A favor de los cuarenta

El cambio –definitivo– de década ordenado en tres palabras. Límite, adultez y muerte. A favor de las tres. Un elogio de los cuarenta

por Florencia Angilletta

Treinta y nueve

La mañana en que cumplí 39 recibí el saludo de un amigo. Además de las felicitaciones de rigor, dijo algo que en el llamado comentamos casi al pasar, sin detenernos, sin remarcar que hablábamos de un aspecto extraordinario o mínimamente de atender. Me aventuro aquí: quizá sea ése el mejor modo –o el único– en el que suceden las conversaciones importantes. Cuando no hay nada deliberado, ni intencional por parte de los interlocutores, y transcurre casi al borde de la latencia. Parecía eso, una conversación de otra cosa, un saludo y pim pam pum. Pero una frase dicha por él me resultó entre profética y salvadora. No la recuerdo exactamente, aunque la resumiría en “la antesala es peor”. 

En esa conversación descubrí dos cosas. Primero: en los meses previos a cumplir años había estado preocupada. Fueron meses rumiantes en torno a ese “39”. Y, por exceso de atención, fue mi cumpleaños más tropezado con consecuencias que todavía me duelen. Segundo: en esa conversación hubo casi una revelación. No era lo que venía, era lo que ya había pasado. El ruido, la incomodidad, la incertidumbre ante el cambio de década podían quedar pegoteados en el 39. En ese umbral. Estoy siendo entusiasta, y hasta optimista. Lo sé. Pero para escribir a favor hay que estarlo. Toda ficción tiene su cuento de origen.

Me importa mucho menos –y no por esto es que no me importe mucho– el repertorio de cambios físicos –las canas, ¡oh!, las canas– o la interpelación del “señora” –vocativo que daría cuenta del final del tiempo de ser la más mirada en la fiesta–. Hay un repertorio de lugares comunes sobre las cuatro décadas y, en particular, cuando se trata de las mujeres (el juego de la silla de ser o no ser la “elegida” para el cumplimiento de determinado guión vital, la mutua polarización –entre soltería y casamiento, entre hijos y no hijos– a ver quién subestima la dificultad de quién). Es tentador remitirse a Ricardo Arjona para caracterizar a lo que me refiero, pero no lo haré porque se trata de algo mucho más ominoso (sin ofender al artista o a estos lugares comunes –porque que los hay, los hay–).

Los cuarenta: un juego en el que es preciso bajar las cartas (actividad para la cual, en lo personal, tengo cierta reticencia). Terrorífico y fascinante. En una época débil y rota como la que vivimos bajar las cartas es por lo menos “contracultural”. Bajemos las cartas. Las bajo, aunque no sin antes cantar las cuarenta, como en el juego del Tute.

Límite

Nunca me puedo sacar de encima este poema de Borges titulado “Límites” y publicado en el libro El otro, el mismo, en 1964. 

Hay, entre todas tus memorias, una

que se ha perdido irreparablemente;

no te verán bajar a aquella fuente

ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa

dijo en su lengua de aves y de rosas,

cuando al ocaso, ante la luz dispersa,

quieras decir inolvidables cosas.

Apenas un fragmento del poema en el que se avizora, como continúa en las estrofas siguientes, la pérdida, lo irreparable, la memoria, lo inolvidable, las puertas que se cierran. “Para todo hay término”, escribe Borges. Los límites. O más bien, su erosión: habitamos una época de desborde. No se trata de una nostalgia tonta respecto a los límites formales de antaño, sino del agotamiento que su ausencia provoca frente a aquello insoportable del día a día. Es llamativo cómo aquellas palabras que en la segunda mitad del siglo XX llegaron para sacudir las estructuras y aligerar las normas, se hayan vuelto el léxico predilecto de los grandes holdings.

Impossible is nothing. Lo que antes era potencia ahora es imperativo: flexibilidad, adaptación, plasticidad, libertad. El cansancio es el agobio de estar, en apariencia, disponibles las veinticuatro horas. En principio, lo advertimos en el mundo del trabajo, donde se rompen los cercos del horario hábil, de los fines de semana, de las vacaciones. De hecho, esta “reforma de facto” está a instantes de cristalizarse en la reforma laboral. Sin embargo me refiero a algo mucho más inquietante: una voracidad de disponibilidad, también, del otro lado del cerco, es decir, en el aparente tiempo de ocio.

Hasta en una clase de gimnasia se impone el registro: hay que sacar la foto y participar del grupo de WhatsApp (¡¿para qué?!). Nada puede quedar por fuera del documento. Nada puede habitar la demora, el secreto o la duda. Es la lógica del “todo el tiempo, para todos, todo”. Tanta voracidad que ni siquiera hay límite de quién puede tratarnos con los usos del entrenos de la intimidad. Cualquier diálogo, hasta para comprar un café, comienza con el apócope del nombre. No hay curva, hay choque. 

La fantasía de nunca llegar a los cuarenta podía ser la de no sortear alguna demanda. Aunque la realidad es otra: estamos excesivamente demandados. Como dirían los boy scouts, hay que estar “¡siempre listos!”.

Los cuarenta. A favor de decir que no. A favor del límite.

Adultez

Circula un reel –esa forma contemporánea del archivo– en el que un joven Lanata entrevista a un grupo de adolescentes identificados con las ratas. Si bien la práctica no es estrictamente “nueva”, el ruido digital ahora le da una escala distinta a los “therians”: personas que querrían vivir como animales. El “therian” aparece como el último exponente de una época que no es solo argentina ni, mucho menos, porteña.

¿Por qué irrita tanto este fenómeno? Me arriesgo a una hipótesis: no se trata de una elección de vida, sino de una renuncia. Así cabría distinguir entre las “tribus urbanas” y los “therians”. Las “tribus urbanas” podrían pensarse como lo primero: una elección, una identificación, una identidad colectivizada a partir de algún elemento. En cambio, lo que los “therians” traerán como irritante es lo segundo: la radicalización de la renuncia. Un intento de sustracción de la responsabilidad de estar vivo, en lo que implica el lazo comunitario y la vida social. 

En los albores de los estados de semi-bienestar, la adultez se podía dirimir en discutir cierta tradición y proponer cierto desvío –porque la tradición, como justamente propuso Borges, opera en ese margen entre acatamiento e incumplimiento–. Mientras que en el desorden del siglo XXI, ¿qué aporta ese afuera del “sistema” y de la “funcionalidad”? Insisto: no se trata del ya gastado meme de la comparación nostálgica entre el “perro grande” y el “perro chico”, ni una reivindicación de la época de antaño. El punto es otro. 

Porque, en definitiva, los cuarenta es tiempo de morir: de enfrentar decisiones que van a ser decisiones de vida

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No importa tanto qué haga cada quien en su intimidad, sino la exigencia que se le lanza al mundo para que soporte esas consecuencias. El mundo difícilmente pueda lidiar con tanta demanda de subjetividad como la que ahora le proyectamos. Porque la subjetividad –sea conservadora o disidente, por decirlo en una escisión veloz– puede volverse igual de arrasadora con el otro cuando se vuelve imperativa.

Como si los “therians” escenificaran, de forma exponencial, una “pretensión” que jaquea la adultez. Frente a la obligación de vivir con otros –los deberes en palabras de Simone Weil– lo que traen los “therians” es el berrinche o capricho como estilo de vida. No quisiera que esto se convierta en una caricatura ni en una apología de la madurez como el seguimiento de las formalidades, el fin de las aventuras o el cuestionamiento de la infancia –porque sin infancia no hay adultez posible–. En absoluto. Más bien todo lo contrario. 

Se trata del enfrentamiento con la vida que no se dirime en un hilo de X sobre las nimiedades respecto de cuál es el traje que adopta cada cual para sentirse “grande” –o “señor/a”–. Y, sobre todo, que no se dirime en las proyecciones sobre el prójimo (por lo general, el gran síntoma de la cercanía de los cuarenta: hablar mucho sobre la vida de los otros). Los cuarenta no son en absoluto un “club de vida” armonioso –como si, además, hubiera historias sueltas en el aire, sin condiciones materiales o posiciones de enunciación–; al revés, se parece más a un campo de batalla de proyecciones donde todos “se cantan las cuarenta” (las hostilidades en redes son el síntoma de esto; cualquier conversación entre pares también, porque el pasto del vecino es más verde y la vida de al lado, más sencilla). La adultez es un juego donde a todos se nos mueve la baraja de cartas en la mano. 

Los cuarenta. A favor de la adultez.

Muerte

Los números son arbitrarios. Podría haber empezado por ahí también. Es una obviedad. Nada rotundo cambia. Como cuando explicamos en una clase que cierta efeméride es consensuada, y no es rígida. Los cuarenta son también un consenso. Probablemente haya personas de menos edad que vivan como si ya los tuvieran, tanto como personas aún más grandes que no se hagan cargo. Y así. Tantas diferencias como historias. Pero como justamente los cuarenta nos enfrentan por completo a la vida con otros, no quiero hablar de las relatividades ni de las singularidades, y mucho menos quiero hablar de mí –aunque cuente algo privado–; quiero escribir sobre eso en que “lo propio” es parte de algo común.

Este mes mi madre hubiera cumplido 67 años. ¡Hubiera sido mayor! Me resulta difícil de imaginar –su vejez–. Porque nunca vi a mi madre con pelo corto (mantuvo una melena aún más larga que la mía, impoluta ante el cáncer y ante los tratamientos); nunca vi a mi madre atravesar la menopausia (murió con el DIU colocado); nunca vi a mi madre en malla enteriza (dada su fidelidad al bikini); nunca la vi modificar su delgadez característica (descuento el desdén de su mirada ante las incipientes redondeces ajenas). Los cuarenta: un número donde ella y yo nos encontraríamos. Nos encontramos. La última década que cumplió mi madre, la próxima que voy a cumplir. La violencia de los números. Empiezo a ser, de a poquito, una persona de más edad de la que tuvo mi madre en vida. La violencia de estar más cerca. Y más lejos. 

Porque, en definitiva, los cuarenta es tiempo de morir. Quiero decir: de enfrentar decisiones que van a ser decisiones de vida. Decidir implica siempre resignar lo que no se elige, es decir, dar muerte a su viabilidad. Entonces, cumplir cuarenta es perder. Ya no habrá mil carreras, trabajos, viajes, proyectos, obras, matrimonios, hijos, posibilidades. Podríamos tener mil vidas. Elegimos vivir ésta. Y, afortunadamente, ya no habrá vuelta atrás. 

Que no se confunda. Los cuarenta es tiempo de dejar de hablar de los padres. Quiero decir, de dejar de hablar desde la herida. “Hoy es el primer día del resto de tu vida” es una frase erróneamente atribuida a John Lennon. Supongamos que a fuerza de error –en el error siempre hay verdad– la hubiera dicho. Amamos a Lennon, pero murió a los cuarenta. Diríamos entonces que nunca vivió esa década. Es decir: nunca vivió sabiendo que la vida resucita aunque no es infinita. No: no pasan dos veces ciertos trenes. Y la permanencia o la consistencia también es una forma de arrojo y de entrega. Bob Dylan escribió –en esa preciosísima canción que es “Forever Young”– “que tu canción sea eternamente cantada / que seas joven para siempre”. En cierta manera lo que quiero decir a favor de los cuarenta está adentro de esta canción. La juventud no es lo opuesto de los cuarenta. Una juventud vive en nosotros para siempre, pero nosotros no vivimos para siempre. Y no es para siempre el tiempo en el que podemos decidir (a veces algo, a veces ese margen ínfimo y gigante) respecto de cómo queremos vivir. 

Cuando empecé este texto creí que tenía una idea, o la zona de una idea, o un hilo. O un deseo. Después se me hizo más evanescente: al decirlo se escurría. Escribí con juicio –las afirmaciones siempre son juiciosas– y también me sentí juzgada –por mi mirada y por la de los otros–. Cumplir cuarenta no se trata de “decidir”; no es hacer, ni acelerar ni impostar. Porque estoy a favor de los cuarenta, sí, pero sin tener claridad, ni estar exenta de juicio –aunque lo intente–; más bien, estoy a favor porque advierto la fuerza de ese revoltijo y, por lo menos, no me apuro. Contemplo ese vacío. No sé cómo será el próximo cumpleaños. Sí sé que buscaré el límite, la adultez y, también, buscaré una pequeña muerte (para mí, la de bajar un poquito más las cartas). Y así, cantar las cuarenta.