A favor de las notas al pie de página
En una época que premia la opinión veloz y el impacto inmediato, este texto defiende una práctica silenciosa y obstinada: la nota al pie de página. Lejos de ser un ornamento académico o una manía erudita, la nota es presentada aquí como ejercicio de humildad, cultura de la inclusión y forma de responsabilidad intelectual. Entre la periferia y el centro, entre la vocación y el oficio, esta apología reivindica la ascesis de la scholarship como condición de posibilidad de las humanidades mismas.
Aiming high, whistling slow
En tiempos en los que lo que cuenta es escribir o gritar en contra de algo, intentar hacerlo “a favor” parece ser un buen ejercicio. En general, las grandes causas me son esquivas, no es que piense que no son importantes. Estas líneas son, entonces, sobre un tema menor: las notas al pie de página o, mejor dicho, su defensa. La única autoridad que puedo invocar sobre el tema es haber practicado –y continuar practicando– esta rara forma de ascesis académica por más de 20 años con resultados dispares. En este texto en particular, el desafío es hacerlo sin escribir notas al pie.
Por formación, los historiadores desconfiamos del poder de nuestra razón y tendemos a pensar que alguien ya dijo o trabajó sobre eso que se reveló en nuestra mente en un momento epifánico como un gran descubrimiento. Ahí es cuando empieza la cuesta arriba, el verdadero trabajo –por decirlo de algún modo–: rastrear hacia atrás, por las dudas, por si otro scholar no tuvo la misma epifanía y todo nuestro trabajo es en vano. Esas grandes intuiciones iniciales nunca suelen llevar a buen puerto y uno termina descubriendo indefectiblemente que alguien ya había demostrado lo que aparecía inicialmente como una gran novedad. De todos modos, de a poco y con mucho esfuerzo, uno empieza a rastrear –a través de las notas al pie de página en libros y artículos– las interpretaciones previas sobre el problema que se quería estudiar. Puede tratarse de problemas en las ediciones de un texto o si un genitivo en latín es objetivo o subjetivo y cómo eso afecta la interpretación de un texto importante.
Muy lentamente, con gran esfuerzo y un baño enorme de humildad, se termina reformulando esa epifanía inicial, por una mucho más acotada y que vuela bien al ras del piso. Un amigo que ha pasado por una universidad del “primer mundo” inventó una frase, criolla hasta la médula, para dar cuenta del proceso que se acaba de describir: Aiming high, whistling low. El problema es cuando se cree ciegamente en la epifanía inicial, sin pasar por el camino de la ascesis de la nota al pie de página, que permite rastrear la tradición previa del problema que se quiere estudiar. Mucho de lo que se quiere hacer pasar por ciencia en las humanidades, a menudo no lo es. Ojo que estoy hablando de la escritura científica, los artículos en revistas y libros académicos en humanidades. Soy consciente de que hay géneros venerables y útiles, como el ensayo, que pueden practicarse muy bien sin necesidad de un aparato crítico. Al fin y al cabo este texto no deja de serlo. Aún si se ha optado por este género me parece importante mostrar las deudas que se tienen con los autores que han dicho algo significativo sobre el tema.
Hay una estética de la nota al pie de página. Las opciones y variedades son muchas, pero todos coincidimos en una cosa: evitar el formato APA. El sistema fue inventado en 1896 por Edward L. Mark, un zoólogo y anatomista de Harvard, quien lo copió del sistema de referencias del catálogo del Museo de Zoología Comparada de esta universidad.

Por este motivo, en este caso quiero empezar citando, en el cuerpo del texto y no al pie, un artículo fundamental de Miguel de Asúa, “El dudoso encanto de ser un scholar”. El texto apareció en la revista Ciencia Hoy en 1995 y 30 años después fue reeditado en el libro Más allá del experimento (2025) en el último de los volúmenes de lo que hemos dado en llamar sus Kleine Schriften que vienen apareciendo con la regularidad de la primavera porteña en los últimos años y no tienen desperdicio. Con un grupo de amigos y colegas (en ese orden), siempre vamos a las presentaciones de esta serie de libros que, en general, se celebran en la Academia Nacional de Ciencias. No es un hecho menor que a los que asistimos nos une el mismo placer por la nota al pie de página, al punto que discutimos acaloradamente sobre cuestiones de su estética. Porque, digámoslo, hay una estética de la nota al pie de página. Las opciones y variedades son muchas, pero todos coincidimos en una cosa: evitar el formato APA.
El sistema fue inventado en 1896 por Edward L. Mark, un zoólogo y anatomista de Harvard, quien lo copió del sistema de referencias del catálogo del Museo de Zoología Comparada de esta universidad. En 1929 fue adoptado por la American Psychological Association (APA) y se comenzó a usar cuando las ciencias sociales buscaron validarse asimilándose a las ciencias naturales y médico biológicas, disciplinas en las que la utilización del formato APA tenía su razón de ser. En el caso de las humanidades, es profundamente inútil. En las citas con este formato solo aparece el nombre del autor, el resto de los datos aparecen relegados en la bibliografía al final. En una primera lectura, el sistema no otorga información sobre el lugar de publicación y la editorial, en general, datos fundamentales en las humanidades pero sobre todo no permite distinguir de qué tipo de texto se está hablando.
Pero volvamos a lo importante que es el texto de Asúa al que casi desde su publicación lo leemos como si se tratara de un samizdat que circulaba en la clandestinidad del otro lado de la cortina de hierro. Aclaro, para algún despistado con las fechas, que esto lo digo, no porque fuéramos perseguidos políticos, sino porque las ideas de Asúa en este texto no abundaban en los lugares en donde se enseñaban las humanidades por esa época y siempre tuvimos la percepción de ser un grupo reducido que se interesaba por estas cosas. Son textos a los que siempre se vuelve y se le encuentran cosas nuevas. Los que ya peinamos canas, si es que queda algo para peinar, no podemos dejar de pensar en el contexto en el que fue escrito: Cavallo mandando a los científicos a lavar los platos.
En el peor de los contextos de la ciencia de los años noventa, en lugar de abordar la coyuntura de por sí conflictiva, Asúa le explicaba a todo el mundo, sin complacencias ni romanticismo, qué significaba ser un scholar y, en particular, un scholar de la periferia. En esas estamos 30 años después. En ausencia de condiciones dignas para la ciencia seguimos pidiendo, como hacía con fina ironía Asúa, que al menos no hagan ruido mientras leemos. Si sirve de consuelo, con todos los altibajos en la política científica de los últimos 30 años, Asúa –que estudió medicina, teología e historia– se las arregló para seguir construyendo una carrera inigualable como scholar que habla por sí misma, publicando en las mejores editoriales y revistas del país y del extranjero, fue nombrado life member del St. Edmund’s College y Clare Hall de Cambridge y durante muchos años trabajó en el país como investigador del Conicet.
En las páginas de su artículo, Asúa partía de una definición literal de la palabra scholar, una palabra que no encontraba un equivalente exacto en castellano y luego pasaba a describir ese “dudoso encanto” de ser un scholar de la periferia. Scholar es el término usado en el sistema anglosajón para designar al experto en algún área de las humanidades y las ciencias sociales, consagrado a la investigación y a la enseñanza. La scholarship aludía también inicialmente a la classical scholarship (los estudios clásicos de Grecia y Roma), durante mucho tiempo, el ideal cultural de la educación en humanidades o artes liberales, para ser más exactos. Este ideal era, en palabras de Asúa, “garantía de calidad académica, seriedad informativa, juicio crítico y erudición” y estaba estrechamente vinculado a “las actividades ligadas a la conservación, publicación, interpretación de los textos, monumentos, y obras de arte de la Antigüedad”. Con la alianza entre filología e historia, esta fue la base a partir de la cual el siglo XIX estructuró a las humanidades y que continúa siendo su núcleo duro.
Las humanidades als Beruf
En su Wissenschaft als Beruf [La ciencia como profesión], Max Weber jugaba con el doble sentido de Beruf como profesión y como vocación. La verdad es que el texto de Weber me pareció siempre un poco pretencioso, típico de un alemán que ya sabe, desde su más tierna infancia, hacia dónde va a ir su vida: Gymnasium o Fachschule. Felices los que conocen su vocación científica desde niños. A otros, la vocación se nos fue revelando de a poco. La única certeza era el placer por la lectura y los libros. El texto de Weber es interesante, porque en un pasaje describe las características del Wissenschaftler [scholar] en los siguientes términos:
En nuestro tiempo la obra realmente importante y definitiva es siempre obra de especialistas. Quien no es capaz de ponerse, por decirlo así, unas anteojeras [Scheuklappen] y persuadirse a sí mismo de que la salvación de su alma depende de que pueda comprobar esa conjetura y no otra, en este preciso pasaje de este manuscrito, está poco hecho para la ciencia. Jamás experimentará en sí mismo lo que podríamos llamar la ‘vivencia’ [Erlebnis] de la ciencia.
Sobre esto hablaba Weber en la República de Weimar en 1919. No podía haber tiempos más difíciles para su país y para la ciencia. Digamos que, en términos de agenda política, había otras prioridades económicas y sociales. Lo interesante es que a Weber nunca se le pasó por la cabeza buscar una legitimación de la ciencia por fuera de la propia actividad científica. No buscaba legitimar la actividad científica apelando a criterios de relevancia externos a ella. Hace años que Stefan Collini viene sosteniendo, en una serie de libros y conferencias brillantes, que el cuestionamiento de las humanidades tiene que ver con una crisis propia de legitimación. Sus dos libros, What are Universities? (2012) y Speaking of Universities (2017) son indispensables. Cualquiera de sus conferencias recientes sobre estos temas, que están on line, no tienen desperdicio y actualizan las discusiones sobre el contexto presente. De hecho, Collini menciona en una de ellas que el término “humanidades”, así en plural, se generalizó después de la Segunda Guerra para englobar a todas las actividades que no eran ciencias duras. Ahí comenzaron a ponerse dentro de la misma bolsa los studia humanitatis y las ciencias sociales. En los años sesenta ya se había comenzado a hablar de la crisis de las humanidades y, sin embargo, acá seguimos leyendo manuscritos, editando textos clásicos y estudiando cuestiones técnicas importantes.
El término “humanidades” en plural nace como un acto defensivo en el mundo norteamericano, para englobar a todo lo que no era ciencia dura. En general, en ciclos económicos regresivos, la sociedad lógicamente empieza a mirar lo que sucede dentro de los muros de las universidades, y es entendible que así sea. Es comprensible que los que pagan los impuestos quieran saber qué pasa con su plata intra muros. Lo que en realidad es nocivo es que, frente a esta situación, las humanidades en particular hayan comenzado a buscar criterios de validación por fuera del campo de cada una de sus disciplinas. En este contexto, recientemente hemos asistido al auge y expansión de las public humanities, que buscan legitimarse en la medida en que pueden reivindicar un cierta relevancia para las agendas públicas que, dicho sea de paso, siempre están cambiando de la mano del humor social y de los periodistas. Está bien que existan las public humanities y muchos de sus objetos son extremadamente loables, nadie niega el hecho de que los estudios humanísticos puedan o deban, en ciertos casos, tener impacto social, pero en palabras de Stefan Collini, esa no puede ser la legitimación fundamental de las humanidades. Esto automáticamente las pone en un plano defensivo y de debilidad. Así es como empiezan los argumentos plañideros y tristones sobre la crisis de las humanidades. Su estudio es un fin en sí mismo, se estudian porque sí, para darle sentido al mundo, y por lo tanto no tienen relevancia alguna. Lo mismo sucede con la ciencia no aplicada, se sitúan en otra temporalidad. Buscar culposamente validación en criterios utilitarios por fuera de la persecución del conocimiento desinteresado, profesional y científico es mostrar debilidad y un complejo de inferioridad. Las humanidades tampoco tienen que estar todo el tiempo dando explicaciones sobre todo lo que hacen al público general. Está bien que cada tanto se haga el esfuerzo de explicar seriamente, sin complacencias ni medias verdades, qué hacen los scholars. Ahora bien, este no puede ser el eje de la actividad científica. Dejemos que nuestra producción hable por sí sola y no forcemos con culpa el argumento que intenta buscar una relevancia que, en términos comparativos, siempre va a perder contra necesidades más inmediatas en Buenos Aires, Cambridge, París, Roma o Berlín. Simplemente, hay que mostrar lo que hacemos con seriedad, profesionalismo y con notas al pie de página en nuestros textos. En la Argentina, las humanidades y sus aspectos institucionales han sido estudiados por Pablo Ubierna en un libro cargado de erudición, esa de la buena, esa que no es mera eruditio. En Las humanidades. Notas para una historia institucional (2016) Ubierna esboza algunas ideas del por qué la recepción en el país del proyecto de los hermanos Von Humboldt fue trunca. Argentina recibió a Alexander sin Wilhelm. Son pocos los scholars que han tenido el coraje de hacerse esta pregunta sobre la institucionalización de las humanidades en el país.
En los años sesenta ya se había comenzado a hablar de la crisis de las humanidades y, sin embargo, acá seguimos leyendo manuscritos, editando textos clásicos y estudiando cuestiones técnicas importantes.
En el purgatorio al final del texto
En estas páginas quería detenerme en un aspecto, el segundo para ser preciso, al que Asúa hacía referencia en su textos al describir las características de lo que llamaba la “cultura de la inclusión”, propia de la scholarship, en oposición a la “cultura de la exclusión”, propia del public intellectual. Precisamente, se trataba de las citas eruditas, siempre al pie de página, que eran una suerte de condición indispensable para la scholarship, en la que el scholar citaba fuentes y la bibliografía secundaria relevante de manera crítica. Aunque no parezca, las notas al pie son un recurso clave de “cultura de la inclusión” porque el scholar es claro y muestra todas las decisiones que ha tomado en su texto y cómo se ha ido abriendo camino entre las distintas interpretaciones de otros scholars. Las luminarias académicas afectas a las epifanías poco trabajosas no tardarán en acusarnos de positivistas. Sin embargo, ahí sigue residiendo la matriz de las humanidades. Además, no nos vengan a correr con esa cantinela, porque crecimos y nos formamos con la moda pasajera de la “muerte del autor”, así que quédense tranquilos que nos somos naifs con respecto a la afirmación rankeana acerca de escribir la historia: “wie es eigentlich gewesen ist” [tal como sucedió].
Sobre las notas al pie, en su versión de 2025 el texto Asúa cita como referencia el artículo de Gertrude Himmelfarb “Where Have all the Footnotes Gone?” (1991) publicado en el New York Times Book Review. Acto seguido, hicimos lo que todo scholar hace cuando encuentra una nota al pie relevante sobre un tema de interés: fuimos a buscar el texto para leerlo. Como suele ocurrir en los textos escritos por buenos scholars, las citas son relevantes, pertinentes y permiten seguir abriendo un montón de ventanas. En su texto, Gertrude Himmelfarb se pregunta retóricamente a dónde fueron a parar las maltratadas notas al pie. Del pie del texto han pasado a un exilio temporal, una especie de purgatorio al final del capítulo, o al final del libro como producto de las decisiones de editores que buscan reducir los costos de maquetación. Con la digitalización de la escritura esto ya no tiene más razón de ser. De allí en más, la razón invocada para expulsar las notas al pie será comercial. Las editoriales deben apelar a los lectores que no están acostumbrados a la “parafernalia” de las notas al pie y que las ven como una mera distracción irrelevante a lo que se dice en el cuerpo del texto. Sin embargo, la decisión no pudo ser peor, porque a los lectores no académicos supuestamente las notas no le han interesado nunca y a los lectores académicos se los somete al suplicio de ir a buscar al final del capítulo o, peor, al final del libro cada referencia, obligándolos a sacarle una foto a las notas y leer el cuerpo del texto con el celular en la mano.
Con el abandono de las notas al pie se pierde ese movimiento rápido de la atención del lector del cuerpo del texto a las notas, que permite chequear en qué fuentes de texto se apoya el scholar para sostener sus ideas y cuál es el estado de la cuestión sobre cada punto en particular. El exilio de las notas al pie de página también tenía, según Gertrude Himmelfarb, un efecto nocivo sobre los autores, que ya no estaban obligados a mostrar a cada paso sus decisiones y podían ocultarlas en esa zona gris de las notas al final. A la larga, esto generaba también efectos nocivos en el contenido del texto. Esto no era más que el comienzo de una lenta pendiente en la calidad de la scholarship. El hábito de no preocuparse por la corrección y la precisión de las notas decantaba en no preocuparse mucho por la precisión y exactitud del contenido. Palabras proféticas si las hay.
Las respuestas de los scholars frente a esto han sido variadas: están los que apelan a la necesidad de interpelar a un público general, más allá de los muros de la universidad, y los que justifican su acción como un acto disruptivo de las tediosas normas académicas. Ponerse el traje de innovador e irreverente suele ser un atajo atractivo al fatigoso mundo de las notas al pie de página. Por supuesto que también están los filósofos, diría cierto tipo de filósofos, quienes se amparan en el privilegio de sus propios recursos interiores para pensar un problema, aislados de toda la tradición que lo viene pensando hace siglos. A los que no nos queda más que desandar el camino de una larga tradición previa y apoyarnos en los recursos externos de nuestras fuentes y en la bibliografía secundaria, solo nos caen simpáticos los filósofos que son scholars y muestran a cada paso que su pensamiento se realiza en diálogo con una tradición o con varias y no exclusivamente con la voz iluminadora de su razón.
No voy a ser tan necio de decir que las notas al pie de página son una garantía de una buena scholarship, nos hemos cansado de leer artículos plagados de notas al pie de página que son refritos de dudosa calidad. Sin embargo, cuando las notas están al pie y uno conoce el campo de estudio del que se habla en el texto, se ahorra mucho tiempo. Un escaneo rápido moviéndose del cuerpo del texto a las notas permite ver qué leyó el autor y cómo usa e interpreta las fuentes que cita. En seguida, este simple movimiento de la vista del cuerpo del texto a las notas nos pone en alerta o bien nos invita a leer con atención el texto. Las notas al pie permiten detectar en seguida en dónde reside la originalidad de un texto académico, si es que la tiene. Siempre y cuando uno conozca el campo se puede ver cómo el autor se fue abriendo camino lentamente entre las distintas interpretaciones y cómo maneja sus fuentes.
En los últimos años, un gran fantasma para las humanidades ha sido la inteligencia artificial. Todos tienen algo que decir sobre ella y puede ser que traiga cambios insospechados, no lo sabemos todavía. En las humanidades tal vez elimine cierto tipo de papers, los que se limitaban a reproducir los argumentos de otros autores sin aportar nada nuevo. Igualmente, convengamos que ese tipo de papers siempre fueron malos. ¿A quién se le ocurriría escribir un paper malo con inteligencia artificial sabiendo que los resultados no aportan nada significativo a la producción científica? Tal vez, a muchas más personas de lo que sospecho. Ojo que hablo de los scholars y no de los estudiantes, ese es otro tema, con un montón de aristas. En el caso de papers con notas al pie de página generadados con inteligencia artificial, creo que no hay nada que no pueda resolverse con una buena peer review de un scholar competente que conoce su campo de estudio. Cuando uno lee un paper después de haber pasado 10 o 20 años leyendo cosas sobre un tema determinado, creo que sigue siendo evidente cuando el texto se generó con inteligencia artificial.
El argumento para rechazar el paper no debería ser que fue generado artificialmente, sino que es un mal paper y no aporta nada nuevo. El problema es que las operaciones de selección y proceso de la información de inteligencia artificial nunca son claras y están lejos de ser confiables; cuando lo sean, ahí volvemos a hablar. De ninguna manera idealizo las notas al pie de página, ahí también existen esos errores fosilizados como los que se encuentran en internet y que la IA no se cansa de reproducir. En el caso de las humanidades, a esos fósiles de errores se los combate con buena scholarship, que no da nada por sentado y chequea las citas y las fuentes.
Las notas al pie de página son también reveladoras de las diferentes culturas científicas. Todo el mundo escribe para una supuesta comunidad científica internacional ideal. Ahora bien, cuando un scholar de la periferia escribe sobre cuestiones del centro, en un lugar del centro y sobre un tema del centro –y no de la periferia, como suele ser el caso de los public intellectuals– debe estar doblemente atento. También es importante entender lo que una determinada cultura científica nacional se permite ignorar. Un amigo y gran scholar argentino ha tenido que pasar por un mal momento en su defensa de tesis de doctorado en la Sorbona: que lo miraran supercilio movente como signo escéptico frente a la ingente cantidad de bibliografía citada en cada una de sus notas. Al pasar y con cierta sprezzatura se vio obligado a detenerse en varias de sus notas al pie para comentar cada uno de los artículos y los libros citados. Con las notas al pie, el riesgo es siempre querer “hacer una de más”.
Si tirás un caño, hay que estar preparado para que te venga a buscar el 2 con la plancha. La ventaja del scholar de la periferia es que, cuando va a algún lugar central, se quiere “comer la cancha” y “cada nota es una final”. Allí vamos con humildad a mostrar a los colegas del centro que no nos permitimos ignorar la bibliografía que sus comunidades científicas a veces sí se lo permiten. Los resultados suelen ser buenos y creativos, porque se terminan dando cruces en las notas al pie de página que no se hubieran dado dentro de una comunidad científica cerrada en sí misma. De todos modos, es un territorio difícil de transitar, casi como un campo minado.
Están también los scholars que, después del rito de pasaje de una tesis de doctorado, en la que han trabajado con gran cantidad de notas al pie de página, se cansan y deciden que, de ahí en más, escribirán ensayos sin notas al pie. A menudo, este cambio viene de la mano de la radicalización política de algún tipo. Cansados de la ascesis de la nota al pie, se pasan al bando del compromiso político que, en general, reditúa en algún carguito político en la academia y va acompañado de una prosa estetizante. Otros seguimos cultivando ese trabajo casi de orfebre, de hilvanar pacientemente notas al pie de página, conversando ahí abajo del texto con otros scholars, compartiendo y completando sus descubrimientos. Así, muy de a poco, se abre paso la originalidad, que solo puede ser el resultado de un trabajo arduo. Los cultores de la nota al pie de página no aspiramos al carguito o al reconocimiento público de los luchadores de las causas políticas de la agenda del momento.
Ojo que, como decía Asúa, siempre es necesario un puñado de buenos public intellectuals. El problema es cuando la mayoría de los scholars aspiran a ser public intellectuals. Los que cultivamos la nota al pie de página estamos contentos de abrazar una aurea mediocritas horaciana y no aspiramos a más que, de vez en cuando, nos citen en una nota al pie de página en una revista o libro sobre un tema especializado, si es que realmente hemos hecho un humilde aporte a una cuestión puntual y técnica. Los scholars a los que les gustan las notas al pie de página suelen ser generosos y también se alegran cuando sus amigos y colegas son citados al pie de página en publicaciones especializadas de sus campos de estudio. Esta alegría por el éxito ajeno no se encuentra fácilmente en nuestro querido mundo académico plagado de veleidades de todo tipo. No aspiramos más que a vivir dignamente de nuestro salario, dedicándonos a la scholarship. Esperemos que en nuestras vidas personales tengamos un poco más de suerte que el Profesor Stoner de John Williams.
Con el abandono de las notas al pie se pierde ese movimiento rápido de la atención del lector del cuerpo del texto a las notas, que permite chequear en qué fuentes de texto se apoya el scholar para sostener sus ideas
El rey del calipso y la scholarship
Otro gran texto, también citado por Asúa, sobre la historia de la nota al pie de página es el de Anthony Grafton, The Footnote: A Curious History (1997). El texto tiene distintas ediciones y ello ameritaría una nota detallada que explique las diferencias entre la versión original en alemán de 1995 y su traducción al francés y al inglés. En la Argentina se publicó con el título Los orígenes trágicos de la erudición. Breve tratado sobre la nota al pie de página (1998). Sin embargo, lo más curioso de la edición en castellano fue que, un texto que defendía la tradición de las notas al pie de página, reenviaba a las notas al final. Los orígenes trágicos de la erudición se convertían en una suerte de farsa fellinesca entre la risa y el llanto. En el libro, Grafton realiza un recorrido por la historia de las notas al pie, desde los orígenes remotos de comentarios de los textos desde la glossa ordinaria de la Biblia, pasando por la glossa ordinaria del corpus iuris civilis de Acursio, la erudición galicana y jansenista, la nota de la ilustración practicada por Gibbon, Bayle y tantos otros, la nota aclaratoria e irreverente, el típico ejemplo del espíritu de la ilustración hasta llegar a los orígenes mucho más cercanos de la nota al pie crítica rankeana del siglo XIX, antecesora cercana de nuestras notas al pie contemporáneas.
Sin embargo, lo que más recuerdo de ese libro no fue la erudición puesta al servicio de explicar la erudición, sino la anteúltima nota de la versión en inglés del epílogo. En esta nota, usada al mejor estilo irreverente de la ilustración, Grafton hace referencia a una anécdota de Harry Belafonte, el rey del calipso. En la anteúltima nota, Grafton cita el artículo de H. L. Gates Jr. “Belafonte’s Balancing Act” (1996), publicado también en The New Yorker. Allí en la cita, Belafonte narra en primera persona sus experiencias de autodidacta en una biblioteca de Chicago, en donde, a partir de la lectura de un libro de W. E. B. Du Bois, descubrió el poder de las notas al pie de página.
Al presentarse frecuentemente en el mostrador de la biblioteca con extensas listas de todos los autores citados por Du Bois, la empleada le dijo que acotara sus pedidos, ya que era imposible pedir tantos libros al mismo tiempo, a lo que Belafonte le retrucó: “Se la voy a hacer fácil, deme todos los libros de Ibid”. Cuando la empleada de la biblioteca le respondió que ese autor no existía, Belafonte la acusó de racista por tratar de mantenerlo en la oscuridad y se marchó ofuscado. La historia es interesante, porque presenta la ambigüedad de la nota al pie: por un lado, se necesitan pocos conocimientos técnicos para saberla cultivar y utilizar, pero por el otro, una vez que se aprenden, las posibilidades son infinitas como el conocimiento mismo.