Acelerar la historia: izquierda y revolución en América Latina
La revolución no desapareció con las dictaduras ni fue desplazada de inmediato por la democracia. En América Latina, los años ochenta todavía estuvieron atravesados por la expectativa de un cambio radical, mientras las izquierdas revisaban sus derrotas, sus vínculos con la democracia y sus propias experiencias autoritarias. ¿Cómo se cerró ese horizonte de futuro y qué quedó de aquella promesa revolucionaria?
por Daniela Slipak
La revolución no solo era eterna, sino omnipresente.
La revolución veía y escuchaba, pensaba y hablaba.
La revolución creía y sabía o aconsejaba y recomendaba.
Rafael Rojas. El árbol de las revoluciones.
I.Los años ochenta de la democracia y la revolución
Aunque no suele recordarse, durante los años ochenta hubo esplendor revolucionario. En julio de 1979, un grupo de tropas guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional ingresó a Managua sellando el triunfo después de años de lucha antisomocista. No solo la guerrilla sino una coalición plural de actores destituía así a Anastasio Somoza Debayle, heredero de una familia de dictadores que gobernaba en Nicaragua desde 1937. Desde tiempo atrás, la causa sandinista venía despertando el interés, la simpatía y la solidaridad de militantes de izquierda y de gobiernos de otros países de la región y de Europa. Esto se amplió con la victoria y la asunción de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, orientada a revertir las marginales condiciones de vida de las mayorías populares que imperaban en el país. La imagen de “los muchachos” circuló por distintas partes del mundo, despertando solidaridad, apoyos y esperanzas, y revitalizando las entonces golpeadas expectativas revolucionarias en América Latina.
Visto desde la actualidad, dicho triunfo se desdibuja tras la concentración absoluta de poder, la represión y las sucesivas violaciones a los derechos humanos del actual gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Pero también se vuelve borroso dadas las memorias emblemáticas sobre los ochenta que sedimentaron en el Cono Sur, vinculadas a los procesos transicionales. Por ejemplo, para el caso argentino, las escenas cristalizadas alrededor de los juicios a los represores y los derechos humanos de las víctimas. Como lo ilustra el film Argentina, 1985 -aunque eclipsando el proceso de construcción social y política tras el voluntarismo de su protagonista-, se trató de símbolos que anudaron la ley y el derecho al castigo de los crímenes dictatoriales y la violencia del pasado. Esta celebración del Estado de derecho se enmarcó en procesos regionales que coadyuvaron a la progresiva sustitución de los autoritarismos -y las revoluciones- por las democracias. Siguiendo a Samuel Moyn en La última utopía, hacia el fin de los setenta globales las grandes utopías dieron lugar a las reivindicaciones minimalistas.
Sin embargo, tal como lo recuerda Valeria Manzano en La última ilusión, en los años ochenta la posibilidad de un cambio radical continuó siendo una alternativa política y cultural para muchísimos actores, y no solo en Centroamérica a través de la Revolución Nicaragüense y las movilizaciones en Guatemala y El Salvador. Incluso después del fracaso de sus intentos revolucionarios en el Cono Sur, numerosos activistas, intelectuales, periodistas y artistas siguieron creyendo en la revolución. El formato de la experiencia sandinista, sostenida a través de la alianza y la participación de diversos actores y movimientos sociales (incluidas, de manera novedosa, las “mujeres sandinistas”), anunció agendas originales para el horizonte revolucionario antiimperialista. Y, fundamentalmente, prometió la confluencia entre democracia y revolución, al incorporar elecciones, libertades, participación ciudadana y derechos.
Por tanto, para empezar a pensar la revolución en América Latina, vale recordar que todavía en los años ochenta existió una revitalización de las aspiraciones al cambio radical, en paralelo a los impulsos democráticos de las transiciones pero también a la par de las discusiones en la cultura de izquierda que se estaban sucediendo del otro lado del Atlántico.
En los años ochenta la posibilidad de un cambio radical continuó siendo una alternativa política y cultural para muchísimos actores, y no solo en Centroamérica a través de la Revolución Nicaragüense y las movilizaciones en Guatemala y El Salvador.
II. La rebeldía se había vuelto de izquierda
Pero volvamos más atrás. Aunque América Latina había tenido una rica y variopinta historia de revoluciones en el sentido moderno del término (El árbol de las revoluciones, al decir de Rafael Rojas), podría plantearse con buenas razones que fue a partir del derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista en 1959 que el tiempo se aceleró. Los orígenes nacionalistas del proceso cubano, distantes del conflicto global bipolar y más cercanos a la tradición revolucionaria de dicho país y de la región, no le impidieron abrazar progresivamente la causa socialista en el marco de la Guerra Fría hasta consolidarse en el poder y convertirse en un articulador simbólico y logístico de la llamada -tanto por activistas como por especialistas-, nueva izquierda latinoamericana. En resumidas cuentas, “nueva” porque proponía otras formas de acción y porque discutía con los partidos socialistas y comunistas tradicionales, acusados de reformistas y de alinearse con la desacreditada Unión Soviética. Desde esta perspectiva, la revolución ya no sobrevendría necesariamente de la mano del proletariado, y como producto de una serie de etapas sucesivas y necesarias, sino como un cambio abrupto, más forzado por la voluntad, el sacrificio y la pasión del foco guerrillero en el territorio rural, acorde a las discusiones latinoamericanas sobre la cuestión agraria.
A pesar de la estrategia cubana de expandir sus enseñanzas (por ejemplo, a partir de la Conferencia Tricontinental de 1966 o la Organización Latinoamericana de Solidaridad de 1967) así como del enorme atractivo que despertó el legado guevarista en la región y en el mundo, ni las guerrillas ni los grupos armados fueron hegemónicos en América Latina en los años siguientes: amén de ellos, de innegable gravitación, existió una amplia gama de prácticas e intervenciones, así como de militantes, activistas, intelectuales, periodistas, artistas y simpatizantes de la revolución. El continente se convirtió en uno de sus terrenos paradigmáticos a nivel global, pero no de modo unívoco sino heterogéneo, tanto en su teoría como en su práctica. El proceso incluyó la radicalización y la movilización social, la revuelta cultural y la politización de numerosos sectores, en su mayoría juveniles, y con diversas adscripciones como el nacionalismo, el populismo, el catolicismo, el socialismo, el marxismo e incluso vanguardias culturales, entre otras.
Con el trasfondo de otros procesos globales como el Concilio Vaticano II, la aparición del Tercer Mundo en el tablero geopolítico, las luchas anticoloniales de Asia y África, y la ruptura entre China y la Unión Soviética, la revolución se ensanchó, abarcando tópicos como la emancipación, la liberación, la autonomía, el tercermundismo, la independencia y el antiimperialismo. En una experiencia interconectada, el repertorio transnacional de lucha se imbricó con las tradiciones locales para ofrecer nuevas perspectivas de futuro a sectores emergentes de la modernización de la estructura social latinoamericana. Al decir de Claude Lefort o de Pierre Rosanvallon, la revolución atravesó lo político y la política, es decir, las prácticas, las identidades, los afectos, los lenguajes pero también las instituciones y reglamentaciones.
Desde esta perspectiva, la revolución ya no sobrevendría necesariamente de la mano del proletariado, y como producto de una serie de etapas sucesivas y necesarias, sino como un cambio abrupto, más forzado por la voluntad, el sacrificio y la pasión del foco guerrillero en el territorio rural, acorde a las discusiones latinoamericanas sobre la cuestión agraria

III. La “cuestión de la democracia”
Si el triunfo de 1979 prometió a inicios de los años ochenta articular democracia y revolución en América Latina fue porque dicha unión no había logrado cuajar en el marco de la nueva izquierda de las décadas anteriores. El lenguaje transicional de los años ochenta en la región terminó de separarlas. Del otro lado del Atlántico, como expresión del -según Michael Scott Christofferson en su French intellectuals against the Left-“momento antitotalitario francés”, François Furet se ocupó de traducir esta separación casi en una marca de toda revolución: al volver a una de las revoluciones originarias modernas, la francesa, la asociaba inevitablemente a la violencia y al terror. La democracia, así, debía reemplazar la criticada revolución, articulada con reivindicaciones minimalistas como los derechos humanos, al decir de Moyn.
Es cierto que esta escisión no deja ver la diversidad de sentidos posibles dados a la democracia y a la revolución en los años sesenta y setenta, como reconoce Michael Hardt en su libro The subversives seventies. Esto incluye experiencias revolucionarias que buscaron situarse en el centro de las instituciones de la democracia liberal, como el caso obvio de la Unión Popular de Salvador Allende en Chile, pero también otras cuyo horizonte se orientó a la participación de la ciudadanía y/o de los sectores populares en los asuntos públicos, como la Organización Comunista Poder Obrero de Argentina. En los sesenta y setenta, la democracia también fue reclamada como parte del tejido revolucionario, planteada muchas veces no solo como una herramienta táctica sino como horizonte comunitario al que orientarse.
No obstante esta densidad, también es cierto que las críticas latinoamericanas -más o menos incisivas o superficiales, según el caso- a los crímenes, la burocracia y el totalitarismo de la URSS -a la que, vale recordar, el gobierno cubano terminó alineándose en términos geopolíticos generando más de una desilusión- no impidieron que algunas experiencias o intentos de cambio social radical de la nueva izquierda latinoamericana tuvieran elementos autoritarios, rechazando el pluralismo y la diversidad en los espacios políticos así como, desde luego, instituciones de la democracia liberal. Orientadas por un futuro asumido como certeza, terminaron negando la indeterminación y la división que atraviesan la vida en común.
Al respecto, aunque resultaron opacadas por otros procesos memoriales, distintas voces de izquierda de los exilios latinoamericanos a fines de los setenta y comienzos de los ochenta buscaron reconocer y repensar los rasgos autoritarios de sus experiencias de cambio radical, no para abandonar sino para refundar la revolución. Los exilios fueron espacios productivos para repensar prácticas, tradiciones y lenguajes, y dieron lugar a la reflexión sobre el valor de la democracia en varias de las acepciones teóricas e históricas del término, preservando las aspiraciones a un futuro mejor. Sin dejar de haber sido posible, esa perspectiva no prendió.
IV. Izquierda o revolución
Según Enzo Traverso en Melancolía de izquierda, las derrotas no obstaculizaron sino que fueron constitutivas de la revolución en el horizonte de las izquierdas durante el siglo XX. Por ejemplo, ni la derrota del Che Guevara en Bolivia en 1967 ni las derrotas de las organizaciones político-militares conosureñas en los setenta cerraron el ciclo revolucionario, como lo patenta el triunfo sandinista en Nicaragua. No obstante, lo cierto es que a fines de los ochenta el tiempo se desaceleró. Emergió una “crisis”, tras la que las izquierdas dejaron de prometer y hacer la revolución. Los fracasos sin épica clausuraron los futuros de ese pasado: a la represión sistemática de las dictaduras del Cono Sur se sumó la pérdida electoral del proyecto sandinista en 1989, tras años de desilusión habida cuenta de las desigualdades sociales, las consecuencias de la guerra, los abusos de poder y el verticalismo; todo ello en el marco de la reverberación de los procesos en los socialismos reales de la Unión Soviética y Europa del Este, que finalizaron el conflicto global bipolar.
Algo sucedió con la temporalidad en las izquierdas latinoamericanas en el siglo XXI, tal como sugieren Vania Markarian y Aldo Marchesi en su libro El tiempo no para. Concentradas en ese pasado reciente que las había reprimido y no solo a ellas- de maneras inimaginables, fueron relegando -luego de una rehabilitación del término revolución en la primera década del siglo en gobiernos como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador- la creencia en un triunfo inevitable pero también el ejercicio de la proyección. A su vez, quedaron opacadas la diversidad de formas posibles de la revolución, su larga historia de debates regionales y globales, así como la diversidad de formas posibles de la democracia, ahora minimalista en su definición. En cambio, desde otro lugar, son esos ensanchamientos del futuro y del pasado los que parecen emerger de las llamadas nuevas derechas, en sus cada vez más populares intentos por acelerar la historia en la actualidad.
Lo cierto es que a fines de los ochenta el tiempo se desaceleró. Emergió una “crisis”, tras la que las izquierdas dejaron de prometer y hacer la revolución. Los fracasos sin épica clausuraron los futuros de ese pasado.