Decálogos del feminismo liberal
En este fragmento de Sin padre, sin marido y sin Estado, las autoras exploran la irrupción de un feminismo que se nombra liberal y que disputa sentidos tanto con el feminismo hegemónico de los últimos años como con las derechas conservadoras. A partir de las voces y prácticas de mujeres que militan en espacios liberal-libertarios, el texto muestra cómo la apelación a la primera ola, los decálogos y la crítica al Estado funcionan como herramientas para construir identidad, marcar fronteras y volver visible una cruzada feminista que se piensa a sí misma en tensión permanente con su tiempo.
¿Qué es ser feminista? ¿Quién puede serlo? ¿Qué credenciales se deben portar? ¿Quiénes pueden participar de una marcha feminista? Estas preguntas retratan algunas de las muchas discusiones surgidas al calor de la última década, cuando el significante “feminista” dejó de ser un tema propio de espacios militantes o académicos y se convirtió en parte de la conversación cotidiana. Las mujeres con quienes trabajamos también discuten qué significa ser feminista, si es una bandera que vale la pena levantar y en qué tipo de feminismos podrían reconocerse. También saben que en los espacios políticos donde militan la palabra “feminismo” genera fuertes rechazos.
Algunas no se reconocen feministas. Las mujeres mayores son las más reacias en este aspecto, ya que crecieron en una época en la que feminismo era “mala palabra”, y prefieren definirse como “femeninas” o emplear expresiones del tipo “femenina, con derivas feministas”. En algunas mujeres más jóvenes el rechazo al término proviene de su asociación con el “feminismo de las zurdas”, que a su entender se volvió hegemónico en los últimos años. A modo de ejemplo, durante el encuentro para planificar las actividades del 8 de marzo de 2025, una de las activistas repudió el uso de expresiones como “feminismo, sororidad y colectivismo porque son palabras de las zurdas; si nosotras las usamos nos va a costar mucho más sumar mujeres al liberalismo, que es lo que necesitamos”.
¿Qué es ser feminista? ¿Quién puede serlo? ¿Qué credenciales se deben portar? ¿Quiénes pueden participar de una marcha feminista? Estas preguntas retratan algunas de las muchas discusiones surgidas al calor de la última década.

Además, rechazan la estatización de agendas militantes a través de políticas públicas y programas de gobierno, en particular aquellas que asocian con el progresismo, como la creación del Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad, que para ellas representa una erogación de recursos estatales que no resolvió –y en su perspectiva no podría resolver– los principales problemas de las mujeres, empezando por la violencia.
En los grupos que estudiamos también hay mujeres que se definen feministas, pero, para hacerlo, construyen una filiación con el feminismo de la primera ola. En consonancia con la bibliografía especializada, afirman que el feminismo “nació liberal”, al calor de los ecos de la Revolución Francesa de fines del siglo XVIII, y que tuvo como premisas centrales la demanda de igualdad entre varones y mujeres, el reclamo por el derecho al voto, al trabajo, a la educación, a los derechos patrimoniales y sobre los hijos. Por ese motivo, se definen “hijas” de la primera ola.
Esta inscripción podría hacernos pensar que en ellas no hay nada nuevo, porque “el feminismo liberal siempre existió”, o que se trata de mujeres “conservadoras que quieren volver al pasado”. Sin embargo, cualquier ejercicio de apropiación de una tradición involucra una construcción vinculada tanto con el pasado como con el presente, y las apelaciones a la historia funcionan como cemento para un grupo. El gesto de presentarse como hijas de la primera ola, como mostraremos a lo largo del libro, es fundamental para diferenciarse del “feminismo de las zurdas” y para disputar esa bandera en la actualidad. Es decir que su apelación al feminismo liberal solo cobra sentido en la discusión con el feminismo contemporáneo.
Su identificación con el feminismo de la primera ola se explica por el devenir del movimiento en la segunda mitad del siglo XX. Dora Barrancos señala que a fines de los sesenta surgieron cuestionamientos al feminismo liberal desde la izquierda y nació una nueva vertiente del feminismo: la “radical”. Esta definió conceptos centrales, afirma la autora, como patriarcado y violencia contra las mujeres, y retomó aportes teóricos del marxismo para cuestionar uno de los núcleos del feminismo liberal: la demanda por igualdad entre varones y mujeres sin considerar las relaciones de clase. Las mujeres con las que trabajamos interpretan los ecos de estas discusiones y entienden que, en un momento de la historia, el feminismo dejó de focalizarse en la conquista de derechos civiles para las mujeres –agenda que comparten– y comenzó a “mezclar la lucha de géneros con la lucha de clases”, cosa que, para ellas, “tergiversó las ideas del feminismo”. En sus conversaciones, en posteos en redes sociales y en los carteles que llevan a las marchas remarcan que “el feminismo nació liberal” y que “la izquierda nos robó las banderas”.
El lema que utilizan, “Hacer al feminismo liberal otra vez”, reversiona la consigna “Hagamos Argentina grande de nuevo” utilizada por Javier Milei en su campaña, que a su vez adapta el “Make America Great Again” popularizado durante la primera campaña presidencial de Donald Trump en los Estados Unidos. En definitiva, se trata de emprender una “cruzada por el feminismo liberal”.
En esa cruzada no solo buscan diferenciarse del feminismo “de las zurdas”, sino también de las posiciones más conservadoras o de “derecha”, términos que consideran equivalentes. Sergio Morresi y Martín Vicente muestran que la capacidad de interpelación de las nuevas derechas radica en su carácter fusionista, esto es, en la articulación entre tradiciones y familias políticas diferentes que van del liberalismo a la derecha y la extrema derecha. Aunque este aspecto mostró su potencial político en la ampliación del mileísmo, el activismo de estas mujeres –en su rechazo a las expresiones más conservadoras– muestra algunos de los límites y problemas de ese fusionismo. Aunque participan de la fuerza política ubicada más a la derecha en el arco político, rechazan el uso de la categoría “derecha” para autodefinirse. Esto marca un contrapunto con otros grupos e integrantes de los mundos liberal-libertarios que se afirman en esa categoría. A modo de ejemplo, una de las entrevistadas nos comentó la inquietud que le producía ser retratada como una “mujer de derecha” en este libro. Cabe recordar aquí que utilizan el término para descalificar a otros cercanos –entre ellos al escritor e influencer Agustín Laje, a las “mujeres muy católicas” o a los “nichos provida”– pero nunca lo emplean como categoría de autoadscripción.
Más allá de las diferencias entre las que se consideran feministas y las que rechazan el término, las mujeres con quienes trabajamos comparten todos y cada uno de los puntos de lo que denominan el decálogo del feminismo liberal. ¿De qué estamos hablando? Una práctica habitual en los grupos que estudiamos consiste en la elaboración de documentos que definen las máximas o los puntos más destacados de las agendas que las nuclean. Estos documentos, que circulan en sus reuniones a través de banners, flyers, power points y portfolios, también son difundidos en redes sociales y grupos de WhatsApp. Algunos son diseñados y divulgados desde fundaciones liberales –como el de la Fundación para el Progreso de Chile, realizado en formato audiovisual– y otros son de hechura más casera.
El lema que utilizan, “Hacer al feminismo liberal otra vez”, reversiona la consigna “Hagamos Argentina grande de nuevo” utilizada por Javier Milei en su campaña, que a su vez adapta el “Make America Great Again”
Esta práctica, que no es exclusiva de este grupo de mujeres, invita a pensar que el feminismo liberal, lejos de ser un concepto cristalizado, forma parte de un work in progress que permite delimitar posiciones, definiciones y prácticas en dos sentidos. Por un lado, construir “un cuarto propio” en el feminismo, donde las califican como “derechosas” porque están a favor del mercado y de la reducción del Estado en áreas y programas vinculados con las agendas de género, y por haber votado a Milei. Por el otro, un cuarto propio en los mundos liberal-libertarios, donde las acusan de “marxistas culturales” por llevar adelante una agenda de mujeres en un espacio político que rechaza de forma explícita al feminismo y a toda forma de “colectivismo”. Aunque estas mujeres se oponen en términos conceptuales al colectivismo, armar grupos, reunirse y tender lazos entre redes es, para muchas, su principal actividad.
¿Cuáles son los elementos que contienen los decálogos del feminismo liberal? Aunque cada versión ofrece adaptaciones singulares y pone énfasis en algunos puntos y no en otros, todos comparten cinco ideas básicas:
Nadie tiene el monopolio de la representación de las mujeres. Varones y mujeres son iguales y complementarios, de ahí que no se reconozca ni se suscriba la idea de que entre unos y otras hay una “lucha” o confrontación. Rechazo a la “violencia en todas sus formas”, definición que incluye el rechazo a la violencia ejercida sobre las mujeres, pero también sobre los varones. Fomento de la autonomía de las mujeres y rechazo hacia toda forma de victimización. Postular el libre mercado como el mejor aliado para el empoderamiento y la emancipación de las mujeres. Aunque no aparece mencionado en los decálogos, a la luz de los testimonios y las definiciones, uno de los principales hilos de la soga del feminismo liberal es el antiperonismo, el antikirchnerismo y la oposición al progresismo en sentido amplio. Este elemento, que quizás resonará entre los lectores por sus similitudes con la narrativa liberal-libertaria de los discursos de otros militantes o de funcionarios del gobierno de Javier Milei, muestra que estas mujeres están dentro de ese espectro ideológico.
Otro punto no explicitado pero constante es la valoración del mérito como atributo central para ocupar una posición de poder, sobre todo en la política. Esto entronca directamente con las críticas a las acciones de discriminación positiva, como las leyes de cupo/paridad, a las que consideran parte de una “cultura de la victimización” que “genera una falsa sensación de justicia”. En este sentido, critican a las mujeres con visibilidad pública de LLA –entre otras, las diputadas Lilia Lemoine y María Celeste Ponce–, porque entienden que su ingreso a la política no tiene que ver con el “mérito” sino con ser mujeres sexies o físicamente atractivas que han sido colocadas allí “para llenar el cupo” o por el solo hecho de estar vinculadas sentimentalmente con varones de sus fuerzas políticas. También rechazan a otras mujeres públicas de LLA, pero por otros motivos; por ejemplo, porque no las consideran liberales sino conservadoras (como es el caso de la legisladora Lucía Montenegro). Las figuras en las que sí se referencian, puesto que reconocen que llegaron a posiciones destacadas por mérito propio, son la excandidata a presidenta y actual ministra de Seguridad Patricia Bullrich, María Eugenia Talerico –exvicepresidenta de la Unidad de Información Financiera (UIF) y excandidata a senadora por la lista de Bullrich en Juntos por el Cambio–, la excanciller Diana Mondino, la dirigente venezolana María Corina Machado, la legisladora porteña Rebeca Fleitas e, incluso, Victoria Villarruel, vicepresidenta de la nación. Y si bien muchas no acuerdan con la agenda de esta última, ven en ellas la representación de una mujer fuerte que logró romper el “techo de cristal” de la política.
La importancia de estos decálogos no radica en la enumeración de consignas que unen a mujeres muy diversas sino, sobre todo, en su capacidad para crear aquello que nombran. Algo similar plantea Offerlé respecto del trabajo de agrupar, reunir y homogeneizar electorados por medio de mapas y estadísticas: esas acciones no solo muestran cuántas personas votan a una fuerza política y dónde residen, sino que “crean” realidades. Un claro ejemplo se produjo cuando, después del ballottage, LLA difundió mapas de la Argentina teñidos del color de su fuerza política, el violeta. Esa imagen pretendía crear la idea de que todo el país había votado a una sola fuerza política, algo como “la Argentina de Milei”. El aspecto más significativo de los decálogos radica en su poder performativo: definen los contornos y rasgos principales del feminismo liberal, lo vuelven visible al tiempo que establecen líneas divisorias con otros feminismos.
El aspecto más significativo de los decálogos radica en su poder performativo: definen los contornos y rasgos principales del feminismo liberal, lo vuelven visible al tiempo que establecen líneas divisorias con otros feminismos.