Argentina: el país de la amistad

Argentina suele aparecer ante el mundo como un país de excesos: fútbol, carne, psicólogos, crisis, insultos brillantes, política incendiaria y multitudes que parecen siempre a punto de desbordarse. Carlos E. Cué, periodista español atravesado por el veneno argentino, propone una clave más íntima: la amistad como hilo secreto que organiza el caos y evita el estallido final.

por Carlos E. Cué

Para un europeo típico, Argentina es el país del fútbol, la carne y los dos o tres psicólogos por habitante. En España se miran estos días con fascinación los vídeos en internet sobre las locuras que pueden hacer los argentinos por ver a su selección, sus viajes imposibles atravesando toda América en moto, sus cánticos, las publicidades geniales de Quilmes. Solo un argentino sería capaz de convertir a un desconocido neozelandés como Tim Payne en una estrella mundial y de paso hacerlos millonarios a ambos. Esas son las cosas que fascinan al europeo alejado de ese país imposible de comprender pero que siempre suena diferente, exótico, creativo y simpático cuando apenas se lo conoce y nunca se ha visitado, que es lo que le pasa a la inmensa mayoría de europeos que en cada mundial, por un rato, se vuelven fanáticos de Argentina y se interesan por esos tópicos que después olvidan hasta que la siguiente excentricidad de Javier Milei o la genialidad de algún influencer argentino les devuelva fugazmente la mirada a ese lugar inclasificable al sur del sur.

Pero para un europeo como yo, que ha dejado entrar de lleno el veneno de la argentinidad en su cuerpo, que ha vivido el país, que lo ha gozado, lo ha sufrido, lo ha viajado y lo ha bebido de una manera tan profunda que ya nunca podrá escapar de esa atracción fatal, las cosas son completamente diferentes. Cuando vivía en Buenos Aires, entre 2015 y 2018, a medias entre Cristina y Macri, en mi bio de Twitter solo puse: “si crees que has entendido Argentina, es que no te la han explicado bien”. Es tan incomprensible todo lo que pasa en ese lugar remoto, que si te entra la droga en el cuerpo no puedes dejar de dedicar media vida a intentar entenderlo. Aunque sepas que es imposible. Por eso llevo 22 años viajando sin parar a esa locura de país que te atrapa y no te suelta. 

Le he dado muchas vueltas a la particular forma de vivir que tienen los argentinos, y he leído muchas teorías extrañas, pero al final me quedo con una hipótesis aventurada que defiendo hace tiempo: todo, absolutamente todo lo que pasa en ese país está articulado por su verdadero producto nacional, el que deberían exportar si pudieran hacerlo. Que no es la carne, ni el fútbol, ni siquiera los psicólogos. El eje transversal de la Argentina que yo conozco es la amistad. La original forma de los argentinos de entender la amistad como la esencia de sus vidas. La auténtica particularidad argentina. 

He vivido en otros países, he viajado más de lo razonable, he conocido gente de muchos lugares. No hay comparación posible. El argentino articula su existencia alrededor de los amigos más que ningún otro. Organiza su vida pensando en ellos. Se considera desgraciado o afortunado en función de los amigos que tiene y su capacidad de reunirlos, si es posible en grupos enormes que hacen que estalle la cabeza de cualquier nórdico que los visite. Hasta la arquitectura de las casas argentinas es particular porque gira alrededor del lugar sagrado de cualquier hogar de ese país que se hizo rico desde el campo y llevó esas fortunas a la ciudad: la parrilla, que será la base para reunir a los amigos alrededor de un fuego, algo atávico pero perfeccionado por los argentinos.

Estos días, mis amigos españoles se sorprenden con las historias de los argentinos que atraviesan miles de kilómetros en cualquier vehículo para llegar desde el sur del sur hasta EEUU. Y lo que más les llama la atención es que casi siempre son grupos de amigos, o amigas, que llevan juntos toda la vida y que a los cuarenta, cincuenta, sesenta años o más, deciden vivir juntos la aventura de llegar a un mundial en su coche, en su moto. Pocas cosas impactan más que esa pasión argentina de vivirlo todo juntos, con los amigos de siempre, en el barrio de toda la vida o a 5.000 kilómetros de casa. Recuerdo que también les impactó mucho hace unos años, en 2017, la historia de los cinco amigos argentinos cercanos a los cincuenta años que murieron juntos en un atentado en Nueva York. Habían viajado allí una decena de compañeros de un colegio de Rosario para celebrar los treinta años de su graduación. Habían conservado intacta una amistad tan fuerte que les hizo programar juntos un viaje así. El más rico de ellos, un empresario, financió a los que no podían pagarlo. La mitad de ellos murieron allí, juntos, sorprendidos por un terrorista que los atropelló con una camioneta. 

Todo, absolutamente todo lo que pasa en ese país está articulado por su verdadero producto nacional, el que deberían exportar si pudieran hacerlo. Que no es la carne, ni el fútbol, ni siquiera los psicólogos. El eje transversal de la Argentina que yo conozco es la amistad. La original forma de los argentinos de entender la amistad como la esencia de sus vidas. La auténtica particularidad argentina. 

He cultivado amistades importantes de una decena de países. He conocido gente de muchos más. El amigo argentino es único. Cuando entras en esa categoría exclusiva es para siempre. Y te van a cuidar como nadie puede hacerlo. Lo van a hacer a la manera argentina: sin piedad, una supuesta virtud que nadie trabaja por esas tierras. Destrozándote con cariño, pero de forma inmisericorde si es necesario, e incluso si no lo es; juzgándote a cada paso; psicoanalizando cada movimiento tuyo; desnudándote; entrando dentro de ti sin preguntar y hasta la cocina. Como se entra en las casas de los amigos argentinos: sin avisar y autoinvitándose a comer. Y a pesar de esa indefensión absoluta en la que te deja quien lo sabe todo de ti, los amigos argentinos lograrán que siempre te sientas en casa, protegido, cuidado.

Al principio, como corresponsal de EL PAÍS que tenía que analizar y describir un país tan complejo, tan extraño para un lector europeo normal, que busca lógicas de poder clásicas, me costaba mucho entender cómo eran los hilos que movían el aparentemente caótico sistema económico y social argentino. Siempre tenía la sensación de que todas mis crónicas en realidad eran mentira, humo. Porque podía ser eso que estaba escribiendo lo que explicara la particularidad argentina o exactamente lo contrario. Todo podía ser verdad y falso a la vez. Nadie sabía bien. Es el único país del mundo donde los ricos se hacen pasar por pobres, los sindicalistas pueden ser millonarios o hacerse pasar por ellos, un barrendero puede dirigir el fútbol, un ministro de Economía o un gobernador del Banco Central pueden tener todo su dinero fuera del país mientras pide confianza en la economía argentina, un político puede decir “acá tenemos que dejar de robar dos años” y no pasa nada. Nunca pasa nada. ¿Y cómo aguanta esto?, me preguntaba yo en los primeros meses de mi corresponsalía. Todos decían que iba a estallar, había hasta canciones famosas sobre este estallido, pero nunca llegaba. Hasta que empecé a ver todo el país, todas las relaciones de poder, los vínculos imposibles ─no conozco ningún otro país en el que un secuestrado haya llegado a hacer negocios con su secuestrador, como sucedió con el millonario Jorge Born y el montonero Rodolfo Galimberti─ con mis ojos de europeo enamorado de la amistad argentina. Y entonces todo se veía mucho más claro. 

Ese país imposible es, en el fondo, una complejísima tela de araña conectada por miles de vínculos de amistad profunda e invisible para el profano. No existe la casualidad. Solo son ocultos hilos de asados infinitos que se van cruzando. Por eso casi ningún extranjero logra ser exitoso en Argentina. Por eso las compañías multinacionales instaladas allí tienen casi sin excepción CEOs argentinos o extranjeros pero que llevan toda la vida allí. Solo ellos pueden descifrar mínimamente esa tela de araña infinita. Y de paso sobrevivir a una inflación que desquiciaría a cualquier extranjero que quiera hacer un plan de negocios a cinco años. Un poco más aliviado, empecé a entender algunas cosas más, aunque seguía fracasando esplendorosamente en todos mis pronósticos. Acertar allí es sencillamente imposible. Y aun así, miles de personas viven de esas consultoras tan argentinas que se dedican a intentar predecir qué va a pasar en la política, la economía o las finanzas. Una profesión tan bien pagada como imposible de comprender. Entonces intenté escrutar cómo es posible que Argentina tenga una de las políticas más tensas del mundo, una de las mayores grietas que se puedan imaginar, que divide aparentemente al país en dos grupos totalmente irreconciliables, y sin embargo nunca pasa absolutamente nada grave. Se dicen de todo. Aparentemente se odia a los enemigos con la misma pasión con la que se ama a los amigos. Y, sin embargo, nunca se llega ni de cerca al desgarro total que conocemos bien los europeos, el que pasa de las palabras a las manos. ¿Cómo podía explicarse ese fenómeno?

El argentino articula su existencia alrededor de los amigos más que ningún otro. Organiza su vida pensando en ellos. Se considera desgraciado o afortunado en función de los amigos que tiene y su capacidad de reunirlos, si es posible en grupos enormes que hacen que estalle la cabeza de cualquier nórdico que los visite. Hasta la arquitectura de las casas argentinas es particular porque gira alrededor del lugar sagrado de cualquier hogar de ese país que se hizo rico desde el campo y llevó esas fortunas a la ciudad: la parrilla, que será la base para reunir a los amigos alrededor de un fuego, algo atávico pero perfeccionado por los argentinos.

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Para intentar entenderlo, me entregué con pasión a vivir desde dentro un fenómeno que no es exclusivo de allí pero sí ha llegado a su máxima expresión en estas tierras: la masa movilizada, unida y feliz. Pocas cosas tienen tanta potencia estética, sonora y rítmica como una masa argentina. Cuando estás ahí dentro, te sube algo especial desde los pies hasta la garganta que es difícil de explicar, pero muy fácil de sentir. Al principio, no lo niego, pese a una larga experiencia de periodista en decenas de manifestaciones por toda Europa, tenía algo de prevención. Incluso un poco de miedo. La sensación de que si pasara algo no habría escapatoria posible es muy fuerte. La masa argentina nunca está quieta. Se mueve, salta, grita, empuja, en una especie de pogo perpetuo, lento en las marchas, rápido en los conciertos. Pero no tardé mucho en comprobar que también ahí se mantenía la misma norma que rige la economía, la política y la sociedad argentina: todo parece estar a punto de estallar, y tiene muchas micro explosiones semi controladas, pero en realidad no estalla nunca del todo. Argentina se mueve en una especie de fórmula matemática imposible de inestabilidad estable que lo rige todo y evita el desastre final que casi todos los argentinos auguran en algún momento del año y nadie ha visto nunca. 

Ahí ya no fui capaz de entender por qué pasaba eso, y si los extraños hilos de la amistad argentina tenían algo que ver, pero quise inventarme que sí, que en realidad hay un nexo invisible entre todos los argentinos, incluso los enemigos irreconciliables, que les hace golpearse con aparente dureza sin llegar nunca a una herida insalvable. Una de las cosas que más me sorprendía era que aparentes rivales podían pactar en cualquier momento, que los que se mataban podían amarse sin transiciones. Baste recordar que yo tenía como gran referente para mis crónicas del peronismo antikirchnerista a Alberto Fernández, que en teoría era un enemigo irreconciliable de Cristina hasta que un día se convirtió en su candidato. También esas cosas pasan solo en Argentina. Aprendí poco a poco a confiar en la masa argentina, tal vez el fenómeno que más viral se hace estos días, con esos miles de hinchas con la camiseta albiceleste moviéndose de forma aparentemente caótica y en realidad perfectamente coreografiada en Times Square, en Nueva York.

Recuerdo bien una anécdota con mi padre, periodista veterano, que estuvo en mil batallas, algunas incluso con tiros y muertos  ─en España hubo siempre mucha violencia política, y él en los 70 vio morir a mucha gente delante de sus narices en sus coberturas de episodios especialmente graves─. Nos había venido a visitar a Buenos Aires y lo llevé a la Bombonera, a ver un Boca-Tigre aparentemente tranquilo. Fuimos con tiempo, pero tuvimos la mala suerte de que algunos ultras de la 12 estaban intentando colarse por el mismo sitio donde entrábamos nosotros. Hubo empujones, aquello empezó a ponerse peligroso. Mi padre se asustó. “Vámonos, Carlos, que esto lo he visto en otros sitios y acaba mal”. No sé de dónde me salió la fe, pero como yo llevaba ya un año viviendo allí, apelé a mi veteranía local. “Hazme caso, papá, hay que esperar. No me preguntes cómo, pero son argentinos, encuentran siempre una salida para estas situaciones”. Mi padre me miró incrédulo, pero me hizo caso. Diez minutos después, la masa se organizó y pudimos pasar de aparentemente de milagro, cuando parecía que acabaríamos aplastados. Usé esa fe muchas otras veces. Y siempre funcionó: calma, son argentinos, nadie en el mundo sabe gestionar una masa como ellos. 

Ese país imposible es, en el fondo, una complejísima tela de araña conectada por miles de vínculos de amistad profunda e invisible para el profano. No existe la casualidad. Solo son ocultos hilos de asados infinitos que se van cruzando. Por eso casi ningún extranjero logra ser exitoso en Argentina. Por eso las compañías multinacionales instaladas allí tienen casi sin excepción CEOs argentinos o extranjeros pero que llevan toda la vida allí. Solo ellos pueden descifrar mínimamente esa tela de araña infinita.

Estos días, al volver a ver las increíbles imágenes del “pogo más grande del mundo” en los conciertos del Indio Solari me acordaba de esa fe pagana. Solo esa confianza ciega te puede permitir meterte ahí dentro y creer que vas a salir vivo. No intacto ni igual que entraste, de acuerdo, pero sí vivo. Y eso ya es mucho. Aún recuerdo el orgullo con el que mis amigos argentinos hablaban de las celebraciones del mundial de 2022. Pero no tanto por la cantidad de gente que había ido, sino porque no hubo muertos. Solo si has estado ahí dentro entiendes el mérito enorme que tiene que no haya víctimas. Pero lo cierto es que casi nunca las hay. Tal vez por esa capacidad de supervivencia a todo, incluido a la masa descontrolada, los argentinos triunfan tanto en lugares más tranquilos, como España. Nadie lo resumió mejor que Simeone, cuando hace unos años le preguntaron por los insultos cada vez más duros que llegaban desde las gradas españolas a los futbolistas. Una periodista española le preguntó cómo lo estaba viviendo él y qué se podía hacer para reducirlo.

-¿Me podés repetir la pregunta?, se reía Simeone.

-Digo que los futbolistas cada vez sufren más agravios desde la grada.

-Aaah, sufren “agravios”, se reía cada vez más Simeone.

-¿Sabés cómo es en Argentina? No te das una idea, decía ya muerto de risa, y con él los demás periodistas en la sala.

-Me imagino, trató de seguirle ella.

-No, no te lo podés imaginar, cabeceaba él.

-Acá es ir a un teatro, estás relajado total. Estás en Disney, mirá lo que te digo, remató, entre una carcajada general de la sala de prensa. Para un argentino, ya sea futbolista, psicólogo, empresario, arquitecto o camarero, todo parece Disney en cuanto salen de esa jungla dirigida por esa tela de araña infinita que solo ven ellos.

A pesar de los chistes inmisericordes con lo que destrozan desde hace años a nuestros paisanos en esa ciudad implacable que es Buenos Aires, los gallegos no somos boludos. También los extranjeros enamorados de Argentina vemos todos sus defectos. Y los sufrimos. Pero otra de las cosas que aprendí allí es que solo los argentinos pueden hablar mal de su país, una de sus mayores pasiones, a la que se dedican con una creatividad infinita. Otra particularidad patria. Nadie insulta, putea y destroza como un argentino. Tengo amigos españoles que coleccionan vídeos de puteadas argentinas, y se mueren de risa con ellas. Por eso yo veo todos esos defectos y los digiero en silencio, nunca los comparto porque de la familia solo pueden hablar mal sus miembros. Y yo no lo soy. Recuerdo la incomprensión de algunos argentinos mientras viajaba el país como corresponsal y les explicaba que no estaba de paso, que yo vivía allí. “Pero vos sos boludo, gallego, ¿qué hacés acá pudiendo estar en Madrid?”. Disfrutaba mucho desmintiéndoles, reprochándoles que no vieran el pedazo de país increíble sobre el que están montados. Y les encantaba. La cara cambiaba inmediatamente. Porque en el fondo casi todos los argentinos viven enamorados de Argentina. Insisten en que quieren dejarla, en que allí no se puede vivir, dicen que sueñan con irse lejos, pero tienen su veneno bien dentro y no lo pueden ni lo quieren sacar. 

Tal vez por eso, porque conocemos el talento y la creatividad infinita que vive ahí dentro, y que se ha exportado a todas partes, a los extranjeros enamorados de Argentina nos duele casi tanto como a los locales observar desde lejos ese empeño de algunos por romper un país que parece irrompible, pero tal vez no lo sea. Esa pasión autodestructiva que también parece habitar en los genes de una tierra tan apasionada en la creación como en la quema. Tal vez sea un buen momento para recuperar a un español que amó como pocos esa tierra infinita que entonces estaba aún mucho más lejos de su Madrid que ahora. Ortega y Gasset no pudo resumirlo mejor: “Argentinos, a las cosas”. O sea, al mundial. A vivirlo, a ganarlo otra vez, y después a intentar mirarse mejor, quererse más, y pensar en positivo de un país que, aunque solo fuera por el mérito de sobrevivir a todos los apasionados intentos por destruirlo, debería estar en el olimpo de las naciones más sólidas de la historia.

Todo parece estar a punto de estallar, y tiene muchas micro explosiones semi controladas, pero en realidad no estalla nunca del todo. Argentina se mueve en una especie de fórmula matemática imposible de inestabilidad estable que lo rige todo y evita el desastre final que casi todos los argentinos auguran en algún momento del año y nadie ha visto nunca.