De la guerra futura

La próxima gran guerra quizá no se libre en trincheras ni con ejércitos convencionales. Entre algoritmos, ciberataques, inteligencia artificial y manipulación de la información, el conflicto del futuro ya comenzó y está redefiniendo el equilibrio global de poder.

por Álvaro Zicarelli

Año 2035. No hay trincheras. No hay columnas de tanques cruzando fronteras. No suena ninguna sirena de alerta por un ataque nuclear. Y, sin embargo, el mundo está en guerra. Una ciudad latinoamericana amanece sin electricidad. Los servidores de una bolsa de valores asiática colapsan en cuestión de segundos. Los satélites de posicionamiento de una potencia occidental comienzan a perder señal de manera inexplicable. En algún lugar del planeta y a través de una red social, un algoritmo diseñado en un laboratorio digital ha logrado que millones de ciudadanos crean, con absoluta convicción, que sus propios gobiernos son el enemigo. La guerra del futuro no se anunciará con disparos o bombardeos. Llegará silenciosa, invisible, envuelta en código indescifrable y narrativa estratégica. La guerra, tal como la conocemos desde Clausewitz, muta de manera irreversible. Y esa mutación será la principal fuerza motriz del reordenamiento geopolítico mundial que culminará, hacia el año 2051, en el fin del orden mundial basado en la competencia estratégica entre dos superpotencias, China y los Estados Unidos y el surgimiento deun orden marcado por la competencia entre múltiples hiperpotencias.

Más allá de Clausewitz 

El coronel Qiao Liang y el general Wang Xiangsui, estrategas del Ejército Popular de Liberación de China, publicaron en 1999 uno de los documentos más proféticos de la estrategia contemporánea: Unrestricted Warfare (Guerra sin Restricciones). Su tesis central es perturbadora por su sencillez: las guerras del futuro no tendrán límites de dominio, de actor ni de método. Todo instrumento disponible —político, económico, tecnológico, y cultural— puede y debe ser empleado como arma efectiva. Veinticinco años después, esa visión se ha profundizado. Martin van Creveld, el gran historiador militar israelí, ya anticipaba en 1991,  en The Transformation of War (La transformación de la guerra) que el Estado moderno estaba perdiendo su monopolio sobre la violencia organizada y que los conflictos del siglo XXI involucrarían cada vez más a actores no estatales, poblaciones civiles y formas de violencia difusas e irregulares. Lo que ni siquiera Van Creveld podía prever con total claridad era la velocidad a la que la tecnología iba a transformar esos conflictos en algo radicalmente nuevo. 

El analista P.W. Singer, coautor junto a August Cole de la novela prospectiva Ghost Fleet (Flota fantasma), ha advertido en múltiples foros que estamos ante la primera gran transición en el carácter de la guerra desde la Revolución Francesa: el paso de una guerra protagonizada por soldados a una guerra protagonizada por máquinas, datos y narrativas. Las tres dimensiones son simultáneas, y esa simultaneidad es precisamente lo que hace tan difícil de comprender —y de contener— el conflicto del futuro. 

La guerra del futuro no se anunciará con disparos o bombardeos. Llegará silenciosa, invisible, envuelta en código indescifrable y narrativa estratégica. La guerra, tal como la conocemos desde Clausewitz, muta de manera irreversible.

Los cinco dominios de la guerra

I. Los dominios clásicos reconfigurados

Los tres dominios tradicionales de la guerra, tierra, mar y aire, no desaparecerán, pero quedarán radicalmente transformados por la tecnología. Los sistemas de armas autónomos —drones de combate de inteligencia artificial, vehículos terrestres no tripulados, submarinos robóticos— reemplazarán progresivamente al soldado humano en las tareas de mayor riesgo. Los analistas de la RAND Corporation han señalado en múltiples estudios que para 2040, entre el 30% y el 50% de las plataformas de combate de las principales potencias serán autónomas o semi-autónomas. Esto no solo transforma la táctica: transforma la ética de la guerra y la responsabilidad jurídica sobre las decisiones letales.El conflicto en Ucrania ha sido un laboratorio a cielo abierto. Por primera vez en la historia, enjambres de drones coordinados por inteligencia artificial han ejecutado ataques de precisión contra infraestructura crítica y blancos militares móviles, con una autonomía operativa sin precedentes. Los expertos del Red Team Défense de la Agencia de Innovación de Defensa francesa han catalogado este conflicto como el primer ejemplo real de guerra multi-dominio integrada del siglo XXI: tierra, aire, ciberespacio y dominio cognitivo operando en perfecta—y aterradora— sincronía.

II. El ciberespacio: el campo de batalla invisible

Si hubiera que señalar un único dominio que define la guerra de la próxima generación, ese sería el ciberespacio. Como señala la investigadora Michèle Flournoy —ex subsecretaria de Defensa de los Estados Unidos y una de las estrategas más influyentes de Washington— el ciberespacio se ha convertido en el primer campo de batalla permanente de la historia: un espacio donde el conflicto nunca termina, donde la paz y la guerra coexisten de manera permanente. Los ataques cibernéticos ya no son meras operaciones de espionaje o robo de datos. Son actos de guerra en zona gris. Un ciberataque coordinado puede colapsar el sistema eléctrico de una nación, paralizarsu sistema bancario, inutilizar sus redes de comunicación y sembrar el caos en su cadena de suministros médicos, todo sin disparar una sola bala. El debate jurídico y estratégico sobre cuándo un ciberataque constituye un "acto de guerra" en los términos del artículo 51 de la Cartade la ONU sigue sin resolución, lo cual es, en sí mismo, una victoria estratégica para quienes operan en esa zona gris. 

Los estrategas de la Academia de Ciencias Militares de China —su máximo centro de pensamiento estratégico— han desarrollado el concepto de "informatización de la guerra": la idea de que el control de la información y de los sistemas que la procesan son más decisivos que elcontrol del territorio. En este marco, la batalla por los semiconductores, los cables submarinos de fibra óptica y los estándares de las redes 6G no es un asunto tecnológico-comercial. Es el nuevo frente de la contienda geopolítica.

III. El espacio: la última frontera militarizada

El espacio exterior ha dejado de ser el dominio de los científicos y los astronautas. Es, hoy, el dominio más estratégico del planeta. Toda la economía global depende de los satélites en órbita: geolocalización, comunicaciones militares y civiles, sistemas financieros, logística detransporte, alertas meteorológicas y de misiles. El que controle el espacio, controlará la guerra.La OTAN reconoció formalmente al espacio como dominio operativo en 2019. Desde entonces, Estados Unidos, China, Rusia, India, Francia y una creciente lista de potencias medianas han desarrollado capacidades antisatélite (ASAT), sistemas de interferencia electromagnética ytecnologías de "co-órbita" capaces de neutralizar satélites enemigos sin destruirlos —simplemente inutilizándolos o saboteando sus funciones—. China, en particular, ha realizado impresionantes avances en lo que los analistas denominan capacidades de "negación espacial": la habilidad de privar al adversario del uso del espacio sin generar el escándalo políticode una destrucción explícita. Tim Marshall, el analista británico de geopolítica, ha señalado que lacarrera espacial del siglo XXI no es una réplica de la de los años sesenta: es una carrera armamentista disfrazada de competencia civil. Las misiones lunares de China, las mega-constelaciones de satélites privados de compañías como SpaceX, y los proyectos de minería de asteroides no son solo hazañas tecnológicas: son movimientos en el tablero estratégico más importante de la historia humana.

El ciberespacio se ha convertido en el primer campo de batalla permanente de la historia: un espacio donde el conflicto nunca termina, donde la paz y la guerra coexisten de manera permanente. Los ataques cibernéticos ya no son meras operaciones de espionaje o robo de datos. Son actos de guerra en zona gris.

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IV. El Dominio Cognitivo: La Guerra por las Mentes.

El dominio más inquietante, y posiblemente el más decisivo, de la guerra futura es el cognitivo. No se trata de propaganda en el sentido clásico. Se trata de algo cualitativamente diferente: la capacidad de penetrar en los procesos de toma de decisiones de individuos, sociedades enteras ylíderes políticos, manipulando su percepción de la realidad de manera tan sutil que la influencia se percibe como pensamiento propio. Los investigadores de la RAND Corporation John Arquilla y David Ronfeldt acuñaron el concepto de netwar (guerra en red) para describir esta nueva modalidad de conflicto: difusa, descentralizada, sin líderes identificables, que penetra en el tejido social a través de plataformas digitales. La inteligencia artificial ha multiplicado exponencialmente las capacidades de esta guerra: los algoritmos de segmentación y los modelos de lenguaje avanzados permiten diseñar mensajes perfectamente calibrados para cada subgrupo poblacional, explotando sus sesgos cognitivos, sus miedos y sus identidadesculturales.

Los analistas del Club Valdai —el principal think tank estratégico ruso, vinculado al Kremlin— han desarrollado extensamente el concepto de "guerra reflexiva": la capacidad de inducir al adversario a tomar las decisiones que uno desea, sin que el adversario perciba la manipulación.En términos prácticos, esto significa que la guerra cognitiva no busca destruir al enemigo sino controlarlo. Y en ese sentido, es la forma de guerra más eficiente y más aterradora que la humanidad ha concebido. La desinformación masiva, los deepfakes de líderes políticos, lascampañas de influencia en redes sociales coordinadas desde centros de operaciones estatales, y la manipulación algorítmica de la opinión pública son ya armas estándar en el arsenal de las grandes potencias. El objetivo es confundir, polarizar y paralizar. Una sociedad incapaz de diferenciar lo real de lo falso es una sociedad a la que le es imposible defender sus intereses colectivos.

 V. La computación cuántica: el cambio de paradigma

Por último, en el horizonte de los próximos quince a veinte años se asoma una tecnología que podría hacer obsoletas todas las arquitecturas de seguridad digital existentes: la computación cuántica. Un ordenador cuántico de suficiente potencia puede romper en cuestión de horas lossistemas de cifrado que hoy protegen las comunicaciones militares, los secretos de Estado, los sistemas bancarios y las infraestructuras críticas de cualquier nación. La carrera por alcanzar la "supremacía cuántica" —la capacidad de resolver problemas que ningún ordenador clásico puede resolver en tiempo razonable— es, en este momento, uno de los grandes frentes ocultos de la competencia estratégica entre China y Estados Unidos. Ambas potencias invierten decenas de miles de millones de dólares anuales en investigación cuántica. China, según los informes más recientes de la comunidad de inteligencia estadounidense, ha logrado avances significativos en comunicaciones cuánticas y distribución cuántica de claves, tecnologías que permitirían comunicaciones absolutamente indescifrables. El escenario que preocupa a los estrategas es el denominado "Q-Day": el día en que una potencia logre un ordenador cuántico suficientementepotente para romper los estándares de cifrado actuales. Ese día, toda la información clasificada del adversario —incluyendo la que ha sido capturada y almacenada durante años— quedará expuesta de golpe. Las implicancias para la seguridad nacional global serían catastróficas.

2051: del orden bipolar al conflicto entre las hiperpotencias

El orden internacional que emerge de este panorama tecnológico y estratégico no será el que los analistas de la primera década del siglo XXI imaginaban. Durante los años 2010 y 2020, el debate dominante giraba en torno a la rivalidad bipolar entre China y Estados Unidos: el nuevo duelo entre superpotencias que rememoraba, con variaciones, la lógica de la Guerra Fría. Pero la realidad geopolítica que se va configurando para mediados del siglo XXI es considerablemente más compleja —y más peligrosa. La tesis que sostengo —y que surge del análisis integrado de los desarrollos tecnológicos, las tendencias demográficas, los desequilibrios económicos y la fragmentación del orden institucional global— es que hacia 2051 no habrá un orden bipolar sino un sistema de múltiples hiperpotencias en competencia estratégica permanente: Estados Unidos,China, India, una Unión Europea con capacidades de defensa autónoma, y posiblemente una confederación de potencias del Sur Global articulada en torno a estructuras como los BRICS ampliados. Este escenario de "multipolaridad conflictiva" no surge de la voluntad política de ningún actor: surge de la lógica inexorable de la difusión tecnológica. Las tecnologías que hoy parecen exclusivas de las grandes potencias —drones avanzados, inteligencia artificial militar, capacidades cibernéticas ofensivas, sistemas antisatélite— serán accesibles para un número creciente de actores estatales y no estatales en los próximos veinticinco años. Como señala el economista y analista Noah Smith, la industrialización acelerada de India, Vietnam, Indonesia y partes de África subsahariana creará nuevas bases de poder económico y, con ellas, nuevas ambiciones estratégicas. En este escenario, la guerra —en sus múltiples formas— será el principal mecanismo de ajuste del orden internacional. No necesariamente una guerra nuclear global —aunque ese riesgo nunca desaparece del horizonte—, sino la guerra en sus formas grises, híbridas, tecnológicas y cognitivas que hemos descrito. Conflictos de baja intensidad pero alta complejidad que irán erosionando las instituciones del orden liberal construido tras 1945, acelerando los realineamientos políticos y económicos y redibujando el mapa de las alianzas globales. El concepto de "guerra multidominio" —elaborado en el campo doctrinal estadounidense y adoptado posteriormente por China, Francia y otros actores— es, en este contexto, más que una categoría táctica: es una descripción del modo en que las hiperpotencias del futuro competirán de manera permanente, en todos los dominios simultáneamente, sin que esa competencia alcance nunca el umbral de la guerra convencional declarada. Una suerte de conflicto crónico, de baja temperatura pero alta intensidad estratégica, que será el estado normal de las relaciones internacionales en la segunda mitad del siglo XXI.

Las tecnologías que hoy parecen exclusivas de las grandes potencias —drones avanzados, inteligencia artificial militar, capacidades cibernéticas ofensivas, sistemas antisatélite— serán accesibles para un número creciente de actores estatales y no estatales en los próximos veinticinco años.

La única guerra que vale la pena ganar

Hay una paradoja profunda en el corazón de todos los análisis sobre la guerra futura: cuanto más sofisticadas se vuelven las armas, más vulnerable se vuelve la civilización que las produce. La interconexión global que hace posible la prosperidad económica y el intercambio cultural es exactamente la misma interconexión que convierte a nuestras sociedades en blancos de una vulnerabilidad sin precedentes históricos. Un ciberataque coordinado sobre las infraestructuras críticas de cualquier país desarrollado no requiere ejércitos: requiere talento, código y paciencia. La computación cuántica podría romper mañana los candados digitales que protegen hoy los secretos de Estado de cualquier nación. Los sistemas de inteligencia artificial ya son capaces de generar información falsa tan convincente que ningún verificador humano puede distinguirlade la verdad. Los enjambres de drones autónomos pueden ejecutar ataques de precisión quirúrgica sin intervención humana en la decisión de matar. Todo esto no es ciencia ficción: es la frontera tecnológica del presente. 

Y, sin embargo, la historia del pensamiento estratégico —de Sun Tzu a Clausewitz, de Kissinger a Van Creveld— nos enseña una lección que ninguna tecnología ha logrado derogar: la guerra es, en última instancia, política continuada por otros medios. Es decir: la guerra es el fracaso dela política. El horizonte de 2051, con su sistema de hiperpotencias en competenciaestratégica permanente, no es un destino inevitable. Es un escenario probable que puede ser modulado, atenuado y —en sus formas más destructivas— prevenido, si los actores relevantes desarrollan la capacidad intelectual y la voluntad política de entender el mundo que se está construyendo. 

La prospectiva y los estudios estratégicos no son disciplinas de élite: son responsabilidades colectivas. Comprender las formas futuras de la guerra no es tarea exclusiva de los generales y los cancilleres. Es una tarea de los ciudadanos, los periodistas, los académicos, los empresariosy los líderes políticos de todas las sociedades que aspiran a tener voz propia en el orden mundial que viene. Porque la única guerra que verdaderamente vale la pena ganar es la que se evita. Y esa guerra se gana, antes que en ningún otro campo de batalla, en el campo de los escenarios futuros.

La prospectiva y los estudios estratégicos no son disciplinas de élite: son responsabilidades colectivas. Comprender las formas futuras de la guerra no es tarea exclusiva de los generales y los cancilleres.