Cuatro futuros comestibles

El desarrollo acelerado de la biotecnología hoy nos brinda artefactos como sushi con células de popstars, golosinas que son fármacos o bioproductos open source que pueden garantizar la igualdad sanitaria o no. Pero ninguna de esas tendencias nos dice qué va a pasar después de cierto umbral disruptivo, cuando muchas de las cosas que hoy fabricamos sean cultivadas. La prospectiva está para unir esos puntos partiendo de los artefactos posibles hasta la dispersión de futuros al límite de lo verosímil. Y orientarse a los preferibles.

por Juan Manuel Garrido y Pablo A. González

Rihanna Rolls

Abril de 2031. Ya consolidada como una de las figuras empresariales más importantes del siglo XXI y después de convertirse en billonaria gracias a una carrera que migra entre el espectáculo, la cosmética y la lencería, Rihanna anuncia su nueva iniciativa. La campaña aparece primero como rumor: una filtración en TikTok, un video de ocho segundos donde se ven las manos hábiles de un experimentado sushiman, una barra de cocina impecable y un logo de Fenty que parece diseñado por una inteligencia artificial entrenada con escenas de anime de los años 90, indumentaria de idols de finales del siglo pasado y carteles de neón de Shibuya. Después llega el comunicado oficial: Fenty Foods anuncia una alianza con Ajinomoto, el gigante transnacional de productos alimenticios, para presentar su primera colaboración de escala global: Rihanna Rolls, una pieza de sushi de Rihanna. El slogan es perfecto, obsceno, inevitable para el equipo de marketing: Time to eat the rich.

El sushi es de Rihanna, pero no está inspirado en Rihanna. No funciona por tener su cara impresa en el envoltorio ni una salsa con su nombre inspirada en su Barbados natal. Es, eso sí, literalmente sushi de Rihanna. La pieza fue creada a partir de una biopsia mínima, un linaje celular estabilizado, una planta de cultivo de células de mamífero y una licencia comercial impenetrable. Es el fruto de una tecnología, pero, más que nada, del trabajo trasnochado de un ejército legal por proteger una marca global. El material original son las células de la cantante. Tejido humano cultivado (multiplicado, ordenado en capas, diferenciado, texturizado y servido). Tejido de humano de celebridad. Una opción para elites que buscan seguir persiguiendo fetiches ya clásicos, pero sin soportar la mirada reprobatoria de las masas. Una forma superadora de canibalismo vegano. Sin matadero, ni animal explotado, ni muerte organizada como infraestructura productiva. Pero sí protegiendo al producto y su propuesta de valor. La carta del restaurante de primer nivel que lo ofrece no dice “proteína cultivada sabor humano”. Dice Rihanna. Dice tejido. Dice muslo. Es un plato ganador, que tiene deseo, fandom, propiedad intelectual y tabú en un mismo bocado, audaz, delicadísimo.

La discusión en redes sociales es total y, con ella, el éxito. Tanto que luego de meses de discusión en la agenda pública Tyson Foods, el gigante occidental, reacciona. Y lo hace a su manera: Tyson x Zac Efron.

High School Nuggets

Si el nigiri de Rihanna es tejido complejo para ricos, el nugget de Efron es carne picada para masas nostálgicas. Para el mercado masivo estadounidense hace falta una celebridad más procesable: alguien que todavía puedan reconocer, que todavía puedan querer, todavía internacional, pero desplazado del centro de la industria. Afortunadamente para Tyson, Zac Efron ya no es el que era: no está en su peak moment de Disney, ni tiene aquel cuerpo imposible de cuando todavía no habíamos domesticado los anabólicos, y su mandíbula ya ha abandonado el debate público. Es un Zac Efron posterior. Después de una serie de películas medianas, algunos divorcios inconvenientes, una marca de suplementos dietarios fallida y un acuerdo financiero opaco, Efron vende los derechos de explotación de una línea celular propia. Su abogado le repite que no es desesperación sino estrategia patrimonial. Una forma de relanzar su marca, de rediseñar la relación (y categoría de consumo) entre él y su audiencia. Y para eso, el nugget es el producto perfecto: no pide solemnidad, se come con la mano, con salsa, distraído, viendo otra cosa. Es carne procesada hasta convertirla en un consumo casi infantil. Por eso funciona tan bien con Zac Efron: el cuerpo que durante años fue imagen aspiracional, ahora se vuelve porción, snack nostálgico, deseo millennial congelado en cajas de doce unidades. La campaña dice: A bite of your first love.

La noticia dura tres días en redes. Al principio hay indignación. Algunos hablan de canibalismo aspiracional. Otros explican que, técnicamente, nadie se está comiendo ni a Rihanna ni a Efron, porque ambos siguen vivos, enteros, dueños de los derechos y probablemente mirando los reportes de ventas desde una casa con vista al océano, aunque la de Rihanna sea más grande. Mientras tanto, los abogados discuten propiedad intelectual. Los nutricionistas discuten aminoácidos. Los teólogos discuten si una célula cultivada conserva estatuto moral. Los influencers hacen unboxing. Un crítico cultural escribe sesudos análisis sobre cómo el capitalismo acaba de metabolizar la consigna eat the rich —”la masticó, la vació de significado y la regurgitó a la sociedad como tantas otras veces”, reza el artículo—. Otro le responde que lo baitearon, un antiguo término para referir a la generación de agenda, que parece volver, quién sabe si como parodia, sátira o simple optimización algorítmica. Otro habla de tecnocanibalismo. Después no pasa más nada.

Septiembre de 2032. Alguien, en algún lugar de los Estados Unidos, elige un balde XXXL lleno de nuggets sin saber quién es Zac Efron. Simplemente es la oferta más barata del menú.

Es, eso sí, literalmente sushi de Rihanna. La pieza fue creada a partir de una biopsia mínima, un linaje celular estabilizado, una planta de cultivo de células de mamífero y una licencia comercial impenetrable.

El horizonte de eventos

La prospectiva suele ser tratada como una forma elegante de adivinación. Un tarot con gráficos, una astrología para consultores. Pero puede también tratarse de algo bastante más seco y metódico: una observación sistemática de tendencias acompañada de la pregunta de qué cosas se vuelven posibles a medida que cruzamos algunos umbrales críticos. Esos umbrales críticos suelen ser puntos de quiebre entre el pasado y el futuro. 

A comienzos del siglo XX, una persona sensata preocupada por el futuro del transporte podía imaginar nuevas cruzas de caballos, mejores herraduras y establos más eficientes. Podía estimar el número de caballos proyectando tasas de crecimiento y así estimar la demanda de avena. Podía hacer de todo, menos imaginar el auto. De hecho,  Henry Ford decía que si le hubiera preguntado a la gente qué quería, habría recibido una respuesta simple: caballos más rápidos. La frase muy probablemente sea apócrifa, pero no se le puede negar la verosimilitud. El futuro del transporte simplemente no estaba contenido en el caballo. La fábrica, la ruta, la estación de servicio, el suburbio, el semáforo, el choque, la publicidad automotriz, la geopolítica del petróleo, la guía michelin, el crédito prendario y el imaginario de libertad individual no salen de imaginar caballos futuristas. Salen de una reorganización completa del sistema. De una disrupción. De un punto y aparte. 

Pudimos pensar en el futuro del caballo de manera relativamente sencilla, mirando un par de pasos por delante en el camino, durante unos 6000 años. Pero cualquiera que haya querido pensar en el futuro del caballo en 1910 se encontró por delante con un horizonte de eventos imposible, producto de fuerzas que ya estaban en movimiento desde 1890. En el siglo XXI no tenemos el problema de ese hombre porque no tenemos que pensar el futuro de los autos —con un poco de suerte, habrá que pensarles un obituario—, pero tenemos un problema parecido. Lo que nos toca pensar 100 años después es la disrupción de los sistemas productivos por una nueva generación de biotecnología. La revancha del caballo por otros medios.

Pensarlas para orientarlas, no pensarlas para que ocurran. Van a ocurrir de todos modos. Estamos ante un puñado de patrones tecno productivos y económicos que llevan dos décadas y no necesitan más que seguir como vienen. Con la misma sensación implacable con la que la Ley de Moore vio venir el futuro de múltiples disrupciones digitales, existen hoy por lo menos tres grandes y sostenidas tendencias en biotecnología que dibujan futuros drásticamente distintos del presente: 1) el costo de secuenciar un genoma —que empezó en decenas de millones de dólares, mejora todos los años y ya cruzó la barrera de los 100 USD—, 2) la capacidad de simular computacionalmente bioproductos y bioprocesos —incluido un Nobel para el creador de AlphaFold— y 3) la capacidad de darle materialidad concreta a esos productos usando una nueva generación de técnicas de biomanufactura —que también se hacen más precisas, escalables y baratas todos los años desde hace décadas—. Claro que ninguna de esas tendencias nos dice qué pasa después del horizonte de eventos, ese día en el que leer, computar y convertir información biológica en capacidad material se vuelva un proceso drásticamente ágil, escalable y barato. El día en el que finalmente la biotecnología conquiste el mainstream productivo. La única garantía que tenemos es que ese futuro —en el que muchas de las cosas que hoy fabricamos serán cultivadas—, lucirá radicalmente distinto del presente. 

Pero las curvas de costos son solo una parte de la historia. Para entender qué futuros se configuran a partir de esa disrupción hace falta mirar otro tipo de evidencia: cómo cambia el comportamiento de las personas, qué eligen y dejan de elegir, qué regulaciones aparecen y cuáles se frenan, quién hace lobby para que el cambio no llegue y quién para que llegue más rápido. Porque la tecnología hace que ciertos futuros sean factibles, pero es la cultura quien los adopta o rechaza. El paisaje cultural interactúa con el régimen tecnoproductivo, y ese diálogo es tan determinante como cualquier curva de costos.

Algunos hablan de canibalismo aspiracional, técnicamente, nadie se está comiendo ni a Rihanna ni a Efron, porque ambos siguen vivos, enteros, dueños de los derechos y probablemente mirando los reportes de ventas desde una casa con vista al océano, aunque la de Rihanna sea más grande. Mientras tanto, los abogados discuten propiedad intelectual.

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Para leer ese diálogo hace falta desarrollar sensibilidad a lo que en las disciplinas formales de prospectivas llamamos señales: síntomas débiles, eventos aparentemente anecdóticos, que apuntan a algo más profundo. Como quien siente las primeras gotas antes de la tormenta, hoy mismo vemos el chisporroteo de un extraño porvenir cuando MrBeast se filma comiendo pollo cultivado a partir de células animales a modo de desafío Pepsi, o cuando nuestra versión autóctona, el Laucha de Locos por el Asado, promueve ganadería regenerativa y dice "feedlot, vamos por vos",  o cuando la startup Colossal Biosciences levanta ronda tras ronda de inversión con la promesa de resucitar especies extintas. El mercado de productos con proteína agregada no para de crecer, restaurantes en Silicon Valley ofrecen salmón cultivado en fermentadores y sus chefs celebran que no tienen espinas ni escamas. Señales. Señales everywhere. 

Pero las señales no alcanzan. Recién cuando las juntamos, aparece una línea donde antes había sólo puntos sueltos, y empiezan a formarse tendencias. Tendencias blandas, más parecidas a sentir olor a lluvia que a extrapolar una curva para la Ley de Moore, pero siendo el futuro así de turbulento, trabajás con la heurística que conseguís.

Eso requiere capacidad de síntesis: ver el patrón, rastrear su lógica interna, imaginar su trayectoria. El resultado no es una predicción sino algo más parecido a incertidumbre domesticada: un mapa provisional de futuros posibles, con sus territorios, sus umbrales y centros de gravedad. Sobre ese espacio trabajan algunas disciplinas hijas de la prospectiva: el diseño especulativo, el design fiction, el diseño de futuros. Estas prácticas no se quedan en el mapa. Viajan a un punto específico, a un futuro concreto, y traen de vuelta al presente un souvenir. Un objeto profano que puede ser una imagen, una escena o un producto que todavía no existe: un artefacto. 

Artefactos del futuro

El sushi de Rihanna, el nugget de Zac Efron son artefactos: objetos ficticios con infraestructura real, o por lo menos altamente verosímil, detrás. No predicen futuros específicos, sino más bien funcionan como sondas. Los tiramos hacia adelante para ver qué iluminan: nuevos modelos de negocio, conflictos regulatorios, desigualdades nuevas, deseos latentes, formas de captura, derechos que todavía no tienen nombre. El sushi de Rihanna es casi conservador porque opera en la continuidad de múltiples tendencias del presente, es el futuro más probable, que incluye además de la tecnología que lo habilita, creatividad corporativa en la explotación de la propiedad intelectual, intensificación de la celebridad, espiralización del fandom, gastronomía super premium, nutrición basada en humanos para las elites. Si antes comprabas la remera, el perfume, el labial, la entrada, la colaboración con una marca deportiva, ahora comprás una lámina de tejido simbólico sobre arroz avinagrado. Lo único que cambió fue la tecnología, y ni siquiera cambió tanto. Solo siguió el curso actual de mejora. El escenario probable, entonces, no es que nada cambie. Eso es apenas una fantasía quietista. 

Con los nuggets de Zac Efron, es la misma lógica, pero con otra textura cultural y otro momento de la carrera de la celebridad involucrada. Efron es un mercado secundario: la fama que ya no alcanza para organizar el presente, pero todavía sirve como materia prima picada, empanada y masiva. En esta versión del futuro, Zac Efron vende derechos celulares como otros artistas venden su catálogo musical. La operación es presentada como expansión de marca, pero tiene olor a refinanciación de hipoteca de casa en la playa. No es caída absoluta sino algo más contemporáneo: una celebridad suficientemente viva para seguir monetizando, suficientemente gastada para aceptar que su cuerpo circule en formato crispy. Sorprendentemente, la tecnología, de nuevo, no cambió tanto. Solo siguió el curso actual de mejora.

Puestos a lanzar sondas, no hay ninguna razón para quedarnos en el Norte Global. De hecho, dado que nuestros artefactos son resultados de avances biotecnológicos, tenemos casi la obligación de pensar qué podría estar ocurriendo —al mismo tiempo o en otra dimensión— en Latinoamérica. Clavadas ya dos estacas en el fango del futuro, imaginemos (especulemos, propongamos, infiramos) al menos la existencia de dos artefactos más. 

Para entender qué futuros se configuran a partir de esa disrupción hace falta mirar otro tipo de evidencia: cómo cambia el comportamiento de las personas, qué eligen y dejan de elegir, qué regulaciones aparecen y cuáles se frenan, quién hace lobby para que el cambio no llegue y quién para que llegue más rápido. Porque la tecnología hace que ciertos futuros sean factibles, pero es la cultura quien los adopta o rechaza.

Fort Prime

El tercer artefacto que traemos para pensar es la barrita Fort Prime. Subvirtiendo la entendible expectativa, no nace en Miami sino en el barrio de Almagro, luego de que Amazon finalmente comprara FelFort, la gigante argentina de alimentos, que empezó vendiendo chocolates y golosinas para evolucionar eventualmente en barritas de cereal, proteína y promesas de rendimiento para dietéticas, gimnasios, kioscos y estaciones de servicio. La adquisición se anuncia como una apuesta regional de bienestar accesible. La nueva iniciativa Amazon x FelFort intenta imitar a Tyson x Efron en la superficie: nostalgia comestible, deseo degradado y cultura pop convertida en proteína, aunque contiene un corazón mucho más ambicioso. Porque la barrita parece una barrita de cereal común pero, a diferencia de las propuestas anteriores, no te propone comerte al Comandante: te propone ser el Comandante. Pectorales definidos, cabello grueso, voz grave. No importa tu genética o tu modo de vida. No importa que comas mal, duermas poco y trabajes 14 horas. El futuro ya llegó.

Packaging naranja, tipografía deportiva, claims de energía limpia, recuperación profunda y foco sostenido. Está al lado de los alfajores, abajo de las botellitas de agua y cerca de la caja, pero en blisters de siete unidades. Cada barrita contiene una combinación de péptidos bioactivos tercera generación de Ozempic, proteínas de fermentación de precisión, prebióticos específicos, estimulantes suaves y una matriz molecular cuidadosamente diseñada para modular inflamación, saciedad, reparación de tejidos y síntesis muscular. Ajustada con precisión tanto para repartidores que necesitan rendir físicamente como para oficinistas que pasan el día etiquetando bases de datos para nuevos modelos de inteligencia artificial y también quieren lucir como si rindieran físicamente.

Lo único que sí tenés que tener en cuenta como usuario es asegurarte de comprar un paquete por semana, porque para mantener los efectos hay que sostener el tratamiento, aunque también podés suscribirte y listo, te llegan a tu casa. Es más, la misma suscripción a Amazon Fort Prime Plus te hace precio si te suscribís anualmente. Esa es su promesa local. No maximizar el cuerpo como lujo californiano, sino sostenerlo como infraestructura precaria: entrenar después de trabajar diez horas, rendir con poco sueño, estudiar con hambre y llegar a la noche con algo parecido a energía. La disrupción tecnológica no entra únicamente por el laboratorio de alta complejidad. También entra por el mostrador del kiosco.

Pero este tercer artefacto hace una cosa más interesante que los anteriores. La barrita Fort Prime vive en una frontera regulatoria inestable. ¿Es alimento? ¿Es suplemento? ¿Es fármaco? ¿Es doping? ¿Es bienestar? ¿Es medicina preventiva? ¿Quién la puede vender? ¿Quién la controla? ¿Qué pasa si no funciona? ¿Qué pasa si funciona mucho? Y en un modelo de negocios también híbrido, entre compra impulsiva, alta médica y membresía de videoclub. Donde antes existía la oferta de viandas, suscripción a gimnasio, consulta regular con nutricionista y suscripción a gimnasio, la barrita comprime todo en un paquete comestible unificado y un Body as a Service.

Durante buena parte de la modernidad industrial, alimentos, medicamentos, cosméticos y servicios médicos ocuparon estantes separados. Imaginar este artefacto es prever un futuro en el que esa separación empieza a fracturarse. La comida quiere volverse farmacología de precisión que se compra en el kiosko. Este tercer artefacto se mueve en una zona anfibia, pegoteada. ¿Qué pasa cuando las industrias como las pensamos se rompen? ¿Cómo es un futuro donde alimentación, medicina y farmacología se hibridan? ¿La obra social me tiene que cubrir el tratamiento sostenido para lucir unos tremendos abdominales? 

Contrario a lo previsto, parece haber un desplazamiento tal vez hasta más interesante en una suscripción para barrita de cereal con suplementos que en el escalamiento industrial del canibalismo, y probablemente esto sirva para pensar una última forma de disrupción.

Durante buena parte de la modernidad industrial, alimentos, medicamentos, cosméticos y servicios médicos ocuparon estantes separados. Imaginar este artefacto es prever un futuro en el que esa separación empieza a fracturarse. La comida quiere volverse farmacología de precisión que se compra en el kiosko.

Dose Viva

No se lanza ni en Tokio ni en Houston. No tiene campaña global. No viene en una caja negra ni en una cápsula de diseño. Está en una heladera blanca, al fondo de una salita pública, en una ciudad mediana de Brasil. En envases similares, plásticos, con tapita de aluminio que se arranca como cualquier yogur. Cada una rotulada cuidadosamente con un nombre y fecha de vencimiento. Dose Viva es una combinación precisa de bioproductos de alta calidad: péptidos, estimulantes inmunes, probióticos específicos, microbiomas ajustados a la medida de cada persona. Medicina personalizada para las masas. Esa misma medicina personalizada que había sido emblema durante años del cuidado de la salud de las elites (sofisticada, urbana, asegurada, inaccesible para grandes mayorías) ahora es parte de un plan médico universal. Lo único que hizo falta fue replantear completamente el sistema de propiedad intelectual. ¿Cuánto dura una patente bio? ¿Si sintetizo una proteína 100% nueva usando un modelo de computación biológica, de quién es la propiedad intelectual? Dado que los modelos de proteínas se entrenaron con bases públicas, ¿quién puede apropiar sus resultados? ¿Cuál es el equilibrio preciso de protección intelectual que permite que haya innovación sin generar barreras eternas por manipulación legal del sistema de protección de IP?

En este escenario, lo que tenemos es una política industrial y sanitaria que se apalanca exactamente en las mismas tecnologías de las que dependen los tres artefactos anteriores, logra producirlos a menor costo, integrarlos a la atención primaria y convertirlos en parte de una canasta pública de salud.

La escena no se siente futurista. Una persona espera sentada en una silla de plástico. Una enfermera revisa una planilla. Alguien abre una heladera. El recipiente pasa de una cadena de frío a una mano. Nadie dice “disrupción tecnológica ”o “plataforma de manufactura avanzada”. Y sin embargo, ahí hay un futuro más extraño que el sushi de Rihanna. Porque lo que sí hubo que disrumpir, disputar, tensionar, para que existiese este artefacto es el sistema de propiedad intelectual, el layer institucional. Una cosa es imaginar ricos pagando por comerse tejido humano delicado en un omakase de canibalismo vegano. Otra, bastante más difícil, es imaginar un Estado capaz de convertir tecnología de frontera en infraestructura cotidiana para el pueblo tensionando a grandes monopolios internacionales. Tan poco futurista se siente la imagen que Allende lo quiso hacer en los 70 con una leche en polvo de alta calidad.

El poder a la imaginación

En La Máquina Ingobernable, Alejandro Galliano describe saltos cualitativos (uno diría disrupciones) en la historia del capitalismo entendido como sistema tecnoproductivo y social amplio, y separa la matriz civilizatoria en cuatro capas: las tecnologías, los modelos de negocio, las instituciones y las hegemonías. Esa perspectiva sirve para pensar cómo nuestros cuatro artefactos prospectivos operan de maneras totalmente distintas.

Los dos primeros son, aún con sus tensiones y las drásticas sensaciones que pueden producir, fruto de disrupciones tecnológicas. Con canibalismo y todo, lo que cambia es apenas un uso de tecnología. La barrita Fort Prime, en cambio, empieza a proponer otra operación, tal vez más productiva para imaginar futuros posibles, porque ya no es solamente una forma nueva de hacer un producto conocido, sino un producto que desestabiliza lo que pensamos que un producto o una industria puede ser. La medicina de precisión pública y open source es pura imaginación de frontera. Para que exista, la disrupción tiene que exceder la imaginación tecnológica, porque con tecnología no alcanza. Otras preguntas se imponen: ¿quién paga por el medicamento? ¿Cómo hicieron con la propiedad intelectual? ¿Quién lo produce, distribuye y aprueba? ¿Qué pasa con el sistema de innovación si cambia el sistema de propiedad intelectual?

Una cosa es imaginar ricos pagando por comerse tejido humano delicado en un omakase de canibalismo vegano. Otra, bastante más difícil, es imaginar un Estado capaz de convertir tecnología de frontera en infraestructura cotidiana para el pueblo tensionando a grandes monopolios internacionales.

Por supuesto que vamos a pasar por la idea de Mark Fisher: es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, aunque tal vez en este caso sea más apropiado decir que es más fácil imaginar sushi de Rihanna que una persona humilde accediendo a tecnologías de salud de frontera sin endeudarse con una app financiera. Mientras nuestra imaginación técnica atraviesa momentos exuberantes, nuestra imaginación institucional está flaca. Es cotidiano imaginar cuerpos aumentados, alimentos cultivados, inteligencias artificiales ubicuas, ciudades sensorizadas, longevidad radical, órganos impresos, avatares digitales, y materiales vivos, pero nos cuesta horrores imaginar sistemas de propiedad, crédito, salud, trabajo, cuidado, soberanía y distribución capaces de aprovechar esas nuevas capacidades tecnológicas sin convertirlas en una nueva capa de dependencia.

Tan importante es pensar y diseñar futuros que empresas de defensa, plataformas de datos y tecnólogos imperiales pasan los días entre visiones y manifiestos que convierten incertidumbre en imaginación desatada. Y, tal vez lo más interesante, están dejando progresivamente de hablar de tecnología. OpenAl habla de Ingreso Básico Universal. Palantir, de República Tecnológica. Anthropic, de geopolítica. Todos ellos hacen prospectiva, la hacen puertas adentro y rara vez comparten los futuros posibles que ven. Lo que seguro podemos ver son las acciones presentes que toman para navegar hacia los que más les gustan. Y esas acciones casi siempre exceden la capa en la que trabajan (la tecnológica), sino que dedican gran parte de su imaginación y discurso a prefigurar los que quieren que sean los efectos de segundo y tercer orden de sus desarrollos técnicos: las repercusiones y necesidades institucionales, sociales y políticas que se devienen de ellos.

Visiones de futuro, entonces, sobran. Por lo menos versiones parecidas entre sí. El problema está en la disputa sobre cuáles visiones consiguen infraestructura. Quién convierte el sueño en fierros.

La prospectiva nos sirve para proyectar un cono de futuros. Uno centro hecho de los más probables, muchos posibles, llegando al límite de lo verosímil y, en algún punto de toda esa dispersión, algunos preferibles. En esos múltiples futuros habitan los artefactos, que no tienen que ver con predecir sino con prever para dirigir: intervenir en el presente para navegar hacia lo preferible. 

Es, por eso, también algo hipersticiosa: ciertas imágenes del futuro, si circulan con suficiente fuerza, empiezan a organizar recursos, deseos, amores y miedos, regulaciones, inversiones y carreras profesionales. Un futuro contado a tiempo puede volverse plan, después presupuesto, después institución, eventualmente sentido común.

El sushi de Rihanna parece un chiste, pero permite preguntar quién posee una célula, quién licencia un cuerpo, quién captura el valor simbólico de la biología, qué formas de consumo aparecen cuando la identidad se vuelve cultivable. La barrita Fort Prime permite preguntar quién regula los objetos híbridos que cruzan comida, fármaco, optimización y supervivencia cotidiana cuando las promesas globales se vuelven baratas, locales y masivas. Los bioproductos open source como Dose Viva permiten preguntar si la biotecnología será únicamente medicina premium o también infraestructura de igualdad.

La prospectiva sirve cuando agranda el campo de disputa. Para extender el cono de futuro desde el margen angosto hacia el que nos dicen que vamos y poder disputar el horizonte completo de futuros hacia los que podríamos ir. No alcanza con mirar curvas tecnológicas. Eso, extrañamente, parece ser más predecible que otras cosas. Quién puede capturar la propiedad intelectual. Quién define estándares. Quién regula temprano y quién tarde. Quién construye infraestructura. Quién accede a ella. Quién queda reducido a proveedor de insumos, datos, pacientes, litio, soja, talento barato o mercados de prueba.

Para las periferias, la prospectiva importa porque permite construir temprano retazos de distopías y utopías que nos sirvan para pensar hoy cómo evitarlas o concretarlas. Imaginar futuros no resuelve nada por sí mismo. Pero la ausencia de imaginación entrega el tablero.

La prospectiva nos sirve para proyectar un cono de futuros. Uno centro hecho de los más probables, muchos posibles, llegando al límite de lo verosímil y, en algún punto de toda esa dispersión, algunos preferibles. En esos múltiples futuros habitan los artefactos, que no tienen que ver con predecir sino con prever para dirigir.