A favor de las plantas
Las plantas están en todas partes y, sin embargo, casi no las vemos. Este ensayo parte de esa paradoja, del antiguo desinterés por el mundo vegetal y de su inesperado regreso cultural, para recorrer una historia que va de Borges y Silvina Ocampo a Aristóteles y los debates científicos contemporáneos. Entre jardines, estadísticas y best-sellers botánicos, el texto explora cómo aquello que parecía quieto y secundario vuelve a ocupar el centro de la escena.
Mil páginas tiene el diario de Adolfo Bioy Casares y una sola mención a la botánica. Casi al pasar, Borges le dedica a la ciencia vegetal uno de sus elogios venenosos. El 14 de julio de 1967 los dos amigos y Silvina Ocampo discuten posibles títulos para la próxima novela de Bioy. A Borges le gusta La piedra y el árbol:
Parece el título de un libro famoso, ya leído, tal vez olvidado. La botánica es más tranquila que la zoología. En el Jardín Zoológico hay que pagar la entrada; si cobraran la entrada en el Botánico, quedaría vacío.
Acá, en el Jardín Botánico de Nueva York, desde donde escribo, la entrada cuesta 35 dólares y no dejan, por eso, de visitarlo un millón de personas por año. De todas partes del mundo vienen a ver el show de orquídeas en invierno, el de crisantemos en otoño, y para amontonarse en la colina donde florecen los narcisos en abril (o en mayo o, últimamente, cuando quieren). Para ser justos con Borges, del otro lado de la calle, a pocos metros, el Jardín Zoológico del Bronx recibe por el mismo precio el doble de visitantes cada año. ¿Cómo explicar este hecho común y a la vez misterioso?
Acá, en el Jardín Botánico de Nueva York, desde donde escribo, la entrada cuesta 35 dólares y no dejan, por eso, de visitarlo un millón de personas por año. Para ser justos con Borges, del otro lado de la calle, a pocos metros, el Jardín Zoológico del Bronx recibe por el mismo precio el doble de visitantes cada año.

En 1999, dos biólogos norteamericanos, James Wandersee y Elizabeth Schussler, publicaron un artículo en The American Biology Teacher donde dieron a conocer los resultados de una encuesta a estudiantes de colegios primarios. Según el estudio, apenas el 7% expresó algún interés por las plantas. De ese 7%, a su vez, dos tercios eran mujeres (¿qué habrá pensado Silvina, por cierto, de ese intercambio entre su marido y el amigo, ella que, unos años más tarde, publicaría Árboles de Buenos Aires, un libro de poemas que es una carta de amor al Jardín Botánico? Bioy no deja registro en la entrada de sus impresiones).
A esta incapacidad (¿masculina?) de prestar atención al mundo vegetal, Wandersee y Schussler le dieron el nombre de plant blindness. La lista de síntomas de este padecimiento es larga y muchos de nosotros nos reconoceremos, aunque sea, en alguno de ellos: ignorar los nombres de las plantas que nos rodean en nuestras casas y en el espacio público; no considerar la importancia que tienen las plantas en nuestra vida cotidiana, como alimento o medicina; desconocer datos científicos y prácticos básicos sobre cómo las plantas se alimentan y se reproducen, sobre el porqué de su textura y su olor, sobre sus colores y patrones de crecimiento y, en fin, sobre su rol central en los ciclos bioquímicos que permiten que exista la vida en la tierra.
Dos décadas más tarde, en 2022, un equipo de botánicos encabezado por Katherine Parsley desarrolló una métrica accesible para establecer el Índice de Déficit de Atención a las Plantas. Cada uno puede comprobar si está muy de acuerdo, poco de acuerdo o nada de acuerdo con afirmaciones como las siguientes:
1) Cuando camino por la calle, noto las plantas a mi alrededor.
2) Cuando camino por la calle, las plantas se mezclan con otros elementos del ambiente y no las distingo entre sí.
3) Tengo muy lindos recuerdos asociados a las plantas. Me gustaría visitar un jardín botánico.
Un mal resultado no es para castigarse. Hay buenas razones para que no nos importen mucho las plantas. Su movimiento es (comparado con el de un gato o un pez) imperceptible en la vida cotidiana; es más difícil nombrar un arbusto que un mamífero, sobre todo cuando no han florecido o si no tienen flores: todos fatalmente se parecen entre sí en su verdor; tampoco las plantas despiertan el miedo o la amenaza que puede despertar, por ejemplo, un perro furioso. Sí, las plantas son más tranquilas que los animales. Por eso también pueden ser más olvidables.
La consecuencia más grave de este mal es que nunca hay plata: el financiamiento para preservar la biodiversidad vegetal sigue siendo inferior a los esfuerzos por salvar animales. Según un reporte publicado por Kew Gardens en 2023, hoy el 45% de las plantas que florecen está en peligro de extinción por la destrucción de su hábitat y el cambio climático. Aunque sería más preciso decir que ese 45% habla de las plantas florecientes que conocemos: además de las 350.000 especies vegetales que hemos nombrado, se estima que quedan unas 100.000 todavía por descubrir. Para esas, el riesgo es incluso mayor. El mismo informe de Kew considera que el 77% ya está en peligro de extinción. Muchas de ellas desaparecerán antes de llegar a tener nombre.
La consecuencia más grave de este mal es que nunca hay plata: el financiamiento para preservar la biodiversidad vegetal sigue siendo inferior a los esfuerzos por salvar animales.
Son varios los filósofos que en los últimos años han historizado el largo descuido humano por las plantas que explica esta situación. En sus varios libros sobre el tema, Michael Marder se asombra de que, como Borges, hayamos terminado asociando la palabra “vegetal” a una tranquilidad que equivale a la quietud. No es lo que señala su etimología, en todo caso. La palabra “vegetación”, explica Marder, viene del latín vegetabilis, que significa “que crece” o “que florece"; los verbos vegetare y vegere significan “dar vida” y “estar vivo”, respectivamente; el adjetivo vegetal expresa vigor. Pero lo primero que pensamos cuando pensamos en una planta es en su arraigo, una existencia que no se puede mover de lugar. Describimos a una persona aburrida como una planta, decimos que alguien está firme en su lugar como un árbol, nos sorprenden las pocas especies cuyo movimiento es evidente, como el de la Mimosa pudica, que cierra sus hojas cuando las acariciamos, o la Dionaea muscipula, que atrapa moscas para comérselas.
Como en casi todo, la culpa es de Aristóteles, para quien el alma vegetal no participa de la locomoción ni la percepción. Para Jeffrey Nealon, otro filósofo, las plantas ocupan directamente el lugar de la abyección en la metafísica occidental. Le indigna que la tradición aristotélica relegue el alma vegetal a un lugar marginal, que la expulse del Ser por demasiado diferente. Por no tener sistema nervioso centralizado, por no tener cara, por no hacer ruido, por estar siempre, en apariencia, dormidas. Pero ¿duermen realmente? Según Aristóteles, ni siquiera. En su tratado sobre el sueño concluye que, si el alma vegetal no puede sentir ni percibir, entonces es imposible que su vida (eso que parece una vida) se divida entre el sueño y la vigilia.
Y aun así, a veces las plantas exhiben un deseo de supervivencia que excede a todo, y vemos yuyos que crecen entre edificios abandonados o raíces que perforan el pavimento en la ciudad. Cuando no son olvidables las plantas, las plantas pueden ser siniestras, vuelven como regresa lo reprimido: de repente y todo junto. Algo de eso está pasando ahora.

La vida secreta de los árboles, La nación de las plantas, Planta Sapiens, Tu mente bajo los efectos de las plantas son algunos best-sellers de los últimos diez años, traducidos a múltiples idiomas, que se presentan como los reivindicadores de un reino olvidado. Si expandimos la búsqueda a palabras como flor, bosque, jardín, herbario, raíces, encontraremos otros tantos. Muchos repasan la vida de figuras históricas y literarias en busca de sus inclinaciones botánicas, en una suerte de revisionismo vegetal. Así, Jean Jacques Rousseau, Emily Dickinson, Rosa Luxemburgo, por nombrar tres, se nos revelan ahora como naturalistas secretos. Son amantes de lo que Rousseau llamó la science salutaire: una ciencia tranquila y hasta reparadora, de espaldas al ruido del mundo moderno, que consiste en caminar y recoger plantas. Su imaginario se ha vuelto omnipresente, y ya no debe haber casa donde falte un mantel, una cortina, un acolchado o un posavasos con una ilustración botánica del siglo diecinueve. Las plantas están de moda. ¿Cómo explicar este hecho común y a la vez misterioso?
El Floral Marketing Fund, una organización que estudia el comportamiento de los consumidores de plantas en Estados Unidos, reportó que en 2021, el 75% de los encuestados pensaba que una planta era un buen regalo para alguien que estaba triste o enfermo. Dos años antes, en 2019, apenas el 12% había respondido afirmativamente a esa misma pregunta. Todo el resto de los indicadores vegetales aumentó durante la pandemia: los encuestados reportaron tener más plantas que antes, dedicarles más tiempo y estar dispuestos a gastar más plata en ellas. Podría creerse que se trató simplemente de un año excepcional, en el que la gente pasó mucho más tiempo en casa y sin gastar en salidas, pero hasta ahora el crecimiento del mercado botánico no ha disminuido. Todas las consultoras coinciden en augurarle un futuro próspero; según Persistence Market Research, podría llegar a crecer en diez mil millones de dólares de acá a 2032.
Por suerte, los académicos han buscado explicar el fenómeno. El crítico literario Rob Nixon, pionero en estudiar cómo la literatura representa el cambio climático, ha venido escribiendo sobre los best-sellers botánicos que caminan entre la ficción novelística y la no ficción científica. A Nixon le interesan libros como El clamor del bosque, de Richard Powers, que ganó el Pulitzer en 2017, donde un grupo de personajes se junta para oponerse a un proyecto de deforestación. Uno de ellos, está basado en Suzanne Simard, la científica canadiense que propuso la idea de la wood wide web a finales de los noventa. Según esta hipótesis, los árboles en el bosque se comunican a través de un sistema subterráneo de hongos que se adhieren a las raíces para intercambiar nutrientes y señales químicas de estrés y defensa. Así, los árboles pueden proveerse de alimento unos a otros, y llegado el caso los más grandes pueden sostener a los más chicos. La hipótesis de Simard, que fue descartada en un inicio, ha tomado fuerza en los últimos años.
Nixon no tarda en llegar a la conclusión que, narrado el argumento de la novela, se vuelve evidente: los escritores y su público se vuelcan en masa al mundo de las plantas en busca de una forma de convivencia armónica que la sociedad actual no ofrece. Contra el individualismo capitalista, dice Nixon, sin sutilezas, la literatura propone el cooperativismo de las plantas. Al inicio del orden neoliberal, en los setenta, la sociedad le pedía a la ciencia de la naturaleza enseñanzas que reforzaran la ideología del mercado (el “gen egoísta” de Richard Dawkins y la eterna supremacía del más fuerte); ahora, en el ocaso, le pedimos ejemplos de solidaridad más que humana.
El argumento de Nixon (que es de 2021) envejeció mal en el último lustro (¿cuántos lectores de El clamor del bosque formarán parte del 52% que votó a Trump? La respuesta no puede ser cero), pero siempre tuvo problemas. Sin ir más lejos, un artículo de la revista Nature señaló que, acaso por su atractivo, la hipótesis de Simard sobre la wood wide web había sido popularizada demasiado rápido, sin evidencia suficiente. Claro que existen relaciones simbióticas entre hongos y raíces que se despliegan por debajo del suelo, afirma la bióloga Justine Karst, pero es demasiado pronto para afirmar que estas redes sean significativas en el intercambio de recursos.
La conclusión menos interesante que podemos sacar de todo esto es que los árboles también tienen el gen egoísta. Hacerlos entrar, ahora por la puerta contraria, en una lógica que les es ajena. El bosque no es un modelo de competencia donde sobrevive el más apto. El que quiera mejorar su nota en el test de plant blindness, el que aspire a ser más como Silvina y menos como Borges y Bioy, hará bien en dejar de exigirle a las plantas que nos enseñen algo. Quizás esta debería ser la primera y única regla para estar a favor de las plantas: no querer aprender nada de ellas que nos sirva para la vida; conformarnos con detenernos en su diferencia.

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El autor agradece las muchas conversaciones sobre los temas de este artículo con Yota Batsaki y Anatole Tchikine, directores de la Plant Humanities Initiative en Dumbarton Oaks (Washington, DC).
Créditos de imágenes. 1. Debora Hirsch, Iris antilibanotica. 2. Leah Sobsey, Lumen.