Back to the future
La revolución tecnológica ya no ocurre solo en las pantallas: redefine la energía, la producción, el comercio y la geopolítica. Entre litio, biotecnología, inteligencia artificial y recursos estratégicos, Argentina dispone de ventajas inéditas, aunque todavía debe resolver cómo convertirlas en desarrollo sostenido.
por Facundo Carmona
Mi padre fue diseñador gráfico hasta jubilarse. Empezó como cadete a principios de los años setenta en una agencia pequeña y ascendió posiciones hasta llegar a director de arte en una grande. Era el circuito laboral virtuoso del siglo XX, en una profesión que aún conservaba características de artesanado: tablero, rotring, letraset. Su vida laboral en la industria de la publicidad fue más o menos estable hasta el año 1993, cuando la agencia adoptó las primeras computadoras. “Las computadoras nunca van a reemplazar al tablero”, señaló y se compró un tablero tubular Pizzini. El recelo por la tecnología se combinaba con una defensa de la técnica tradicional.
En 1994, la agencia se achica, mi padre es despedido, se compra una Macintosh LC III y la pone encima del tablero italiano. El futuro para una parte de su generación se presentaba como apocalipsis tecnológico. Toda una forma de entender el mundo del diseño había muerto en menos de 10 años gracias a la evolución del hardware (monitores color, impresoras, procesadores más rápidos) y el desarrollo de software como el Photoshop. Nuevos negocios, nueva disponibilidad del tiempo, nuevos desafíos llegaban de la mano del triunfo del bit.
Si los años noventa significaron la consolidación de la computación a escala planetaria, fue porque el siglo XX se estructuró alrededor de lo micro. Hay materia. Hay energía. Y hay información que permite la organización del sistema social, biológico, técnico. La física nuclear, la química industrial, la energía corresponden al dominio de los átomos, y encuentran en la Segunda Guerra su consumación. En paralelo a la guerra, la cibernética de Norbert Wiener se impuso técnicamente al darle respuesta a problemas militares complejos gracias al concepto de información. Las baterías antiaéreas estadounidenses tenían la capacidad de regular su propia trayectoria ante las maniobras de los bombarderos alemanes gracias al cálculo de los datos que obtenían los radares.
Para que una máquina regule su comportamiento, Wiener estudió la regulación de los organismos vivos. Extrajo datos de la biología y los trasladó al diseño de máquinas. La información permite la organización de un sistema. Estos sistemas son metaestables, efímeros. Abiertos a la regulación se produce siempre tras la ruptura de equilibrio. Humanos, máquinas, linfocitos, neuronas, bits, datos, son seres capaces de comunicar, organizarse y constituir sistemas gracias al procesamiento e intercambio de información. El triunfo de la cibernética no fue solo técnico sino ontológico, al poner en un mismo plano a humanos, animales y máquinas.
Si hay información, hay comunicación. Y si hay comunicación, emerge la posibilidad –siempre potencial e inestable– de regular lo común mediante feedback sobre flujos de información. La LC III de mi padre, la IA, las biotecnologías, Mirko Wiebe, Don Mario son posibles gracias a que lo humano, lo biológico y lo maquínico están integrado por seres informacionales. Coordenadas para pensar que las concepciones, certidumbres y explicaciones antropocéntricas, se encuentran de mínima desafiadas por un mundo que requiere el marco epistemológico y político posthumanista.
El triunfo de la cibernética no fue solo técnico sino ontológico, al poner en un mismo plano a humanos, animales y máquinas.
Globalización old school
Los noventas no están de regreso. La historia no se repite ni como tragedia ni como farsa. El futuro no está dado, se diseña, se ejecuta, se evalúa, se rediseña. El tiempo es dinámico. No hay un desarrollo histórico necesario. Hay rupturas, bifurcaciones, retrocesos, mestizajes. Caos. Sexo. Ensamblajes de distintas temporalidades. Los años del Consenso de Washington profundizaron los procesos de desconcentración de la producción iniciados en la Segunda Guerra.
La fábrica integrada verticalmente comenzó a fragmentarse en cadenas globales de valor distribuidas en distintos continentes, puertos, zonas francas y plataformas logísticas. La revolución informática, la containerización y las telecomunicaciones permitieron coordinar la producción en tiempo real entre territorios alejados. El capital ya no necesitó concentrar obreros, máquinas y conocimiento en un mismo lugar. Podía modular, tercerizar y relocalizar funciones a escala planetaria.
Argentina ingresó con el pie izquierdo al nuevo régimen de acumulación. Mientras Asia articulaba políticas industriales, transferencia tecnológica y protección estratégica para escalar en complejidad productiva, el país pareció confundir apertura con modernización. La convertibilidad estabilizó precios y reorganizó expectativas después de la hiperinflación, pero el tipo de cambio fijo terminó funcionando como una máquina de apreciación financiera y destrucción de competitividad.
Importar era más rentable que producir. Consumir resultaba más sencillo que innovar. El ingreso de capitales, las privatizaciones y el endeudamiento externo reemplazaron la necesidad de construir capacidades exportadoras sofisticadas. Mientras que el contexto internacional tampoco jugaba a favor. El boom de las commodities todavía no había llegado. China aún no demandaba masivamente alimentos, minerales y energía. México absorbía inversiones industriales gracias al NAFTA y su proximidad geográfica a Estados Unidos. Europa del Este se incorporaba como periferia manufacturera de la Unión Europea. El sudeste asiático consolidaba ecosistemas industriales apoyados en disciplina macroeconómica y salarios demasiado competitivos.
La globalización argentina produjo modernización tecnológica, expansión de servicios y digitalización temprana de infraestructuras, pero no logró traducirse en una transformación capaz de aumentar la productividad, la complejidad exportadora y la capacidad industrial, ni de insertar al país de manera significativa en las cadenas globales de valor. La apertura amplió el consumo y aceleró la circulación de capitales, información y mercancías, pero no se consolidaron capacidades en los segmentos de mayor densidad tecnológica, financiera y logística de la economía mundial salvo en nichos high-tech como el nuclear, el aeroespacial, el biotecnológico.
Globalización 4.0
En la Facultad de Ciencias Sociales, se explicaba, en los primeros años del 2000 al menos, que la frágil condición industrial de la Argentina durante los siglos XIX y XX, se debía, entre otras cosas, a la falta de minería. A diferencia de otros países industriales, Argentina no desarrolló una industria minera que alimentara la actividad productiva. Recién en 1993, con el Acuerdo General Minero, se comenzó a incentivar la inversión y se pusieron en marcha proyectos de explotación metalífera (cobre, oro y plata). Tres años después, en 1996, se consolida la industria biotecnológica argentina con la autorización a los cultivos transgénicos. Si en los 80 las empresas del sector eran apenas 30, hoy existen 340 empresas biotecnológicas y 41 nanotecnológicas con exportaciones por US$216 millones y más de 20.000 empleados, de los cuales 2.000 se dedican a I+D. Por su parte, el sector energético se revolucionó en noviembre de 2011, cuando YPF confirmó el potencial de Vaca Muerta para la extracción de shale gas y shale oil. Convirtiendo a esa región de la Patagonia andina en la segunda reserva mundial de gas no convencional y la cuarta de petróleo.
En Argentina más de 348 mil personas trabajan en industrias del conocimiento. El acceso al talento humano, educación pública y privada de calidad en sus tres niveles, llevó a la exportación de USD 9.563 millones en economía del conocimiento. No es un fenómeno menor: como subraya el economista Leandro Mora Alfonsín, hoy es el tercer complejo exportador del país, “solo por detrás del sector agroexportador y la energía. Para dimensionarlo, hay que desglosar ese volumen. Por un lado, el 64% corresponde a servicios profesionales, lo que incluye a contadores, abogados, diseñadores, desarrollos de biotecnología y ensayos clínicos. Solo este segmento explica unos USD 6.600 millones. Por otro lado, un 28% adicional corresponde puramente al sector IT y tecnológico”.
El mundo de los datos, las biotecnologías, la economía del conocimiento, no son inmateriales, funcionan sobre una ecología climática, energética y geológica. Ni la tecnología ni el desarrollo avanzan de manera lineal, tienen capas, residuos, retornos y sedimentaciones. No obstante, por primera vez en su historia reciente, Argentina dispone de una plataforma energética, científica, biotecnológica y geológica capaz de convertirla en un proveedor estratégico –e incluso en algunos nichos, en un desarrollador relevante– de las industrias del futuro.
El nuevo mapa productivo mundial se estructurará sobre tres grandes vectores: la transición energética, la revolución de la inteligencia artificial y el complejo bioeconómico. En esta convergencia, advertida por el sociólogo Daniel Schteingart, el rol de los minerales críticos, los semiconductores, la automatización y la biotecnología será central en la reorganización de la economía global.
Al mismo tiempo, fenómenos como la pandemia, el ascenso de China como potencia, las disputas comerciales con Estados Unidos, las intervenciones militares en Medio Oriente, la guerra de Ucrania, las políticas de nearshoring y friendshoring en las cadenas de suministros eran fenómenos que no existían o eran de desarrollo incipiente en los años noventas. Litio, cobre, gas, petróleo, biotecnología, capacidad nuclear, satélites y economía del conocimiento configuran una plataforma inédita de recursos energéticos, científicos y geológicos sobre la cual podrían desarrollarse segmentos de alto valor agregado vinculados a la transición energética, la inteligencia artificial, las infraestructuras digitales y las biotecnologías.
“La disputa productiva global será por aquellos sectores que deje China”, refuerza Mora Alfonsín. El gigante asiático concentra el grueso de las producciones manufactureras clave: desde bienes sencillos o insumos difundidos fundamentales, como el acero, aluminio, PVC, polímeros y química básica, hasta el liderazgo absoluto en vehículos eléctricos, baterías y tecnología informática propia.“En cada vez más segmentos, desplaza a la producción europea, estadounidense y latinoamericana. Por ende, tenemos que preguntarnos no sólo qué sectores lideran la producción, sino quiénes logran destacarse en un nuevo orden bipolar".
El futuro no está dado, se diseña, se ejecuta, se evalúa, se rediseña. El tiempo es dinámico. No hay un desarrollo histórico necesario. Hay rupturas, bifurcaciones, retrocesos, mestizajes. Caos. Sexo. Ensamblajes de distintas temporalidades.

Mapa productivo global
Entender el mundo productivo de las próximas décadas exige un ejercicio prospectivo que reconstruya las fuerzas que hoy reconfiguran la economía global. Lejos de ser un escenario cerrado, el futuro estará marcado por la convergencia de vectores tecnológicos, energéticos y geopolíticos que redefinirá el tablero de las naciones. La transición energética, la inteligencia artificial y el entramado bioeconómico serán motores del desarrollo.
El nuevo ciclo global ya no se organiza solamente alrededor de manufacturas baratas y cadenas de suministro fragmentadas, como ocurrió durante la globalización de los noventa, sino alrededor del control de infraestructuras críticas, energía, datos, minerales estratégicos y capacidades científico-tecnológicas.
Dentro de este proceso, la transición energética aparece como uno de los ejes más relevantes. El sector de la energía estará a la vanguardia por ser indispensable para cualquier rubro productivo. “Los hidrocarburos seguirán funcionando como un combustible de transición clave”, tal como sostiene el exministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas. Mientras que las energías renovables y el almacenamiento aún requieren desarrollo tecnológico, “la energía nuclear se consolida como la opción ineludible de energía limpia de base, y la fusión queda como una alternativa a largo plazo” según advierte la ingeniera nuclear Verónica Garea. La electrificación de la economía, la expansión de las energías renovables y el desarrollo de vehículos eléctricos están incrementando de manera acelerada la demanda de litio, cobre y tierras raras. Para Schteingart, “la transición energética es, en esencia, una transición hacia una mayor importancia relativa de los minerales por sobre los combustibles fósiles”.
En paralelo, la inteligencia artificial emerge como una tecnología transversal capaz de alterar todas las cadenas productivas existentes. No se trata únicamente de software: la IA impacta sobre la industria, la logística, el agro, la energía y los servicios. Estas tecnologías, junto a la inminente computación cuántica, están imprimiendo una aceleración inédita en las funciones de producción tradicionales. La computación cuántica trabaja con qubits que pueden explorar múltiples caminos de manera simultánea. Aunque todavía enfrenta enormes desafíos técnicos, un eventual salto de escala en su desarrollo podría reconfigurar profundamente campos estratégicos como la simulación molecular, la criptografía y la investigación científica.
Ventaja geopolítica
Argentina se encuentra frente a una ventana de oportunidad geopolítica y económica histórica, dotada de recursos y talento humano. Para el economista Leandro Mora Alfonsín, la actual reconfiguración global permite captar inversiones provenientes de un "proceso de re-shoring o relocalización de cadenas de suministro", pero advierte que el desafío es lograr que esos parámetros pasivos "se conviertan de una vez en variables activas de desarrollo".
Los países que quieren ser protagonistas globales no improvisan, promueven activamente en qué quieren diferenciarse. El ejemplo de Brasil es remarcado por todas las fuentes consultadas. Con una inversión proyectada de hasta USD 60.000 millones a través de Nova Indústria, el país vecino focalizó su esfuerzo en cuatro áreas claras: agrobioindustria, digitalización, maquinaria asociada al agro e infraestructura. “Puede hacerlo porque lleva 30 años de estabilidad post plan Real, aun con embates fuertísimos a su economía entre 2013 y 2020 ¿Es un ejemplo? Seguramente no, pero está al lado, compite con nosotros y nos saca cada vez mayor ventaja ", enfatiza Mora Alfonsín.
Aun así, nuestra dotación de recursos sigue siendo envidiable: gas de Vaca Muerta, potencial minero, buenas condiciones eólicas y solares. A esto le sumamos talento humano; somos el único país de América Latina capaz de enviar satélites geoestacionarios al espacio y conformamos el polo biotecnológico más fuerte de la región. Las capacidades y potencialidades para aprovechar la ventana global están.
Por primera vez en su historia reciente, Argentina dispone de una plataforma energética, científica, biotecnológica y geológica capaz de convertirla en un proveedor estratégico de las industrias del futuro.
Boom or Doom
Esta oportunidad histórica se ve amenazada por la picaresca nacional. Poseer recursos estratégicos para insertar el país en la nueva economía global no alcanza. Argentina enfrenta una ventana histórica inédita, aunque también el riesgo permanente de volver a desperdiciarla. El primer gran desafío es construir una estabilidad macroeconómica duradera y no episódica. “Ser estables y previsibles es una condición necesaria, aunque no suficiente. El mayor desafío de Argentina es encontrar una lógica de equilibrio sin efervescencias”, remarca Mora Alfonsín. Ninguna estrategia de desarrollo puede sostenerse sobre la inestabilidad crónica, la inflación, las crisis cambiarias recurrentes y la falta de crédito. Esta estabilidad no implica únicamente alcanzar un equilibrio fiscal, sino que también requiere acumular reservas, proyectar una moneda competitiva y generar un horizonte temporal extenso. Sin previsibilidad ni financiamiento, una economía atrapada en la urgencia permanente difícilmente logre transformar y sofisticar su aparato productivo a largo plazo.
En este sentido, resulta imperativo abandonar la lógica pendular que caracteriza a la política argentina, donde cada cambio de gobierno barre con las iniciativas anteriores e impide planificar. Los especialistas insisten en la necesidad de alcanzar una solución política que derive en una estrategia nacional. Esto exige forjar consensos básicos sobre la infraestructura como bien público fundamental, el fortalecimiento innegociable del sistema científico-tecnológico y la garantía de un piso mínimo de bienestar social. La discusión de fondo ya no debería centrarse en el pensamiento binario de Estado o mercado, sino en consolidar acuerdos que permitan darle una continuidad a la explotación de recursos e impulso a nuevas industrias tecnológicas. “Si logramos alcanzar esa madurez, me imagino a una Argentina convertida en una gran proveedora global no solo de recursos naturales, sino también de conocimiento, tecnología e industrias directamente vinculadas a las nuevas tendencias globales”, señala Kulfas.
Si no se logra articular este tipo de acuerdos, sería impensable en un futuro gobierno de La Libertad Avanza o en una reconfiguración del peronismo internista, consolidando un modelo que exporte recursos naturales amparado en una eventual estabilidad macroeconómica, pero exhibiendo una bajísima densidad industrial y tecnológica. Los casos de Chile, Perú e incluso Guyana advierten sobre el peligro de conformarse con exportar materias primas o experimentar crecimientos financieros acelerados que no logran revertir la pobreza, la informalidad laboral y la desigualdad estructural. “Hoy, Chile es un país un poquito más desarrollado que el nuestro, pero está lejos de ser una nación del primer mundo, mientras que Perú es económicamente estable pero todavía más pobre e informal en su tejido social. Creo que ninguno de los dos refleja la Argentina que podríamos ser y, en lo personal, no me resigno a conformarme con ser Chile. Si lográramos crecer a un ritmo sostenido del 3% anual durante los próximos veinticinco años —algo que, seamos honestos, nunca logramos en nuestra historia reciente, pero que está dentro de lo posible si hacemos las cosas bien—, para 2050 tendríamos un producto interno bruto per cápita comparable al que hoy tienen los países desarrollados” señala Daniel Schteingart.
¿Dónde va la guita cuando llueve?
En 1969 Noruega encontró petróleo en el Mar del Norte, el país evitó que el dinero desestabilizara su economía creando el Fondo Global de Pensiones del Gobierno en 1990. El fondo invierte de forma diversificada en miles de acciones, bonos y bienes raíces a nivel internacional, protegiendo al país de las crisis y asegurando las pensiones de las futuras generaciones. Para gambetear el destino de gastarnos el potencial ingreso de divisas, la renta extraordinaria generada por la minería, la energía y la agroindustria podría ser encadenada con servicios tecnológicos avanzados e industrias complejas. La diferencia entre el éxito y el fracaso nacional radicará puntualmente en utilizar esos ingresos masivos para financiar sistemáticamente la educación, la infraestructura y la ciencia, en lugar de dilapidarlos en gasto corriente o en el intento de tapar desequilibrios transitorios.
Sostener este ecosistema productivo exige afrontar el desafío crítico de financiar adecuadamente la ciencia, la tecnología y la innovación. Verónica Garea señala que Argentina sufre un desfinanciamiento alarmante en este ámbito, “invirtiendo apenas un 0,15% de su Producto Interno Bruto frente al 3% de Estados Unidos, el 1% de China o el 0,6% de Brasil”. Esta desinversión acelera una profunda crisis universitaria y un éxodo de talento joven que desmantela capacidades institucionales construidas durante décadas, generando un daño estructural sumamente difícil de revertir en una era donde el conocimiento global avanza a una velocidad vertiginosa. Solucionar este frente implica, a su vez, desarrollar una política industrial moderna del siglo XXI, alejándose definitivamente tanto del fundamentalismo de mercado que rechaza cualquier intervención estatal, como de una “reindustrialización clásica, que responde a una nostalgia fabril que resulta imposible de sostener en el mundo de hoy” como remarca Kulfas. Considerando que todas las potencias líderes promueven activamente los sectores en los que buscan destacarse, Argentina debe apuntar hacia una neoindustrialización que fusione la riqueza de sus recursos naturales con la ciencia, el desarrollo estratégico de industrias verdes, desarrolle nuevas industrias tecnológicas y modernice el entramado productivo que el país ya posee.
En definitiva, aunque el país difícilmente se convierta en una superpotencia tecnológica integral que domine todos los frentes, posee las capacidades reales para consolidarse como un "jugador periférico inteligente". Esto supone identificar estratégicamente sus nichos más competitivos, amalgamar su vasta provisión de recursos naturales con el conocimiento acumulado y edificar de manera deliberada capacidades productivas y tecnológicas propias y diferenciadas. El verdadero desafío argentino no se resume en elegir entre un extractivismo primario o una reindustrialización nostálgica, sino en decidir si aprovechará esta ventana de oportunidad para construir una matriz económica compleja o si volveremos a quedar atrapados en la inercia de exportar commodities básicos.
Los países que quieren ser protagonistas globales no improvisan, promueven activamente en qué quieren diferenciarse.
Misa stone
Argentina se encuentra frente a una nueva encrucijada. Por una parte, el recelo por la tecnología y el futuro, que se combina con una defensa melancólica de las industrias tradicionales, el peronismo, el desarrollo. Por otra parte, el fundamentalismo de mercado impide diseñar políticas que nos permitan desarrollar tecnología propia y diferenciada. “La existencia de sectores de excelencia global como el nuclear y el espacial en Argentina responde directamente a políticas de Estado que lograron sostener su continuidad a pesar de los constantes vaivenes políticos y macroeconómicos del país. Estamos hablando de instituciones con mucho peso histórico: la Comisión Nacional de Energía Atómica tiene más de setenta y cinco años, el Instituto Balseiro lleva setenta años formando profesionales de élite e INVAP está cumpliendo medio siglo de vida” recuerda Garea.
Durante décadas nos aferramos a modelos nostálgicos de reindustrialización, o abrazamos la idea que la extracción de recursos nos puede salvar por sí solos. La revolución de la inteligencia artificial, la transición energética y la bioeconomía están reconfigurando el mundo del trabajo, los modelos de desarrollo. Nichos high-tech como el nuclear y el aeroespacial fueron posibles gracias a la implementación de marcos teóricos que vinculan de forma estratégica al Estado, la infraestructura científico-tecnológica y el sector productivo, permitiendo desarrollar tecnología nacional para luego exportarla al mundo. “Es totalmente posible generar estos mismos triángulos virtuosos en otras industrias que demanden conocimiento intensivo, y de hecho es algo que ya se ha logrado con éxito en la industria biotecnológica local asociada al agro y a la salud” responde Garea ante la pregunta de si es exportable el modelo INVAP a otras industrias.
Los recursos estratégicos y el talento humano no bastan por sí solos. La inmanencia de lo social, lo natural y lo técnico es histórica, irreversible y deseable. La frontera entre el éxito y el fracaso del país dependerá exclusivamente del destino estratégico que le demos a nuestros recursos naturales. Si logramos articular de manera inteligente la minería, la energía y el agro con la industria y los servicios tecnológicos, asegurando que esos ingresos se reinviertan sistemáticamente en educación, ciencia, infraestructura y capacidades estatales, podremos proyectar una Argentina con pobreza de un solo dígito, una clase media robusta y un mercado laboral formal e integrado al mundo. Por el contrario, si optamos por dilapidar este potencial para financiar gasto corriente y emparchar urgencias de corto plazo, simplemente habremos desperdiciado una nueva oportunidad histórica. Necesitamos construir posibles, asumir los desafíos de la época y desarrollar el potencial de las tecnologías del futuro. En definitiva, pensar futuro no es destruir una tradición, sino hibridarla con los elementos del mundo que están emergiendo. Poner una compu arriba del tablero.
Pensar futuro no es destruir una tradición, sino hibridarla con los elementos del mundo que están emergiendo. Poner una compu arriba del tablero.