración encabezada por Johnson; y las discusiones sobre si Booth vivió hasta 1903 dejaron eso en un segundo plano. Como en “La carta robada” de Poe, está a la vista, en ese largo subtítulo del libro, que refiere a “la traición de Andrew Johnson”.
Fallecido en 1875, Johnson no tenía manera de responder a la acusación. Bastante escarnio acarrea su figura por el juicio político en su contra (el primero contra un presidente) y no costaba nada endosarle la autoría intelectual del asesinato. Más de un siglo después de la publicación de El escape y suicidio de John Wilkes Booth, queda a gusto del lector del libro de Bates si fue así o si, con el aditamento macabro de un cuerpo momificado, se trata de una ficción no declarada.
Lo que Bates se propuso en verdad, fue denunciar una gran conspiración que no logró reiniciar la Guerra de Secesión pero sí colocar en la Casa Blanca a un presidente sureño y condescendiente que en su acción de gobierno en favor de los derrotados
