China, Estados Unidos y el sueño de atrapar la Luna
La nueva carrera espacial para volver a la Luna tiene dos diferencias fundamentales con la pasada competencia entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. La contienda actual entre Estados Unidos y China está marcada por una lucha, concreta antes que simbólica, por territorio y recursos lunares. Además, excluye de plano cualquier posibilidad de cooperación entre los dos rivales. Un contraste notorio con la competencia soviético-estadounidense, que no contemplaba planes de ocupación -ni explotación- del cuerpo celeste y contenía, desde su origen, el afán de cooperar y de usar el espacio como una posible vía de acercamiento.
por Aurelio Tomás
La Luna rodando por Shaoshan
El 25 de diciembre de 2021, el director de la Administración Nacional Espacial China (CNSA, por sus siglas en inglés), Zhang Kejian, presidió una ceremonia en la que se inauguró una instalación dedicada a conservar material de respaldo de las muestras lunares que trajo a la Tierra la misión Chang’e 5, tras una peripecia cislunar de 23 días. La instalación se construyó en Shaoshan, Hunan, en el centro de China, lugar de nacimiento de Mao Zedong. En declaraciones a la agencia Xinhua, Zhang dijo que el objetivo de la instalación era honrar las “contribuciones [de Mao] a la nación china y a los pueblos del mundo” y remarcar que su patria había cumplido “su largamente acariciado sueño de llegar a la Luna”. Fue un acto de fuerte carga simbólica, que buscó vincular al primer gran líder del Partido Comunista de China con la empresa espacial contemporánea.
Durante la ceremonia, se recordaron los versos de un poema de Mao frecuentemente citados como un presagio del destino selenita del Reino del Medio: “Se puede subir al Noveno Cielo a atrapar la Luna y bajar a los Cinco Mares a atrapar tortugas”. Esta frase, incluida en su poema “Volviendo a subir a Jinggangshan” (1965), compuesto en vísperas de la Revolución Cultural, es una de las pocas menciones a la Luna que aparecen en la obra del Gran Timonel. Y, muy probablemente, tiene más que ver con la consigna marxista “tomar el cielo por asalto” que con la exploración espacial. A diferencia de los líderes soviéticos, que celebraron, no sin frustración, la llegada del hombre al vecino de la Tierra, Mao evitó cualquier mención al alunizaje norteamericano, todas sus energías estaban dedicadas entonces a la convulsa revuelta interna.
En contraste, Mao sí había celebrado el lanzamiento del primer satélite por parte de su aliada, la Unión Soviética, en 1957. Más aún, en aquella época fijó el objetivo de lanzar un satélite propio como parte integral de un ambicioso programa de desarrollo nuclear y espacial, que consideraba fundamental para posicionar a China como una nueva superpotencia mundial. Satélites, misiles intercontinentales y bombas termonucleares eran, para Mao, la tríada que marcaría el ascenso definitivo de la principal nación asiática. En este sentido, es justo vincular su figura con los planes lunares de quien parece erguirse como su principal continuador, en términos de ambiciones nacionales y personales: Xi Jinping.
En el XV Plan Quinquenal, el gobierno chino estableció una serie de directivas para dar continuidad a los logros de las misiones robóticas Chang’e: “Estudiar y ejecutar la segunda fase del programa de exploración planetaria, el programa de defensa contra asteroides cercanos a la Tierra y el programa de exploración de los confines del sistema solar. Desarrollar un cohete pesado reutilizable. Estudiar la construcción de la Estación Internacional de Investigación Lunar y ejecutar el programa de exploración lunar”. Aunque el plan no menciona a los Estados Unidos, cada uno de estos proyectos es un desafío al liderazgo espacial de la Tierra del Tío Sam.
China busca igualar la capacidad de reutilización de cohetes que Estados Unidos alcanzó de la mano de un actor privado, la SpaceX de Elon Musk. También aspira a llegar antes a la Luna, para ocupar un lugar privilegiado en los bordes de los cráteres del polo sur, zonas que reciben luz solar y tienen acceso directo a las reservas de agua, confirmadas por varias misiones internacionales, incluidas las de la propia China. El agua le permitiría construir, en asociación con Rusia y otros países aliados, una base permanente, la denominada Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS, por sus siglas en inglés), que contaría con la provisión de energía de un reactor nuclear, fundamental para los sistemas de soporte de vida y la extracción del preciado recurso desde los cráteres profundos que permitieron su conservación en forma de hielo. La hoja de ruta de este plan prevé que la ILRS esté operativa hacia 2036, pero, para lograrlo, la ocupación de la Luna debería comenzar mucho antes, e incluiría la llegada del primer taikonauta antes de 2030.
China aspira a llegar antes a la Luna, para ocupar un lugar privilegiado en los bordes de los cráteres del polo sur, zonas que reciben luz solar y tienen acceso directo a las reservas de agua, confirmadas por varias misiones internacionales, incluidas las de la propia China.
Vienen por el agua
“Vienen por el agua”, podría decir con razón un hipotético político selenita, al repasar los planes de las dos superpotencias de la nueva Guerra Fría. Este recurso, tan común en la Tierra, y necesario para una presencia continua, cumple también otra función relevante: si la disponibilidad de agua es suficiente y se logran instalar plantas nucleares en la superficie, se abre la posibilidad de crear una estación de servicio espacial que, a través de la electrólisis, separe el hidrógeno del oxígeno. Para utilizarlos, una vez separados, como combustible de misiones al espacio profundo, desde Marte hasta las lunas de Júpiter, que cuentan con reservas casi ilimitadas de agua y que, muchos creen, podrían esconder bajo una espesa capa de hielo otras formas de vida.
Con el futuro de la exploración espacial en juego, el gobierno de Donald Trump decidió acelerar sus planes para responder al desafío chino. El programa Artemisa, bautizado con el nombre de la hermana de Apolo, ya logró un vuelo circumlunar tripulado con la misión Artemisa II, el pasado abril, y busca concretar un alunizaje en 2028, para repetir la hazaña soñada por Kennedy. El objetivo último de este programa es también instalarse al borde de los principales cráteres de la región austral de la Luna, con la vista puesta en el mismo recurso. El vecino gris de la Tierra tiene, para la actual administración, un rol central en la estrategia para “asegurar la superioridad espacial norteamericana”, un objetivo consagrado en la orden ejecutiva homónima que Trump firmó en diciembre pasado.
En su primera sección, esta norma resume el espíritu que la moviliza: “La superioridad en el espacio es una medida de la visión y la fuerza de voluntad nacionales, y las tecnologías que los estadounidenses desarrollan para alcanzarla contribuyen sustancialmente a la fuerza, seguridad y prosperidad de la nación. Por lo tanto, Estados Unidos debe aplicar una política espacial que amplíe el alcance del descubrimiento humano, asegure los intereses económicos y de seguridad vitales de la nación, dé rienda suelta al desarrollo comercial y siente las bases para una nueva era espacial.”
La batalla por el Noveno Cielo
Durante la primera Guerra Fría, la Luna fue un trofeo antes que un territorio en disputa. La carrera espacial y el objetivo de posar la primera huella humana en el suelo lunar eran, antes que un fin en sí mismo, metas simbólicas para zanjar una disputa terrenal: el territorio que estaba en juego no era el campo minado de cráteres del único satélite natural de la Tierra, sino el corazón de los pueblos que se debatían entre el modelo capitalista y el socialismo realmente existente.
Las superpotencias jugaban al juego de la pelea espacial para evitar otras disputas, tan mundanas como potencialmente apocalípticas. También encontraban en esta misión, inherente al espíritu de la curiosidad y del afán humano de explorar, un objetivo paralelo más loable, que servía para legitimar inversiones multimillonarias en cohetería, que tenía como fin principal el desarrollo de sistemas para llevar al territorio enemigo la destrucción sin límites de la bomba termonuclear.
Más allá de las historias de ciencia ficción, que ya imaginaban una Luna colonizada por el hombre, en las décadas de 1950, 1960 y 1970, durante las cuales se desarrolló la carrera espacial, ni la tecnología ni el conocimiento -ni el discurso- fueron capaces de dar un sentido práctico de largo alcance a la ocupación de la Luna.
Por eso el prodigio de las misiones Apolo no encontró en aquel entonces justificativos para dar continuidad a la presencia de homínidos en el territorio lunar. Y, en consecuencia, la carrera espacial se replegó nuevamente hacia la Tierra y su órbita cercana, con los transbordadores espaciales (el Space Transportation System, más conocido como Space Shuttle, y su contracara, el fallido sistema Energía-Burán) y las estaciones orbitales Skylab y Mir.
A partir de ese momento, las potencias espaciales delegaron en los robots y las sondas la responsabilidad de continuar la exploración del espacio profundo. Se admitía así que la empresa fantástica que constituyó un pequeño paso para el hombre, y un gran paso para la humanidad, había cumplido su terrenal objetivo de prestigio. Tenía, además, un costo desproporcionado que llevó el presupuesto de la NASA a poco menos de un 5% del gasto federal de los Estados Unidos.
Durante la primera Guerra Fría, la Luna fue un trofeo antes que un territorio en disputa. La carrera espacial y el objetivo de posar la primera huella humana en el suelo lunar eran, antes que un fin en sí mismo, metas simbólicas para zanjar una disputa terrenal.

Pocos lugares para estacionar
Durante la primera Guerra Fría, la Luna fue una medalla y su exploración, una meta científico-técnica que se proyectaba sobre las relaciones de poder en la Tierra. En la nueva iteración de la competencia global, en cambio, aparece como un territorio en pugna y, en el extremo, como una posible zona de conflicto que demandaría algo así como una Conferencia de Berlín lunar.
La analogía no es forzada: al explicar por qué la NASA apunta al polo sur, el administrador Jared Isaacman recurrió a una comparación que evoca, aunque él no lo diga, la competencia de las potencias europeas a fines del XIX: “Si uno mira la Luna, es grande: tiene la superficie de África. El polo sur, en cambio, se parece más a Washington D.C.: hay solo unas pocas rutas, unos pocos buenos lugares para estacionar que uno va a querer ocupar”. Y enseguida precisó de qué se trataba: “de un real estate muy escaso y limitado”.
En su intervención durante la conferencia del pasado 15 de septiembre de la Air & Space Forces Association (AFA), Isaacman, un exastronauta privado, muy cercano al fundador Elon Musk, remarcó el desafío de China, cualitativamente más importante que el que en su momento planteó la Unión Soviética:
China logrará lo que los soviéticos nunca pudieron. Tiene una arquitectura factible de dos lanzamientos para poner a sus taikonautas en la Luna. Ha demostrado la reutilización de sus cohetes. Tiene la experiencia, y la historia ha demostrado que podría incluso adelantarse, mientras que nosotros fácilmente podríamos llegar tarde. También busca construir una base lunar junto con los rusos, e instalar un reactor nuclear justo en uno de los pocos lugares de estacionamiento del polo sur lunar. Y el éxito en esta empresa se medirá en meses, no en años. Nuestros aliados y nuestros adversarios nos están mirando.
Con su estilo particular, Donald Trump no dejó lugar a ambigüedades en un mensaje reciente en sus redes sociales: “La Luna es nuestra”, aseguró sin ambigüedades. El tema de la Luna y de la exploración espacial ha sido recurrente, y se relaciona estrechamente con su leitmotiv, “hacer a América grande otra vez”. En los ojos del mundo, ¿cuándo fue más grande “América” que cuando su bandera fue plantada en la primera superficie extraplanetaria visitada por un humano?
En la ceremonia de premiación de los astronautas de Artemis II, la misión que llevó a una tripulación alrededor de la Luna luego de más de 50 años, Trump vinculó el dominio espacial norteamericano con los conflictos en Venezuela e Irán, y enfatizó: “Si no tienes ambiciones, nunca vas a tener una gran nación. Cuando los americanos están determinados, nada los puede detener y el dominio americano en este campo no es una opción. Es una necesidad económica y de seguridad nacional”.
Donald Trump no dejó lugar a ambigüedades en un mensaje reciente en sus redes sociales: “La Luna es nuestra”, aseguró sin ambigüedades. El tema de la Luna y de la exploración espacial ha sido recurrente, y se relaciona estrechamente con su leitmotiv, “hacer a América grande otra vez”.
Un tango de dos
Un aspecto poco conocido que deriva del enorme costo presupuestario de la primera conquista lunar es que, desde su origen, se planteó la posibilidad de que fuera un elemento de conciliación y cooperación entre las superpotencias. Tan es así que el hombre que infundió en el alma de los norteamericanos el afán por la empresa lunática, John Fitzgerald Kennedy, fue el primero en reconocer que el costo desproporcionado que tendría obligaría a cooperar con los soviéticos para repartir la carga.
El 12 de septiembre de 1962, frente a más de 30.000 personas congregadas en la Universidad de Rice, Houston, Texas, Kennedy pronunció las palabras que quedarían en la historia: “Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer las otras cosas no porque sean fáciles, sino porque son difíciles; porque esa meta servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y capacidades; porque ese desafío es uno que estamos dispuestos a aceptar, uno que no estamos dispuestos a postergar y uno que tenemos la intención de ganar”. Había pasado poco más de un año desde que el primer presidente católico de los Estados Unidos había propuesto llevar un hombre a la Luna antes del fin de la década.
Su retórica vibrante y la profunda convicción de sus palabras contrastan con las tribulaciones que se registraron en su despacho, el Salón Oval.
En torno a la Crisis de los Misiles, Kennedy había decidido grabar en secreto todo lo que ocurría allí. Por eso contamos con registros precisos de lo que decía en privado sobre el objetivo que él mismo había propuesto. En conversaciones con el director de la NASA, James Webb, en noviembre de ese mismo año, el presidente admitía, tras conocer los números detrás del proyecto, que constituía una verdadera irracionalidad:
No deberíamos estar gastando esta cantidad de dinero, porque a mí el espacio no me interesa tanto. Me parece bien; creo que deberíamos saber sobre el tema; estamos dispuestos a gastar sumas razonables de dinero. Pero estamos hablando de estos gastos fabulosos que destrozan nuestro presupuesto y todos estos otros programas internos, y la única justificación para hacerlo, en mi opinión, en este momento o de esta manera, es que esperamos ganarles...
Por esta razón, Kennedy impulsó diversas iniciativas para convertir la carrera espacial en un tango de dos que promoviera la cooperación con los soviéticos. En un memorando dirigido a Webb, el presidente le pidió que asumiera “personalmente la iniciativa y la responsabilidad central dentro del Gobierno para el desarrollo de un programa de cooperación sustantiva con la Unión Soviética en el campo del espacio ultraterrestre”.
La muerte de Kennedy, paradójicamente, cristalizó el objetivo de llegar primero a la Luna y condicionó la capacidad de su sucesor de acordar cualquier tipo de cooperación con los soviéticos. Más aún, este hecho traumático impulsó los avances en los derechos civiles de la población negra, un punto que también había sido importante para decidir que las principales instalaciones del programa espacial se construyeran en el sur de los Estados Unidos.
El germen de la cooperación estaba allí, en el origen, y explica lo que ocurrió pocos años después del alunizaje de Neil Armstrong. En 1975, la URSS y los Estados Unidos realizaron una misión conjunta que culminó con el acoplamiento de sus naves espaciales más emblemáticas, la Soyuz y la Apolo. La misión fue posible gracias a un acuerdo de cooperación espacial firmado en 1972 por el presidente norteamericano Richard Nixon y el presidente del Consejo de Ministros soviético, Alekséi Kosiguin.
El SETI, un programa de búsqueda de señales por radiotelescopio de vida extraterrestre, también motivó, a pesar del conflicto de influencia global, una estrecha colaboración entre los dos países que se inauguró con una celebrada conferencia conjunta en 1971. Ya en la posguerra fría, Rusia y Estados Unidos profundizaron ese camino hasta llegar al hito más importante, la construcción conjunta de la Estación Espacial Internacional.
En 1975, la URSS y los Estados Unidos realizaron una misión conjunta que culminó con el acoplamiento de sus naves espaciales más emblemáticas, la Soyuz y la Apolo. La misión fue posible gracias a un acuerdo de cooperación espacial firmado en 1972 por el presidente norteamericano Richard Nixon y el presidente del Consejo de Ministros soviético, Alekséi Kosiguin.
Sin margen para la cooperación
El contraste con la nueva carrera espacial no puede ser más grande. Estados Unidos ha excluido por ley a China de toda cooperación espacial. La denominada Enmienda Wolf, de abril de 2011, impulsada por el congresista Frank Wolf, prohíbe expresamente a la NASA usar fondos federales para cualquier tipo de cooperación bilateral con el gobierno chino y con empresas de ese origen. Se plantea una posible excepción,”en caso de que la NASA, tras consultar al FBI, certifique ante el Congreso que esa cooperación no implica transferencia de tecnología sensible”..
La restricción es tan extrema que, cuando se distribuyeron muestras de la Luna que la misión Chang’e 5 trajo a la Tierra en 2020, el científico norteamericano que recibió una parte de ellas debió financiar los gastos del viaje y el traslado con fondos de su universidad.
Las muestras de la Luna anticipan además otro posible punto de fricción, que se proyecta desde la Tierra hasta su satélite: el potencial de los recursos que esconde el territorio lunar. La misión Chang’e 5 había convertido a China en el tercer país de la historia capaz de traer muestras lunares a la Tierra, un logro que no se repetía desde el retorno de la nave soviética Luna 24, en 1976, con una diferencia importante en favor de la sonda china, que trajo poco más de 1,7 kilogramos de material, en contraste con los 170 gramos de su predecesora soviética. En 2024, con la sonda Chang’e 6, China repitió la hazaña y trajo a la Tierra, por primera vez, muestras de la cara oculta de la Luna.
En abril de este año, durante la apertura del Día del Espacio, que conmemora el lanzamiento del primer satélite chino, el Dongfanghong-1, en 1970, se anunció un hallazgo revelador. En las muestras lunares traídas por la misión Chang'e-5 se identificaron dos minerales ricos en tierras raras, desconocidos hasta entonces. Fueron bautizados magnesiochangesita-(Y) y changesita-(Ce). Según los investigadores, el descubrimiento ayuda a entender la evolución magmática de la Luna y aporta datos para evaluar su potencial como fuente de esos elementos. Las tierras raras son un eje fundamental de la actual batalla comercial y económica entre China y Estados Unidos. Su aparición en la Luna deja entrever otro juego de suma cero que separa la primera carrera espacial de la nueva era de conflicto estelar.
La Luna es el objeto que más espacio ocupa en el cielo nocturno. Ocasionalmente nos recuerda su enorme trascendencia al interponerse entre la Tierra y el Sol, proyectando una sombra que envuelve de tinieblas la superficie terrestre. Por eso, tiene un lugar especial en el imaginario humano, desde los mitos de la Antigüedad hasta la literatura fantástica contemporánea. Hoy, como nunca antes, su superficie ríspida y estéril se presenta en el imaginario del poder como una geografía de contienda entre potencias. Deja así de ser un símbolo de los logros de la humanidad, para ser un mero botín.
La Luna es el objeto que más espacio ocupa en el cielo nocturno. Hoy, como nunca antes, su superficie ríspida y estéril se presenta en el imaginario del poder como una geografía de contienda entre potencias. Deja así de ser un símbolo de los logros de la humanidad, para ser un mero botín.