A favor de los comunistas

La palabra “comunista” como acusación generalizada tiene una larga historia en la Argentina y en el mundo. Su uso indiscriminado en la actualidad tiene algo de paranoia y algo de chicana, pero es sintomática de un problema estructural: la negación a discutir la utilidad pública de la riqueza.

por Gonzalo Aguilar

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”, escribieron Karl Marx y Friedrich Engels en el “Manifiesto Comunista” de 1848. No sé si ellos se hubieran sorprendido al saber que en el siglo XXI la palabra “comunista” tendría todavía tanta vigencia. Después de todo, el principal objetivo de un manifiesto es trazar un mapa de acción para el futuro y transformar una época. Pero sí se hubieran sorprendido, no tengo dudas, ante el hecho de que el epíteto comunista se terminó aplicando no a proletarios o militantes de izquierda sino a un Papa, a una candidata a la presidencia de los Estados Unidos del Partido Demócrata o a un intendente de un partido de centroderecha en la Argentina. En los recientemente revelados Epstein files, Stephen Bannon, uno de los ideólogos de Trump, le escribe a Epstein: “Will take down Francis”. En diversas ocasiones, Bannon llamó a Francisco el “Papa comunista”. El presidente Javier Milei también usa el epíteto comunista como acusación, y puede aplicarlo tanto a los presidentes Petro y Lula (justamente Lula, que surge a la arena política en los setenta oponiéndose al Partido Comunista Brasileño) como a quien fue su Ministra de Relaciones Exteriores, Diana Mondino, por haber votado a favor de Cuba en la ONU (a la que Milei calificó de “socialista”) o a Horacio Rodríguez Larreta: “Larreta es peor que un comunista”. El vocero Manuel Adorni llegó a pedir, en la red X, que “Buenos Aires sea una ciudad donde se respire libertad y no donde se respire comunismo”.

La palabra “comunista” como acusación se remonta a tiempos muy antiguos, pero los periodos que parece imposible no evocar en el clima de ideas actual son el maccarthysmo en los años 50 en Estados Unidos y la dictadura de Juan Carlos Onganía en 1966 en la Argentina. Circunstancias muy diferentes que se asocian porque, en ambas, el calificativo se utilizaba como una suerte de significante mágico que desacreditaba a los opositores y críticos del poder, fueran o no comunistas.

Los casos del maccarthysmo, más allá de lo injustificable de toda persecución y censura, bordean, además, lo absurdo. Son muchísimos los ejemplos de personas y familias destruidas por el Comité de Actividades Antiamericanas durante el “terror rojo” (“Red Scare”). El método era acusar a alguien de comunista y pedirle bajo amenaza que delate a amigos o a familiares. John Garfield, por ejemplo, que murió de un infarto a los 39 años, se negó a denunciar a su esposa. Acabaron así con la increíble carrera de Garfield como actor. Su última película fue la intensa He Ran All the Way, con guión del censurado Dalton Trumbo (sin acreditar) y dirigida por John Berry, que también sufrió la persecución y debió radicarse en Francia (dicen que el personaje de Robert de Niro en Guilty by Suspicion está inspirado en él). La paranoia del senador McCarthy y sus secuaces no tenía límites. No sólo atacaban a personas que habían estado relacionadas aleatoria o tangencialmente con el Partido Comunista, sino que llegaron a negarle un permiso a Frank Capra, miembro del Partido Republicano y tal vez uno de los mayores exponentes del “american way of life” (sus filmes a favor de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial fueron fundamentales), por desleal y por ser un “drastic liberal who sometimes goes along with the leftist and communist groups in the Motion Picture Industry” [“un liberal extremo que a veces se alinea con grupos izquierdistas y comunistas de la industria del cine”]. En las delirantes sesiones del Comité, semejantes al juicio de Alicia en el País de las Maravillas, la pregunta “¿es usted comunista?” parece suponer casi siempre que el otro es comunista aunque no lo sepa. Si el interrogado lo niega, no importa demasiado porque lo habitual en los comunistas es… fingir y ocultar sus ideas.

Durante la dictadura de Onganía el epíteto se usó a menudo, complementariamente con la autodefinición del gobierno como representante de una “sociedad occidental y cristiana”. En agosto de 1967, se dictó el decreto-ley 17401 que tiene como fin sancionar a los comunistas. En el primer artículo se lee: “Serán calificadas como comunistas, con las consecuencias establecidas en los artículos 6° y 9° de la presente, las personas físicas o de existencia ideal que realicen actividades comprobadas de indudable motivación ideológica comunista. Podrán tenerse en cuenta actividades anteriores a la presente ley”. La definición, aunque utilice el término “indudable”, es tautológica: ¿quiénes son los comunistas? Los que tienen una “motivación ideológica comunista”. Obviamente los principales antagonistas del onganiato eran los peronistas y los sindicatos más radicalizados (muchos de ellos también peronistas), pero el significante comunista es rendidor, porque sugiere –para una parte de la población– extranjero (“foráneo” en la terminología de la época), faccioso, antirreligioso, espía, simulador y, sobre todo, disgregador de los valores de la familia occidental y cristiana.

El significante comunista es rendidor, porque sugiere  extranjero, faccioso, antirreligioso, espía, simulador y, sobre todo, disgregador de los valores de la familia occidental y cristiana

Las diferencias con el presente son muy grandes: ese decreto forma parte de una dictadura mientras el gobierno de Milei es democrático, pero el retorno de la palabra comunista como descalificación adquiere, igual que en el pasado, connotaciones morales. No solo es ideológicamente peligroso ser comunista, también es perverso y deshonesto. El ideólogo de la derecha festiva Agustín Laje, pensador de una gran influencia entre los anarcolibertarios, autor de best-sellers y, para usar la expresión gramsciana, “intelectual orgánico” del mileísmo, llegó a decir, en una entrevista televisiva, que “la izquierda en todas sus versiones moviliza lo peor del ser humano”. Se refiere a la envidia por las posesiones del otro. Esa es su versión mediática. En sus libros, en cambio, Laje adopta un tono más académico y parece desesperado por recibir reconocimiento del mundo intelectual. Su libro La batalla cultural. Reflexiones críticas para una nueva derecha, de casi 500 páginas y una bibliografía de más de 300 títulos, se caracteriza por adoptar la táctica de ultraderecha de hacer suya la terminología tradicionalmente de izquierda: dedica su libro “A los que están resistiendo” y habla de emprender una “guerrilla cultural” o “guerra de guerrillas”. La diferencia entre derecha e izquierda se basa –según su argumento– en la palabra “armonía” que Laje repite una y otra vez. Mientras la izquierda es destructiva (“descompone el campo social y sus relaciones dadas”), la derecha tiene una “voluntad de armonía del todo social” y de “armonía entre las partes”. Mientras “la derecha busca armonizar”, “la cooperación y la complementariedad orgánica se ocultan al izquierdista”. La raison d”être de la izquierda es “la negación de toda herencia cultural”.

 Los fantasmas que acosan a Laje, además del comunismo, son básicamente dos: las políticas de género y el financiamiento de las investigaciones académicas que, según Laje, suelen responder a la hegemonía de izquierda. Con el feminismo, Laje parece sufrir un female scare: llega a decir, citando a su admirado Murray Rothbard, que se trata de un “lesbianismo andrófobo amargado, extremadamente neurótico si no psicótico” que, simplemente, quiere “la castración de los hombres”. En cuanto a las investigaciones se queja de las “fundaciones de reconocidos millonarios que financian izquierdismo cultural”. En esas incursiones sobre el financiamiento de la cultura y la investigación, Laje parece coincidir paradójicamente con el comunismo soviético en que el Estado sólo debe financiar producciones de ideología afín (negando el principio democrático-liberal de financiar investigaciones por su calidad y no por su ideología). Se trata también de un argumento que se escucha a menudo entre los libertarios cuando atacan el cine nacional. Pero Laje termina bebiendo de su propio veneno: la prueba de la calidad de esas investigaciones que responderían a la “hegemonía de izquierda” (y justificarían el apoyo institucional que reciben) las da su propio libro, que basa casi todos sus análisis sociales en bibliografía de “izquierda” o “progre”: Bifo Berardi, Toni Negri, Antonio Gramsci, Pierre Bourdieu y Ernesto Laclau (de quien toma el concepto de “cadena de equivalencias” que aplica a los movimientos de derecha) están entre sus citas de autoridad. En el mundo maniqueo de Laje, en el que supuestamente la izquierda siempre tuvo el poder (sobre todo en la cultura), la derecha aparece en el lugar de la resistencia (este parece el objetivo de todo el discurso libertario, dar vuelta la lectura de la historia y que víctimas y vencidos sean los “aprovechadores” y lo que tienen “privilegios”).

¿Qué es lo que mueve a estos discursos de estigmatización del otro a partir de la palabra “comunista”? Sin duda, hay una gran paranoia: quienes denuncian suelen ver comunistas por todos lados, aun aquellos que no lo parezcan (porque sería propio de los comunistas fingir que no lo son). Se trata de una proyección fantasmática que define más a quien acusa (sea McCarthy, Onganía o Milei) que al acusado. La hipótesis paranoica de todos modos me resulta insuficiente, demasiado psicologista, poco aclaratoria. Una explicación más actual está en las redes y en el goce que les provoca a los libertarios indignar a los progresistas. “Comunista” formaría parte, en este caso, de la política de la chicana que tanto éxito les ha dado porque la indignación es básicamente reactiva. Sin embargo, creo que hay todavía una razón más profunda y es la disputa alrededor de la propiedad (no me parece casual que Trump venga del real state). Si como dijo Oswald de Andrade en el Manifiesto antropófago de 1928, “la política es la ciencia de la distribución”, lo que parece unir a todos los acusados de “comunistas” es que proponen, aunque sea tibiamente en algunos casos, la discusión alrededor de la distribución de bienes. Milei extremó esta idea y, en su discurso de Davos de 2024, armó una verdadera ensalada rusa (pero no soviética): 

Así es como llegamos al punto en el que, con distintos nombres o formas, buena parte de las ofertas políticas generalmente aceptadas en la mayoría de los países de Occidente son variantes colectivistas. Ya sea que se declaren abiertamente comunistas, fascistas, nazis, socialistas, socialdemócratas, nacional, socialistas, demócratas, cristianos, keynesianos, neo keynesianos, progresistas, populistas, nacionalistas o globalistas. En el fondo no hay diferencias sustantivas: todas sostienen que el Estado debe dirigir todos los aspectos de la vida de los individuos. 

Sin embargo, no se trata de una oposición entre colectivismo e individualismo sino entre propiedad y utilidad pública (algo que ya está en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789 y que en el Constitución Nacional aparece en el Art.17). Salvo las opciones totalitarias (sea el nazifascismo o el comunismo soviético), ninguna de las otras mencionadas apuesta por el dirigismo absoluto y en contra del individuo (salvo que “dirigismo” sea equivalente a la afirmación de la existencia del Estado, lo que no parece exacto). En un mundo en el que la distribución de la renta es tan extremadamente desigual, la propiedad no debería ser “sagrada” sino algo sobre lo que se puede discutir y pensar alternativas sin riesgo de ser acusado de comunista. Ante una estigmatización que moviliza descalificaciones siniestras, cómo no estar a favor de los comunistas, lo sean o no.

Lo que parece unir a todos los acusados de “comunistas” es que proponen, aunque sea tibiamente en algunos casos, la discusión alrededor de la distribución de bienes